Thursday, April 23, 2026

TIMBRE: PRESIDENTA CLAUDA SHEIMBAUM. PRESENTE. PARTE I

 TIMBRE

 

PRESIDENTA CLAUDIA SHEINBAUM. PRESENTE. PARTE I.

 

El pasado 13 de abril ofrecí una conferencia magistral sobre la relación entre la impunidad, el cuerpo y el Estado en la sala Miguel Covarrubias, en el marco del décimo aniversario de la Cátedra Nelson Mandela, ahora dirigida por la antropóloga y escritora Marina Azahua. No voy a repetir aquí lo que dije entonces, puesto que el contenido completo de la intervención sigue disponible en las ligas de la UNAM. Solo anoto con suma brevedad que me interesaba poner sobre la mesa de discusión una versión personal, muy pegada a la piel, de lo qué es vivir con la impunidad por un periodo de más de treinta años, desde el 16 de julio de 1990, cuando mi hermana menor, Liliana Rivera Garza, fue asesinada por su expareja (entonces no existía el término feminicidio), hasta el día de hoy en que no se ha castigado al criminal, sobre el cual todavía pesa una orden de aprehensión por homicidio simple. Argumentaba ahí que la impunidad, que no es una experiencia individual ni está limitada al ámbito de lo privado, afecta y corrompe la relación entre la persona y el Estado, puesto que una de las funciones fundamentales de este último es garantizar la seguridad de constituyentes.  

Un día más tarde, el 14 de abril, justo cuando el senado aprobó por unanimidad la reforma del artículo 73 de la Constitución mexicana, de manera tal que la Cámara de Diputados podrá, llegado su momento, expedir una ley que homologue la tipificación del feminicidio en toda la nación, varios periodistas buscaron la opinión de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre lo expresado por mí el día anterior. Las interrogantes fueron varias y las respuestas abundantes, pero la prensa se concentró en la pregunta de uno de ellos, y aquí cito de la versión estenográfica: “Pero en caso de los feminicidios y de acuerdo a lo que comentó ayer la escritora, la impunidad sigue muy elevada, ¿no? La frustración, el dolor. Ella hablaba de que eso significa un desprecio del Estado para las víctimas”. Revisé la grabación horas más tarde y leí también la transcripción de la sesión completa. Y esto es lo que tengo que decir al respecto. 

Aprecio, como ya dije antes, el mensaje de solidaridad y apoyo para conmigo y mi familia con que la presidenta inició su reflexión. Este gesto, que podría interpretarse como una simple argucia política, no es poca cosa en una historia de sistemática indiferencia hacia las víctimas de feminicidio y sus comunidades más cercanas. La presidenta pasó a señalar después las estrategias de seguridad (Impunidad Cero), las instituciones (fiscalía de feminicidios) e iniciativas de ley (ley general de feminicidios) promovidos por su gobierno, tanto desde la Ciudad de México como desde Palacio Nacional, para atacar las causas de homicidios y feminicidios, investigar y perseguir casos de feminicidios, y homologar la tipificación del feminicidio en todo el país, instando a que toda muerte violenta sea examinada primero y ante todo como feminicidio. 

Estamos de acuerdo en que todas estas medidas son fundamentales. Se trata de estrategias inéditas en una larga historia de desatención e indolencia ante la realidad violenta que tantas mujeres han experimentado y experimentan aun en el país. He dicho antes y lo reafirmo ahora: hay que buscar el origen de este giro en la fuerza de las movilizaciones feministas que han tomado la plaza pública e intervenido el lenguaje público con singular eficacia y pertinencia en las últimas décadas. La historia de México la confirma: las grandes transformaciones sociales surgen de abajo hacia arriba, y no al contrario. No hay derecho o conquista social alguna que sea un regalo de los poderosos. A la aguerrida participación de las mujeres, especialmente de las más jóvenes entre nosotras, le debemos el haber colocado a la violencia contra las mujeres en el centro mismo de la conversación nacional. Tenemos, de hecho, una presidenta porque las mujeres movilizadas volvieron imaginable algo que hasta hace no mucho resultaba francamente inconcebible. 

