YO TAMBIÉN SÉ DE LO QUE SE DESVANECE
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
La mujer sale a toda prisa: la taza de café en una mano, las llaves del auto en la otra, el cabello mojado.
Es evidente, desde el futuro, que se le hace tarde.
Sé lo que piensa la mujer porque la mujer soy yo, naturalmente: dentro de la cabeza da vueltas “El guardián del hielo”, un poema del peruano José Watanabe, y, tal vez por asociación contraria, aparece entonces, casi de inmediato, la tonada de PJ Harvey: Love too soon. ¿Se ama demasiado rápido y, por consiguiente, todo se deshace bajo el sol o hay que amar rápido porque todo se deshace bajo el sol? El dilema me entretiene. El dilema, que me permite encender el auto, no me deja ver en realidad la carretera. El tiempo. Lo que pasa.
Mientras tanto (siempre hay un mientras tanto): la montaña.
Mientras tanto (siempre sigue el mientras tanto): los sonidos de Warpaint en espacio cerrado del auto.
¿Por qué si todos sabemos que las máquinas de los automóviles funcionan con gasolina, esa mujer, que soy yo, no lo sabe?
Las cosas ocurrirán así: la mujer hace una serie de cosas reales, terrestres, amables durante el día (una de ellas, por ejemplo, incluye la lectura súbita de poesía en voz alta cuando nadie lo espera o lo requiere pero, ya se sabe, la obsesión, pero este vivir en el mundo de al lado). Eventualmente, como resulta obvio siempre pero sólo desde el futuro, la mujer regresa. Hay que atravesar un bosque en sentido inverso para hacer eso, regresar. La carretera a veces parece infinita. Las nubes: iridiscentes. El bienestar a pesar del malestar. El parabrisas.
Y sucede, claro, de repente: la luz roja sobre el tablero. La curiosidad y, de inmediato, la respuesta: ah, no tengo gasolina.
Vean el contexto: se está haciendo de noche en una carretera concurrida. Se trata de un país donde, sólo hace unos días, 52 mujeres y hombres (cifra oficial) murieron asesinados en un atentado que las autoridades califican de terrorista pero que es en realidad uno de muchos más. Hace no tanto desenterraron los cuerpos de 25 o 27 no muy lejos de aquí. ¿Y cuántas mujeres terminan decapitadas o desaparecidas en el Estado de México?
Me detengo, pues, en una fonda que todavía tiene la luz encendida antes de tener que pararme a las orillas de la carretera que está a las orillas de un bosque. Un par de señoras con largas trenzas negras me ofrece comida: tacos de cecina, chorizo, chicharrón. Una pareja taciturna ocupa una mesa sobre cuyo mantel de plástico de pequeños cuadros rojos y blancos yacen dos platos vacíos. Un hombre come solo en otra mesa que apenas si se deja ver en la penumbra. Se los digo a las dos mujeres como si existiera el alivio: me quedé sin gasolina. El padre de las mujeres sale de un cuarto todavía más oscuro y sugiere: haga esto o aquello. Veo el auto de judiciales en el estacionamiento, esto en el reojo de las cosas. Alguien pasa diciendo que hay un accidente en la carretera, algo horrible. Un muerto. Tal vez dos. Le digo al hombre que no puedo hacer esto o aquello que me sugiere porque no tengo gasolina y supongo que, mientras se lo digo, lo veo con pesar o angustia o desolación. Él, amable, se ofrece a ir a la gasolinera más cercana a comprar unos litros. La noche se cierra en un pequeño nudo tenso. ¿Y si el hombre que ha terminado de comer y ahora se sube a una enorme pick up roja que, sin embargo, no enciende, es en realidad un asesino a sueldo? ¿Y si lo que emerge de esa otra camioneta grande, gris, con placas de otro estado, no es un hombre enorme que pide tacos para llevar sino un sicario hambriento? ¿Y si los policías judiciales se vuelven locos y empiezan a disparar? ¿Y si las mujeres de trenzas tan largas y negras dejan sus delantales y me atan las manos y cubren la boca con tape? ¿Y si el hombre de la gasolina nunca regresa? ¿Y si no puedo salir de aquí nunca, nunca, nunca, atada a una pequeña fonda de la carretera por razones inenarrables? ¿Y si llueve? ¿Y si graniza? ¿Y si el súbito dolor de cabeza se vuelve dolor de mano y de pie y de anginas? ¿Y si este temblor que se apodera de la punta de los dedos y luego de los dedos y más tarde de las manos codos brazos no cesa?
Todo esto que, sin duda, continúa, sólo se detiene cuando la mujer de las trenzas murmura: no se preocupe, señorita, ya llegó mi papá.
Y, en efecto, el hombre que fue por la gasolina está ahí ya, con el viejo sombrero de paja sobre la cabeza, y cinco litros del preciado líquido en la mano izquierda (debe ser zurdo).
–Si le hubiera hablado al seguro– dice el hombre enorme que ha salido a fumar–, se hubieran tardado horas. Y usted ahí, sola –añade. Luego, sin pensarlo mucho, me pide que le cuide su cigarro para ayudar al anciano que forcejea con la manguera y la gasolina. En el futuro diré: Y estaba yo, con el cigarrillo de un extraño consumiéndose entre los dedos que no dejaban de temblar, mientras un hombre amable le ponía cinco litros de gasolina al coche. El ruido de los autos al pasar. El rumor del bosque. El frío.
¿Por qué si todo mundo sabe que el universo se mueve a través de transacciones económicas que, en la era del tardocapitalismo, se rigen por el intercambio de dinero, la mujer ésa no lleva un quinto en la bolsa? El misterio, ah, el misterio, que sólo puede resolver un guardián del hielo. Las gracias son a veces tan poca cosa.
Cuando finalmente llego a la gasolinería más cercana ya es muy noche. Las manos todavía no han dejado de temblar. La frente sobre el volante: un día de estos, la distracción me va a matar. Qué triste es sentir tanto miedo en tu propio país y qué difícil es admitirlo. La vergüenza.
Debería escribirle todo esto a Watanabe, que está en el cielo. Debería decirle: mira, ya ves, todo por vivir en tu “ardiente y perverso reino”. Todo por seguir en estas “formas puras, como de montaña o planeta que se devasta”. Debería decirle, “tan desesperada como inútil”, yo también, José, yo también soy la guardiana de todo esto. Yo también sé de todo lo que se desvanece. El hielo.
--crg
Tuesday, September 06, 2011
Monday, September 05, 2011
COME AVVENTURA ESTREMA
Una nota de Raul Schenardi, traductor de Nadie me verá llorar y La cresta de Ilión al italiano: Edizionisur.it
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Una nota de Raul Schenardi, traductor de Nadie me verá llorar y La cresta de Ilión al italiano: Edizionisur.it
--crg
Friday, September 02, 2011
SEPTIEMBRE
Nos sentamos ya tarde, y vemos desplegarse lentamente a la oscuridad:
Ningún reloj cuenta esto.
Cuando los besos se repiten y los brazos aprietan
No importa dónde está el tiempo.
Es la mitad del verano: las hojas cuelgan enormes y quietas:
Detrás del ojo, una estrella,
Bajo la seda de la muñeca, un mar dice
El tiempo no está en ningún lado.
Permanecemos: las hojas no han medido el verano.
Ningún reloj necesita
Decir que sólo tenemos lo que recordamos:
Los minutos que hacen rodar nuestras cabezas
Como las de los desafortunados rey y reina
Cuando gobierna la muchedumbre insensata:
Y los árboles quietos reflejan sus coronas
En las albercas.
September, Ted Hughes
--crg
Nos sentamos ya tarde, y vemos desplegarse lentamente a la oscuridad:
Ningún reloj cuenta esto.
Cuando los besos se repiten y los brazos aprietan
No importa dónde está el tiempo.
Es la mitad del verano: las hojas cuelgan enormes y quietas:
Detrás del ojo, una estrella,
Bajo la seda de la muñeca, un mar dice
El tiempo no está en ningún lado.
Permanecemos: las hojas no han medido el verano.
Ningún reloj necesita
Decir que sólo tenemos lo que recordamos:
Los minutos que hacen rodar nuestras cabezas
Como las de los desafortunados rey y reina
Cuando gobierna la muchedumbre insensata:
Y los árboles quietos reflejan sus coronas
En las albercas.
September, Ted Hughes
--crg
Tuesday, August 30, 2011
ALLÍ TE COMERÁN LAS TURICATAS/ II
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
La mujer me miraba con sus grandes ojos negros y, angustiada, contestaba cosas que yo no podía traducir. Me desesperé, naturalmente. Intenté incorporarme para salir y seguir buscando el regreso a la vereda del monasterio, pero ella me atajó. Por el techo abierto al cielo vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes de que la oscuridad les cierre los caminos. Luego, una cuantas nubes ya desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día. Es difícil saber a veces cómo pasa el tiempo. Me volvía a sentar, sin remedio. El hombre apareció entonces y se colocó junto a ella. Algo le dijo. Algo discutieron frente a mí, como si estuvieran solos. Al final, él desapareció por un rato y luego volvió con un plato hondo entre las manos. Con movimientos rápidos y hoscos, colocó el plato sobre la mesa que era una puerta. Se trataba de una sopa caliente donde naufragaban apenas unos cubos de papa y unos huesos blancos. Una cuchara de plata vieja me ayudó a llevarme el líquido caliente a la boca abierta. Sonreí. La sensación de bienestar que llegaba al estómago me obligó a verlos con agradecimiento. Ahí estaban los dos, detenidos el uno dentro de los brazos del otro, viéndome, esperando un veredicto.
—¡Qué rica! —exclamé, como si me entendieran. Y ellos, a juzgar por las expresiones de sus rostros, lo hicieron. Algo se dijeron entonces con algarabía y algo me dijeron en el mismo tono antes de ir hacia el equipal donde descansaban sus ropas. Me estaban ofreciendo un par de sábanas raídas y, por el gesto, supuse que me invitaban a dormir. Les dije que no con la cabeza; se los agradecí, colocando la mano derecha sobre el corazón e intentando una pequeña inclinación del torso. Por más que quise no encontré las señas adecuadas para hacerles entender que alguien me esperaba allá arriba, no muy lejos de ahí, dentro de un cuarto rentado.
—Hay alguien del otro lado del bosque —dije varias veces, cada vez en tono más bajo, hasta que la frase se transformó en un puro eco.
Ellos no me entendieron o fingieron no entenderme y me llevaron del codo hacia la cama de otate que yacía en un extremo de la casa, la parte donde sí había techo. Juntos los dos, como si se tratara de un par de ancianos preocupados por el bienestar de un hijo pequeño, me empujaron hasta que no me quedó más remedio que sentarme y, luego, acostarme, sobre las sábanas raídas. La almohada era una jerga que envolvía pochote o una lana tan dura o tan sudada que se había endurecido como leño. Supuse que la palabra con la que se despedían de mí era “descansa” y que alguien dentro de mí los entendía a la perfección porque, en efecto, cerré los ojos. No supe cuál de los dos depositó un beso pequeño, un beso más bien efímero, sobre la frente. Tampoco supe quién fue el que me tocó los labios.
Esa noche soñé otra vez con los monociclistas que llegaban a través de un jardín de árboles frutales en largas limusinas negras. Como si no hubiera pasado el tiempo, pensé de nueva cuenta que tenían su encanto. Los veía y no dejaba de sonreír: Una serenata que era solamente una coreografía. Los monociclistas se movían de un lado a otro con extraña presteza, desarrollando un plan preconcebido con arabescos exactos.
El cuarto donde estaba se sentía caliente con el calor de los cuerpos dormidos. Allá afuera aclaraba el día. El día desbarataba las sombras. Las deshacía. A través de los párpados me llegaba el albor del amanecer. Sentía la luz. Cuando desperté ya los dos estaban alrededor de la mesa tomando algo caliente de un par de jarros. Seguían desnudos y hablaban. No paraban de hablar. Hablaban en el mismo tono en que lo habían hecho a lo largo de la noche. Supuse que parte de su charla se refería al extraño huésped en que me había convertido porque, en cuanto se dieron cuenta que había abierto los ojos, vinieron a saludarme.
—Esta mesa es una puerta —dije, sabiendo que no me entenderían, confirmando lo obvio. Irritada. Tenía que salir de ahí pero no sabía cómo. Ellos no parecían lo suficientemente fuertes como para detenerme, pero justo como el día anterior yo no sólo me sentía débil sino también pesada. Algo me ataba al asiento de la silla sobre la que descansaba. Algo brotaba de las plantas de mis pies. Algo me retenía ahí, junto a ese hombre y esa mujer. Miré el jarro de líquido caliente con desconfianza y, a ellos, con suspicacia u odio. Luego, sabiéndome derrotada, miré por la apertura del techo: el cielo era igual a sí mismo. Las nubes, no más que un antifaz. ¿Qué se sentiría quedarse a vivir en ese sitio para siempre? La pregunta, por sí misma, me espantó. Traté de incorporarme de nueva cuenta pero, como había ocurrido con las anteriores, no pude. La mujer, de repente, se hincó frente a mí, colocando su frente sobre mis muslos. Por un momento imaginé que rezaba, pero sólo murmuraba algo incomprensible. Sayula, alcancé a reconocer esa palabra. Contla. Era evidente que trataba de comunicarme algo de cierta importancia. Me tomó de la mano y, como si me hubiera convertido en una inválida o una convaleciente, me llevó con gran lentitud a la cama de ocote junto al piso, y ahí me depositó. Me recargué contra la pared de adobe y abracé las piernas dobladas. Coloqué la barbilla sobre las rodillas. En esa posición observé cómo se fue vistiendo mientras continuaba con su perorata o confesión. Una falda de lana. Una camiseta blanca. Un abrigo largo. Una bufanda de colores. Un gorro. No supe cuánto tardó todo eso. Cuando hubo terminado parecía otra mujer. Alguien distinto. Tal vez lo era. Esa otra persona tomó un atado con sus pocas pertenencias y cruzó la misma puerta que, no hacía tanto, había tocado yo con cierto entusiasmo. La vi partir en silencio. Del otro lado de la puerta estaba la línea de montañas y, luego, la más remota lejanía. Me costó un esfuerzo enorme alzar una mano, decirle adiós. Inmediatamente después, caí otra vez sobre las sábanas raídas.
Supuse que caí dormida en el acto porque, al despertar, era ya de noche y yo no hacía otra cosa más que volver a contar el sueño de los monociclistas. Un cierto encanto, repetía esa frase y los veía. Los seguía viendo.
—No volverá — me interrumpió una voz masculina que venía de lejos —. Se lo noté en los ojos. Estaba esperando que alguien viniera para irse — aseguró con pesadumbre, con ira. ¿Tragaba saliva? Luego guardó silencio por un rato tan largo que pensé que se había quedado dormido. Pero él carraspeó un par de veces antes de continuar.
—Ahora tú te encargarás de cuidarme —dijo.
Como antes bajo la niebla, no supe qué hacer. Iba a contestarle algo pero las palabras se me quedaban, pesadas, en el estómago, negándose a ascender. La boca. No hice otra cosa más que oírlo perpleja, en silencio.
—¿O qué, no quieres cuidarme? — preguntó, iracundo—. Vente a dormir aquí conmigo.
—Aquí estoy bien —le contesté, sintiendo bajo mi cabeza la textura de leño de la almohada. Todavía me alcanzó el tiempo para recordar las paredes de adobe del monasterio. La noria vacía. Los tordos a lo lejos. Todavía pude recordar los tantos años que había pasado allá afuera entre monociclistas, sonriendo.
—Es mejor que te subas a la cama —insistió—. Allí te comerán las turicatas.
Sus palabras no tenían sentido, eso era cierto. Pero cuando intenté voltear el torso para incorporarme, las vi: formaban una larga columna que avanzaba en sigilo pero sin tregua. Las hormigas son, a veces, un ejército en marcha. La palabra pequeñísima. El adverbio lentamente. Iba a gritar, pero me contuve a tiempo. Las parejas que han vivido cerca por mucho tiempo tienden a comportarse así, pensé.
Entonces fui y me acosté con él.
—Donis —dije, antes de abrazarlo. Antes de caer, dormida.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
La mujer me miraba con sus grandes ojos negros y, angustiada, contestaba cosas que yo no podía traducir. Me desesperé, naturalmente. Intenté incorporarme para salir y seguir buscando el regreso a la vereda del monasterio, pero ella me atajó. Por el techo abierto al cielo vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes de que la oscuridad les cierre los caminos. Luego, una cuantas nubes ya desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día. Es difícil saber a veces cómo pasa el tiempo. Me volvía a sentar, sin remedio. El hombre apareció entonces y se colocó junto a ella. Algo le dijo. Algo discutieron frente a mí, como si estuvieran solos. Al final, él desapareció por un rato y luego volvió con un plato hondo entre las manos. Con movimientos rápidos y hoscos, colocó el plato sobre la mesa que era una puerta. Se trataba de una sopa caliente donde naufragaban apenas unos cubos de papa y unos huesos blancos. Una cuchara de plata vieja me ayudó a llevarme el líquido caliente a la boca abierta. Sonreí. La sensación de bienestar que llegaba al estómago me obligó a verlos con agradecimiento. Ahí estaban los dos, detenidos el uno dentro de los brazos del otro, viéndome, esperando un veredicto.
—¡Qué rica! —exclamé, como si me entendieran. Y ellos, a juzgar por las expresiones de sus rostros, lo hicieron. Algo se dijeron entonces con algarabía y algo me dijeron en el mismo tono antes de ir hacia el equipal donde descansaban sus ropas. Me estaban ofreciendo un par de sábanas raídas y, por el gesto, supuse que me invitaban a dormir. Les dije que no con la cabeza; se los agradecí, colocando la mano derecha sobre el corazón e intentando una pequeña inclinación del torso. Por más que quise no encontré las señas adecuadas para hacerles entender que alguien me esperaba allá arriba, no muy lejos de ahí, dentro de un cuarto rentado.
—Hay alguien del otro lado del bosque —dije varias veces, cada vez en tono más bajo, hasta que la frase se transformó en un puro eco.
Ellos no me entendieron o fingieron no entenderme y me llevaron del codo hacia la cama de otate que yacía en un extremo de la casa, la parte donde sí había techo. Juntos los dos, como si se tratara de un par de ancianos preocupados por el bienestar de un hijo pequeño, me empujaron hasta que no me quedó más remedio que sentarme y, luego, acostarme, sobre las sábanas raídas. La almohada era una jerga que envolvía pochote o una lana tan dura o tan sudada que se había endurecido como leño. Supuse que la palabra con la que se despedían de mí era “descansa” y que alguien dentro de mí los entendía a la perfección porque, en efecto, cerré los ojos. No supe cuál de los dos depositó un beso pequeño, un beso más bien efímero, sobre la frente. Tampoco supe quién fue el que me tocó los labios.
