Monday, January 19, 2026

TIMBRE: EL PAÍS MÁS SOLO DE LA TIERRA

TIMBRE 

[La Jornada, enero 13 2026]


EL PAÍS MÁS SOLO DE LA TIERRA

 

Creo que fue Truman Capote quien aseguró que, para estar solo o sentirse solo, no había como ir a New York. Lo dijo, si es que lo dijo, un poco después de traicionar la confianza de sus amigas acaudaladas, cuando ellas le declararon la ley del hielo por diseminar sus secretos en público. Años después es posible decir que, para estar solo, estructuralmente solo, no hay como ir a cualquier lugar de Estados Unidos. Excepto por Nueva York, donde el transporte público vuelve necesario sino es que inevitable el contacto con los otros, la mayoría de las ciudades norteamericanas están diseñadas para el aislamiento que producen los automóviles—ya sea avanzando a toda velocidad o atascados en los interminables freeways—y para la ausencia de cualquier forma de vida pública que no sea el consumo. 

José Agustín las retrató bien en esa novela de 1982 que se llamó Ciudades desiertas (existe una versión cinematográfica no del todo lograda bajo el título de Me estás matando Susana, dirigida por Roberto Sneider en el 2016). Cuando Eligio decide dejar la Ciudad de México para ir a buscar a su mujer, quien ha aceptado una beca en un Programa Internacional de Escritores en un lugar que a todas luces es la Universidad de Iowa, el encuentro con el vecino del norte es complejo y estereotípico a la vez. Aunque describe centros urbanos medianos y pueblos pequeños del Medio Oeste, esas ciudades sosas y estériles de tan limpias, vacías de la gente que se repliega en sus trabajos de ocho o más horas y en sus casas en los suburbios, podrían encontrarse en Arizona o Virginia, Oregón o Wyoming. A fines del siglo XX ya eran sitios inhóspitos, regidos por férreas jerarquías de raza y de clase, donde los diferentes, originarios casi todos del así llamado Tercer Mundo, eran recibidos, decía Agustín, para “lucirse mostrándoles las maravillas de la civilización: teléfono instantáneo, cuentas de banco personalizadas”. En el primer cuarto del siglo XXI esa hostilidad primigenia se ha destilado hasta quedar convertida en pura inmisericorde crueldad. 

He vivido ya por algunos años en un barrio de tradición mexicana en el este de Houston. Lo elegimos no solo porque queda cerca de la universidad sino también porque solo ahí era posible escuchar música y aspirar el aroma de carne asada los fines de semana—esas formas de presencia y festejo público que captan el oído y el olfato, no siempre la vista. Desde que iniciaron las operaciones de ICE en 2025, la ciudad más diversa de Estados Unidos se parece cada vez más a las ciudades desiertas de José Agustín. Ya no hay música, ya no hay carnes asadas, y ya nadie atraviesa, en algún arrebato de locura, esas anchísimas calles sin banquetas. Si bien es cierto que la obsesión por el dinero, y la convicción de que el tiempo es dinero, provocó que solo pocos tuvieran la oportunidad o el deseo de “perder el tiempo” visitando amigos o vagabundeando porque sí, el temor justificado a la captura o el secuestro y la desaparición ha dejado a las calles convertidas en páramos sin resguardo. Carentes de sistemas de salud eficientes o asequibles, sin transporte público que facilite la circulación, sin acceso a la educación pública que va desapareciendo indefectiblemente, sin derechos civiles o laborales, el desamparo y la soledad campean por todos lados. No se trata de una soledad sentimental u ontológica, sino estructural y violenta. No hay nadie más desprotegido que un trabajador en los Estados Unidos. 

Ahora que el imperio se desnuda, invadiendo a Venezuela mientras planea incursiones en Colombia, Cuba o México, hay que pensar que este es el mundo que conocen y planean reproducir. De esto hablan cuando se regodean con frases como sueño americano. Por si los últimos crímenes (el homicidio de la poeta Renee Good en Minneapolis, entre otros 30 asesinatos de migrantes todavía sin nombre) no lo han dejado claro, la única libertad que promueve y reconoce el imperio es la del capital y sus secuaces. Para los demás (legales o ilegales, profesionistas o trabajadores, hombres o mujeres, de derecha o de izquierda) solo queda andar con mucha cautela, esconder sus publicaciones de plataformas sociales o WhatsApp, evitar participación alguna en marchas o actos de protesta, y portar sus documentos de identidad en todo momento. Eso y rezar para no toparse en el camino con los matones de ICE. Mientras tanto, ande, siga avisando con anticipación antes de tocar cualquier puerta y asista a esas fiestas de 9:00 a 11:00, puntuales, trayendo, por supuesto, su bebida predilecta. 

