Thursday, March 17, 2005

SOY TOTALMENTE BARBONA

Alejandro Toledo, barbado escritor y crítico literario, me envía ésta de barbonas.

UN HOMBRE QUE ATRAE A LAS MUJERES
Alejandro Toledo


para ti, Carolina,
dondequiera que te encuentres

Señoras y señores:
Yo no debería estar aquí. Mi vida atraviesa por momentos difíciles y mi condición natural ahora es el aislamiento. Si acepté participar en esta mesa redonda en homenaje a uno de nuestros más respetables escritores, es porque en la invitación creí ver el indicio de una salida. En los últimos meses me he visto rodeado por una extraña atmósfera que me hace actuar sin pensar mucho en las repercusiones de mis actos, hasta envolverme en situaciones en que nunca hubiera querido encontrarme. Es como si no pudiera controlar mi futuro, y así los constantes presentes ya fueran afectados por un grave designio. En otras palabras —y en verdad al leerles está página, así como fue al escribirla, busco serenidad en mi mente confusa—, siento que mi vida transcurre como en un sueño infinito, un sueño que primero fue tierna fantasía y luego vistió el ropaje de su hermana la irrealidad. ¡Oh, Dios!, sólo Dios sabe a dónde voy a parar. Doy muchas vueltas y me pierdo. Lo que me ocurre, ya lo habrán adivinado ustedes, ya lo habrán notado en mi rostro, ya en él habrán leído con más transparencia que en mis torpes palabras, lo que no me deja siquiera expresarme es que he perdido a una mujer.

Lo dije todo. Sé que voy demasiado rápido y no me gustaría ocupar con meras lamentaciones el espacio que me ha sido asignado; ustedes se preguntarán además por qué me refiero a asuntos de índole estrictamente personal, pero antes quiero ordenar mis ideas. Intento dar coherencia a una historia reciente que me afecta y me seguirá afectando por el resto de mis días. Debo estar sereno, me es preciso estarlo. Parte del triunfo que logre esta noche —un triunfo pequeño, es cierto: una primera versión de mi desdicha— depende en mucho de la serenidad y cordura que consiga siquiera esta vez.

Antes afirmé —no deja de afligirme la confesión— que he perdido a una mujer. No me detengo en la triste verdad —nunca dejaré de lamentarlo— sino en la forma en que quise expresar el hecho. Hablo de “pérdida” y con ello sólo quiero decir que ya no está conmigo. El mundo tiene a Carolina porque —¡oh, Dios!— ella lo recorre con una compañía de cirqueros en que malamente fue a caer. ¡Ay, amor! ¡Ay, Carolina! ¿Por qué me castigas de esta manera? ¿Por qué cambiaste tu vida tranquila de Morelia por el ajetreo incesante de un circo de tercera? ¿Por qué cambiar mi amor por el de un payaso? ¿Qué te llevó a hacerlo?

No puedo ser complaciente, no puedo dar falsa imagen de la mujer que amo. Por desgracia la historia me acusa, pues si ella se volvió andariega fue porque en principio le negué mi posada. Confieso además que luego de haberla hecho mía una tarde, huí en una forma canallesca que ella no dejó de recordar en lo sucesivo y de lo cual ahora me arrepiento. Mi cuerpo buscó además otras texturas, pero en lo profundo mi alma —ahora lo sé, sólo ahora puedo sentirlo—, mi alma permaneció fiel a la figura de mi amada. La amé en la inconsciencia, y la razón me hizo correr.

No basta el arrepentimiento, lo entiendo. A nadie más que a mí puede parecerle en estos momentos nada tan lánguido como el arrepentimiento. Pasa el tiempo y a la distancia descubrimos que nuestra actuación no fue la debida, y que esa mujer que rechazamos —ésa y no otra— pudo habernos hecho felices. Ante la mujer el hombre es un enano miedoso, y si al principio percibí las maravillas que encerraba Carolina —delgada, frágil, hermosa—, quizás el asombro ante lo inusitado impulsó mi fuga. Huí de ella a sabiendas de que estaba lastimándola; huí de mí sin comprender el daño que me hacía.

Recuerdo sus cartas, sus llamadas telefónicas, su llanto. Fueron largos esos meses en que me rehusaba a escribirle, a responder a sus súplicas, meses en los cuales, extraviado en otros cuerpos, no sentí ninguna piedad ante sus lágrimas. Nos gusta herir, aun cuando esas heridas formen llagas en nosotros, aun con la certeza de que esas heridas traerán castigos que no podremos soportar.

Una mañana contesté el teléfono. En el auricular la voz de Carolina:
—Soy yo, te hablo desde la estación del tren. Vine a estar contigo, vine a buscarte.
Lo que parecía su último recurso es apenas el inicio de la historia. ¿Para qué hablar de mi negativa? ¿Para qué decir que me alejé de casa varios días para que Carolina no me encontrara, que leí con falso orgullo los papeles con letra nerviosa que deslizó bajo la puerta? La altivez fue gestando mi derrumbe.

Y sólo meses más tarde pude comprender que yo la amaba.

Vino el tiempo del vacío. Es curiosa la manera como vamos sintiendo los espacios. Al responder con mi rechazo a la pasión de Carolina, me alimentaban la plenitud y la soberbia; al perder todo contacto con ella me invadió un paisaje yermo, un no existir de las cosas, un enfriamiento de la vida. Acudí a otras mujeres con el mal humor y aburrimiento que acompañan a quien ve en todos los teatros la misma función, con actrices torpes o descontentas con el papel que les asignaron, ennegrecidas, locas o seniles. Y esto me era ajeno.

Despertaba todas las mañanas percibiendo la misma atmósfera de mis sueños. Fue primero el sentimiento de la soledad, y luego —más preciso—, la ausencia de Carolina. En mi interior, como en la vida, vagué por las calles sin rumbo fijo, sólo tras el leve atisbo de una sombra que me hacía concebir su fantasma.

Era una imagen esquiva. En una de mis alucinaciones nocturnas perseguí a Carolina con una cámara fotográfica; ella deambulaba con tranquilidad frente a viejas iglesias y casas en ruinas, y por uno de esos angustiosos sinsentidos de que se alimentan los sueños, nunca pude alcanzarla. Entre el recuerdo intenso de la amada y las historias que la noche me deparó, fui consagrándome a su figura. Pensé que acaso ya era muy tarde para el reencuentro, pero quise buscarla. Emprendí el viaje.

Sí, era yo quien te buscaba ahora, Carolina. Quizá tú misma lo deseabas con tanta fuerza en tu soledad que por fin acudí al llamado. ¿Me esperabas? Era mi temor. El tren siguió la vía a ritmo lento y yo en mi camarín, insomne, con la angustia de encontrarte en manos ajenas. ¿Me esperará Carolina? Tras la oscuridad el tren en marcha; los cristales dibujaron las formas de la noche. Y al amanecer, Morelia.

Pocas ciudades tan propicias a lo maravilloso. En mis anteriores visitas a Morelia siempre sentí esa aura mágica que luego sólo he podido hallar en Florencia y Montevideo. Si me fuera dado nombrar a una ciudad, hermana de aquellas ciudades de mil historias, pienso que la llamaría Carolina. Pero esa mañana el cielo nublado sostuvo una continua llovizna que me acompañó de la estación al parque central en un murmullo gris.

Antes de estar con Carolina quise reflexionar, sentado en una banca, sobre mi condición de hombre. ¿Qué era lo que estaba haciendo? ¿Cuál era el rumbo que tomaba mi corazón? ¿Ante qué mujer me humillaba? No obstante, el destino ya todo lo había decidido.

Envuelto en lluvia, tomé el único camino que daría felicidad a mi vida, pero un largo temor congelaba mi cuerpo y me hizo andar despacio, muy despacio, con una calma que parecía prepararme a la tristeza. La casa estaba a oscuras, las ventanas cerradas, nadie entreabrió el cortinado. Pensé dejar una carta que anunciara mi presencia en la ciudad, insistí con algunos toquidos. Estaba en este menester cuando una niña, quizás ante el mandato de la madre, salió de la casa de junto y se dirigió a la puerta en que me encontraba, ya medio entristecido y cavilante.

Recuerdo sus palabras frías:
—La señorita ya no vive aquí. Se fue de Morelia hace un mes. No dijo si volvería.

Imaginen entonces mi desesperación, esa profunda melancolía que inició en ese instante su más angustioso estado. Me fui sin despedirme de la niña, caminé por muchas horas como inconsciente y hacia la tarde me aposenté a llorar en una de las jardineras de la plaza. Ahí pude presenciar un espectáculo que me conmovió al hacerme partícipe de una oscura metáfora:

La lluvia descansaba cuando las aves iniciaron su retorno al abrigo de los árboles. Me pareció extraño que no llegaran directamente a las copas, pues se instalaron en las construcciones aledañas al parque —la iglesia, el edificio de gobierno y las otras casas con portales. Con los minutos se formó un curioso cerco de aves que me rodeaba, como el público de una corrida de toros en espera del pase definitivo para abalanzarse sobre el matador y glorificarlo. Así, a un tiempo las aves remontaron el vuelo en danza circular hacia sus nidos, que formó sobre mí un remolino inquietante, mezclándose con parsimonia entre paraísos y laureles.