Esa noche soñé otra vez con los monociclistas que llegaban a través de un jardín de árboles frutales en largas limusinas negras. Como si no hubiera pasado el tiempo, pensé de nueva cuenta que tenían su encanto. Los veía y no dejaba de sonreír: Una serenata que era solamente una coreografía. Los monociclistas se movían de un lado a otro con extraña presteza, desarrollando un plan preconcebido con arabescos exactos.
El cuarto donde estaba se sentía caliente con el calor de los cuerpos dormidos. Allá afuera aclaraba el día. El día desbarataba las sombras. Las deshacía. A través de los párpados me llegaba el albor del amanecer. Sentía la luz. Cuando desperté ya los dos estaban alrededor de la mesa tomando algo caliente de un par de jarros. Seguían desnudos y hablaban. No paraban de hablar. Hablaban en el mismo tono en que lo habían hecho a lo largo de la noche. Supuse que parte de su charla se refería al extraño huésped en que me había convertido porque, en cuanto se dieron cuenta que había abierto los ojos, vinieron a saludarme.
—Esta mesa es una puerta —dije, sabiendo que no me entenderían, confirmando lo obvio. Irritada. Tenía que salir de ahí pero no sabía cómo. Ellos no parecían lo suficientemente fuertes como para detenerme, pero justo como el día anterior yo no sólo me sentía débil sino también pesada. Algo me ataba al asiento de la silla sobre la que descansaba. Algo brotaba de las plantas de mis pies. Algo me retenía ahí, junto a ese hombre y esa mujer. Miré el jarro de líquido caliente con desconfianza y, a ellos, con suspicacia u odio. Luego, sabiéndome derrotada, miré por la apertura del techo: el cielo era igual a sí mismo. Las nubes, no más que un antifaz. ¿Qué se sentiría quedarse a vivir en ese sitio para siempre? La pregunta, por sí misma, me espantó. Traté de incorporarme de nueva cuenta pero, como había ocurrido con las anteriores, no pude. La mujer, de repente, se hincó frente a mí, colocando su frente sobre mis muslos. Por un momento imaginé que rezaba, pero sólo murmuraba algo incomprensible. Sayula, alcancé a reconocer esa palabra. Contla. Era evidente que trataba de comunicarme algo de cierta importancia. Me tomó de la mano y, como si me hubiera convertido en una inválida o una convaleciente, me llevó con gran lentitud a la cama de ocote junto al piso, y ahí me depositó. Me recargué contra la pared de adobe y abracé las piernas dobladas. Coloqué la barbilla sobre las rodillas. En esa posición observé cómo se fue vistiendo mientras continuaba con su perorata o confesión. Una falda de lana. Una camiseta blanca. Un abrigo largo. Una bufanda de colores. Un gorro. No supe cuánto tardó todo eso. Cuando hubo terminado parecía otra mujer. Alguien distinto. Tal vez lo era. Esa otra persona tomó un atado con sus pocas pertenencias y cruzó la misma puerta que, no hacía tanto, había tocado yo con cierto entusiasmo. La vi partir en silencio. Del otro lado de la puerta estaba la línea de montañas y, luego, la más remota lejanía. Me costó un esfuerzo enorme alzar una mano, decirle adiós. Inmediatamente después, caí otra vez sobre las sábanas raídas.
Supuse que caí dormida en el acto porque, al despertar, era ya de noche y yo no hacía otra cosa más que volver a contar el sueño de los monociclistas. Un cierto encanto, repetía esa frase y los veía. Los seguía viendo.
—No volverá — me interrumpió una voz masculina que venía de lejos —. Se lo noté en los ojos. Estaba esperando que alguien viniera para irse — aseguró con pesadumbre, con ira. ¿Tragaba saliva? Luego guardó silencio por un rato tan largo que pensé que se había quedado dormido. Pero él carraspeó un par de veces antes de continuar.
—Ahora tú te encargarás de cuidarme —dijo.
Como antes bajo la niebla, no supe qué hacer. Iba a contestarle algo pero las palabras se me quedaban, pesadas, en el estómago, negándose a ascender. La boca. No hice otra cosa más que oírlo perpleja, en silencio.
—¿O qué, no quieres cuidarme? — preguntó, iracundo—. Vente a dormir aquí conmigo.
—Aquí estoy bien —le contesté, sintiendo bajo mi cabeza la textura de leño de la almohada. Todavía me alcanzó el tiempo para recordar las paredes de adobe del monasterio. La noria vacía. Los tordos a lo lejos. Todavía pude recordar los tantos años que había pasado allá afuera entre monociclistas, sonriendo.
—Es mejor que te subas a la cama —insistió—. Allí te comerán las turicatas.
Sus palabras no tenían sentido, eso era cierto. Pero cuando intenté voltear el torso para incorporarme, las vi: formaban una larga columna que avanzaba en sigilo pero sin tregua. Las hormigas son, a veces, un ejército en marcha. La palabra pequeñísima. El adverbio lentamente. Iba a gritar, pero me contuve a tiempo. Las parejas que han vivido cerca por mucho tiempo tienden a comportarse así, pensé.
Entonces fui y me acosté con él.
—Donis —dije, antes de abrazarlo. Antes de caer, dormida.
--crg
Sunday, August 28, 2011
UN BARCO A VENUS
¡Qué gusto encontrar la primera novela de Carlos Zermeño en la red!
Dice la descripción: Darren Crownsley, interno en el hospital Vania Valtrei con clave G283.4672-7A, tiene en su expediente reportes falsificados que lo declaran clínicamente loco. Otto, un alumno de preparatoria, es percibido por sus compañeros como el inadaptado social que pasa las clases retraído en su pupitre. Xocátl Ehueyán está dispuesto a dar la vida por defender a su pueblo de la gente de metal; y Alset_1, Alset_2, hermanos gemelos, deberán decidir quién de los dos puede ser el único Alset. Cuatro universos cuya conexión sería imposible en cualquier lugar fuera de esta novela, que llevará al lector en un viaje introspectivo entre caminos de filosofías ya construidas y veredas que invitan a generar otras propias. Una advertencia: si se emprende con éxito el viaje, la travesía durará poco, porque el libro se lee de un tirón.
--crg
¡Qué gusto encontrar la primera novela de Carlos Zermeño en la red!
Dice la descripción: Darren Crownsley, interno en el hospital Vania Valtrei con clave G283.4672-7A, tiene en su expediente reportes falsificados que lo declaran clínicamente loco. Otto, un alumno de preparatoria, es percibido por sus compañeros como el inadaptado social que pasa las clases retraído en su pupitre. Xocátl Ehueyán está dispuesto a dar la vida por defender a su pueblo de la gente de metal; y Alset_1, Alset_2, hermanos gemelos, deberán decidir quién de los dos puede ser el único Alset. Cuatro universos cuya conexión sería imposible en cualquier lugar fuera de esta novela, que llevará al lector en un viaje introspectivo entre caminos de filosofías ya construidas y veredas que invitan a generar otras propias. Una advertencia: si se emprende con éxito el viaje, la travesía durará poco, porque el libro se lee de un tirón.
--crg
Saturday, August 27, 2011
EL BOTÍN DE LIMA
César Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonia
Luis Valcárcel, Machu Picchu
Hiram Bingham, Lost City of the Incas. Machu Picchu
José Watanabe, Cosas del cuerpo
Elma Murrugarra, Cuentos de domingo
Octavio Vicens, La distancia
Julia Wong Komt, Un pequeño bordado sobre la vergüenza
José Antonio Villarán, La distancia es siempre la misma
Miguel Vitagliano, El otro de mí
Antonio José Ponte, Las comidas profundas
Enrique Prochazka, Un único desierto
Mario Montalbetti, Llantos Elíseos
José Watanabe, Banderas detrás d la niebla
Agathós, No.1, Fanzine de historietas de Águeda
Miguel Vitagliano, Cuarteto para autos viejos
Gustavo Faverón Patriau, El anticuario
Mauricio Málaga, El malabarista
Gabriela Wiener, Nueva lunas
Pierre Castro, Un hombre feo
Rodrigo Núñez Carballo, Sueños Bárbaros
--crg
César Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonia
Luis Valcárcel, Machu Picchu
Hiram Bingham, Lost City of the Incas. Machu Picchu
José Watanabe, Cosas del cuerpo
Elma Murrugarra, Cuentos de domingo
Octavio Vicens, La distancia
Julia Wong Komt, Un pequeño bordado sobre la vergüenza
José Antonio Villarán, La distancia es siempre la misma
Miguel Vitagliano, El otro de mí
Antonio José Ponte, Las comidas profundas
Enrique Prochazka, Un único desierto
Mario Montalbetti, Llantos Elíseos
José Watanabe, Banderas detrás d la niebla
Agathós, No.1, Fanzine de historietas de Águeda
Miguel Vitagliano, Cuarteto para autos viejos
Gustavo Faverón Patriau, El anticuario
Mauricio Málaga, El malabarista
Gabriela Wiener, Nueva lunas
Pierre Castro, Un hombre feo
Rodrigo Núñez Carballo, Sueños Bárbaros
--crg
Tuesday, August 23, 2011
ALLÍ TE COMERÁN LAS TURICATAS
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección cultura]
Había soñado que alguien tocaba a la puerta y se presentaba con una pequeña tarjeta donde se alcanzaba a ver el dibujo de un monociclo. Era de noche. Justo en ese momento un par de autos con los faros encendidos atravesaba el jardín de árboles frutales. De las limusinas bajaban una serie de hombres delgados que, de inmediato, se montaban en sus monociclos. Pronto estaban ya moviéndose dentro de una coreografía que no dejaba de tener su encanto. Una serenata, entendía yo por fin, sonriendo. Una serenata en monociclos.
Eso le alcancé a decir, susurrando, en medio de la noche, justo cuando me despertó el ruido que provocaba la lluvia al tocar el techo. Luego me volví a dormir. Cuando logré despertar otra vez, la cama estaba vacía. Una nota en su lugar: Bajé al monasterio.
Habíamos ido a ese pueblo remoto en la cima de una montaña para visitar, en efecto, un antiguo monasterio del siglo XVI. Las ruinas de un monasterio, sería más preciso decir. Todo se reducía, tal como lo habíamos visto el tarde anterior, a unas cuantas paredes de adobe, un par de cuartos con algunas reliquias de piedra y madera. Una noria ya seca en el centro de un patio. Algunas flores. Pero el lugar, lejano de todo y rodeado de pinos, tenía su magnetismo. Un raro encanto. Pude entender a la perfección que se levantara temprano y que cerrara con mucho cuidado la puerta de la habitación que habíamos rentado con tal de ir de regreso a ese sitio. Supuse que querría tomar fotografías o hacer los dibujos del caso. Tal vez solo quería admirar las ruinas a solas, rodearse de su silencio. Las parejas que han pasado mucho tiempo cerca suelen comportarse así. Por eso dejé pasar un rato antes de vestirme y tomar café y salir en la misma dirección. Por eso me estiré con gusto y, al enfrentar el paisaje, me sonreí. El aire de la sierra sobre la cara. Las manos dentro de los bolsillos. El ruido de las botas al caer sobre el pastizal seco, amarillo. Pensaba en todo eso mientras avanzaba por la vereda terriza que terminaba, eso lo habíamos comprobado el día anterior, justo ante las pesadas puertas del monasterio.
Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.
No supe en qué momento me perdí. Primero llegó la niebla a cubrirlo todo y, luego, de inmediato casi, la vereda desapareció bajo mis pies. A momentos me resultaba casi imposible ver la punta de las botas. Si seguí avanzando fue porque no se me ocurrió hacer otra cosa. Uno nunca sabe en realidad qué cosa hacer exactamente entre la niebla. Cuando por fin pasó, cuando abrió su manto y pude distinguir algo otra vez, el paisaje no había cambiado. Ahí estaba la línea de montañas y, más allá, la más remota lejanía. Los pinos seguían señalando algún punto del cielo. Los pájaros, que parecían tordos, volaban y cantaban al mismo tiempo. Lo que no alcanzaba a divisar, lo que ya no estaba por ningún lugar, era el monasterio al que me dirigía. Caminé todavía más, como si todavía me encontrara bajo la niebla, confiando en que pronto retomaría la vereda. Caminé al mismo paso veloz, primero con la boca cerrada, aspirando y exhalando por la nariz pero, al cabo de un rato, el corazón latiendo con prisa a causa de la altura, no tuve más remedio que abrir los labios. Resoplar es un verbo atroz. Por un momento pensé que me echaría a llorar o que caería de rodillas sobre el pastizal o que vomitaría a causa del esfuerzo. Iba a gritar su nombre cuando divisé una casucha a lo lejos. Era una cabaña de cuya chimenea emergía un humo blancuzco que me recordó mi estado de agotamiento. Incluso así, extenuada y miedosa, tuve fuerzas para correr. Ir es siempre ir a un encuentro. No dudé en tocar a la puerta. Supuse que ahí me dirían cómo regresar al monasterio o al poblado de donde había partido no hacía mucho. Supuse tantas cosas. Pero la mujer que abrió la puerta me miró con espanto y, luego, cuando se recuperó, dijo unas palabras que no entendí. Yo repetí mi nombre y extendí la mano. Aprisa, con una emoción que apenas podía controlar, le describí mi situación. Ella guardó silencio al inicio y, luego, mirándome con lo que parecía ser una paciencia infinita, volvió a decir algo que fui incapaz de comprender. Fue ella la que se dio cuenta primero que no hablábamos la misma lengua. Fue ella la que colocó su mano derecha sobre mi hombro mientras volvía la cabeza hacia en interior del recinto y se dirigía a un hombre que pronto estuvo también bajo el dintel de la puerta. Sus palabras me resultaron igualmente indescifrables. De todos modos, con ayuda de señas, me invitaron a entrar. Y entré. Era una casa con la mitad del techo caída. Las tejas en el suelo. El techo en el suelo. Y en la otra mitad un hombre y una mujer. Fue entonces que noté que ambos iban desnudos.
—¿Pero cómo es que no tienen frío? —fue lo único que alcancé a balbucir antes de que ella colocara un vaso de leche sobre la mesa que era, apenas lo notaba entonces, una puerta. Dudé en tomarlo, pero ella me conminó a hacerlo. Cuando me resistí, colocó el vaso bajo mis labios y gruñó algo. El hombre nos miraba con atención desde su puesto frente a la chimenea. Un par de avecillas entraron por el agujero del techo y, luego de posarse momentáneamente sobre una escoba, salieron otra vez, en silencio. No sabía donde estaba y tenía miedo. Miedo y curiosidad. Miedo y un cansancio mayúsculo. Miedo y ganas de entender qué hacían ese hombre y esa mujer desnudos, dentro de una cabaña medio derruida que estaba cerca de un monasterio rodeado de bosque y de la lejanía. No sabía donde estaba y el miedo me obligaba a revisar con todo cuidado el contorno destrozado del interior de la cabaña. Una nuez. Una nuez seca o vacía.
Supuse que ellos tendrían sus preguntas también. Al menos ella. En todo caso fue ella la que se sentó frente a mí al otro lado de la mesa y, mientras volteaba de cuando en cuando, con aparente nerviosismo, hacia el lugar donde ya no estaba el hombre, se puso a hablar. Por las señas y el tono de la voz entendí que quería que viera las manchas sobre su cuerpo, especialmente sobre la cara. Parecía que entenderlo, o que al menos aparentara que lo entendía, era de alguna relevancia para ella. Llegó incluso a tomar mi mano y dirigirla hasta su mentón para que comprobara que ahí había algo. Hubo un momento en que colocó su cabeza sobre la mesa para que pudiera ver mejor lo que, de cualquier manera, no distinguía. Entonces moví el rostro de arriba hacia abajo, admitiéndolo, confirmando que ahí había algo, y entonces ella se calmó. Su charla continuó pero en un tono distinto ahora. De algo se quejaba, eso me quedaba claro. Se señalaba los senos y, luego, dirigía la mirada a su pubis mientras abría las piernas. Algo decía en voz muy baja que le causaba un temblor apenas perceptible en los labios. Algo le producía las lágrimas chiquitas que luego le escurrían por las mejillas huecas. Debía tener hambre o tener muchos años. Fue el instinto, supongo, el que arrojó mi mano hacia la de ella, tocándola. Pocas veces había estado tan desorientada en mi vida. El miedo del inicio había dado lugar a un miedo distinto. Sentía frío, en efecto, y el cansancio, que no había amainado con la casa y la leche y la plática, me jalaba hacia el piso. Estar exhausta es esto, pensé, tener raíces.
—¿Desde cuándo estás aquí? —le pregunté a sabiendas de que no obtendría respuesta—. ¿Quién es ese hombre? —insistí—. ¿Te tiene aquí a la fuerza?
[continuará]
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección cultura]
Había soñado que alguien tocaba a la puerta y se presentaba con una pequeña tarjeta donde se alcanzaba a ver el dibujo de un monociclo. Era de noche. Justo en ese momento un par de autos con los faros encendidos atravesaba el jardín de árboles frutales. De las limusinas bajaban una serie de hombres delgados que, de inmediato, se montaban en sus monociclos. Pronto estaban ya moviéndose dentro de una coreografía que no dejaba de tener su encanto. Una serenata, entendía yo por fin, sonriendo. Una serenata en monociclos.
Eso le alcancé a decir, susurrando, en medio de la noche, justo cuando me despertó el ruido que provocaba la lluvia al tocar el techo. Luego me volví a dormir. Cuando logré despertar otra vez, la cama estaba vacía. Una nota en su lugar: Bajé al monasterio.
Habíamos ido a ese pueblo remoto en la cima de una montaña para visitar, en efecto, un antiguo monasterio del siglo XVI. Las ruinas de un monasterio, sería más preciso decir. Todo se reducía, tal como lo habíamos visto el tarde anterior, a unas cuantas paredes de adobe, un par de cuartos con algunas reliquias de piedra y madera. Una noria ya seca en el centro de un patio. Algunas flores. Pero el lugar, lejano de todo y rodeado de pinos, tenía su magnetismo. Un raro encanto. Pude entender a la perfección que se levantara temprano y que cerrara con mucho cuidado la puerta de la habitación que habíamos rentado con tal de ir de regreso a ese sitio. Supuse que querría tomar fotografías o hacer los dibujos del caso. Tal vez solo quería admirar las ruinas a solas, rodearse de su silencio. Las parejas que han pasado mucho tiempo cerca suelen comportarse así. Por eso dejé pasar un rato antes de vestirme y tomar café y salir en la misma dirección. Por eso me estiré con gusto y, al enfrentar el paisaje, me sonreí. El aire de la sierra sobre la cara. Las manos dentro de los bolsillos. El ruido de las botas al caer sobre el pastizal seco, amarillo. Pensaba en todo eso mientras avanzaba por la vereda terriza que terminaba, eso lo habíamos comprobado el día anterior, justo ante las pesadas puertas del monasterio.
Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.
No supe en qué momento me perdí. Primero llegó la niebla a cubrirlo todo y, luego, de inmediato casi, la vereda desapareció bajo mis pies. A momentos me resultaba casi imposible ver la punta de las botas. Si seguí avanzando fue porque no se me ocurrió hacer otra cosa. Uno nunca sabe en realidad qué cosa hacer exactamente entre la niebla. Cuando por fin pasó, cuando abrió su manto y pude distinguir algo otra vez, el paisaje no había cambiado. Ahí estaba la línea de montañas y, más allá, la más remota lejanía. Los pinos seguían señalando algún punto del cielo. Los pájaros, que parecían tordos, volaban y cantaban al mismo tiempo. Lo que no alcanzaba a divisar, lo que ya no estaba por ningún lugar, era el monasterio al que me dirigía. Caminé todavía más, como si todavía me encontrara bajo la niebla, confiando en que pronto retomaría la vereda. Caminé al mismo paso veloz, primero con la boca cerrada, aspirando y exhalando por la nariz pero, al cabo de un rato, el corazón latiendo con prisa a causa de la altura, no tuve más remedio que abrir los labios. Resoplar es un verbo atroz. Por un momento pensé que me echaría a llorar o que caería de rodillas sobre el pastizal o que vomitaría a causa del esfuerzo. Iba a gritar su nombre cuando divisé una casucha a lo lejos. Era una cabaña de cuya chimenea emergía un humo blancuzco que me recordó mi estado de agotamiento. Incluso así, extenuada y miedosa, tuve fuerzas para correr. Ir es siempre ir a un encuentro. No dudé en tocar a la puerta. Supuse que ahí me dirían cómo regresar al monasterio o al poblado de donde había partido no hacía mucho. Supuse tantas cosas. Pero la mujer que abrió la puerta me miró con espanto y, luego, cuando se recuperó, dijo unas palabras que no entendí. Yo repetí mi nombre y extendí la mano. Aprisa, con una emoción que apenas podía controlar, le describí mi situación. Ella guardó silencio al inicio y, luego, mirándome con lo que parecía ser una paciencia infinita, volvió a decir algo que fui incapaz de comprender. Fue ella la que se dio cuenta primero que no hablábamos la misma lengua. Fue ella la que colocó su mano derecha sobre mi hombro mientras volvía la cabeza hacia en interior del recinto y se dirigía a un hombre que pronto estuvo también bajo el dintel de la puerta. Sus palabras me resultaron igualmente indescifrables. De todos modos, con ayuda de señas, me invitaron a entrar. Y entré. Era una casa con la mitad del techo caída. Las tejas en el suelo. El techo en el suelo. Y en la otra mitad un hombre y una mujer. Fue entonces que noté que ambos iban desnudos.
—¿Pero cómo es que no tienen frío? —fue lo único que alcancé a balbucir antes de que ella colocara un vaso de leche sobre la mesa que era, apenas lo notaba entonces, una puerta. Dudé en tomarlo, pero ella me conminó a hacerlo. Cuando me resistí, colocó el vaso bajo mis labios y gruñó algo. El hombre nos miraba con atención desde su puesto frente a la chimenea. Un par de avecillas entraron por el agujero del techo y, luego de posarse momentáneamente sobre una escoba, salieron otra vez, en silencio. No sabía donde estaba y tenía miedo. Miedo y curiosidad. Miedo y un cansancio mayúsculo. Miedo y ganas de entender qué hacían ese hombre y esa mujer desnudos, dentro de una cabaña medio derruida que estaba cerca de un monasterio rodeado de bosque y de la lejanía. No sabía donde estaba y el miedo me obligaba a revisar con todo cuidado el contorno destrozado del interior de la cabaña. Una nuez. Una nuez seca o vacía.
Supuse que ellos tendrían sus preguntas también. Al menos ella. En todo caso fue ella la que se sentó frente a mí al otro lado de la mesa y, mientras volteaba de cuando en cuando, con aparente nerviosismo, hacia el lugar donde ya no estaba el hombre, se puso a hablar. Por las señas y el tono de la voz entendí que quería que viera las manchas sobre su cuerpo, especialmente sobre la cara. Parecía que entenderlo, o que al menos aparentara que lo entendía, era de alguna relevancia para ella. Llegó incluso a tomar mi mano y dirigirla hasta su mentón para que comprobara que ahí había algo. Hubo un momento en que colocó su cabeza sobre la mesa para que pudiera ver mejor lo que, de cualquier manera, no distinguía. Entonces moví el rostro de arriba hacia abajo, admitiéndolo, confirmando que ahí había algo, y entonces ella se calmó. Su charla continuó pero en un tono distinto ahora. De algo se quejaba, eso me quedaba claro. Se señalaba los senos y, luego, dirigía la mirada a su pubis mientras abría las piernas. Algo decía en voz muy baja que le causaba un temblor apenas perceptible en los labios. Algo le producía las lágrimas chiquitas que luego le escurrían por las mejillas huecas. Debía tener hambre o tener muchos años. Fue el instinto, supongo, el que arrojó mi mano hacia la de ella, tocándola. Pocas veces había estado tan desorientada en mi vida. El miedo del inicio había dado lugar a un miedo distinto. Sentía frío, en efecto, y el cansancio, que no había amainado con la casa y la leche y la plática, me jalaba hacia el piso. Estar exhausta es esto, pensé, tener raíces.
—¿Desde cuándo estás aquí? —le pregunté a sabiendas de que no obtendría respuesta—. ¿Quién es ese hombre? —insistí—. ¿Te tiene aquí a la fuerza?
[continuará]
--crg
Thursday, August 18, 2011
NOT OTHERWISE SPECIFIED
Les Figues Press NOS Book Contest
(NOS = not otherwise specified)
A prize of $1,000 and publication by Les Figues Press will be given for the winning poetry or prose manuscript. Sarah Shun-lien Bynum* will judge. Submit a manuscript of 64-250 pages with a $25.00 entry fee by September 9th, 2011. Electronic submissions only. All entrants will receive one copy of a Les Figues TrenchArt Series title of their choosing.
Eligible submissions include: poetry, novellas, prose poems, innovative novels, anti-novels, short story collections, lyric essays, hybrids, and all forms not otherwise specified.
Please note: The winning manuscript will be published in a design and format reflective of its content, i.e., it will not be part of the TrenchArt series, with its tall and slim format.
The winning manuscript will be announced in December 2011, with a fall 2012 publication date.
SUBMISSION LINK: http://lesfiguespress.submishmash.com/submit
Yo digo que le entren, puesn.
--crg
Les Figues Press NOS Book Contest
(NOS = not otherwise specified)
A prize of $1,000 and publication by Les Figues Press will be given for the winning poetry or prose manuscript. Sarah Shun-lien Bynum* will judge. Submit a manuscript of 64-250 pages with a $25.00 entry fee by September 9th, 2011. Electronic submissions only. All entrants will receive one copy of a Les Figues TrenchArt Series
Eligible submissions include: poetry, novellas, prose poems, innovative novels, anti-novels, short story collections, lyric essays, hybrids, and all forms not otherwise specified.
Please note: The winning manuscript will be published in a design and format reflective of its content, i.e., it will not be part of the TrenchArt series, with its tall and slim format.
The winning manuscript will be announced in December 2011, with a fall 2012 publication date.
SUBMISSION LINK: http://lesfiguespress.submishmash.com/submit
Yo digo que le entren, puesn.
--crg
Tuesday, August 16, 2011
EL VERANO RECORRE LAS ISLAS
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección cultura]
Judith Schalansky nunca ha estado ni estará en ninguna de las 50 islas que describe y explora en Atlas of Remote Islands, un libro escrito originalmente en alemán en el 2009 y publicado en una hermosa edición de pasta dura por Penguin en 2010. Cada pequeña sección incluye el mapa de la isla en cuestión, los datos básicos de longitud y latitud, el número de habitantes, una serie de líneas pespunteadas que representan las distintas distancias que las separan (o las unen, dependiendo del punto de vista) de otros puntos en el orbe, así como también una breve cronología de su historia. De Floreana, también conocida como las islas Galápagos en las costas de Ecuador, adonde fueron a parar un dentista harto de la civilización y una maestra en 1929, a Fangataufa, en el archipiélago de Tuamoto, en la que el gobierno francés hizo estallar alguna vez una devastadora bomba de hidrógeno, las islas muy reales que se abren en este libro son también producto de la más salvaje imaginación. Tropicales o cubiertas de hielo, ya desiertas o apenas habitadas por un puñado de daltónicos, las islas son sobre todo historias. He traducido con algo de libertad apenas dos, pero todas y cada una de ellas merecería un comentario aparte. Mientras eso pasa, aquí viaja la historia de un amor que inicia dentro de los linderos de un lenguaje desconocido, y la historia también de unos cuantos isleños a los que irrita “toda esa charla insulsa sobre las glorias del color”.
UN LENGUAJE APRENDIDO EN SUEÑOS
Dicen que “en un pequeño pueblo en las laderas de Vosges, hubo un niño de seis años que tenía sueños en los que se le enseñaba un lenguaje completamente desconocido. El pequeño Marc Liblin pronto empezó a hablar ese idioma sin saber si existía o no de verdad. Se trataba de un niño dotado pero solo, con cierta sed de conocimiento. En su juventud se alimentaba de libros en lugar que de pan, por ejemplo. A los 33, habiéndose convertido ya en un outsider que vivía en los márgenes de la sociedad, se volvió el objeto de la atención de unos investigadores de la Universidad de Rennes. Querían descifrar y traducir su lenguaje. Por dos años, introdujeron los extraños sonidos que él hacía en computadoras gigantes. Todo en vano. Eventualmente, los investigadores decidieron visitar la zona de los bares en el muelle para ver si algún marinero había escuchado ese lenguaje alguna vez. Marc Liblin dio, de hecho, un performance en un bar de Rennes, un espectáculo que consistía en un monólogo que se desarrollaba frente a un grupo de tunecinos. El administrador del bar, un hombre que había estado en la marina, interrumpió la función diciendo que había escuchado esa lengua antes, en una de las más remotas islas de la Polinesia y que conocía una mujer que hablaba ese idioma. Se trataba de una mujer divorciada de un oficial del ejército que ahora vivía en los suburbios. El encuentro con la mujer de la Polinesia cambió la vida de Liblin, por supuesto. Cuando Meretuni Make abrió la puerta de su casa, Marc la saludó en el idioma que aprendió en sueños, y ella le contestó de inmediato en el viejo rapa de su patria. Marc Liblin, que nunca había estado fuera de Europa, se casó con la única mujer que entendía su lengua y, en 1983, se fue con ella a vivir a la isla donde se hablaba ese idioma”.
Es una historia de Rapa Iti, una isla austral de la Polinesia francesa también conocida como Rapa, anteriormente denominada isla Oparo. Se encuentra en el 27o 36’ S, 144o 20’ O. Mide 40 kilómetros cuadrados y tiene 482 habitantes. Está a 1, 180 km de Tahití; a 3, 620 km de Nueva Zelanda, a 1, 440 km de las islas Pitcairn. Fue avistada por primera vez en 1791, por George Vancouver. Marc Liblin murió en Rapa Iti, víctima de cáncer, el 26 de mayo de 1998, a la edad de 50 años. La historia no dice qué le pasó a la mujer.
ACROMATOPSIA
“Incluso los puercos en esta isla son de color blanco y negro. Es como si los hubieran creado especialmente para las 75 personas que viven en Pingelap que no pueden distinguir colores: ni el salvaje rojo crimson del atardecer, ni el azul del océano, ni el amarillo de las papayas maduras, ni el omnipresente verde profundo de la selva repleta de palmas y manglares. Una pequeña mutación del octavo cromosoma y el tifón Lienkieki, que devastó a las islas hace años, son los responsables de tal hecho. Sólo 20 habitantes de Pingelap sobrevivieron al tifón y la subsecuente hambruna; uno de ellos llevaba el gen recesivo que pronto se hizo notorio debido a la reproducción endémica. Hoy, 10% de la población de Pingelap es completamente daltónica, comparado con uno entre 30 mil que es el promedio en otros lugares. Se les reconoce por la forma en que inclinan las cabezas y parpadean constantemente, por la manera en que sus pestañas aletean y achican los ojos casi siempre, por las arrugas en la parte superior de la nariz. Evitan la luz, evaden el día, y con frecuencia sólo salen de sus chozas en el crepúsculo. Muchos dicen que recuerdan sus sueños y otros dicen que pueden reconocer los cardúmenes de peces en las aguas profundas del océano en la noche –los identifican con la ayuda de la pálida luz de la luna y el reflejo sobre sus aletas. El mundo puede ser gris, pero ellos insisten en que pueden ver cosas imposibles de discernir para aquellos que sí distinguen los colores: miles de tonos y de matices con frecuencia inimaginables. Las charlas insulsas sobre las glorias del color los enervan. El color, dicen, los distrae sólo de lo que es esencial: la riqueza de las figuras y las sombras, las formas y los contrastes”.
Esto en Pingelp, también conocida como las islas Carolina de la Micronesia. Se encuentra en el 6o 13’N y 160o 42 E. Mide 1.8 kms y tiene 250 habitantes. Está a 780 km de Bikini Atoll, a 1, 990 km de Papua Nueva Guinea y a 1,250 km de Banaba. El tifón Lienkieki devastó la isla en 1775, fue descubierta en 1792 por Thomas Musgrave y, en 1820, se detectaron los primeros casos de daltonismo. No fue sino hasta el año 2000 que el gen de la acromatopsia fue descodificado.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección cultura]
Judith Schalansky nunca ha estado ni estará en ninguna de las 50 islas que describe y explora en Atlas of Remote Islands, un libro escrito originalmente en alemán en el 2009 y publicado en una hermosa edición de pasta dura por Penguin en 2010. Cada pequeña sección incluye el mapa de la isla en cuestión, los datos básicos de longitud y latitud, el número de habitantes, una serie de líneas pespunteadas que representan las distintas distancias que las separan (o las unen, dependiendo del punto de vista) de otros puntos en el orbe, así como también una breve cronología de su historia. De Floreana, también conocida como las islas Galápagos en las costas de Ecuador, adonde fueron a parar un dentista harto de la civilización y una maestra en 1929, a Fangataufa, en el archipiélago de Tuamoto, en la que el gobierno francés hizo estallar alguna vez una devastadora bomba de hidrógeno, las islas muy reales que se abren en este libro son también producto de la más salvaje imaginación. Tropicales o cubiertas de hielo, ya desiertas o apenas habitadas por un puñado de daltónicos, las islas son sobre todo historias. He traducido con algo de libertad apenas dos, pero todas y cada una de ellas merecería un comentario aparte. Mientras eso pasa, aquí viaja la historia de un amor que inicia dentro de los linderos de un lenguaje desconocido, y la historia también de unos cuantos isleños a los que irrita “toda esa charla insulsa sobre las glorias del color”.
UN LENGUAJE APRENDIDO EN SUEÑOS
Dicen que “en un pequeño pueblo en las laderas de Vosges, hubo un niño de seis años que tenía sueños en los que se le enseñaba un lenguaje completamente desconocido. El pequeño Marc Liblin pronto empezó a hablar ese idioma sin saber si existía o no de verdad. Se trataba de un niño dotado pero solo, con cierta sed de conocimiento. En su juventud se alimentaba de libros en lugar que de pan, por ejemplo. A los 33, habiéndose convertido ya en un outsider que vivía en los márgenes de la sociedad, se volvió el objeto de la atención de unos investigadores de la Universidad de Rennes. Querían descifrar y traducir su lenguaje. Por dos años, introdujeron los extraños sonidos que él hacía en computadoras gigantes. Todo en vano. Eventualmente, los investigadores decidieron visitar la zona de los bares en el muelle para ver si algún marinero había escuchado ese lenguaje alguna vez. Marc Liblin dio, de hecho, un performance en un bar de Rennes, un espectáculo que consistía en un monólogo que se desarrollaba frente a un grupo de tunecinos. El administrador del bar, un hombre que había estado en la marina, interrumpió la función diciendo que había escuchado esa lengua antes, en una de las más remotas islas de la Polinesia y que conocía una mujer que hablaba ese idioma. Se trataba de una mujer divorciada de un oficial del ejército que ahora vivía en los suburbios. El encuentro con la mujer de la Polinesia cambió la vida de Liblin, por supuesto. Cuando Meretuni Make abrió la puerta de su casa, Marc la saludó en el idioma que aprendió en sueños, y ella le contestó de inmediato en el viejo rapa de su patria. Marc Liblin, que nunca había estado fuera de Europa, se casó con la única mujer que entendía su lengua y, en 1983, se fue con ella a vivir a la isla donde se hablaba ese idioma”.
Es una historia de Rapa Iti, una isla austral de la Polinesia francesa también conocida como Rapa, anteriormente denominada isla Oparo. Se encuentra en el 27o 36’ S, 144o 20’ O. Mide 40 kilómetros cuadrados y tiene 482 habitantes. Está a 1, 180 km de Tahití; a 3, 620 km de Nueva Zelanda, a 1, 440 km de las islas Pitcairn. Fue avistada por primera vez en 1791, por George Vancouver. Marc Liblin murió en Rapa Iti, víctima de cáncer, el 26 de mayo de 1998, a la edad de 50 años. La historia no dice qué le pasó a la mujer.
