Friday, October 27, 2006

LA MERCANCÍA EN LA ERA DE LA REPRODUCCION PIRÁTICA
[publicado en La Primera Dama, sección de cultura del periódico mexicano El Universal]

El original no existe, se sabe. En una época que ha puesto en duda de manera sistemática no sólo el valor sino la existencia misma de lo “auténtico” es sólo natural (y utilizo esta palabra aquí con sumo cuidado) que las copias y sus auras, como dijera Walter Benjamin en uno de los ensayos más citados del siglo XX, ocupen un lugar especial y controvertido (y también especialmente controvertido) en las vidas cotidianas de los consumidores contemporáneos. Ya en 1936, cuando el torturado filósofo alemán publicó “El arte en la era de la reproducción mecánica”, ambivalentemente denostaba y celebraba las capacidades tecnológicas de una época que, por una parte, aseguraban la reproducción de la obra de arte aunque, por otra, lo hacían a costa de la pérdida de su aura, su aquí y ahora que, según él, constituía su certificado de autenticidad (algo que definía como “la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica”). ¿Qué decir unos 70 años después, ya en plena era de la reproducción pirática? Si bien una mercancía no es un objeto artístico y sí, por el contrario, un objeto masivo resultado de la desarrollada capacidad tecnológica para producir en serie, todo parece indicar que las habilidades reproductivas, especialmente cuando éstas son tan masivas como las productivas, ocasionan efectos económicos y culturales que bien vale la pena revisar.

Basta pasearse por cualquier calle céntrica de cualquier ciudad del país para encontrarse con los emblemáticos vendedores ambulantes que dan cuenta del estatus de las mercancías en la era de la reproducción pirática. Veamos.

1)La mercancía pirata transforma el concepto de autenticidad en un asunto de fe. La calidad creciente de las réplicas hace realmente difícil distinguir entre el objeto original y el objeto no-original. Así, al ir comparando detalle por detalle y no encontrar diferencia alguna entre uno y otro, el consumidor no tiene otra alternativa más que recurrir a la creencia de que, como el objeto ha sido adquirido en un establecimiento autorizado, es decir, en un establecimiento que paga impuestos al estado, el objeto, luego entonces, es el objeto original. Esta relación entre el estado y el objeto, escandalosa de por sí, significaría poca cosa sin la mediación de la creencia. Y es ésta, no el objeto, la que nos hace exclamar, dependiendo del anhelo o del caso, que lo que tenemos entre manos es un objeto original.

2)La mercancía pirata democratiza el mercado de maneras perversas. Transformando en realidad una promesa que todo régimen político hace pero ninguno cumple, los Ambulantes Vendedores participan en la democratización de ciertos objetos (películas, ropa, bolsas, zapatos, discos, entre tantos otros) al extraerlos de los canales de comercialización elitistas y ponerlos al alcance de un público masivo. De esta manera, independientemente de los ingresos económicos, las mayorías tienen acceso a los objetos de estatus social que alguna vez fueron el coto cerrado de los pocos.

3)La mercancía pirata obliga a enunciar lo obvio y, luego entonces, a denunciarlo. En un retuércano de probada perversión, la mercancía pirata devela la descarada búsqueda de estatus de los consumidores. La clase media no nace, se hace a través de las etiquetas de la ropa que se pone. Cuando el consumidor se ve obligado a anunciar que la mercancía en uso es la “original”, lo que el consumidor confiesa es que poco le importa el disfrute del objeto (por eso los defensores de lo “auténtico” no pueden ser verdaderos hedonistas) y mucho, en cambio, el status que el objeto le confiere. Lo original es el poder de decir “lo original”.

4)La mercancía pirata se sale con la suya. Paródica lo es, no cabe duda. Y también es irónica. La mercancía pirata coloca esa sonrisa socarrona en la cara de quien pagó menos de la mitad y aún menos por una etiqueta muy bien copiadita.

--crg

Thursday, October 26, 2006

GREGORIO SAMSA SE DESPIERTA EN ASIA (Y ADEMÁS ES MUJER)
[publicado, hace tiempo, en La Primera Dama, columna colectiva que aparece cada viernes en la sección cultural del periódico mexicano El Universal]


Cuando desperté una mañana después de un sueño intranquilo, me encontré sobre mi cama convertida en un mero cuerpo humano. Estaba tumbada sobre mi espalda suave, llena de huesos puntiagudos y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre hundido, parduzco, coronado por un ombligo, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sentí frío y, entonces, abrí los ojos. No tuve más remedio que volver a saberlo: no se trataba de un sueño.

Había llegado a Asia unos meses antes, no he de mentir, más por casualidad que por deseo. Me habían traído acá las circunstancias, como se dice de las cosas que escapan a nuestro control y que sin embargo nos estructuran: un asunto que la compañía de seguros no había podido resolver desde el otro lado del océano. Así, un día desperté en una ciudad gris y monolítica y, como si fuera natural, salí a caminar. Me bastaron un par de cuadras para caer rendida: ante las dimensiones brutales de la urbe: ante un cansancio de días de aeropuertos: ante un aire contaminado que me oprimía el pecho: ante la sospecha de que presenciaba algo incomprensible. No era el pasado, como resultaría imaginable tratándose como se trataba del oriente, sino el futuro. Era esa máquina de demolición que, más allá del segundo anillo de la ciudad, parecía lista para arrasar con todo. Lo hacía.

Al inicio pensé que se debía puramente a mi desconcierto de extranjera pero pronto la sospecha creció hasta convertirse en absurda certeza: caminaba, de eso me convencí pronto, por espacios diseñados para seres que ya no conocería. Por un momento cerré los ojos y los vi: sus cuerpos tenían piernas y brazos, como el mío, pero protegidos por pantallas de todo tipo y conectados a máquinas diversas (desde los anteojos hasta el teléfono celular, pasando por la antena de orientación que les permitirá encontrar lugares sin tener que interactuar con otro) se deslizaban, entre bicicletas y escupitajos, con energías inéditas-—mitad implante genético, mitad pastilla de color extinto. Luego abrí los ojos y los seguí viendo. Sus periódicos abundaban en noticias sobre las nuevas adicciones, entre las cuales reinaba la internetmanía, o las cifras que indicaban el crecimiento de esto o de lo otro. Todo crecía sin cesar en esas ciudades de dimensiones post-humanas; todo, ciertamente, menos el aire que escaseaba. Por eso disfrutaba tanto las tardes de viento. Entonces buscaba el cobijo de los árboles reales y, sentada bajo sus frondas, me dedicaba a oír la melodía que producían sus hojas trémulas.

Las mañanas eran otra cosa. Solía pasarlas en oficinas bulliciosas donde, yendo de oficial en oficial, terminaba por no arreglar nada. Desde la Compañía Central me pedían respuestas y, ante las mías, que eran además de negativas, desalentadoras, me exigían insistencia. Yo insistía. A eso dedicaba mis mañanas: a insistir sobre un asunto que sólo tenía relevancia para un puñado de personas del otro lado del mundo. Luego, con el cansancio que produce la frustración continua, me dirigía a las máquinas dispensadoras donde, a cambio de un par de monedas, obtenía mis víveres: un par de frutas, un trozo de pan, agua. Masticaba despacio, saboreando cuanto podía. Luego veía la vida del otro lado de los ventanales: la amplitud de las avenidas, la lentitud del tráfico y las torres elevadísimas por cuyas puertas colosales parecía estar a punto de cruzar ese otro cuerpo que, estaba segura, yo ya no reconocería.

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Wednesday, October 25, 2006

DIÁGNOSTICO

Loco de (rel)atar.

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Tuesday, October 24, 2006

SIMPLE PLACER. PURO PLACER
[publicado en Archivos del Sur, Revista Digital de Cultura desde Buenos Aires, número 65, espacio de autor, www.quadernsdigitals.net]


Lo recordaría todo de improviso y en detalle. Vería el anillo de jade alrededor del dedo anular y, de inmediato, vería el otro anillo de jade. Abriría los ojos desmesuradamente y, sin saber por qué, callaría. No preguntaría nada más. Diría: sí, muy hermoso. Lo es. Y pasaría las yemas de sus dedos sobre la delicada figura de las serpientes. Una caricia. El asomo de una caricia. Una mano inmóvil, abajo. Una mano de alabastro.


Cruzaba la ciudad al amanecer, en el asiento posterior de un taxi. Iba entre adormilada y tensa, su bolsa de mano contra el pecho. En el aeropuerto la aguardaba el inicio de un largo viaje. Lo sabía y saberlo sólo le producía desasosiego. No tenía idea de cuando había aparecido su disgusto por los viajes, esa renuencia a emprenderlos, su forma de resignarse, no sin amargura, ante ellos. Con frecuencia tenía pesadillas antes de partir y, ya en las escalinatas del avión, presentía cosas terribles. Una muerte súbita. El descubrimiento de una enfermedad crónica. La soledad.

--Este será el último --se prometía en voz baja y, luego, movía la cabeza de derecha a izquierda, incapaz de creerse.

--¿Decía algo? --le preguntó el taxista, mirándola por el espejo retrovisor.

--Nada –-susurró--. Decía que será el último viaje.

--Ah, eso --repitió él. Luego sólo guardó silencio.

Cuando el auto bajó gradualmente la velocidad, los dos se asomaron por las ventanillas.

--Un accidente --murmuró él, desganado.

--Sí --asintió ella. Pero a medida de que se aproximaban al lugar de la colisión, no vieron autos destruidos o señas de conflicto. Avanzaron a vuelta de rueda sin saber qué pasaba, preguntándoselo con insistencia. Abrieron los ojos. Observaron el cielo gris, las caras de los chóferes desvelados, los pedazos de vidrio sobre el asfalto. No fue sino hasta que estuvieron a punto de dejar la escena atrás que los dos se percataron de lo acontecido.

--Pero si es un cuerpo --exclamó él. La voz en súbito estado de alarma.

--Un cuerpo desnudo --susurró ella--. Un cuerpo sin cabeza.

Ella le pidió que se detuviera y que la esperara. Ya abajo, mostró su identificación para que los policías que vigilaban la escena la dejaran cruzar la valla amarilla. Caminó alrededor del cuerpo decapitado y, antes de pedir algo con qué cubrirlo, se detuvo a mirar la mano izquierda del muerto. Ahí, alrededor del dedo anular, justo antes de que iniciara el gran charco de sangre, estaba el anillo de jade. Dos serpientes entrelazadas, verdes. Un objeto de una delicadeza extrema. La Detective lanzó su mano hacia la sortija pero al final, justo cuando concluía su gesto, se detuvo en seco. Había algo en el anillo, algo entre el anillo y el mundo, que le impedía el contacto. Fue entonces que observó su propia mano, inmóvil y larga, suspendida en el aire de la madrugada.

--Se le hace tarde --alcanzó a oír. Y se puso en marcha.



Hay una ciudad dentro de una cabeza.



A su regreso preguntó por él, por el hombre decapitado, pero nadie supo darle datos al respecto. Buscó entre los documentos archivados en el Departamento de Investigación de Homicidios y tampoco encontró información ahí. Hasta su asistente se mostró incrédulo cuando le refirió el suceso.

--¿Estás segura? --la miró de lado--. Habríamos sabido de algo así.

--¿Tampoco en los diarios? --preguntó--. ¿Tampoco ahí?

El muchacho movió la cabeza en gesto negativo y bajó la vista. Ella no pudo soportar su sospecha o su lástima y salió a toda prisa de la oficina.



El taxista le aseguró que lo recordaba todo. A petición suya vació su memoria frente a sus ojos, sobre sus manos, en todo detalle. Recordaba que el cuerpo cercenado se encontraba en el segundo carril de la autopista que iba al aeropuerto. Recordaba que no llevaba ninguna prenda de vestir y que la piel mostraba magulladuras varias. Pintura abstracta. Tortura. Recordaba el charco de sangre y los extraños ángulos que formaban los distintos miembros del cuerpo. Recordaba que había ya tres o cuatro policías, en eso su memoria dudaba un poco, alrededor del cadáver cuando ella se bajó del auto y merodeó los hechos. Recordaba que había sido él quien reaccionó: tenían que alejarse de ahí si no quería perder el vuelo. Ella tenía que dejar la posición en que se encontraba, de cuclillas junto al muerto, si es que quería llegar a tiempo. Eso hizo: se incorporó. El ruido de las rodillas. Eso lo recordaba también. Al final: el ruido de las rodillas. Eso.



