EL SÍNDROME VERDESHANGAHISandra Lorenzano publica hoy en su columna de
El Universal una versión abreviada de lo que leyó durante la presentación de
Verde Shanghai en la FCE Rosario Castellanos ese viernes en que paró la lluvia. Aquí el link a
De cafés de chinos y otros olvidos.
Pero aquí va la versión completa, toda entera:
El síndrome Verde Shanghai
Sandra Lorenzano
¿Cuántas vidas vivimos al mismo tiempo? Quiero decir: si usted entra por una puerta llamándose de una manera, con un cierto pasado, una forma de vestir y de desvestirse, de caminar y de mirar al mundo, y al atravesarla se llama de otra manera, tiene otro pasado, otra forma de desvestirse y de mirar al mundo, no piense que ha perdido la razón, o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).
Si usted, pongamos por caso, va manejando su automóvil y no comprende la palabra “alto”, o cree que se la dicen a alguien más, o de pronto la o lo llaman con otro nombre, y usted no recuerda: no recuerda qué hace ahí, ni cómo se llama realmente, ni qué hacía manejando un automóvil, y sólo se le ocurre pensar que “el olvido es una boa que se muerde la cola”. O ve a alguien desde arriba, desde un imposible cielo, y no descubre en ese alguien ningún rasgo conocido, aunque el nombre con que lo llaman le resulta vagamente familiar y añorado, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).
Si usted siente que dentro de sí tiene otras vidas y otros personajes. Si usted siente que cuando vive, escribe, o cuando escribe, reescribe. Si siente de pronto que eso que está pasando en este instante ya lo ha vivido, y en cambio duda de sus propios recuerdos. Si usted no está seguro de si algo lo vio, lo imaginó, lo escribió o lo olvidó, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).
Si usted se mira al espejo y descubre que tiene rasgos asiáticos, o camina por la calle de Dolores y se siente como en casa, si el nombre de Xian le trae vagas reminiscencias de tazas de té humeantes con perfume de jazmines, si se sorprende al descubrir que ha pasado la noche con un desconocido que dice ser su esposo, si extraña gatos que nunca tuvo, y sólo se le ocurre pensar que “el olvido es una boa que se muerde la cola. Toda mordida es un círculo”. Si siente que la voluntad es una lechuza y no le queda claro qué tipo de convivencia o de enfrentamiento podría darse entre ésta y la boa. Si escribe para no olvidar aquello que tal vez nunca ha vivido, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).
Si usted siente que se hace y se deshace permanentemente, que ninguna frontera es fija (a pesar de lo que diga la “border patrol”), que tiene tantas identidades como su capacidad de imaginar lo olvidado, o de olvidar lo imaginado, tenga. Si siente que en cada “deja vu” franquea el paso a sus deseos más ocultos. Si cada semáforo le ofrece nombres ajenos en lenguas remotas que florecen en su propia lengua, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).
Quizás lo que suceda es que usted padezca del llamado “Síndrome Verde Shanghai”. Un síndrome cuya expresión más clara puede sintetizarse en una pequeña frase de Antonio Porchia que dice: “Si olvidara lo que no fui, me olvidaría de mí mismo”.
¿Cuántas vidas vivimos al mismo tiempo?, preguntaba yo al comienzo de estas líneas. Pero quizás sea más pertinente preguntar ¿cuántas vidas NO vivimos al mismo tiempo? ¿Cuántas vidas quedan para siempre en “la negra espalda del tiempo”, como llama Javier Marías a ese espacio de posibilidades en que las boas se muerden la cola? ¿Cuánta nostalgia carga lo que no sucedió? ¿Cuántos recuerdos nunca existirán y aún así nos dejan un vacío que duele? Dicen los que saben que eso, justamente eso, son las saudades de las que hablan los fados portugueses. Y tal vez esa vida, la vida que hace que los fados portugueses sean mi hogar es una de las vidas que se me han quedado a mí en la negra espalda del tiempo. ¿Y a ustedes? ¿Cuántas vidas no han vivido y aún así les causan nostalgia?
¿Cuántas vidas no hubiera vivido Marina Espinosa si no hubiera “merodeado” por los linderos de ese olvido que añora lo que quizás nunca ha sucedido? ¿Cuántas vidas no viviría Xian por las calles increíblemente entrañables de una ciudad ajena?
Víctimas todos – Marina, Xian, usted y yo misma – del “Síndrome Verde Sahnghai”, cuya definición es fácil encontrar en cualquier diccionario del alma que se precie:
“Dícese de la mirada sobre la realidad que carga con más de un olvido sobre más de una vida. El nombre está tomado de un ignoto café de chinos de una ciudad ‘enorme, gris, monstruosa’, a decir de algunos poetas. Éste, como todos los cafés de chinos – en los sitios donde los chinos son lo absolutamente otro – es también el umbral de mundos olvidados, de realidades devoradas por los olvidos: imagen extrañamente familiar de pasadizos secretos hacia otras vidas, tampoco vividas y apenas recordadas. Claro que – continuaría diciendo el diccionario del alma – en los cafés de chinos de China difícilmente se presenta este fenómeno. Es más fácil encontrar la propia matrioshka interior (llamada también “caja china” fuera del país asiático) en restaurantes mexicanos, tan valorados en la actualidad por los paladares orientales.” Hasta aquí el diccionario.
Si el “Síndrome Verde Shanghai” nos permite encontrar nuestros múltiples rostros en añoradas cajas chinas con aroma a Olinalá, es porque Cristina Rivera Garza se internó un día cualquiera en su propia escritura para regalarnos un espejo e invitarnos a pasar a través de él. Ni Marina, ni Xian, ni Julia Bradaigh, ni yo misma, entonces: Alicia, de pronto. Eso sí, ya no con la cara fresca de la infancia, sino con las marcas que dejan los años y la vida en un país imaginado hace siglos, y en el que todos vivimos y morimos varias veces por día. En el que vivimos y morimos de la mano de las mujeres de Juárez, de la mano de Luz María Dávila, de la mano de Javier Sicilia, de los migrantes centroamericanos que pasan por nuestra frontera sur, de nuestros propios migrantes que pasan por la frontera norte, de los chavos que habitan las calles de nuestras ciudades, de la gente que no quiere ser llamada “víctima colateral”, de la mano de cada uno de ustedes.
Y Cristina nos invita a pasar del otro lado del espejo porque sabe que el horror no tiene por qué paralizarnos. Porque sabe que el dolor puede ser también una forma de acompañar en el camino. Porque sabe que también somos piel y cuerpo y deseo y compasión y ganas de abrazos y nombres que se suman al recuerdo de otros nombres.
Porque sabe del secreto que encierran las palabras, sabe del aire vuelto letra sobre la página. Sabe del relato que busca siempre el relato ajeno para reconocerse y perderse en él. Porque sabe que podemos hacer que el sueño de la razón no engendre monstruos sino poesía.
Dice Cristina Rivera Garza que es bueno leer los libros cuando se es más joven que los personajes, y volver a leerlos cuando se es mayor. En el caso de esta novela ya no me fue concedido lo primero, pero sé que leeré y releeré, y seguiré leyendo y releyendo, cada una de sus páginas, porque para aquellos que padecemos del “Síndrome Verde Shanghai” lo que ella escribe tendrá para siempre el atractivo y delicioso misterio de un café de chinos.
Hasta aquí el texto de Sandra. Y yo todavía pregunto: Pero, y usted ¿padece de verdad el síndrome VerdeShanghai?
--crg