ACROMATOPSIA
“Incluso los puercos en esta isla son de color blanco y negro. Es como si los hubieran creado especialmente para las 75 personas que viven en Pingelap que no pueden distinguir colores: ni el salvaje rojo crimson del atardecer, ni el azul del océano, ni el amarillo de las papayas maduras, ni el omnipresente verde profundo de la selva repleta de palmas y manglares. Una pequeña mutación del octavo cromosoma y el tifón Lienkieki, que devastó a las islas hace años, son los responsables de tal hecho. Sólo 20 habitantes de Pingelap sobrevivieron al tifón y la subsecuente hambruna; uno de ellos llevaba el gen recesivo que pronto se hizo notorio debido a la reproducción endémica. Hoy, 10% de la población de Pingelap es completamente daltónica, comparado con uno entre 30 mil que es el promedio en otros lugares. Se les reconoce por la forma en que inclinan las cabezas y parpadean constantemente, por la manera en que sus pestañas aletean y achican los ojos casi siempre, por las arrugas en la parte superior de la nariz. Evitan la luz, evaden el día, y con frecuencia sólo salen de sus chozas en el crepúsculo. Muchos dicen que recuerdan sus sueños y otros dicen que pueden reconocer los cardúmenes de peces en las aguas profundas del océano en la noche –los identifican con la ayuda de la pálida luz de la luna y el reflejo sobre sus aletas. El mundo puede ser gris, pero ellos insisten en que pueden ver cosas imposibles de discernir para aquellos que sí distinguen los colores: miles de tonos y de matices con frecuencia inimaginables. Las charlas insulsas sobre las glorias del color los enervan. El color, dicen, los distrae sólo de lo que es esencial: la riqueza de las figuras y las sombras, las formas y los contrastes”.
Esto en Pingelp, también conocida como las islas Carolina de la Micronesia. Se encuentra en el 6o 13’N y 160o 42 E. Mide 1.8 kms y tiene 250 habitantes. Está a 780 km de Bikini Atoll, a 1, 990 km de Papua Nueva Guinea y a 1,250 km de Banaba. El tifón Lienkieki devastó la isla en 1775, fue descubierta en 1792 por Thomas Musgrave y, en 1820, se detectaron los primeros casos de daltonismo. No fue sino hasta el año 2000 que el gen de la acromatopsia fue descodificado.
--crg
Friday, August 12, 2011
Tuesday, August 09, 2011
MIS EMILYS DICKINSONS
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Decía Roberto Bolaño en el prólogo de Las aventuras de Huckleberry Finn (Ediciones DeBolsillo) que, "todos los novelistas americanos, incluidos los autores de lengua española, en algún momento de sus vidas consiguen vislumbrar dos libros en el horizonte, que son dos caminos, dos estructuras y, sobre todo, dos argumentos. En ocasiones dos destinos. Uno es Moby Dick, de Herman Melville, el otro es Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain". Se entiende que el horizonte del que habla Bolaño es el de la narrativa norteamericana en modo, digamos, universal, y que el tiempo al que se refiere es, sin duda, el siglo XIX, que es otro manera de decir el origen de la modernidad. Pero en esa bifurcación tan equidistante, tan bien comportada, tan dada a las comparaciones con aspiraciones a aparecer como naturales o inevitables, se le olvidaba a Bolaño la incómoda, la inclasificable, la con frecuencia alterada tercera vía. Se saltaba, por decirlo así, el tercer libro y, siguiendo a pie juntillas sus palabras, el tercer argumento y, sobre todo, el tercer destino. Se olvidaba de Emily Dickinson. Sí, Emily Dickinson, la poeta que pocas veces salió de casa y cuyos retratos suelen capturarla vestida de negro y con el cabello estrictamente recogido en un moño. La habitante de una cuarto de Amherst, donde leyó todo lo que había y podía leer, por cierto; la inédita. Habrá que recordar que ningún mapa de la literatura norteamericana de ese tiempo estaría completo sin la poeta que consideraba el “no” la más salvaje de todas las palabras. Junto a Allan Poe o Whitman, donde usualmente se le coloca en recuentos respetuosos de los cotos de género (literario), pero también, y por derecho propio, en el espacio que creara Bolaño para Twain y Melville, ahí Dickinson. Por ahí, a través de la escritura de Emily Dickinson, entra la revisión de formas poéticas heredadas del viejo mundo y la invención de otras nuevas. Por ahí entra la ruptura con la linealidad cronológica, la rima y ritmo singulares, la dislocación de los sentidos del verso, los experimentos con la puntuación, especialmente su memorable uso del guión largo. Por ahí entra el riesgo.
Eso lo sabía, y lo sabía muy bien, la poeta norteamericana Susan Howe cuando publicó, en 1985, My Emily Dickinson, el libro que se encarga de re-contextualizar la obra de Dickinson dentro de las tradiciones de lectura y escritura y re-escritura del siglo XIX norteamericano, recuperándola así para el campo de la experimentación. Se trata, sin duda, de un ensayo de poeta sobre poeta en su versión más rigurosa y más fina. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de ver los manuscritos de Howe, una vasta colección de hojas amarillentas escritas a máquina que se hospedan en el Archivo de Poesía Moderna de las Colecciones Especiales de la biblioteca de la Universidad de California-San Diego, habrá podido registrar las múltiples huellas de los distintos niveles de revisión de la obra original. Susan Howe, autora ella misma de libros de poesía memorables que, al menos en sus versiones más recientes, tales como That, This, combinan iguales dosis de re-escritura, copia, reciclaje y autobiografía, se inmiscuyó en los documentos originales de Dickinson y, lejos de acudir al estereotipo de la escritura femenina como explicación omnipresente, aunque sin olvidar el omnipresente asunto del cuerpo sexuado como campo de producción, organizó una máquina interpretativa donde Dickinson es hábil lectora y sagaz, cuando no feroz, re-escritora de los libros de su tiempo. Las conexiones que va urdiendo Howe alrededor y a través de las obras de Dickinson tienen el añadido valor de extraer a la autora de Amherst del margen, donde a veces por comodidad se coloca a lo inclasificable y lo excéntrico, para ubicarla en el eje de una visión literaria que continúa viva y crítica hasta nuestros días. La reciente traducción al español de este importante libro, a cargo de Ana María Matute y en versión de ediciones Magenta, ha puesto por fin al alcance de los lectores hispanoamericanos no a una, sino a dos poetas norteamericanas imprescindibles.
Mientras Susan Howe trabajaba afanosamente en la composición de My Emily Dickinson, una autora de corte muy distinto y en otra lengua también merodeaba los linderos vitales y escriturales de la poeta norteamericana del XIX: Marguerite Duras. El año era 1987 y el título de la novela sigue siendo Emily L. Ahí, en la terraza de un café, hay una pareja. La mujer quiere escribir un libro sobre esa pareja, pero no sabe cómo o por qué. De esa imposibilidad que se lleva a cabo a finales de un verano, en el café de Ouillebeauf, nace la observación constante y densa que produce a otra pareja entrada ya en años, un capitán inglés y su esposa, esa extraña mujer que bebe con constancia y que, siendo poeta, rara vez menciona su trabajo. El lector sabe que la Emily del título durasiano es nuestra Emily porque una de las líneas recurrentes en la novela tiene su origen en uno de los poemas más famosos de Emily Dickinson: “there´s a certain slant of light”. Se trata, en la imaginación de la narradora francesa, de un poema necesariamente inacabado o, peor, de un poema y/o de una obra consumida por el fuego, quemada hasta lo más seco de sus cenizas, por un marido que rechaza, ¿qué se encela de?, la escritura que no lo menciona y que, al no mencionarlo, lo invisibiliza. A Emily L. se le podría leer como el manual de las relaciones imposibles de pareja, eso es cierto. Pero algo sucede cuando la lectora se topa con párrafos como el siguiente: “Te dije también que había que escribir sin corrección, no necesariamente deprisa, a toda velocidad, no, sino según uno mismo y según el momento que atraviesa uno mismo, en aquel momento, lanzar la escritura fuera, maltratarla casi, sí, maltratarla, no quitar nada de su masa inútil, nada, dejarla entera con el resto, no enjuiciar nada, ni rapidez ni lentitud, dejarlo todo en su estado de aparición.” Imposible no creer, con una convicción casi adolescente, que Emily L. es también, acaso sobre todo, el original de un libro que Marguerite Duras no publicara sino hasta 1992 y que lleva por título el escueto verbo Escribir. En efecto, Emily L. también es un ensayo, en modo de ficción y de escritora a escritora, sobre la práctica de la escritura.
Pero las respondencias baudelairianas que Emily Dickinson no deja de urdir con el presente siguen apareciendo. Hace apenas un par de meses, en mayo del 2011 por ejemplo, el compositor británico David Sylvian incluyó dos adaptaciones de poemas de Emily Dickinson—el misma que afectó tanto a Marguerite Duras y que constituyó un tema recurrente en Emily L., “there´s a certain slant of light”, así como también “I should not dare (to leave my friend)”—en un trabajo que ha sido muy bien recibido por la crítica: Died in the Wool. En colaboración con compositores e intérpretes como Dai Fujikura y Christian Fennesz, David Sylvian logra conjurar, que es otra forma de decir actualizar, el fraseo intermitente y el ambiente entre abstracto e íntimo de la poeta del XIX.
La proliferación contemporánea de la Dickinson, sin embargo, no cesa. Emily Dickinson visitó la Ciudad de México justo en el comienzo de este verano que es, desde su inicio, el más largo en siglos. La mujer, vestida de negro, llegó puntual a una lectura que se llevaba a cabo en la Casa del Poeta. La mujer se sentó como en su casa de Amherst y escuchó, en un silencio inmóvil, la voz del poeta mexicano Jorge Esquinca. Es otra, en efecto, la Emily Dickinson que va emergiendo en su libro en preparación, y es, ineludiblemente, la misma. Sus lectoras, que aguardamos el libro de Esquinca con entusiasmo, también.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Decía Roberto Bolaño en el prólogo de Las aventuras de Huckleberry Finn (Ediciones DeBolsillo) que, "todos los novelistas americanos, incluidos los autores de lengua española, en algún momento de sus vidas consiguen vislumbrar dos libros en el horizonte, que son dos caminos, dos estructuras y, sobre todo, dos argumentos. En ocasiones dos destinos. Uno es Moby Dick, de Herman Melville, el otro es Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain". Se entiende que el horizonte del que habla Bolaño es el de la narrativa norteamericana en modo, digamos, universal, y que el tiempo al que se refiere es, sin duda, el siglo XIX, que es otro manera de decir el origen de la modernidad. Pero en esa bifurcación tan equidistante, tan bien comportada, tan dada a las comparaciones con aspiraciones a aparecer como naturales o inevitables, se le olvidaba a Bolaño la incómoda, la inclasificable, la con frecuencia alterada tercera vía. Se saltaba, por decirlo así, el tercer libro y, siguiendo a pie juntillas sus palabras, el tercer argumento y, sobre todo, el tercer destino. Se olvidaba de Emily Dickinson. Sí, Emily Dickinson, la poeta que pocas veces salió de casa y cuyos retratos suelen capturarla vestida de negro y con el cabello estrictamente recogido en un moño. La habitante de una cuarto de Amherst, donde leyó todo lo que había y podía leer, por cierto; la inédita. Habrá que recordar que ningún mapa de la literatura norteamericana de ese tiempo estaría completo sin la poeta que consideraba el “no” la más salvaje de todas las palabras. Junto a Allan Poe o Whitman, donde usualmente se le coloca en recuentos respetuosos de los cotos de género (literario), pero también, y por derecho propio, en el espacio que creara Bolaño para Twain y Melville, ahí Dickinson. Por ahí, a través de la escritura de Emily Dickinson, entra la revisión de formas poéticas heredadas del viejo mundo y la invención de otras nuevas. Por ahí entra la ruptura con la linealidad cronológica, la rima y ritmo singulares, la dislocación de los sentidos del verso, los experimentos con la puntuación, especialmente su memorable uso del guión largo. Por ahí entra el riesgo.
Eso lo sabía, y lo sabía muy bien, la poeta norteamericana Susan Howe cuando publicó, en 1985, My Emily Dickinson, el libro que se encarga de re-contextualizar la obra de Dickinson dentro de las tradiciones de lectura y escritura y re-escritura del siglo XIX norteamericano, recuperándola así para el campo de la experimentación. Se trata, sin duda, de un ensayo de poeta sobre poeta en su versión más rigurosa y más fina. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de ver los manuscritos de Howe, una vasta colección de hojas amarillentas escritas a máquina que se hospedan en el Archivo de Poesía Moderna de las Colecciones Especiales de la biblioteca de la Universidad de California-San Diego, habrá podido registrar las múltiples huellas de los distintos niveles de revisión de la obra original. Susan Howe, autora ella misma de libros de poesía memorables que, al menos en sus versiones más recientes, tales como That, This, combinan iguales dosis de re-escritura, copia, reciclaje y autobiografía, se inmiscuyó en los documentos originales de Dickinson y, lejos de acudir al estereotipo de la escritura femenina como explicación omnipresente, aunque sin olvidar el omnipresente asunto del cuerpo sexuado como campo de producción, organizó una máquina interpretativa donde Dickinson es hábil lectora y sagaz, cuando no feroz, re-escritora de los libros de su tiempo. Las conexiones que va urdiendo Howe alrededor y a través de las obras de Dickinson tienen el añadido valor de extraer a la autora de Amherst del margen, donde a veces por comodidad se coloca a lo inclasificable y lo excéntrico, para ubicarla en el eje de una visión literaria que continúa viva y crítica hasta nuestros días. La reciente traducción al español de este importante libro, a cargo de Ana María Matute y en versión de ediciones Magenta, ha puesto por fin al alcance de los lectores hispanoamericanos no a una, sino a dos poetas norteamericanas imprescindibles.
Mientras Susan Howe trabajaba afanosamente en la composición de My Emily Dickinson, una autora de corte muy distinto y en otra lengua también merodeaba los linderos vitales y escriturales de la poeta norteamericana del XIX: Marguerite Duras. El año era 1987 y el título de la novela sigue siendo Emily L. Ahí, en la terraza de un café, hay una pareja. La mujer quiere escribir un libro sobre esa pareja, pero no sabe cómo o por qué. De esa imposibilidad que se lleva a cabo a finales de un verano, en el café de Ouillebeauf, nace la observación constante y densa que produce a otra pareja entrada ya en años, un capitán inglés y su esposa, esa extraña mujer que bebe con constancia y que, siendo poeta, rara vez menciona su trabajo. El lector sabe que la Emily del título durasiano es nuestra Emily porque una de las líneas recurrentes en la novela tiene su origen en uno de los poemas más famosos de Emily Dickinson: “there´s a certain slant of light”. Se trata, en la imaginación de la narradora francesa, de un poema necesariamente inacabado o, peor, de un poema y/o de una obra consumida por el fuego, quemada hasta lo más seco de sus cenizas, por un marido que rechaza, ¿qué se encela de?, la escritura que no lo menciona y que, al no mencionarlo, lo invisibiliza. A Emily L. se le podría leer como el manual de las relaciones imposibles de pareja, eso es cierto. Pero algo sucede cuando la lectora se topa con párrafos como el siguiente: “Te dije también que había que escribir sin corrección, no necesariamente deprisa, a toda velocidad, no, sino según uno mismo y según el momento que atraviesa uno mismo, en aquel momento, lanzar la escritura fuera, maltratarla casi, sí, maltratarla, no quitar nada de su masa inútil, nada, dejarla entera con el resto, no enjuiciar nada, ni rapidez ni lentitud, dejarlo todo en su estado de aparición.” Imposible no creer, con una convicción casi adolescente, que Emily L. es también, acaso sobre todo, el original de un libro que Marguerite Duras no publicara sino hasta 1992 y que lleva por título el escueto verbo Escribir. En efecto, Emily L. también es un ensayo, en modo de ficción y de escritora a escritora, sobre la práctica de la escritura.
Pero las respondencias baudelairianas que Emily Dickinson no deja de urdir con el presente siguen apareciendo. Hace apenas un par de meses, en mayo del 2011 por ejemplo, el compositor británico David Sylvian incluyó dos adaptaciones de poemas de Emily Dickinson—el misma que afectó tanto a Marguerite Duras y que constituyó un tema recurrente en Emily L., “there´s a certain slant of light”, así como también “I should not dare (to leave my friend)”—en un trabajo que ha sido muy bien recibido por la crítica: Died in the Wool. En colaboración con compositores e intérpretes como Dai Fujikura y Christian Fennesz, David Sylvian logra conjurar, que es otra forma de decir actualizar, el fraseo intermitente y el ambiente entre abstracto e íntimo de la poeta del XIX.
La proliferación contemporánea de la Dickinson, sin embargo, no cesa. Emily Dickinson visitó la Ciudad de México justo en el comienzo de este verano que es, desde su inicio, el más largo en siglos. La mujer, vestida de negro, llegó puntual a una lectura que se llevaba a cabo en la Casa del Poeta. La mujer se sentó como en su casa de Amherst y escuchó, en un silencio inmóvil, la voz del poeta mexicano Jorge Esquinca. Es otra, en efecto, la Emily Dickinson que va emergiendo en su libro en preparación, y es, ineludiblemente, la misma. Sus lectoras, que aguardamos el libro de Esquinca con entusiasmo, también.
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Friday, August 05, 2011
NOTICIAS DESDE VERDE SHANGHAI
Alfredo Godínez Palacios escribió sobre Verde Shangahi en su columna "El guardián del diván" de la revista Sexenio: De cómo el recuerdo-memoria te puede volver loco.
Rafael Lemus escribió sobre Verde Shanghai en la revista Letras Libres: Verde Shanghai.
Daniel Emilio Pacheco escribió sobre Verde Shanghai en Hojeando Libros: Verde Shangai
Eve Gil escribió sobre Verde Shanghai en La Trenza de Sor Juana: Penetrar las palabras.
Pues eso.
--crg
Alfredo Godínez Palacios escribió sobre Verde Shangahi en su columna "El guardián del diván" de la revista Sexenio: De cómo el recuerdo-memoria te puede volver loco.
Rafael Lemus escribió sobre Verde Shanghai en la revista Letras Libres: Verde Shanghai.
Daniel Emilio Pacheco escribió sobre Verde Shanghai en Hojeando Libros: Verde Shangai
Eve Gil escribió sobre Verde Shanghai en La Trenza de Sor Juana: Penetrar las palabras.
Pues eso.
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Wednesday, August 03, 2011
LA CÁMARA VERDE

Los lenguajes extraídos, Periódico de Poesía 41, Agosto 2011
"¿Qué es el inglés hoy, ante las masivas migraciones globales, las devastaciones ecológicas, los giros y las revueltas en las identificaciones de género y trabajo? ¿Cómo podrá(n) la(s) dicción(es), los registro(s), la(s) inflexión(es), así como las varias situaciones afectivas que han y que se seguirán filtrando al “inglés”, ser tomadas en cuenta? ¿Qué implicaciones tiene escribir en este momento, precisamente en esta “América”? ¿De qué forma practicar y volver plural lo escrito y lo hablado: gramáticas, sintaxis, texturas, entonaciones...?"
Estas son preguntas que se hace la poeta coreano-americana Myung Mi Kim al final de su libro Commons. De manera por demás sintomática, éstas aparecen ahora mismo en la traducción al español que el poeta mexicano Hugo García Manríquez hace de esas preguntas en la glosa que ha decidido titular Registro fósil del polen. Originadas en inglés por una hablante, al menos, bilingüe, las preguntas podrían hacerse acerca de o dentro de los límites de otras lenguas, especialmente de aquellas que acompañan a los procesos de globalización tanto en el pasado como en el presente.