Esa noche regresé en tren a la ciudad.

Para mi pesar, la historia aquí no se detiene. Por muchos meses sostuve mis actividades normales e incluso soporté el hedor de alguna de mis antiguas cónyuges. Mas tanto recordaba a Carolina, ella estaba tan presente en cada segundo que, puedo decirlo, casi la olvidé. Así deberían haber quedado las cosas, en esa cotidianidad incolora, pero el verdadero final ocurrió hace unos días y referirlo ahora, tan desnuda el alma, me conmueve, pues al hacerlo compruebo de nuevo mi caída. Porque siento que estoy sumergido en un mal sueño, y ¿no es verdad que cuando uno tiene conciencia del sueño eso quiere decir que pronto despertará? ¿Contar el sueño no es una forma de exorcizar los fantasmas que lo habitan?

Hace unos días, sí, hace unos pocos días se instaló en un lote baldío cercano a mi oficina un desvencijado circo trashumante. La voz afónica de un payaso que recorría las calles, micrófono en mano y bocina al hombro, interrumpía diariamente mis ensimismamientos: “¡El circo de los hermanos Campos invita a todos los niños a su función circense!”, “¡La mujer barbuda y el payaso Boris!”, “¡El gran león y su amigo el elefante!”. Circo de viajeros, que aparece una mañana en el solar más humilde, vive de los pocos incautos que llegan a él y desaparece como si nunca hubiera existido, con payasos taciturnos, leones viejos de colmillos débiles, elefantes que sólo esperan la muerte, mujeres avejentadas y gordas que visten trusas pequeñas y se contonean, provocativas. Circo de las tristezas.

Lo triste llama a lo triste, y un hombre solo gusta de hacer cosas absurdas. El circo ya tenía una semana instalado y pensé que pronto abandonaría el lugar. Esas carpas raídas nunca llaman a las multitudes. Pagué una cantidad en mi concepto irrisoria, y me dieron lugar junto a unas diez personas —acaso dos familias con sus hijos atascados de dulces rancios— que apenas ocupaban un tramo del tablado en círculo que rodeaba la pista. Iba no a reír —a quien procuran risa esos espectáculos— sino a complacerme en la desventura ajena, siempre más terrible que la propia; o quizá simplemente pensaba distraer mis injustos reveses.

De la función no retengo sino una mirada, su mirada, los ojos de mi querida Carolina. ¿Cómo podía ser Carolina esa mujer de barba rojiza y carnes sueltas, que primero aplaudió al mago, luego jugó con el payaso (ambos el mismo individuo con nombres y trajes diferentes) y al fin subió al trapecio para desarrollar desquiciantes piruetas? Era horrible pensar que fuera ella, era en extremo horrible siquiera imaginarlo. Pero era ella, sí, tenía que ser ella.

De pronto me vino un hálito esperanzador. “El azar es sabio y dispuso este nuevo encuentro”, cavilé. Quise reconstruir el periplo de la amada, y supuse que ante mi deplorable atrofia de quererla ella había optado por la vida errante hallando en ese circo, imagen de la infancia, su refugio. Ahora estaríamos juntos, ahora viviríamos felices, ahora...

Los que actúan, poco saben del espectador; tienden frente a él un velo oscuro y difícilmente clarifican su rostro. De este modo explico el que Carolina no atendiera mi turbación al yo reconocerla, y continuara el espectáculo con la seguridad que le fue dando la costumbre. Vinieron los aplausos poco entusiastas y las caravanas; creí ver cuando ella tomaba de la mano al payaso Boris, pero entonces mi nuevo dolor aún era miope. Opté por deslizarme hacia los camiones que usan los cirqueros como casas y estuve un rato esperando hasta que apareció la bella Carolina. Jalaba de su barba como para desprenderla y entonces se fijó en mí. El payaso venía detrás y oyó mi susurro: “Carolina”, pero siguió de largo, visiblemente molesto y contrariado. Ella esperó porque supo que yo hablaría.

—Amor —le dije—. Te busqué en Morelia pero te habías ido. He sufrido mucho sin ti, el destino nos vuelve a enfrentar, no me abandones.

Ella guardó silencio y quise besarla. Me detuvieron la barba rasposa y maloliente, y sus brazos rígidos. A lo lejos el payaso observaba la escena. Carolina pareció dudar, sentía el enojo de Boris y sólo atinó a balbucir:

—No, Alejandro, no. Es demasiado tarde. Lo nuestro no puede ser —volviendo su mirada a donde el hombre aquel.

Intenté retenerla apretando su cuerpo con el mío; el payaso dio media vuelta hacia su guarida, ofendido por mi actitud. Carolina se percató de todo y corrió hacia él, diáfana, gritando: “¡Jorge, Jorge!”

Así entendí que nada tenía remedio. Abandoné el lugar y vagué toda la noche por la ciudad. Al día siguiente busqué el circo, pero ya no estaba. Y en lo que fuera el centro de la pista lloré de nuevo por mi amada, la dulce Carolina. En mi memoria surgieron versos muy antiguos:

Adiós, Carolina, el cielo ha querido
sufriendo en el mundo dejarme sin ti.
En vano procuro buscar afanoso
en Dios el consuelo de tanto sufrir;
pasó ya aquel tiempo feliz y dichoso...
perdí, Carolina, perdí mi reposo
perdiéndote a ti.

Esta es su historia. Mi futuro es en verdad incierto y sólo columbro alegría si pienso que alguna vez Carolina sabrá de este relato, testimonio de un profundo amor. Mientras... acaso intentaré disiparme en otras mujeres, pues mi vida entera se ve marcada por un tórrido signo femenino. Amigo, novio, confesor, amante... Aunque está mal que yo lo diga, soy un hombre que atrae a las mujeres.


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IMÁGENES PARA UNA GENIAL-LOGÍA DE LA PRE-HISTORIA DE LAS INQUIETANTES MUJERES BARBUDAS

De la película Saboteur de Alfred Hitchcock.

La escena: un hombre y una mujer huyen y, en el proceso, totalmente por azar, se suben al trailer donde descansan los integrantes de un circo: el enano facista, el prudente hombre elástico, las siamesas furiosas, la mujer montaña y, claro, por supuesto, la sensata Mujer Barbuda.

Es a ella, a su sensatez, que los forajidos le deben la posibilidad de protegerse de la mirada vigilante de la policía que los persigue. Después de álgida discusión, el voto de la Mujer Barbuda los salva.

Así, con tubos en la barba y voz muy femenina, un actor interpreta a una proto-mujer barbuda. Hitchcock no lo sabía, o acaso sí, pero entonces empezaba ya esta larga inquietud que desemboca en la frase: Soy totalmente barbona.

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LA MUJER VAMPIRO ESCRIBE...

No sé, en realidad, si deba hacer pública esta misiva. Pero después de debatirme entre las múltiples posibilidades--es decir, publicarla o no publicarla--me decido a hacerlo por razones que todavía no comprendo pero entre las que se cuentan: la luz matutina: brillantísima; las ráfagas de aire a las cuales sólo les hace falta la proverbial sábana blanca para dejar su trazo en el paisaje; el fugaz recuerdo de lorena velázquez en bikini; mi afecto un tanto intrigado y otro tanto voluble por un hombre que gustaba del color plateado y se hacía llamar, válgame dios, El Santo; esta maldita costumbre de contestar todo, pero absolutamente todo escrito que llega a mí; la imagen conmovedora de una mujer vampira alumbrada por la luz azulosa de una pantalla mientras, inclinada apenas sobre el teclado, escribe una misiva para una Mujer Desconocida que ha encontrado, días atrás, en otra pantalla. Debe haber más razones, supongo. O tal vez ninguna más. Pero estas son las palabras de la Vampira Mujer que merodea cibercafés casi de madrugada.

Marzo 2, 2005
Ciudad de México

Las noches son muy largas, Cristina. Tan largas que le alcanza a una el tiempo para caminar sin rumbo bajo jacarandas muy oscuras y para asomarse, de cuando en cuando, a esos lugares bulliciosos e iluminados donde la gente se congrega para reír, para conversar, para embriagarse. Esas cosas humanas que usted, lo asumo así, conoce bien. Esas cosas tan ajenas.

Esta es una noche muy larga, Cristina, y he caminado sin rumbo--eso es lo que quería decir, en una sola oración, desde el principio, pero no he logrado hacerlo sino hasta ahora. Este momento.

Quiero decir que caminé por largo rato y me detuve, como suelo hacerlo, bajo una jacaranda (ha notado que de noche todas las jacarandas son negras, ¿verdad?) y luego frente a una pantalla y, ahí, ya sabrá, el azar siempre tan original, frente a sus letras.

Le escribo porque camino de noche, usualmente sin rumbo, y me atraen, con frecuencia, tanto las jacarandas como las luces que brotan de las pantallas de las computadoras. Estoy dentro de un edificio al que llaman ciberespacio. Y le escribo. Todo esto es real.