A esa soledad estructural, acompañada del bombardeo informático de nuestros días, no se le vence encerrándose en casa, como lo proponía no hace mucho el filósofo coreano Byung-Chul Han. Por el contrario, hay que salir a la calle, tomar el camión o metro o Metrobús, participar de y apoyar a las escuelas públicas, juntarnos y confabular con otros, fiestear de lo lindo y hasta que el cuerpo aguante, encontrarnos al fin, y mientras podamos, en nuestra diferencia y en nuestra solidaridad y en nuestro deseo. Escribir no es soledad. Vivir tampoco. 


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TIMBRE: DÍA DE CAMPO

 TIMBRE

 [La Jornada, diciembre 30 2025]


DÍA DE CAMPO

 

 

He dedicado buena parte del 2025 a cuidar u organizar el cuidado de mi madre, que tiene 82 años. Se trata de una tarea ardua, históricamente impuesta o asumida por las mujeres de la casa, que poco a poco va ocupando todo el tiempo. Hay que ponerle atención a cada detalle: los alimentos, el ejercicio, las actividades manuales, la higiene, la diversión, los medicamentos. Quien ha cuidado a un ser amado sabe que no hay descanso, ni físico ni mental: cualquier momento puede ser un momento de peligro. Está la escalera, con sus peldaños siempre amenazantes; las horas vacías que conducen al aburrimiento y, del aburrimiento, a la zozobra; la televisión con su domesticación insulsa; la melancolía, que brota nada más porque sí. Como mi madre es una mujer sana, autónoma, con un sentido del humor a toda prueba, estas tareas de cuidado no dejan de tener sus muchos momentos de encanto. Su memoria de largo plazo, mucho más firme que la memoria inmediata, nos lleva con frecuencia a un pasado que recuerda con fidelidad. Y ahí resaltan con brillo propio nuestros días de campo. ¿Te acuerdas cuando bastaba con empacar un mantel, unos sándwiches, un termo con café y frascos de agua para pasar un día maravilloso en cualquier lado? 

Le digo que sí, que me acuerdo. 

Era el pasatiempo favorito de una familia sin muchos recursos, pero con grandes deseos de explorar el mundo. Hacíamos días de campo casi en todo sitio, aunque especialmente en las afueras. El día de campo le pertenecía a la intemperie, ese difuso territorio donde la propiedad privada terminaba y todavía no existía bien a bien la propiedad pública. Después de alguna caminata extenuante o luego de zambullirnos en algún río de aguas tranquilas, mi madre sacudía el mantel al aire, y ese ruido áspero y crujiente señalaba que el descanso había iniciado; una especie de recreo, una pausa en todo caso, que interrumpía, o más bien culminaba, la excursión en curso. Retozábamos, así, juntos, a las orillas del río Meoqui, en el estado de Chihuahua; a la vera de cualquier carretera por la que viajábamos por horas enteras; en los recovecos de montañas majestuosas o sobre peñas enormes. 

Las cosas han cambiado. La violencia de la así llamada guerra contra el narco y la productividad demoniaca del neoliberalismo nos han arrebatado tanto el especio como el tiempo. Hacer un día de campo en cualquier carretera mexicana sería hoy en día un ejercicio de alto riesgo, algo francamente descabellado. Las zonas de descanso en las autopistas de los Estados Unidos, tan llenas de reglas y con vigilancia ininterrumpida, no se prestan para la intuitiva experiencia de la comida al aire libre. El genocidio y la crisis climática nos han enseñado a temer los fenómenos del cielo y de la tierra.   

En español se les sigue diciendo días de campo a los picnics, aunque muchas de estas comidas al aire libre no sucedan en el campo estrictamente, sino en parques citadinos, usualmente públicos, cercados por calles bullangeras y el ruido, solo a veces lejano, de los automóviles. Pueden ser lugares encantados, breves interrupciones en una vida cotidiana hecha de prisa e indiferencia, pero en los libros de algunos autores se han convertido también en zonas oscuras y liminales, donde se perpetran crímenes o se expande la orfandad.  En “La continuidad de los parques”, el breve y muy famoso relato de Julio Cortázar, un lector se recarga contra el terciopelo verde de un sillón para continuar con la lectura de una historia en la que una pareja de amantes planea un asesinato desde una cabaña, solo para descubrir—ese lector que somo nosotros—que terminaremos bajo el filo homicida de un puñal. Le debemos una de las descripciones más sombrías de los parques públicos a Leila Slamani, la autora de Canción dulce, la novela en que una niñera a todas luces eficiente y amable asesina a los niños de sus patrones. “Los parques públicos en las tardes de invierno”, escribe. “La llovizna barre las hojas secas. La grava helada se adhiere a las rodillas de los críos. En los bancos, en las alamedas discretas, uno se topa con las personas que nadie quiere ya”. 

Mi madre y yo nos hemos acostumbrado a pasar bastante tiempo en el parque. ¿Somos las dos ahí, juntas, hablando sin parar, desechos del neoliberalismo o desertoras de cualquier régimen mientras yacemos en paz, con gozo, sintiendo el pulsar de la tierra en cada una de nuestras vértebras? 