Los poetas que continuamente se mueven entre (al menos) dos idiomas tienen que plantearse, por fuerza o por gozo, por obligación o por placer, estas interrogantes. Pero estas son, en realidad, preguntas propias de todo aquel que vea en la poesía una práctica que trastoca los límites de lo real: los inmigrantes que han dejado la lengua materna atrás para adoptar una madrastra; los emigrantes que, a contracorriente, deciden continuar produciendo en una lengua que no practican en la vida diaria; los nativos que deciden poner en duda los hábitos de sus propias codificaciones; los que infiltran, subvierten, filtran, extirpan.
De entre todos ellos, llega a la Cámara Verde de agosto Craig Santos Pérez, un poeta nacido en Guam pero residente en California que, tanto en su labor creativa como editorial y docente, ha explorado con singular rigor y punto de vista crítico los distintos procesos a través de los cuales se incorporan los territorios (y los lenguajes) más lejanos. Tanto en sus plaquettes constellations gathered along the ecliptic (Shadowbox Press, 2007), all with ocean views (Overhere Press, 2007), and preterrain (Corollary Press, 2008), pero sobre todo en sus dos libros más recientes from unincorporated territory [hacha], publicado por Tinfish Press in 2008, y from unincorporated territory [saina], publicado por Omnidawn Publishing en 2010, Craig Santos Pérez ha intentado crear un “espacio extraído”, no tanto des-territorializado como re-territorializado, en el espacio del cuerpo y de la página. Ahí, entre el océano de palabras en inglés, encontrarán sus sitios movedizos y procesionales algunas del nativo Chamorro que no logró aprender (ni olvidar del todo) en los sistemas escolares de las Islas del Pacifico. La selección que se presenta aquí viene de su primer libro y se mueve del inglés hacia el español gracias a las labores de traducción de John Pluecker y Marco Antonio Huerta, ambos poetas por derecho propio, ambos compartiendo ese espacio fronterizo que une y tensa los límites que van desde Tamaulipas, en el noreste de México, y Texas. Ambos, pues, en el continuo proceso de construcción de sus propios “espacios extraídos”. Más de Craig Santos Pérez, aquí: http://craigsantosperez.wordpress.com
Desasido de género alguno y obediente sólo a la regla de sus 140 caracteres, el lenguaje de Twitter se expande, eso es cierto, y también se resiste en sus casos más felices a una simple incorporación a formatos más familiares o legibles. La experimentación lúdica entre y con lenguajes varios no es nueva en la obra del narrador tijuanense Rafael Saavedra (Tijuana, 1967). Autor de una obra ya extensa que incluye pero no está limitada a Lejos del Noise (Moho, 2006) y Crossfader. B-sides, hidden tracks & remixes (relatos, Atemporia Heterodoxos/Nortestación Editorial 2009), Rafa se define a sí mismo (con justa razón y en orden más o menos de importancia) como tijuanero, fanzinero, dj, creador de programas de radio alternativo, bloguero, entre otras cosas. Por todo eso, no es de extrañarse que su participación en Twitter venga signada por un experimento que involucra el trabajo colectivo, la lectura señera, la intervención a ultranza, la re-escritura o re-composición, el reciclaje y, faltaba más, la diversión. A expresa invitación de La Cámara Verde, Rafa nos mandó una serie de sus tuitmix/poetry. Su metodología, tal como él mismo la señala, no es complicada pero sí rigurosa: “1) Leo el timeline de Twitter, 2) Selecciono una palabra o una frase por tuit, 3) Hago una mezcla al azar con ellas, 4) Reviso, y 5) Tuiteo una suerte de verso descompuesto (en colaboración con la gente que sigo y me sigue)”.
Vamos hacia agosto y se trata ya del verano más largo en siglos. Todas la estaciones están incorporadas a un largo calendario de actividades y deberes y deber seres, eso se sabe. Pero, de entre todas, acaso el verano sea la estación más lejana, el lugar extraído por excelencia. Va esta Cámara Verde con el deseo de que así sea.
Julio, 2011
Metepec/Ciudad de México
[mientras escuchaba Tricky, Mixed Race, Come to me]
--crg

Los lenguajes extraídos, Periódico de Poesía 41, Agosto 2011
"¿Qué es el inglés hoy, ante las masivas migraciones globales, las devastaciones ecológicas, los giros y las revueltas en las identificaciones de género y trabajo? ¿Cómo podrá(n) la(s) dicción(es), los registro(s), la(s) inflexión(es), así como las varias situaciones afectivas que han y que se seguirán filtrando al “inglés”, ser tomadas en cuenta? ¿Qué implicaciones tiene escribir en este momento, precisamente en esta “América”? ¿De qué forma practicar y volver plural lo escrito y lo hablado: gramáticas, sintaxis, texturas, entonaciones...?"
Estas son preguntas que se hace la poeta coreano-americana Myung Mi Kim al final de su libro Commons. De manera por demás sintomática, éstas aparecen ahora mismo en la traducción al español que el poeta mexicano Hugo García Manríquez hace de esas preguntas en la glosa que ha decidido titular Registro fósil del polen. Originadas en inglés por una hablante, al menos, bilingüe, las preguntas podrían hacerse acerca de o dentro de los límites de otras lenguas, especialmente de aquellas que acompañan a los procesos de globalización tanto en el pasado como en el presente.
Los poetas que continuamente se mueven entre (al menos) dos idiomas tienen que plantearse, por fuerza o por gozo, por obligación o por placer, estas interrogantes. Pero estas son, en realidad, preguntas propias de todo aquel que vea en la poesía una práctica que trastoca los límites de lo real: los inmigrantes que han dejado la lengua materna atrás para adoptar una madrastra; los emigrantes que, a contracorriente, deciden continuar produciendo en una lengua que no practican en la vida diaria; los nativos que deciden poner en duda los hábitos de sus propias codificaciones; los que infiltran, subvierten, filtran, extirpan.
De entre todos ellos, llega a la Cámara Verde de agosto Craig Santos Pérez, un poeta nacido en Guam pero residente en California que, tanto en su labor creativa como editorial y docente, ha explorado con singular rigor y punto de vista crítico los distintos procesos a través de los cuales se incorporan los territorios (y los lenguajes) más lejanos. Tanto en sus plaquettes constellations gathered along the ecliptic (Shadowbox Press, 2007), all with ocean views (Overhere Press, 2007), and preterrain (Corollary Press, 2008), pero sobre todo en sus dos libros más recientes from unincorporated territory [hacha], publicado por Tinfish Press in 2008, y from unincorporated territory [saina], publicado por Omnidawn Publishing en 2010, Craig Santos Pérez ha intentado crear un “espacio extraído”, no tanto des-territorializado como re-territorializado, en el espacio del cuerpo y de la página. Ahí, entre el océano de palabras en inglés, encontrarán sus sitios movedizos y procesionales algunas del nativo Chamorro que no logró aprender (ni olvidar del todo) en los sistemas escolares de las Islas del Pacifico. La selección que se presenta aquí viene de su primer libro y se mueve del inglés hacia el español gracias a las labores de traducción de John Pluecker y Marco Antonio Huerta, ambos poetas por derecho propio, ambos compartiendo ese espacio fronterizo que une y tensa los límites que van desde Tamaulipas, en el noreste de México, y Texas. Ambos, pues, en el continuo proceso de construcción de sus propios “espacios extraídos”. Más de Craig Santos Pérez, aquí: http://craigsantosperez.wordpress.com
Desasido de género alguno y obediente sólo a la regla de sus 140 caracteres, el lenguaje de Twitter se expande, eso es cierto, y también se resiste en sus casos más felices a una simple incorporación a formatos más familiares o legibles. La experimentación lúdica entre y con lenguajes varios no es nueva en la obra del narrador tijuanense Rafael Saavedra (Tijuana, 1967). Autor de una obra ya extensa que incluye pero no está limitada a Lejos del Noise (Moho, 2006) y Crossfader. B-sides, hidden tracks & remixes (relatos, Atemporia Heterodoxos/Nortestación Editorial 2009), Rafa se define a sí mismo (con justa razón y en orden más o menos de importancia) como tijuanero, fanzinero, dj, creador de programas de radio alternativo, bloguero, entre otras cosas. Por todo eso, no es de extrañarse que su participación en Twitter venga signada por un experimento que involucra el trabajo colectivo, la lectura señera, la intervención a ultranza, la re-escritura o re-composición, el reciclaje y, faltaba más, la diversión. A expresa invitación de La Cámara Verde, Rafa nos mandó una serie de sus tuitmix/poetry. Su metodología, tal como él mismo la señala, no es complicada pero sí rigurosa: “1) Leo el timeline de Twitter, 2) Selecciono una palabra o una frase por tuit, 3) Hago una mezcla al azar con ellas, 4) Reviso, y 5) Tuiteo una suerte de verso descompuesto (en colaboración con la gente que sigo y me sigue)”.
Vamos hacia agosto y se trata ya del verano más largo en siglos. Todas la estaciones están incorporadas a un largo calendario de actividades y deberes y deber seres, eso se sabe. Pero, de entre todas, acaso el verano sea la estación más lejana, el lugar extraído por excelencia. Va esta Cámara Verde con el deseo de que así sea.
Julio, 2011
Metepec/Ciudad de México
[mientras escuchaba Tricky, Mixed Race, Come to me]
--crg
Tuesday, August 02, 2011
SIEMPRE ES OTRO EL QUE QUIERE
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Me dijo que quería que le diera el corazón para romperlo y darme el suyo. Lo miré por un largo rato sin decir nada. Un popote de plástico entre los labios. La mosca contra el ventanal. Supongo que lo meditaba bien o que consideraba, al menos, algunas de las posibilidades. El dolor, por ejemplo. El lugar donde pasaría la recuperación. Los días libres que tendría que pedir en mi trabajo. Eso sin tomar en cuenta el engorroso asunto de las compatibilidades. Los estudios. Los idas y venidas al laboratorio. De repente, sin que existiera una verdadera decisión de por medio, me desabotoné la blusa y señalé, con una pequeña navaja de bolsillo, el lugar de la incisión. La temporada se prestaba para los grandes gestos.
—Sería aquí, ¿verdad? —dije. Debí haber tenido una cara angelical durante el proceso.
El sonrió, complacido. Y luego empujó un poco mi mano hacia la derecha.
—Aquí —corrigió. ¡La delicadeza de su gesto! Nunca antes una mano más verosímil o más leve. Sus cinco dedos.
Las ganas de sacarme el corazón se multiplicaron en el acto. Lo besé. Es mejor decir: tomé su boca. Labios contra labios, dientes. Introduje mi lengua por la hendedura de su boca y, luego, embarrada de su saliva, procedí a besar su ojo derecho, su oreja, su mejilla. Besar es en realidad lamer a veces. La lengua sobre su cuello y, luego, sobre la nuca y, más tarde, sobre las vértebras cervicales. Una. Dos. Tres. Temblaba. Cuando comprobé que temblaba, arremetí con más fuerza. El trepidar de la sangre. El latir bajo la piel de las sienes o de las muñecas. Más que una decisión, un contagio. Le pedí que levantara su brazo para pasar la lengua sobre los vellos de la axila.
—Aquí —dijo luego, señalándose el pecho. Y guió la mano que todavía empuñaba la navaja de bolsillo hacia su tetilla izquierda. Ir de un punto a otro. Dirigirse a. Deslizarse por. Los mapas se hacen de líneas pequeñísimas.
No dejaba, mientras tanto, de considerar la posibilidad. Lo besaba, eso es cierto, con cierta voracidad. Lo tocaba palmo a palmo, la mano convertida en una especie de marca de agua sobre la misiva de su torso y de su tórax y de su escápula anterior, y no dejaba, mientras eso sucedía, de considerar la posibilidad. Los corazones se rompen todo el tiempo después de todo, me decía. Hay miles de canciones al respecto. Hay poemas. La industria cinematográfica se alimenta de eso. La mano sobre su espina dorsal, el glúteo medio, el trocanter mayor. Incluso cuando nadie los pide con antelación, se rompen. Incluso cuando el corazón se queda ahí, solitario cazador, latiendo entre las vértebras dorsales, las costillas y el esternón, se rompe. La pelvis contra la pelvis; el abrazo de las piernas. A cada rato, en efecto. Por razones nimias. Sobre todo cuando no hay nada con que sustituirlo, cuando no hay nada que poner en su lugar, sobre todo en esas circunstancias, se rompe. Ve uno a tanta gente con la caja torácica en vilo por las calles. ¿Por qué no darle el corazón en esas circunstancias a alguien que me lo pedía con cierto decoro y que, al hacerlo, me decía sin tapujos lo que haría con él?
Pensé en el regadero de sangre. Las moscas. Las miradas de los pordioseros y de los niños. El súbito arribo de la ambulancia.
—Pero si me das tu corazón, qué pondrás ahí —pregunté, verdaderamente intrigada. Las preguntas clave suelen surgir justo en el penúltimo momento. El dedo índice sobre su pecho, estático. La mirada directamente sobre sus rodillas. Un hueco es un hueco es.
La interrogante pareció incomodarlo. Bajó el brazo y desenrolló la camiseta hasta volver a cubrir una vez más su axila. Luego de carraspear un poco, se incorporó.
—Pues me pondré otro —dijo como al descuido, tratando de ocultar cierto tono de hartazgo en la voz. Fue entonces que aprovechó para encender un cigarrillo.
—Pero ¿de quién? —pregunté a mi vez. Tal vez era el sabor de su sudor dentro de mi boca lo que me forzaba a seguir adelante. Un ejército en marcha. Un regimiento decidido a conquistar una ciudad. El lema: No hay que tomar prisioneros. Los trenes a veces se descarrilan de esa manera.
—De alguien; no sé —mencionó en voz muy baja. Balbucir, eso es lo que hacía. La mirada en el techo o el cielo, imposible saberlo a ciencia a cierta. Su mano, de repente, sobre mi cerviz. Una mujer que se inclina—. Haces demasiadas preguntas —añadió.
—Pero con eso dentro de ti —dije y alcé la cabeza al mismo tiempo—, ¿cómo podrás? —no fui capaz de seguir. El pudor suele causar más interrupciones de las que creemos. La vergüenza. La vergüenza que, según el diccionario, no es más que una “turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”. Del latín verecundîa.
—¿Cómo podré qué? — preguntó, tomándome el rostro con ambas manos, obligándome a verlo de frente —. ¿Cómo podré quererte así, quieres decir?
Tuve que asentir. Lo único que puedo argumentar a mi favor es que lo hice en silencio y que pensaba, mientras tanto, en otra cosa. Pensaba, de hecho, más que nada, en su barbilla. Pensaba en lo hermosa que era, desde ese ángulo preciso, su barbilla. El nacimiento abrupto del vello. La boca.
— Siempre es otro el que quiere — aseguró —. Siempre es así, ¿no te habían dicho?
Dejó mi rostro de lado entonces y sonrió. Luego, se incorporó de la mesa sin dejar su cigarrillo. Expulsó el humo. El humo formó cuerpos que chocaron contra el ventanal. La mosca se asustó. Un popote rodó por el suelo. Todo pasó tan rápido que apenas si pude abotonarme la blusa y colocar la navaja de bolsillo en el interior de mi bolsa.
La vergüenza también designa las partes externas de los órganos humanos de generación. Eso dice el diccionario. Las definiciones son absurdas con frecuencia, juro que eso fue lo único que pensé cuando crucé el umbral de la puerta y subí el cuello de mi abrigo y coloqué la mano derecha sobre el pecho que latía. Aún.
[mientras escuchaba “You look so fine”, en versión de Garbage y Fun Lovin’ Criminals Mix]
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Me dijo que quería que le diera el corazón para romperlo y darme el suyo. Lo miré por un largo rato sin decir nada. Un popote de plástico entre los labios. La mosca contra el ventanal. Supongo que lo meditaba bien o que consideraba, al menos, algunas de las posibilidades. El dolor, por ejemplo. El lugar donde pasaría la recuperación. Los días libres que tendría que pedir en mi trabajo. Eso sin tomar en cuenta el engorroso asunto de las compatibilidades. Los estudios. Los idas y venidas al laboratorio. De repente, sin que existiera una verdadera decisión de por medio, me desabotoné la blusa y señalé, con una pequeña navaja de bolsillo, el lugar de la incisión. La temporada se prestaba para los grandes gestos.
—Sería aquí, ¿verdad? —dije. Debí haber tenido una cara angelical durante el proceso.
El sonrió, complacido. Y luego empujó un poco mi mano hacia la derecha.
—Aquí —corrigió. ¡La delicadeza de su gesto! Nunca antes una mano más verosímil o más leve. Sus cinco dedos.
Las ganas de sacarme el corazón se multiplicaron en el acto. Lo besé. Es mejor decir: tomé su boca. Labios contra labios, dientes. Introduje mi lengua por la hendedura de su boca y, luego, embarrada de su saliva, procedí a besar su ojo derecho, su oreja, su mejilla. Besar es en realidad lamer a veces. La lengua sobre su cuello y, luego, sobre la nuca y, más tarde, sobre las vértebras cervicales. Una. Dos. Tres. Temblaba. Cuando comprobé que temblaba, arremetí con más fuerza. El trepidar de la sangre. El latir bajo la piel de las sienes o de las muñecas. Más que una decisión, un contagio. Le pedí que levantara su brazo para pasar la lengua sobre los vellos de la axila.
—Aquí —dijo luego, señalándose el pecho. Y guió la mano que todavía empuñaba la navaja de bolsillo hacia su tetilla izquierda. Ir de un punto a otro. Dirigirse a. Deslizarse por. Los mapas se hacen de líneas pequeñísimas.
No dejaba, mientras tanto, de considerar la posibilidad. Lo besaba, eso es cierto, con cierta voracidad. Lo tocaba palmo a palmo, la mano convertida en una especie de marca de agua sobre la misiva de su torso y de su tórax y de su escápula anterior, y no dejaba, mientras eso sucedía, de considerar la posibilidad. Los corazones se rompen todo el tiempo después de todo, me decía. Hay miles de canciones al respecto. Hay poemas. La industria cinematográfica se alimenta de eso. La mano sobre su espina dorsal, el glúteo medio, el trocanter mayor. Incluso cuando nadie los pide con antelación, se rompen. Incluso cuando el corazón se queda ahí, solitario cazador, latiendo entre las vértebras dorsales, las costillas y el esternón, se rompe. La pelvis contra la pelvis; el abrazo de las piernas. A cada rato, en efecto. Por razones nimias. Sobre todo cuando no hay nada con que sustituirlo, cuando no hay nada que poner en su lugar, sobre todo en esas circunstancias, se rompe. Ve uno a tanta gente con la caja torácica en vilo por las calles. ¿Por qué no darle el corazón en esas circunstancias a alguien que me lo pedía con cierto decoro y que, al hacerlo, me decía sin tapujos lo que haría con él?