Usted sí puede creer que existo. Usted sí es capaz de creer que le escribe la verídica Mujer Vampiro desde un lugar inverosímil del espacio. Usted sí.

Quiero decir que camino y (¿de verdad no ha notado que las jacarandas son todas negras de noche?) que tengo una historia que contar. Yo también. Es algo que tiene que ver con un hombre de pantaloncillos plateados y una mujer de largos rizos rubios y bikini. A veces me pregunto, con esa desesperación que sólo puede dar la eternidad, por qué no me hice personaje de Anne Rice—ya sabe, libro de pasta dura, película en Hollywood, y Brad. Pero no, qué va, heme aquí, mexicana y sin alternativa, caminando sin rumbo en noches tan largas pobladas de pantallas. Mi historia, Cristina. Se la quiero contar—eso es lo que de verdad quería decir desde el principio pero no me atrevía. ¡Ay, pensar en todo lo que una tiene que escribir para, finalmente y por azar, atreverse a decir lo que uno quería decir desde el principio!Es algo que tiene que ver con mi verdad, Cristina. Escribo “mi verdad” y, antes de que me borre, le digo que sé, lo sé de cierto, que usted no cree en la verdad. Por consideración a usted, aunque sin creerlo del todo, le digo pues que es algo que tiene que ver con una versión--la mía.

Apuesto que le interesa. Apuesto que me dedicará algo de su atención. Apuesto la inencontrable
Santo contra las mujeres vampiro si usted gana o si usted pierde. Se la apuesto.

Queda de usted.

Puede mandar su respuesta a soylamujervampiro@hotmail.com

Pd. La noche, de repente, se ha vuelto corta. Muy corta.


--crg

Wednesday, March 16, 2005

ALLÁ VOY

Alma Mater (es decir la única y verdadera UNAM)
Ciclo: Protagonistas de la Narrativa Mexicana Contemporánea II
Facultad de Filosofía y Letras
Salón 008/ Planta baja
Miércoles 16 de marzo, 18:00 hrs.

Pues nos vemos por allá, ¿que no?
Faltaba más!

--crg
REPORTE CLIMATOLÓGICO

Luz matutina: brillantísima.
Xinantecatl: completamente nevado.
Nubes: de nubario (todas y cada una de ellas).
Temperatura: 8°C (nada es perfecto)
Yo: TierrAltesca de corazón.

--crg

Tuesday, March 15, 2005

LA INQUIETANTE SEMANA DE LAS MUJERES BARBUDAS

Se trata de desmarcar el vello facial, apropiándoselo de formas lúdicas, inesperadas.
Se trata de desmarcar el género, volviéndolo tan flexible y cambiante como es.
Se trata de hacer una travesura.
Se trata de pasársela bien.

El caso es que amiguerrilleras de Madrid, Tijuana y Tierras Altas estamos organizando la Primera Semana Internacional de las Mujeres Barbudas.

Participar es sencillo: manda una foto tuya a: criveragarza@gmail.com (si estás en la zona Tierras Altas de México), a amaranta.caballero@gmail.com (si estás en la zona Frontera México-Estados Unidos), a margarita.valencia@gmail.com (si estás en la Zona Madrid). En cada uno de esos puntos nosotras agrandaremos las imágenes y les colocaremos una preciosa barba o un sutil bigote o lo que tú nos pidas.

Se trata de llenar nuestros espacios cotidianos con estos carteles (escuelas, calles, bibliotecas, antros).
Se trata de llevar barba a cualquier plática o foro en que participemos durante esa semana.
Se trata de ser otro de otra de otro.
Se trata, puesn.

La inquietante semana de las mujeres barbudas se acerca, se acerca, se acerca...


Y, claro, amigos barbados del mundo, uníos!

--crg

Monday, March 14, 2005

PRONTO, MUY PRONTO

La semana internacional de las Mujeres Barbudas...

(prepara fotos tamaño cartel de ti misma, lápices y crayones, barbas postizas, barbas verdaderas, barbas verídicas)

(prepárenese todos)

(amigos con barbas, uníos)

--crg
EL MUNDO SIN EL OJO DERECHO: STOP, stare at me!
Una semana de intervención post-picassiana

Desde Las Tierras Altas. Desde Tijuana. Desde Madrid, Maggie Triana nos convoca a ver el mundo todo en izquierdo. ¿Qué pasaría si, de repente, el ojo derecho desapareciera? Si vemos el mundo con el ojo izquierdo y sólo con el ojo izquierdo, ¿de qué manera cambiaría nuestra política? Estas y otras interrogantes se verán despejadas una vez que cubras tu ojo derecho y dejes libre al izquierdo.

Participar en esta intervención post-picassiana es sencillo: consigue un parche, preferentemente de colores llamativos, escribe algo sobre él, y cubre tu ojo derecho. Así, en la calle, en tu trabajo, en la escuela, en en la cantina o en la biblioteca, tu ojo derecho anuniciará cosas que tu ojo izquierdo observará y/o inventará con sumo cuidado.

Posibles frases para parches:
Esto sí es un ojo. /Ojo que no ve, corazón, siénteme./ Be queer. / El ojo es el espejo de sí mismo./ Soy totalmente pirata. /

Esta acción ha dado inicio hoy, marzo 14, en las calles de Madrid. No te quedes atrás. Los zapatos con tacón de aguja y los labios rojo encendido son totalmente opcionales!

Manda tus sugerencias y/o comentarios a margarita.valencia@gmail.com

--crg
ANUNCIO

Amable lector:
Disculpa las pausas que la realidad provoca en este blog.

--crg

Monday, March 07, 2005

ALLÁ VOY

Literaturas de Vanguardia
Museo Soumaya/Plaza Cuicuilco
Lunes 7 de marzo, 2005 18:00 hrs

Allá nos vemos.

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SÉ LATÍN (METAFÓRICAMENTE) Y ME LA PASO BIEN

[Texto presentado en Mujer que sabe latín, uno de los paneles en los que se celebró la obra de Rosario Castellanos en la Feria del Palacio de Minería]


I. LA RISA CASTELLANA
Debo confesar, por principio de cuentas, que a mí me gusta la risa castellana. Esa filosa ironía carente de autocomplacencia que caracteriza, por ejemplo, el poema que ella intituló Auto-retrato, o la desparpajada hilaridad que provocan las presencias paródicas de mujeres míticas, mexicanas y no, incluidas en la farsa que escribió cuando ya era embajadora de México en Israel: El eterno femenino. Como a las escritoras en general, a Rosario Castellanos se le ha acusado con cierta sospechosa frecuencia de ser demasiado sensata en sus ensayos, demasiado azotada en cuestión de amores, y demasiado severa en sus juicios. Se le ha acusado, en otras palabras, de escribir buenos ensayos, de componer poemas de contenido amoroso, y de tener ideas sobre el mundo que la rodeaba. Se le ha acusado, todavía en otras palabras, de saber latín (metafóricamente y no). Se le ha acusado, y cualquier lector más o menos despistado de la obra de Castellanos lo sabe bien, falsamente. No hay más que asomarse a algunos de los textos de Álbum de familia, varios de sus poemas más últimos, y la farsa que no llegó a publicar en vida para saber que, a la manera de Bajtín, Castellanos se sirvió del humor para revertir de manera crítica y lúdica ciertos mitos genéricos y también raciales de la sociedad mexicana de medio siglo. Sabía dolerse, como lo han hecho otros y otras debido, digámoslo con tranquilidad, a las imperfecciones del mundo en que vivía y, si no me equivoco, en que todavía vivimos, pero también, o tal vez precisamente por eso, sabía reírse. Docta, sabihonda, autocrítica, creyéndose-más-poco-de-lo-que-era, Castellanos tuvo el buen tino de llevar a cabo un ambicioso proyecto en la fase última de su vida: el de sobreponer una pluralidad de voces jocosas, ilegítimas, femeninas, pretenciosas, sarcásticas, hilarantes, a una historia mexicana rígida, varonil, solemne, severa y oficialista.


II. SABER LATÍN Y REÍRSE MUCHO
Es tan sabida la segunda parte del dicho, tan transparente, tan obvia, tan implacable, que nadie en su sano juicio tendrá porque decir en voz alta que mujer que sabe latín, ni se casa ni tiene buen fin. Heme aquí pues, diciéndolo en voz alta, desacatando el silencio y mostrando, una vez más, un juicio un tanto cuanto poco sano. Como muchas, oí la primera parte de la frase cuando era niña pero, como pocas, vivía en un medio en que la segunda parte no era ni obvia ni transparente ni mucho menos implacable. Tuve, quiero decir, que preguntar. No recuerdo a ciencia cierta quién me dio la respuesta, pero sí recuerdo que fue demasiado tarde. Leía ya con una adicción que no me ha dejado hasta este momento y pensar, que era imaginar y evocar y avizorar y criticar y citar, me resultaba ya sumamente placentero. Cuando esa voz que, sospechosamente, no recuerdo, me hizo saber que el peligro consistía en no iba casarme y en que no tener buen fin, estallé en algo que ahora denominaría sin titubeo alguno como una Risa Castellana. No me importó entonces como no me importa, después de dos matrimonios, ahora. Aunque lo del buen fin todavía está en debate (supongo que el último veredicto no debe llegar sino hasta que deje de respirar) debo confesar que, a pesar de saber latín (metafóricamente, claro está), me la paso bastante bien.

