EL ESPEJO RETROVISOR
Era difícil saber si intentaba matarse o si, cual quijote contemporáneo, pretendía que su escoba de ramas fuera en realidad capaz de enfrentar, con éxito, a la marabunta de coches matutinos. La luz de invierno y el impecable cielo azul le otorgaban a la escena un aura de irrealidad. ¿Había de verdad un hombre de cabello enmarañado y gesto adusto barriendo algo que sólo él podía ver en el carril izquierdo de una vía de alta velocidad? No logré escuchar lo que le decía al aire. Esquivé, eso sí, la escoba y la materia que, invisible, diseminaba sobre el pavimento. El espejo retrovisor, que reflejaba su espalda, me dijo que todo eso había sido real.
--crg
Thursday, November 30, 2006
Tuesday, November 28, 2006
LA MANO OBLICUA
Columna martiana (porque sale cada martes) en la sección de cultura del periódico mexicano Milenio.
ELOGIO A LA SINIESTRA (QUE ES CON LA QUE ESCRIBO)
[para Maricruz Castro, quien me ha convencido de que Alfonso Reyes vive en mi inconsciente]
“¿Estamos seguros de que la mano valga menos que el cerebro o el corazón?”, se preguntaba no hace mucho Don Alfonso Reyes en ese cuento-ensayo-post (antes de que existieran)-cosa-maravillosa que es “La mano del comandante Aranda”. Me siento tentada a apostar la diestra, y también la siniestra, que es con la que escribo, a que no estamos seguros de eso en absoluto. En todo caso: sé que no lo estoy. La mano hace. Al contrario del cerebro o, incluso, del corazón, la mano existe en su concreto hacer. Material y, para colmo, femenina, la mano no puede escapar del aquí y ahora que la funda. Por eso la mano es lo mismo que la escritura. Y eso, que yo sepa, vale más que el cerebro y que el corazón, y más que las dos cosas juntas.
En clara (y expresa) referencia a Maupassant y Nerval, Reyes se lanza en delirante persecución de esa diestra que, amputada del cuerpo del comandante Benjamín Aranda en acción de guerra, hace de las suyas en casa. No sólo le crecen las uñas, razón por la cual hay que contratar a la manicura, sino que, a medida que cobra más conciencia de sí, adquiere una independencia (que a otros les parecerá ingobernabilidad) y un carácter tan propios que casi se convence de que es una persona, “un inventor de su propia conducta”. Ahí anda La Diestra, pues, captando “formas fugitivas”, cambiando cosas de sitio o rompiendo ventanas sin obedecer a nadie, burlona y traviesa. Porque eso también es la mano: la algarabía del hacer que se hace a sí mismo. Esa extraña especie de humor. No por nada La Diestra del comandante “pellizcaba las narices de las visitas, abofeteaba en la puerta a los cobradores, se quedaba inmóvil, “haciendo el muerto”, para dejarse contemplar por los que aún no la conocían, y de repente les hacía una señal obscena”. No hace falta decirlo pero lo digo: la mano pronto se volvió incómoda. La familia se desmoralizó frente a su quehacer constante: el manco caía en extremos de melancolía, la señora se hizo recelosa y asustadiza, los hijos se volvieron negligentes. Porque la mano, cuando es mano de a de veras, también puede causar eso: incomodidad, zozobra, duda extrema ¿Y qué más importante para la creación que salir de nuestros lugares favorables y ventajosos? ¿Qué mejor definición de la escritura (que es pura crítica) que la mismísima incomodidad?
También eso me gusta de la mano: su radical materialidad, sí, su quehacer y su travesura, por supuesto, pero, por sobre todas las cosas, ese movimiento continuo que le impide embonar. Su don, digámoslo así, de la oblicuidad: esa manera sinuosa y descreída de posarse sobre el mundo como si no existiera el plano frontal. Ver como uno ve cuando ve de lado: yéndose, o a punto. La fuga que eso implica: la mano cuando rebana el aire y dice adiós. Me gusta, quiero decir, que la mano se meta en todo (sin pedir permiso) y que, muy en el tenor de Deleuze, pueda preguntarse o se pregunte: “¿Por qué no tendría yo derecho a hablar de medicina sin ser médico si hablo de ella como un perro? ¿Por qué no podría hablar de la droga sin ser drogadicto si hablo de ella como un pájaro? ¿Por qué no podría inventar un discurso sobre cualquier cosa, incluso aunque se trate de un discurso completamente irreal o artificial, sin que se me tengan que reclamar los títulos que para ello me autorizan?".
En contra de los pensamientos que aspiran a convertirse en jueces de lo pensado, elitistas por vocación y jerarquizadores por mero instinto de réplica, autor-izadores por gracia del poder que buscan ejercer, si es posible con violencia, Deleuze (y la mano de Deleuze) pasa a apoyar el pensamiento que se hace en términos de incertidumbre e improbabilidad. Un pensar no especializado ni especializador; un pensar que busca el punto de fuga que es, con frecuencia, el punto del placer; un pensar que es un pensar-con-otro, en su contra, y de vuelta. Un pensar que es, en verdad, un tocar y, aún más, un tocar por dentro. Un pensar que no avanza en dirección a la identidad (yo soy esto) sino en contrachoque a la identificación (yo deseo ser lo otro).
Lo confieso, pues, y así termino: yo deseo ser mi mano. Aunque, al contrario de Reyes que elogia a La Diestra, yo deseo ser mi mano izquierda. Mi propia siniestra. Todavía no creo, como lo creía Don Alfonso, que la Siniestra sea la mano femenina del binomio (tan "lenta" ella, tan llena de "virtudes prehistóricas"). En todo caso, y en esto sí coincido por completo con este habitante de mi inconscinete, es una verdadera suerte, sobre todo en estos tiempos, que “no tengamos dos manos derechas”.
--crg
Columna martiana (porque sale cada martes) en la sección de cultura del periódico mexicano Milenio.
ELOGIO A LA SINIESTRA (QUE ES CON LA QUE ESCRIBO)
[para Maricruz Castro, quien me ha convencido de que Alfonso Reyes vive en mi inconsciente]
“¿Estamos seguros de que la mano valga menos que el cerebro o el corazón?”, se preguntaba no hace mucho Don Alfonso Reyes en ese cuento-ensayo-post (antes de que existieran)-cosa-maravillosa que es “La mano del comandante Aranda”. Me siento tentada a apostar la diestra, y también la siniestra, que es con la que escribo, a que no estamos seguros de eso en absoluto. En todo caso: sé que no lo estoy. La mano hace. Al contrario del cerebro o, incluso, del corazón, la mano existe en su concreto hacer. Material y, para colmo, femenina, la mano no puede escapar del aquí y ahora que la funda. Por eso la mano es lo mismo que la escritura. Y eso, que yo sepa, vale más que el cerebro y que el corazón, y más que las dos cosas juntas.
En clara (y expresa) referencia a Maupassant y Nerval, Reyes se lanza en delirante persecución de esa diestra que, amputada del cuerpo del comandante Benjamín Aranda en acción de guerra, hace de las suyas en casa. No sólo le crecen las uñas, razón por la cual hay que contratar a la manicura, sino que, a medida que cobra más conciencia de sí, adquiere una independencia (que a otros les parecerá ingobernabilidad) y un carácter tan propios que casi se convence de que es una persona, “un inventor de su propia conducta”. Ahí anda La Diestra, pues, captando “formas fugitivas”, cambiando cosas de sitio o rompiendo ventanas sin obedecer a nadie, burlona y traviesa. Porque eso también es la mano: la algarabía del hacer que se hace a sí mismo. Esa extraña especie de humor. No por nada La Diestra del comandante “pellizcaba las narices de las visitas, abofeteaba en la puerta a los cobradores, se quedaba inmóvil, “haciendo el muerto”, para dejarse contemplar por los que aún no la conocían, y de repente les hacía una señal obscena”. No hace falta decirlo pero lo digo: la mano pronto se volvió incómoda. La familia se desmoralizó frente a su quehacer constante: el manco caía en extremos de melancolía, la señora se hizo recelosa y asustadiza, los hijos se volvieron negligentes. Porque la mano, cuando es mano de a de veras, también puede causar eso: incomodidad, zozobra, duda extrema ¿Y qué más importante para la creación que salir de nuestros lugares favorables y ventajosos? ¿Qué mejor definición de la escritura (que es pura crítica) que la mismísima incomodidad?
También eso me gusta de la mano: su radical materialidad, sí, su quehacer y su travesura, por supuesto, pero, por sobre todas las cosas, ese movimiento continuo que le impide embonar. Su don, digámoslo así, de la oblicuidad: esa manera sinuosa y descreída de posarse sobre el mundo como si no existiera el plano frontal. Ver como uno ve cuando ve de lado: yéndose, o a punto. La fuga que eso implica: la mano cuando rebana el aire y dice adiós. Me gusta, quiero decir, que la mano se meta en todo (sin pedir permiso) y que, muy en el tenor de Deleuze, pueda preguntarse o se pregunte: “¿Por qué no tendría yo derecho a hablar de medicina sin ser médico si hablo de ella como un perro? ¿Por qué no podría hablar de la droga sin ser drogadicto si hablo de ella como un pájaro? ¿Por qué no podría inventar un discurso sobre cualquier cosa, incluso aunque se trate de un discurso completamente irreal o artificial, sin que se me tengan que reclamar los títulos que para ello me autorizan?".
En contra de los pensamientos que aspiran a convertirse en jueces de lo pensado, elitistas por vocación y jerarquizadores por mero instinto de réplica, autor-izadores por gracia del poder que buscan ejercer, si es posible con violencia, Deleuze (y la mano de Deleuze) pasa a apoyar el pensamiento que se hace en términos de incertidumbre e improbabilidad. Un pensar no especializado ni especializador; un pensar que busca el punto de fuga que es, con frecuencia, el punto del placer; un pensar que es un pensar-con-otro, en su contra, y de vuelta. Un pensar que es, en verdad, un tocar y, aún más, un tocar por dentro. Un pensar que no avanza en dirección a la identidad (yo soy esto) sino en contrachoque a la identificación (yo deseo ser lo otro).
Lo confieso, pues, y así termino: yo deseo ser mi mano. Aunque, al contrario de Reyes que elogia a La Diestra, yo deseo ser mi mano izquierda. Mi propia siniestra. Todavía no creo, como lo creía Don Alfonso, que la Siniestra sea la mano femenina del binomio (tan "lenta" ella, tan llena de "virtudes prehistóricas"). En todo caso, y en esto sí coincido por completo con este habitante de mi inconscinete, es una verdadera suerte, sobre todo en estos tiempos, que “no tengamos dos manos derechas”.
--crg
Tuesday, November 21, 2006
LA MANO OBLICUA
La mano que muestra la palma, casi.
La mano como paisaje.
La mano, de cinco dedos, que dice adiós.
La mano, trémula.
La mano mi mano tu mano.
La mano que corta los ladrillos en dos.
La mano distante.
La mano que jala las trenzas, traviesa.
La mano con guante de seda.
Muy pronto, la mano
oblicua ella.
--crg
La mano que muestra la palma, casi.
La mano como paisaje.
La mano, de cinco dedos, que dice adiós.
La mano, trémula.
La mano mi mano tu mano.
La mano que corta los ladrillos en dos.
La mano distante.
La mano que jala las trenzas, traviesa.
La mano con guante de seda.
Muy pronto, la mano
oblicua ella.
--crg
LO QUE ELLA VE O DE PORQUE, AUNQUE DESEARÍA MANTENER UN DIGNO SILENCIO, OPTO POR GATEAR
[texto elaborado para la presentación de la exposición de fotografías del Manicomio General la Castañeda, que se inaugurará el jueves 23 de noviembre, a las 19:00 hrs., en las instalaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia en su sede de Tlalpan]
[a la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina, quien me hizo recordar el pasaje de los dientes en el texto de Bolaño, una tarde de miércoles, en San Juan]
GATEAR
Viajar enferma, decía Roberto Bolaño en un texto acerca de la enfermedad, o para ser más precisos, en un texto acerca de la enfermedad más la literatura, de cuya suma, como se sabe, sólo puede resultar más enfermedad. Es más sano, estoy de acuerdo, quedarse en casa durante el invierno y quitarse la bufanda únicamente en el verano. Es más sano decir esto o aquello, contextualizar, argumentar con mesura. Saber, o aparentar saber. Es más sano no respirar, en efecto. Es más sano, infinitamente más sano, irrebatiblemente más sano, no ver las fotografías de un manicomio. ¿Para qué habría de hacer uno algo así? Y, ya hecho (porque uno, ya por error o por distracción o por simple costumbre o debido a una invitación a veces hace cosas así, claro está) pero ya hecho, pues, ¿qué hace uno con lo ya visto? “Lo mejor que uno puede hacer en un manicomio”, escribió también Bolaño en ese mismo texto sobre la enfermedad y la literatura que no es otra cosa más que pura enfermedad, “lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia” .
Sería un tanto ridículo que, invitada como vengo ahora para hablar sobre las fotografías del Manicomio General La Castañeda, reunidas o rescatadas o en todo caso vistas por la mirada sagaz y meticulosa de José Rojas Loa, me dedicara yo hoy a guardar, como lo sugería Bolaño, un digno silencio o, vamos, hasta un silencio más o menos digno. La posibilidad, he de aceptarlo, me pasó por la cabeza y, aún aquí, o especialmente aquí, rodeada de estas imágenes, me sigue pasando por la cabeza: la posibilidad de anunciarles, de la manera menos dramática posible, que he aceptado esta invitación para discurrir, con mesura y sapiencia de ser posible, sobre las fotografías de la Castañeda para hacer, en su lugar, lo que se debe hacer frente a las imágenes de estos hombres y mujeres que, hace años—hace no tantos años, de hecho—fueron diagnosticados como enfermos, como enfermos mentales, y estuvieron, por lo tanto, recluidos en un manicomio al que, por razones que todavía no entiendo, me he dedicado a estudiar los últimos 8 o 10 o 13 años de mi vida. Estoy aquí, les iba yo a anunciar sin dramatismo alguno pero, eso sí, muy de acuerdo a esa idea vertiginosa que pasó, que no deja de pasar, una y otra vez por la cabeza, estoy aquí para hacer lo único digno, lo único justo, lo único sensato: guardar silencio.
Pero ya dije que hacer eso sería un tanto ridículo, o que al menos a mí, en estas circunstancias, me resultaría un tanto ridículo, puesto que si de mantener silencio se trata, o se tratara, ya tengo yo toda mi casa o mi oficina o, incluso, el teléfono. Sólo me queda, pues, una alternativa honesta: gatear. O dos alternativas: gatear y observar, al mismo tiempo, el gateo de mis compañeros de desgracia. Gatear que quiere decir caer de rodillas y tocar el suelo con las manos. Gatear que no es, como el caminar, un movimiento sano y articulado y vertical. Gatear que es retroceder en el tiempo, invadir la infancia o la sinrazón. Balbucir. Trastabillar. Gatear que, aunque sin usar esas palabras, es lo que nos aconsejaba hacer también Susan Sontag frente a las imágenes del dolor. Gatear que es quebrarse, entiéndase. Decir: Aquí. Decir: Duele. Repetirlo. Gatear que significa no me levantaré. Que es escribir, gatear. Tú ganas. Entiéndase.
DIENTES
En el mismo texto sobre la enfermedad, Bolaño habla, por supuesto, de los dientes. De la pérdida de sus dientes. De la manera en que los fue dejando, como las miguitas de Hansel y Gretel, en diferentes países. Porque viajar, Bolaño tenía razón, Baudelaire tenía razón, viajar enferma. Salir de casa, andar a la intemperie, olvidarse de la bufanda o el paraguas, todo eso enferma. Andar por la cabeza, sentarse frente a un volante, ver el mundo a través de un parabrisas, aceptar invitaciones para hablar sobre algo de lo que es imposible o indigno hablar, todo eso enferma. Como no puedo mantener el silencio sugerido frente a las fotografías de la Castañeda, permítaseme, ahora, gatear entre esos dientes careados o caídos, en todo caso, desechos. Permítaseme pasar la lengua por las encías y llamar la atención sobre esas ruinas o, con mayor precisión, sobre los espacios donde deberían estar o haber estado esas ruinas. Ahí está la enfermedad: la locura se encuentra, por supuesto, en los dientes. Todo lo demás es metafísica.