--Siempre quise un anillo así --le dijo a la mujer que lo portaba con cierta indiferencia y cierto donaire.

La mujer elevó la mano, el dorso apuntando hacia sus ojos. Parecía que lo mirara por primera vez.

--¿Te gusta de verdad?

--Sí --afirmó la Detective--. Todavía me gustaría tener uno así.

La mujer se volvió a ver las aguas alumbradas de la alberca y, con melancolía o indiferencia, la Detective no pudo decidir cuál, se llevó un vaso alargado hacia los labios.

--Es un anillo de oriente --dijo--. De las islas --pronunciaba las palabras como si no estuviera ahí, alrededor de la alberca, entre los sosegados murmullos de gente que deja pasar el tiempo en una fiesta--. Un regalo --concluyó volviendo a colocar el dorso de la mano izquierda justo frente a sus ojos. La mirada, incrédula. O desasida. Las uñas apuntando hacia el cielo—-. El regalo de una fecha excesivamente sentimental.

--Un regalo amoroso --intercedió la Detective en voz muy baja.

La mujer, por toda respuesta, le sonrió incrédula, desganada.

--Podría decirse que sí --murmuró al final--. Algo así.



No podía evitarlo, cada que conocía a alguien se hacía las mismas preguntas. ¿Se trata de una persona capaz de matar? ¿Estoy frente a la víctima o el victimario? ¿Opondría resistencia en el momento crucial? Gajes del oficio. Cuando la mujer se dio la vuelta, alejándose por la orilla de la alberca con una languidez de otro tiempo, un tiempo menos veloz aunque no menos intenso, la Detective estaba indecisa. No sabía si la mujer era capaz de matar a sangre fría, cercenando la cabeza y arrojando el cuerpo después sobre una carretera que va al aeropuerto. No sabía si la mujer era la víctima de una conspiración hecha de joyas y estupefacientes y mentiras. No sabía si la indiferencia era una máscara o la cabeza ya sin máscara. La mujer, en todo caso, la intrigó precisamente por eso, porque su actitud no le dejaba saber nada de ella. Porque su actitud era un velo.



--¿Qué es un anillo en realidad? --le había preguntado al Asistente sin despegar las manos del volante ni dejar de ver hacia la carretera--. ¿Un grillete? ¿El eslabón de una cadena? ¿Una marca de pertenencia?

--Un anillo puede ser también una promesa --interrumpió el muchacho--. No todo regalo amoroso, no todo objeto marcado por San Valentín, tiene que ser tan terrible como lo imaginas.

La Detective se volvió a verlo. Estiró la comisura derecha de la boca y le pidió un cigarro.

--Pero si tú no fumas —le recordó.

--Nada más para sostenerlo entre los dedos -—dijo—-. Anda -—lo conminó.

--¿Estás segura de que se trata del mismo anillo? ¿Del mismo diseño?

--Mismo diseño, sí. Pero puede ser una casualidad. Una casualidad tremenda. Además, tenemos otras cosas por resolver. No tenemos tiempo para investigar asesinatos que nadie registró en ningún lado. No nos pagan para hacer eso.

Los dos se vieron de reojo y se echaron a reír. Luego, bajo la luz roja del semáforo, bajaron las ventanillas del auto y se dedicaron a ver el cielo.

--¿Cómo empezamos?



Hay una película dentro de una cabeza.



La volvió a encontrar en los pasillos de un gran almacén. Mercancías. Precios. Etiquetas. La Detective buscaba filtros para café mientras que la Mujer del Anillo de Jade analizaba, con sumo cuidado, con un cuidado que más bien parecía una escenografía, unas cuantas botellas de vino. La observó de lejos mientras decidía cómo acercarse: los hombros estrechos, el pelo largo y lacio, los zapatos de tacón. No era una mujer hermosa, pero sí elegante. Se trataba de alguien que siempre llamaba la atención.

--La casualidad es una cosa tremenda -—le dijo por todo saludo cuando se colocó frente a ella y le extendió la mano.

--¿Vienes aquí muy seguido? --le contestó la mujer sin sorpresa alguna, colocando el rostro cerca del de la Detective para brindarle, y recibir, los besos de un saludo más familiar.

--En realidad no --dijo y sonrió en el acto—-. Vengo aquí nada más cuando sé que me encontraré en el pasillo 8, a las tres de la tarde, a la Mujer con el Anillo de Jade.

--¿Todavía quieres uno así? --volvió a elevar la mano izquierda, las uñas al techo, para ver el anillo de nueva cuenta.

--¿Lo vendes? --la Mujer del Anillo soltó una carcajada entre estridente y dulce, luego la tomó del codo y la guió, sin preguntarle, hasta la salida del almacén.

--Ven --dijo--. Sígueme.

Se subieron a la parte trasera de un coche negro que arrancó a toda velocidad. La Mujer del Anillo marcó un número en su teléfono celular y, volviéndose hacia la ventanilla, dijo algo en voz muy baja y en un idioma que la Detective no entendió. Pronto transitaban por callejuelas bordeadas de tendajos y puestos de comida. El olor a grasa frita. El olor a incienso. El olor a muchos cuerpos juntos. Cuando el auto finalmente llegó a su destino tuvo la sensación de que se habían trasladado a otra zona de tiempo, en otro país. Puro bullicio alrededor.

--Te voy a pedir un favor muy grande --le avisó la mujer--. Voy a pedirte que me aclares algo --imposible saber qué había en sus ojos detrás de las gafas negras, imposible saber qué motivaba el leve temblor de los labios—-. Tú te dedicas a investigar cosas, ¿no es cierto?

Tan pronto como la Detective asintió, volvió a tomarla del codo y a dirigirla entre el gentío y bajo los techos de los tendajos hacia otros vericuetos aún más estrechos. Finalmente abrió una puerta de madera roja y, como si se encontraran ya a salvo después de una larga persecución, se echaron sobre unos sillones de piel abullonados. Un hombrecillo frágil les ofreció agua. Alguien más encendió la música de fondo. La mujer apagó su teléfono.

--A final de cuentas la casualidad no es una cosa tan tremenda ¿verdad? --preguntó La Detective con su altanería usual, tratando de enterar cuanto antes en el tema.

--En todo caso no es un asunto original --le contestó con una altanería si no similar, por lo menos de la misma contundencia.

--Quieres hablarme de un hombre decapitado del que nadie sabe nada. Quieres contarme del otro anillo --la Detective se cubría la boca con el vaso de agua mientras la veía y veía, al mismo tiempo, el cuarto donde se encontraban. Las ventanas cubiertas por gruesas cortinas de terciopelo. El piso de silenciosa madera. Las telarañas en las esquinas. Igual ahí se acababa todo. Igual y no había nada más.

--¿Siempre eres tan apresurada? --le preguntó. Los ojos entornados. La molestia. Los gestos de la buena educación.

--Supongo que sí. Esto --se interrumpió para beber otro trago de agua-- es mi trabajo. Así me gano la vida. No es un hobby, por si te interesa saberlo.

--Puedo pagarte dos o tres veces más de lo que ganas.

--Que sean cuatro --respondió de inmediato. Luego sonrió. Entonces empezaron a hablar.



El dinero. El dinero siempre hacía de las suyas con ella. El dinero y el conocimiento: dos monedas de cambio. Estaba segura de que al final de todo, cuando recibiera la cantidad pactada, volvería a reírse frente al espejo del baño con la misma incredulidad y la misma agudeza. ¿De verdad lo necesitaba? El agua. Las gotas de agua sobre el rostro. Se respondería entonces lo que se respondía ahora mismo: no, en sentido estricto, no lo necesitaba. Añadiría: quien lo necesita, quien necesita darlo a cambio de lo que yo sabré, es ella. Y entonces volvería a ver el anillo como lo vio la primera vez: una argolla, una trampa, el último eslabón de la cadena que todavía ataba al decapitado a la vida. Una seña. El hallazgo y el dinero. La cadena del mundo natural. Cuando se metió bajo las sábanas pensó que no le molestaría en lo más mínimo que fueran de seda.



Le dijo que el anillo era una promesa. Una promesa que había dado y una promesa que había recibido. Un pacto.

-—¿De sangre? -—la interrumpió sin poder ocultar la burla.

—-Algo así -—contestó ella, sin inmutarse, viéndola al centro mismo de los ojos.
Le dijo que ella también lo había visto sobre la carretera. Lo había visto, aclaró, sin saber que era él. Sin imaginarlo siquiera. Dijo que su auto también había bajado la velocidad y que, al no ver el accidente, se había preguntado por la causa de la demora. Tenía que llegar a tiempo. Dijo que llevaba entre las manos el boleto para emprender un largo viaje, un viaje al oriente. Y se lo mostró en ese instante. Le mostró el boleto. Un boleto sin usar. Cuando él no llegó, eso también se lo dijo, cuando comprobó que no llegaba, que ya no llegaría más, se dio la media vuelta y regresó a su casa. No había llorado, le dijo.

También le dijo que era cursi, muy cursi, cursi de una manera extrema. Que se tomaba las cosas literalmente. Que tenía otros defectos de los que no podía hablar. Le dijo que no había tratado de averiguar nada. La curiosidad sólo llegó después. Le dijo que al inicio se contentó con escuchar los rumores que intercambiaban los chóferes. Captaba una que otra palabra de sus conversaciones en voz baja: cuerpo, tortura, cabeza, mano. Luego oyó las palabras que se referían al sitio: la carretera, el segundo carril, el aeropuerto. Dijo que poco a poco, sin quererlo en realidad, había formado un rompecabezas de ecos, susurros, secretos. Nada más le hacía falta la cabeza, le dijo. Porque hay una ciudad ahí. Una película. Una vida entera ahí. En la cabeza.



El anillo de jade era una joya preciada. Si se trataba en realidad de ese anillo, del anillo que aparecía en las fotografías que había conseguido por internet, entonces estaban frente a una alhaja de gran valor. Venía de oriente, en efecto, pero el diseñador le pertenecía a dos mundos: un habitante de la metrópoli central ya por años. Las serpientes entrelazadas, sin embargo, venían de más atrás. De todo el tiempo. El motivo que desde lejos parecía únicamente amoroso era también, cuando visto de cerca, letal. Una serpiente abría las fauces. La otra también. Frente a frente, en estado de estupor o de alerta, la circunferencia del anillo parecía tener el tamaño exacto para que los dientes, aunque mostrándose, no se tocaran. Se trataba de un círculo hecho para prevenir un daño. Para exorcizarlo.



Una serpiente frente a otra. Las bocas abiertas. Los cuerpos entrelazados. Un lecho circular bajo sus cuerpos. El inicio de una película. El inicio de una ciudad. La Detective abrió los ojos desmesuradamente frente al parabrisas. Las luces intermitentes del semáforo sobre el hombre, sobre la mujer, que yacían ajenos de todo, en otro lado. La redondez de los hombros. La apertura de lo labios. El aroma a té de jazmín por entre todo eso. Uno respiraba dentro del otro. Las palabras: para siempre. Las palabras: una isla de terciopelo. Las palabras: aquí adentro todo es mío. Uno respiraba fuera del otro.



Había ido a la Lejana Ciudad Oriental para continuar con la investigación del tráfico de estupefacientes. Días antes, por un golpe de suerte, habían dado con un nombre que, de inmediato, les pareció de importancia en el caso. Cuando hubo que decidir quién emprendería el viaje, los detectives casados y los de recién contratación la señalaron a ella como si le selección fuera obvia y natural. No tuvo alternativa. En el momento del despegue, todavía con el desasosiego que le producía el viaje y la visión del cuerpo decapitado, pensó en las muchas cosas a las que la obligaba su soltería. Viajar por el mundo, por ejemplo. Detenerse frente a cadáveres frescos. Preguntarse por la ubicación de una cabeza.

--¿Viaje de placer? --le había preguntado su compañero de asiento tratando de hacer plática.

Por toda respuesta la Detective meneó la cabeza y cerró los ojos. Placer. Hacía mucho tiempo que no hacía cosas por placer. Simple placer. Puro placer.