Digo esto porque el dicho, según entiendo, pervive. Porque otras, las que empiezan a encerrarse en sus cuartos para pasar largas horas perversas leyendo libros o las que ya se sacan 10 en las escuelas, todavía escuchan, según me dicen, tanto la primera como la segunda parte del famoso lema. Lo digo porque, francamente, dicho sea con toda honestidad, El famoso dicho no es cierto o no siempre o no de ésa manera. Lo digo en voz alta, mostrando mi acostumbrada falta de juicio, porque, como lo dijo precisamente Rosario Castellanos en aquel umbral que nunca cruzó, debe haber otra forma humana y libre de ser—una forma humana y libre de ser en que la cual el saber y el placer no constituyan opciones excluyentes.


III. EL EXTRAÑO CASO DEL HOMBRE CULTO Y LA MUJER LIBRESCA
La situación, aunque común, no deja de ser inquietante.

Un hombre y una mujer leen. Leen mucho. Hablan sobre lo que leen todo el tiempo, de manera obsesiva, apasionada, beligerante. Discuten lo leído y lo por leer. Arman líos sobre un párrafo, una oración, una letra. El hombre y la mujer escriben.

Ergo: El hombre es un individuo culto. La mujer es una tipa libresca.


IV. EL ETERNO (PERO BIEN ETERNO) FEMENINO
Los que leyeron El Eterno Femenino saben que por ahí desfila Eva, quien se decide a comer la famosa manzana porque la alternativa era una vida absolutamente aburrida con un Adán más bien asustadizo; La Malinche, más astuta y manipuladora de lo que Cortés y todos sus hijos bastardos, al decir de Paz por supuesto, habrían querido o imaginado; y hasta una Rosario de la Peña que desdice o cuestiona punto por punto el Nocturno que le dedicó Manuel Acuña. Este acto de ventrilocuismo histórico, tan en boga en nuestros posmodernos y paródicos tiempos, le permitió a la Risa Castellana subvertir estereotipos y cuestionar mitos del pasado. Supongo que los habitantes del futuro harán algo similar con lo que sucede hoy. Alguien tendrá que describir, jocosamente, la manera en que Gloria Trevi se convirtió en una mártir de Mex-América, por ejemplo; y alguien más pasticherá a Ana Guevara y toda la ambigüedad genérica del caso o nos hará pensar en algo más con la versión mexicana, y aumentada, del tatcherismo colonial encarnada ni más ni menos que en lo que era entonces la primera dama. La lista crecerá, sin duda alguna. Pero ya entrados en gastos, válgame dios, ¿para qué esperarse hasta el futuro y no empezar el mismísimo día de hoy?

¿Qué hacen estas cuatro escritoras en un homenaje a Rosario Castellanos, por ejemplo?


V. LO QUE ME HABRÍA GUSTADO
En autorretrato, Castellanos se autodefine como una señora que, entre otras cosas, ve hacia un parque a través de una ventana pero no cruza la calle para caminar en él o para respirar otros aires. Pienso en eso mientras escribo este texto. Pienso en lo mucho que me habría gustado que lo hiciera.

--crg

Tuesday, February 22, 2005

HERE I GO

Rulfofest
Universidad de California, Riverside
Febrero 24-26, 2005

Por allá nos vemos, puesn.

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Thursday, February 10, 2005

TEC MINI-FICTIVO

Lauro Zavala
La minificción en México y Latinoamérica

Jueves 10 de Febrero
Auditorio II
18:00 hrs.

Entrada libre. Los esperamos!

--crg

Thursday, February 03, 2005

EN TRADUCCIÓN

Piezas narrativas de la Tampico-Regimontana Patricia Laurent Kullick y la Ya-Me-Regresé-a-México Cristina Rivera-Garza en Bomb Magazine, Winter 2004-2005, No. 90, The Americas Issue: Tribute to Haiti.

Patricia Laurent, The Guest, trans. by Patricia Laurent and Lorin Loverde.
Cristina Rivera-Garza, Initial Invitation (excerpts from La Cresta de Ilión), trans. by La Gran Hofer.

Cool, digo yo!

--crg

Wednesday, February 02, 2005

PREGUNTAS FRECUENTES ACERCA DE LAS FEMINISTAS (CON RESPUESTAS INCLUIDAS)

[preparado para TecMagazine, Febrero 2005]


Lo que alguna vez, a finales del siglo XX, fue señal inequívoca de posiciones críticas y libertarias se ha convertido, a inicios del XXI, en epíteto ofensivo. No hay muchos años entre la década de los 1960s y el 2005, pero de una cosa estoy segura: pocas cosas insultan más a una mujer actual que ser llamada feminista. El feminismo se ha transformado en la “F” word del mundo contemporáneo. Lo rechazan las jóvenes que se refieren a eso, y pronuncian con frecuencia ese eso en itálicas, como a un asunto de generaciones anteriores o como una cosa, simplemente, pasada de moda. Lo rechazan las creadoras que, ya dubitativamente o ya con una firme firmeza, problematizan la relación que une, o desune, al género con el poema o la instalación o el performance o la rola. Lo rechazan las personalidades públicas que, aún cuando defienden posiciones a favor de la igualdad entre los géneros, se cuidan de enunciar la palabra con tal de no espantar a posibles seguidores o discípulos. Lo rechazan, por supuesto, los sectores más conservadores de ésta o cualquier otra sociedad para quienes las feministas están sólo a unos centímetros, y siempre a la izquierda, del mismísimo diablo. Lo rechazan los clérigos. Lo rechazan tantos y tantos más que, a estas alturas, no resulta extraño que exista, sino que es un verdadero milagro que siga existiendo.

Clave subterránea, trinchera de utópicos irredentos, manía de descastados o gritonas, bandera de los no-pasarán, el término “feminismo”, por la mera virtud de existir, es ahora un enigmático estereotipo (y disculpen esta contradicción en términos). Al menos en eso parece haberse convertido para alumnas y alumnos que, después de clase o en horas de oficina, se aproximan a preguntar, a veces con esa mirada baja que provoca la pena ajena y, otras, con la obvia urgencia del que busca un nombre para una innombrable furia interna, cosas extrañas acerca de las feministas. Considero, por supuesto, que las preguntas son importantes, pero ésa no es la única ni la más significativa razón para incluirlas aquí. Las incluyo, junto con las respuestas que he dado o hubiera podido dar de contar con más tiempo, porque intuyo, con esta intuición que algunos llamarán femenina y nadie feminista, que hay más hombres y mujeres, jóvenes y viejos, de aquí y de allá y de acullá, preguntándose estas cosas o cosas un tanto parecidas. Debe haber más.


1. ¿Todas las feministas odian a los hombres?
Justo como la no-feministas, las feministas tienen apreciaciones variadas sobre los hombres—no un grupo homogéneo, a decir verdad, sino, efectivamente, diverso y, gracias a dios, amplio. Lo que parece suceder es que las posiciones críticas de los distintos feminismos acerca y en contra del sistema de jerarquías patriarcales que desequilibran las relaciones entre los géneros son tomadas demasiado personalmente por los beneficiados de ese sistema. Valdría la pena aclarar, pues, que estas críticas van dirigidas a un sistema de jerarquías patriarcales en el cual participan tanto hombres como mujeres y que las críticas, que sí existen, se remiten a todos aquellos que, de manera consciente o inconsciente, se vuelven cómplices de tal situación. No, definitivamente no es necesario “odiar” a los hombres para ser feminista.

EL DISCURSO DOMINANTE ES ANTI-FEMINISTA, ERGO, LO DE ACÁ ES SER FEMINISTA


2. ¿Todas las feministas se quedan para vestir santos?
Aunque supongo que el índice de mujeres que optan por arreglos familiares no tradicionales (uniones consensuales, las así llamadas uniones libres, las madres y/o padres solteros, las máquinas solteras, etc) es mayor entre las feministas que entre las no-feministas, hay muchísimos casos de feministas felizmente (o infelizmente, asegún le toque a cada quien) matrimoniadas. Las feministas pueden tener maridos y pueden tener hijos y, con el tiempo, nietos. Y también pueden ser cariñosas y comprensivas.

SER FEMINISTA ES CHIDO


3. ¿Hay hombres feministas?
Sí, lo digo enfáticamente, y no todos son gay. Los distintos procesos económicos y sociales que ha provocado la entrada masiva de las mujeres en el mercado laboral, y los cambios en los arreglos domésticos tradicionales a que este proceso dió lugar, han puesto de manifiesto que también la masculinidad es un sitio de airado debate. Ni todos los hombres son hombres de la misma manera ni todos están contentos con el papel que les ha tocado desempañar. Así, las críticas feministas en contra de las jerarquías patriarcales con frecuencia encuentran eco entre hombres no tradicionales u hombres contestatarios u hombres con deseos de explorar las multifacéticas caras de su condición.