La Fiscalía de Feminicidios, un logro din duda relevante, que en un inicio estuvo lidereada por la abogada y activista Sayuri Herrera, atrajo la investigación de casos de muertes violentas, consiguiendo victorias puntuales (algunas señaladas en la serie La Fiscal, dirigida por Paula Mónaco Felipe y Miguel Tovar). Así se demostró que, cuando hay voluntad política desde arriba e integridad y compromiso desde abajo, la impartición de la justicia en México puede cambiar. Tan importante como señalar los logros, es reconocer lo mucho que todavía nos queda por hacer. El feminicidio de Edith Guadalupe Valdés Saldívar, ocurrido apenas el 15 de abril en la Delegación Benito Juárez de la Ciudad de México, ha vuelto a poner el dedo en la llaga. Aunque la fiscalía general activó los protocolos de feminicidio, se tardó en actuar o lo hizo erráticamente, forzando a sus deudos a hacer lo que tantas familias han hecho en la historia reciente de México: movilizarse, investigar por su cuenta, divulgar. Y esperar. 

Lo que yo espero es que la familia de Edith Guadalupe no tenga que vivir 30 años con la impunidad. Que no tenga que levantarse con la impunidad ni respirar con la impunidad ni doblegarse ante la impunidad. Otro mundo es posible. En eso estamos de acuerdo. 


--crg

Wednesday, April 08, 2026

TIMBRE: LUMINISCENCIAS

 TIMBRE

 

LUMINISCENCIA

 

[La Jornada, Martes 7 de Abril, 2026]


Los investigadores forenses utilizan el luminol para detectar trazas de sangre invisibles al ojo humano. Cuando los asesinos intentan borrar las huellas de sus crímenes, lavando la sangre de pisos y paredes, por ejemplo, el luminol los denuncia con su tenue luz azul, una reacción que se produce entre el compuesto químico y el hierro de la hemoglobina. Una habitación azul resulta, así, una habitación violenta. Como en el arte, que vuelve visible lo que a menudo pasamos por alto o lo que no queremos confrontar, la quimioluminiscencia del luminol permite percibir lo que la saña engendra, la cobardía intenta encubrir, y la impunidad perpetua con su silenciamiento forzado. 

El luminol ha ayudado a esclarecer no pocos casos de feminicidio en México. 

La fiscal, la serie documental dirigida por Paula Mónaco y Miguel Tovar, sigue de cerca a la abogada y activista Sayuri Herrera Román desde sus años como estudiante y participante de la huelga de la UNAM hasta que se convirtió, el 8 de marzo del 2020, en la primera titular de la Fiscalía de Investigación del Delito de Feminicidio de la Ciudad de México. Como el luminol mismo, el guion y la cámara alumbran cuatro casos de feminicidios recientes: la desaparición de la odontóloga Karen Itzel, que aconteció cuando se proponía entregar su tesis de licenciatura; el asesinato de la cantante Yrma Lydia, ocurrido en un restaurante prestigioso de la capital, a plena luz del día; el homicidio de Ariadna Fernanda, cuyo asesino quiso hacer pasar como accidente y fue reclasificado más tarde como feminicidio; y el caso de Joana Esmerada, madre buscadora. La serie avanza con minucioso cuidado a través de todas estas violencias, señalando los quehaceres no solo de la fiscal sino de todo su equipo, compuesto por hombres y mujeres que son agentes, peritos forenses, o integrantes del personal administrativo. La serie evita así generar la imagen de una heroína en solitario, ofreciéndonos en su lugar un atisbo de la laboriosa red de relaciones de trabajo de las que depende la justicia. Como decía el poeta norteamericano Fred Moten en referencia a la música negra, pero que también sería válido en relación con la impartición de justicia: “no hay solistas, solo acompañamiento”.  