Hay un avión que vuela dentro de una cabeza.



--El carpetazo al asunto vino desde arriba --le susurró el Asistente mientras caminaban a su auto. Y se lo había repetido después, ya en la mesa del restaurante donde habían elegido comer ese día.

--Falta de indicios -—continuó-—. Ya sabes. Una ejecución más. Una de tantas.
El hueso de un pollo saliendo de su boca. Los dedos llenos de grasa. Las palabras rápidas.

--¿Y nunca encontraron ni el arma ni la cabeza?

--Nunca.



Hay un cuerpo dentro de una cabeza. Una mano de alabastro. Un anillo.



Abrió la puerta de su casa. Se quitó los zapatos. Puso agua para preparar té. Cuando finalmente se echó sobre el sillón de la sala se dio cuenta de que no sólo estaba exhausta sino también triste. Algo sobre el homicidio no atendido. Una ejecución más. Una de tantas. Algo sobre tener que emprender un viaje a una lejana ciudad del oriente. Algo sobre estatuas de tamaño natural destruidas por el tiempo. Miembros rotos alrededor. Algo sobre una mujer que usa dinero para comprar una cabeza dentro de la cual hay una ciudad con muchas luces y una película de dos cuerpos juntos, una respiración adversa, y un avión que despega. Algo sobre abrir la puerta y quitarse los zapatos y preparar té dentro de una casa donde una cabeza flota dentro de una cabeza.



Regresó al lugar de los hechos. Le ordenó al taxista que la esperara mientras husmeaba por entre la maleza que bordeaba el lado derecho de la carretera. El pensamiento llegó entero a su mente: busco una cabeza. Se detuvo en seco. Elevó el rostro hacia la claridad arrebatadora del cielo. Respiró profundamente. No creyó que ella fuera una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de la carretera que iba al aeropuerto. Luego, pasados unos segundos apenas, volvió a mirar el suelo. Piedrecillas. Huellas. Desechos. Un pedazo de tela. Una lata oxidada. Una etiqueta. Plásticos. Colillas de cigarro. Tocó algunas cosas. A la mayoría sólo las vio de lejos. Se trataba, efectivamente, de una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de una carretera. Pronto se convenció de que el crimen no había ocurrido ahí. Aquí. Pronto supo que esto sólo era una escena que reflejaba lo ocurrido en otro sitio. Un sitio lejano. Un sitio tan lejano como el oriente.



Perder la cabeza. El hombre lo había hecho. Perder todo lo que tenía dentro de la cabeza: una ciudad, una película, una vida, un anillo. Lo que él había perdido, ahora lo ganaba ella: la conexión que iba entre las luces de la ciudad y las luces de la película y las luces de la vida y las luces del anillo. Toda esa luminosidad sobre un lecho circular. La Detective lo vio todo de súbito otra vez, cegada por el momento. Acaso un sueño; con toda seguridad una alucinación. Ahí estaba de nueva cuenta la imbricación de los cuerpos. La malsana lentitud con que la yema del dedo índice resbalaba por la piel del vientre, el enramaje del pubis, la punta de los labios. El espasmo posterior. Ahí estaba ahora la mano que empuñaba, con toda decisión, el largo cabello femenino. Una brida. Los gemidos de dolor. Los gemidos de placer. Puro placer. Simple placer. La Detective se preguntó, muchas veces, si habría valido la pena eso. Esto: el estallido de la respiración, los ojos en blanco, el crujir del esqueleto. La Detective no pudo saber si el hombre, de estar vivo ahora, correría el riesgo de nuevo.



Hay placer, puro placer, simple placer, dentro de una cabeza.



La mujer no era hermosa, pero sí elegante. Había un velo entre ella y el mundo que producía tensión alrededor. Algo duro. Su manera de caminar. La forma en que levantaba la mano para mostrar, con indolencia, con algo parecido al inicio del aburrimiento, ese anillo. Una promesa. Eso había dicho: una promesa. Una promesa dada y ofrecida. La Detective la visitaba para darle malas noticias: ningún dato, ningún hallazgo, ninguna información. El hombre, cuyo nombre no se atrevía a pronunciar, había desaparecido sin dejar rastro alguno. Ya no podía más. No podía seguir manoseando periódicos viejos ni archivos ni documentos. No podía merodear por más días la escena de la escena de un crimen cometido lejos. No aguantaba más. Se lo decía todo así, de golpe, atropelladamente. No puedo seguir investigando su caso.

La Mujer del Anillo de Jade sonrió apenas. Le ofreció un té helado. La invitó a sentarse sobre el mullido sillón de su sala de estar. Luego abrió una puerta por la que entró una mujer muy pequeña que se hincó frente a ella y, sin verla a los ojos, le quitó los zapatos con iguales dosis de destreza y suavidad. Desapareció entonces y volvió a aparecer con un pequeño taburete forrado de terciopelo rojo y una palangana blanca, llena de agua caliente, de la que brotaban aromas a hierbas. Con movimientos delicados le ayudó a introducir sus pies desnudos en ella. El placer más básico. Simple placer. Puro placer. Un gemido apenas. El espasmo. La Mujer Pequeña colocó entonces una de sus extremidades sobre el taburete, entre sus propias piernas semiabiertas. Mientras masajeaba la planta de sus pies, la yema del dedo pulgar sobre la cabeza de los metatarsianos, el resto de los dedos sobre el empeine, la Mujer del Anillo de Jade guardó silencio. Y así se mantuvo cuando las diminutas manos de la masajista trabajaban los costados del pie en forma ascendente y cuando, minutos después, cogía el tendón de Aquiles con los dedos pulgar e índice y lo masajeaba en la misma dirección, firmemente. La mano abierta sobre el empeine, luego. Y, más tarde, en un tiempo que empezaba a no reconocer más, mientras la mujer sujetaba con la mano izquierda su rodilla, doblando suavemente la pierna sobre el muslo, La Detective tuvo unos deseos inmensos de gritar. El dolor la obligó a abrir los ojos que, hasta ese momento, había mantenido cerrados. Abrió los labios. Exhaló. Ahí, frente a ella, suspendida en el aire, estaba la mano de La Mujer del Anillo de Jade que le extendía, justo en ese instante, los billetes prometidos.

--Buen trabajo -—la felicitó.

La Detective agachó la cabeza pero elevó la mirada. Los codos sobre las rodillas, los billetes en la mano, y los pies en el agua tibia, aromática. Una imagen extraña. Una imagen fuera de lugar. La corrupción de los sentidos.



Siempre quise un anillo así. Todavía lo quiero.



--crg

Monday, October 23, 2006

COSAS RARAS SUCEDEN CUANDO SE TRANSITA POR UNO O MÁS DE LOS CIEN FREEWAYS DE MAGALI TERCERO
[publicado en Confabulario, octubre 21, 2006; texto escrito para la voz de Magali Tercero en ocasión de la presentación de su libro Cien Freeways: DF y alrededores, ganador del Premio Nacional de Crónica Urbana de la UACM 2005]


Aclaro: no soy Magali Tercero. Mi apariencia es la de Magali Tercero, la voz, el cuerpo, estos ojos que se elevan de la página para tratar de convencerlos de lo que, por increíble que parezca, hoy no es obvio. No puede serlo. Insisto (y ustedes lo saben): no soy Magali Tercero.

¿Pero es ella o soy yo, la que no es ella, quien se sube al taxi para recorrer la ciudad más grande del mundo a través de sus vías de alta velocidad? No lo sé. Ya no estoy segura de nada. Sé que me subo al taxi y que, ahí, en ese minúsculo espacio rodeado de ventanillas, un perpetuo heraldo negro me esclarece lo que sucede alrededor e, incluso, dentro de mí misma. Yo, que no soy Magali Tercero, pero que escucho con los oídos de Magali Tercero, le contesto con otra voz. ¿A poco? ¡No me diga! ¿De verdad?

Entonces, justo en ese instante, sucede la escritura, en esa cálida interacción, en esa súbita confianza, en la colisión de esos mundos que, por azares de la rapidez (o, con más frecuencia, la lentitud) vial, entrechocan, incrédulos. El movimiento los pone en contacto. La necesidad del traslado los conecta. Ella va ahí, en el asiento trasero, pero soy yo la que ve el mundo a través de sus ojos. Sus palabras son mías porque van abiertas, cartas sin marcar. Soy, por unos instantes, por los instantes en que el ojo absorbe la letra, Magali Tercero. Aquí. Ahora. Mis sentidos, que se aproximan a la ciudad con la ambivalente intimidad de lo que, por conocido y amado, se vuelve más desconocido, se la apropian, a la ciudad, a las palabras que encarnan a esa ciudad, por primera vez. Ésa es la clase de vértigo que producen estas crónicas.

Cosas raras suceden cuando se transita por uno o más de los cien freeways de Magali Tercero. El país se ensancha, por ejemplo. Las fronteras se vuelven blandas, aunque no menos feroces. México abarca, hacia el noroeste, hasta Los Angeles pasando por Chicago, y hasta Suiza por el este. Uno puede tomar el taxi, digamos, en el centro, en uno de los muchos centros del centro, que es otra manera de decir que sólo hay periferia, que todo es inmediación, y terminar, días después, por ejemplo, en una pequeña ciudad europea, discutiendo ardientes asuntos de identidad o el precio del boleto del metro con otros que tomaron el taxi o el bote o el avión en otro lado del mundo y terminaron, como yo, la autora de las crónicas, dentro de mi país.

O uno puede salir una noche hacia la noche y convivir de cerca, entre copas si se quiere, con las mujeres de la noche para descubrir que más allá o más acá de las diosas del erotismo, las ninfas u odaliscas inventadas por la fervorosa imaginación masculina están las mujeres de carne y hueso y un pedazo de pescuezo que, dicho sea de paso, en su compleja y brutal humanidad resultan más interesantes, más ellas. Se trata de mujeres con hijos, con adicciones, con aventuras, con esperanzas, con estudios universitarios, con cálculos infinitesimales, con rencores, con rehenes, con sobrevivencias varias. En uno de estos freeways de Magali Tercero uno puede, efectivamente, verlas a través de los vahos del alcohol y el cansancio ya al filo de la madrugada, pero sobre todo puede oírlas. Se trata de una voz, de voces que, por venir del más acá, emergen descarnadas, reales, dulces.

O uno puede iniciar el trayecto, porque toda escritura verdadera es el rastro de un trayecto, frente a un puesto de lotería, visualizando con religiosa osadía el número que, completo, nos librará de tener que tomar este otro taxi que, a toda velocidad éste sí, nos depositará a las puertas del reclusorio. Es posible, y en esto hay que tener cuidado, terminar en la cárcel si uno toma uno de los cien freways de Magali Tercero, quien, insisto, no soy yo. Uno puede acabar tras las rejas, acompañada de mujeres con hijos y amores y necesidades y bromas y asesinatos a cuestas. Incluso peor: uno puede terminar, en un abrir y cerrar de ojos, en la segunda ciudad mexicana más grande del mundo, que es Los Ángeles, para ver pasar al veterano que todavía alucina la violencia de sus guerras y, de reojo, a Tom Cruise acaso haciendo lo mismo. Uno puede caminar por Venice Beach, meditabunda.

El viaje verdadero, el más radical, es el que nos lleva hacia fuera de nosotros mismos: el que a través de su propia ejecución nos invita a ser otros. Ese desafío. Ese placer. El viaje extremo nos invita a ser, por ejemplo, Magali Tercero y a llegar, conminada por Magali Tercero, a hablar de un libro de crónicas que más bien parecen radiografías de la alteridad que presupone todo recorrido verdadero. No sé qué pase después. No sé, quiero decir, si algún día, después de cerrar estas páginas, regresaré a ser "yo misma" o, incluso, no sé si ese mítico "yo misma" todavía existe y, de existir, no sé si todavía lo quiero (tan ensimismado ese Yo Misma, tan solito, la verdad). Los buenos libros en todo caso, y éste sin duda alguna lo es, los libros que de verdad nos alcanzan y nos tocan, nos traen siempre ese regalo: la posibilidad de salir de ver con otros ojos: la aventura imposible y no por ello menos codiciada de ser otro.

Después de todo, creo que sí soy Magali Tercero. Todos aquí lo somos.