A TRAVÉS
Es la imagen de una mujer de falda larga y cabello largo y largos brazos. La mujer se parece a la actriz mexicana Salma Hayek. Digo esto de verdad. La mujer, que se sabe vista, a punto de ser capturada por la lente de una cámara fotográfica y que ya ha sido capturada con anterioridad por la clasificación médica de una institución de la Beneficencia Pública que responde, y esto puede ser comprobado, al nombre de Manicomio General La Castañeda, extiende y flexiona esos largos brazos, las manos abiertas al final de cada uno de ellos, como si detuviera un pedazo de vidrio. Un mimo. Es el gesto de un mimo. No sé, no puedo saber, no hay manera de saber, si la mujer que se parece a la actriz mexicana Salma Hayek está, verdaderamente, detrás de un vidrio. Lo cierto es que nos mira, a todos nosotros, a través. Se preguntaba Don DeLillo en esa maravillosa novela que es The Body Artist qué tipo de mundos imposibles verían los pájaros a través de nuestras ventanas. Yo me hago la misma pregunta. ¿Qué tipo de locura o de hastío o de corrupción estará viendo, ahora mismo, esa mujer que se parece un poco a Salma Hayeck y otro tanto a ese pájaro de DeLillo que se detiene apenas en el borde de una ventana que ha decidido, por cuestión supongo de salud mental, no cruzar? Lo interesante, que no es lo mismo que lo importante, decía Delueze, es nunca dejar de preguntarse qué es lo que ella ve. Qué tipo de mundo imposible somos todos nosotros, ahora mismo, reunidos aquí. Que para eso y no para otra cosa uno observa, ahora lo sé, las fotografías de un manicomio. Para gatear, claro, y para preguntarse de manera obsesiva y enferma y literaria y repetitiva qué tipo de mundo imposible constituimos todos nosotros aquí. Ahora.
--crg
[texto elaborado para la presentación de la exposición de fotografías del Manicomio General la Castañeda, que se inaugurará el jueves 23 de noviembre, a las 19:00 hrs., en las instalaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia en su sede de Tlalpan]
[a la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina, quien me hizo recordar el pasaje de los dientes en el texto de Bolaño, una tarde de miércoles, en San Juan]
GATEAR
Viajar enferma, decía Roberto Bolaño en un texto acerca de la enfermedad, o para ser más precisos, en un texto acerca de la enfermedad más la literatura, de cuya suma, como se sabe, sólo puede resultar más enfermedad. Es más sano, estoy de acuerdo, quedarse en casa durante el invierno y quitarse la bufanda únicamente en el verano. Es más sano decir esto o aquello, contextualizar, argumentar con mesura. Saber, o aparentar saber. Es más sano no respirar, en efecto. Es más sano, infinitamente más sano, irrebatiblemente más sano, no ver las fotografías de un manicomio. ¿Para qué habría de hacer uno algo así? Y, ya hecho (porque uno, ya por error o por distracción o por simple costumbre o debido a una invitación a veces hace cosas así, claro está) pero ya hecho, pues, ¿qué hace uno con lo ya visto? “Lo mejor que uno puede hacer en un manicomio”, escribió también Bolaño en ese mismo texto sobre la enfermedad y la literatura que no es otra cosa más que pura enfermedad, “lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia” .
Sería un tanto ridículo que, invitada como vengo ahora para hablar sobre las fotografías del Manicomio General La Castañeda, reunidas o rescatadas o en todo caso vistas por la mirada sagaz y meticulosa de José Rojas Loa, me dedicara yo hoy a guardar, como lo sugería Bolaño, un digno silencio o, vamos, hasta un silencio más o menos digno. La posibilidad, he de aceptarlo, me pasó por la cabeza y, aún aquí, o especialmente aquí, rodeada de estas imágenes, me sigue pasando por la cabeza: la posibilidad de anunciarles, de la manera menos dramática posible, que he aceptado esta invitación para discurrir, con mesura y sapiencia de ser posible, sobre las fotografías de la Castañeda para hacer, en su lugar, lo que se debe hacer frente a las imágenes de estos hombres y mujeres que, hace años—hace no tantos años, de hecho—fueron diagnosticados como enfermos, como enfermos mentales, y estuvieron, por lo tanto, recluidos en un manicomio al que, por razones que todavía no entiendo, me he dedicado a estudiar los últimos 8 o 10 o 13 años de mi vida. Estoy aquí, les iba yo a anunciar sin dramatismo alguno pero, eso sí, muy de acuerdo a esa idea vertiginosa que pasó, que no deja de pasar, una y otra vez por la cabeza, estoy aquí para hacer lo único digno, lo único justo, lo único sensato: guardar silencio.
Pero ya dije que hacer eso sería un tanto ridículo, o que al menos a mí, en estas circunstancias, me resultaría un tanto ridículo, puesto que si de mantener silencio se trata, o se tratara, ya tengo yo toda mi casa o mi oficina o, incluso, el teléfono. Sólo me queda, pues, una alternativa honesta: gatear. O dos alternativas: gatear y observar, al mismo tiempo, el gateo de mis compañeros de desgracia. Gatear que quiere decir caer de rodillas y tocar el suelo con las manos. Gatear que no es, como el caminar, un movimiento sano y articulado y vertical. Gatear que es retroceder en el tiempo, invadir la infancia o la sinrazón. Balbucir. Trastabillar. Gatear que, aunque sin usar esas palabras, es lo que nos aconsejaba hacer también Susan Sontag frente a las imágenes del dolor. Gatear que es quebrarse, entiéndase. Decir: Aquí. Decir: Duele. Repetirlo. Gatear que significa no me levantaré. Que es escribir, gatear. Tú ganas. Entiéndase.
DIENTES
En el mismo texto sobre la enfermedad, Bolaño habla, por supuesto, de los dientes. De la pérdida de sus dientes. De la manera en que los fue dejando, como las miguitas de Hansel y Gretel, en diferentes países. Porque viajar, Bolaño tenía razón, Baudelaire tenía razón, viajar enferma. Salir de casa, andar a la intemperie, olvidarse de la bufanda o el paraguas, todo eso enferma. Andar por la cabeza, sentarse frente a un volante, ver el mundo a través de un parabrisas, aceptar invitaciones para hablar sobre algo de lo que es imposible o indigno hablar, todo eso enferma. Como no puedo mantener el silencio sugerido frente a las fotografías de la Castañeda, permítaseme, ahora, gatear entre esos dientes careados o caídos, en todo caso, desechos. Permítaseme pasar la lengua por las encías y llamar la atención sobre esas ruinas o, con mayor precisión, sobre los espacios donde deberían estar o haber estado esas ruinas. Ahí está la enfermedad: la locura se encuentra, por supuesto, en los dientes. Todo lo demás es metafísica.
A TRAVÉS
Es la imagen de una mujer de falda larga y cabello largo y largos brazos. La mujer se parece a la actriz mexicana Salma Hayek. Digo esto de verdad. La mujer, que se sabe vista, a punto de ser capturada por la lente de una cámara fotográfica y que ya ha sido capturada con anterioridad por la clasificación médica de una institución de la Beneficencia Pública que responde, y esto puede ser comprobado, al nombre de Manicomio General La Castañeda, extiende y flexiona esos largos brazos, las manos abiertas al final de cada uno de ellos, como si detuviera un pedazo de vidrio. Un mimo. Es el gesto de un mimo. No sé, no puedo saber, no hay manera de saber, si la mujer que se parece a la actriz mexicana Salma Hayek está, verdaderamente, detrás de un vidrio. Lo cierto es que nos mira, a todos nosotros, a través. Se preguntaba Don DeLillo en esa maravillosa novela que es The Body Artist qué tipo de mundos imposibles verían los pájaros a través de nuestras ventanas. Yo me hago la misma pregunta. ¿Qué tipo de locura o de hastío o de corrupción estará viendo, ahora mismo, esa mujer que se parece un poco a Salma Hayeck y otro tanto a ese pájaro de DeLillo que se detiene apenas en el borde de una ventana que ha decidido, por cuestión supongo de salud mental, no cruzar? Lo interesante, que no es lo mismo que lo importante, decía Delueze, es nunca dejar de preguntarse qué es lo que ella ve. Qué tipo de mundo imposible somos todos nosotros, ahora mismo, reunidos aquí. Que para eso y no para otra cosa uno observa, ahora lo sé, las fotografías de un manicomio. Para gatear, claro, y para preguntarse de manera obsesiva y enferma y literaria y repetitiva qué tipo de mundo imposible constituimos todos nosotros aquí. Ahora.
--crg
Thursday, November 16, 2006
LA BOLSA O LA VIDA
[en columna colectiva Primera Dama, sección de cultura de El Universal]
Excepto por dos o tres amigas minimasculinistas que prefieren organizar sus objetos personales en una diminuta cartera, casi todas las mujeres que conozco llevan a un costado del cuerpo, con frecuencia del lado del corazón, una bolsa. La bolsa, por más que lo parezca, no es un objeto. No es, quiero decir, sólo un objeto. La bolsa es un mundo. Cual novela total, la bolsa lo contiene todo o, en todo caso, podría. La bolsa es una historia de vida, un botiquín de primeros auxilios, una cueva prehistórica, una barrera contra el olvido, un ancla, una casa completa (con todo y puerta y ventanas), una adicción, un pequeño museo de objetos perdidos e inútiles, una caja fuerte, el mítico sombrero de un mago, la compañía más serena. Como el cuerpo cuando se sumerge en el río de la infancia, la mano que entra en el interior de la bolsa puede encontrar cualquier cosa.
Siendo todo esto, y aún más, resulta en verdad alarmante que existan tan pocos lugares diseñados exclusivamente para ella. Todo parece indicar que el mundo no es más que una proposición en contra de la bolsa. Para muestra bastan un par de botones.
Incluso en los baños públicos más limpios y funcionales, hasta en aquellos que cuentan con la repisa donde se puede colocar a un niño para cambiar su ropa interior, raro es el que cuenta con un pequeño aditamento diseñado para evitar que la bolsa toque el suelo—cosa que, como se sabe, tiene repercusiones funestas en la economía de su dueña.
En ninguno de los autos en que me he subido hasta ahora existe un lugar especial para la bolsa—y por eso termina entre los pies del copiloto o, peor, de los que viajan en el asiento trasero, o sobre un asiento vacío, su contenido desparramado al menor testereo.
En las casas sucede lo mismo. Los abrigos y los sombreros encuentran más bien con facilidad el artefacto del cual colgarán con más gloria que pena, pero no así la bolsa, que pasará sus horas hogareñas sobre una silla, a un lado de la mesa, o colgando del respaldo de la cama o, y esto es bastante frecuente, perdida (como las llaves, por cierto).
En algunos restaurantes existen muebles especiales para colgar la bolsa, pero no así en los bares ¿Se supone entonces que La Bolsa debe quedarse en casa, comportadita, mientras la delgadísima cartera se divierte de lo lindo hasta entrada la madrugada?
Las cosas son tristes en el universo de las bolsas, no cabe duda. Vamos, cuando ni en el coche diseñado por Zaha Hadid, la arquitecta irreverente ganadora del prestigiado premio Pritzker cuya retrospectiva se exhibe ahora en el Guggenheim de Nueva York, existe un espacio para la bolsa, se entiende que las cosas no sólo son tristes sino también graves.
¿De verdad ninguno de nuestros diseñadores de lo cotidiano usa bolsa? ¿Nunca han tenido amigas o madres o hermanas que les sugieran, con la cortesía del caso, que miren a su alrededor y se pongan en los zapatos o, con mayor precisión, en las bolsas de los otros, para producir el espacio donde pueda residir, aún efímeramente, el objeto? Así es, nada más ni nada menos: este es un llamado a nuestros queridos diseñadores para que hagan algo por mi bolsa, que es mi mundo, por supuesto, y será mi tumba, cual debe, y mi más allá.
--crg
[en columna colectiva Primera Dama, sección de cultura de El Universal]
Excepto por dos o tres amigas minimasculinistas que prefieren organizar sus objetos personales en una diminuta cartera, casi todas las mujeres que conozco llevan a un costado del cuerpo, con frecuencia del lado del corazón, una bolsa. La bolsa, por más que lo parezca, no es un objeto. No es, quiero decir, sólo un objeto. La bolsa es un mundo. Cual novela total, la bolsa lo contiene todo o, en todo caso, podría. La bolsa es una historia de vida, un botiquín de primeros auxilios, una cueva prehistórica, una barrera contra el olvido, un ancla, una casa completa (con todo y puerta y ventanas), una adicción, un pequeño museo de objetos perdidos e inútiles, una caja fuerte, el mítico sombrero de un mago, la compañía más serena. Como el cuerpo cuando se sumerge en el río de la infancia, la mano que entra en el interior de la bolsa puede encontrar cualquier cosa.
Siendo todo esto, y aún más, resulta en verdad alarmante que existan tan pocos lugares diseñados exclusivamente para ella. Todo parece indicar que el mundo no es más que una proposición en contra de la bolsa. Para muestra bastan un par de botones.
Incluso en los baños públicos más limpios y funcionales, hasta en aquellos que cuentan con la repisa donde se puede colocar a un niño para cambiar su ropa interior, raro es el que cuenta con un pequeño aditamento diseñado para evitar que la bolsa toque el suelo—cosa que, como se sabe, tiene repercusiones funestas en la economía de su dueña.
En ninguno de los autos en que me he subido hasta ahora existe un lugar especial para la bolsa—y por eso termina entre los pies del copiloto o, peor, de los que viajan en el asiento trasero, o sobre un asiento vacío, su contenido desparramado al menor testereo.
En las casas sucede lo mismo. Los abrigos y los sombreros encuentran más bien con facilidad el artefacto del cual colgarán con más gloria que pena, pero no así la bolsa, que pasará sus horas hogareñas sobre una silla, a un lado de la mesa, o colgando del respaldo de la cama o, y esto es bastante frecuente, perdida (como las llaves, por cierto).
En algunos restaurantes existen muebles especiales para colgar la bolsa, pero no así en los bares ¿Se supone entonces que La Bolsa debe quedarse en casa, comportadita, mientras la delgadísima cartera se divierte de lo lindo hasta entrada la madrugada?
Las cosas son tristes en el universo de las bolsas, no cabe duda. Vamos, cuando ni en el coche diseñado por Zaha Hadid, la arquitecta irreverente ganadora del prestigiado premio Pritzker cuya retrospectiva se exhibe ahora en el Guggenheim de Nueva York, existe un espacio para la bolsa, se entiende que las cosas no sólo son tristes sino también graves.
¿De verdad ninguno de nuestros diseñadores de lo cotidiano usa bolsa? ¿Nunca han tenido amigas o madres o hermanas que les sugieran, con la cortesía del caso, que miren a su alrededor y se pongan en los zapatos o, con mayor precisión, en las bolsas de los otros, para producir el espacio donde pueda residir, aún efímeramente, el objeto? Así es, nada más ni nada menos: este es un llamado a nuestros queridos diseñadores para que hagan algo por mi bolsa, que es mi mundo, por supuesto, y será mi tumba, cual debe, y mi más allá.
--crg
Wednesday, November 15, 2006
THE INNER VASTNESS OF WORDS
that thing, he says
looking at the baroque catapult that crosses the street
this thing, he claims
tense as an arrow
weeping over the moth crushed between blades
a sentimental male
a three year-old boy born through me
thrown onto the world by the grace of flesh
history, genes, metaphors, touch
explores the outer limits of language
the inner vastness of words
this thing, he says
gazing upon exactly nothing in perfect awe, still
this thing, he insists
pointing out the within
I sigh: the thing
yet unknown and ever expansive
a lake without shores
untamed by letters, grammatical rules, tenses
the realest real unabsorbed
the beyond
the thing
I sigh again, pondering
whether the thing will like to become love
just love
by the grace of flesh, history, genes, methaphor
for the sake of conjugation.
--crg
that thing, he says
looking at the baroque catapult that crosses the street
this thing, he claims
tense as an arrow
weeping over the moth crushed between blades
a sentimental male
a three year-old boy born through me
thrown onto the world by the grace of flesh
history, genes, metaphors, touch
explores the outer limits of language
the inner vastness of words
this thing, he says
gazing upon exactly nothing in perfect awe, still
this thing, he insists
pointing out the within
I sigh: the thing
yet unknown and ever expansive
a lake without shores
untamed by letters, grammatical rules, tenses
the realest real unabsorbed
the beyond
the thing
I sigh again, pondering
whether the thing will like to become love
just love
by the grace of flesh, history, genes, methaphor
for the sake of conjugation.
--crg
Tuesday, November 14, 2006
¿HABÍA, DE VERDAD, SUBIDO LA ESCALERA?
[un movimiento]
Subió las escaleras lentamente, todavía sintiendo que su garbo y su donaire le pertenecían a otro edificio. Imaginó que el dueño las había mandado traer de otro lado, desmantelando otra construcción piedra tras piedra, cuidadosamente, sólo para reconstruirla con el mismo cuidado en el nuevo espacio. ¿Se podría hacer eso en realidad? Tuvo la tentación de dejarse sorprender, pero en el mismo instante visualizaba escenarios.