SER FEMINISTA ES RISKÉ


4. ¿Todas las feministas son feas?
Aunque los conceptos de belleza son tan diversos como las sociedades y los tiempos que los producen, y aunque en gustos se rompen géneros (en todos los sentidos de las palabras, por supuesto) a las pruebas me remito. Les sugiero ver fotografías de Gloria Steinman, Judith Butler, Susan Sontag, Simone de Beauvior, Susan Sarandon. Y, más cerca de casa, Glora Prado, Blanca Anzoleaga, Sandra Lorenzano, Marta Lamas, Ana Rosa Domenella. Esto, por supuesto, entre muchas otras.

SER FEMINISTA ES CHIC


5. ¿Todas las feministas son lesbianas?
No, no todas las feministas son lesbianas. De hecho, en tanto lugar crítico, los distintos feminismos apuestan por o tienen una sospechosa proclividad para trascender barreras genéricas establecidas por el poder. Así, dentro de este amplio espectro que se denomina como feminismo, conviven heterosexuales, homosexuales, bisexuales, transexuales, omnisexuales, asexuales. En otras palabras: todo cabe en los feminismos sabiéndolo acomodar.

EL DISCURSO OFICIAL ES ANTI-FEMINISTA, ERGO, LO DE A PIE ES SER FEMINISTA


6. ¿Puedo ser feminista y ser “normal”?
Depende, claro, de lo que quieras decir por “normal”. Pero si crees que, independientemente de las diferencias biológicas, hombres y mujeres tienen igual derecho a la educación, trabajo, salud y, por supuesto, al disfrute de sus cuerpos—entonces puedes considerarte, y con orgullo, como feminista. Ahora bien, si el epíteto te resulta todavía demasiado agresivo, o temes que tus amigos te estigmaticen, te declaren la ley del hielo o no te publiquen, te sugiero que le agregues el calificativo de cordial. ¿Quién en su sano juicio podría violentar a una feminista cordial?

LAS FEMINISTAS, FALTABA MÁS!


7. Pero, si usted se ve tan buena onda, ¿a poco de verdad es feminista?
Sí, la autora de esta nota es feminista—una feminista cordial, por supuesto. Ajá.


Si el tema te interesa, te sugiero que leas:
Simone de Beauvior, El segundo sexo
Judith Butler, El género en disputa
Martha Lamas, Cuerpo: diferencia sexual y género


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Friday, January 28, 2005

INTERNET AND BLOGS AS FORMS OF LIFE WRITING

Este es uno de los muchos tópicos que se pueden presentar en la 5a conferencia MESEA (The Society for Multi-Ehtnic Studies: Europe and the Americas) sobre Ethnic Life Writing and Histories que se va a llevar a cabo en la Universidad de Navarra, en Pamplona, entre el 18 y 20 de mayo del 2006. La fecha límite para enviar abstracts de 300 palabras es noviembre 15 del 2005. Más información en www.h-net.org/announce

Habrá que formar un contingente, digo yo.

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Thursday, January 27, 2005

Y SIN EMBARGO SE ENTIENDE

Visto en la calle:
Se. Vende. Arvoles. de. nabidad. de. canadad. pásele. aqui.

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Monday, January 24, 2005

TEC POÉTICO

La Cátedra de Humanidades del ITESM-Campus Toluca presenta al poeta Juan Carlos Bautista
Miércoles 26 de enero 2005
Auditorio II
18:00 hrs

Comentarios a cargo de Saúl Ordoñez.

Entrada libre!

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LA CARICIA DEL DESCONOCIDO: ENTREVISTA A JUAN CARLOS BAUTISTA
Por Sául Ordoñez

Algo,
alguien me temblaba cuerpoadentro
y me quería nacer
como una palabra presentida.
Juan Carlos Bautista, Cantar del Marrakech.


Con motivo de su visita al Campus este 26 de enero, para presentar su poemario Cantar del Marrakech, conversamos con Juan Carlos Bautista, quien nos habló de su trabajo y de la poesía en general.

Juan Carlos Bautista nació en Tonalá, Chiapas, en 1964. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en varias publicaciones periódicas, como Viceversa, La Jornada, El Financiero, y Punto de Partida, entre otras. Obtuvo las becas Salvador Novo y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para jóvenes creadores en dos ocasiones, así como el premio Punto de Partida en 1984. En 1992 fue triunfador del Concurso Internacional de Cuento convocado por el Grupo Editorial Siete y La Guadalupana. Ha publicado los poemarios Lenguas en erección (19990), Cantar del Marrakech (1993) y Bestial (2004) y participó en los volúmenes colectivos Fuera del calabozo (1983) y El nuevo arte de amar en México (1991). Poemas suyos también aparecen en varias antologías.

Cantar del Marrakech es una travesía poética por las entrañas de un antro homónimo, donde se nos presenta a los diversos seres que lo pueblan: las locas, los chichifos, los sardos, Jana de la noche, Hugo, Diabla la Grande, quienes viven de diferentes maneras sus pasiones, sus deseos, sus cuerpos.

Sobre el hecho de que la gente no suele leer poesía, sobre todo poesía contemporánea, Juan Carlos Bautista comentó:
La poesía y las artes visuales, también quizás la arquitectura, fueron las grandes iniciadoras de la modernidad. Las tres tuvieron programas coherentes y radicales, manifiestos, revueltas grupales y respuestas extraordinarias al cambio del siglo. Pero las artes visuales y la arquitectura ganaron un enorme prestigio, un público vasto, una presencia aplastante en la vida de las colectividades y en los ámbitos de la vida privada. ¿Por qué no la poesía? ¿Por qué ella se fue al margen? Podría conjeturar varias respuestas pero acaso serían demasiado aventuradas y quién sabe si aclararan la situación que plantea la pregunta. La poesía contemporánea –al menos una enorme franja de ella- es indiferente al público porque es aburrida, porque no responde no sólo a las necesidades existenciales de la gente, sino ,sobre todo, porque carece de esos mecanismos, de esos enganches, que la vuelvan socialmente deseable. Un poco de esnobismo es necesario, el esnobismo que -decía Gómez de la Serna- abre las puertas del gusto nuevo. Y lo sostengo, a pesar de que para mí tiene un valor enorme el hábito de molestar y de irritar. Lo que sea. El arte puede proponerse lo que sea, menos aburrir.

¿La poesía mexicana está en crisis?
La poesía mexicana siempre ha estado en crisis. Todo arte está permanentemente en crisis. La Lengua prolifera en esa encrucijada. Sor Juana es la crisis de una sociedad misógina y monolítica. Los Contemporáneos son la crisis de un país machista, obtuso y engreído en su nacionalismo. La crisis es un desasosiego, un desajuste y una respuesta radical.

Me parece que hay una tendencia entre escritores jóvenes hacia la desaparición del “yo” en el poema y el uso de un estilo hermético en cuanto al significado. ¿Cuál es su opinión al respecto?
El yo es un recurso literario, como muchos otros. Es un utensilio. Yo respeto profundamente a poetas que no lo usan nunca y que parecen no aludir directamente a su vida personal, como Coral Bracho, por poner un ejemplo magnífico. Pero uno no escoge su voz y la voz escoge ciegamente sus recursos. La marejada de poetas herméticos es tan aburrida como las hordas de poetas bárbaros y confesionales. La inocencia del poeta es un arte endemoniado, una malicia perfectamente disimulada. Oigamos a Pessoa: “El poeta es un fingidor./ Finge tan completamente/ que llega a fingir que es dolor/ el dolor que de veras siente”.

¿Qué retos le impone al poeta y a la poesía el momento actual?
El reto, la responsabilidad, de tener coraje, de ser valiente.

Su trabajo en general, no sólo su poesía, muestra un fuerte compromiso con la comunidad homosexual. ¿El artista debe involucrarse en causas sociales? Si es así, ¿de qué manera debe hacerlo?
Dudo mucho que exista una “comunidad” homosexual. Ese microcosmos de personas que aman a otras personas de su mismo sexo es tan variopinto y tan disperso como lo puede ser el resto de la sociedad. Y sin embargo es verdad que siempre me he sentido profundamente identificado con un grupo de personas que le dan una importancia decisiva a la disidencia sexual y moral, al amor como (des) aventura lúcida, sean hombres o mujeres, homosexuales o heterosexuales. Dio la coincidencia de que mi vida sexual coincidió con mi vida política porque mis fervores militantes comenzaron dentro del Movimiento gay, contingencia quizá no tan casual que no dejo de agradecer. Para mí, todo es cuerpo, para bien y para mal.

¿Debe el artista involucrarse en causas sociales? ¿Y por qué no? ¿Son los artistas ángeles? Debe involucrarse en ellas -si quiere, si le viene en gana o si su conciencia se remueve lo necesario- en cuanto ciudadano. No creo que un artista deba comprometer su arte, a menos que en esa forma de compromiso se le vaya la vida entera, como en Roque Dalton digamos. Esta es una discusión del todo superada y no insistiré en ella. Lo que sí me parece abominable es esa figura del artista-Santón, del Artista-Verdad- Absoluta, que no son ciudadanos sino tótems, que no piensan sin pontificar, que sólo profieren verdades inquebrantables como piedras cifradas, y cuya actividad pública sólo es un tributo a su enorme megalomanía.