--crg

Monday, October 16, 2006

LA VIDA, EXTRAVIADA
[Publicado en Narrativas 3, www.revistanarrativas.com]

para Néstor Braunstein y Tamara Frances, que me hicieron pensar en todo esto

I.
El primer recuerdo en el que aparece el yo es el recuerdo de una pérdida. Un extravío. Vivía entonces en la esquina más noreste del país, ahí donde el Golfo conserva el nombre pero gana la nacionalidad, en una de esas casas de madera que, sin importar cuando fueron construidas, siempre dan la apariencia de ser viejísimas. Se había sustituido ya el cultivo del algodón por el del sorgo y, durante los meses del verano, las amplias parcelas del Valle adquirían entonces, como ahora, ese color encendido, entre marrón y naranja, que a menudo hace creer que uno pisa el sol, o algo parecido al sol, cuando camina por ahí. En ese lugar, entre los surcos de un campo de sorgo, emergió, con un terror inigualable, la primera noción del yo.

Yo estoy perdida.

Recuerdo esa frase. Y, junto con la frase, recuerdo las imágenes agigantadas del verde casi negro de los tallos del sorgo y las imágenes, también desproporcionadas, de las melgas que sostenían mis titubeantes pies.

No recuerdo cómo regresé a casa, ni el llanto que debió haber alertado a los que dormían en ese momento la siesta. Pero esa escena en la que el mundo adquiere dimensiones exorbitantes mientras yo me reduzco a una expresión mínima ha sido, desde entonces, la clave para identificar ese estado de fuga y espanto que es el estar perdido.

Dicen los que me encontraron entre el sorgo que, efectivamente, lloraba. Y que, al regresar al regazo materno, ya bajo el techo del porche que nos protegía del sol de mediodía, lo único que pedí fue ir de regreso al lugar de la pérdida.


II.
Cuando las familias se mudan con frecuencia, los hijos suelen perderse con creciente naturalidad. Debido a demandas laborales o a cierto talante inadmisiblemente aventurero en el carácter de mis padres, mi infancia estuvo marcada por los cambios súbitos de residencia, los largos y silenciosos viajes por carretera, y los extravíos que ocasiona el desconocimiento de un nuevo espacio.

Yo no sabía que carecía de lo que se llama “sentido de la orientación” hasta que llegamos a X, un pequeño pueblo en el centro del país, satélite de un campus universitario rodeado de agapandos en flor perpetua. Todavía sin desempacar del todo, pero acatando una disciplina que mis padres llamaban férrea pero que a mí todavía me parece algo exagerada, me llevaron a la escuela primaria. Como buenos padres, me depositaron a la entrada del colegio y, con las manos en alto, se despidieron de mí después de colocar el mítico beso en la mejilla derecha: un verdadero cuadro idílico que habría sido perfecto si a los tres no se nos hubiera olvidado dejar en claro la dirección de la nueva casa o las indicaciones específicas para regresar a ella.

A la hora de la salida, como era de esperarse, me perdí. Tomé, como suelo hacerlo hasta el día de hoy, con una prontitud acaso profética, el camino equivocado. Y caminé sin rumbo, pero también sin miedo, a través de mercados llenos de frutas coloridas, frente a iglesias de edad inverosímil, por calles sin pavimentar, hasta que llegué a una de las orillas de X. Entonces supe, sin lugar a dudas, que estaba perdida pero, sospechando que todo era cuestión de tomar el camino contrario, continué con mi travesía. Aparecieron funerarias y más iglesias y callejones estrechísimos y casuchas semi-derruidas que yo, olvidando que estaba perdida, veía con el asombro y la inocencia del turista. Así, con ese estado de ánimo por demás exultante, con una ligereza que apenas acababa de conocer, llegué hasta la estación del tren. No sabía yo entonces que unos treinta años más tarde describiría ese entrecruzamiento de vías, ese verdadero amasijo de metal, como algo pesado y melancólico, algo definitivamente venido de otro siglo, algo como una isla en el tiempo. Un grito sin voz. Una apabullante lejanía. No sabía yo hace treinta años que ese momento de absoluta desolación y de radical, aunque exultante, soledad, iba a quedar grabado a un lado del sonido de los trenes que no pasaron y del color a óxido que afectaba todo cuanto veía.

Un ciclista cadavérico, de rala caballera blanca, se detuvo al lado de la niña que, inmóvil, veía con absoluta concentración la ausencia total de acontecimientos.

—¿Estás perdida? —preguntó. Y su voz grave, su voz como de pelambre terco, su voz de tren que no pasaba, rajó en ese instante la atmósfera.

Y entonces regresó, con furia pero sin miedo, el yo.

—Si —murmuré—. Estoy perdida.

—Dime por dónde vives y te llevo —carraspeó.

Con la naturalidad que proporciona a veces el extravío, con esa proclividad por el riesgo que aún ahora nimba todo lo que hago y, también, lo que no hago, le ayudé al anciano a acomodar mi mochila en los manubrios de la bicicleta y me senté, con toda tranquilidad, en la parrilla trasera. Supongo que tuve que abrazarlo para no caer.

El hombre pedaleó cansina pero firmemente de un lado a otro mientras seguía al pie de la letra mis esquizofrénicas indicaciones. Cuando le pedía que diera vuelta a la derecha porque ese camino me resultaba familiar, él lo hacía sin chistar. Igual, sin decir absolutamente nada, seguía pedaleando cuando le informaba que, una vez más, me había equivocado. Supongo que así anduvimos una media hora y, dentro de esa media hora, con el viento revoloteando por mi fleco y despeinando las trenzas que mi madre se empeñaba en que fueran perfectas, juro que hubo un par de minutos, un segundo apenas, en que me sentí, cualquier cosa que eso signifique ahora, yo misma. Cuando finalmente avizoré la puerta negra detrás de la cual se escondía un pasillo muy angosto que desembocaba en mi casa, di un respingo.

—Aquí es —le dije al ciclista y salté del vehículo todavía en movimiento.

Él se detuvo con la misma silenciosa parsimonia de todo el trayecto y, después de darme mi mochila, colocó el pie derecho sobre el pavimento para detener la bicicleta y encender, así, un cigarrillo sin filtro.

Entonces llegó el terror.

Toqué el timbre de la casa con verdadera fruición, imaginando que el anciano en ese momento me arrancaría de mi vida y me llevaría de regreso a la estación de los trenes invisibles; imaginando que el anciano saludaría a mi madre y la regañaría sin misericordia alguna; imaginando, incluso, que le pediría una remuneración exorbitante por sus servicios. Imaginé, quiero decir, cosas cada vez más exageradas y descomunales. Mi madre, por fortuna, abrió la puerta y yo, un tanto recuperada con la sola visión de su presencia, volvía la cabeza para darle gracias al anciano cuando me di cuenta que éste ya había desaparecido. No había bicicleta ni hombre y ni siquiera el humo del cigarrillo. No había nada. Y en esa nada, de la que naturalmente no pude hablar pero que sí pude relatar, se ha quedado también otra manera de identificar ese estado exultante y sin brújula que es la pérdida.


III.
La edad más difícil para perderse es, dicho sea esto con toda honestidad, la adolescencia. Después de leer a Baudelaire, a Benjamin o a Kerouac, ningún extravío es un extravío.

La adolescencia, que es pura errancia, sufre de las limitaciones propias de las ideologías radicales o las misiones divinas. Perderse a los 14 o a los 17 es más un requisito que una aventura.

El adolescente, a fin y principio de cuentas, siempre encuentra su casa. Cuando no lo hace, entonces se sabe, con toda la amarga certeza del caso, que ha empezado la edad adulta. El verdadero extravío.


IV.
Llegué a vivir a X, una ciudad cerca del mar, un verano de mucho sol, saturado de buganvillas. Aunque todo mundo no hacía más que describirme la belleza del océano y la singularidad, acaso paradisíaca, de la costa, yo estaba tan llena de trabajo que, por meses enteros, no pude caminar por su orilla. El deseo de hacerlo no llegó sino hasta finales del invierno. Había disfrutado mi primer fin de semana verdaderamente libre y, después de comer y beber, después de platicar y callar con un amigo que venía de una costa aún más lejana, decidimos, como se deciden estas cosas, así, sin más, tomar el coche e ir a la playa. Eran, para entonces, las 11:30 de la noche y ninguno de los dos había tenido la precaución de llevar un mapa.

Manejamos sin prisa y sin destino, guiándonos por un mítico a-la-izquierda, a-la-izquierda, por buena parte de la noche. Cuando tocamos el mismo compact tres veces y la conversación caía fulminada por el cansancio, tuvimos que aceptarlo sin cortapisas: no teníamos la menor idea de dónde estábamos. Entonces nos dimos a la tarea de preguntar a otros motoristas nocturnos, especialmente a aquellos que se detenían bajo los semáforos que, a esa hora de la noche, tenían un ligero nimbo lyncheano.

—¿Cómo llegamos al mar? —preguntábamos con una inocencia que a los otros, jóvenes casi todos y en speed con toda seguridad, les resultaba altamente sospechosa. Supongo que era por eso que nos dejaban con la palabra en la boca, acompañados nada más del eco que dejaba en el aire húmedo el ruido de los neumáticos contra el pavimento.

—¿Dónde está el océano? —inquiríamos ya con algo de suspicacia propia ante los navegadores nocturnos de cerca-de-la-costa para recibir sólo risitas sardónicas o ventanillas en súbito movimiento vertical.

Todo parecía indicar que el océano, tan cercano, tan obvio, tan material, quería escabullirse.

—¿Falta mucho para llegar a la playa? —le preguntamos a otro motorista nocturno.

—No —dijo y, para nuestra gran sorpresa, continuó—: Síganme si quieren. Voy para allá.

A nosotros nos pareció absolutamente natural lo que hicimos: colocamos el coche detrás del suyo y, como si lo conociéramos de toda la vida o nos uniera una confianza ancestral, lo seguimos por debajo de puentes y sobre rieles metálicos, a lo largo de anchas avenidas sin tráfico y por enredados caminitos de laberinto. El solitario motorista nocturno nos condujo a su casa que, a todas luces, no quedaba cerca del mar. Cuando declinamos su invitación para tomar algo o ver, cuando menos, la televisión juntos, no fue por miedo o resquemor sino, más bien, pura terquedad: todavía creíamos que esa noche, esa noche y no otra, esa noche precisa llegaríamos a nuestro destino. Él lo entendió y, antes de dejarnos ir, nos dio las gracias.

Nos encontrábamos en la hora más oscura cuando decidimos detenernos. Los dos estábamos cansados y, a esas alturas, no sabíamos ya ni cómo regresar. Supongo que la frustración y el agotamiento fueron los que nos hicieron estacionar el coche en el lugar al que al coche se le dio la gana. No tardamos, en todo caso, en cerrar los ojos.

Tuve un sueño. En el sueño, la luz del sol y el bochorno me obligaban a abrir los ojos. Me movía lentamente después, tratando de recordar dónde estaba y por qué estaba ahí mientras bajaba la ventanilla. Entonces lo reconocía: era el olor a océano. Y entonces abría la puerta y, corriendo como hacia un imán, lo descubría detrás de los matorrales. Sereno. Obvio. En perpetuo movimiento. Ahí estaba. El mar. Mi amigo, que me había seguido sin yo darme cuenta, murmuraba entonces:

—Dimos con él —luego de titubear un poco, añadió—: O dimos con ella. Da lo mismo.

No fue sino hasta su segunda y políticamente correcta intervención que me di cabal cuenta de que eso no era un sueño.


V.
Perderse para producir el contexto desde el cual es posible atisbar el yo.
Perderse para encontrar una isla de óxido en el tiempo.
Perderse para recordar, unos treinta años después, el momento de la pérdida.
Perderse para cumplir una misión.
Perderse para encontrar lo que no se buscaba.
Perderse para restar.
Perderse para vivir dentro del Gran Aro del No.
Perderse para desvariar y discurrir y disgregar.
Perderse para perder.
Perderse para decir la vida, extraviada.