Diría: qué gusto, con la voz de alguien que paseaba por las calles de una ciudad que conocía de memoria.
Diría: cuánto tiempo, con el tono neutro de una persona lejana.
También avizoró el silencio. El pasmo. La frustración inherente a las palabras que se saborean bajo la lengua sin posibilidad alguna de llegar al sonido.
O diría: ¿Cómo lograste entrar? A la defensiva, fingiendo que todo era real.
A medida que ascendía las escaleras equivocadas, seguramente traídas de otro edificio más ufano, menos decadente, se preguntaba si todo esto no era más que un invento, el resultado de su imaginación afiebraba. Y se preguntó también si esto era lo que toda la gente hacía dentro de sus propios olvidos: correr el telón de lo real y agazaparse en un lugar pequeño, un ángulo apenas, detrás de los escenarios donde todo ocurría. Sin cesar. Se repitió su nombre una y otra vez. Marina. Trataba de regresar a su cuerpo. Marina Espinosa. Sintió la lisura de la madera donde apoyaba su mano mientras subía la escalera en la cámara lenta de su cansancio. Olió el aroma de flores frescas que salía de algún cuarto. Inspeccionó la luz que se colaba desde ¿dónde? No pudo identificar la fuente, pero se fijó en las isletas luminosas que se formaban en el filo de los escalones. Su zapato horadando la mancha luminífera. Su zapato saliendo de ella.
Diría: qué sorpresa, con la voz impostada, tratando de mentir con los ojos.
O no diría nada.
Como santo Tomás, iría hasta ella para tocarla, para comprobar que no se trataba de un producto de su imaginación. Mordería la moneda de oro. Usaría el microscopio del tacto. Burlaría a su mente. Se burlaría de ella. Te descubrí. Niña con manos en la masa.
Diría: no te esperaba.
Diría: te esperaba.
Los escenarios se multiplicaban conforme subía la escalera. Los teatros enteros. Las marquesinas. Las palabras brotaban la una de la otra con reminscencias de planta, de ser vivo. Hijas de las hijas de las hijas. Todo en femenino.
Diría: ¿Cómo estás?
Y de inmediato estallaría en una carcajada jocosa, medianamente avergonzada. Si estuviera bien, si alguna de las dos estuviera bien, no estaría aquí, no estarían aquí. Un cuarto del hotel La Estrella de Choi.
Diría: ¿Dónde estás? Tratando de identificar su silueta entre la penumbra del lugar. Haciéndose presente y huyendo al mismo tiempo. Estableciendo la distancia. Determinando que se encontraban ahí, aquí, dentro del verbo estar. Que los muertos entierren a sus muertos. ¿Qué quería decir esa frase realmente? Y mientras el significado se le escapaba, eludiéndola con contorsiones imprevistas pero bien ensayadas, pensó que, de tener a santo Tomás frente a ella, le preguntaría: ¿Y quién te dijo que la carne es real? Volvió a repetir el nombre propio. Marina.
Diría: aquí estoy. Titubeante. Abierta como la puerta que estaba abriendo. Derrotada en su apertura. Entregada a su apertura. ¿Qué importaba a fin de cuentas que no existiera, que nada existiera? ¿Cuántas fracturas se necesitaban para formar el caparazón de lo real?
Diría: ¿Quién eres? Fingiendo ignorancia. Sabiendo de más. Oyó el timbre del teléfono. Y luego la voz del recepcionista, un bostezo, la saliva uniendo diente contra diente antes de que la palabra "bueno" lograra romper el todo de la boca en dos. Número equivocado. Silencio. Y luz. Otra vez la luz sobre el filo de los escalones. Volvió la cabeza hacia el techo. Eso era. Sí, eso era: un tragaluz de cristales sucios, adulterados. Debían ser las tres de la tarde. Tal vez un poco antes. Minutos apenas.
Diría: apresaron a Juana Olivares. No, no diría eso. No tenía caso. Si sólo los muertos podían enterrar a los muertos, ¿quería eso decir que no había posibilidad alguna de conexión entre los muertos y los vivos? Pero qué falta de fe, pensó. Qué falta de imaginación. Empatía. Sintió su rodilla y el peso sobre su rodilla. La tensión sobre el talón, los talones. El momento exacto en que flexionaba la pierna y el cuerpo se impulsaba a sí mismo hacia el siguiente escalón. Eso era caminar hacia arriba. Eso era subir una escalera.
Diría: ya llegué, tratando de recordar el recorrido sin poder lograrlo. ¿Había, de verdad, subido la escalera? Cuando abrió la puerta no dijo nada. Se quedó detenida bajo el umbral, observando la espalda de alguien que miraba hacia la calle. Una silueta protegida por el velo de las cortinas raídas. Un bulto apenas.
--Seguramente hoy va a llover --enunció la figura mientras se daba la vuelta y descorría la cortina. Un nacimiento. Una aparición. El revelado de un rollo de fotografías.
--Eso pensaba hace un rato --contestó. Enfatizando la coincidencia.
El rostro de la mujer entró poco a poco dentro de sus pupilas. Una aparición sí, pero en cámara lenta. Un reconocimiento también, pero pasando muy despacio por el embudo de la conciencia. La frente. La nariz. Los pómulos. La boca. Las orejas. Fue hacia ella. La tocó.
--¿Quién te dijo que la carne es real? --le preguntó.
--crg
[un movimiento]
Subió las escaleras lentamente, todavía sintiendo que su garbo y su donaire le pertenecían a otro edificio. Imaginó que el dueño las había mandado traer de otro lado, desmantelando otra construcción piedra tras piedra, cuidadosamente, sólo para reconstruirla con el mismo cuidado en el nuevo espacio. ¿Se podría hacer eso en realidad? Tuvo la tentación de dejarse sorprender, pero en el mismo instante visualizaba escenarios.
Diría: qué gusto, con la voz de alguien que paseaba por las calles de una ciudad que conocía de memoria.
Diría: cuánto tiempo, con el tono neutro de una persona lejana.
También avizoró el silencio. El pasmo. La frustración inherente a las palabras que se saborean bajo la lengua sin posibilidad alguna de llegar al sonido.
O diría: ¿Cómo lograste entrar? A la defensiva, fingiendo que todo era real.
A medida que ascendía las escaleras equivocadas, seguramente traídas de otro edificio más ufano, menos decadente, se preguntaba si todo esto no era más que un invento, el resultado de su imaginación afiebraba. Y se preguntó también si esto era lo que toda la gente hacía dentro de sus propios olvidos: correr el telón de lo real y agazaparse en un lugar pequeño, un ángulo apenas, detrás de los escenarios donde todo ocurría. Sin cesar. Se repitió su nombre una y otra vez. Marina. Trataba de regresar a su cuerpo. Marina Espinosa. Sintió la lisura de la madera donde apoyaba su mano mientras subía la escalera en la cámara lenta de su cansancio. Olió el aroma de flores frescas que salía de algún cuarto. Inspeccionó la luz que se colaba desde ¿dónde? No pudo identificar la fuente, pero se fijó en las isletas luminosas que se formaban en el filo de los escalones. Su zapato horadando la mancha luminífera. Su zapato saliendo de ella.
Diría: qué sorpresa, con la voz impostada, tratando de mentir con los ojos.
O no diría nada.
Como santo Tomás, iría hasta ella para tocarla, para comprobar que no se trataba de un producto de su imaginación. Mordería la moneda de oro. Usaría el microscopio del tacto. Burlaría a su mente. Se burlaría de ella. Te descubrí. Niña con manos en la masa.
Diría: no te esperaba.
Diría: te esperaba.
Los escenarios se multiplicaban conforme subía la escalera. Los teatros enteros. Las marquesinas. Las palabras brotaban la una de la otra con reminscencias de planta, de ser vivo. Hijas de las hijas de las hijas. Todo en femenino.
Diría: ¿Cómo estás?
Y de inmediato estallaría en una carcajada jocosa, medianamente avergonzada. Si estuviera bien, si alguna de las dos estuviera bien, no estaría aquí, no estarían aquí. Un cuarto del hotel La Estrella de Choi.
Diría: ¿Dónde estás? Tratando de identificar su silueta entre la penumbra del lugar. Haciéndose presente y huyendo al mismo tiempo. Estableciendo la distancia. Determinando que se encontraban ahí, aquí, dentro del verbo estar. Que los muertos entierren a sus muertos. ¿Qué quería decir esa frase realmente? Y mientras el significado se le escapaba, eludiéndola con contorsiones imprevistas pero bien ensayadas, pensó que, de tener a santo Tomás frente a ella, le preguntaría: ¿Y quién te dijo que la carne es real? Volvió a repetir el nombre propio. Marina.
Diría: aquí estoy. Titubeante. Abierta como la puerta que estaba abriendo. Derrotada en su apertura. Entregada a su apertura. ¿Qué importaba a fin de cuentas que no existiera, que nada existiera? ¿Cuántas fracturas se necesitaban para formar el caparazón de lo real?
Diría: ¿Quién eres? Fingiendo ignorancia. Sabiendo de más. Oyó el timbre del teléfono. Y luego la voz del recepcionista, un bostezo, la saliva uniendo diente contra diente antes de que la palabra "bueno" lograra romper el todo de la boca en dos. Número equivocado. Silencio. Y luz. Otra vez la luz sobre el filo de los escalones. Volvió la cabeza hacia el techo. Eso era. Sí, eso era: un tragaluz de cristales sucios, adulterados. Debían ser las tres de la tarde. Tal vez un poco antes. Minutos apenas.
Diría: apresaron a Juana Olivares. No, no diría eso. No tenía caso. Si sólo los muertos podían enterrar a los muertos, ¿quería eso decir que no había posibilidad alguna de conexión entre los muertos y los vivos? Pero qué falta de fe, pensó. Qué falta de imaginación. Empatía. Sintió su rodilla y el peso sobre su rodilla. La tensión sobre el talón, los talones. El momento exacto en que flexionaba la pierna y el cuerpo se impulsaba a sí mismo hacia el siguiente escalón. Eso era caminar hacia arriba. Eso era subir una escalera.
Diría: ya llegué, tratando de recordar el recorrido sin poder lograrlo. ¿Había, de verdad, subido la escalera? Cuando abrió la puerta no dijo nada. Se quedó detenida bajo el umbral, observando la espalda de alguien que miraba hacia la calle. Una silueta protegida por el velo de las cortinas raídas. Un bulto apenas.
--Seguramente hoy va a llover --enunció la figura mientras se daba la vuelta y descorría la cortina. Un nacimiento. Una aparición. El revelado de un rollo de fotografías.
--Eso pensaba hace un rato --contestó. Enfatizando la coincidencia.
El rostro de la mujer entró poco a poco dentro de sus pupilas. Una aparición sí, pero en cámara lenta. Un reconocimiento también, pero pasando muy despacio por el embudo de la conciencia. La frente. La nariz. Los pómulos. La boca. Las orejas. Fue hacia ella. La tocó.
--¿Quién te dijo que la carne es real? --le preguntó.
--crg
Sunday, November 12, 2006
PRUEBA IRREFUTABLE DE PERTENENCIA A ESPECIE HUMANA (NO MUTANTE)
"Aquellas personas que desarrollan resistencia a la insulina y que, a pesar de ingerir comida chatarra, no engordan, podrían ser los primeros ejemplos de mutación necesaria para la sobrevivencia de la especie humana". Esto lo dijo un especialista del del Instituto Nacional de Perinatología en un Foro Interinstitucional de Investigación en Salud. La noticia, cuya importancia le pasó desapercibida al editor en turno, aparece, aún en un periódico de provincia, en las insignificantes páginas interiores. No es que yo sea una exagerada, claro está, ni que sepa nada acerca de insulina o mi resistencia a ella, pero lo que sí sé, y lo sé de cierto, es que al consumir comida chatarra (es momento de confesar una larga adicción a las papas fritas, por ejemplo) siempre de los siempre termino engordando. Conclusión lógica. Caso resuelto. Paz recobrada.
--crg
"Aquellas personas que desarrollan resistencia a la insulina y que, a pesar de ingerir comida chatarra, no engordan, podrían ser los primeros ejemplos de mutación necesaria para la sobrevivencia de la especie humana". Esto lo dijo un especialista del del Instituto Nacional de Perinatología en un Foro Interinstitucional de Investigación en Salud. La noticia, cuya importancia le pasó desapercibida al editor en turno, aparece, aún en un periódico de provincia, en las insignificantes páginas interiores. No es que yo sea una exagerada, claro está, ni que sepa nada acerca de insulina o mi resistencia a ella, pero lo que sí sé, y lo sé de cierto, es que al consumir comida chatarra (es momento de confesar una larga adicción a las papas fritas, por ejemplo) siempre de los siempre termino engordando. Conclusión lógica. Caso resuelto. Paz recobrada.
--crg
Friday, November 10, 2006
EL CELULAR FACILITA LA CIRCULACIÓN DE LAS MALAS NOTICIAS
[en la Columna Colectiva La Primera Dama, en la sección cultural del periódico mexicano El Universal]
Los objetos despiertan, sin duda, pasiones desmedidas. Eso pensé al encontrar una hoja mecanografiada en papel revolución sobre una pared citadina.
Entre figuras agigantadas de grafiti y propaganda de una revista de, como se dice, actualidad, la hoja susodicha llamó mi atención por sus dimensiones, tan pequeñas, y por su obcecada hechura: tipografía mecánica y reproducción manual. Se trataba, a todas luces, de un manifiesto: un texto público redactado con la fiebre de la convicción y los recursos atávicos de un ludita de inicios del siglo XXI. El título: "Los celulares acabarán con tu vida".
Lo había oído ya en muchas ocasiones (y en otras tantas lo había creído) (y en aún más lo había dicho yo misma), pero esta hoja, tan nimia y tan procaz al mismo tiempo, terminó por obligarme a hacer lo que estaba haciendo: leyéndola con atención, línea a línea. Existe, decía el punto primero del manifiesto, algo que se llama Exceso de Contacto (así, con mayúsculas). Al facilitar el acceso a tu mundo cercano (el manifiesto insistía en hablarme de tú y eso, no sé por qué, me parecía ejemplo del mentado exceso) estás permitiendo que entren en tu esfera más íntima una cantidad indescifrable y, eventualmente, incontrolable de vibras y karmas que terminarán afectándote de maneras definitivas. Por ejemplo: ese número sólo en apariencia equivocado es, en realidad, un caballo de Troya que ayudará a derribar las paredes de esa ciudad interna a la que es fácil denominar El Yo.
El punto número dos era menos poético: "En la era de la información y su incesante ruido, el ser humano precisa de silencio. Necesitas escucharte a ti mismo". Revisé las muchas tardes que había pasado escuchándome a mí misma y pensé que, de haberlo hecho, el ludita anticelularítico se lo habría pensado dos veces antes de llamar a eso silencio. Por un momento pensé que era un aliado no muy secreto de la paranoia urbana que, con sus mítines incesantes en los paneles de la cabeza, constituye la forma más ecuménica, y desesperanzada, del ruido.
En el tercer punto le di la razón: "El celular facilita la circulación de las malas noticias". En efecto, si ya no se tardaban en llegar en un mundo sin tecnología, podía ver, y había comprobado ya en algunas ocasiones, que las malas noticias constituían uno de los grupos más beneficiados por el exceso de contacto al que nos sometían tantos caballos de Troya de la era celular. ¿Y necesita uno, de verdad, una mala noticia?
El quinto y sexto punto eran, a decir verdad, uno solo: el celular era un ataque contra el cuerpo, el cuerpo y su presencia, el cuerpo y su lentitud, el cuerpo y sus gestos. Ese pequeño aparato con lucecitas de colores y ruiditos sicodélicos no era más que el abracadabra con el que la sociedad actual había logrado por fin deshacerse de los cuerpos. Es cierto, admitía, que muchas veces se utilizan estos teléfonos para hacer citas y, luego entonces, juntar cuerpos; pero la mayoría de las veces, también decía esto, las citas sólo son pretextos para que otros nos vean hablando por teléfono con los que, debido a que tienen cuerpo, no están ahí. En esos momentos pasaban por la calle dos muchachos aparentemente juntos, pero cada uno con su celular pegado a la oreja derecha y, vaya, no pude evitar un súbito ataque de melancolía. Recordé que ahí, dentro de mi bolsa, estaba ese pequeño objeto que me conectaba innecesariamente con otros, sobre todo con esos otros que me buscaban para darme cantidades irrisorias de trabajo, que me llenaba de ruido y de paranoia y de malas noticias mientras la ciudad interna, ésa a la que insisto en llamar mi yo, se convertía en la mismísima "mujer invisible" frente a los hombres o mujeres que sostenían entretenidas conversaciones con sus fantasmas favoritos. Saqué, pues, en plena actitud de derrota, un plumón rojo de mi bolso (que es una verdadera cueva de las mil maravillas) y subrayé todos y cada uno de los puntos del Manifiesto Ludita.