Distribuida en tres capítulos, La fiscal va más allá de las narrativas patriarcales que subrayan con ciega insistencia el protagonismo del feminicida, enfocándose ahora y con justa razón en las víctimas y sus comunidades afectivas más cercanas. Y ellas no son aquí muchachas alocadas o mujeres sin voluntad o entendimiento, sino seres humanos complejos, a menudo entrañables, que se convirtieron en el blanco efectivo de la violencia de perpetradores en el engañoso papel de esposos, amigos o jefes. La diversidad de perfiles confirma algo que ya sabíamos pero que nunca está de más volver a señalar: que el feminicidio no respeta distinciones de clase, raza, etnia o educación. Que el feminicidio, como lo argumentaba Rita Segato, es la punta del iceberg de la guerra contra las mujeres del mundo actual. 

Como lo demuestra la escena en el funeral de Ariadna Fernanda en que las amigas cercanas establecen hipótesis creíbles acerca del asesino, la serie señala el papel fundamental de las comunidades de mujeres tanto en los procesos de investigación como en las prácticas de duelo, incluyendo de manera preponderante la exigencia y la procuración de justicia. Sus voces emergen también como testigos dolientes sobre cuyos ecos recae la narrativa última del feminicidio y el restablecimiento de la verdad.

La serie no es naive ni miope respecto a la impunidad estructural que deja en la oscuridad a tantos feminicidios en México. Pero también sugiere que, cuando hay voluntad, especialmente desde arriba, y compromiso inquebrantable en las labores cotidianas, es del todo posible esclarecer crímenes y lograr sentencias condenatorias contra los perpetradores. Más que lo existente, la serie se empeña en alumbrar, y hacer aparecer, lo posible. Cuando Sayuri Herrera abraza a la niña que ha decidido adoptar, recordé las palabras que pronunció en la primera presentación pública de El invencible verano de Liliana en una sala atiborrada de jóvenes: justicia es que esto no ocurra más. Justicia es la no repetición. Es cierto que nos hace falta mucho trabajo tanto institucional como comunitario para llegar ahí, pero por una tarde al menos, mientras divisaba la lista de los créditos finales, quise imaginar que muchos más quieren lo que ya queremos tantos deudos: un mundo sin violencia feminicida. Un mundo con ellas. 


--crg

Friday, April 03, 2026

TIMBRE: SOMOS LO QUE OLVIDAMOS

 TIMBRE 

SOMOS LO QUE OLVIDAMOS

 

[La Jornada, Marzo 24, 2026]


En alguna de sus novelas, cuyo título ahora mismo no recuerdo, Margaret Atwood aseguraba que somos preponderantemente lo que olvidamos. Eso que no sabemos de nosotros mismos y que, para colmo de males, no sabemos que no sabemos, ejerce un poder espectacular sobre lo que nos constituye. La neurología nos ha enseñado que olvidar es tan importante como recordar. Si esto fuera cierto, y parece que lo es, ¿será posible en sentido estricto hacer un recuento de lo que olvidamos? 

En 1975, Jon Brainard publicó su muy celebrado I Remember, traducido como Me acuerdo por Julia Osuna Aguilar para la editorial Sexto Piso, una larga lista de evocaciones personales que, a través de objetos y sucesos nimios, reconstruye una autobiografía sin aparente centro. Del recuerdo de su primer cigarrillo, marca Kent, que fumó en una colina de Oklahoma con un tal Ron Padgett, a la imagen ostensiblemente imborrable de Frank O´Hara bajando por la Segunda Avenida una fría tarde de inicios de primavera, la prolija memoria de Brainard conjura un mundo hecho de gestos mínimos, entre los que resaltan aquellos que acechan la experiencia queer. Inspirado por este ejercicio memorístico, George Perec coleccionó a su vez 480 recuerdos numerados en Je me souviens, publicado en 1978. Y lo mismo hizo años más tarde Margo Glantz en Yo también me acuerdo

Pero, ¿y si de verdad somos preponderantemente lo que olvidamos? En 2025, la autora argentina Fernanda García Lao publicó con Kriller71 Editores (no) me acuerdo, un libro en el que cada fragmento señala la ausencia de un recuerdo: “No me acuerdo del momento exacto en que tuve tetas ni qué pensé al menstruar”, asegura. Precedidos por un epígrafe de Mary Ruefle, “Nunca tuve mucha idea de quién soy/ y en ese sentido tuve suerte”, los olvidos de García Lao configuran una noción dispersa del yo pero muy precisa del cuerpo. En una de esas señala: “No me acuerdo con la memoria. Lo que sé, me ha sucedido en el cuerpo”.   