VI.
Lo único que se consigue saliendo a caminar sin propósito es cansarse.
Kôbô Abe, La mujer de la arena

--crg

Tuesday, October 03, 2006

EL TEC NARRATIVO

Como parte de la serie "Tres Generaciones Tres" que organiza la Cátedra de Humanidades del ITESM-Campus Toluca, se presenta la escritora mexicana PALOMA VILLEGAS, ganadora del premio Sor Juna Inés de la Cruz 2005 por la novela Agosto y fuga (México: Era, 2004).

En Luz Oblicua, novela publicada en 1995, Paloma Villegas exploró la pérdida de la utopía de la generación que vivió los años 60 con la confianza en un cambio y una renovación, de preferencia radical. Casi 10 años después, la autora abordó tangencialmente el mismo tema a través de la vida de cuatro personajes--Lázaro, Magda, Pablo , Nora--durante los cinco días previos a las elecciones de 1994. Y ahí están el levantamiento de Chiapas, la Alianza Cívica, la izquierda y sus confrontacioes, la izquierda y sus encuentros y sus desencuentros--todo esto a través de una escritura de gran poder evocativo, una mirada a la vez distanciada y enormemente pasional sobre hechos de los que nos separa una década entera. Agosto y fuga es, además, un manifiesto de amor a la ciudad de México.


AUDITORIO I
2:00 PM
¡ENTRADA LIBRE!

--crg

Monday, October 02, 2006

42

Los que cumplieron más de cuarenta
se deprimieron mucho el día de la fiesta,
o fingieron que era la misma fiesta
de hace cuatro años,
o comieron y bebieron tanto
que al día siguiente se sintieron enfermos,
casi viejos.

Pero los que cumplieron más de cuarenta
ya están mejor: sus gestos
han perdido la ostentación de la juventud.
Ahora pueden fumar, sostener una viga,
pelear con el marido por culpa de los closets
y hasta hacer el amor
con ademanes lentos, naturales,
con la resignación
de quien sabe que el tiempo es pura pérdida
de tiempo.

Los que cumplieron más de cuarenta, Julián Herbert.


Auto-regalo: una ciudad natal.

--crg

Friday, September 22, 2006

LA COSTUMBRE HEROICAMENTE INSANA

Algo extraño pasa cuando uno oye a alguien hablar solo. Algo entre promiscuo y travieso. Una especie de dúctil transgresión. Ahí está Alguien platicando con uno de sus Sí Mismos, entretendídisimo además, ríendose incluso, y uno pasa frente a la puerta abierta como una visitación de la Así Llamada (Realidad) a interrumpir ese multiloquio de fantasmas. Algo sucede entonces, algo como la colisión descarada de dos mundos que, siendo opuestos, embonan y se besan. Uno, en todo caso, se detiene, niño tras la puerta, mano que tiembla, tratando de identificar una palabra, un guiño; intentando arrebatar un eco, un latido de ese otro mundo que, en voz baja, se aleja. Y uno observa, de la manera más discreta posible, apenas con el rabillo del ojo, los gestos que ese Alguien que habla solo le dedica al interlocutor animado y sensible que aviva la conversación con giros ignotos y bromas secretas. En ese momento extraño y promiscuo uno se siente tentado a pensar que ahí está, presa aún del "contradictorio prestigo del almidón", la prima Águeda--sus mejillas rubicundas, el timbre "caricioso" de su voz, toda ella avanzando por el "sonoro corredor" de la vieja casa de provincia. Uno se convence de que, ahí, a unos cuantos pasos de distancia, protegida por la transparencia de una conversación extraña, se encuentra, "su polícromo cesto de uvas y manzanas". Y en ese instante, convocada por el gesto y la concentración que vienen desde el futuro, Águeda, en efecto, está atendiendo, sensata y juiciosa, cálida y medio distraída a la vez, la plática de Alguien que ha caído en "la costumbre heroicamente insana de hablar solo", el hombre o la mujer por quien guarda desde entonces, desde antes de que la persona misma naciera, ese "temible luto ceremenioso".

--crg

Thursday, September 21, 2006

RAZÓN POR LA CUAL SIEMPRE SOSPECHÉ DEL SANTO OLOR DE LAS PANADERÍAS

"Gracias a la Real Ordenanza del 4 de diciembre de 1782, se les confirió a los alcaldes de cuartel facultades y jurisdicciones para remitir a las mujeres a figones y panaderías donde purgarían con algunos días de servicio faltas leves y de poca consideración, que no merecían la formación de proceso. Desde entonces se impuso, como medida correctiva, el depósito de las esposas que tenían problemas con los marido; dichos establecimientos terminaron por convertirse en correccionales de carácter ilegal y efímero en el que las mujeres eran obligadas a trabajar y prestar sus servicios. Para los policías se volvió común castigar a las esposas encerrándolas varios días o meses en dichas casas comerciales donde servían como cocineras, meseras, limpiadoras y moledoras de maíz. Estos castigos eran considerados medidas terapéuticas que corregían a las esposas inquietas".
Ana Lidia García Peña, El fracaso del amor, 172.

Wednesday, September 20, 2006

EL FRACASO DEL AMOR

No lo digo yo, por supuesto. Lo dice Ana Lidia García Peña. Y lo dice muy bien. Lo dice en: El Fracaso del amor. Género e individualismo en el siglo XIX mexicano (México: El Colegio de México/UAEM, 2006)

El análisis de 292 juicios de divorcio del siglo XIX, de los cuales 212 (73%) fueron promovidos por mujeres y sólo 61 (20%) por hombres, le da pie a la historiadora para argumentar que el divorcio fue desde el inicio un arma de resistencia femenina para escapar del yugo matrimonial, especialmente de la violencia verbal y física que lo caracterizaba. No es éste el caso, añade cautelosa García Peña, de heroínas libertarias en busca de cambiarlo todo, sino de mujeres comunes y corrientes, de diversas clases sociales (la gran mayoría de los divorcios decimonónicos le corresponden, por clase, a los grupos medios de la sociedad) que "no buscaron la independencia o ser iguales a los hombres; en realidad, no querían cambiar las relaciones de poder entre los géneros sino que simplemente utilizaron instituciones ya existentes que las protegían, para desobedecer a sus violentos maridos" [92]. Yo no sé que se encierra con exactitud dentro de la palabra "simplemente" en la cita anterior, pero los pocos, por desgracia muy pocos, casos extraídos del expediente y citados de manera literal en el texto de análisis histórico, dejan una materia ominosa sobre el adverbio.

“Hace doce años”, dice María Rita de la Vega en 1817, “que soy casada con el indicado mi marido y puede decirse que en todos ellos no he tenido un solo día de gusto o de descanso en la pésima vida que paso con él. De día y de noche, esté enferma o sana, me halle grávida o parida, en mi casa o en la ajena, jamás se pasa un periodo de 24 horas en que no me golpee lo menos dos o tres veces, pero esto ¿con qué rigor? Con cintazos, palos, cuartas, reatas, a mordida, bofetadas, pellizcos. No desconoce mi cuerpo ningún género de crueldad o padecimiento porque todos lo ha ejercido en él mi verdugo”.

“A cada instante acecha mi vida”, dice Dolores Aceituno en 1877, “como últimamente lo hizo que me encerró en un cuarto y después de golpearme con la espada y marro hasta que se cansó, me tomó de los hombros y me echó a la calle. Repetidas veces, mi marido espera las altas horas de la noche en que estregada yo al sueño me toma con sus manos por el cuello y descarga sobre mí puros golpes aun estando grávida, por lo que tengo siete cicatrices en la cabeza”.

Entre tantas otras, pues, María Rita de la Vega y Dolores Aceituno utilizaron el recurso de la narrativa--detallada y personal, con descripciones puntuales, uno se atrevería a calificarlas de realistas, de sus cuerpos--dentro de un discurso de victimización femenina para, de manera acaso no simple, servirse de las instituciones que existían, al menos oficialmente, para su protección.

Aún sin pretender la igualdad o buscar la independencia, las mujeres decimonónicas lograrían hacer del divorcio, que hasta 1859 era eclesiástico y desde entonces hasta el 1914 fue civil aunque no vincular, una estrategia de resistencia—un acto digno de llamar la atención especialmente en un medio que, tanto legal como socialmente, insistía en restarles, no aumentarles, derechos. García Peña argumenta, pues, que, hecho por y para hombres, el proceso de individuación que se llevó a cabo a través de la reforma liberal enfatizó la construcción del sujeto masculino, excluyendo del mismo concepto de individuo, y sus derechos, a las mujeres. De ahí que García Peña sostenga que los únicos los beneficiados del reformismo individualista borbónico y liberal hayan sido los hombres.

Sostener lo anterior no es difícil, quitarle el velo de lo evidente y descubrir, no por debajo, como harían los hermeneutas de la sospecha, sino en la misma construcción de la tautología, los escabrosos medios a través de los cuales esto fue posible, es lo que hace leíble, es decir, disfrutable a El fracaso del amor, uno de los pocos libros académicos de historia que me ha mantenido volviendo sus páginas sin saber a ciencia cierta, que es una manera exquisita de experimentar el asombro, qué me espera a la vuelta de la frase. ¿Qué se descubre cuando se descubre que la ausencia de cualquier mención de violencia doméstica en los códigos civiles del 66, 71 y 84 se registró mientras los juzgados liberales también evitaban, a toda costa, la incorporación de los relatos del maltrato conyugal que esgrimían las esposas al demandar el divorcio?

Un fenómeno que había sido, y de manera legítima y amplia, de interés público y social durante la época colonial, el maltrato conyugal, tan abrumadoramente presente en los divorcios iniciados por mujeres, se convirtió en un asunto privado y, por lo tanto, mudo, gracias a una reforma liberal que abogó por los derechos y la libertad del individuo. La violencia doméstica, que era una violencia masculina, se privatizó y, además, se estereotipó, como es posible comprobar en cualquier novela o tratado de nuestros próceres liberales, como una patología de los pobres. La privatización de la violencia conyugal, además, implicó la exclusión de las narrativas del conflicto doméstico, casi todas ellas autor-izadas y esgrimidas por mujeres, casi todas ellas elaboradas a partir de las inscripciones que la violencia misma dejaba en el cuerpo, de los juzgados liberales, cuyos abogados preferían ceñirse a las fórmulas jurídicas que encubrían, en muchos casos, hasta la causa misma de la petición de divorcio.

Lo privado, así entonces, al menos en sus orígenes decimonónicos mexicanos, parece ser un parapeto. En honor a la precisión: lo privado es un parapeto que resguarda narrativas de violencia masculina elaboradas por mujeres. Silenciado, oscurecido, vuelto materia íntima y, luego entonces, materia muda, lo privado, que había sido cosa pública en juzgados coloniales todavía aquejados de manera obsesiva por la culpa y el pecado y la expiación, entrará en su fase subterránea, en su fase secreta, es decir, en su fase femenina. Lo privado, pues, no es, sino que deviene, a través de un impulso liberal, en femenino. Lo femenino no es, sino que deviene, privado.

[continuará…]

--crg

Monday, September 18, 2006

LA ARQUITECTURA DE LA NOVELA

Dice Hal Foster que pocos arquitectos han respondido como Zaha Hadid al llamado futurista de abrir la estructura en el espacio, de interpenetrar el interior y el exterior, de intensificar la "figura" y el "medio ambiente". Nacida en Iraq y residente de Londres, ciudad en la que no existe ningún edificio suyo, Zaha Hadid ha cultivado una reputación de arquitecta radical que no ha podido borrar ni el prestigioso premio Priztker, el cual recibió en el 2004. Su alianza con los suprematistas y, especialmente, con la arquitectura futurista coloca frente a mí un espacio que, entre más lo pienso, o entre más lo veo y menos lo pienso, más se parece al espacio que produce la novela--un tipo especial de novela, quiero decir.

Una estructura volcada hacia afuera, un texto que no "encierra" a la así llamada realidad en un universo hermético, sino que, abriéndose, invita a la Así Llamada a salirse de sí misma. No es, pues, una novela abierta en el sentido convencional del término, sino una novela que se abre o, mejor aún, que abre. Una vez abierta, esta novela no invita a entrar, sino a salir. He aquí el puente. Otra estructura, estrecha o zigzagueante o vertical, no importa, pero un puente a través del cual se desliza, titubeante si fuera necesario, trastabillante si no hubiera de otra, la Así Llamada hasta producir otro puente, otro afuera, o hasta que se decide a saltar, desde el más imaginario de los trampolines, hacia las aguas. La novela como la intensificación, por supuesto, de la figura, entendida, aquí, como la silueta o, mejor, como el hilvane que dejará hilos sueltos (una pre-forma) (una forma como proceso) desde la Así Llamada hasta el Medio Ambiente (que por algo es medio y no completo y nunca fin).