El erotismo, específicamente el erotismo homosexual, es una constante en su obra…
Me ruboriza que llames “obra” a un puñado de papeles dispersos. Si dicho erotismo está ahí, no fui yo quien lo decidió. El poema crece sobre el humus del poeta, sobre sus despojos. Siempre me ha sorprendido que a alguien más le gusten mis poemas. Es la caricia del desconocido. Yo he sido toda la vida un pésimo promotor de mí mismo. Mucho tiempo me avergonzó ser escritor. Mi padre era obrero mecánico, un hombre hermoso al que me hubiera gustado parecerme en todo. El trabajo intelectual o literario me parece una aberración, una condena que hay que soportar con estoicismo. Yo no soy escritor, porque no escribo profesionalmente. Si me dicen poeta me ruborizo, me lleno de un sentimiento ambiguo de orgullo y de vergüenza. No vivo ni pretendo vivir de mi trabajo literario. Reconozco que hay ahí un poco de cristiano antiguo. Y también hay otra cosa: todo libertino –y yo lo fui- es un moralista, un ser ofendido. A mí me repugnan las costumbres y los usos de la comunidad literaria. No puedo con ella, qué le vamos a hacer.

Al tratar el tema de la homosexualidad, lo hace de una manera abierta y que nunca deja de lado el humor, algo poco frecuente, que me recuerda al trabajo de Salvador Novo…
Me encanta el humor de Salvador Novo...excepto en sus poemas. Novo es un gran poeta en Nuevo Amor, un libro desolado donde pierde del todo el sentido del humor. De sus sátiras admiro el veneno, el ánimo belicoso, el arte perdido del perreo, pero apenas me parecen poesías. En otros momentos, cuando hace poemas “humorísticos”, Salvador Novo es insoportable.
En cuanto a mí, varias veces me han hablado de mi sentido del humor. Me sorprende. Todo o casi todo lo escribo absolutamente en serio. Cuando publiqué Cantar del Marrakech algunos señalaron ese humor, ¡pero eran textos desgarradores o al menos bajo esa temperatura pensé hacerlos! El humor, si lo había, era inconciente, quizás una estrategia de salvación.

¿Considera que hay una tradición de la poesía homosexual en nuestro país?
Hay una gran poesía homosexual en México que es la poesía de los Contemporáneos, que como toda gran poesía es totalmente secundario llamarla homosexual. Sin embargo, es verdad, oh puros, ahí están: son poemas profundamente homosexuales. Pero yo no me atrevería a invocar una “tradición”. Pocos países poseen una tradición de ese tipo. La cubana, donde casi todos sus grandes poetas han sido homosexuales, me parece envidiable. En México, la grandeza empieza con los Contemporáneos y ahí se acaba. ¿Qué otros poetas homosexuales importantes hemos tenido después? Hubo un momento verdaderamente triste, luego de los años de la liberación, con “poetas” como Luis González de Alba. Sin embargo, ahora creo que comienzan a suceder cosas interesantes con gente como Baudelio Lara, o Luis Felipe Fabre, que es un gran poeta.

¿Qué escritores lo emocionan? ¿Cuáles lo han influido?
Yo he sido una puta literaria: me he dejado coger por un montón. No temo a las influencias, incluso venéreas, con tal de que no sean mortales. He tenido muchos escritores amados y los he ido cambiando con el tiempo. Amo al de la hora, al que estoy leyendo o releyendo: ahora, por ejemplo, a Bernal Díaz del Castillo. Pero como sucede con los amantes carnales, entre la marejada, quedan sólo algunos: Faulkner, Genet, Reynaldo Arenas, Virgilio Piñera, Wilde, Bernhard, Capote, Cavafis, López Velarde, Vicente Huidobro, etcétera, etcétera.

¿Dónde suele escribir? ¿Cuáles son sus rituales en ese momento?
Sufro mucho al escribir y lo eludo tanto como puedo. La pereza y la indisciplina me ayudan bastante. Y si no, ahí está la tele, ahí está el cine, ahí está la hora de caminar. Siempre surge algo imperioso cuando me propongo escribir. Hasta lavar los trastes

¿Discute o intercambia ideas con otros poetas?
No, a menos que estén muertos.
No, ni Dios lo mande: yo sé elegir a mis amistades.

La pregunta obligada: ¿Existe el Marrakech?
Existió. Era un antro fabuloso detrás del Palacio de Bellas Artes.

Saúl Ordoñez

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Thursday, January 20, 2005

ALLÁ VOY

(Con)jurar el Cuerpo: Historiar y Ficcionar
UAM-Iztapalapa
Edificio de Rectoría-sala de Consejo Académico

Viernes 21 de enero 2005
13:00 hrs

Por allá nos vemos, puesn.

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Monday, January 17, 2005

LAS TRADUCCIONES SALVAJES

Hasta que supe que eran Venetian blinds, me di cuenta que yo les decía persianas.

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Friday, January 14, 2005

LARGA ESQUINA DE VERANO

Felicitaciones a Amelia Suárez, integrante del taller de Escrituras Colindantes del ITESM-Campus Toluca, por haber obtenido la beca que otorga el Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México en el área de letras. Amelia trabajará por doce meses en Larga esquina de verano, un poemario en prosa alrededor de Hospital Británico, el libro del poeta argentino Héctor Viel Temperly. El objetivo es reconstruir los últimos días de reclusión del poeta, mezclando experiencias y momentos clave en la relación escritura-obsesiones-tratamiento psiquiátrico. EL jurado estuvo integrado por Eusebio Ruvalcaba, Eduardo Osorio y Aldo Mauricio Alba Ramírez.

Puesn!

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Tuesday, January 11, 2005

SE NOS PERDIERON LOS NOMBRES

Felicidades a Laura Zúñiga, integrante del taller de Escrituras Colindantes del ITESM-Campus Toluca, por haber ganado la beca de invierno que otorga el Centro Toluqueño de Escritores en la rama de narrativa. Laura trabajará 10 meses en la elaboración de Se nos perdieron los nombres, su primera novela.

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LA MIOPÍA ES LO CONTRARIO DE LA FE

Dice Hélene Cixous que la miopía tiene "su sede oscilante en el jucio", que "hace reinar una eterna incertidumbre que ninguna prótesis disipa". Dice, también, que la miope "jamás vio con seguridad", que para ella "ver era un creer cojeante". Que dentro de la miopía "todo era quizá". Mientras la leo me doy cuenta que recuerdo ensayos memorables sobre la ceguera, pero que "Sa(v)er" es el primer texto que describe para mí, y casi a la perfección, este otro estado, el no-ver-bien, que acaso por menos dramático y más común es más transparente y menos comentado.

Uno nace miope, se sabe. Pero si no fuera cuestión de genes dominantes, si no fuera una fatalidad, estoy segura de que la habría elegido. La miopía me obligó a vivir desde el inicio en un mundo difuso, sin límites fijos o claros, sin asideros. Ser miope era, sobre todo, dudar. Dudar de lo visto a medias por mí y dudar de lo visto claramente por otros. ¿Cómo creer en ese mundo de bordes definidos y lindes exactos cuando nunca se le ha visto, cuando nunca se le ha experimentado? La miopía le pertenece a la región de los limbos, la produce, de hecho, y es, por ello, liminal. Trasgresora. Ambidiestra. Indecisa. Ambigua. La miopía es, luego entonces, crítica por naturaleza y, por ello, probablemente subversiva. El miope no cree, no puede; el miope descree categóricamente. El miope, para quien el horizonte es un mero horizonte enigmático, tolera mejor lo que está cerca. El miope toca y, tocando, ve un poco más. O ve de otra manera. El miope oye con una atención infinita. La miopía es lo contrario de la fe.

Recuerdo, con exactitud de no-miope, la primera vez que vi el mundo con ayuda de anteojos. Recuerdo la sorpesa, su brutalidad. La frase: así que esto era. Dicha una y otra vez. Dicha ante las frondas de los árboles, de cara al cielo, frente la lejanía. Justo en el centro de eso que se llama distancia. El gusto fue atroz, pero también efímero. Después de un par de horas de éxtasis visual me quité los lentes y volví al mundo de las cosas informes y pequeñas y tocables. Volví a los libros y a los insectos y a los microscopios. Porque la miopía también es un refugio. También es un regazo. Cuando el mundo de coordenadas firmes y claras atosiga tanto, cuando los límites se anuncian con singular convicción y las ideas se enuncian con la autoridad repelente del dictador o del convencido, el miope puede borrarlo todo con sólo remover los anteojos (porque en esto Cixious tiene razón, el miope es miope incluso, o sobre todo, con los ojos cerrados). Uno regresa a la miopía como quien, habiendo escapado una estrecha celda perpetuamente iluminada, va en pos de su propia deriva, su peculiar extravío. La penumbra seduce.

