Wednesday, June 24, 2026

TIMBRE: NOVELAS WIKIPÉDICAS

 TIMBRE

 

NOVELAS WIKIPÉDICAS


[La Jornada, Martes 16 de junio, 2026]


Hace no mucho Olga Tokarczuk dijo, o entiendo que dijo, que ha utilizado los recursos de la Inteligencia Artificial para llevar a cabo investigaciones preliminares para su próxima novela. También declaró que adquirió un modelo de lenguaje premium al que consultó, de manera más bien amigable, para explorar potenciales giros de la trama. Ante la nada sorpresiva oleada de comentarios negativos generados por tales declaraciones, la ganadora del premio nobel en 2018 se apresuró a defenderse, asegurando que la IA no ha escrito sus novelas y que ella escribe sola. No estoy segura de que, así expuesta, ésta sea la mejor línea de defensa.

Tengo años ya argumentando que en la escritura no hay soledad. Aunque a los fotógrafos les gusta retratar a los escritores a solas, rodeados únicamente de su estática biblioteca mientras miran hacia el infinito, las actividades que conducen a la escritura y publicación de un libro son variadas e involucran mayores o menores cantidades de colaboración. Desde la lectura de libros que han nutrido tanto la imaginación como el oficio hasta el quehacer especializado de los archivistas, ningún libro se escribe a solas. Para bien o para mal, existen los lectores confiables que comentan y sugieren cambios, traductores que mueven lenguaje de un registro a otro, agentes que reprueban ciertas líneas de trabajo, editores que señalan peligros de enunciación, correctores de estilo y de pruebas—una serie de mediaciones que afectan un texto que se va entretejiendo en común a medida que llega a su forma final. 

Google it, google it. He utilizado esa frase a menudo cuando algún interlocutor no puede recordar un dato preciso o cuando algún estudiante se pregunta por asuntos de bibliografía básica. En Immediacy: The Style of Too Late Capitalism, la crítica Anne Kornbluh argumentaba que, en tiempos de gran precarización, cuando los autores carecen de fondos de investigación, seguro médico o sindicatos, lo único que les queda es la experiencia personal como materia prima de trabajo—de ahí las estéticas del yo que proliferan ahora. Habría que agregar que no son pocos los escritores que, en estas circunstancias, se han servido de motores de búsqueda como Google y, más tarde, Wikipedia, para dar con hechos oscuros, o traer a colación fechas o nombres exactos. En efecto, lo que las elites de antaño se aseguraban para sí a través de generaciones de bibliotecas privadas, universidades de abolengo, y largas excursiones en el extranjero, se consigue ahora, con algo de discernimiento y a más velocidad, a través de esas herramientas digitales. 

Pero los libros elaborados con base en información wikipédica, que carecen ya de la base artesanal del trabajo de investigación, se hacen del trabajo acumulado y gratuito de muchos—esa especie de inteligencia general que se pone a disposición del usuario en las pantallas más variadas (siempre y cuando, por supuesto, se tenga una pantalla). Desde sus inicios, la Fundación Wikipedia, que vive de donaciones públicas, se fue armando con base en el trabajo colaborativo de una amplia red de voluntarios cuya creación o modificación de artículos tenía, por fuerza, que incluir fuentes identificables y ser, en su conjunto, verificable. Los autores wikipédicos articulaban una pregunta, leían con cuidado materiales curados por una comunidad amplia, y trabajaban en la composición de textos que podían, al menos potencialmente, alzarse contra modelos hegemónicos del saber. 

He llamado novelas wikipédicas, sin embargo, a ese tipo de libro de apariencia erudita que congrega una multitud de datos—un cierto ángulo oscuro de alguna disciplina científica u obras pocas conocidas del mundo del arte—no para subvertir o criticar ese efecto de erudición patricia, sino precisamente para confirmarlo, multiplicándolo. No es un libro que ponga en cuestión el estado de las cosas, sino que, por el contrario, contribuye al estado de las cosas—jerárquico y desigual—a través de un cierto efecto de sapiencia que apabulla al lector. 

Aun así, la novela wikipédica y la novela IA, parten de relaciones de trabajo muy distintos. Los modelos de lenguaje que ha puesto IA en el mercado se han construido a partir de la apropiación ilegal de millones de oraciones, párrafos y libros escritos por humanos. Comprar una versión premium de una corporación implica una relación distinta tanto con el lenguaje (que es poder) como con el saber (que también es económico). No solo es cuestión de que la IA tome decisiones por el autor, sino que tales decisiones han sido delineadas por el trabajo no reconocido, ocluido de hecho, de otros en circunstancias de precarización inducida.