Se trata, y lo puedo ver exactamente como un plano, de una novela que, de súbito, se vuelve red, transformándose a sí misma con las protuberancias del caso. Contemporánea, claro. Un presente congelado, a punto de saltar. Un salto a punto de volverse cabeza estrellada. Una cabeza abierta, sangre alrededor. Unos cachitos sobre el pavimento. Una novela que es una cierta utilización de un espacio especialmente producido para la intervención de una red. Algo así. Algo como lo que Hadid piensa que es el objetivo de la arquitectura: la liberación de las fuerzas detectadas en cada proyecto o sitio a partir de las cuales se podrán desarrollar estructuras, espacios, y funciones hasta entonces inéditas.

No me resulta nada extraño, y tampoco deja de darme cierta retórica risa, pues, que algunos críticos bienpensantes se hayan referido al trabajo de Hadid en los siguientes términos: "Hadid es un miembro arquetípico del reducido grupo de arquitectos internacionales que actúan, en gran medida para su propio círculo, como una especie de circo ambulante, símbolos de una arrogancia arquitectónica de la que el público ha aprendido a desconfiar" Colin Amery, en el Financial Times de 1994.

--crg
LA PRIMERA DAMA: colectivo, columna semanal, blogspot

Se trata de la columna de un colectivo formado por hombres y mujeres que incluyen a: Vizania Amezcua, narradora mexicana; Juan Carlos Bautista, poeta; Ishtar Cardona, doctoranda en sociología por la Escuela de Altos Estudios de París; Alberto Chimal, narrador mexicano; Gloria Hazel Davenport, militante; Adriana González Mateos, narradora y doctora en letras por la NYU; Noé Morales Muñoz, dramaturgo; Saúl Gutiérrez, doctorando en sociología por la New School for Social Research; Cristina Rivera Garza, narradora y doctora en historia por la UH.

Se trata de una columna semanal que aparece los viernes, en las páginas de cultura del periódico mexicano El Universal.

Se trata de una columna bipartita, bifurcada, bicameral. Cada semana, dos integrantes del colectivo, comparten espacio para intercalar, oponer, complementar, desviar sus ideas en 2,500 caracteres más o menos (hay rollo para más, por supuesto, pero las limitaciones del periódico, ya saben).

Por sobre todas las cosas: En La Primera Dama se vale disentir y se vale estar de acuerdo y se vale tomar las cosas con humor y con la seriedad del caso.

Se trata, desde esta semana, de un blogspot: www.laprimeradama.blogspot.com

--crg
LECTURA COMO DUELO COMO ESCRITURA: Historiar y Ficcionar (la melancolía del expediente)

Lo dice Helene Cixous: “Each of us, individually and freely, must do the work that consists of rethinking what is your death and my death, which are inseparable. Writing originates in this relationship.” Lo dice la narradora experimental norteamericana Camilla Roy: “In some sense, the writer is always already dead, as far as the reader is concerned”. Lo dice Margeret Atwood en su libro de ensayos sobre la práctica de la escritura titulado, aptamente, Neogitating with the Dead. Los ejemplos abundan, pero creo que, por ahora, estos bastan para decir que no sólo existe una relación estrecha entre el lenguaje escrito y la muerte, sino que, además, se trata de una relación reconocida, ya de manera sucinta o de manera poética o de manera práctica, por escritores de la más variada índole—entre los que no abundan, sospechosamente, los historiadores.

Una relación que involucra de tal manera a la muerte no puede ser ni experimentada ni enunciada sin un ritual de duelo a través del cual se reconozca y se asuma, ya personal y ya socialmente, la pérdida. La pérdida del caso. El libro es, entre todos, el elemento si ne qua non de este duelo—un artefacto de comunicación con los muertos que pone de manifiesto el anhelo, por lo demás imposible, de conexión con mundos ultraterrenos y desconocidos y, acaso, incognoscibles. Así entonces, una relación que implica de tal manera a la pérdida—y la menor de todas no es la pérdida de la presencia del cuerpo—no puede ser enunciada ni resucitada, pues, sin el asomo de la melancolía. La melancolía de quien sabe, de entrada, que su tarea es imposible (hacer hablar a los muertos); la melancolía de quien, al tanto de tal imposibilidad, continúa sin embargo leyendo; y la melancolía, también, del expediente mismo—acaso olvidado por años, acaso inmóvil, lleno de polvo, extraviado.

Pero tal acumulación de melancolía, uno de cuyos elementos intrínsecos, según Freud, es el empobrecimiento del yo, bien puede jugar un papel estratégico en abrir paso para ese otro deseo, el deseo de vivir en asombro. El deseo de vivir asombrosmente. Pues si bien, como lo sustenta Cixious, “la escena de la escritura es una escena de inconmensurable separación”, también Katy Acker tiene razón cuando argumenta que “[w]henever we talk about narration, about narrative structure, we´re talking about political power. There are no ivory towers. The desire to play, to make literary structures that play into and in unknown or unknowable realms, those of chance and death and the lack of language, is the desire to live in a world that is open and dangerous that is limitless. To play, then, both in structure and in content, is to desire to live in Wonder.” Acaso ese deseo y ese asombro, ese deseo de vivir asombrosamente, nos remita a las implicaciones políticas de estos textos históricos en modo etnográfico: algo debe pasar en el mundo real y verdadero (la frase es de Matilda Burgos) cuando se ponen de manifiesto los métodos de construcción de los textos a través de los cuales reconstruimos socialmente la memoria plural de nuestros contextos presentes. Algo debe suceder en el mundo real y verdadero, insisto, en el mundo de los ciudadanos de carne y hueso, cuando nuestros textos memoriosos asuman el reto—sintáctico, cultural, político—de encarnar las estrategias narrativas de los documentos en los cuales se basan, y cuando asuman el reto de, tal como lo prometen hasta nuestros días, hacer-como-si fueran escuchados en ese justo momento. Este.

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Friday, September 15, 2006

MANTENER LA CABEZA

Publicado, en versión jíbara, en la columna colectiva La Primera Dama, en la sección cultural de El Universal, viernes 15 de septiembre, 2006.


Vi mi primer decapitado en una carretera de la China. Iba hacia el aeropuerto de Beijing cuando, de repente, el flujo vehicular se detuvo. El taxista, a quien no entendía en lo más mínimo, pronunció en su idioma, y de esto estoy plenamente convencida, las mismas palabras que yo pronunciaba en ese momento en español: ¡pero si se trata de un cuerpo! Nos tomó a ambos más o menos el mismo tiempo, es decir una eternidad, hacer un cuerpo de las piezas varias que veíamos sobre el pavimento. Luego continuamos nuestro camino contritos, meditabundos. En Xian, que era hacia donde me dirigía aquella mañana nublada, vi los soldados de terracota--los asombrosos cuerpos completos y, también, los decapitados por el paso del tiempo, el paso de la guerra, todo esto. Un par de semanas después llegué a Tijuana y ahí me recibió la noticia del hallazgo de un par de cabezas a las puertas de una institución a cargo del orden público. Más tarde me enteré, como todos, del depósito de cabezas en la pista de baile de Uruapan, Michoacán.

Resulta obvio, pues, que esta clase de homicidio espectacular, esta también tortura milenaria, esta lección y esta advertencia que se inscribe brutalmente en el cuerpo, desgajándolo en el acto, ha cobrado nuevos bríos, y esto a nivel mundial, en los últimos tiempos. Me pregunto, como muchos otros, acerca del porque. ¿Cuál es, de serlo, el mensaje? ¿Qué es lo que produce, específicamente, este horror? Y me respondo, con el lento horror de caso, que la visión de la cabeza separada del cuerpo me resulta especialmente horrísona no tanto porque viole un precepto básico de la vida occidental, sino porque, al contrario, lo cumple de manera extrema, de manera, y acaso sea ésta la fuente más precisa del terror, de manera literal.

El que decapita separa las funciones principales del todo humano: por un lado la cabeza; por otro, un charco de sangre de por medio, el cuerpo. Cual individuo racional, el que decapita no pierde, sino que conserva la cabeza: conserva dos o más. Cual filósofo de la ilustración literalmente enloquecido, el que decapita literaliza el pienso-luego-existo descartiano—ese érase-que-se-era, ese érase-una-vez con que dan inicio las narrativas del mundo así llamado moderno. El que decapita y arroja la cabeza al lugar de los pies, como sucedió en la pista de baile de Uruapan, lleva a cabo una reversión capital de jerarquías igualmente capitales--de ahí el horror, digamos, estructural. Como en el caso de los deseos cumplidos, habrá que tener cuidado de las narrativas fundacionales cuando éstas se realizan, cuando éstas llegan a su fin último que es, además o por principio de horrísonas cuentas, un fin lógico. El horror que experimento cuando veo un cuerpo separado de su cabeza es un horror, luego entonces, original.

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Monday, September 11, 2006

LA PRIMERA DAMA
Publicado originalmente en la columna colectiva La Primera Dama, El Universal, sección cultural, 8 de septiembre, 2006.

La cruz de mi plutonismo
Me pongo a pensar en lo que estará sintiendo la pobre de Proserpina. Mira que pasar toda una eternidad, cual fronteriza irredenta, entre el Hades y Gea (seis meses aquí, seis meses allá) para venir a descubrir en el 2006 A.D., equipo de astrónomos de por medio, que el poderoso señor que la raptó era nada menos y nada más que un verdadero fiasco. ¿O tendré que decir, en honor a la verdad y con la precisión del caso, que el señor era un pequeño fiasco? Para ser justos, he de confesar que también me pongo a pensar en el pobre de Plutón, degradado universalmente frente a los ojos muy abiertos del, éste sí de a de veras hasta donde sabemos, planeta Tierra. ¿Cómo se sobrepone algo o alguien a una situación tan dramática y tan universal, especialmente cuando no hay precedentes? Hay golpes en la vida, decía Vallejo, sin duda recapacitando de antemano en lo que, en un día de un futuro no muy lejano, le pasaría a Plutón. Hay golpes en la vida tan fuertes.

Mi empatía termina, sin embargo, cuando me pregunto, con la suspicaz curiosidad tan típica de estos electoreros tiempos, cómo le hizo. Sí, ¿cómo le hizo Plutón para hacerse pasar por un planeta de a de veras por tanto tiempo? ¿De qué tipo de fraude se sirvió para que la rigurosa aunque algo errática comunidad científica de la tierra cayera en su juego de esa manera? Porque si Plutón fue capaz de raptarse, unicornio de por medio según la imagen de Durero, a Proserpina, dejándonos de paso con sólo con seis meses de buen tiempo, yo a ese señor lo creo capaz de todo. Pudo, por ejemplo, granjearse el favor de los científicos por medios, digamos, no ortodoxos (recuérdese que se está hablando del mismísimo Señor del Subsuelo). Pudo, ya sea por medios cibernéticos o a la antiguita, colocar lentes especiales en los telescopios de los crédulos. Pudo haber organizado una campaña de terror entre los otros planetas del sistema, obligándolos, con rudas estratagemas mediáticas, a refugiarse en la mera idea de su existencia. Pudo haber utilizado su natural grisura, su posición última, su pequeña dimensión, su errática órbita, para ocultar la naturaleza enana de su condición primigenia. Pudo haberse quedado calladito (aunque no se viera más bonito), ahí, agazapado, dejando que todo mundo pensara lo que quisiera. Pudo haber hecho tantas cosas.

Por todo eso, pero especialmente por todas esas otras innombrables cosas que con toda seguridad también hizo Plutón, propongo adoptar el adjetivo “plutónico” para calificar a todo engaño de larga duración. Los amores, ésos, ya no serán platónicos, sino plutónicos. ¿Las elecciones? ¡Plutónicas! Yo, que he vivido casi siempre en el mundo de la ficción, creyéndola además, no podré negar la cruz de mi plutonismo. Plutónico será, sin duda alguna, el personaje Calderón en guisa de presidente de un cuerpo celeste de dudoso status económico. Plutónico siempre ha sido el final feliz y el érase una vez y el érase que se era. Plutónica la mirada que se asoma a la realidad a ver, con demasiada frecuencia, lo que se le da la gana.