Y es precisamente hacia la médula del cuerpo que nos encauza la artista mexicana Lorena Wolffer en Archivo oscuro/Dark Archive, una publicación bilingüe de La Duplicadora en el que confronta aquello que, habiendo acontecido, no se recuerda. La evidencia, en este caso fotografías y videos, confirma que algo sucedió, pero la memoria, evadida u ocluida, huye, acaso con desesperación. Las palabras de Wolffer a un costado de las imágenes disponen el rastro de ese oscurecimiento. Están, por ejemplo, las fotografías en blanco y negro (la receta de un psiquiatra, un salón de clase, una calle de Barcelona) en las que se intuye o confirma su participación, pero que Wolffer no recuerda en absoluto. Y las otras fotografías, en rojo y negro, que solo recuerda oblicuamente: la foto en que abraza a su madre y de la que solo rememora la camisa que llevaba puesta. 

La desmemoria aquí no se contenta con señalar la naturaleza porosa del recuerdo, su carácter siempre inacabado e imperfecto, esa manera suya de despedazarse en fragmentos para conformar, con suerte, un todo de difícil captura. La desmemoria de Wolffer hace más. Luego de anunciar que sus primeros recuerdos empiezan tarde ya, alrededor de los 10 años, también asegura que “casi todos están relacionados con el sexo, abusos y violencias”. En Recuperación, la sección dominada por fotografías de ciudades o de personajes famosos, las letras en rojo y en mayúsculas anuncian la violencia de género que subyace, invisible pero insidiosa, estructurando no solo el paisaje sino también la mirada: acoso sexual por parte de funcionario cultural, drogada con xumbina por escultor, violación por parte de pintor mexicano, acoso por parte de un familiar. Las frases, solo aparentemente objetivas y frías, estremecen y, luego de unos segundos, desatan procesos de memoria compartida. Los cuerpos no normativos saben y sabemos.  

El libro es así tremendamente íntimo, pero no ensimismado. En juego está la experiencia de un yo nunca desasido del sistema patriarcal que condena a tantos a la experiencia de la violencia en primera persona. Los materiales de su archivo oscuro nos competen en reclamos de justicia y procesos de revelación. En la sección intitulada Back up, Wolffer declara que, en 2010, finalmente pudo “decir en voz alta que mi heterosexualidad había sido una ficción performática, minuciosamente manufacturada durante tres décadas”. También dice: “Las primeras veces que logré suprimir la seducción como primer lenguaje sentí una mezcla de miedo y alivio”. La tipografía, comúnmente conocida como fuente de contorno, abre un hueco en cada letra, agrandándola. En ese hueco cabe lo que olvidamos, y también, acaso, cabe la verdad.   

--crg

TIMBRE: TU COMPAÑÍA EN LA ETERNIDAD

TIMBRE

 

TU COMPAÑÍA EN LA ETERNIDAD 

 

[La Jornada, Marzo 10, 2026]


El mural se llama Las mariposas y lo pintó la artista Rocío Martínez (@FunnyGraff) en noviembre 2022, para las jornadas Sie7e Días de Activismo de la UAM-Azcapotzalco. La imagen, que cubre una pared cercana a la Biblioteca Central, en el corazón del campus, reproduce los rostros de tres de sus alumnas víctimas de feminicidio: Liliana Rivera Garza, Edna Reyes Gutiérrez y Karen García Alemán, quienes estudiaron arquitectura, sociología e ingeniería respectivamente. Nunca se conocieron, pero sus miradas—brillantes, traviesas, soñadoras—me hacen pensar que forman un equipo afectuoso y vivaracho en esa eternidad que es la muerte. En El invencible verano de Liliana jugué con la idea de que Liliana conviviría con River Phoenix y Selena, fallecidos más o menos por los mismos años a fines del siglo XX. Luego imaginé que, de coincidir, se volvería amiga de Lesvy Berlín Rivera Osorio, víctima de feminicidio en 2017 en la UNAM. En un día lleno de sol y viento, estática frente al mural que comisionó la UAM, tuve que aceptar que Liliana estaba en buena compañía ahí, flanqueada por esas dos chicas jóvenes y hermosas. No es una cosa menor elegir bien con quién pasaremos la eternidad. Como lo aseguraba Juan Rulfo, vamos a pasar mucho tiempo enterrados.   