Luego, como es claro, no pude evitar tomar mi celular y contarle mi dramática experiencia al fantasma de Troya que se desvanecía del otro lado de la línea.
--crg
[en la Columna Colectiva La Primera Dama, en la sección cultural del periódico mexicano El Universal]
Los objetos despiertan, sin duda, pasiones desmedidas. Eso pensé al encontrar una hoja mecanografiada en papel revolución sobre una pared citadina.
Entre figuras agigantadas de grafiti y propaganda de una revista de, como se dice, actualidad, la hoja susodicha llamó mi atención por sus dimensiones, tan pequeñas, y por su obcecada hechura: tipografía mecánica y reproducción manual. Se trataba, a todas luces, de un manifiesto: un texto público redactado con la fiebre de la convicción y los recursos atávicos de un ludita de inicios del siglo XXI. El título: "Los celulares acabarán con tu vida".
Lo había oído ya en muchas ocasiones (y en otras tantas lo había creído) (y en aún más lo había dicho yo misma), pero esta hoja, tan nimia y tan procaz al mismo tiempo, terminó por obligarme a hacer lo que estaba haciendo: leyéndola con atención, línea a línea. Existe, decía el punto primero del manifiesto, algo que se llama Exceso de Contacto (así, con mayúsculas). Al facilitar el acceso a tu mundo cercano (el manifiesto insistía en hablarme de tú y eso, no sé por qué, me parecía ejemplo del mentado exceso) estás permitiendo que entren en tu esfera más íntima una cantidad indescifrable y, eventualmente, incontrolable de vibras y karmas que terminarán afectándote de maneras definitivas. Por ejemplo: ese número sólo en apariencia equivocado es, en realidad, un caballo de Troya que ayudará a derribar las paredes de esa ciudad interna a la que es fácil denominar El Yo.
El punto número dos era menos poético: "En la era de la información y su incesante ruido, el ser humano precisa de silencio. Necesitas escucharte a ti mismo". Revisé las muchas tardes que había pasado escuchándome a mí misma y pensé que, de haberlo hecho, el ludita anticelularítico se lo habría pensado dos veces antes de llamar a eso silencio. Por un momento pensé que era un aliado no muy secreto de la paranoia urbana que, con sus mítines incesantes en los paneles de la cabeza, constituye la forma más ecuménica, y desesperanzada, del ruido.
En el tercer punto le di la razón: "El celular facilita la circulación de las malas noticias". En efecto, si ya no se tardaban en llegar en un mundo sin tecnología, podía ver, y había comprobado ya en algunas ocasiones, que las malas noticias constituían uno de los grupos más beneficiados por el exceso de contacto al que nos sometían tantos caballos de Troya de la era celular. ¿Y necesita uno, de verdad, una mala noticia?
El quinto y sexto punto eran, a decir verdad, uno solo: el celular era un ataque contra el cuerpo, el cuerpo y su presencia, el cuerpo y su lentitud, el cuerpo y sus gestos. Ese pequeño aparato con lucecitas de colores y ruiditos sicodélicos no era más que el abracadabra con el que la sociedad actual había logrado por fin deshacerse de los cuerpos. Es cierto, admitía, que muchas veces se utilizan estos teléfonos para hacer citas y, luego entonces, juntar cuerpos; pero la mayoría de las veces, también decía esto, las citas sólo son pretextos para que otros nos vean hablando por teléfono con los que, debido a que tienen cuerpo, no están ahí. En esos momentos pasaban por la calle dos muchachos aparentemente juntos, pero cada uno con su celular pegado a la oreja derecha y, vaya, no pude evitar un súbito ataque de melancolía. Recordé que ahí, dentro de mi bolsa, estaba ese pequeño objeto que me conectaba innecesariamente con otros, sobre todo con esos otros que me buscaban para darme cantidades irrisorias de trabajo, que me llenaba de ruido y de paranoia y de malas noticias mientras la ciudad interna, ésa a la que insisto en llamar mi yo, se convertía en la mismísima "mujer invisible" frente a los hombres o mujeres que sostenían entretenidas conversaciones con sus fantasmas favoritos. Saqué, pues, en plena actitud de derrota, un plumón rojo de mi bolso (que es una verdadera cueva de las mil maravillas) y subrayé todos y cada uno de los puntos del Manifiesto Ludita.
Luego, como es claro, no pude evitar tomar mi celular y contarle mi dramática experiencia al fantasma de Troya que se desvanecía del otro lado de la línea.
--crg
Thursday, November 09, 2006
Monday, November 06, 2006
HABÍA UN NAVÍO CARGADO CARGADO DE: Breve Bibliografía del Puerto Rico Contemporáneo
Marta Aponte Alsina, Fúgate (San Juan: Editorial Manatí, 2005).
Negra la novela y el humor, rigurosa la exploración de urbanizaciones actuales, lleno de esquinas el detective de nombre Gabriel Marte, impostergable la lectura del libro. Va primer párrafo de muestra:
Se llama Lisa Gómez y cuando la conocí estaba muerta, pero hasta el más normal de los hombres hubiera notado que sus dientes parejos, estacionados entre unos ojos brutales y una barbillita hambrienta, amenazaban con morder. Los dientes del retrato, aclaro, una de esas fotografías que se revelan en una hora y salen por monotones de las máquinas calientes, con los colores sucios. Ultrajada por la furia del asesino había sufrido tanto como el cuerpo original, del que sólo se veían los pies descalzos y pequeños.
Rafael Acevedo, Cannibalia (San Juan: Ediciones Callejón, 2005).
Leo el libro y, luego, cierro los ojos y dejo que la mano seleccione el texto, éste:
Me gusta ver cómo sobreviven los animales,
me dices
y miro tu boca. Será alimentándose de tu boca.
Con las ansias de un recolector y uno que sale a la caza
para hacerse presa.
Debe ser así que no mueren.
Digo que me gusta ver
cómo vivo mirando tu boca. Lo que dices.
Soy ese animalito que hace un estanque.
José Liboy Erba, Cada vez te despides mejor (San Juan: Isla Negra Editores, 2004).
Me recomiendan, sobre todo, que lea el cuento que se llama "Tercera Versión". Lo hago. Ah. Va:
En la primera versión, ella vivía en un apartamento muy ruidoso de Río Piedras, del que deseaba mudarse porque las cosas que oía la hacían recordar a un marido ausente. Esta circunstancia, que en la segunda versión era un mero detalle, era la que me interesaba más para versiones posteriores.
Mayra Santos Febres, Boat People (San Juan: Ediciones Callejón, 2005).
Su prosa, por supuesto, y también su poesía y su persona. Lectura, ojos cerrados, mano que elige a ciegas: Va:
18. ah mulato tu dedo
dónde lo dejaste
enredado en qué hélice en qué fauce
quién lo conserva de recuerdo en un frasquito de cristal
quién lo usa para carnada con qué pescar tiburones
quién lo apoya en su barbilla para otear pelícanos y
murallas.
acaso, mulato
fue alimento de alguien que se moría de miedo en una
balsa
María Isabel Quiñones Arocho, El fin del reino de lo propio. Ensayos de antropología cultural (México: Siglo XXI editores, 2004).
En los tiempos signados por la incertidumbre, la etnografía se vuelve trémula y filosa. De los salones de belleza a las quincalleras transisleñas, de la costa de África a la costa de Puerto Rico, esto es un viaje de veredas: el otro, el lugar, la táctica.
Aurea María Sotomayor, Diseño del ala (San Juan: Ediciones Callejón, 2005).
Leo, cierro lo ojos, las manos eligen:
(20) (sol)
Sueño de los espacios
De nada valió separarlos.
Qué muchos, qué evadidos.
Los mismos. La fuga los reúne
Una primera superficie no lo es.
Allí, en la otra, figura
su revés o su historia.
Estar es escuchar. También no estar.
Para crear un espacio se traza una frontera,
que es puro imaginario. No hay pureza
ni tampoco lo abierto ni la posibilidad
de la distancia. De dar tiempo.
Este pájaro atraviesa todos los lugares.
Ni cartógrafos ni ingenieros ni arquitectos.
Yo, que los salvo pensándolos.
Vanessa Vilches Norat, De(s)madres o el rastro materno en las escrituras del yo. A propósito de Jaques Derrida, Jamaica Kincaid, Esmeralda Santiago y Carmen Boullosa(Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2003)
Una lectura inteligente y compasiva sobre ese género de(s)generado que es la autobiografía que es la confesión que es la construcción informe de ese yo elusivo. Todo esto dentro de la estrecha relación entre la madre, como figura, y la autobiografía, como discurso favorito de construcción de los sujetos. Con el término matergrafía, Vilches Norat postula la recurrencia de la figura de la madre en el lugar del otro como dispositivo de muchas narraciones autobiográficas--el otro para quién, por quién y desde quién se estructura el relato.
--crg
Marta Aponte Alsina, Fúgate (San Juan: Editorial Manatí, 2005).
Negra la novela y el humor, rigurosa la exploración de urbanizaciones actuales, lleno de esquinas el detective de nombre Gabriel Marte, impostergable la lectura del libro. Va primer párrafo de muestra:
Se llama Lisa Gómez y cuando la conocí estaba muerta, pero hasta el más normal de los hombres hubiera notado que sus dientes parejos, estacionados entre unos ojos brutales y una barbillita hambrienta, amenazaban con morder. Los dientes del retrato, aclaro, una de esas fotografías que se revelan en una hora y salen por monotones de las máquinas calientes, con los colores sucios. Ultrajada por la furia del asesino había sufrido tanto como el cuerpo original, del que sólo se veían los pies descalzos y pequeños.
Rafael Acevedo, Cannibalia (San Juan: Ediciones Callejón, 2005).
Leo el libro y, luego, cierro los ojos y dejo que la mano seleccione el texto, éste:
Me gusta ver cómo sobreviven los animales,
me dices
y miro tu boca. Será alimentándose de tu boca.
Con las ansias de un recolector y uno que sale a la caza
para hacerse presa.
Debe ser así que no mueren.
Digo que me gusta ver
cómo vivo mirando tu boca. Lo que dices.
Soy ese animalito que hace un estanque.
José Liboy Erba, Cada vez te despides mejor (San Juan: Isla Negra Editores, 2004).
Me recomiendan, sobre todo, que lea el cuento que se llama "Tercera Versión". Lo hago. Ah. Va:
En la primera versión, ella vivía en un apartamento muy ruidoso de Río Piedras, del que deseaba mudarse porque las cosas que oía la hacían recordar a un marido ausente. Esta circunstancia, que en la segunda versión era un mero detalle, era la que me interesaba más para versiones posteriores.
Mayra Santos Febres, Boat People (San Juan: Ediciones Callejón, 2005).
Su prosa, por supuesto, y también su poesía y su persona. Lectura, ojos cerrados, mano que elige a ciegas: Va:
18. ah mulato tu dedo
dónde lo dejaste
enredado en qué hélice en qué fauce
quién lo conserva de recuerdo en un frasquito de cristal
quién lo usa para carnada con qué pescar tiburones
quién lo apoya en su barbilla para otear pelícanos y
murallas.
acaso, mulato
fue alimento de alguien que se moría de miedo en una
balsa
María Isabel Quiñones Arocho, El fin del reino de lo propio. Ensayos de antropología cultural (México: Siglo XXI editores, 2004).
En los tiempos signados por la incertidumbre, la etnografía se vuelve trémula y filosa. De los salones de belleza a las quincalleras transisleñas, de la costa de África a la costa de Puerto Rico, esto es un viaje de veredas: el otro, el lugar, la táctica.
Aurea María Sotomayor, Diseño del ala (San Juan: Ediciones Callejón, 2005).
Leo, cierro lo ojos, las manos eligen:
(20) (sol)
Sueño de los espacios
De nada valió separarlos.
Qué muchos, qué evadidos.
Los mismos. La fuga los reúne
Una primera superficie no lo es.
Allí, en la otra, figura
su revés o su historia.
Estar es escuchar. También no estar.
Para crear un espacio se traza una frontera,
que es puro imaginario. No hay pureza
ni tampoco lo abierto ni la posibilidad
de la distancia. De dar tiempo.
Este pájaro atraviesa todos los lugares.
Ni cartógrafos ni ingenieros ni arquitectos.
Yo, que los salvo pensándolos.
Vanessa Vilches Norat, De(s)madres o el rastro materno en las escrituras del yo. A propósito de Jaques Derrida, Jamaica Kincaid, Esmeralda Santiago y Carmen Boullosa(Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2003)
Una lectura inteligente y compasiva sobre ese género de(s)generado que es la autobiografía que es la confesión que es la construcción informe de ese yo elusivo. Todo esto dentro de la estrecha relación entre la madre, como figura, y la autobiografía, como discurso favorito de construcción de los sujetos. Con el término matergrafía, Vilches Norat postula la recurrencia de la figura de la madre en el lugar del otro como dispositivo de muchas narraciones autobiográficas--el otro para quién, por quién y desde quién se estructura el relato.
--crg
Sunday, November 05, 2006
LAS CONSECUENCIAS
Supongo que algo debe pasar en el mundo cuando una mujer (o un hombre) compra el par de zapatos que le gusta sin reparar en el precio. Supongo que un acto tal de consumerismo radical y hedonista no le puede pasar desapercibido al Emotivo Espíritu de las Cosas. Supongo que el Antes se ha acabdo y ha iniciado ya el reino del Después. Aquí estoy, pues, a la espera de las consecuencias.
--crg
Supongo que algo debe pasar en el mundo cuando una mujer (o un hombre) compra el par de zapatos que le gusta sin reparar en el precio. Supongo que un acto tal de consumerismo radical y hedonista no le puede pasar desapercibido al Emotivo Espíritu de las Cosas. Supongo que el Antes se ha acabdo y ha iniciado ya el reino del Después. Aquí estoy, pues, a la espera de las consecuencias.
--crg
Friday, October 27, 2006
LA MERCANCÍA EN LA ERA DE LA REPRODUCCION PIRÁTICA
[publicado en La Primera Dama, sección de cultura del periódico mexicano El Universal]
El original no existe, se sabe. En una época que ha puesto en duda de manera sistemática no sólo el valor sino la existencia misma de lo “auténtico” es sólo natural (y utilizo esta palabra aquí con sumo cuidado) que las copias y sus auras, como dijera Walter Benjamin en uno de los ensayos más citados del siglo XX, ocupen un lugar especial y controvertido (y también especialmente controvertido) en las vidas cotidianas de los consumidores contemporáneos. Ya en 1936, cuando el torturado filósofo alemán publicó “El arte en la era de la reproducción mecánica”, ambivalentemente denostaba y celebraba las capacidades tecnológicas de una época que, por una parte, aseguraban la reproducción de la obra de arte aunque, por otra, lo hacían a costa de la pérdida de su aura, su aquí y ahora que, según él, constituía su certificado de autenticidad (algo que definía como “la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica”). ¿Qué decir unos 70 años después, ya en plena era de la reproducción pirática? Si bien una mercancía no es un objeto artístico y sí, por el contrario, un objeto masivo resultado de la desarrollada capacidad tecnológica para producir en serie, todo parece indicar que las habilidades reproductivas, especialmente cuando éstas son tan masivas como las productivas, ocasionan efectos económicos y culturales que bien vale la pena revisar.
Basta pasearse por cualquier calle céntrica de cualquier ciudad del país para encontrarse con los emblemáticos vendedores ambulantes que dan cuenta del estatus de las mercancías en la era de la reproducción pirática. Veamos.
1)La mercancía pirata transforma el concepto de autenticidad en un asunto de fe. La calidad creciente de las réplicas hace realmente difícil distinguir entre el objeto original y el objeto no-original. Así, al ir comparando detalle por detalle y no encontrar diferencia alguna entre uno y otro, el consumidor no tiene otra alternativa más que recurrir a la creencia de que, como el objeto ha sido adquirido en un establecimiento autorizado, es decir, en un establecimiento que paga impuestos al estado, el objeto, luego entonces, es el objeto original. Esta relación entre el estado y el objeto, escandalosa de por sí, significaría poca cosa sin la mediación de la creencia. Y es ésta, no el objeto, la que nos hace exclamar, dependiendo del anhelo o del caso, que lo que tenemos entre manos es un objeto original.