Al inicio decíamos que íbamos a caminar, como si nuestra costumbre precisara de la justificación del ejercicio. Pero más recientemente hemos regresado a la vieja rutina de nuestros días de campo sin excusa de por medio. Ahora soy yo y no ella la que sacude el mantel al aire, señalando el momento de degustar los alimentos y, luego, de retozar. Ojalá que haya muchos días de campo en su 2026. 

Hay que desertar con frecuencia, como argumentaba Bifo. 



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TIMBRE: MARCIANO

 TIMBRE

 [diciembre 16 2025]


MARCIANO


Podría decirse que Marciano, la nueva novela de Nona Fernández (Chile, 1971), explora la vida de Mauricio Hernández Norambuena, el comandante Ramiro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, una organización revolucionaria fundada en 1983 cuyo objetivo era derrocar al dictador Augusto Pinochet. Pero decir eso, aunque verdadero, sería quedarse muy corto. La escritora visitó al exguerrillero en una cárcel de alta seguridad durante cuatro años, a veces hasta dos veces por mes, y sostuvo con él una serie de conversaciones que constituyen la semilla de este libro que no deja de cuestionarse, antes que todo, si su mera existencia es posible. ¿Podemos, en realidad, contar la vida de alguien? O, como el mismo Mauricio apunta en su primera intervención, “¿Tiene forma la vida? ¿Cabe en una ventana?”. Estamos, pues, ante una interrogante y un enredijo, el que forman las subjetividades y anhelos trenzados de quien escribe y de quien cuenta. Estamos ante un libro a dos. 

En una estructura flexible, con puntos de vista que se acomodan a los ritmos cambiantes del flujo memorioso, Marciano nos acerca a esos años insurrectos en que hombres y mujeres muy jóvenes se entregaron en cuerpo y alma a una causa colectiva, sin la promesa de satisfacciones inmediatas. Evitando cualquier tipo de estereotipo edulcorado (hasta el final Nona sostiene una posición crítica frente a los secuestros que llevó a cabo la organización para hacerse de fondos, por ejemplo), la escritora se vale de al menos tres estrategias que merecen atención cuando, para escribir libros propios, se recurre al recuerdo y la experiencia de otros (¿y cuándo no se recurre a materiales ajenos para escribir libros propios?). 

Está, por una parte, la pregunta a la vez formal y ética acerca de la pertinencia de “contarlo todo”. Escribe Nona citando a Mauricio: “Y es que no siempre el recuerdo es bueno. Creo que hay un límite en eso. No podemos escudriñarlo todo. Hay pedazos de memoria que está bien que se pierdan para que no sigan incomodando para siempre”. Y luego, en otra sección, a través de la voz de la hermana de Rodrigo, un guerrillero asesinado en Queñes: “No voy a comentarte lo que dicen los reportes de la autopsia”. Este titubeo que resiste el morbo, la revictimización y el asomo de la pornoviolencia nos obliga a considerar los límites de nuestras incursiones en las experiencias de otros, independientemente de las intenciones.

No solo la memoria es inexacta, moldeada a menudo por las ansias del presente, sino que el archivo es, por naturaleza, incompleto. ¿Y qué se hace cuando se queda uno ahí, al borde del abismo, agarrado apenas de la esquina de un documento o en las afueras de una conversación cerrada ya? La crítica norteamericana Saydia Hartman acuñó el término “fabulación crítica” para describir al ejercicio de la imaginación que, apegado a la labor investigativa, se lanza a crear desde ese hilo del que uno pende cuando desaparecen los papeles o se suprime la memoria personal y/o colectiva. En este sentido, asegura Marciano: “Las respuestas que no tiene el recuerdo las tiene la imaginación”. Pero tanto Mauricio como Nona arriesgan más: “O más que la imaginación, el deseo”. Así al tratar de recordar esa última noche que pasó con un camarada muy querido, una escena que insiste en escaparse de su memoria, Mauricio se desprende de la imaginación y se agarra del deseo para decir: “Aunque me acuerde poco, deseo muchas cosas para esa noche que tuvimos… deseo leerle algo. Deseo hacerlo despacito, a un volumen bajo, porque deseo que cuando los primeros rayos del sol entren desde el bosque por la ventana, y su cuerpo empiece a deshacerse con el chillido de los pájaros en el claroscuro, mi lectura lo acune, lo abrace, lo acompañe, le haga más fácil, por lo menos esta vez, el tránsito a la muerte”. 

La memoria no solo es humana. En Marciano, el paisaje y los escombros recuerdan. Es en la voz de Carla, la hermana del guerrillero asesinado cerca de Queñes, que esta vibración memoriosa de la materia surge con una fuerza descomunal. Ella se ha empeñado en poner su pie sobre las veredas que recorrió su hermano justo antes del crimen. En una prosa vuelta carne, detallista hasta el extremo, Carla describe cómo el dolor le va inundando el cuerpo centímetro a centímetro, y cómo atraviesa la piel y habita sus huesos hasta confundirse con sus fluidos y sus moléculas. “Y lo único que pude hacer en este sitio abandonado, tan abandonado como estaba yo desde la muerte de mi hermano, fue llorar ese dolor sin conseguir con esto liberarme de él…Todo ese dolor que las ruinas siguen hospedando”. 