Pensé en el regadero de sangre. Las moscas. Las miradas de los pordioseros y de los niños. El súbito arribo de la ambulancia.
—Pero si me das tu corazón, qué pondrás ahí —pregunté, verdaderamente intrigada. Las preguntas clave suelen surgir justo en el penúltimo momento. El dedo índice sobre su pecho, estático. La mirada directamente sobre sus rodillas. Un hueco es un hueco es.
La interrogante pareció incomodarlo. Bajó el brazo y desenrolló la camiseta hasta volver a cubrir una vez más su axila. Luego de carraspear un poco, se incorporó.
—Pues me pondré otro —dijo como al descuido, tratando de ocultar cierto tono de hartazgo en la voz. Fue entonces que aprovechó para encender un cigarrillo.
—Pero ¿de quién? —pregunté a mi vez. Tal vez era el sabor de su sudor dentro de mi boca lo que me forzaba a seguir adelante. Un ejército en marcha. Un regimiento decidido a conquistar una ciudad. El lema: No hay que tomar prisioneros. Los trenes a veces se descarrilan de esa manera.
—De alguien; no sé —mencionó en voz muy baja. Balbucir, eso es lo que hacía. La mirada en el techo o el cielo, imposible saberlo a ciencia a cierta. Su mano, de repente, sobre mi cerviz. Una mujer que se inclina—. Haces demasiadas preguntas —añadió.
—Pero con eso dentro de ti —dije y alcé la cabeza al mismo tiempo—, ¿cómo podrás? —no fui capaz de seguir. El pudor suele causar más interrupciones de las que creemos. La vergüenza. La vergüenza que, según el diccionario, no es más que una “turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”. Del latín verecundîa.
—¿Cómo podré qué? — preguntó, tomándome el rostro con ambas manos, obligándome a verlo de frente —. ¿Cómo podré quererte así, quieres decir?
Tuve que asentir. Lo único que puedo argumentar a mi favor es que lo hice en silencio y que pensaba, mientras tanto, en otra cosa. Pensaba, de hecho, más que nada, en su barbilla. Pensaba en lo hermosa que era, desde ese ángulo preciso, su barbilla. El nacimiento abrupto del vello. La boca.
— Siempre es otro el que quiere — aseguró —. Siempre es así, ¿no te habían dicho?
Dejó mi rostro de lado entonces y sonrió. Luego, se incorporó de la mesa sin dejar su cigarrillo. Expulsó el humo. El humo formó cuerpos que chocaron contra el ventanal. La mosca se asustó. Un popote rodó por el suelo. Todo pasó tan rápido que apenas si pude abotonarme la blusa y colocar la navaja de bolsillo en el interior de mi bolsa.
La vergüenza también designa las partes externas de los órganos humanos de generación. Eso dice el diccionario. Las definiciones son absurdas con frecuencia, juro que eso fue lo único que pensé cuando crucé el umbral de la puerta y subí el cuello de mi abrigo y coloqué la mano derecha sobre el pecho que latía. Aún.
[mientras escuchaba “You look so fine”, en versión de Garbage y Fun Lovin’ Criminals Mix]
--crg
Thursday, July 28, 2011
Wednesday, July 27, 2011
EL BOTÍN DE VERMONT
The Salon. Poetry With Our Fingers, Issue No. 3, Spring 2011
Charles Yu, How to Live Safely in a Science Fictional Universe
Siri Hustvedt, The Summer Without Men
Paige Ackerson-Kiely, In No One´s Land
Ricardo Chávez Castañeda, Georgia
Ricardo Chávez Castañeda, El libro del silencio (novela sacrificio)
Eduardo Espina, El cutis patrio
Ann Patchett, State of Wonder
Aníbal González, Love and Politics in the Contemporary Spanish Novel
Charlotte Brontë, Jane Eyre
Judith Schalansky, Atlas of Remote Islands. Fifty Islands I Have Never Set Foot On and Never Will
--crg
The Salon. Poetry With Our Fingers, Issue No. 3, Spring 2011
Charles Yu, How to Live Safely in a Science Fictional Universe
Siri Hustvedt, The Summer Without Men
Paige Ackerson-Kiely, In No One´s Land
Ricardo Chávez Castañeda, Georgia
Ricardo Chávez Castañeda, El libro del silencio (novela sacrificio)
Eduardo Espina, El cutis patrio
Ann Patchett, State of Wonder
Aníbal González, Love and Politics in the Contemporary Spanish Novel
Charlotte Brontë, Jane Eyre
Judith Schalansky, Atlas of Remote Islands. Fifty Islands I Have Never Set Foot On and Never Will
--crg
Tuesday, July 26, 2011
EL LÁTIGO MAGENTA DEL ALMA
El látigo magenta del alma de Lisa Robertson, el libro que la poeta canadiense llamada Lisa Roberston publicó en el 2009, inicia con una referencia a un mineral de difícil descripción pero de relativo fácil acceso conocido como lucita. Una forma transparente de plástico. Un polímero. Algo cuyos componentes podrían encontrarse en la naturaleza pero que pudiera ser también manufacturado. Sobre todo: un nombre. “Siéntanos gentilmente sobre la lucita y te diremos cómo nos llegó el conocimiento./ Primero el lodo informe se suavizó, produciendo putrefacción, lujuria e inteligencia, glóbulos de perla, montones de cosas enjoyadas como hurones, pequeños teatros de mica, una bolsa que contiene todos los horribles olores del día. Luego sólo esa vocal, pronunciada y aludida y a punto de expirar; inclinándose, abrazando, mirando fijamente. Con nuestra garra diseñó la identidad por el bien de la comida. Yos, dice, alimentándonos, los adoro, lo saben bien. Como un niño soplando desde un árbol, decidimos que esto lo arreglaba todo, que éramos libres. Nos preparábamos para el futuro de manera incesante”. Que de ahí, de esa lucita original, las páginas nos conduzcan por una serie de textos que igual pueden responder al nombre de poemas, cartas, confesiones, proyectos, traducciones, lamentos, utopías, o ensayos, no es extraño del todo en una poeta que se ha asociado a la experimentación con los límites del lenguaje, igualmente influenciada por los así llamados language poets (especialmente Leslie Scalapino y Lyn Hejinian) que por la enunciación peculiar del latín cuando se incorpora a las iteraciones del inglés. Algunos de los textos de su látigo del alma, de hecho, son re-escrituras o intervenciones directas a textos de, entre otros, Lucrecio. Pero ésta no es la escritura de una experta en los clásicos (a la manera de Anne Carson, por ejemplo), sino más bien de alguien a quien le interesa ver a través de otra lengua, construirse a través de otras enunciaciones, y ante todo fabricar un léxico desde su presente para su presente. Erudita es una palabra que aparece con frecuencia en las críticas de su poesía, pero también respladenciente. Aquí apenas una sección del inicio de este libro que recoge textos publicados en los últimos 15 años de su producción.
EDUCACIÓN TEMPRANA
(Diseñé mi propia pasividad. Te la presento por mi cara, por tus entrañas, y en nombre del espacio humano. Nací en una pequeña ciudad bronca, sitio de invenciones rápidas que se disolvían activamente en el cielo de acero. La ciudad era una ruina centelleante y chupada hacia arriba).
I.
las grandes virtudes son numerosas y la sabiduría tiene una magnitud risible. la circunferencia de la criatura humana es su propio testimonium, su gran resistencia mortal en tanto criatura es una puerta líquida. nuestros corazones son inteligibles. para excitarte e incitarte te contaré los modos de mi infelicidad pasada. ¿debería invocar a la necesidad o al destino? el elemento del quomodo que invoco es increíble. todos los dioses son dioses de una tumba. ¿qué es sin el predicado? cantemos para el dios que lo requiera. cantemos también para nuestros enemigos. quarem te, invocans te et inventaré credens in te: un predicado es un enemigo noble y mi fidelidad es mi propio desastre, inspirasti mihi per sentimiento humanitatem con su discurso.
(Otra versión del mismo inicio es más simple y más directo: en la larga ciencia de la sumisión es la mente la que, de una quieta manera espectacular, desabrocha los cuerpos y abre la cara).
II.
el dominante está acunado dentro de mí: ¿cómo le llamarías a eso? cuando discutimos y cuando festejamos, ¿cómo le llamarías a eso? puesto que tua quid quid se desvanece, se ha desvanecido, este quidquid que es tu nombre. todo lo que es feral en mí, cualquier ser que soy, roe mi docencia. invoco al dominio para desatarme.
no tenía enemigos, ni familiares, ni reloj. el tú dominante llenaba los senos de la enfermera y me enseñaba a beber abundantemente. te cuento de cosas que no recuerdo, sólo esto, fabulando y sorbiendo, sorbiendo y fabulando, muy similares. et cum non intellecto me obsessit, non subditus indignation, no servitude. quam sientes es mi nutriente. dominant qui est samper vivus y nada en nosotros tu creasti et realmente instavilium et immutable. quam illa intra matriz visceral? dominante mi palabra suave, ninguna memoria me pudo haber preparado para tu tierra. soy la primera amamantada entre multa, tu artificio, tu animal, chillón con sus gritos, chillón con su hambre y amoroso con su hambre y hambre.
III.
escucha a las mentirijillas humanas. el misterio dicta. recuerdo las mentirijillas de mi infancia, una mentirijilla por cada latido del corazón preparado por la tierra. ¿me conmemorará esto? ¿dominante me recuerdas? mi ego está hecho de leche, abundantes fuentes de leche, mis dominantes, mis propias, que se dedican al illuminant corpus, instructoras de los sentidos, de tal manera que les hablo en las sílabas de tu nombre dominante y como algo extra hago para ti un nido de mis muslos ordinarios, tu, forma et lege.
ergo dominant para ti tengo la fidelidad de la zorra un lechón un enemigo un nombre multum tantas fidelidades y olvidos para ti son sombras y concepto sin memoria sin vestigio sin necesidad.
--crg
El látigo magenta del alma de Lisa Robertson, el libro que la poeta canadiense llamada Lisa Roberston publicó en el 2009, inicia con una referencia a un mineral de difícil descripción pero de relativo fácil acceso conocido como lucita. Una forma transparente de plástico. Un polímero. Algo cuyos componentes podrían encontrarse en la naturaleza pero que pudiera ser también manufacturado. Sobre todo: un nombre. “Siéntanos gentilmente sobre la lucita y te diremos cómo nos llegó el conocimiento./ Primero el lodo informe se suavizó, produciendo putrefacción, lujuria e inteligencia, glóbulos de perla, montones de cosas enjoyadas como hurones, pequeños teatros de mica, una bolsa que contiene todos los horribles olores del día. Luego sólo esa vocal, pronunciada y aludida y a punto de expirar; inclinándose, abrazando, mirando fijamente. Con nuestra garra diseñó la identidad por el bien de la comida. Yos, dice, alimentándonos, los adoro, lo saben bien. Como un niño soplando desde un árbol, decidimos que esto lo arreglaba todo, que éramos libres. Nos preparábamos para el futuro de manera incesante”. Que de ahí, de esa lucita original, las páginas nos conduzcan por una serie de textos que igual pueden responder al nombre de poemas, cartas, confesiones, proyectos, traducciones, lamentos, utopías, o ensayos, no es extraño del todo en una poeta que se ha asociado a la experimentación con los límites del lenguaje, igualmente influenciada por los así llamados language poets (especialmente Leslie Scalapino y Lyn Hejinian) que por la enunciación peculiar del latín cuando se incorpora a las iteraciones del inglés. Algunos de los textos de su látigo del alma, de hecho, son re-escrituras o intervenciones directas a textos de, entre otros, Lucrecio. Pero ésta no es la escritura de una experta en los clásicos (a la manera de Anne Carson, por ejemplo), sino más bien de alguien a quien le interesa ver a través de otra lengua, construirse a través de otras enunciaciones, y ante todo fabricar un léxico desde su presente para su presente. Erudita es una palabra que aparece con frecuencia en las críticas de su poesía, pero también respladenciente. Aquí apenas una sección del inicio de este libro que recoge textos publicados en los últimos 15 años de su producción.
EDUCACIÓN TEMPRANA
(Diseñé mi propia pasividad. Te la presento por mi cara, por tus entrañas, y en nombre del espacio humano. Nací en una pequeña ciudad bronca, sitio de invenciones rápidas que se disolvían activamente en el cielo de acero. La ciudad era una ruina centelleante y chupada hacia arriba).
I.
las grandes virtudes son numerosas y la sabiduría tiene una magnitud risible. la circunferencia de la criatura humana es su propio testimonium, su gran resistencia mortal en tanto criatura es una puerta líquida. nuestros corazones son inteligibles. para excitarte e incitarte te contaré los modos de mi infelicidad pasada. ¿debería invocar a la necesidad o al destino? el elemento del quomodo que invoco es increíble. todos los dioses son dioses de una tumba. ¿qué es sin el predicado? cantemos para el dios que lo requiera. cantemos también para nuestros enemigos. quarem te, invocans te et inventaré credens in te: un predicado es un enemigo noble y mi fidelidad es mi propio desastre, inspirasti mihi per sentimiento humanitatem con su discurso.
(Otra versión del mismo inicio es más simple y más directo: en la larga ciencia de la sumisión es la mente la que, de una quieta manera espectacular, desabrocha los cuerpos y abre la cara).
II.
el dominante está acunado dentro de mí: ¿cómo le llamarías a eso? cuando discutimos y cuando festejamos, ¿cómo le llamarías a eso? puesto que tua quid quid se desvanece, se ha desvanecido, este quidquid que es tu nombre. todo lo que es feral en mí, cualquier ser que soy, roe mi docencia. invoco al dominio para desatarme.
no tenía enemigos, ni familiares, ni reloj. el tú dominante llenaba los senos de la enfermera y me enseñaba a beber abundantemente. te cuento de cosas que no recuerdo, sólo esto, fabulando y sorbiendo, sorbiendo y fabulando, muy similares. et cum non intellecto me obsessit, non subditus indignation, no servitude. quam sientes es mi nutriente. dominant qui est samper vivus y nada en nosotros tu creasti et realmente instavilium et immutable. quam illa intra matriz visceral? dominante mi palabra suave, ninguna memoria me pudo haber preparado para tu tierra. soy la primera amamantada entre multa, tu artificio, tu animal, chillón con sus gritos, chillón con su hambre y amoroso con su hambre y hambre.
III.
escucha a las mentirijillas humanas. el misterio dicta. recuerdo las mentirijillas de mi infancia, una mentirijilla por cada latido del corazón preparado por la tierra. ¿me conmemorará esto? ¿dominante me recuerdas? mi ego está hecho de leche, abundantes fuentes de leche, mis dominantes, mis propias, que se dedican al illuminant corpus, instructoras de los sentidos, de tal manera que les hablo en las sílabas de tu nombre dominante y como algo extra hago para ti un nido de mis muslos ordinarios, tu, forma et lege.
ergo dominant para ti tengo la fidelidad de la zorra un lechón un enemigo un nombre multum tantas fidelidades y olvidos para ti son sombras y concepto sin memoria sin vestigio sin necesidad.
--crg
Monday, July 25, 2011
Sunday, July 24, 2011
PEQUEÑA TRADUCCIÓN AÉREA
UN TRATADO MODESTO
(un ensayo sobre perspectiva para Allyson Clay)
Lisa Robertson, Lisa Robertson´s Magenta Soul Whip, 63-68.
Traducción de Cristina RiveraGarza
Era una tibia tarde de septiembre.
Me disolvía corporalmente en el aire dejando sólo mi look.
La noche estaba llena de imágenes.
A algunas era fácil hacerlas sentir piedad.
Algunas eran agudas y sospechosas; algunas crédulas y puras.
Algunas eran altaneras y amargas.
Algunas humanas.
Algunas maleables y obsequiosas.
Algunas eran alegres.
Algunas eran tímidas, solitarias y austeras.
A algunas les gustaba ser halagadas por nuestro trabajo.
Algunas sufrían cuando se les criticaba.
Algunas eran crueles en su arrogancia, débiles ante el peligro, y así.
Era una tibia tarde de septiembre y entraba en su espacialidad,
[la cual no era clásica.
Era agradable romper los cánones de la proporción.
Era agradable imaginarse su vida.
Coloqué mi cuerpo en relación a sus privacidades místicas.
No pasó nada.
Era invisible.
Mi arquitectura también era invisible y específica y vasta y
[se tambaleaba.
Mi arquitectura se tambaleaba en su completa originalidad.
La llamé lujuria cívica.
El romance de la proporción no era para mí.
Emparejé el horizonte.
Aquí estaban los particulares del ocio.
Aquí estaban los particulares de las proporciones maleables.
El verbo era el avión de la pintura.
El trabajo del pintor es horizontal.
Miré en contra de la historia, y en contra también de la poesía.
Miré en contra del espacio que es.
Lo que alcanza una dama debe exceder a su alcance.
Una dama debe exceder su espacio o tambalearse.
Tambalearse era bueno.
Esta es una ecología manierista.
Era una tibia tarde de septiembre.
Contenía viejos, jóvenes, niños, matronas, niñas, animales domésticos, perros,
[aves, caballos, edificios y provincias.
Estaban organizados apropiadamente.
Mi técnica se basaba en la experiencia, no en el deseo.
Esta era una ecología de distancias.
No las podía leer de un modo bello.
¿Qué es lo que el hombro, la muñeca, el cuello, y sus varios
[puntos de flexión desean?
¿Qué es lo que quiere la flexibilidad mortal?
Como una forma de humilde ornamentación, intento
[articular transiciones.
Vi la muñeca del extranjero en la luz azucarada.
El alma está afuera.
Esa tarde, los monumentos de la ciudad se dieron a conocer por
[los movimientos de sus cuerpos.
Cada uno tenía la dignidad de sus propios movimientos.
Cada uno descansaba como oro duro y puro.
El cuidado importa mucho.
La ropa es por naturaleza pesada y cae sobre la tierra.
Quería describir la diferencia de las sensaciones.
Con gracia, las cortinas develaban a los ciudadanos
[cuando las movía el viento.
Diseñé todos estos movimientos para pintarlos.
Los cuartos se sentían pacientes, como conceptos.