Cruentación es una creencia que data de la Edad Media que aseguraba que un cadáver volvería a sangrar en presencia de su asesino, ayudando de esta manera a identificarlo. En Hydra Medusa, el libro que el poeta japonés-americano Brandon Shimoda publicó en 2023, el término reemerge, revisado. Aquí, la sangre se vuelve memoria para explicar que lo que forja esa relación vinculante entre víctima y victimario no es otra cosa que la impunidad. El silenciamiento forzado de historias de violencia de género, especialmente el feminicidio que es su forma más letal, ha obligado a la comunidad de sufrientes a transmitir estos relatos de generación en generación a murmullos, casi en secreto, como si se tratara de una mancha. En contraste, ese mismo silenciamiento ha permitido que ellos—los familiares que protegieron al feminicida, los amigos o colegas que no lo denunciaron, los vecinos que se hicieron de la vista gorda—continúen viviendo sin tener que admitir el crimen, prolongando con su cotidianeidad como si nada hubiera pasado. 

Reflexioné mucho sobre el vínculo que genera la impunidad desde que le conté a mi hijo la historia del feminicidio de Liliana, mi hermana menor y su única tía. Imaginé desde entonces que una escena parecida se suscitaría en el futuro, cuando mi hijo le contara esta historia fundamental y estructurante a sus propios hijos y estos a los suyos. También pensé, no tuve alternativa, en la ignorancia que la impunidad les regalaba a las comunidades del feminicida: tanto sus hijos como los hijos de sus hijos podrían obviar esta historia, puesto que ningún sistema de justicia los llamaría a atestiguar o los obligaría a reconocer su parte en el crimen. 

Por los siglos de los siglos. 

En un libro subsecuente, The Afterlife is Lettingo Go, el mismo Brandon Shimoda sostuvo que detestaba la idea de que la muerte impune de sus seres amados los condenara a pasar una eternidad cerca del acoso y la violencia de sus asesinos. Decía que deseaba con todo el corazón que, en la muerte, pudieran por fin hallarse fuera del alcance de sus atormentadores. Por eso es importante que, aunque mencionados, los nombres de los asesinos no se conviertan en protagonistas en las narrativas de feminicidio—en un sistema con más del 95% de impunidad no se necesita mucha imaginación para saber por qué los feminicidas no se detienen. En la calle de Mimosas 66, a una cuadra de donde vivió Liliana en la colonia Pasteros, se encuentra una placa de cerámica que la poeta Martha Mega (@viboradelamar) elaboró en 2023 para celebrar su paso por la tierra. En aquel momento, agregó con pintura y directamente sobre la pared una advertencia: que el nombre del feminicida debería perderse en la ignominia. El tiempo le ha dado la razón: ese texto ha sido borrado por los elementos. 

A un lado del mural de Las mariposas se encuentra otra placa, ésta hecha de metal, que la familia de Karina le dedica. Ahí, su madre advierte: justicia sería que mi hija estuviera viva. Sayuri Herrera, la exfiscal de feminicidios de la Ciudad de México, lo decía de esta manera: justicia es que esto no vuelva a ocurrir nunca más. En eso pienso mientras las observo en su mural. En eso, y en que, estén donde estén, mi deseo es que sigan rodeadas por siempre de amigas, de sustento, y de esta luz radiante y tibia que es la memoria cuando la construimos todas. Sin cesar. 

[Le agradezco a Guadalupe Zaragoza, estudiante de maestría y trabajadora en la oficina de espacios físicos de la UAM los datos sobre el mural Las mariposas] 


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