Tal como lo anuncia el epígrafe de Ursula K LeGuinn, a Nona Fernández le gustan las novelas porque contienen personas, no héroes. Mauricio y sus camaradas, jóvenes todos, son personas complejas, contradictorias, llenas de claroscuros. Y así arriban hoy a un Chile que parece empeñado en traer de regreso a las fuerzas autoritarias contra las que lucharon. Tal vez Mauricio tiene razón cuando dice que “exigirle a los más jóvenes la misma pasión mística que tuvimos nosotros, no está bien. Otros tiempos. Otra generación”. 

Tal vez no. 


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Tuesday, December 02, 2025

TIMBRE: EL VIOLENTÓMETRO

 TIMBRE

[La jornada, diciembre 2, 2025]

 

EL VIOLENTÓMETRO

 

Tal vez nadie ha hecho más en México por identificar y, luego entonces, prevenir la violencia de género que la Dra. Martha Tronco, quien en 2007 propuso la creación del Programa Institucional de Gestión con Perspectiva de Género en el Instituto Politécnico Nacional. Una vez ahí, y con base en los resultados que obtuvo de la administración de 14,000 encuestas entre los estudiantes de la institución ideadas para recabar datos fidedignos sobre las dinámicas de agresión entre parejas, la Dra. Tronco elaboró en 2009 el violentómetro—un artefacto en forma de regla vertical que permite identificar con claridad la evolución de las conductas violentas, desde las bromas hirientes hasta el feminicidio, pasando también, y entre otros, por el control y los golpes. Elaborado con poquísimos recursos pero con inigualable tesón, el violentómetro volvió legibles una serie de prácticas cotidianas que, con pasmosa frecuencia, se han confundido con conductas amorosas o cuya naturalización en nuestro entorno hace que pasen desapercibidas. No hay datos duros al respecto, pero si los hubiera se podría demostrar que, en la medida en que facilita el reconocimiento veraz e inmediato de la violencia de género, en la medida en que nos vuelve conscientes de la cercanía creciente del peligro, el violéntometro ha salvado tantas vidas como los antibióticos o las vacunas. 

Los factores que contribuyen a la continuidad de la violencia contra las mujeres son múltiples, pero entre ellas debe contarse en primera instancia a la impunidad. De acuerdo con la organización México Evalúa, casi la totalidad de las víctimas de feminicidio en México durante 2024 no tuvieron acceso a la justicia. A esto hay que añadirle que la alta tolerancia ante el sufrimiento de las mujeres sigue provocando que los familiares, amigos, vecinos, colegas de los agresores prefieran guardar silencio con tal de no alterar el estado de las cosas. Además, la violencia de género se ha acallado históricamente con gran frecuencia, ya sea por considerarla coto de la vida privada (la ropa sucia se lava en casa) o ya por haberse convertido en un componente naturalizado de la cotidianeidad patriarcal. 

Las movilizaciones feministas, y más generalmente de mujeres, han tomado la plaza pública con convicción y legítima furia durante las últimas décadas, convirtiéndose en una voz crítica y un compás moral de la realidad cotidiana, pero también han tomado de manera por demás significativa el lenguaje de todos, conminándolo a decir lo indecible. Y es ahí, en la tarea de identificar la violencia que se disfraza de “amor”, o de “cosa natural e inevitable”, o de “naturaleza humana”, o de ”así soy yo”, donde el violentómetro alcanza su máxima potencia, una fuerza que es a la vez cultural, médica, y política.  

Por eso la irrupción gráfica del violentómetro, con su diseño a la vez familiar y sorprendente, es tan crucial hoy en día. Esa regla que cambia de color, iniciando desde el verde aparentemente común del chantaje o el engaño, hasta alcanzar, en la parte superior, el rojo de la alerta máxima, nos aclara las cosas de golpe, en un abrir y cerrar de ojos. Hace un año, en la lectura performática de El invencible verano de Liliana que se llevó a cabo en las calles de Zapopan, organizada desde la Universidad de Guadalajara por la incansable Patricia Rosas y su equipo, algunas profesoras y alumnos leyeron el violentómetro en voz alta, pero lo conjugaron en la primera persona del singular. No solo resonaron en el cielo tapatío verbos en infinitivo como “golpear” o “arañar”, sino que se les conjugó en la primera persona del singular para así capturar nuestra atención reflexiva: “yo golpeo” o “yo araño”, por ejemplo. Igualmente significativas resultan acciones como las de RED Gráfica de Conciencia Social, un colectivo de diseñadoras y diseñadores que ha presentado en varios sitios “30 alertas contra la violencia de género”, una exposición de carteles que resaltan la amenaza constante y el peligro creciente de la violencia íntima de pareja. Estos trabajadores y trabajadoras del diseño han facilitado como pocos la identificación pronta, casi visceral, de esa violencia tan escurridiza como patente que nos arrebata tantas vidas. 