2)La mercancía pirata democratiza el mercado de maneras perversas. Transformando en realidad una promesa que todo régimen político hace pero ninguno cumple, los Ambulantes Vendedores participan en la democratización de ciertos objetos (películas, ropa, bolsas, zapatos, discos, entre tantos otros) al extraerlos de los canales de comercialización elitistas y ponerlos al alcance de un público masivo. De esta manera, independientemente de los ingresos económicos, las mayorías tienen acceso a los objetos de estatus social que alguna vez fueron el coto cerrado de los pocos.
3)La mercancía pirata obliga a enunciar lo obvio y, luego entonces, a denunciarlo. En un retuércano de probada perversión, la mercancía pirata devela la descarada búsqueda de estatus de los consumidores. La clase media no nace, se hace a través de las etiquetas de la ropa que se pone. Cuando el consumidor se ve obligado a anunciar que la mercancía en uso es la “original”, lo que el consumidor confiesa es que poco le importa el disfrute del objeto (por eso los defensores de lo “auténtico” no pueden ser verdaderos hedonistas) y mucho, en cambio, el status que el objeto le confiere. Lo original es el poder de decir “lo original”.
4)La mercancía pirata se sale con la suya. Paródica lo es, no cabe duda. Y también es irónica. La mercancía pirata coloca esa sonrisa socarrona en la cara de quien pagó menos de la mitad y aún menos por una etiqueta muy bien copiadita.
--crg
[publicado en La Primera Dama, sección de cultura del periódico mexicano El Universal]
El original no existe, se sabe. En una época que ha puesto en duda de manera sistemática no sólo el valor sino la existencia misma de lo “auténtico” es sólo natural (y utilizo esta palabra aquí con sumo cuidado) que las copias y sus auras, como dijera Walter Benjamin en uno de los ensayos más citados del siglo XX, ocupen un lugar especial y controvertido (y también especialmente controvertido) en las vidas cotidianas de los consumidores contemporáneos. Ya en 1936, cuando el torturado filósofo alemán publicó “El arte en la era de la reproducción mecánica”, ambivalentemente denostaba y celebraba las capacidades tecnológicas de una época que, por una parte, aseguraban la reproducción de la obra de arte aunque, por otra, lo hacían a costa de la pérdida de su aura, su aquí y ahora que, según él, constituía su certificado de autenticidad (algo que definía como “la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica”). ¿Qué decir unos 70 años después, ya en plena era de la reproducción pirática? Si bien una mercancía no es un objeto artístico y sí, por el contrario, un objeto masivo resultado de la desarrollada capacidad tecnológica para producir en serie, todo parece indicar que las habilidades reproductivas, especialmente cuando éstas son tan masivas como las productivas, ocasionan efectos económicos y culturales que bien vale la pena revisar.
Basta pasearse por cualquier calle céntrica de cualquier ciudad del país para encontrarse con los emblemáticos vendedores ambulantes que dan cuenta del estatus de las mercancías en la era de la reproducción pirática. Veamos.
1)La mercancía pirata transforma el concepto de autenticidad en un asunto de fe. La calidad creciente de las réplicas hace realmente difícil distinguir entre el objeto original y el objeto no-original. Así, al ir comparando detalle por detalle y no encontrar diferencia alguna entre uno y otro, el consumidor no tiene otra alternativa más que recurrir a la creencia de que, como el objeto ha sido adquirido en un establecimiento autorizado, es decir, en un establecimiento que paga impuestos al estado, el objeto, luego entonces, es el objeto original. Esta relación entre el estado y el objeto, escandalosa de por sí, significaría poca cosa sin la mediación de la creencia. Y es ésta, no el objeto, la que nos hace exclamar, dependiendo del anhelo o del caso, que lo que tenemos entre manos es un objeto original.
2)La mercancía pirata democratiza el mercado de maneras perversas. Transformando en realidad una promesa que todo régimen político hace pero ninguno cumple, los Ambulantes Vendedores participan en la democratización de ciertos objetos (películas, ropa, bolsas, zapatos, discos, entre tantos otros) al extraerlos de los canales de comercialización elitistas y ponerlos al alcance de un público masivo. De esta manera, independientemente de los ingresos económicos, las mayorías tienen acceso a los objetos de estatus social que alguna vez fueron el coto cerrado de los pocos.
3)La mercancía pirata obliga a enunciar lo obvio y, luego entonces, a denunciarlo. En un retuércano de probada perversión, la mercancía pirata devela la descarada búsqueda de estatus de los consumidores. La clase media no nace, se hace a través de las etiquetas de la ropa que se pone. Cuando el consumidor se ve obligado a anunciar que la mercancía en uso es la “original”, lo que el consumidor confiesa es que poco le importa el disfrute del objeto (por eso los defensores de lo “auténtico” no pueden ser verdaderos hedonistas) y mucho, en cambio, el status que el objeto le confiere. Lo original es el poder de decir “lo original”.
4)La mercancía pirata se sale con la suya. Paródica lo es, no cabe duda. Y también es irónica. La mercancía pirata coloca esa sonrisa socarrona en la cara de quien pagó menos de la mitad y aún menos por una etiqueta muy bien copiadita.
--crg
Thursday, October 26, 2006
GREGORIO SAMSA SE DESPIERTA EN ASIA (Y ADEMÁS ES MUJER)
[publicado, hace tiempo, en La Primera Dama, columna colectiva que aparece cada viernes en la sección cultural del periódico mexicano El Universal]
Cuando desperté una mañana después de un sueño intranquilo, me encontré sobre mi cama convertida en un mero cuerpo humano. Estaba tumbada sobre mi espalda suave, llena de huesos puntiagudos y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre hundido, parduzco, coronado por un ombligo, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sentí frío y, entonces, abrí los ojos. No tuve más remedio que volver a saberlo: no se trataba de un sueño.
Había llegado a Asia unos meses antes, no he de mentir, más por casualidad que por deseo. Me habían traído acá las circunstancias, como se dice de las cosas que escapan a nuestro control y que sin embargo nos estructuran: un asunto que la compañía de seguros no había podido resolver desde el otro lado del océano. Así, un día desperté en una ciudad gris y monolítica y, como si fuera natural, salí a caminar. Me bastaron un par de cuadras para caer rendida: ante las dimensiones brutales de la urbe: ante un cansancio de días de aeropuertos: ante un aire contaminado que me oprimía el pecho: ante la sospecha de que presenciaba algo incomprensible. No era el pasado, como resultaría imaginable tratándose como se trataba del oriente, sino el futuro. Era esa máquina de demolición que, más allá del segundo anillo de la ciudad, parecía lista para arrasar con todo. Lo hacía.
Al inicio pensé que se debía puramente a mi desconcierto de extranjera pero pronto la sospecha creció hasta convertirse en absurda certeza: caminaba, de eso me convencí pronto, por espacios diseñados para seres que ya no conocería. Por un momento cerré los ojos y los vi: sus cuerpos tenían piernas y brazos, como el mío, pero protegidos por pantallas de todo tipo y conectados a máquinas diversas (desde los anteojos hasta el teléfono celular, pasando por la antena de orientación que les permitirá encontrar lugares sin tener que interactuar con otro) se deslizaban, entre bicicletas y escupitajos, con energías inéditas-—mitad implante genético, mitad pastilla de color extinto. Luego abrí los ojos y los seguí viendo. Sus periódicos abundaban en noticias sobre las nuevas adicciones, entre las cuales reinaba la internetmanía, o las cifras que indicaban el crecimiento de esto o de lo otro. Todo crecía sin cesar en esas ciudades de dimensiones post-humanas; todo, ciertamente, menos el aire que escaseaba. Por eso disfrutaba tanto las tardes de viento. Entonces buscaba el cobijo de los árboles reales y, sentada bajo sus frondas, me dedicaba a oír la melodía que producían sus hojas trémulas.
Las mañanas eran otra cosa. Solía pasarlas en oficinas bulliciosas donde, yendo de oficial en oficial, terminaba por no arreglar nada. Desde la Compañía Central me pedían respuestas y, ante las mías, que eran además de negativas, desalentadoras, me exigían insistencia. Yo insistía. A eso dedicaba mis mañanas: a insistir sobre un asunto que sólo tenía relevancia para un puñado de personas del otro lado del mundo. Luego, con el cansancio que produce la frustración continua, me dirigía a las máquinas dispensadoras donde, a cambio de un par de monedas, obtenía mis víveres: un par de frutas, un trozo de pan, agua. Masticaba despacio, saboreando cuanto podía. Luego veía la vida del otro lado de los ventanales: la amplitud de las avenidas, la lentitud del tráfico y las torres elevadísimas por cuyas puertas colosales parecía estar a punto de cruzar ese otro cuerpo que, estaba segura, yo ya no reconocería.
--crg
[publicado, hace tiempo, en La Primera Dama, columna colectiva que aparece cada viernes en la sección cultural del periódico mexicano El Universal]
Cuando desperté una mañana después de un sueño intranquilo, me encontré sobre mi cama convertida en un mero cuerpo humano. Estaba tumbada sobre mi espalda suave, llena de huesos puntiagudos y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre hundido, parduzco, coronado por un ombligo, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sentí frío y, entonces, abrí los ojos. No tuve más remedio que volver a saberlo: no se trataba de un sueño.
Había llegado a Asia unos meses antes, no he de mentir, más por casualidad que por deseo. Me habían traído acá las circunstancias, como se dice de las cosas que escapan a nuestro control y que sin embargo nos estructuran: un asunto que la compañía de seguros no había podido resolver desde el otro lado del océano. Así, un día desperté en una ciudad gris y monolítica y, como si fuera natural, salí a caminar. Me bastaron un par de cuadras para caer rendida: ante las dimensiones brutales de la urbe: ante un cansancio de días de aeropuertos: ante un aire contaminado que me oprimía el pecho: ante la sospecha de que presenciaba algo incomprensible. No era el pasado, como resultaría imaginable tratándose como se trataba del oriente, sino el futuro. Era esa máquina de demolición que, más allá del segundo anillo de la ciudad, parecía lista para arrasar con todo. Lo hacía.
Al inicio pensé que se debía puramente a mi desconcierto de extranjera pero pronto la sospecha creció hasta convertirse en absurda certeza: caminaba, de eso me convencí pronto, por espacios diseñados para seres que ya no conocería. Por un momento cerré los ojos y los vi: sus cuerpos tenían piernas y brazos, como el mío, pero protegidos por pantallas de todo tipo y conectados a máquinas diversas (desde los anteojos hasta el teléfono celular, pasando por la antena de orientación que les permitirá encontrar lugares sin tener que interactuar con otro) se deslizaban, entre bicicletas y escupitajos, con energías inéditas-—mitad implante genético, mitad pastilla de color extinto. Luego abrí los ojos y los seguí viendo. Sus periódicos abundaban en noticias sobre las nuevas adicciones, entre las cuales reinaba la internetmanía, o las cifras que indicaban el crecimiento de esto o de lo otro. Todo crecía sin cesar en esas ciudades de dimensiones post-humanas; todo, ciertamente, menos el aire que escaseaba. Por eso disfrutaba tanto las tardes de viento. Entonces buscaba el cobijo de los árboles reales y, sentada bajo sus frondas, me dedicaba a oír la melodía que producían sus hojas trémulas.
Las mañanas eran otra cosa. Solía pasarlas en oficinas bulliciosas donde, yendo de oficial en oficial, terminaba por no arreglar nada. Desde la Compañía Central me pedían respuestas y, ante las mías, que eran además de negativas, desalentadoras, me exigían insistencia. Yo insistía. A eso dedicaba mis mañanas: a insistir sobre un asunto que sólo tenía relevancia para un puñado de personas del otro lado del mundo. Luego, con el cansancio que produce la frustración continua, me dirigía a las máquinas dispensadoras donde, a cambio de un par de monedas, obtenía mis víveres: un par de frutas, un trozo de pan, agua. Masticaba despacio, saboreando cuanto podía. Luego veía la vida del otro lado de los ventanales: la amplitud de las avenidas, la lentitud del tráfico y las torres elevadísimas por cuyas puertas colosales parecía estar a punto de cruzar ese otro cuerpo que, estaba segura, yo ya no reconocería.
--crg
Tuesday, October 24, 2006
SIMPLE PLACER. PURO PLACER
[publicado en Archivos del Sur, Revista Digital de Cultura desde Buenos Aires, número 65, espacio de autor, www.quadernsdigitals.net]
Lo recordaría todo de improviso y en detalle. Vería el anillo de jade alrededor del dedo anular y, de inmediato, vería el otro anillo de jade. Abriría los ojos desmesuradamente y, sin saber por qué, callaría. No preguntaría nada más. Diría: sí, muy hermoso. Lo es. Y pasaría las yemas de sus dedos sobre la delicada figura de las serpientes. Una caricia. El asomo de una caricia. Una mano inmóvil, abajo. Una mano de alabastro.
Cruzaba la ciudad al amanecer, en el asiento posterior de un taxi. Iba entre adormilada y tensa, su bolsa de mano contra el pecho. En el aeropuerto la aguardaba el inicio de un largo viaje. Lo sabía y saberlo sólo le producía desasosiego. No tenía idea de cuando había aparecido su disgusto por los viajes, esa renuencia a emprenderlos, su forma de resignarse, no sin amargura, ante ellos. Con frecuencia tenía pesadillas antes de partir y, ya en las escalinatas del avión, presentía cosas terribles. Una muerte súbita. El descubrimiento de una enfermedad crónica. La soledad.
--Este será el último --se prometía en voz baja y, luego, movía la cabeza de derecha a izquierda, incapaz de creerse.
--¿Decía algo? --le preguntó el taxista, mirándola por el espejo retrovisor.
--Nada –-susurró--. Decía que será el último viaje.
--Ah, eso --repitió él. Luego sólo guardó silencio.
Cuando el auto bajó gradualmente la velocidad, los dos se asomaron por las ventanillas.
--Un accidente --murmuró él, desganado.
--Sí --asintió ella. Pero a medida de que se aproximaban al lugar de la colisión, no vieron autos destruidos o señas de conflicto. Avanzaron a vuelta de rueda sin saber qué pasaba, preguntándoselo con insistencia. Abrieron los ojos. Observaron el cielo gris, las caras de los chóferes desvelados, los pedazos de vidrio sobre el asfalto. No fue sino hasta que estuvieron a punto de dejar la escena atrás que los dos se percataron de lo acontecido.
--Pero si es un cuerpo --exclamó él. La voz en súbito estado de alarma.
--Un cuerpo desnudo --susurró ella--. Un cuerpo sin cabeza.
Ella le pidió que se detuviera y que la esperara. Ya abajo, mostró su identificación para que los policías que vigilaban la escena la dejaran cruzar la valla amarilla. Caminó alrededor del cuerpo decapitado y, antes de pedir algo con qué cubrirlo, se detuvo a mirar la mano izquierda del muerto. Ahí, alrededor del dedo anular, justo antes de que iniciara el gran charco de sangre, estaba el anillo de jade. Dos serpientes entrelazadas, verdes. Un objeto de una delicadeza extrema. La Detective lanzó su mano hacia la sortija pero al final, justo cuando concluía su gesto, se detuvo en seco. Había algo en el anillo, algo entre el anillo y el mundo, que le impedía el contacto. Fue entonces que observó su propia mano, inmóvil y larga, suspendida en el aire de la madrugada.
--Se le hace tarde --alcanzó a oír. Y se puso en marcha.
Hay una ciudad dentro de una cabeza.
A su regreso preguntó por él, por el hombre decapitado, pero nadie supo darle datos al respecto. Buscó entre los documentos archivados en el Departamento de Investigación de Homicidios y tampoco encontró información ahí. Hasta su asistente se mostró incrédulo cuando le refirió el suceso.
--¿Estás segura? --la miró de lado--. Habríamos sabido de algo así.
--¿Tampoco en los diarios? --preguntó--. ¿Tampoco ahí?
El muchacho movió la cabeza en gesto negativo y bajó la vista. Ella no pudo soportar su sospecha o su lástima y salió a toda prisa de la oficina.
El taxista le aseguró que lo recordaba todo. A petición suya vació su memoria frente a sus ojos, sobre sus manos, en todo detalle. Recordaba que el cuerpo cercenado se encontraba en el segundo carril de la autopista que iba al aeropuerto. Recordaba que no llevaba ninguna prenda de vestir y que la piel mostraba magulladuras varias. Pintura abstracta. Tortura. Recordaba el charco de sangre y los extraños ángulos que formaban los distintos miembros del cuerpo. Recordaba que había ya tres o cuatro policías, en eso su memoria dudaba un poco, alrededor del cadáver cuando ella se bajó del auto y merodeó los hechos. Recordaba que había sido él quien reaccionó: tenían que alejarse de ahí si no quería perder el vuelo. Ella tenía que dejar la posición en que se encontraba, de cuclillas junto al muerto, si es que quería llegar a tiempo. Eso hizo: se incorporó. El ruido de las rodillas. Eso lo recordaba también. Al final: el ruido de las rodillas. Eso.