Sin anteojos no puedo caminar bien. Me mareo. Sin anteojos no puedo platicar ni hablar por teléfono ni multiplicar ni escribir. La pantalla de la computadora no conoce mi rostro sin ellos. Todo estas cosas, y otras aún más pueriles que no vale la pena comentar, son ciertas. Y, aún así, me quito los anteojos con gusto. Por gusto también. Es la señal de que hay que estar quieta, con los ojos abiertos, en un lugar que, por visto a medias o por mal visto, provoca la imaginación. La subleva. La decanta. Es la señal de la intimidad. Tal vez por eso siempre leo sin anteojos.

--crg

Monday, January 10, 2005

ODA A LA O
[publicado en Confabulario/El Universal, enero 2005]

Yo era rapaz
y conocía a la O por lo redondo
Ramón López Velarde, Mi prima Águeda

--Esto es una estolidez --grita la mujer y, al mismo tiempo, levanta los brazos hacia las ramas de los árboles que, bajo la luz de mayo, parecen venidas de otros mundos. Así brillan, de esa manera tan ajena, y así se mueven, tan sutilmente, azuzadas por un viento que ya parece de verano. Y yo, que nada más pasaba por ahí, la escucho e, indecisa ante el significado de lo que escucho, pienso “o está loca o tiene cierto gusto por las palabras de cuatro sílabas”. Y ahí, en ese justo momento, dentro de esa enunciación, me doy cuenta de que he vuelto a caer en el túnel infinito o infinitesimal de la O porque, en lugar de preocuparme por el estado de la mujer que o es una simple gritona pública o está obsesionada con cierto desparpajo del vocabulario, no hago sino repetir entre dientes, intentando ocultar ese entre-dientes detrás del asomo de una gran sonrisa idiota, “es la O”, “es la O”, como si se tratara del advenimiento de un desfile de rarezas o de la mismísima aparición de una virgen corrupta.

La O, digámoslo de una vez, me apasiona. Como el gran aro de fuego a través del cual saltan los leones haciendo gala de valentía o de inconciencia, la O es una llamativa o peligrosa abertura hacia lo distinto. La O desune y bifurca. La O es un reclamo de otredad y, por lo tanto, de deseo. La O siempre ofrece una alternativa. Cerrada en sí misma, sin fisura alguna que distraiga su propio trayecto ensimismado, el trazo de la O, sin embargo, hoya el aire y hace visible el hueco. La falta. Aquí, anuncia la O en su complitud más llana, no hay nada. Aquí, como diría la famosa viajera de Pizarnik, hay un vaso vacío. Y por ahí, por ese agujero encantado o ese vaso vacío que puede ser un túnel o infinito o infinitesimal o ambas cosas, se fuga a menudo El Sentido Unívoco del Mundo ya sea a carcajada batiente o ya pisándole los talones a la más abrupta estupefacción. La O está el inicio de lo Otro. La O está, también, en su final.

Mi relación con la O no data de tiempos ancestrales. La conocía, es cierto, pero no la conocía. Todo se lo debo a un viaje por carretera hacia Los Angeles y al amigo de plática no muy amena que manejaba el coche. Llovía y, por eso, creo que también se lo debo a la tibia sordidez de la lluvia de noviembre que golpeaba o acariciaba el parabrisas. No había, quiero decir, nada que escuchar ni nada que ver y, por eso, un tanto desesperada por las situaciones límite en que con frecuencia me coloca la vida, abrí las páginas del Notes for Echo Lake del poeta norteamericano Michel Palmer. Y, entonces, la conocí. Y, entonces, inició el vértigo. Al inicio pensé que el malestar--algo tenue y agridulce a un mismo tiempo; algo, además, fugaz--se debía a la falta de comida o al hecho de ir leyendo en un vehículo en pleno movimiento. Sentía una ligereza preocupante--como si hubiera bebido mucha champaña la noche anterior--en partes inimaginables de la cabeza y una especie de comezón indeterminada--como si un ejército de hormigas frenéticas se hubiera vuelto loco--en las puntas de los dedos que tocaban, incrédulas, las páginas del libro. Cuando levantaba la vista y lograba ver algo entre la bruma casi-angelina, me topaba con ese verde químico que se describía en alguno de los poemas “o ese perro abismal”. Era o una cosa o la otra, pero las dos estaban frente a mí estáticas y abiertas, tentadoras y sucesivas. Además, en lugar de demandar una elección, la oración me pedía que pensara en ambos elementos, que eran dos elementos o diametralmente distintos o totalmente sin relación, al mismo tiempo. Así se apareció frente a mí el reto o el aro en llamas o la redonda paradoja de la O a través de la cual, haciendo gala o de valentía o de pura inconciencia mientras me preguntaba si era en realidad una pura casualidad que la primera plaqueta de Palmer se llamara Plan of the City of O, salté.

Lo que encontré del otro lado de la O fue un universo o dislocado o irresuelto pero, por lo mismo, preñado de posibilidades a punto de existir. Un cielo de luciérnagas. Detenida en el más exquisito de los estupores, presa de vahos acaso decimonónicos, me sentí en aquel famoso cruce de caminos al que se refiriera tan elocuentemente Walter Benajamin cuando disertaba sobre el carácter destructivo. Ahí estaba yo, entre una cosa o la otra o la otra, en plena rosa de los vientos, sin verme obligada más que a imaginar los rumbos peculiares, acaso retorcidos, que abrían las presencias ubicuas de las Os. En ese universo donde, esto me resultaba claro, la disyunción le había ganado la batalla a la conjunción, las oraciones se bifurcaban bajo la presión que ejercía un sujeto desestabilizado o bífido o con una conciencia triple de sí. Ahí el predicado, que es siempre tan predicador como un predicador, se refería a esos sustantivos opuestos con una calma, como se dice, aunque no sé por qué, chicha. Sin amedrentarse ante la pluralidad de los sentidos encontrados, la oración explotaba entonces hacia derroteros impredecibles ocasionando ese finísimo vértigo que confundí al inicio con el champán o las hormigas pero que, a menudo, esto también ya me ha quedado claro, precede al embate de la carcajada más contundente y agresiva--que es la carcajada con la cual le decimos al mundo que no tenemos la más mínima idea de por qué nos reímos. Porque ésa es otra virtud de la O. Cuando coloca en el mismo apartado a entidades de suyo distintas, es decir, cuando obnubila lo real o cuando cuestiona los límites de nuestro sentido de lo verosímil, la O desjerarquiza el mundo y, al hacerlo, invita a ver a los objetos o animales o personas de ese mundo desde una óptica contraria o abismal o, en todo caso, evocativa. De ahí el humor intrínseco de la O. De ahí su ánimo corrosivo o político o, sin más, festivo. La O, por lo mismo, debería ser declarada la Reina de Todos los Carnavales Bajtinianos o, con un poco más de religiosa seriedad, la Santa Patrona de Todas las Esquizofrenias o, con otro tanto de su propia equívoca medicina, el Ícono Sagrado de las Personas con Miedo a la Intimidad. La O, que horada la oración cual luciérnaga con champaña, siempre trae consigo, quiero decir, a su Más Allá que es, sin duda, su Otro (y el Otro de su Otro y su Otra). La O es una multiplicación. La O pulula.

Claro que la O no es únicamente benigna. De regreso en el universo donde ha triunfado la Y concatenadora e imperial, un universo sin luciérnagas a punto de ser o de no ser que fluye, o más bien se detiene, bajo la dictatorial luz de lo semejante, la O a veces acaba creyéndose su propia disyuntiva. Así, cuando el furibundo ladrón demanda, con una voz baja y nerviosa y con aroma de adrenalina, “o la bolsa o la vida” o cuando el amante, con una voz baja y nerviosa y con aroma de adrenalina, ultima “o él o yo”, hay poco tiempo en realidad para considerar las sutilezas gramaticales de la oración o las funciones críticas de la disyunción o la mismísima existencia de un universo que es en realidad un cielo horadado por el ser o no ser o casi ser de las luciérnagas. En esos momentos la O, tomándose acaso demasiado en serio o demasiado al pie de la literal letra, utiliza la voz (baja, nerviosa, con aroma de adrenalina) del ladrón o del amante (cuando son dos personas distintas) para obligarnos a reconsiderar, a toda prisa pero con algo de garbo, ese salto a través de su propio aro en llamas. Entonces o te quedas callada o gritas, bajo una luz que transforma a las ramas de los árboles en algo definitivamente de otros mundos, “esto es una estolidez”, con ese gusto, acaso anacrónico o acaso meditabundo, por las palabras de cuatro sílabas o por el escándalo público.

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SUSANA Y MARIA LUISA FOREVER

Las imagino hablando del dolor--del de los otros, del crónico, del propio, del de las guerras, del cotidiano, del de más allá.
Las imagino, por algo ha de ser, tomando ginebra con oporto--un martini, declaradamente, de otro mundo.
Las imagino escribiendo. Siempre.