Debería haber monumentos a su paso. Sus nombres deberían colgar de manera visible en los andenes del metro y en las plazas y en los mercados y en los edificios de gobierno. Se tendrían que elaborar coplas sobre sus logros. Es cierto que la violencia de género es apabullante y demoledora, pero también es cierto que los esfuerzos por ganarle la batalla se suceden uno a otro, invencibles. Esperanzadores. Luminosos. Desde este Timbre va la más profunda admiración por su trabajo y el agradecimiento sincero por su visión, su solidaridad, y ese compromiso a la vez formidable y emocionante por crear un mundo sin violencia para las mujeres y hombres del futuro.  


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TIMBRE: LOS LEONES ANDAN ACÁ

TIMBRE

[La jornada, noviembre 2025]

 

LOS LEONES ANDAN ACÁ

Marosa Di Giorgio, poeta uruguaya, siempre escribió cosas raras. Lectores y críticos varios no han dudado en calificar a su escritura en general, y a su poesía en particular, de idiosincrática, surrealista, inclasificable y singular, agregando con frecuencia que no se parece a nada o nadie más en el mundo. Algunos, como Adam Giannelli, quien tradujo una selección de sus poemas al inglés y escribió la introducción de Diadem (Boa Editions, 2012), ha destacado la atención que exigen sus palabras “no como significado, sino como significante, su poesía como un acto”. Algo hay de todo eso en esos poemas de entrecortadas líneas largas, de encabalgamientos súbitos, puntuación aleatoria y conjugaciones verbales inesperadas. Algo, también, en la vegetación exuberante que entreteje sus páginas, llenas también de murciélagos y liebres y vacas y leones. Me interesan, sobre todo, esos leones sucios y dorados que acechan una casa. O que siempre acecharon. En realidad, Di Giorgio no utiliza el verbo acechar, sino otro mas circular, de tonos acaso más obsesivos: rondar. Según la Real Academia de la Lengua, rondar es dar de vueltas alrededor de algo o alguien con el fin de conseguir algo. Lo que ronda amaga, entre otras cosas. Rondar podría ser lo mismo que velar o vigilar, insistir o asediar, dependiendo del contexto o del motivo. También rondan los que pasean de noche por las calles. Pero los leones de Di Giorgio, esos de los que “siempre se dijo que rondaron siempre”, no andaban de paseo nocturno puesto que, cuando lograron por fin entrar en la casa, se robaron la leche, cortaron la carne ajena y se comieron en frío a la abuela obscura, “la que tenía una guía de rositas alrededor del corazón”.

                  ¿Pero acabaron con ella en realidad? 

                  ¿No fue todo un simulacro? 

¿No tornó ella a la casa después de haber sido devorada para decir, en la línea final del poema, que los leones ya están acá? 

                  “Los leones rondaban la casa”, publicado originalmente en 1987, formó parte del libro La Falena, pero yo no llegué a él o él no llegó a mí sino hasta años más tarde, cuando la editorial argentina Adriana Hidalgo Editores publicó lo que describió en su momento como la edición definitiva de Los papeles salvajes, una antología en dos tomos de la poesía completa de Di Giorgio, cuya primera versión uruguaya databa de 1971. Algo debieron haber tenido esos bellos leones de ojos como perlas y cabelleras áureas porque, entre la profusión de seres oscuros y alados, extraños parientes evasivos, plantas ecuménicas y raíces verdosas, ellos se las arreglaron para anclarse de manera definitiva en la memoria. Me acuerdo de ellos de cuando en cuando, sobre todo al divagar sobre la escritura. Y saltan entonces al abismo del lenguaje sin red de protección mientras me pregunto si las relaciones entre la escritura y el mundo tienen esa cadencia musculosa, radial, inquietante, repetitiva, pródiga y mortífera de los animales que rondan. 

Supongo que mi respuesta es que sí. 

Acudo ahora a los leones de Di Giorgio para presentar la columna quincenal que da inicio hoy en La Jornada, cuyo nombre, sin embargo, es otro. El nombre es Timbre. Porque aprendí desde muy niña que el “dispositivo pulsador” anunciaba cosas impostergables, como la entrada a clases, pero también momentos de regocijo y libertad, como el recreo. Porque el timbre, esa palabra grave que no lleva tilde, se refiere también al sello con el que es posible finalmente enviar un mensaje y, polisémica como pocas, también hace ayuda a distinguir la calidad del sonido y, si así fuera necesario, a diferenciar la voz. Alguna vez, en una pequeña ciudad del norte, hice lo que tantos niños traviesos: tocar el timbre de una casa cualquiera y salir corriendo, exultante por la trasgresión. Uno crece, uno madura: ahora tocaré el timbre como entonces, pero con palabras. Y esperaré a que los habitantes de esta casa que es la lectura abran la puerta para, tal vez, vernos a la cara. Quizá platicaremos; quizá no. En todo caso, algo puede acontecer mientras vamos del aparato eléctrico a la tinta del sello a la cualidad acústica. Ese acontecimiento me anima a iniciar y a mantenerme en vilo, rondando.  