No me gustaba la soledad y también la buscaba.
He pensado mucho en cómo hacer mis palabras claras en lugar de objetos de ornato.
Entonces las ventanas estaban tan maduras como los frutos que supuraban
[azúcares.
La gracia de los cuerpos, que llamamos belleza, nace de los azúcares.
Quería ver si mi cuerpo podía enmendar el espacio.
Narciso, que fue transformado en flor según los poetas, fue el inventor del
[cambio.
Algunos piensan que el azúcar le da forma al alma.
Estaba sola y hambrienta y era civil.
Me moví verticalmente en el aire dulce.
Su simplicidad o complejidad no era la mía.
Era una tibia tarde de septiembre con emociones feministas.
El movimiento se contrajo.
El aire destruía una capa del futuro.
Todavía éramos arena y grava y losas de concreto.
¿Cómo podría hablar o quejarme o gritar?
No tenía deseos de interrumpir sus ceremonias.
Buscaba el adorno de la humedad.
Necesitaba experimentar una fluidez radical.
Jugaba juegos romanos, como el amor, y el cambio.
Era una tibia tarde de septiembre y la ciudad y el cielo eran
[la misma sustancia.
Pero esa sustancia no era liberadora en sí misma.
Pedía abundancia y variedad.
Me refiero a la generosidad del pensamiento.
Debes imaginar que estaba parada frente a una ventana que me permitía ver
[todo lo que quería describir.
La utopía es tan emocional.
Y luego nos acostumbramos a eso.
Terminé este trabajo en Roma Vancouver.
Este es un tratado completamente original.
Nada era ni perfecto ni bueno.
Vi sus vidas en los hospicios que eran sus vidas.
Cada uno descansaba como oro duro y puro.
Cada una tenía la dignidad de su concepto.
Algunos permanecieron erectos, sobre un pie, dando la cara, y
[con la mano alta y los dedos felices.
En otros la cara estaba escondida, caídos los brazos, los pies juntos.
Cada uno montó su propia acción.
Algunos estaban sentados, otros sobre una rodilla, otros se acostaban.
Algunos estaban desnudos y otros medios desnudos y otros medio vestidos.
Los movimientos de la ciudad se notaban en los momentos de sus cuerpos.
El cuidado y el pensamiento importan mucho.
Aquí hablo como arquitecto.
Las ventanas se encarecieron.
Se trataba de los antiguos adornos de las cosas.
Yo sobrevolé apenas el límite del concepto.
Esto provocó una sensación de anticipación o de amor.
Narciso, quien fue transformado en una flor, fue el inventor del cambio.
Los contornos de las cosas son con frecuencia desconocidos.
Las cosas que vemos embonan sólo de vez en cuando.
Nunca tuve una experiencia unificadora del espacio.
La ciudad siempre fue un edificio de fricción.
Queríamos ser felices y elegantes en nuestro trabajo.
Lloré debido a la generosidad corpórea del siglo.
Nuestra libertad le daba miedo a la ciudad.
Solía maravillarme y, al mismo tiempo, solía sufrir.
Otras cualidades descansaban como una membrana sobre la superficie
[de lo mucho.
Y otras parpadeaban como la piel en un espejo viviente.
Dentro de la textura de la taxonomía vi sensaciones.
Mi emoción se sentía como un bulto muy apretado.
Había tantas cosas que no existían.
Esta tradición estaba basada en experimentos estéticos.
Mi técnica tenía su base en el deseo, no en la experiencia.
Había desmantelado el interior.
Escribía en la ciudad, que era una piel sobre un reloj.
Lo único que quería hacer era deformar una superficie.
Quería experimentar la mortalidad del pensamiento.
No podía percibir el espacio antes que a sus cuerpos y sus intervalos.
Los nichos seculares parpadeaban luminosamente.
El espacio era una muy buena condición de la luz corpuscular.
Fui testigo de tejidos inmateriales.
Embellecí a la antigüedad con mi carcajada.
¿Qué es la pintura sino el acto de abrazar?
Había vivido sujeta a otros, como en las pinturas.
Algunas veces diseñaba edificios de buenas proporciones en mi cabeza.
Me ocupaba con construcciones.
Estaba subdividida por el pensamiento de las cosas.
No había llenado mis órganos sensoriales.
Una pintura es tan suave con Narciso.
El elemento abarcador se tambaleaba.
¿Qué deberé hacer con mis sentidos?
--crg
UN TRATADO MODESTO
(un ensayo sobre perspectiva para Allyson Clay)
Lisa Robertson, Lisa Robertson´s Magenta Soul Whip, 63-68.
Traducción de Cristina RiveraGarza
Era una tibia tarde de septiembre.
Me disolvía corporalmente en el aire dejando sólo mi look.
La noche estaba llena de imágenes.
A algunas era fácil hacerlas sentir piedad.
Algunas eran agudas y sospechosas; algunas crédulas y puras.
Algunas eran altaneras y amargas.
Algunas humanas.
Algunas maleables y obsequiosas.
Algunas eran alegres.
Algunas eran tímidas, solitarias y austeras.
A algunas les gustaba ser halagadas por nuestro trabajo.
Algunas sufrían cuando se les criticaba.
Algunas eran crueles en su arrogancia, débiles ante el peligro, y así.
Era una tibia tarde de septiembre y entraba en su espacialidad,
[la cual no era clásica.
Era agradable romper los cánones de la proporción.
Era agradable imaginarse su vida.
Coloqué mi cuerpo en relación a sus privacidades místicas.
No pasó nada.
Era invisible.
Mi arquitectura también era invisible y específica y vasta y
[se tambaleaba.
Mi arquitectura se tambaleaba en su completa originalidad.
La llamé lujuria cívica.
El romance de la proporción no era para mí.
Emparejé el horizonte.
Aquí estaban los particulares del ocio.
Aquí estaban los particulares de las proporciones maleables.
El verbo era el avión de la pintura.
El trabajo del pintor es horizontal.
Miré en contra de la historia, y en contra también de la poesía.
Miré en contra del espacio que es.
Lo que alcanza una dama debe exceder a su alcance.
Una dama debe exceder su espacio o tambalearse.
Tambalearse era bueno.
Esta es una ecología manierista.
Era una tibia tarde de septiembre.
Contenía viejos, jóvenes, niños, matronas, niñas, animales domésticos, perros,
[aves, caballos, edificios y provincias.
Estaban organizados apropiadamente.
Mi técnica se basaba en la experiencia, no en el deseo.
Esta era una ecología de distancias.
No las podía leer de un modo bello.
¿Qué es lo que el hombro, la muñeca, el cuello, y sus varios
[puntos de flexión desean?
¿Qué es lo que quiere la flexibilidad mortal?
Como una forma de humilde ornamentación, intento
[articular transiciones.
Vi la muñeca del extranjero en la luz azucarada.
El alma está afuera.
Esa tarde, los monumentos de la ciudad se dieron a conocer por
[los movimientos de sus cuerpos.
Cada uno tenía la dignidad de sus propios movimientos.
Cada uno descansaba como oro duro y puro.
El cuidado importa mucho.
La ropa es por naturaleza pesada y cae sobre la tierra.
Quería describir la diferencia de las sensaciones.
Con gracia, las cortinas develaban a los ciudadanos
[cuando las movía el viento.
Diseñé todos estos movimientos para pintarlos.
Los cuartos se sentían pacientes, como conceptos.
No me gustaba la soledad y también la buscaba.
He pensado mucho en cómo hacer mis palabras claras en lugar de objetos de ornato.
Entonces las ventanas estaban tan maduras como los frutos que supuraban
[azúcares.
La gracia de los cuerpos, que llamamos belleza, nace de los azúcares.
Quería ver si mi cuerpo podía enmendar el espacio.
Narciso, que fue transformado en flor según los poetas, fue el inventor del
[cambio.
Algunos piensan que el azúcar le da forma al alma.
Estaba sola y hambrienta y era civil.
Me moví verticalmente en el aire dulce.
Su simplicidad o complejidad no era la mía.
Era una tibia tarde de septiembre con emociones feministas.
El movimiento se contrajo.
El aire destruía una capa del futuro.
Todavía éramos arena y grava y losas de concreto.
¿Cómo podría hablar o quejarme o gritar?
No tenía deseos de interrumpir sus ceremonias.
Buscaba el adorno de la humedad.
Necesitaba experimentar una fluidez radical.
Jugaba juegos romanos, como el amor, y el cambio.
Era una tibia tarde de septiembre y la ciudad y el cielo eran
[la misma sustancia.
Pero esa sustancia no era liberadora en sí misma.
Pedía abundancia y variedad.
Me refiero a la generosidad del pensamiento.
Debes imaginar que estaba parada frente a una ventana que me permitía ver
[todo lo que quería describir.
La utopía es tan emocional.
Y luego nos acostumbramos a eso.
Terminé este trabajo en Roma Vancouver.
Este es un tratado completamente original.
Nada era ni perfecto ni bueno.
Vi sus vidas en los hospicios que eran sus vidas.
Cada uno descansaba como oro duro y puro.
Cada una tenía la dignidad de su concepto.
Algunos permanecieron erectos, sobre un pie, dando la cara, y
[con la mano alta y los dedos felices.
En otros la cara estaba escondida, caídos los brazos, los pies juntos.
Cada uno montó su propia acción.
Algunos estaban sentados, otros sobre una rodilla, otros se acostaban.
Algunos estaban desnudos y otros medios desnudos y otros medio vestidos.
Los movimientos de la ciudad se notaban en los momentos de sus cuerpos.
El cuidado y el pensamiento importan mucho.
Aquí hablo como arquitecto.
Las ventanas se encarecieron.
Se trataba de los antiguos adornos de las cosas.
Yo sobrevolé apenas el límite del concepto.
Esto provocó una sensación de anticipación o de amor.
Narciso, quien fue transformado en una flor, fue el inventor del cambio.
Los contornos de las cosas son con frecuencia desconocidos.
Las cosas que vemos embonan sólo de vez en cuando.
Nunca tuve una experiencia unificadora del espacio.
La ciudad siempre fue un edificio de fricción.
Queríamos ser felices y elegantes en nuestro trabajo.
Lloré debido a la generosidad corpórea del siglo.
Nuestra libertad le daba miedo a la ciudad.
Solía maravillarme y, al mismo tiempo, solía sufrir.
Otras cualidades descansaban como una membrana sobre la superficie
[de lo mucho.
Y otras parpadeaban como la piel en un espejo viviente.
Dentro de la textura de la taxonomía vi sensaciones.
Mi emoción se sentía como un bulto muy apretado.
Había tantas cosas que no existían.
Esta tradición estaba basada en experimentos estéticos.
Mi técnica tenía su base en el deseo, no en la experiencia.
Había desmantelado el interior.
Escribía en la ciudad, que era una piel sobre un reloj.
Lo único que quería hacer era deformar una superficie.
Quería experimentar la mortalidad del pensamiento.
No podía percibir el espacio antes que a sus cuerpos y sus intervalos.
Los nichos seculares parpadeaban luminosamente.
El espacio era una muy buena condición de la luz corpuscular.
Fui testigo de tejidos inmateriales.
Embellecí a la antigüedad con mi carcajada.
¿Qué es la pintura sino el acto de abrazar?
Había vivido sujeta a otros, como en las pinturas.
Algunas veces diseñaba edificios de buenas proporciones en mi cabeza.
Me ocupaba con construcciones.
Estaba subdividida por el pensamiento de las cosas.
No había llenado mis órganos sensoriales.
Una pintura es tan suave con Narciso.
El elemento abarcador se tambaleaba.
¿Qué deberé hacer con mis sentidos?
--crg
Thursday, July 21, 2011
VERDE SHANGHAI
Una nota de Elmer Mendoza en su columna de El Universal sobre Verde Shanghai hoy: Cristina Rivera Garza
¿Y será que leer siempre es leer la mano?
--crg
Una nota de Elmer Mendoza en su columna de El Universal sobre Verde Shanghai hoy: Cristina Rivera Garza
¿Y será que leer siempre es leer la mano?
--crg
IN WHAT IS THE COLOR OF THE SACRED?, MICHAEL TAUSSIG RECALLS THAT "SHAMANIC SONGS THE WORLD OVER OFTEN USE ARCHAIC AND BIZARRE TERMS". THEN, HE ASKS: "COULD WE DARE THINK OF COLOR THE SAME WAY? AS THAT WHICH IS AT ODDS WITH THE NORMAL, AS THAT WHICH STRIKES A BIZARRE NOTE AND MAKES THE NORMAL COME ALIVE AND HAVE TRANSFORMATIVE POWER?" THEN, WITH A FLEETING SMILE PERHAPS, HE ADDS: "(JUST A THOUGHT)".

Wittgenstein alguna vez aseguró, de manera por demás famosa, que los colores nos invitan a filosofar.
#DiscodeNewton
-crg

Wittgenstein alguna vez aseguró, de manera por demás famosa, que los colores nos invitan a filosofar.
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Wednesday, July 20, 2011
Tuesday, July 19, 2011
EL SÍ DE YOKO ONO
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Hay varias cosas que colocaré aquí: Una alberca luminosa, por ejemplo. Mira. Es una alberca azul de grandes dimensiones que está dentro de un balneario que se construyó en 1930 cerca de una costa. Poseo el cartel que lo comprueba. Esta es una escalera de caracol hecha de hierro, sinuosa y angosta, sí. Desvencijada. Ruidosa. Su último escalón da a una ventana. Del otro lado de la ventana está Yoko Ono sobre una escalera de caracol sosteniendo la palabra Sí en la mano derecha, y una lupa en la mano izquierda. Es para que veas mejor, dice la lupa sin que nadie le pregunte nada. Así es como nos damos cuenta de que no es una lupa sino un lobo. En algún lado de esta escena hay una enredadera. No la vemos, eso es cierto, pero podemos aspirar su aroma. La clorofila es a veces así.
Abajo de la escalera de caracol hay otra escalera, pero ésta es de piedra. Viejas rocas. Grafito o malaquita, da lo mismo. Abajo de las piedras se yergue un teatro diminuto. Dentro del teatro, justo sobre el escenario, colocaré a un hombre de tirantes y sombrero panamá (estoy segura de que tiene dos rodillas) y a una pequeña bailarina con un vestido de tul y una diadema de insectos.
Este es el momento en que se encienden las luces. Hay murmullos. Alguien tose.
Habitantes de la casa del verano (esto lo dice una voz).
Ex-habitantes de la intemperie del otoño y de la intemperie del invierno y de la intemperie de la primavera (continúa la misma voz: grave, limpia, masculina).
Ex-intempéricos (pareciera que lo repite aunque en realidad lo dice por primera vez).
Las luces han cambiado de color y de intensidad ahora mismo. Los murmullos se expanden por la platea. Alguien tose todavía. A esto en otros lugares se le conoce como silencio.
Habitantes del siglo XIX y del siglo XXI (continúa el eco a través de varios altavoces).
Hombres y mujeres capaces de hablar en oraciones completas y cláusulas dependientes y vagones repletos de acentos.
Queridos astronautas atados a objetos flotantes que miran sin cesar una libélula mientras imaginan una cueva.
Todos los que se llaman Cuerpo de Té de Regaliz y de Menta.
Es hora de que sepan esto: Estamos a un lado de la alberca luminosa, bajo una escalera de caracol que da a una ventana por la que es posible ver el sí de Yoko Ono, y bajo una escalera de piedra sobre la que, según cálculos, se han posado algunos cientos de millones de zapatos muy viejos, para presenciar, que es otra manera de decir comulgar, con una pequeña obra de teatro.
Habitantes del verano (y aquí la voz alza la voz) toda conversación es un drama, eso se sabe. O una comedia.
Ex-intempéricos, habitantes del siglo XIX con dos rodillas y una escafandra, miren:
(y justo aquí haré aparecer el sonido de un remo o de varios remos sobre las aguas tranquilas de algo que todavía no decido si es un río o una laguna o uno de los cuatro océanos)
Este es el momento en que la bailarina avanza por el escenario dando de vueltas, una y otra vez, y otra vez y otra vez con su corto vestido de tul y su diadema. Los brazos en alto. Las piernas más resueltas. La actividad continúa sin cambio alguno hasta que, exhausta, sudorosa (el ambiente, de hecho, ha dejado de oler a clorofila para oler a sudor, un olor punzante que entra por las fosas nasales y se clava luego en los huesos), recargada ya contra los talones de los zapatos de charol del hombre de tirantes que ha puesto atención a toda la escena, sudando también, acaso exhausto de antemano, toma conciencia de lo que ha escrito con las piernas a lo largo de la pista:
DEJEN QUE TODO MUNDO EN LA CIUDAD PIENSE EN LA PALABRA SÍ POR AL MENOS 30 MINUTOS AL MISMO TIEMPO. HÁGANLO CON FRECUENCIA.*
Este es el momento en que los hago levantar los brazos y flexionar los codos y golpear una palma de la mano contra la otra. Ahora se miran, embelesados. Ahora dicen, aunque en realidad murmuran: El verano nunca había sido tan largo.
La voz, masculina y clara, regresa por los altavoces del teatro: Habitantes de las escaleras y de las piscinas luminosas (incluso aquellos disfrazados de agentes ultrasecretos o de campesinos rusos o de mujeres con trece meses de embarazo), astronautas que miran el paisaje terrestre con esa larga, oh tan dúctil, con esa atroz melancolía, todos los que se llaman Cuerpo de Vapor de Agua que Hierve, esto ha sido, en efecto, una instrucción.
Y aquí es cuando se apagan las luces y una cortina de terciopelo rojo cae con un pesado ruido sobre el escenario. Ahora un helicóptero arroja papeletas de cartón sobre una ciudad de grafito que ha estado desierta por al menos 121 años. Las papeletas contienen la palabra: Respira. Las palabras: Esto es un abrazo. ¿Es eso un bosque de taiga? Está bien, aquello es un bosque de taiga. ¿Hay alguien sobre el borde del trampolín más alto que, inmóvil, observa las aguas que brillan allá abajo? Sí, en efecto, hay alguien allá arriba, estático.
Justo en este instante haré que los relojes digan la verdad.
Ahora es cuando sonrío.
Y, sí, alguien tose.
____
*Yoko Ono, fragmento de “Let´s Piece I”, Spring 1960.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Hay varias cosas que colocaré aquí: Una alberca luminosa, por ejemplo. Mira. Es una alberca azul de grandes dimensiones que está dentro de un balneario que se construyó en 1930 cerca de una costa. Poseo el cartel que lo comprueba. Esta es una escalera de caracol hecha de hierro, sinuosa y angosta, sí. Desvencijada. Ruidosa. Su último escalón da a una ventana. Del otro lado de la ventana está Yoko Ono sobre una escalera de caracol sosteniendo la palabra Sí en la mano derecha, y una lupa en la mano izquierda. Es para que veas mejor, dice la lupa sin que nadie le pregunte nada. Así es como nos damos cuenta de que no es una lupa sino un lobo. En algún lado de esta escena hay una enredadera. No la vemos, eso es cierto, pero podemos aspirar su aroma. La clorofila es a veces así.