--Siempre quise un anillo así --le dijo a la mujer que lo portaba con cierta indiferencia y cierto donaire.
La mujer elevó la mano, el dorso apuntando hacia sus ojos. Parecía que lo mirara por primera vez.
--¿Te gusta de verdad?
--Sí --afirmó la Detective--. Todavía me gustaría tener uno así.
La mujer se volvió a ver las aguas alumbradas de la alberca y, con melancolía o indiferencia, la Detective no pudo decidir cuál, se llevó un vaso alargado hacia los labios.
--Es un anillo de oriente --dijo--. De las islas --pronunciaba las palabras como si no estuviera ahí, alrededor de la alberca, entre los sosegados murmullos de gente que deja pasar el tiempo en una fiesta--. Un regalo --concluyó volviendo a colocar el dorso de la mano izquierda justo frente a sus ojos. La mirada, incrédula. O desasida. Las uñas apuntando hacia el cielo—-. El regalo de una fecha excesivamente sentimental.
--Un regalo amoroso --intercedió la Detective en voz muy baja.
La mujer, por toda respuesta, le sonrió incrédula, desganada.
--Podría decirse que sí --murmuró al final--. Algo así.
No podía evitarlo, cada que conocía a alguien se hacía las mismas preguntas. ¿Se trata de una persona capaz de matar? ¿Estoy frente a la víctima o el victimario? ¿Opondría resistencia en el momento crucial? Gajes del oficio. Cuando la mujer se dio la vuelta, alejándose por la orilla de la alberca con una languidez de otro tiempo, un tiempo menos veloz aunque no menos intenso, la Detective estaba indecisa. No sabía si la mujer era capaz de matar a sangre fría, cercenando la cabeza y arrojando el cuerpo después sobre una carretera que va al aeropuerto. No sabía si la mujer era la víctima de una conspiración hecha de joyas y estupefacientes y mentiras. No sabía si la indiferencia era una máscara o la cabeza ya sin máscara. La mujer, en todo caso, la intrigó precisamente por eso, porque su actitud no le dejaba saber nada de ella. Porque su actitud era un velo.
--¿Qué es un anillo en realidad? --le había preguntado al Asistente sin despegar las manos del volante ni dejar de ver hacia la carretera--. ¿Un grillete? ¿El eslabón de una cadena? ¿Una marca de pertenencia?
--Un anillo puede ser también una promesa --interrumpió el muchacho--. No todo regalo amoroso, no todo objeto marcado por San Valentín, tiene que ser tan terrible como lo imaginas.
La Detective se volvió a verlo. Estiró la comisura derecha de la boca y le pidió un cigarro.
--Pero si tú no fumas —le recordó.
--Nada más para sostenerlo entre los dedos -—dijo—-. Anda -—lo conminó.
--¿Estás segura de que se trata del mismo anillo? ¿Del mismo diseño?
--Mismo diseño, sí. Pero puede ser una casualidad. Una casualidad tremenda. Además, tenemos otras cosas por resolver. No tenemos tiempo para investigar asesinatos que nadie registró en ningún lado. No nos pagan para hacer eso.
Los dos se vieron de reojo y se echaron a reír. Luego, bajo la luz roja del semáforo, bajaron las ventanillas del auto y se dedicaron a ver el cielo.
--¿Cómo empezamos?
Hay una película dentro de una cabeza.
La volvió a encontrar en los pasillos de un gran almacén. Mercancías. Precios. Etiquetas. La Detective buscaba filtros para café mientras que la Mujer del Anillo de Jade analizaba, con sumo cuidado, con un cuidado que más bien parecía una escenografía, unas cuantas botellas de vino. La observó de lejos mientras decidía cómo acercarse: los hombros estrechos, el pelo largo y lacio, los zapatos de tacón. No era una mujer hermosa, pero sí elegante. Se trataba de alguien que siempre llamaba la atención.
--La casualidad es una cosa tremenda -—le dijo por todo saludo cuando se colocó frente a ella y le extendió la mano.
--¿Vienes aquí muy seguido? --le contestó la mujer sin sorpresa alguna, colocando el rostro cerca del de la Detective para brindarle, y recibir, los besos de un saludo más familiar.
--En realidad no --dijo y sonrió en el acto—-. Vengo aquí nada más cuando sé que me encontraré en el pasillo 8, a las tres de la tarde, a la Mujer con el Anillo de Jade.
--¿Todavía quieres uno así? --volvió a elevar la mano izquierda, las uñas al techo, para ver el anillo de nueva cuenta.
--¿Lo vendes? --la Mujer del Anillo soltó una carcajada entre estridente y dulce, luego la tomó del codo y la guió, sin preguntarle, hasta la salida del almacén.
--Ven --dijo--. Sígueme.
Se subieron a la parte trasera de un coche negro que arrancó a toda velocidad. La Mujer del Anillo marcó un número en su teléfono celular y, volviéndose hacia la ventanilla, dijo algo en voz muy baja y en un idioma que la Detective no entendió. Pronto transitaban por callejuelas bordeadas de tendajos y puestos de comida. El olor a grasa frita. El olor a incienso. El olor a muchos cuerpos juntos. Cuando el auto finalmente llegó a su destino tuvo la sensación de que se habían trasladado a otra zona de tiempo, en otro país. Puro bullicio alrededor.
--Te voy a pedir un favor muy grande --le avisó la mujer--. Voy a pedirte que me aclares algo --imposible saber qué había en sus ojos detrás de las gafas negras, imposible saber qué motivaba el leve temblor de los labios—-. Tú te dedicas a investigar cosas, ¿no es cierto?
Tan pronto como la Detective asintió, volvió a tomarla del codo y a dirigirla entre el gentío y bajo los techos de los tendajos hacia otros vericuetos aún más estrechos. Finalmente abrió una puerta de madera roja y, como si se encontraran ya a salvo después de una larga persecución, se echaron sobre unos sillones de piel abullonados. Un hombrecillo frágil les ofreció agua. Alguien más encendió la música de fondo. La mujer apagó su teléfono.
--A final de cuentas la casualidad no es una cosa tan tremenda ¿verdad? --preguntó La Detective con su altanería usual, tratando de enterar cuanto antes en el tema.
--En todo caso no es un asunto original --le contestó con una altanería si no similar, por lo menos de la misma contundencia.
--Quieres hablarme de un hombre decapitado del que nadie sabe nada. Quieres contarme del otro anillo --la Detective se cubría la boca con el vaso de agua mientras la veía y veía, al mismo tiempo, el cuarto donde se encontraban. Las ventanas cubiertas por gruesas cortinas de terciopelo. El piso de silenciosa madera. Las telarañas en las esquinas. Igual ahí se acababa todo. Igual y no había nada más.
--¿Siempre eres tan apresurada? --le preguntó. Los ojos entornados. La molestia. Los gestos de la buena educación.
--Supongo que sí. Esto --se interrumpió para beber otro trago de agua-- es mi trabajo. Así me gano la vida. No es un hobby, por si te interesa saberlo.
--Puedo pagarte dos o tres veces más de lo que ganas.
--Que sean cuatro --respondió de inmediato. Luego sonrió. Entonces empezaron a hablar.
El dinero. El dinero siempre hacía de las suyas con ella. El dinero y el conocimiento: dos monedas de cambio. Estaba segura de que al final de todo, cuando recibiera la cantidad pactada, volvería a reírse frente al espejo del baño con la misma incredulidad y la misma agudeza. ¿De verdad lo necesitaba? El agua. Las gotas de agua sobre el rostro. Se respondería entonces lo que se respondía ahora mismo: no, en sentido estricto, no lo necesitaba. Añadiría: quien lo necesita, quien necesita darlo a cambio de lo que yo sabré, es ella. Y entonces volvería a ver el anillo como lo vio la primera vez: una argolla, una trampa, el último eslabón de la cadena que todavía ataba al decapitado a la vida. Una seña. El hallazgo y el dinero. La cadena del mundo natural. Cuando se metió bajo las sábanas pensó que no le molestaría en lo más mínimo que fueran de seda.
Le dijo que el anillo era una promesa. Una promesa que había dado y una promesa que había recibido. Un pacto.
-—¿De sangre? -—la interrumpió sin poder ocultar la burla.
—-Algo así -—contestó ella, sin inmutarse, viéndola al centro mismo de los ojos.
Le dijo que ella también lo había visto sobre la carretera. Lo había visto, aclaró, sin saber que era él. Sin imaginarlo siquiera. Dijo que su auto también había bajado la velocidad y que, al no ver el accidente, se había preguntado por la causa de la demora. Tenía que llegar a tiempo. Dijo que llevaba entre las manos el boleto para emprender un largo viaje, un viaje al oriente. Y se lo mostró en ese instante. Le mostró el boleto. Un boleto sin usar. Cuando él no llegó, eso también se lo dijo, cuando comprobó que no llegaba, que ya no llegaría más, se dio la media vuelta y regresó a su casa. No había llorado, le dijo.
También le dijo que era cursi, muy cursi, cursi de una manera extrema. Que se tomaba las cosas literalmente. Que tenía otros defectos de los que no podía hablar. Le dijo que no había tratado de averiguar nada. La curiosidad sólo llegó después. Le dijo que al inicio se contentó con escuchar los rumores que intercambiaban los chóferes. Captaba una que otra palabra de sus conversaciones en voz baja: cuerpo, tortura, cabeza, mano. Luego oyó las palabras que se referían al sitio: la carretera, el segundo carril, el aeropuerto. Dijo que poco a poco, sin quererlo en realidad, había formado un rompecabezas de ecos, susurros, secretos. Nada más le hacía falta la cabeza, le dijo. Porque hay una ciudad ahí. Una película. Una vida entera ahí. En la cabeza.
El anillo de jade era una joya preciada. Si se trataba en realidad de ese anillo, del anillo que aparecía en las fotografías que había conseguido por internet, entonces estaban frente a una alhaja de gran valor. Venía de oriente, en efecto, pero el diseñador le pertenecía a dos mundos: un habitante de la metrópoli central ya por años. Las serpientes entrelazadas, sin embargo, venían de más atrás. De todo el tiempo. El motivo que desde lejos parecía únicamente amoroso era también, cuando visto de cerca, letal. Una serpiente abría las fauces. La otra también. Frente a frente, en estado de estupor o de alerta, la circunferencia del anillo parecía tener el tamaño exacto para que los dientes, aunque mostrándose, no se tocaran. Se trataba de un círculo hecho para prevenir un daño. Para exorcizarlo.
Una serpiente frente a otra. Las bocas abiertas. Los cuerpos entrelazados. Un lecho circular bajo sus cuerpos. El inicio de una película. El inicio de una ciudad. La Detective abrió los ojos desmesuradamente frente al parabrisas. Las luces intermitentes del semáforo sobre el hombre, sobre la mujer, que yacían ajenos de todo, en otro lado. La redondez de los hombros. La apertura de lo labios. El aroma a té de jazmín por entre todo eso. Uno respiraba dentro del otro. Las palabras: para siempre. Las palabras: una isla de terciopelo. Las palabras: aquí adentro todo es mío. Uno respiraba fuera del otro.
Había ido a la Lejana Ciudad Oriental para continuar con la investigación del tráfico de estupefacientes. Días antes, por un golpe de suerte, habían dado con un nombre que, de inmediato, les pareció de importancia en el caso. Cuando hubo que decidir quién emprendería el viaje, los detectives casados y los de recién contratación la señalaron a ella como si le selección fuera obvia y natural. No tuvo alternativa. En el momento del despegue, todavía con el desasosiego que le producía el viaje y la visión del cuerpo decapitado, pensó en las muchas cosas a las que la obligaba su soltería. Viajar por el mundo, por ejemplo. Detenerse frente a cadáveres frescos. Preguntarse por la ubicación de una cabeza.
--¿Viaje de placer? --le había preguntado su compañero de asiento tratando de hacer plática.
Por toda respuesta la Detective meneó la cabeza y cerró los ojos. Placer. Hacía mucho tiempo que no hacía cosas por placer. Simple placer. Puro placer.
Hay un avión que vuela dentro de una cabeza.
--El carpetazo al asunto vino desde arriba --le susurró el Asistente mientras caminaban a su auto. Y se lo había repetido después, ya en la mesa del restaurante donde habían elegido comer ese día.
--Falta de indicios -—continuó-—. Ya sabes. Una ejecución más. Una de tantas.
El hueso de un pollo saliendo de su boca. Los dedos llenos de grasa. Las palabras rápidas.
--¿Y nunca encontraron ni el arma ni la cabeza?
--Nunca.
Hay un cuerpo dentro de una cabeza. Una mano de alabastro. Un anillo.
Abrió la puerta de su casa. Se quitó los zapatos. Puso agua para preparar té. Cuando finalmente se echó sobre el sillón de la sala se dio cuenta de que no sólo estaba exhausta sino también triste. Algo sobre el homicidio no atendido. Una ejecución más. Una de tantas. Algo sobre tener que emprender un viaje a una lejana ciudad del oriente. Algo sobre estatuas de tamaño natural destruidas por el tiempo. Miembros rotos alrededor. Algo sobre una mujer que usa dinero para comprar una cabeza dentro de la cual hay una ciudad con muchas luces y una película de dos cuerpos juntos, una respiración adversa, y un avión que despega. Algo sobre abrir la puerta y quitarse los zapatos y preparar té dentro de una casa donde una cabeza flota dentro de una cabeza.
Regresó al lugar de los hechos. Le ordenó al taxista que la esperara mientras husmeaba por entre la maleza que bordeaba el lado derecho de la carretera. El pensamiento llegó entero a su mente: busco una cabeza. Se detuvo en seco. Elevó el rostro hacia la claridad arrebatadora del cielo. Respiró profundamente. No creyó que ella fuera una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de la carretera que iba al aeropuerto. Luego, pasados unos segundos apenas, volvió a mirar el suelo. Piedrecillas. Huellas. Desechos. Un pedazo de tela. Una lata oxidada. Una etiqueta. Plásticos. Colillas de cigarro. Tocó algunas cosas. A la mayoría sólo las vio de lejos. Se trataba, efectivamente, de una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de una carretera. Pronto se convenció de que el crimen no había ocurrido ahí. Aquí. Pronto supo que esto sólo era una escena que reflejaba lo ocurrido en otro sitio. Un sitio lejano. Un sitio tan lejano como el oriente.
Perder la cabeza. El hombre lo había hecho. Perder todo lo que tenía dentro de la cabeza: una ciudad, una película, una vida, un anillo. Lo que él había perdido, ahora lo ganaba ella: la conexión que iba entre las luces de la ciudad y las luces de la película y las luces de la vida y las luces del anillo. Toda esa luminosidad sobre un lecho circular. La Detective lo vio todo de súbito otra vez, cegada por el momento. Acaso un sueño; con toda seguridad una alucinación. Ahí estaba de nueva cuenta la imbricación de los cuerpos. La malsana lentitud con que la yema del dedo índice resbalaba por la piel del vientre, el enramaje del pubis, la punta de los labios. El espasmo posterior. Ahí estaba ahora la mano que empuñaba, con toda decisión, el largo cabello femenino. Una brida. Los gemidos de dolor. Los gemidos de placer. Puro placer. Simple placer. La Detective se preguntó, muchas veces, si habría valido la pena eso. Esto: el estallido de la respiración, los ojos en blanco, el crujir del esqueleto. La Detective no pudo saber si el hombre, de estar vivo ahora, correría el riesgo de nuevo.
Hay placer, puro placer, simple placer, dentro de una cabeza.
La mujer no era hermosa, pero sí elegante. Había un velo entre ella y el mundo que producía tensión alrededor. Algo duro. Su manera de caminar. La forma en que levantaba la mano para mostrar, con indolencia, con algo parecido al inicio del aburrimiento, ese anillo. Una promesa. Eso había dicho: una promesa. Una promesa dada y ofrecida. La Detective la visitaba para darle malas noticias: ningún dato, ningún hallazgo, ninguna información. El hombre, cuyo nombre no se atrevía a pronunciar, había desaparecido sin dejar rastro alguno. Ya no podía más. No podía seguir manoseando periódicos viejos ni archivos ni documentos. No podía merodear por más días la escena de la escena de un crimen cometido lejos. No aguantaba más. Se lo decía todo así, de golpe, atropelladamente. No puedo seguir investigando su caso.