¿Y si fueron, en realidad, leonas? 

Regreso a Marosa Di Giorgio ahora, para despedirme por primera vez. Es difícil sacarse a ese poema de la cabeza porque, a veces, la escritura no es más que uno de esos animales que curiosean los perímetros de la casa que es el mundo, tratando de enterarse de lo que sucede ahí adentro, detrás de las ventanas. Aunque también porque, en otras ocasiones, la escritura espía, ansiosa y repetitiva, incapaz de dar cuenta de lo que pasa e incapaz, igualmente, de dejar de insistir. En otras ocasiones, se convierte en esa criatura que finalmente se las arregla para entrar, en el mundo o en nosotros, provocando con su presencia pánico y desorden, preguntas imposibles o críticas desatadas. Futuros en potencia. Luego pasa lo contario: el mundo muta y se transforma en una manada de fieros seres indómitos  que, hermosos y letales, asolan a las palabras, provocándolas, fustigándolas, incendiándolas a su modo. Al final, tal vez no nos queda otro papel en esta danza sombría más que el de la abuela que es devorada, o que parece ser devorada, en este simulacro donde morimos, pero en realidad no morimos, o donde morimos, pero tornamos del más allá para enunciar lo obvio: que los leones ya están acá. 

Dice Di Giorgio, además, que “los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al mismo tiempo visibles e invisibles”, acaso como nuestros deseos más preciados o los miedos más ocultos. Tal vez como las emociones mismas o las ideas que nos marcan a rasguños. O como el placer. O la violencia. O la pausa donde, a veces, se mece la imaginación. 

Se me antoja pensar en este Timbre quincenal como un esporádico merodeo de criaturas indóciles: una forma de exponerse y de resistir, de pensar en plural, de interrogar y subvertir, si eso es posible, el aquí y el ahora. 

 

Los leones rondaban la casa./  Los leones siempre rondaron./  Siempre se dijo que los leones rondaron siempre./  Parecían salir de los paraísos y el rosal./  Los leones eran sucios y dorados./  Ellos eran muy bellos./  Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho entre aquel pelo áureo./  Los leones entraron a la casa./  Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa Halley, las queridísimas sábanas nevadas, la colección de estampillas. Y a traer los sudarios./  Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al mismo tiempo, visibles e invisibles./  Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel y la carne que cortaban./  Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una guía de rositas alrededor del corazón./  Y la comieron fríamente. Como en un simulacro./ Y -como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la casa y dijo: -Los leones rondaron siempre. Están delante de los paraísos y el rosal. Dijo: -Los leones ya están acá. 


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Monday, October 30, 2023

POEM-A-DAY Saturday, April 17, 2010 12:49 am



Check this out. Translated by Cheyla Samuelson and Ilana Luna, "Saturday, April 17, 2010, 12:49 am", a poem originally included in the book Viriditas

Heartfelt thanks to curator Vanessa Angélica Villarreal for the selection. 



 

Text and audio here


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ESCRIBIR CON EL PRESENTE


Muy pronto en la FIL Guadalajara!
Mi discurso de ingreso acompañado del discurso de respuesta de Juan Villoro. Todo editado por el Colegio Nacional. 




 

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Friday, October 27, 2023

L´INVINCIBLE ÉTE DE LILIANA Prix Les Inrockuptibles 2023, France

Dans la catégorie roman étranger!




Translated by Lise Belperron and published by Éditions Globe

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Thursday, October 19, 2023

NINGÚN RELOJ CUENTA ESTO



Con nueva portada y en edición de bolsillo, Ningún reloj cuenta esto 2023



 

Sí, contiene "El hombre que siempre soñó", el relato que, traducido al inglés como "Dream Man" por Francisca González-Arias, fue seleccionado para  el Premio O. Henry de Ficción Breve 2023. 


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Wednesday, October 18, 2023

GLITTER REVOLUTION!

Ballet in six acts for symphony orchestra and eight amplified voices. 
Music: Gabriela Ortiz
Dramaturgy: Cristina Rivera Garza

World Premiere LA PHIL Nov 16, 2023





 

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Wednesday, October 11, 2023

LILIANA´S INVINCIBLE SUMMER National Book Award Finalist!





 

#LILIANARIVERAGARZA PRESENTE!

