INYECTARSE AGUA HELADA
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
De Allan Sillitoe a Haruki Murakami, existen bastantes y muy famosas obras que conectan el acto de correr, especialmente distancias muy largas, con el acto de escribir, especialmente obras de ficción elaboradas en prosa, pero son en definitiva menos aquellos que se han encargado de crear puentes que van de la brazada y la oración. De entre ellos, pocos han sabido navegar mejor esas aguas que van de la orilla de la poesía ala orilla de la natación como el poeta argentino Héctor Viel Temperley. No es una casualidad que al menos dos de sus obras lleven en sus títulos alusiones directas al acto de nadar: El nadador (1967) yCrawl (1982). Le debo a un joven amigo las siguientes citas tomadas de una entrevista en que el poeta argentino surca al revés y al derecho el líquido de la poesía. Aquí un muy clarividente Temperley reflexiona sobre los movimientos a los que obliga el ejercicio de la natación y la estructura de una estrofa: “Termino explicando cómo se nada, cómo poner una mano al nadar... Pero descubro que para escribir Crawl tengo que aprender a rezar, y empiezo a tener una relación distinta con la oración y con el aliento. Y al fin de todo consigo mencionarlo como ‘éste’ o ‘ese’, con minúsculas, porque en aquel momento de mi vida espiritual hubiera sido una mentira poner reiteradamente ‘Jesucristo’. A lo largo del libro lo nombro una sola vez. Yo no era dueño de ese nombre.” Hasta aquí el aliento que va del nadar al escribir y, finalmente (¿o al inicio?), al rezar. Continúa un poco después: “Incluso trato de que las estrofas no tengan punto hasta la tercera parte, porque quería que fuera un respirar, quería que cada brazada fuera una respiración. Solamente al final, cuando habla con otros hombres, hay puntos y cortes. Pero donde es pura natación, son estrofas.” ¿Y quién que no haya nadado no sabe que esto es absolutamente cierto?
Resaltando el aquí y el ahora del cuerpo, arrebatado por la presencia del agua que es, a su manera, también el infinito, Temperley encuentra a Dios: “Soy el que nada, Señor / Soy el hombre que nada”. Y ahí, en ese medio como en ningún otro, en esa actividad eminentemente horizontal a medias entre el flotar y el caer, el cuerpo encuentra su límite: no un límite sólido que amenace y ahorque, sino una línea apenas, un pliegue que marca la diferencia de sustancia en la que el cuerpo, al hacer la diferencia, se descubre pájaro “Gracias doy a tus aguas porque en ellas / mis brazos todavía hacen ruido de alas”. El intercambio, además, es ineludible. El nadador que va hacia Dios le entrega antes su aliento al agua: “Mi cuerpo que se hunde / en transparentes ríos/ y va soltando en ellos / su aliento, lentamente, / dándoselo a aspirar a la corriente”. No por nada Tamara Kamenszain, la poeta y crítica literaria también de Argentina, hace eco de las interpretaciones que enfatizan el lado místico y visionario de Temperly al calificar a ese nado libre, a ese Crawl de 1982, sí, pero también en gran medida a toda su poesía, como “la natación de Dios”.
Cuenta Temperley en otra entrevista que, de chico, se cayó de la espalda de su madre directo a las aguas de un río. El recuerdo no le entrega al infante que chapotea con desesperación mientras sufre los primeros síntomas de la muerte por agua, sino la muy tranquilizadora imagen de un niño que “estaba sentado debajo del agua, en paz”. Más tarde, cuando el poeta precisa del líquido reparador, asegura: “quiero inyectarme un poco de agua helada”. Otorgándole el carácter de sagrado a un líquido que con frecuencia nos pasa desapercibido o tomamos como un hecho dado de nuestros días sobre el planeta Tierra, Temperley canta: “Señor, no sé quién sos, / pero solo te pido que me laves”. ¿Es posible encontrarse tan dentro de la médula misma del cuerpo como para salir expulsado de él en arranques místicos que obligan a repetir el estribillo aquél: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”? La respuesta de Temperley es que eso es posible con y dentro de la poesía, claro que sí. Naturalmente.
Aún la más somera revisión de la poesía de Temperley revela que el argentino sabía, sin duda, que a la alberca, como al templo o al altar, se va a guardar silencio en franca actitud de reverencia. Sabía que el ajetreo de los miembros bajo el agua nos devuelve cierta experiencia del tiempo ido, ese pasado ancestral en que nos debatimos dentro de la posibilidad misma de los animales. Sabía que la agitación del aliento es un mero dar y recibir, recibir y dar, que va al corazón tenso del agua. Sabía que una brazada es una medida de la respiración, así como lo es también, en sus momentos más felices, el verso. Cualquier verso. Lo sabía Viel Temperley tanto como Myriam Moscona luego de él, en un título que busca el eco: El que nada (Era, 2006). Dice la poeta mexicana que trabaja por igual con el español y con el ladino de origen búlgaro sefardí: “me oigo respirar / al comienzo de todo/ voy hacia el regreso”. El trance, esa travesía hipnótica que supone todo nado, también conduce a las preguntas máximas: “voy en la superficie azul / (lo borroso) / conforme avanzo/ oigo una voz// ¿es lo arrepentido? // ¿seré yo / quien perdona / o soy / lo perdonado?”.
Mientras lo averiguamos, es menester poner atención a ese rítmico batir de brazos. Si esto no funciona, siempre queda la solución del agua helada. Esa brutal inyección sagrada.
--crg