La Mujer del Anillo de Jade sonrió apenas. Le ofreció un té helado. La invitó a sentarse sobre el mullido sillón de su sala de estar. Luego abrió una puerta por la que entró una mujer muy pequeña que se hincó frente a ella y, sin verla a los ojos, le quitó los zapatos con iguales dosis de destreza y suavidad. Desapareció entonces y volvió a aparecer con un pequeño taburete forrado de terciopelo rojo y una palangana blanca, llena de agua caliente, de la que brotaban aromas a hierbas. Con movimientos delicados le ayudó a introducir sus pies desnudos en ella. El placer más básico. Simple placer. Puro placer. Un gemido apenas. El espasmo. La Mujer Pequeña colocó entonces una de sus extremidades sobre el taburete, entre sus propias piernas semiabiertas. Mientras masajeaba la planta de sus pies, la yema del dedo pulgar sobre la cabeza de los metatarsianos, el resto de los dedos sobre el empeine, la Mujer del Anillo de Jade guardó silencio. Y así se mantuvo cuando las diminutas manos de la masajista trabajaban los costados del pie en forma ascendente y cuando, minutos después, cogía el tendón de Aquiles con los dedos pulgar e índice y lo masajeaba en la misma dirección, firmemente. La mano abierta sobre el empeine, luego. Y, más tarde, en un tiempo que empezaba a no reconocer más, mientras la mujer sujetaba con la mano izquierda su rodilla, doblando suavemente la pierna sobre el muslo, La Detective tuvo unos deseos inmensos de gritar. El dolor la obligó a abrir los ojos que, hasta ese momento, había mantenido cerrados. Abrió los labios. Exhaló. Ahí, frente a ella, suspendida en el aire, estaba la mano de La Mujer del Anillo de Jade que le extendía, justo en ese instante, los billetes prometidos.
--Buen trabajo -—la felicitó.
La Detective agachó la cabeza pero elevó la mirada. Los codos sobre las rodillas, los billetes en la mano, y los pies en el agua tibia, aromática. Una imagen extraña. Una imagen fuera de lugar. La corrupción de los sentidos.
Siempre quise un anillo así. Todavía lo quiero.
--crg
[publicado en Archivos del Sur, Revista Digital de Cultura desde Buenos Aires, número 65, espacio de autor, www.quadernsdigitals.net]
Lo recordaría todo de improviso y en detalle. Vería el anillo de jade alrededor del dedo anular y, de inmediato, vería el otro anillo de jade. Abriría los ojos desmesuradamente y, sin saber por qué, callaría. No preguntaría nada más. Diría: sí, muy hermoso. Lo es. Y pasaría las yemas de sus dedos sobre la delicada figura de las serpientes. Una caricia. El asomo de una caricia. Una mano inmóvil, abajo. Una mano de alabastro.
Cruzaba la ciudad al amanecer, en el asiento posterior de un taxi. Iba entre adormilada y tensa, su bolsa de mano contra el pecho. En el aeropuerto la aguardaba el inicio de un largo viaje. Lo sabía y saberlo sólo le producía desasosiego. No tenía idea de cuando había aparecido su disgusto por los viajes, esa renuencia a emprenderlos, su forma de resignarse, no sin amargura, ante ellos. Con frecuencia tenía pesadillas antes de partir y, ya en las escalinatas del avión, presentía cosas terribles. Una muerte súbita. El descubrimiento de una enfermedad crónica. La soledad.
--Este será el último --se prometía en voz baja y, luego, movía la cabeza de derecha a izquierda, incapaz de creerse.
--¿Decía algo? --le preguntó el taxista, mirándola por el espejo retrovisor.
--Nada –-susurró--. Decía que será el último viaje.
--Ah, eso --repitió él. Luego sólo guardó silencio.
Cuando el auto bajó gradualmente la velocidad, los dos se asomaron por las ventanillas.
--Un accidente --murmuró él, desganado.
--Sí --asintió ella. Pero a medida de que se aproximaban al lugar de la colisión, no vieron autos destruidos o señas de conflicto. Avanzaron a vuelta de rueda sin saber qué pasaba, preguntándoselo con insistencia. Abrieron los ojos. Observaron el cielo gris, las caras de los chóferes desvelados, los pedazos de vidrio sobre el asfalto. No fue sino hasta que estuvieron a punto de dejar la escena atrás que los dos se percataron de lo acontecido.
--Pero si es un cuerpo --exclamó él. La voz en súbito estado de alarma.
--Un cuerpo desnudo --susurró ella--. Un cuerpo sin cabeza.
Ella le pidió que se detuviera y que la esperara. Ya abajo, mostró su identificación para que los policías que vigilaban la escena la dejaran cruzar la valla amarilla. Caminó alrededor del cuerpo decapitado y, antes de pedir algo con qué cubrirlo, se detuvo a mirar la mano izquierda del muerto. Ahí, alrededor del dedo anular, justo antes de que iniciara el gran charco de sangre, estaba el anillo de jade. Dos serpientes entrelazadas, verdes. Un objeto de una delicadeza extrema. La Detective lanzó su mano hacia la sortija pero al final, justo cuando concluía su gesto, se detuvo en seco. Había algo en el anillo, algo entre el anillo y el mundo, que le impedía el contacto. Fue entonces que observó su propia mano, inmóvil y larga, suspendida en el aire de la madrugada.
--Se le hace tarde --alcanzó a oír. Y se puso en marcha.
Hay una ciudad dentro de una cabeza.
A su regreso preguntó por él, por el hombre decapitado, pero nadie supo darle datos al respecto. Buscó entre los documentos archivados en el Departamento de Investigación de Homicidios y tampoco encontró información ahí. Hasta su asistente se mostró incrédulo cuando le refirió el suceso.
--¿Estás segura? --la miró de lado--. Habríamos sabido de algo así.
--¿Tampoco en los diarios? --preguntó--. ¿Tampoco ahí?
El muchacho movió la cabeza en gesto negativo y bajó la vista. Ella no pudo soportar su sospecha o su lástima y salió a toda prisa de la oficina.
El taxista le aseguró que lo recordaba todo. A petición suya vació su memoria frente a sus ojos, sobre sus manos, en todo detalle. Recordaba que el cuerpo cercenado se encontraba en el segundo carril de la autopista que iba al aeropuerto. Recordaba que no llevaba ninguna prenda de vestir y que la piel mostraba magulladuras varias. Pintura abstracta. Tortura. Recordaba el charco de sangre y los extraños ángulos que formaban los distintos miembros del cuerpo. Recordaba que había ya tres o cuatro policías, en eso su memoria dudaba un poco, alrededor del cadáver cuando ella se bajó del auto y merodeó los hechos. Recordaba que había sido él quien reaccionó: tenían que alejarse de ahí si no quería perder el vuelo. Ella tenía que dejar la posición en que se encontraba, de cuclillas junto al muerto, si es que quería llegar a tiempo. Eso hizo: se incorporó. El ruido de las rodillas. Eso lo recordaba también. Al final: el ruido de las rodillas. Eso.
--Siempre quise un anillo así --le dijo a la mujer que lo portaba con cierta indiferencia y cierto donaire.
La mujer elevó la mano, el dorso apuntando hacia sus ojos. Parecía que lo mirara por primera vez.
--¿Te gusta de verdad?
--Sí --afirmó la Detective--. Todavía me gustaría tener uno así.
La mujer se volvió a ver las aguas alumbradas de la alberca y, con melancolía o indiferencia, la Detective no pudo decidir cuál, se llevó un vaso alargado hacia los labios.
--Es un anillo de oriente --dijo--. De las islas --pronunciaba las palabras como si no estuviera ahí, alrededor de la alberca, entre los sosegados murmullos de gente que deja pasar el tiempo en una fiesta--. Un regalo --concluyó volviendo a colocar el dorso de la mano izquierda justo frente a sus ojos. La mirada, incrédula. O desasida. Las uñas apuntando hacia el cielo—-. El regalo de una fecha excesivamente sentimental.
--Un regalo amoroso --intercedió la Detective en voz muy baja.
La mujer, por toda respuesta, le sonrió incrédula, desganada.
--Podría decirse que sí --murmuró al final--. Algo así.
No podía evitarlo, cada que conocía a alguien se hacía las mismas preguntas. ¿Se trata de una persona capaz de matar? ¿Estoy frente a la víctima o el victimario? ¿Opondría resistencia en el momento crucial? Gajes del oficio. Cuando la mujer se dio la vuelta, alejándose por la orilla de la alberca con una languidez de otro tiempo, un tiempo menos veloz aunque no menos intenso, la Detective estaba indecisa. No sabía si la mujer era capaz de matar a sangre fría, cercenando la cabeza y arrojando el cuerpo después sobre una carretera que va al aeropuerto. No sabía si la mujer era la víctima de una conspiración hecha de joyas y estupefacientes y mentiras. No sabía si la indiferencia era una máscara o la cabeza ya sin máscara. La mujer, en todo caso, la intrigó precisamente por eso, porque su actitud no le dejaba saber nada de ella. Porque su actitud era un velo.
--¿Qué es un anillo en realidad? --le había preguntado al Asistente sin despegar las manos del volante ni dejar de ver hacia la carretera--. ¿Un grillete? ¿El eslabón de una cadena? ¿Una marca de pertenencia?
--Un anillo puede ser también una promesa --interrumpió el muchacho--. No todo regalo amoroso, no todo objeto marcado por San Valentín, tiene que ser tan terrible como lo imaginas.
La Detective se volvió a verlo. Estiró la comisura derecha de la boca y le pidió un cigarro.
--Pero si tú no fumas —le recordó.
--Nada más para sostenerlo entre los dedos -—dijo—-. Anda -—lo conminó.
--¿Estás segura de que se trata del mismo anillo? ¿Del mismo diseño?
--Mismo diseño, sí. Pero puede ser una casualidad. Una casualidad tremenda. Además, tenemos otras cosas por resolver. No tenemos tiempo para investigar asesinatos que nadie registró en ningún lado. No nos pagan para hacer eso.
Los dos se vieron de reojo y se echaron a reír. Luego, bajo la luz roja del semáforo, bajaron las ventanillas del auto y se dedicaron a ver el cielo.
--¿Cómo empezamos?
Hay una película dentro de una cabeza.
La volvió a encontrar en los pasillos de un gran almacén. Mercancías. Precios. Etiquetas. La Detective buscaba filtros para café mientras que la Mujer del Anillo de Jade analizaba, con sumo cuidado, con un cuidado que más bien parecía una escenografía, unas cuantas botellas de vino. La observó de lejos mientras decidía cómo acercarse: los hombros estrechos, el pelo largo y lacio, los zapatos de tacón. No era una mujer hermosa, pero sí elegante. Se trataba de alguien que siempre llamaba la atención.
--La casualidad es una cosa tremenda -—le dijo por todo saludo cuando se colocó frente a ella y le extendió la mano.
--¿Vienes aquí muy seguido? --le contestó la mujer sin sorpresa alguna, colocando el rostro cerca del de la Detective para brindarle, y recibir, los besos de un saludo más familiar.
--En realidad no --dijo y sonrió en el acto—-. Vengo aquí nada más cuando sé que me encontraré en el pasillo 8, a las tres de la tarde, a la Mujer con el Anillo de Jade.
--¿Todavía quieres uno así? --volvió a elevar la mano izquierda, las uñas al techo, para ver el anillo de nueva cuenta.
--¿Lo vendes? --la Mujer del Anillo soltó una carcajada entre estridente y dulce, luego la tomó del codo y la guió, sin preguntarle, hasta la salida del almacén.
--Ven --dijo--. Sígueme.
Se subieron a la parte trasera de un coche negro que arrancó a toda velocidad. La Mujer del Anillo marcó un número en su teléfono celular y, volviéndose hacia la ventanilla, dijo algo en voz muy baja y en un idioma que la Detective no entendió. Pronto transitaban por callejuelas bordeadas de tendajos y puestos de comida. El olor a grasa frita. El olor a incienso. El olor a muchos cuerpos juntos. Cuando el auto finalmente llegó a su destino tuvo la sensación de que se habían trasladado a otra zona de tiempo, en otro país. Puro bullicio alrededor.
--Te voy a pedir un favor muy grande --le avisó la mujer--. Voy a pedirte que me aclares algo --imposible saber qué había en sus ojos detrás de las gafas negras, imposible saber qué motivaba el leve temblor de los labios—-. Tú te dedicas a investigar cosas, ¿no es cierto?
Tan pronto como la Detective asintió, volvió a tomarla del codo y a dirigirla entre el gentío y bajo los techos de los tendajos hacia otros vericuetos aún más estrechos. Finalmente abrió una puerta de madera roja y, como si se encontraran ya a salvo después de una larga persecución, se echaron sobre unos sillones de piel abullonados. Un hombrecillo frágil les ofreció agua. Alguien más encendió la música de fondo. La mujer apagó su teléfono.
--A final de cuentas la casualidad no es una cosa tan tremenda ¿verdad? --preguntó La Detective con su altanería usual, tratando de enterar cuanto antes en el tema.
--En todo caso no es un asunto original --le contestó con una altanería si no similar, por lo menos de la misma contundencia.
--Quieres hablarme de un hombre decapitado del que nadie sabe nada. Quieres contarme del otro anillo --la Detective se cubría la boca con el vaso de agua mientras la veía y veía, al mismo tiempo, el cuarto donde se encontraban. Las ventanas cubiertas por gruesas cortinas de terciopelo. El piso de silenciosa madera. Las telarañas en las esquinas. Igual ahí se acababa todo. Igual y no había nada más.
--¿Siempre eres tan apresurada? --le preguntó. Los ojos entornados. La molestia. Los gestos de la buena educación.
--Supongo que sí. Esto --se interrumpió para beber otro trago de agua-- es mi trabajo. Así me gano la vida. No es un hobby, por si te interesa saberlo.
--Puedo pagarte dos o tres veces más de lo que ganas.
--Que sean cuatro --respondió de inmediato. Luego sonrió. Entonces empezaron a hablar.
El dinero. El dinero siempre hacía de las suyas con ella. El dinero y el conocimiento: dos monedas de cambio. Estaba segura de que al final de todo, cuando recibiera la cantidad pactada, volvería a reírse frente al espejo del baño con la misma incredulidad y la misma agudeza. ¿De verdad lo necesitaba? El agua. Las gotas de agua sobre el rostro. Se respondería entonces lo que se respondía ahora mismo: no, en sentido estricto, no lo necesitaba. Añadiría: quien lo necesita, quien necesita darlo a cambio de lo que yo sabré, es ella. Y entonces volvería a ver el anillo como lo vio la primera vez: una argolla, una trampa, el último eslabón de la cadena que todavía ataba al decapitado a la vida. Una seña. El hallazgo y el dinero. La cadena del mundo natural. Cuando se metió bajo las sábanas pensó que no le molestaría en lo más mínimo que fueran de seda.
Le dijo que el anillo era una promesa. Una promesa que había dado y una promesa que había recibido. Un pacto.
-—¿De sangre? -—la interrumpió sin poder ocultar la burla.
—-Algo así -—contestó ella, sin inmutarse, viéndola al centro mismo de los ojos.
Le dijo que ella también lo había visto sobre la carretera. Lo había visto, aclaró, sin saber que era él. Sin imaginarlo siquiera. Dijo que su auto también había bajado la velocidad y que, al no ver el accidente, se había preguntado por la causa de la demora. Tenía que llegar a tiempo. Dijo que llevaba entre las manos el boleto para emprender un largo viaje, un viaje al oriente. Y se lo mostró en ese instante. Le mostró el boleto. Un boleto sin usar. Cuando él no llegó, eso también se lo dijo, cuando comprobó que no llegaba, que ya no llegaría más, se dio la media vuelta y regresó a su casa. No había llorado, le dijo.
También le dijo que era cursi, muy cursi, cursi de una manera extrema. Que se tomaba las cosas literalmente. Que tenía otros defectos de los que no podía hablar. Le dijo que no había tratado de averiguar nada. La curiosidad sólo llegó después. Le dijo que al inicio se contentó con escuchar los rumores que intercambiaban los chóferes. Captaba una que otra palabra de sus conversaciones en voz baja: cuerpo, tortura, cabeza, mano. Luego oyó las palabras que se referían al sitio: la carretera, el segundo carril, el aeropuerto. Dijo que poco a poco, sin quererlo en realidad, había formado un rompecabezas de ecos, susurros, secretos. Nada más le hacía falta la cabeza, le dijo. Porque hay una ciudad ahí. Una película. Una vida entera ahí. En la cabeza.
El anillo de jade era una joya preciada. Si se trataba en realidad de ese anillo, del anillo que aparecía en las fotografías que había conseguido por internet, entonces estaban frente a una alhaja de gran valor. Venía de oriente, en efecto, pero el diseñador le pertenecía a dos mundos: un habitante de la metrópoli central ya por años. Las serpientes entrelazadas, sin embargo, venían de más atrás. De todo el tiempo. El motivo que desde lejos parecía únicamente amoroso era también, cuando visto de cerca, letal. Una serpiente abría las fauces. La otra también. Frente a frente, en estado de estupor o de alerta, la circunferencia del anillo parecía tener el tamaño exacto para que los dientes, aunque mostrándose, no se tocaran. Se trataba de un círculo hecho para prevenir un daño. Para exorcizarlo.