#JusticiaParaLiliana

#JusticiaParaTodas


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Saturday, September 30, 2023

FEAR IS JUST A WORD: Book review

The New York Times published my review of Azam Ahmed's Fear is Just a Word: A Missing Daughter, a Violent Cartel, and a Mother's Quest for Vengeance, September 26, 2023. 




"Drawing on four years of meticulous archival and field research, as well as countless interviews, scholarly works and his own journalism, Ahmed, a former Mexico bureau chief (and current investigative correspondent) for The New York Times, lifts the veil on daily life in a war-torn zone. While people employ the phrase “war on drugs” to mean an effort to combat illegal trafficking, or, worse, as a euphemism for state-sanctioned violence, Ahmed sets out to prove that in Mexico cartels have behaved as occupying armies on newly gained territory, governing by force and submitting local communities to increasingly spectacular acts of cruelty. The so-called war on drugs shows its truest face here: as a war against the civilian population. Ahmed’s book is a study of how such a war touches every aspect of social life, tearing it to pieces, and how the impunity with which cartels operate perpetuates a never-ending cycle of evil."


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Tuesday, September 19, 2023

Liliana´s Invincible Summer LONG-LISTED FOR THE NATIONAL BOOK AWARD in NONFICTION

 

LILIANA GOES PLACES!




Two Longlisted titles collect, inspect, and make meaning of documents of the past to imagine new futures. Ordinary Notes gathers personal and public artifacts that cover everything from history, art, photography, and literature, to beauty, memory, and language. Across 248 notes, Christina Sharpe examines the legacy of white supremacy and slavery, crowdsources entries for a “Dictionary of Untranslatable Blackness,” and presents a kaleidoscopic narrative that celebrates the Black American experience. Inspired by global feminist movements, Cristina Rivera Garza travels to Mexico City to recover her sister’s unresolved case file nearly 30 years after she was murdered by an ex-boyfriend. Drawing on police reports, notebooks, handwritten letters, and interviews from those who were closest to her, Rivera Garza preserves her sister’s legacy and examines how violence against women affects everyone, regardless of gender, in Liliana’s Invincible Summer: A Sister’s Search for Justice.


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Wednesday, August 23, 2023

REJOICING MATERIALITY

"Rejoicing Materiality: A Geological Writing by Gabriela Cabezón Cámara," Latin American Literatures in Global Markets. The World Inside, ed. by Mabel Moraña and Ana Gallego Cuiñas, (Cambridge University Press, 2023), 78-87.  




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GEOLOGICAL WRITINGS

"Geological Writings," Latin American Literature in Transition, 1980-2018, ed. by Monica Szurmuk and Debra Castillo, (Cambridge University Press, 2023), 15-29. 

  



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Friday, August 11, 2023

Kein Verbrechen aus Leidenschaft


Interview by Diana Nava and published by Taz on August 8, 2023, this article was translated into German by Sophia Zessnik.



 

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FEMICIDER: We Can Only Fight against What We Can Name.

"Femicider: We Can Only Fight against What We Can Name," was published by Words Without Borders. The Home for International Literature, on August 7, 2023.  



A translation embracing the radical meanings of a word, carrying with it the wound and the rage and the hope, all combined, will be able to advance, for example, networks of solidarity across borders. Such translation may well teach us to see violence—specifically gender violence and femicide—not as an essentialist trait belonging, and limited to, certain countries or communities, but as a structural wound stemming from inequalities we can rally against as we amplify calls for gender justice worldwide. He is a femicider, not a killer, and he is no longer laughing, I will say, without vacillation, next time I am asked, hoping, with Max Granger, “to play a small role in ushering the term into the English language and normalizing its usage.”


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Thursday, August 03, 2023

LAS CHICAS MUERTAS HABLAN AL UNÍSONO

 

YA PRONTO! 

Mi traducción al español del poderoso libro de la poeta nortemericana Danielle Pafunda. 





Publica Dharma Books. 


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Friday, July 07, 2023

NADIE ESCRIBE EN SOLEDAD

Escribí este texto para la última sesión del Laboratorio de No Ficción Creativa del 2022-2023. Lo publicó la revista Anfibia de junio 2023, en la sección de ensayo, Fronteras Narrativas Contemporáneas.


Gracias a Cristián Alarcón y Matías Máximo desde Anfibia; y a las que dirigieron los talleres durante el año: Ana Laura Pérez, Nona Fernández, Yasnaya Aguilar, Gabriela Wiener.  


Toda escritura es escritura de la imaginación. Pero en el plano de las definiciones -siempre oscilantes- el vínculo con lo real es la línea que divide ficción/no ficción, y es allí donde aparece una de las primeras disputas: ¿Quién tiene derecho a imaginar? ¿Quién puede producir presente? “La ficción ha reclamado egoísta y tramposamente a la imaginación solo para sí”, dice la escritora Cristina Rivera Garza, directora académica del Laboratorio de No Ficción Creativa y fundadora del doctorado en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Houston. En este ensayo Rivera Garza resume algunas de las tensiones que surgieron a lo largo de las seis conferencias que dictó en el Laboratorio, y deja claves para pensar las fronteras narrativas contemporáneas, donde “el valor no está en la novedad del cruce de géneros, que nos viene de tiempo y no hemos descubierto ayer, sino directamente de su roce con la materialidad, entendida ésta como un trabajo colaborativo de afecto y sentido en comunidades específicas”. 


