Friday, April 03, 2026

TIMBRE: SOMOS LO QUE OLVIDAMOS

 TIMBRE 

SOMOS LO QUE OLVIDAMOS

 

[La Jornada, Marzo 24, 2026]


En alguna de sus novelas, cuyo título ahora mismo no recuerdo, Margaret Atwood aseguraba que somos preponderantemente lo que olvidamos. Eso que no sabemos de nosotros mismos y que, para colmo de males, no sabemos que no sabemos, ejerce un poder espectacular sobre lo que nos constituye. La neurología nos ha enseñado que olvidar es tan importante como recordar. Si esto fuera cierto, y parece que lo es, ¿será posible en sentido estricto hacer un recuento de lo que olvidamos? 

En 1975, Jon Brainard publicó su muy celebrado I Remember, traducido como Me acuerdo por Julia Osuna Aguilar para la editorial Sexto Piso, una larga lista de evocaciones personales que, a través de objetos y sucesos nimios, reconstruye una autobiografía sin aparente centro. Del recuerdo de su primer cigarrillo, marca Kent, que fumó en una colina de Oklahoma con un tal Ron Padgett, a la imagen ostensiblemente imborrable de Frank O´Hara bajando por la Segunda Avenida una fría tarde de inicios de primavera, la prolija memoria de Brainard conjura un mundo hecho de gestos mínimos, entre los que resaltan aquellos que acechan la experiencia queer. Inspirado por este ejercicio memorístico, George Perec coleccionó a su vez 480 recuerdos numerados en Je me souviens, publicado en 1978. Y lo mismo hizo años más tarde Margo Glantz en Yo también me acuerdo

Pero, ¿y si de verdad somos preponderantemente lo que olvidamos? En 2025, la autora argentina Fernanda García Lao publicó con Kriller71 Editores (no) me acuerdo, un libro en el que cada fragmento señala la ausencia de un recuerdo: “No me acuerdo del momento exacto en que tuve tetas ni qué pensé al menstruar”, asegura. Precedidos por un epígrafe de Mary Ruefle, “Nunca tuve mucha idea de quién soy/ y en ese sentido tuve suerte”, los olvidos de García Lao configuran una noción dispersa del yo pero muy precisa del cuerpo. En una de esas señala: “No me acuerdo con la memoria. Lo que sé, me ha sucedido en el cuerpo”.   

Y es precisamente hacia la médula del cuerpo que nos encauza la artista mexicana Lorena Wolffer en Archivo oscuro/Dark Archive, una publicación bilingüe de La Duplicadora en el que confronta aquello que, habiendo acontecido, no se recuerda. La evidencia, en este caso fotografías y videos, confirma que algo sucedió, pero la memoria, evadida u ocluida, huye, acaso con desesperación. Las palabras de Wolffer a un costado de las imágenes disponen el rastro de ese oscurecimiento. Están, por ejemplo, las fotografías en blanco y negro (la receta de un psiquiatra, un salón de clase, una calle de Barcelona) en las que se intuye o confirma su participación, pero que Wolffer no recuerda en absoluto. Y las otras fotografías, en rojo y negro, que solo recuerda oblicuamente: la foto en que abraza a su madre y de la que solo rememora la camisa que llevaba puesta. 

La desmemoria aquí no se contenta con señalar la naturaleza porosa del recuerdo, su carácter siempre inacabado e imperfecto, esa manera suya de despedazarse en fragmentos para conformar, con suerte, un todo de difícil captura. La desmemoria de Wolffer hace más. Luego de anunciar que sus primeros recuerdos empiezan tarde ya, alrededor de los 10 años, también asegura que “casi todos están relacionados con el sexo, abusos y violencias”. En Recuperación, la sección dominada por fotografías de ciudades o de personajes famosos, las letras en rojo y en mayúsculas anuncian la violencia de género que subyace, invisible pero insidiosa, estructurando no solo el paisaje sino también la mirada: acoso sexual por parte de funcionario cultural, drogada con xumbina por escultor, violación por parte de pintor mexicano, acoso por parte de un familiar. Las frases, solo aparentemente objetivas y frías, estremecen y, luego de unos segundos, desatan procesos de memoria compartida. Los cuerpos no normativos saben y sabemos.  

El libro es así tremendamente íntimo, pero no ensimismado. En juego está la experiencia de un yo nunca desasido del sistema patriarcal que condena a tantos a la experiencia de la violencia en primera persona. Los materiales de su archivo oscuro nos competen en reclamos de justicia y procesos de revelación. En la sección intitulada Back up, Wolffer declara que, en 2010, finalmente pudo “decir en voz alta que mi heterosexualidad había sido una ficción performática, minuciosamente manufacturada durante tres décadas”. También dice: “Las primeras veces que logré suprimir la seducción como primer lenguaje sentí una mezcla de miedo y alivio”. La tipografía, comúnmente conocida como fuente de contorno, abre un hueco en cada letra, agrandándola. En ese hueco cabe lo que olvidamos, y también, acaso, cabe la verdad.   