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HISTORIAR Y FICCIONAR: Notas para leer documentos históricos en modo etnográfico

Señalar el vacío, señalar lo inexplicable. La crisis de representación que ha dado vida a tanto arte contemporáneo—del arte procesual al conceptual, del minimalismo a la instalación—no sólo condujo hacia una crítica radical del objeto a través de la desmaterialización de la obra sino que también, y por lo mismo, resaltó, en lugar del objeto, el proceso artístico, concibiéndolo ahora como una relación ya con el sitio ya con el espectador. Más que “objeto” de lectura o de interpretación, estos productos artísticos contemporáneos pasaron a ser, así, objeto de deseo o de apropiación. Algo similar pasa, o debería pasar, con la escritura histórica en modo etnográfico. Una escritura histórica cabalmente contemporánea.

Entre más vuelvo al expediente de Matilda Burgos, por ejemplo, más me asombra la manera en que se han multiplicado mis preguntas acerca de ella, acerca de su experiencia y de su historia. ¿Fue ella quien en verdad dijo que su madre había sido asesinada? ¿Tuvo tratos con bolcheviques y anarquistas como lo hacen suponer los escritos contenidos en sus Despachos Diplomáticos? ¿Consumía éter? ¿A qué sabe el éter? ¿Cómo adquiría su ropa? ¿Cómo la lavaba? ¿Cómo limpiaba su cuerpo, su cabello, su boca? ¿Qué tipo de relaciones logró establecer, si alguna, con otras o con otros internos del establecimiento? ¿De qué manera miraba a los doctores que insistían en hacerla hablar? ¿Insistían de verdad, estos doctores, en hacerla hablar? ¿Se comunicaba con alguien más, alguien de fuera? ¿Qué relación tenía con Consuelo Díaz, la mujer a quien le fue entregado su cuerpo en 1953? Las preguntas son, de hecho, infinitas. Pocas tienen respuestas. Pero carecer de respuestas no medra su valor; al contrario, lo acrecienta. Estoy convencida de que el asombro que me provoca constatar que mi conocimiento de ella disminuye o se tambalea con el paso del tiempo no es un asunto personal o privado, sino que eso, ese no-saber amplificado, constituye la materia misma de cualquier escritura acerca de su persona y de su lugar en el mundo.

En todo caso, un libro de historia que aceptara como propia la crisis de representación que permea el arte contemporáneo y la vida cotidiana de inicios de siglo XXI tendría por fuerza que detenerse con todo cuidado, con el cuidado del caso, en ese no-saber que obstaculiza, pospone, desvía y opaca la versión final o definitiva de su experiencia como sujeto histórico, es decir, de su experiencia como ciudadana de un país en acelerado proceso de modernización bajo los principios de un régimen así llamado revolucionario. Un libro de historia en el modo etnográfico tendría que hacer lo que el poeta y teórico estadounidense Charles Bernstein reconoce en los escritos que él denomina como anti-absorbentes: “Rather than making the langauge as transparent as posible…the movement is toward opacity/denseness—visibility of language through the making translucent of the medium”. Para el caso de la lectura y escritura que ahora me ocupa, ese movimiento bernsteiniano hacia la opacidad es, sobre todo, un movimiento hacia el obstáculo o la desviación que impide que la anécdota fluya como si constituyera la versión final de sí misma. Es un movimiento hacia la escritura, hacia las estrategias narrativas, artificiales y políticas, que, cual cortina en ventana abierta, hacen que se sepa que ahí, efectivamente, pasa el aire. Que ahí, efectivamente, sucede algo, y algo de suyo interesante.

En tanto texto procesual opaco y densificado, el libro histórico en modo etnográfico se convertiría así en un espacio apto para albergar la marca de lo que no se entiende o de lo que cada vez se entiende menos o de lo que se entiende cada vez con mayor incertidumbre. Ese libro es en realidad una pregunta exponencial y, en tanto tal, es el negativo del libro. Se trata del libro que se hace y, al hacerse, hace visible su método de hacerse. Es un libro sin explicación, pero con enigma. Es un libro de enigmas compartidos. Un campo minado.

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Wednesday, August 23, 2006

HISTORIAR Y FICCIONAR: Notas para leer documentos históricos en modo etnográfico II

Todo junto, todo a la vez: el collage como principio de construcción de la página. Desde que escribo historia, que es mucho después de que empezara a escribir novelas, tuve la sospecha de que el público en general no lee libros de historia porque la gran mayoría, independientemente del tema que traten o la anécdota que intenten desarrollar, van escritos de la misma forma. Me refiero, por supuesto, a los libros de historia académica, a los libros académicos de historia que suelen explorar, por cierto, temas de suyo interesantes y anécdotas por demás amenas o escandalosas. Sin embargo, organizados de acuerdo a principios inculcados, ya subrepticia o ya de manera evidente, por manuales de reglas metodológicas o libros de consejos acerca de cómo escribir una tesis, muchos de estos textos se conforman de acuerdo a, y de paso confirman, una narrativa lineal en modo aristotélico, la cual incluye, a saber, tres pasos: la elaboración de un contexto estable y debidamente documentado; la descripción, de preferencia en gran detalle, del conflicto y/o hecho que ocurre en dicho contexto; y la producción de una resolución final. Esta narrativa, que tiende a reproducir una idea lineal, es decir, secuencial, es decir visual, de lo narrado, tiene como consecuencia el ocluir el sentido de impermanencia y de simultaneidad tan asociadas a las labores del oído y la presencia. Una escritura histórica en modo etnográfico, luego entonces, precisará de estrategias narrativas que contrarresten este fenómeno y abran las posibilidades dialógicas del texto. Y aquí es donde los consejos de Walter Benjamín, y sus peculiares notas para una filosofía de la historia, vuelven a hacer su aparición: el collage como estrategia para componer una página de alto contraste cuyo resultado es el conocimiento no como explicación del "objeto de estudio" sino como redención del mismo.

El expediente de Matilda Burgos, como otros tantos del Manicomio General La Castañeda, está compuesto, de hecho, de acuerdo a un principio semejante. Aunque firmado por un médico, el diagnóstico no es ni lineal ni definitivo. Todo lo contrario: una lectura detallada de este material textual pone en evidencia que el diagnóstico, como el expediente mismo, es un constructo multi-vocal y, además, contradictorio. Para muestra basta un botón. En la boleta de admisión, la primera hoja del expediente de Matilda Burgos, se responde a la pregunta acerca de la causa de su admisión con las siguientes dos alternativas: Confusión mental amoralidad. Demencia precoz hebefrénica. La primera de estas anotaciones está conspicua y significativamente tachada. A manera de palimpsesto o de capa geológica, el expediente acoge ésta y otras revisiones pero sin borrar las notas precedentes y, de más importancia para el lector en modo etno-historiográfico, sin incorporar las nuevas versiones a las anteriores, es decir, sin normalizarlas. El texto, en este sentido, no sólo es una colección de marcas sino una colección de marcas o inscripciones en permanente y perpetua competencia. Una escritura histórica en modo etnográfico, una escritura histórica que se pensara ante todo como escritura, tendría que proponerse como reto el encarnar en la página del libro este sentido de composición competitiva y tensa, esta estructura dialógica propia de e interna al documento mismo. El collage, así, no sería una medida de representación arbitraria o externa al documento, sino una estrategia que, en ciertos casos, en casos como el de Matilda Burgos, contribuiría a llevar al papel su historia y la manera en que esa historia fue compuesta a inicios de siglo XX dentro de las instalaciones del Manicomio General La Castañeda. Así entonces, no basta con identificar "todas" las versiones posibles y rechazar sólo una, la versión final, sino que habría que mostrarlo.

La función el collage es sostener tantas versiones como sea posible, colocándolas tan cerca una de la otra como para provocar el contraste, el asombro, el gozo—ese conocimiento producido por la epifanía no enunciada sino compuesta o fabricada por el mero tendido del texto, su arquitectura.

Lo que esto significa en términos de la posición del autor dentro del texto, especialmente en una era en que se experimenta con la muerte de la muerte del autor, es importante. El historiador en modo etnográfico que escribe de acuerdo a los principios del collage no puede preservar su posición hermenéutica como intérprete de documentos o como descifrador de signos. No se trata de un historiador que ande en busca de la verdad escondida de las cosas. Este otro historiador, y aquí utilizo un símil del mundo de la música contemporánea, cumplirá más bien las funciones de compositor o, aún mejor, de director de orquesta gestual muy a la Boulez. Lo cito: "El director debe tener en todo momento disponible en su cabeza, y de manera instantánea, el dibujo de la disposición, tanto más cuanto que los acontecimientos que se quieren suscitar no se producen de raíz de una secuencia fija, o porque dicha secuencia puede ser improvisada y puede cambiar en cualquier momento. Hay que "tocar" a los músicos, como si fueran las teclas de un piano". Hay que "tocar" a los documentos, parafraseo ahora, como si fueran las teclas de un piano.

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Thursday, August 17, 2006

AS IF IT WERE NO LONGER THE PRESENT

It seems likely at this stage that the truest way to treat a piece of the past is as such: as if it were no longer the present.
James Agee, Let’s Praise Famous Men


He aimed at utmost concreteness: he failed.
The Ur-Jack Keruac
over whom all the Jack Keruacs of the world were later based.

The naturalist of objects
lost in the forest of description and disbelief
a beat of a heart under the eyelid.

The communist who drank cheap gin and longed for the immediacy of a tree.

The hunter of syncopated silhouettes
seeing music in rusted machinery and freshly printed newspapers
hearing the colors accumulated in cotton fields
the land, in its largeness: stretches: is stretched:

James Agee dove into objects the way other men dive into themselves.

In Alabama amongst cotton sharecroppers
under heavy rectangles of southern light
he placed his eyes on the surface of shapes
listening to the language of symmetry and vertigo
bare artifice
morbid imprints of time.
He found philosophy in the wrinkles of a calico dress
truth in the sudden movement of approximation.

He dissected the ingredients of odors:
The odor of pine lumber, wide thin cards of it, heated in the sun, in no way doubled or insulated, in closed and darkened air. The odor of woodsmoke, hickory, oak, and cedar. The odors of cooking. Among these, most strongly, the odors of fried salt pork and fried and boiled pork lard, and second, the odor of cooked corn. The odors of sweat in many stages of age and freshness. The odors of sleep, of bedding and of breathing, for the ventilation is poor. The odors of all the dirt that in course of time can accumulate in a quilt and mattress. Odors of staleness from clothes hung or stored away, not washed.

He described the contours of a spoon with the gestures of an unrequited lover.

The minimalist
the man who died at forty five in a New York taxi cab
knowing that objects look back and flee (the backward gaze)
knowing that the courtship of language is destined to unfinish
the book. The big-hearted one
walked on the slippery pastures of meaning
seeking joy and finding joy and failure
the quietness of water broken within
his eyes.

I invoke James Agee’s eyes in this night vault
I want to see the nocturnal
choreography of man, woman, and tree
in utmost concreteness
in lingering actuality.

I try and see
nothing but the angle of approximation
the speed.

James Agee tells me:
Watch from the crackling mattress how the stars, through the roof, though strong, are yet so tired.