Lo pueden consultar aquí. 


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Wednesday, July 05, 2023

TRES TARDES DE LLUVIA CON JULIA O´BRADEIGH

Fui a Belfast, y me acordé. 

Y luego escribí esta crónica que es, como todo lo que tiene que ver con la memoria, mitad ficción y mitad deseo y mitad algo más. Julia O´Bradeigh--la pelirroja atroz, la tránsfuga, la cómplice--apareció por primera vez en La guerra no importa, mi primer libro de cuentos (publicado de nueva cuenta no hace mucho por Dharma Books como Andamos perras, andamos diablas). 



Gatopardo publicó el texto el 7 de junio del 2023. Lo pueden leer aquí. 


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Monday, July 03, 2023

ME LLAMO CUERPO QUE NO ESTÁ



Me llamo cuerpo que no está (Lumen/Random House, 2023), contiene los libros de poesía La más mía (Tierra Adentro, 1998); Yo ya no vivo aquí y ¿Había estado usted alguna vez en el mar del norte, inéditos hasta ser publicados (junto con el anterior) en Los textos del yo (FCE, 2005); La muerte me da por Anne-Marie Bianco (Bonobos, 2007); El disco de Newton: Diez ensayos sobre el color (Bonobos-UNAM, 2011); Viriditas (Mantis, 2011); La imaginación Pública (CONACULTA, 2015). 

 


 

"El diminuto mecanismo de las máquinas que sueñan", prólogo de esta edición, es de la poeta mexicana Sara Uribe. Muchas gracias. 

Gracias también a Fernanda Álvarez y su equipo por el cuidado editorial. 


Aquí vamos. 


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DIE FRAU AUS DEN KARPATEN

 

Thanks to Petra Strain for the German translation of La mujer de los Cárpatos / The Carpathian Woman, a short story included in La frontera más distante, published by Tusquets in 2008, and again by Literature Random House this year. The English translation, by Alex Ross, is included in New and Selected Stories (Dorothy Project, 2022).

Thanks to Lettre International, of course. Summer issue 2023.  






Feel free to take a peek here:



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Wednesday, June 14, 2023

L´ÉCRIVAIN EXPÉRMIENTAL: JUAN RULFO

 



Con traducción al francés de Jean-Baptiste Para, aparece "L´écrivain expérimental" en Europe. Revue littéraire mensuelle, juin-juillet-aoüt 2023, 146-163. 





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Tuesday, May 09, 2023

MIGRATION AND BORDERS: A conversation and a watercolor

 

I talked at length about migration and borders with visual artist Ekaterina Murumseva. She transformed our words into this watercolor (318 x 200 cms).




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Friday, April 28, 2023

The O. HENRY AWARD 2023 : Dream Man

 

The Best Short Stories 2023: The O. Henry Prize Winnersedited by Lauren Groff; series edited by Jenny Minton Quigley, will be published in September by Anchor Books.


Cristina Rivera Garza
“Dream Man,” translated from the Spanish by Francisca González-Arias, Freeman’s


Announcing the Winners of the 2023O. Henry Prize for Short Fiction here


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Monday, April 24, 2023

LITERATURA, REBELIÓN, Y GÉNERO EN BERLÍN




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TURBAR LA QUIETUD: GESTOS SUBVERSIVOS ENTRE FRONTERAS






 Ya en librerías este Turbar la quietud: Gestos subversivos entre fronteras (Katakana Ediciones, 2023), con edición de Gisela Heffes y Cristina Rivera Garza, y ensayos de: Marta Aponte Alsina, Gabriela Wiener, Giovanna Rivero, Cristina Burneo Salazar, Stalina Villarreal, Amaranta Caballero, Selva Almada, Magela Baudoin, Verónica Gerber, Claudia Salazar Jiménez. 


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Monday, April 03, 2023

FOREIGNER

 A short story translated by Sarah Booker at The Yale Review. 

The person who was driving these narrow country roads, now skillfully avoiding the body of some nocturnal animal, was as bitter as the saliva he couldn’t swallow. I screamed it to the heavens: I am not a happy man. I shouted it out to the deer that forced me to screech to a stop in the middle of the road, the deer that kept look­ing at me with its big, bright eyes as I got out of my car and fell to my knees on the asphalt, crying. Who are you? I yelled. What the hell are you doing out here? I realized it was just a fawn, cocking its head to the left. I said it once I could finally stand and get back in the car, looking into the rearview mirror: I am not a happy man. I am barely a man.


Translated by Sarah Booker.

Full text: The Yale Review. 


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