--crg
(CON)JURAR EL CUERPO: HISTORIAR Y FICCIONAR

Jurar puede significar muchas cosas, pero también quiere decir prometer. Me gustaría creer que el verbo con-jurar también es una manera de designar esa acción a través de la cual es posible prometer-con-otro, aunque también es una forma, acaso paradójica, de exorcizar, evitar un daño, rogar mucho, conspirar. Así la frase “conjurar el cuerpo” puede ser a la vez una manera de exorcizar o, lo que puede ser lo mismo, borrar el cuerpo o atestiguar su ausencia, y prometer, en plural y al mismo tiempo, su eventual reaparición. Creo que un movimiento similar une a lo que desune el lenguaje oral del lenguaje escrito: una desaparición y una promesa de eventual aparición del cuerpo. Creo que tal amenaza y tal oferta va implícita en la presencia, bastante engañosa, de las voces que los historiadores dicen que escuchan cuando leen documentos históricos. Entre una cosa y otra, el cuerpo. La presencia del cuerpo. Su ausencia.

En “El Atizador de Wittgenstein y el agalma de Sócrates a Lacan”, Néstor Braunstein compara los relatos de dos reuniones de filósofos: por una parte la congregación que dio lugar a El banquete o Del Amor, el célebre texto en el que alguna huella queda de lo que Diótima le dijo a Sócrates y éste a Aristodemo y Aristodemo a Apolodoro y éste a “un amigo” y “ese amigo” a Platón y éste a sus lectores, y por otra, las dos o tres versiones que atestiguan el encuentro, al que sería más adecuado denominar como desencuentro, entre Wittgenstein y Popper. Entre uno y otro suceso, Braunstein señala el papel lacunar de la memoria en ambos recuentos, asegurando que “si en un relato interviene la memoria, ese relato es seguramente una ficción”. Además de incluir al Derrida de La Tarjeta Postal en la definición (“Cada uno se hace cartero de un relato que transmite conservando lo “esencial”: subrayado, recortado, traducido, comentado, editado, enseñado, repuesto en una perspectiva escogida”. ¿La verdad? ¡Tiene estructura de ficción! ¿La ficción? Ella es el “cartero de la verdad”), Braunstein hace un aparte para describir la relación entre el lenguaje oral y el escrito en términos de la también célebre distancia que nunca se cierra entre Aquiles y la tortuga. Dice Braunstein que “la palabra escrita corre tras la palabra hablada tratando de captarla en el momento mismo de su surgimiento… Todo registro es infiel deficitario, semblante de un objeto perdido”.

No creo exagerar si digo que todo historiador contemporáneo, especialmente un historiador cultural, está al tanto de la compleja interrelación de estos tres pares de elementos interrelacionados a su vez: la memoria y la ficción, la memoria y (el fracaso de) el lenguaje escrito, la memoria y la ausencia del cuerpo. El que lee documentos históricos, esos sarcófagos donde yace el lenguaje oral (y la presencia del cuerpo-en-interacción que éste supone), lee la ausencia del cuerpo implícita en el lenguaje escrito. Así, y por eso, cuando el historiador pretende hacer creer a sus lectores que él es un escuchador, es decir, cuando el historiador miente y se miente, cuando promete lo que no puede dar o, lo que es lo mismo, cuando ofrece lo imposible, lo que está en juego no es una simple metáfora esquizofrénica sino esa ausencia del cuerpo que pone de manifiesto—que encarna, diría Gertrude Stein—la falta de interacción, diálogo, e incesante impermanencia que aqueja al lenguaje escrito.

Aclaro: a mí no me parece mal que los historiadores prometan lo que no pueden dar. Es más: estoy siempre a favor de aquellos que ofrecen o pugnan por lo imposible. Así entonces, jurar-con-otro (que es el lector) que el escrito histórico encarnará la interacción, diálogo e incesante impermanencia del lenguaje oral, no sólo me parece algo deseable sino también algo a la vez posible e urgente. Me parece, también, algo propio de la ficción que es, como decía Derrida, el cartero de la verdad. Su forma.


--crg

Thursday, January 06, 2005

SITUACIONES LEVEMENTE HERMAFRODITAS

1. La mujer embarazada, cuando el feto es un varón.

2. Los niños de menos de 6 que entran con sus madres, y esto con la mayor naturalidad, al baño de mujeres.

--crg

SQUIZO WANNABE
Ear Over Eye I

Historians, who more often than not use written sources to document their works, are prone to introduce such works claiming they contain “voices” form the past. While rather common, choosing the term “voice” over “written word” is hardly an innocent strategy. It is, in fact, I believe, a strategy of serious epistemological and political implications. I doubt, indeed, that historians who claim that they “hear” “voices” are trying to pass themselves as schizophrenic patients on the run, veritable mediums of the unknown or ventriloquists of souls forever lost. Or so I would hope. But in emphasizing something they most emphatically do not do, that is, hearing the voice of a living being, the voice produced by an actual body-in-interaction, historians take part, and relentlessly so, of the modern, and postmodern, assault against what Steven Connor has called, in Dumbstruck. A Cultural History of Ventriloquism, the vocalic space—an implicated rather than explicated space in which the voice “may be grasped as the mediation between the phenomenological body and its social and cultural contexts.”

Historians read. Historians see written words, line after line and, when lucky, in rectangular pieces of paper. Historians depend on their eyes. And vision, as Walter Ong suggests in The Presence of the Word: Some Prolegomena for Religious and Cultural History, “situates man in front of things and in sequentiality [whereas] sound situates man in the middle of actuality and simultaneity.” Vision, and its capacity to withdraw itself through blinking, has the active power to dispose, to discriminate, to revise. Resulting from and producing in turn a cinematic model, vision, Connor insists, is “an exercise performed on the world, as opposed to the bearing in of the world upon us that seems to take place in hearing.”

When I state the obvious, that historians do not depend on their ears to elaborate their works, that historians, so to speak, do not hear, I am also saying that as major agents of literate or sighted cultures, agents of the world-for-the-seeing, historians cannot, by the rules of their trade, by pure self-definition, capture the diffuse nature of the unremittingly intermittent world of sound, which radiates and permeates in paradoxical, and politically charged, impermanence. Try as they might, historians cannot reproduce the oral situation they presume, for so they do when claiming that a “voice” is contained in their works, lies deep inside and/or prior to the writing of the word. The readers of such word are not trained to implicate themselves with the implicated space of sound, the implicated space of presence-in-impermanence, the implicated implication of the expression I am all ears.

Yet they want to. And they should. But in order to achieve such a goal, in order to join eye with ear, in order to implicate the phenomenological body-in-contexts, in order to promote, in other words, an ethnographic reading of historical documents, historians will have to question the rather strict methodological rules that govern their trade. If what they want is indeed “to hear voices” then they should formulate an appropriate schizophrenic method of inquiry—an unremittingly intermittent method that replicates the world of sound and a method that, accordingly, privileges the abilities of ear over eye.

--crg

Tuesday, January 04, 2005

EL MINUTO DIECISÉIS

Intenté cambiar mi vida porque había que ser, me dijeron, completamente moderna, es decir, Otra. Y empecé por lo más obvio: organizar mi biblioteca. El cambio o era radical o no era, así que, por eso, decidí honrar un orden extraño, un orden ajeno a mí, un orden en el que jamás había creído ni mucho menos imaginado como propio: el Orden Alfabético.

Reporto que el esfuerzo no sólo fue agotador sino también estrenduoso. Quiero decir que mientras sacaba los libros de las cajas y mientras los libros encontraban, de una manera que sólo puedo calificar como de cejijunta, su nuevo lugar en el Alfabético, yo no podía evitar escuchar los lamentos y gemidos, carcajadas y rezongos que, a escondidas de mí, se escapaban de mí. Acker y Atwood en el mismo rectángulo: bien (de haber estado juntas en algún sitio, imagino que se habrían irritado mutua y productivamente). Pero ¿Wasler y Weldon? Ouch. ¿Dostoievsky y Duras? Mhh. ¿Pavic y Pamuk? Ajúa.

Los días pasaron.

Entre viaje y viaje espiaba el extraño comportamiento del Alfabético--esa estructura que, de tan rígida, provocaba encuentros tan impredecibles, algunos incluso felices. Y el Alfabético, debo reportarlo también, me espiaba con un reto azul en cada inexistente mejilla.

Los días siguieron pasando.

Después de medio completar la tarea (no hubo suficientes libreros para albergar al Alfabético) me le quedé viendo unos largos y sensatos y equidistantes y proverbiales quince minutos.

El tiempo, de repente, se detuvo.

--Alfabético --le susurré con la dulzura ésa que ataca a los que están a punto de despedirse para siempre y con el súbito arrojo de los tímidos y con la inamovible convicción de la que sólo son capaces los indecisos--, que te vaya muy bien.

Y, justo al inicio del minuto dieciséis, mientras me daba a la explícita y feliz y nuevoañesca tarea de sustraer los libros del yugo del Alfabético ése de inexistentes mejillas, y mientras los (des)colocaba de esta manera hermética y mía y de otra manera intransferible en que siempre lo he hecho--de acuerdo al (des)orden de lectura, que es, de hecho, un orden, si cupiera el calificativo, de la experiencia--di por terminado mi cambio de vida.

Mucho me temo que este año tampoco seré completamente moderna (Rimbaud dixit) (Rimbaud sorry) (Rimbaud-de-cualquier-manera-ya-se-acabó-el-siglo-XIX).

Para bien o para mal, si esto es del todo posible, seguiré siendo La Misma.

--crg