--crg

Wednesday, August 16, 2006

HISTORIAR Y FICCIONAR: Notas para leer documentos históricos en modo etonográfico

Muchas cosas suceden cuando intento leer un documento histórico como-si estuviera entrevistando a un muerto. Ésta es una de ellas:

No como pasó, sino como refulge en un momento de peligro. La frase, refulgente en sí misma, le pertenece a Walter Benjamín, más específicamente a sus tesis sobre la filosofía de la historia. La recuerdo ahora para señalar que éste, como todos los momentos en que se enuncia un deseo, es uno de esos momentos de peligro. Otro presente. Otro presente-ahora. No me interesa en este presente-ahora, como nunca me interesó en otros presentes-ahora, contar la vida de Matilda Burgos como pasó. Quiero decir que reconocí, desde el inicio, que ésa era una tarea o verdaderamente imposible o irremediablemente condenada al fracaso. En este presente-ahora en el que, o través del cual, busco esbozar algunas cuestiones sobre la aproximación, en el sentido más enigmático del término, entre lector y el texto histórico, voy hacia ese expediente que, de hecho, viene ahora de regreso de su viaje, y estancia, en la ficción. Vuelvo al expediente para oírla a ella. Y sucede, por supuesto, por principio de cuentas, que no me encuentro con ella, sino con ellos: los policías, los médicos, los laboratoristas, los comisarios, y las internas junto con quienes produjo el expediente y, dentro del expediente, la entrevista que es todo diagnóstico. No sé si todo expediente es, efectivamente, una entrevista, es decir, un punto de confluencia, un cruce de caminos, una negociación, pero sí sospecho que toda pieza escrita lo es. En el caso de los expedientes clínicos, éstos ofrecen al ojo histórico una colección de textos elaborados desde puntos de vista muy diversos. Ahí están, para empezar, las preguntas que formuló un equipo interdisciplinario, financiado por la Beneficencia Pública, las cuales constituyen El Cuestionario oficial de la institución. Y están, también, las respuestas transcritas, es decir, citadas textualmente, por un médico y, con menos frecuencia, escritas por los pacientes mismos. Las respuestas, además, vienen de distintas fuentes: los agentes de policía, los médicos que se ha consultado con anterioridad, el interno mismo, los parientes o amigos del interno. Estas respuestas tan diversas son, además, copiadas una y otra vez, especialmente cuando se trata de un interno peculiar, por los médicos del establecimiento: de letra manuscrita a la letra que produce una máquina de escribir, por ejemplo. Todas estas escrituras que conforman el expediente, las escrituras ya "originales" o ya "copiadas", incorporan cambios de perspectiva que impiden cualquier posibilidad de formular sin duda alguna la manera en como pasaron los hechos.

Ahí donde La Situación Típica clama, entonces, por una explicación, un recuento de daños, una versión en singular entre todas las posibles versiones plurales de los hechos, vuelvo a elegir, ahora con plena, y buscada, conciencia las varias escrituras que, por serlo, se convierten al instante en las escrituras entredichas y, luego entonces, en las escrituras cuestionadas. Y ese, ése y no otro, es el punto de partida para producir el efecto de impermanencia que me invita a sentir como-si-estuviera entrevistando a un grupo de personas. Como-si-estuviera oyéndolas. Sospecho que tal efecto tiene algo que ver tanto con identificar y aceptar todas las versiones accesibles del caso, como con rechazar una, sólo una: la versión final. Retrasar, desviar, posponer, rodear esa versión final debe ser una de las principales tareas de la escritura histórica en modo etnográfico.

En otras palabras: el momento de peligro es un fulgor, no una luz.

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Monday, August 14, 2006

LA PRIMERA DAMA

Publicado originalmente en la columna del Colectivo La Primera Dama
El Universal, Agosto 11, 2006


Tijuana, la diurna

I. Al amanecer, ya cuando se fueron los últimos seres nocturnos, la Revo es ese mítico paisaje después de la batalla. La Cahuila. La Sexta. Algo borroso o gris. El viento que arrastra minucias. Una especie de Neo-Comala, a juzgar por los murmullos. Hay una apenas luz bajo la cual una extraña soledad, una soledad de ropas diluidas y pesados miembros, se entretiene pateando bolsas de plástico sobre las aceras. Nadie canta.

II. Ahí cerquita, bajando por la Juárez y casi sin tocar la vía rápida, las colas de autos en espera de cruzar al otro lado son las mismas. A eso también se le llama la Línea Exponencial. A cualquier hora, sin menoscabo alguno por horarios de invierno o de verano. Una constatación del infinito. Una imagen de la incesante repetición. Lo que pienso: Dios existe, o debería. El calor aumenta: los motores encendidos, el uso del clutch . Aquí siempre es la hora de los espejismos.

III. El coche parece deportivo, pero no lo es. Un buen trabajo de pintura, algo que ver con la afinación. Aquí se simula. El brazo montado sobre la puerta, el codo por fuera: ese tipo de postura. Una cadena de oro. Un cigarro encendido. Los lentes: oscuros. La música a todo volumen, en inglés. Acaso por eso me extraña que el muchacho que maneja haga tanta alharaca para llamar a la anciana que, parada en la esquina, vende chicles. Un rectángulo apenas. Algo casi vacío. Se aproxima: cabellos grises, blusa desabotonada, boca sin dientes. El hombre le sonríe mientras toma la mercancía.

-Pero deme su bendición, jefita -le pide antes de colocar algunas monedas sobre su palma abierta. Ya con ellas en la palma cerrada, la anciana extiende el brazo derecho y, con los dedos en cruz, marca la frente, las sienes y, al final, los labios. Lentamente. La sonrisa chimuela. El semáforo en verde. Algo que se desvanece.

IV. Es el restaurante donde la Tijuana-de-Alcurnia celebra sus cumpleaños. Dos por visita, al menos. Con frecuencia tres. Recomiendo el atún local sellado con ajonjolí, la lonja de pez espada de las costas de Baja California. Todas y cada una de sus ensaladas. Por sobre todas las cosas recomiendo su carta de vinos: un homenaje a las vitivinícolas del Guadalupe, un valle enclavado entre lomas áridas salpicadas de rocas extraterrestres por donde alguna vez pudo haberse extraviado un mudo. Recomiendo, ya en plano de la más absoluta honestidad, el Jardín Secreto, una botella de la casa Adobe -donde se combinan los sabores de las uvas cabernet y grenache- firmada por el enólogo Hugo D´Acosta (el mismo, en efecto, de los vinos Casa de Piedra). Un expresso cortado, después. El trío de chocolate. Al salir, todavía con los ecos del último happy-birthday en la cabeza, no es posible dejar de ver la obra reciente de Jaime Ruiz Otis sobre las paredes del bar -retazos de maquila, viejos destellos dorados, el mundo de más allá.

V. Lo bueno de Tijuana es que, cuando todo se acaba, uno puede darse el lujo de ser literal. Ahí está siempre el mar, el mar al que he llamado, por puro cariño y de manera por demás errónea, el Mar-del-Norte. ¿Ha estado usted alguna vez? Me gusta cuando es mercurial. Me gustan las familias que se extienden-ruidosas, en movimiento, pura energía sobre la arena. Los niños. Los partidos de futbol que congregan. Me gustan los elotes con sal y limón o con queso y chile; los tostilocos; los vasos de frutas. Un clamato preparado, dicen. Me gusta verlo de lejos, en paz. Gris sobre gris. El delfín de rigor. Un horizonte más presentido que real. Es la orilla de la orilla. Es el fin. El monumento lo expresa, litoralmente y en pura piedra, límite de la República Mexicana. Es, bien visto, el principio. Yo ya no vivo aquí (dixit).

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Wednesday, August 02, 2006

AHORA QUE VIVO EN EL ORIENTE

Yo vivía en el nombre de una heroína. Cuando alguien me preguntaba mi dirección tenía que recurrir, forzosamente, a la historia libertaria del país. Una causa independentista. Me gustaba que su nombre implicaba, de manera nada subliminal, un rugido y que su apellido, azarosamente, también le pertenecía a Diamantina, La Verdadera. La ficción que se vuelve ficción, aunque por doble partida.

Todo eso cambió ya. Mientras no estaba, le cambiaron de nombre a mi calle. Ahora vivo en el oriente. Así. Sin más. Asepsia.

Supongo que son los signos de los tiempos. Así también se hace la política.

Lo que me recuerda la silenciosa y no por ello menos cruenta guerra de denominaciones que sufrieron (¿o gozaron?) las calles de la ciudad de México a fines del silgo XIX. Deseosos de tener la última palabra, gobiernos de distintas índoles se dieron a la tarea de marcar el territorio de la urbe con la orina del nombre. Una lectura con consecuencias. La exégesis de la inscripción. Por debajo de todo ello, ya con anuncio o ya sin él, seguramente por la fuerza de la costumbre que es una verdadera fuerza, transeúntes y locatarios, vecinos y visitantes, siguieron llamando a las calles, a sus calles, de las maneras íntimas o consabidas. Resistencia pasiva (dirían algunos teóricos). Tradición oral (dirían otros más). Fanatismo. Será el sereno, digo yo, pero a uno no le pueden cambiar el nombre de su calle así como así. Mucho menos in absentia. I´d rather not, contestaba Bartelby a toda provocación. No, gracias, digo yo en eco apropiadamente mexicano. Las buenas maneras. O lo que es lo mismo: aunque oficialmente yo me encuentre en el oriente del mundo, y mi correo llegue en efecto ahí, prefiero seguir habitando en la calle que me recuerda, entre otras tantas anécdotas, a una mujer que hizo de un tacón un arma política.

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Tuesday, July 25, 2006

LA FORMA, QUE ES

Cuando la forma es, es pura emoción.

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Saturday, July 22, 2006

EL CUERPO, QUE TIENE DOS PIES

Uno va al mar. Uno va al mar y se detiene. Distancia anecdótica. El cuerpo tiene dos pies. Tiene dedos. Uñas. Quién es uno? Alguien se aproxima. Alguno se moja los dedos de un pie. Alguien deja huella. Uno no es dos. Me gusta el adjetivo "trémulo". Mientras todo esto pasa yo pienso en otra cosa. Eso es lo que escribe en mí. La otra cosa que pasa mientras. Pero me quedé en que iba al mar. Me quedé adentro. Algo se aleja.

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LA GUILLOTINA ANECDÓTICA

Alguien ha perdido para siempre a una mujer. Hace calor. La paleta de grosella es pura infancia. La lengua roja. Quien da el regalo no sabe que da el regalo. Quien recibe el regalo no sabe que lo recibe. Alguien ha perdido. Un callejón bajo la luz que es una pesa que es una guillotina. El sol. El regalo es la enunciación del regalo. El personaje no existe en la imaginación. Hay una diferencia letal entre lo anécdotico y lo concreto. El personaje sólo existe en la escritura. Niña malcriada. La lengua roja. Lo concreto es la oración. Ha perdido alguien. Fantasmático, el regalo. Una lengua concreta de color rojo, grosella como la infancia. Y la niña? Una guillotina anecdótica. Se trata de no saber. Calor, demasiado. Se trata de la pérdida.


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Wednesday, July 19, 2006

LA ESCRITURA ES SIEMPRE MÁS INTELIGENTE QUE NOSOTROS

Uno tiene que poner las tripas. En el momento que domina la forma muere la obsesión. La idea es una emoción del pensamiento. Tiene que haber un cierto crecendo. No existen los hechos estéticos dentro de la convencionalidad. Jorge Monteleone, El relato de viaje. Me gustaría discrepar. De qué manera se puede emocionar el lenguaje. Un escritor no se hace en años; se hace en décadas. Necesitas un vidrio. Eso es lo que es: necesitas un vidrio. Nicolás Peyceré, Los días sentimentales. Empieza a escribir a ciegas. A mí las anécdotas no me importan, la verdad. Perfecta quiere decir la emoción que tú le quieres dar. Ella tiene un ritmo interior en que respira y sufre y es feliz. Cada quien tiene que descubrir, que es construir, ese ritmo. El ácido. Lo que uno no domina. Lo que va en contra de los que sabes hacer. En otro archivo, en la desesperación.

Todo esto, y más, lo ha dicho Maria Negroni en la sala del Laboratorio Fronterizo de Escritores del FCE/San Diego.

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Sunday, July 16, 2006

IN MEMORIAM

SEBASTIANA MARTHA ESPINOSA MUÑOZ
2 de febrero 1925-8 de Julio 2006

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VOTO X VOTO
CASILLA X CASILLA


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Tuesday, July 04, 2006

BORDER WATCH: LAB CASUALTIES (tercera semana)

Se le informa al amable lector que este servicio de vigilancia fronteriza se interrumpe debido a la insólita pero verdadera, inesperada pero honesta, artificial pero textual, disminución de casualties en el famoso lab. Hasta el próximo accidente!

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Sunday, July 02, 2006

LA COMIDA Y LA LETRA

Visto en la esquina de Melchor Ocampo y Zaragoza:

VURROZ
Lo escribimos mal, pero lo hacemos bien.

sic.

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