--crg

TIMBRE: TU COMPAÑÍA EN LA ETERNIDAD

TIMBRE

 

TU COMPAÑÍA EN LA ETERNIDAD 

 

[La Jornada, Marzo 10, 2026]


El mural se llama Las mariposas y lo pintó la artista Rocío Martínez (@FunnyGraff) en noviembre 2022, para las jornadas Sie7e Días de Activismo de la UAM-Azcapotzalco. La imagen, que cubre una pared cercana a la Biblioteca Central, en el corazón del campus, reproduce los rostros de tres de sus alumnas víctimas de feminicidio: Liliana Rivera Garza, Edna Reyes Gutiérrez y Karen García Alemán, quienes estudiaron arquitectura, sociología e ingeniería respectivamente. Nunca se conocieron, pero sus miradas—brillantes, traviesas, soñadoras—me hacen pensar que forman un equipo afectuoso y vivaracho en esa eternidad que es la muerte. En El invencible verano de Liliana jugué con la idea de que Liliana conviviría con River Phoenix y Selena, fallecidos más o menos por los mismos años a fines del siglo XX. Luego imaginé que, de coincidir, se volvería amiga de Lesvy Berlín Rivera Osorio, víctima de feminicidio en 2017 en la UNAM. En un día lleno de sol y viento, estática frente al mural que comisionó la UAM, tuve que aceptar que Liliana estaba en buena compañía ahí, flanqueada por esas dos chicas jóvenes y hermosas. No es una cosa menor elegir bien con quién pasaremos la eternidad. Como lo aseguraba Juan Rulfo, vamos a pasar mucho tiempo enterrados.   

Cruentación es una creencia que data de la Edad Media que aseguraba que un cadáver volvería a sangrar en presencia de su asesino, ayudando de esta manera a identificarlo. En Hydra Medusa, el libro que el poeta japonés-americano Brandon Shimoda publicó en 2023, el término reemerge, revisado. Aquí, la sangre se vuelve memoria para explicar que lo que forja esa relación vinculante entre víctima y victimario no es otra cosa que la impunidad. El silenciamiento forzado de historias de violencia de género, especialmente el feminicidio que es su forma más letal, ha obligado a la comunidad de sufrientes a transmitir estos relatos de generación en generación a murmullos, casi en secreto, como si se tratara de una mancha. En contraste, ese mismo silenciamiento ha permitido que ellos—los familiares que protegieron al feminicida, los amigos o colegas que no lo denunciaron, los vecinos que se hicieron de la vista gorda—continúen viviendo sin tener que admitir el crimen, prolongando con su cotidianeidad como si nada hubiera pasado. 

Reflexioné mucho sobre el vínculo que genera la impunidad desde que le conté a mi hijo la historia del feminicidio de Liliana, mi hermana menor y su única tía. Imaginé desde entonces que una escena parecida se suscitaría en el futuro, cuando mi hijo le contara esta historia fundamental y estructurante a sus propios hijos y estos a los suyos. También pensé, no tuve alternativa, en la ignorancia que la impunidad les regalaba a las comunidades del feminicida: tanto sus hijos como los hijos de sus hijos podrían obviar esta historia, puesto que ningún sistema de justicia los llamaría a atestiguar o los obligaría a reconocer su parte en el crimen. 

Por los siglos de los siglos. 

En un libro subsecuente, The Afterlife is Lettingo Go, el mismo Brandon Shimoda sostuvo que detestaba la idea de que la muerte impune de sus seres amados los condenara a pasar una eternidad cerca del acoso y la violencia de sus asesinos. Decía que deseaba con todo el corazón que, en la muerte, pudieran por fin hallarse fuera del alcance de sus atormentadores. Por eso es importante que, aunque mencionados, los nombres de los asesinos no se conviertan en protagonistas en las narrativas de feminicidio—en un sistema con más del 95% de impunidad no se necesita mucha imaginación para saber por qué los feminicidas no se detienen. En la calle de Mimosas 66, a una cuadra de donde vivió Liliana en la colonia Pasteros, se encuentra una placa de cerámica que la poeta Martha Mega (@viboradelamar) elaboró en 2023 para celebrar su paso por la tierra. En aquel momento, agregó con pintura y directamente sobre la pared una advertencia: que el nombre del feminicida debería perderse en la ignominia. El tiempo le ha dado la razón: ese texto ha sido borrado por los elementos. 

A un lado del mural de Las mariposas se encuentra otra placa, ésta hecha de metal, que la familia de Karina le dedica. Ahí, su madre advierte: justicia sería que mi hija estuviera viva. Sayuri Herrera, la exfiscal de feminicidios de la Ciudad de México, lo decía de esta manera: justicia es que esto no vuelva a ocurrir nunca más. En eso pienso mientras las observo en su mural. En eso, y en que, estén donde estén, mi deseo es que sigan rodeadas por siempre de amigas, de sustento, y de esta luz radiante y tibia que es la memoria cuando la construimos todas. Sin cesar. 

[Le agradezco a Guadalupe Zaragoza, estudiante de maestría y trabajadora en la oficina de espacios físicos de la UAM los datos sobre el mural Las mariposas] 


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