 

 --crg

Thursday, June 04, 2026

TIMBRE: CONTIGO EN LA DISTANCIA

 TIMBRE

CONTIGO EN LA DISTANCIA


[La Jornada, Martes 2 de junio 2026] 


En sus orígenes allá en el 3,500 A.C, la escritura se convirtió en una tecnología capaz de destruir distancias. Unos cuantos signos inscritos en tablillas de barro habilitaron a los de nuestra especie a ponerse en contacto con otros lejos de su alcance, fuera de la esfera presencial, más allá de la memoria del individuo. En unos párrafos memorables de Against the Grain. A Deep History of the Earliest States (traducido por Antonio de Cabo, José Riello y Ricardo Dorado al español como: Contra el Estado: Una historia de las civilizaciones del próximo oriente antiguo), James Scott habló de la escritura como una forma de extractivismo que volvió legible, y luego entonces controlable, una gran diversidad de sistemas de producción para aquellos en el poder. El estado, aseguraba sucintamente, no fue más que una máquina de registros en sus comienzos. Las famosas tabletas de Urduk no contenían representaciones del lenguaje oral sino listas de granos, de mano de obra, de impuestos. Podría decirse, sin demasiada exageración, que esa escritura pragmática, diseñada como un sistema de contabilidad para llevar inventarios de bienes, incluyendo población, tierra, ganado, y esclavos, retaba sobre todo la preeminencia cuerpo. 

La paradoja se alza ahí entre una práctica que atraviesa distancias, a veces enormes, pero a partir de—¿tal vez a costa de?—preservar la distancia misma. A los que, todos estos siglos después, nos interesa la materialidad de la escritura, nos importa sobre todo el lugar del cuerpo en esa multiplicación de lejanías: el cuerpo del lenguaje, el cuerpo de la escritora y sus contextos de producción, y el cuerpo de las tecnologías que median nuestro hacer, del lápiz y papel, la máquina de escribir, la computadora y, más recientemente, la inteligencia artificial.

La escritura literaria ha sido eminentemente capaz de producir efectos de cercanía sirviéndose de las herramientas a la vez humildes y poderosas del lenguaje. Los efectos resultan claros ahí donde nos sentimos extrañamente familiarizados con tramas enteras o escenas en particular, cuando nos convencemos de que conocemos a algún personaje, ya sea de ficción o de no ficción, y sobre todo cuando nuestros sentidos, apelados por la escritura misma, experimentan los aromas, claroscuros, rugosidades o reverberaciones de cada caso. Tengo la impresión de que la investigación asegura, o salvaguarda, esta posibilidad siempre en potencia. Entiéndase por investigación aquí no solo a la exploración académica, sino a toda forma de curiosidad acuerpada que se manifiesta como una forma de cuidado. 

He utilizado ya por muchos años la investigación en archivos, especialmente la transcripción manual de documentos viejos y no, para sostener, desde ahí, varios de mis libros. En el centro de tal actividad se encuentra el sentido del tacto—tan apreciado por niños y amantes, pero descrito siempre con algo de desdén como una aptitud básica, sino es que tosca, en el ámbito de los quehaceres intelectuales. Leo con los ojos, pero me remito a la capacidad de las manos para convertirse, como lo quería Kant, “en la ventana de la mente”. Tocar los documentos y transcribirlos con cuidado se ha convertido en una especie de método que me permite aproximarme a la promesa implícita de la escritura desde sus orígenes: demoler esa distancia que no solo nos deja aislados, sin pertenencia alguna, sino que también forja esa entelequia llamada individuo, no solo neoliberal. El dolor de cuello o de espalda en largas sesiones de transcripción me indica que he atravesado un umbral: ahí está la huella palpable de otra escritura sobre la mía propia. Ahí está la conexión que, encaramada a o entreverada con otras estrategias escriturales, podrían llevarnos a esa forma de afectación profunda y carnal que es, también, la lectura. 

¿Qué sería de esos libros si la investigación misma no pasara por el cuerpo? ¿Podría un proceso desprovisto de presencia contribuir o asegurar ese efecto de cercanía inscrito en la promesa de la escritura misma? ¿Son iguales los libros que resultan de la consulta en archivos digitales que los que se nutren del humildísimo papel? ¿Puede una novela wikipédica convertirse en un mecanismo de conocimiento táctil? ¿Es posible escribir con la inteligencia artificial sin someterse a su lógica, que es con frecuencia la lógica incorpórea de la corporación? 

Las universidades regresan poco a poco a los exámenes presenciales, ya sea escritos a mano o ya en forma de discusión oral, para luchar contra el embate de la IA. No me mueve ese afán solo parcialmente policiaco cuando me pregunto qué tanto podrá la lentitud, la desmesura, la avidez de la escritura táctil contra la distancia que preserva y multiplica la inteligencia artificial.  

 

 --crg