Abajo de la escalera de caracol hay otra escalera, pero ésta es de piedra. Viejas rocas. Grafito o malaquita, da lo mismo. Abajo de las piedras se yergue un teatro diminuto. Dentro del teatro, justo sobre el escenario, colocaré a un hombre de tirantes y sombrero panamá (estoy segura de que tiene dos rodillas) y a una pequeña bailarina con un vestido de tul y una diadema de insectos.
Este es el momento en que se encienden las luces. Hay murmullos. Alguien tose.
Habitantes de la casa del verano (esto lo dice una voz).
Ex-habitantes de la intemperie del otoño y de la intemperie del invierno y de la intemperie de la primavera (continúa la misma voz: grave, limpia, masculina).
Ex-intempéricos (pareciera que lo repite aunque en realidad lo dice por primera vez).
Las luces han cambiado de color y de intensidad ahora mismo. Los murmullos se expanden por la platea. Alguien tose todavía. A esto en otros lugares se le conoce como silencio.
Habitantes del siglo XIX y del siglo XXI (continúa el eco a través de varios altavoces).
Hombres y mujeres capaces de hablar en oraciones completas y cláusulas dependientes y vagones repletos de acentos.
Queridos astronautas atados a objetos flotantes que miran sin cesar una libélula mientras imaginan una cueva.
Todos los que se llaman Cuerpo de Té de Regaliz y de Menta.
Es hora de que sepan esto: Estamos a un lado de la alberca luminosa, bajo una escalera de caracol que da a una ventana por la que es posible ver el sí de Yoko Ono, y bajo una escalera de piedra sobre la que, según cálculos, se han posado algunos cientos de millones de zapatos muy viejos, para presenciar, que es otra manera de decir comulgar, con una pequeña obra de teatro.
Habitantes del verano (y aquí la voz alza la voz) toda conversación es un drama, eso se sabe. O una comedia.
Ex-intempéricos, habitantes del siglo XIX con dos rodillas y una escafandra, miren:
(y justo aquí haré aparecer el sonido de un remo o de varios remos sobre las aguas tranquilas de algo que todavía no decido si es un río o una laguna o uno de los cuatro océanos)
Este es el momento en que la bailarina avanza por el escenario dando de vueltas, una y otra vez, y otra vez y otra vez con su corto vestido de tul y su diadema. Los brazos en alto. Las piernas más resueltas. La actividad continúa sin cambio alguno hasta que, exhausta, sudorosa (el ambiente, de hecho, ha dejado de oler a clorofila para oler a sudor, un olor punzante que entra por las fosas nasales y se clava luego en los huesos), recargada ya contra los talones de los zapatos de charol del hombre de tirantes que ha puesto atención a toda la escena, sudando también, acaso exhausto de antemano, toma conciencia de lo que ha escrito con las piernas a lo largo de la pista:
DEJEN QUE TODO MUNDO EN LA CIUDAD PIENSE EN LA PALABRA SÍ POR AL MENOS 30 MINUTOS AL MISMO TIEMPO. HÁGANLO CON FRECUENCIA.*
Este es el momento en que los hago levantar los brazos y flexionar los codos y golpear una palma de la mano contra la otra. Ahora se miran, embelesados. Ahora dicen, aunque en realidad murmuran: El verano nunca había sido tan largo.
La voz, masculina y clara, regresa por los altavoces del teatro: Habitantes de las escaleras y de las piscinas luminosas (incluso aquellos disfrazados de agentes ultrasecretos o de campesinos rusos o de mujeres con trece meses de embarazo), astronautas que miran el paisaje terrestre con esa larga, oh tan dúctil, con esa atroz melancolía, todos los que se llaman Cuerpo de Vapor de Agua que Hierve, esto ha sido, en efecto, una instrucción.
Y aquí es cuando se apagan las luces y una cortina de terciopelo rojo cae con un pesado ruido sobre el escenario. Ahora un helicóptero arroja papeletas de cartón sobre una ciudad de grafito que ha estado desierta por al menos 121 años. Las papeletas contienen la palabra: Respira. Las palabras: Esto es un abrazo. ¿Es eso un bosque de taiga? Está bien, aquello es un bosque de taiga. ¿Hay alguien sobre el borde del trampolín más alto que, inmóvil, observa las aguas que brillan allá abajo? Sí, en efecto, hay alguien allá arriba, estático.
Justo en este instante haré que los relojes digan la verdad.
Ahora es cuando sonrío.
Y, sí, alguien tose.
____
*Yoko Ono, fragmento de “Let´s Piece I”, Spring 1960.
--crg
Tuesday, July 12, 2011
RECUÉRDAME PARA QUÉ ES LA LUZ
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Esta es una historia de amor. Es una historia de amor escrita en versos. Es una historia de amor escrita en versos que han escrito otros. La historia de amor escrita en versos escritos por otros está en traducción. La traducción (del inglés al español) la hice yo. Esta es una historia de amor que escribieron, en conjunto, Keith Waldrop y Kate Hall y Gennady Aygi y Juliana Spahr y Rae Armantrout. Pero ellos no lo saben. Esta es la historia de amor que ellos desconocen. Esta es la historia de amor de otros que compuse yo. Aunque tal vez sea al contrario o al revés o viceversa.
I. Y estábamos listos para algo nuevo./ Pensamos que avistamos tierra.
Te vi viendo tus caballos de miniatura,
tu bote modelo con su pequeño timón del capitán.
Debiste hacerte aún más pequeño para caber
en ese espacio. Yo debí hacerlo. En cierto punto
estaba en la popa y tú estabas solo
en la proa con tu caleidoscopio.
Hicimos desfilar demasiadas cosas vivas
en esos navíos diminutos. Pudimos haber creado nuevas especies
con tanto hacinamiento. Estábamos ocupados en la cubierta,
temerosos de abrir esa puerta de madera. Los leones
podrían ser los mismos viejos leones que han poblado cada sabana
y estábamos listos para algo nuevo.
Pensamos que avistamos tierra. Queríamos tierra[1].
II. Si fuera posible entender/ el peligro de caer, sin la experiencia de/ caer
Todas las acostumbradas fases del amor. El miedo
a la oscuridad se parece al miedo
a los animales. Virando un poco a la izquierda,
lejos de calles suburbanas. Profunda emoción.
Puedo predecir desagradables
eventos, aunque el miedo al dolor
raramente se menciona. Damas con velos en
palacios protegidos, intercambiando cartas.
Si fuera posible entender
el peligro de caer, sin la experiencia de
caer, su efecto manifiesto
en el alma. Oculta bajo la manga, la ansiedad.
El sacrificio previsto es eventualmente
sostenido en otro sitio. La fotografía puramente imaginaria
de la persona cuyo velo se mantiene
sobre la mente. Los mensajeros van y vienen.
La voz de una muchacha canta
del otro lado de la pared. El sobresalto, el llanto
y los movimientos difusos. Padezco una nerviosismo
constitucional en cuestión de fuegos.
Sin una visión real del objeto
amado. Esparcido
sobre sofás, vistiendo ropas indecentes. Marca
en tu memoria este insomnio [2].
III. Luego entonces y por consiguiente/ ya en la eternidad
a veces—pensamos: amor
(y sin embargo sólo hay silencio):
parece un círculo único—de luz—y quietud
para nadie—desde hace tanto:
ya—con nosotros—¡distante!
así que ahora con todo el verano ya
(y todavía más hasta el otoño)
tú—como algo no visto—en la abierta blancura
¡en el brillo despreocupado!
y viviendo tal vida (si la recuerdo como acción)
mirando acaso ciegamente
sé (como siento las heridas de los niños)
que sí: un poco
al pasar:jugar—a través de la vida
tú—como cierto círculo
(de las distancias como distancia)
como un débil "dios" en la mente (y luego entonces y por consiguiente
ya en la "eternidad")—eres adorable[3] .
IV. El alma/ está haciendo demasiadas preguntas
Queridos ocupantes del bosque de los cerillos,
estamos haciéndonos más altos. Enciendo la carne asada de mi amigo
al rozar una simple idea contra
mi paisaje visible. Ocupantes,
sé que están pensando
si dejamos las ramas con las hojas
podrían crecer hasta ser lo suficientemente grandes
para que nuestros autobuses pasen a través de ellas.
Pero esto tomaría un tiempo que tal vez
no tengamos. El mundo
se está reduciendo conforme el universo se expande,
y recuerden, es posible
prenderle fuego a todo eso,
y entonces hacer que produzca semillas en la ceniza.
Queridos ocupantes de las cajas de mudanza,
hay días en que olvido
que ustedes tienen que vivir también aquí, en estos cubos
de cartón, revueltos junto con lámparas
que no funcionan. Todo está etiquetado pero
como hemos usado las cajas una y otra vez, los objetos en la lista
no son los que están dentro. Así que, ocupantes, estoy perdiendo
la fe. Los que me ayudan a mudarme están en movimiento también.
Ustedes han visto que se puede inundar un sótano.
He buscado a Santo Tomás como uno buscaría
a un plomero. Y sufro de mareos.
Recuérdenme que vivo aquí, aún si
no vivo. Dejen que se pierda la arquitectura.
Si la luna debe ser un péndulo,
dejen que el reflejo permanezca inmóvil.
Queridos ocupantes del tiempo y del espacio,
sujetos a leyes causales, estoy escapando
a través de una ventana rota,
allá donde las estrellas están, viendo hacia adentro
de mí a través de mí. Hace frío.
Estos son regalos más bien extraños. A mi amigo le di
hipotermia. Llevábamos puestos trajes de astronauta
atados por cuerdas atadas a
objetos flotantes. Le pasé los cristales de hielo
a través de esta composición. Ocupantes, el alma
está haciendo demasiadas preguntas. Quiere
saber si tiene una bella forma. Y no
sé qué responderle[4] .
V. Y hablamos todo el día porque amábamos
Pusimos nuestras cabezas sobre una almohada estrecha, sobre una piedra, sobre una estrecha almohada de piedra, y hablamos todo el día porque amábamos.
Amábamos el arroyo.
Y éramos del arroyo.
Y no podíamos no amar porque llegamos al banco del arroyo y empezamos a respirar y el arroyo era variado y estaba lleno de información y cambió nuestros cuerpos con sus podridas con su frío con su limpio con su mugriento con sus hojas caídas con sus cosas que muerden las orillas de la piel con sus hojas con su arena y su sucio y con su olor acre a veces con sus secas y espinosas con su calidez con su blando y húmedo con sus piedras planas y duras al fondo con sus líneas del horizonte de las lomas apacibles con su oscuridad con su luz veteada con el zumbido de las cigarras con sus trinos de pájaros[5] .
VI. Los años; la/ maleza
Conocemos la historia.
Ella se vuelve
atrás para encontrar su rastro
devorado por los pájaros.
Los años; la
maleza.
[1] Kate Hall, "Estamos ocupados escribiendo animales", El sueño de la certeza, 11.
[2] Keith Waldrop, "Un invierno involuntario", Estudios trascendentales. Una triología.
[3] Gennady Aygi, ", “Phlox (Y: acerca de un cambio)”, Campo-Rusia, Trans. from chuvash by Peter France
[4] Kate Hall, "Recuérdenme para qué es la luz", El sueño de la certeza, 33-34.
[5] Juliana Sphar, "Sé amable ahora, no rompas más corazones", Tarpaulin Sky V3n2, Summer05.
[6] Rae Armantrout, “Generación”, Velo: Poemas nuevos y seleccionados.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Esta es una historia de amor. Es una historia de amor escrita en versos. Es una historia de amor escrita en versos que han escrito otros. La historia de amor escrita en versos escritos por otros está en traducción. La traducción (del inglés al español) la hice yo. Esta es una historia de amor que escribieron, en conjunto, Keith Waldrop y Kate Hall y Gennady Aygi y Juliana Spahr y Rae Armantrout. Pero ellos no lo saben. Esta es la historia de amor que ellos desconocen. Esta es la historia de amor de otros que compuse yo. Aunque tal vez sea al contrario o al revés o viceversa.
I. Y estábamos listos para algo nuevo./ Pensamos que avistamos tierra.
Te vi viendo tus caballos de miniatura,
tu bote modelo con su pequeño timón del capitán.
Debiste hacerte aún más pequeño para caber
en ese espacio. Yo debí hacerlo. En cierto punto
estaba en la popa y tú estabas solo
en la proa con tu caleidoscopio.
Hicimos desfilar demasiadas cosas vivas
en esos navíos diminutos. Pudimos haber creado nuevas especies
con tanto hacinamiento. Estábamos ocupados en la cubierta,
temerosos de abrir esa puerta de madera. Los leones
podrían ser los mismos viejos leones que han poblado cada sabana
y estábamos listos para algo nuevo.
Pensamos que avistamos tierra. Queríamos tierra[1].
II. Si fuera posible entender/ el peligro de caer, sin la experiencia de/ caer
Todas las acostumbradas fases del amor. El miedo
a la oscuridad se parece al miedo
a los animales. Virando un poco a la izquierda,
lejos de calles suburbanas. Profunda emoción.
Puedo predecir desagradables
eventos, aunque el miedo al dolor
raramente se menciona. Damas con velos en
palacios protegidos, intercambiando cartas.
Si fuera posible entender
el peligro de caer, sin la experiencia de
caer, su efecto manifiesto
en el alma. Oculta bajo la manga, la ansiedad.
El sacrificio previsto es eventualmente
sostenido en otro sitio. La fotografía puramente imaginaria
de la persona cuyo velo se mantiene
sobre la mente. Los mensajeros van y vienen.
La voz de una muchacha canta
del otro lado de la pared. El sobresalto, el llanto
y los movimientos difusos. Padezco una nerviosismo
constitucional en cuestión de fuegos.
Sin una visión real del objeto
amado. Esparcido
sobre sofás, vistiendo ropas indecentes. Marca
en tu memoria este insomnio [2].
III. Luego entonces y por consiguiente/ ya en la eternidad
a veces—pensamos: amor
(y sin embargo sólo hay silencio):
parece un círculo único—de luz—y quietud
para nadie—desde hace tanto:
ya—con nosotros—¡distante!
así que ahora con todo el verano ya
(y todavía más hasta el otoño)
tú—como algo no visto—en la abierta blancura
¡en el brillo despreocupado!
y viviendo tal vida (si la recuerdo como acción)
mirando acaso ciegamente
sé (como siento las heridas de los niños)
que sí: un poco
al pasar:jugar—a través de la vida
tú—como cierto círculo
(de las distancias como distancia)
como un débil "dios" en la mente (y luego entonces y por consiguiente
ya en la "eternidad")—eres adorable[3] .
IV. El alma/ está haciendo demasiadas preguntas
Queridos ocupantes del bosque de los cerillos,
estamos haciéndonos más altos. Enciendo la carne asada de mi amigo
al rozar una simple idea contra
mi paisaje visible. Ocupantes,
sé que están pensando
si dejamos las ramas con las hojas
podrían crecer hasta ser lo suficientemente grandes
para que nuestros autobuses pasen a través de ellas.
Pero esto tomaría un tiempo que tal vez
no tengamos. El mundo
se está reduciendo conforme el universo se expande,
y recuerden, es posible
prenderle fuego a todo eso,
y entonces hacer que produzca semillas en la ceniza.
Queridos ocupantes de las cajas de mudanza,
hay días en que olvido
que ustedes tienen que vivir también aquí, en estos cubos
de cartón, revueltos junto con lámparas
que no funcionan. Todo está etiquetado pero
como hemos usado las cajas una y otra vez, los objetos en la lista
no son los que están dentro. Así que, ocupantes, estoy perdiendo
la fe. Los que me ayudan a mudarme están en movimiento también.
Ustedes han visto que se puede inundar un sótano.
He buscado a Santo Tomás como uno buscaría
a un plomero. Y sufro de mareos.
Recuérdenme que vivo aquí, aún si
no vivo. Dejen que se pierda la arquitectura.
Si la luna debe ser un péndulo,
dejen que el reflejo permanezca inmóvil.
Queridos ocupantes del tiempo y del espacio,
sujetos a leyes causales, estoy escapando
a través de una ventana rota,
allá donde las estrellas están, viendo hacia adentro
de mí a través de mí. Hace frío.
Estos son regalos más bien extraños. A mi amigo le di
hipotermia. Llevábamos puestos trajes de astronauta
atados por cuerdas atadas a
objetos flotantes. Le pasé los cristales de hielo
a través de esta composición. Ocupantes, el alma
está haciendo demasiadas preguntas. Quiere
saber si tiene una bella forma. Y no
sé qué responderle[4] .
V. Y hablamos todo el día porque amábamos
Pusimos nuestras cabezas sobre una almohada estrecha, sobre una piedra, sobre una estrecha almohada de piedra, y hablamos todo el día porque amábamos.
Amábamos el arroyo.
Y éramos del arroyo.
Y no podíamos no amar porque llegamos al banco del arroyo y empezamos a respirar y el arroyo era variado y estaba lleno de información y cambió nuestros cuerpos con sus podridas con su frío con su limpio con su mugriento con sus hojas caídas con sus cosas que muerden las orillas de la piel con sus hojas con su arena y su sucio y con su olor acre a veces con sus secas y espinosas con su calidez con su blando y húmedo con sus piedras planas y duras al fondo con sus líneas del horizonte de las lomas apacibles con su oscuridad con su luz veteada con el zumbido de las cigarras con sus trinos de pájaros[5] .
VI. Los años; la/ maleza
Conocemos la historia.
Ella se vuelve
atrás para encontrar su rastro
devorado por los pájaros.
Los años; la
maleza.
[1] Kate Hall, "Estamos ocupados escribiendo animales", El sueño de la certeza, 11.
[2] Keith Waldrop, "Un invierno involuntario", Estudios trascendentales. Una triología.
[3] Gennady Aygi, ", “Phlox (Y: acerca de un cambio)”, Campo-Rusia, Trans. from chuvash by Peter France
[4] Kate Hall, "Recuérdenme para qué es la luz", El sueño de la certeza, 33-34.
[5] Juliana Sphar, "Sé amable ahora, no rompas más corazones", Tarpaulin Sky V3n2, Summer05.
[6] Rae Armantrout, “Generación”, Velo: Poemas nuevos y seleccionados.
--crg
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