Una serpiente frente a otra. Las bocas abiertas. Los cuerpos entrelazados. Un lecho circular bajo sus cuerpos. El inicio de una película. El inicio de una ciudad. La Detective abrió los ojos desmesuradamente frente al parabrisas. Las luces intermitentes del semáforo sobre el hombre, sobre la mujer, que yacían ajenos de todo, en otro lado. La redondez de los hombros. La apertura de lo labios. El aroma a té de jazmín por entre todo eso. Uno respiraba dentro del otro. Las palabras: para siempre. Las palabras: una isla de terciopelo. Las palabras: aquí adentro todo es mío. Uno respiraba fuera del otro.
Había ido a la Lejana Ciudad Oriental para continuar con la investigación del tráfico de estupefacientes. Días antes, por un golpe de suerte, habían dado con un nombre que, de inmediato, les pareció de importancia en el caso. Cuando hubo que decidir quién emprendería el viaje, los detectives casados y los de recién contratación la señalaron a ella como si le selección fuera obvia y natural. No tuvo alternativa. En el momento del despegue, todavía con el desasosiego que le producía el viaje y la visión del cuerpo decapitado, pensó en las muchas cosas a las que la obligaba su soltería. Viajar por el mundo, por ejemplo. Detenerse frente a cadáveres frescos. Preguntarse por la ubicación de una cabeza.
--¿Viaje de placer? --le había preguntado su compañero de asiento tratando de hacer plática.
Por toda respuesta la Detective meneó la cabeza y cerró los ojos. Placer. Hacía mucho tiempo que no hacía cosas por placer. Simple placer. Puro placer.
Hay un avión que vuela dentro de una cabeza.
--El carpetazo al asunto vino desde arriba --le susurró el Asistente mientras caminaban a su auto. Y se lo había repetido después, ya en la mesa del restaurante donde habían elegido comer ese día.
--Falta de indicios -—continuó-—. Ya sabes. Una ejecución más. Una de tantas.
El hueso de un pollo saliendo de su boca. Los dedos llenos de grasa. Las palabras rápidas.
--¿Y nunca encontraron ni el arma ni la cabeza?
--Nunca.
Hay un cuerpo dentro de una cabeza. Una mano de alabastro. Un anillo.
Abrió la puerta de su casa. Se quitó los zapatos. Puso agua para preparar té. Cuando finalmente se echó sobre el sillón de la sala se dio cuenta de que no sólo estaba exhausta sino también triste. Algo sobre el homicidio no atendido. Una ejecución más. Una de tantas. Algo sobre tener que emprender un viaje a una lejana ciudad del oriente. Algo sobre estatuas de tamaño natural destruidas por el tiempo. Miembros rotos alrededor. Algo sobre una mujer que usa dinero para comprar una cabeza dentro de la cual hay una ciudad con muchas luces y una película de dos cuerpos juntos, una respiración adversa, y un avión que despega. Algo sobre abrir la puerta y quitarse los zapatos y preparar té dentro de una casa donde una cabeza flota dentro de una cabeza.
Regresó al lugar de los hechos. Le ordenó al taxista que la esperara mientras husmeaba por entre la maleza que bordeaba el lado derecho de la carretera. El pensamiento llegó entero a su mente: busco una cabeza. Se detuvo en seco. Elevó el rostro hacia la claridad arrebatadora del cielo. Respiró profundamente. No creyó que ella fuera una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de la carretera que iba al aeropuerto. Luego, pasados unos segundos apenas, volvió a mirar el suelo. Piedrecillas. Huellas. Desechos. Un pedazo de tela. Una lata oxidada. Una etiqueta. Plásticos. Colillas de cigarro. Tocó algunas cosas. A la mayoría sólo las vio de lejos. Se trataba, efectivamente, de una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de una carretera. Pronto se convenció de que el crimen no había ocurrido ahí. Aquí. Pronto supo que esto sólo era una escena que reflejaba lo ocurrido en otro sitio. Un sitio lejano. Un sitio tan lejano como el oriente.
Perder la cabeza. El hombre lo había hecho. Perder todo lo que tenía dentro de la cabeza: una ciudad, una película, una vida, un anillo. Lo que él había perdido, ahora lo ganaba ella: la conexión que iba entre las luces de la ciudad y las luces de la película y las luces de la vida y las luces del anillo. Toda esa luminosidad sobre un lecho circular. La Detective lo vio todo de súbito otra vez, cegada por el momento. Acaso un sueño; con toda seguridad una alucinación. Ahí estaba de nueva cuenta la imbricación de los cuerpos. La malsana lentitud con que la yema del dedo índice resbalaba por la piel del vientre, el enramaje del pubis, la punta de los labios. El espasmo posterior. Ahí estaba ahora la mano que empuñaba, con toda decisión, el largo cabello femenino. Una brida. Los gemidos de dolor. Los gemidos de placer. Puro placer. Simple placer. La Detective se preguntó, muchas veces, si habría valido la pena eso. Esto: el estallido de la respiración, los ojos en blanco, el crujir del esqueleto. La Detective no pudo saber si el hombre, de estar vivo ahora, correría el riesgo de nuevo.
Hay placer, puro placer, simple placer, dentro de una cabeza.
La mujer no era hermosa, pero sí elegante. Había un velo entre ella y el mundo que producía tensión alrededor. Algo duro. Su manera de caminar. La forma en que levantaba la mano para mostrar, con indolencia, con algo parecido al inicio del aburrimiento, ese anillo. Una promesa. Eso había dicho: una promesa. Una promesa dada y ofrecida. La Detective la visitaba para darle malas noticias: ningún dato, ningún hallazgo, ninguna información. El hombre, cuyo nombre no se atrevía a pronunciar, había desaparecido sin dejar rastro alguno. Ya no podía más. No podía seguir manoseando periódicos viejos ni archivos ni documentos. No podía merodear por más días la escena de la escena de un crimen cometido lejos. No aguantaba más. Se lo decía todo así, de golpe, atropelladamente. No puedo seguir investigando su caso.
La Mujer del Anillo de Jade sonrió apenas. Le ofreció un té helado. La invitó a sentarse sobre el mullido sillón de su sala de estar. Luego abrió una puerta por la que entró una mujer muy pequeña que se hincó frente a ella y, sin verla a los ojos, le quitó los zapatos con iguales dosis de destreza y suavidad. Desapareció entonces y volvió a aparecer con un pequeño taburete forrado de terciopelo rojo y una palangana blanca, llena de agua caliente, de la que brotaban aromas a hierbas. Con movimientos delicados le ayudó a introducir sus pies desnudos en ella. El placer más básico. Simple placer. Puro placer. Un gemido apenas. El espasmo. La Mujer Pequeña colocó entonces una de sus extremidades sobre el taburete, entre sus propias piernas semiabiertas. Mientras masajeaba la planta de sus pies, la yema del dedo pulgar sobre la cabeza de los metatarsianos, el resto de los dedos sobre el empeine, la Mujer del Anillo de Jade guardó silencio. Y así se mantuvo cuando las diminutas manos de la masajista trabajaban los costados del pie en forma ascendente y cuando, minutos después, cogía el tendón de Aquiles con los dedos pulgar e índice y lo masajeaba en la misma dirección, firmemente. La mano abierta sobre el empeine, luego. Y, más tarde, en un tiempo que empezaba a no reconocer más, mientras la mujer sujetaba con la mano izquierda su rodilla, doblando suavemente la pierna sobre el muslo, La Detective tuvo unos deseos inmensos de gritar. El dolor la obligó a abrir los ojos que, hasta ese momento, había mantenido cerrados. Abrió los labios. Exhaló. Ahí, frente a ella, suspendida en el aire, estaba la mano de La Mujer del Anillo de Jade que le extendía, justo en ese instante, los billetes prometidos.
--Buen trabajo -—la felicitó.
La Detective agachó la cabeza pero elevó la mirada. Los codos sobre las rodillas, los billetes en la mano, y los pies en el agua tibia, aromática. Una imagen extraña. Una imagen fuera de lugar. La corrupción de los sentidos.
Siempre quise un anillo así. Todavía lo quiero.
--crg
Monday, October 23, 2006
COSAS RARAS SUCEDEN CUANDO SE TRANSITA POR UNO O MÁS DE LOS CIEN FREEWAYS DE MAGALI TERCERO
[publicado en Confabulario, octubre 21, 2006; texto escrito para la voz de Magali Tercero en ocasión de la presentación de su libro Cien Freeways: DF y alrededores, ganador del Premio Nacional de Crónica Urbana de la UACM 2005]
Aclaro: no soy Magali Tercero. Mi apariencia es la de Magali Tercero, la voz, el cuerpo, estos ojos que se elevan de la página para tratar de convencerlos de lo que, por increíble que parezca, hoy no es obvio. No puede serlo. Insisto (y ustedes lo saben): no soy Magali Tercero.
¿Pero es ella o soy yo, la que no es ella, quien se sube al taxi para recorrer la ciudad más grande del mundo a través de sus vías de alta velocidad? No lo sé. Ya no estoy segura de nada. Sé que me subo al taxi y que, ahí, en ese minúsculo espacio rodeado de ventanillas, un perpetuo heraldo negro me esclarece lo que sucede alrededor e, incluso, dentro de mí misma. Yo, que no soy Magali Tercero, pero que escucho con los oídos de Magali Tercero, le contesto con otra voz. ¿A poco? ¡No me diga! ¿De verdad?
Entonces, justo en ese instante, sucede la escritura, en esa cálida interacción, en esa súbita confianza, en la colisión de esos mundos que, por azares de la rapidez (o, con más frecuencia, la lentitud) vial, entrechocan, incrédulos. El movimiento los pone en contacto. La necesidad del traslado los conecta. Ella va ahí, en el asiento trasero, pero soy yo la que ve el mundo a través de sus ojos. Sus palabras son mías porque van abiertas, cartas sin marcar. Soy, por unos instantes, por los instantes en que el ojo absorbe la letra, Magali Tercero. Aquí. Ahora. Mis sentidos, que se aproximan a la ciudad con la ambivalente intimidad de lo que, por conocido y amado, se vuelve más desconocido, se la apropian, a la ciudad, a las palabras que encarnan a esa ciudad, por primera vez. Ésa es la clase de vértigo que producen estas crónicas.
Cosas raras suceden cuando se transita por uno o más de los cien freeways de Magali Tercero. El país se ensancha, por ejemplo. Las fronteras se vuelven blandas, aunque no menos feroces. México abarca, hacia el noroeste, hasta Los Angeles pasando por Chicago, y hasta Suiza por el este. Uno puede tomar el taxi, digamos, en el centro, en uno de los muchos centros del centro, que es otra manera de decir que sólo hay periferia, que todo es inmediación, y terminar, días después, por ejemplo, en una pequeña ciudad europea, discutiendo ardientes asuntos de identidad o el precio del boleto del metro con otros que tomaron el taxi o el bote o el avión en otro lado del mundo y terminaron, como yo, la autora de las crónicas, dentro de mi país.
O uno puede salir una noche hacia la noche y convivir de cerca, entre copas si se quiere, con las mujeres de la noche para descubrir que más allá o más acá de las diosas del erotismo, las ninfas u odaliscas inventadas por la fervorosa imaginación masculina están las mujeres de carne y hueso y un pedazo de pescuezo que, dicho sea de paso, en su compleja y brutal humanidad resultan más interesantes, más ellas. Se trata de mujeres con hijos, con adicciones, con aventuras, con esperanzas, con estudios universitarios, con cálculos infinitesimales, con rencores, con rehenes, con sobrevivencias varias. En uno de estos freeways de Magali Tercero uno puede, efectivamente, verlas a través de los vahos del alcohol y el cansancio ya al filo de la madrugada, pero sobre todo puede oírlas. Se trata de una voz, de voces que, por venir del más acá, emergen descarnadas, reales, dulces.
O uno puede iniciar el trayecto, porque toda escritura verdadera es el rastro de un trayecto, frente a un puesto de lotería, visualizando con religiosa osadía el número que, completo, nos librará de tener que tomar este otro taxi que, a toda velocidad éste sí, nos depositará a las puertas del reclusorio. Es posible, y en esto hay que tener cuidado, terminar en la cárcel si uno toma uno de los cien freways de Magali Tercero, quien, insisto, no soy yo. Uno puede acabar tras las rejas, acompañada de mujeres con hijos y amores y necesidades y bromas y asesinatos a cuestas. Incluso peor: uno puede terminar, en un abrir y cerrar de ojos, en la segunda ciudad mexicana más grande del mundo, que es Los Ángeles, para ver pasar al veterano que todavía alucina la violencia de sus guerras y, de reojo, a Tom Cruise acaso haciendo lo mismo. Uno puede caminar por Venice Beach, meditabunda.
El viaje verdadero, el más radical, es el que nos lleva hacia fuera de nosotros mismos: el que a través de su propia ejecución nos invita a ser otros. Ese desafío. Ese placer. El viaje extremo nos invita a ser, por ejemplo, Magali Tercero y a llegar, conminada por Magali Tercero, a hablar de un libro de crónicas que más bien parecen radiografías de la alteridad que presupone todo recorrido verdadero. No sé qué pase después. No sé, quiero decir, si algún día, después de cerrar estas páginas, regresaré a ser "yo misma" o, incluso, no sé si ese mítico "yo misma" todavía existe y, de existir, no sé si todavía lo quiero (tan ensimismado ese Yo Misma, tan solito, la verdad). Los buenos libros en todo caso, y éste sin duda alguna lo es, los libros que de verdad nos alcanzan y nos tocan, nos traen siempre ese regalo: la posibilidad de salir de ver con otros ojos: la aventura imposible y no por ello menos codiciada de ser otro.
Después de todo, creo que sí soy Magali Tercero. Todos aquí lo somos.
--crg
[publicado en Confabulario, octubre 21, 2006; texto escrito para la voz de Magali Tercero en ocasión de la presentación de su libro Cien Freeways: DF y alrededores, ganador del Premio Nacional de Crónica Urbana de la UACM 2005]
Aclaro: no soy Magali Tercero. Mi apariencia es la de Magali Tercero, la voz, el cuerpo, estos ojos que se elevan de la página para tratar de convencerlos de lo que, por increíble que parezca, hoy no es obvio. No puede serlo. Insisto (y ustedes lo saben): no soy Magali Tercero.
¿Pero es ella o soy yo, la que no es ella, quien se sube al taxi para recorrer la ciudad más grande del mundo a través de sus vías de alta velocidad? No lo sé. Ya no estoy segura de nada. Sé que me subo al taxi y que, ahí, en ese minúsculo espacio rodeado de ventanillas, un perpetuo heraldo negro me esclarece lo que sucede alrededor e, incluso, dentro de mí misma. Yo, que no soy Magali Tercero, pero que escucho con los oídos de Magali Tercero, le contesto con otra voz. ¿A poco? ¡No me diga! ¿De verdad?
Entonces, justo en ese instante, sucede la escritura, en esa cálida interacción, en esa súbita confianza, en la colisión de esos mundos que, por azares de la rapidez (o, con más frecuencia, la lentitud) vial, entrechocan, incrédulos. El movimiento los pone en contacto. La necesidad del traslado los conecta. Ella va ahí, en el asiento trasero, pero soy yo la que ve el mundo a través de sus ojos. Sus palabras son mías porque van abiertas, cartas sin marcar. Soy, por unos instantes, por los instantes en que el ojo absorbe la letra, Magali Tercero. Aquí. Ahora. Mis sentidos, que se aproximan a la ciudad con la ambivalente intimidad de lo que, por conocido y amado, se vuelve más desconocido, se la apropian, a la ciudad, a las palabras que encarnan a esa ciudad, por primera vez. Ésa es la clase de vértigo que producen estas crónicas.
Cosas raras suceden cuando se transita por uno o más de los cien freeways de Magali Tercero. El país se ensancha, por ejemplo. Las fronteras se vuelven blandas, aunque no menos feroces. México abarca, hacia el noroeste, hasta Los Angeles pasando por Chicago, y hasta Suiza por el este. Uno puede tomar el taxi, digamos, en el centro, en uno de los muchos centros del centro, que es otra manera de decir que sólo hay periferia, que todo es inmediación, y terminar, días después, por ejemplo, en una pequeña ciudad europea, discutiendo ardientes asuntos de identidad o el precio del boleto del metro con otros que tomaron el taxi o el bote o el avión en otro lado del mundo y terminaron, como yo, la autora de las crónicas, dentro de mi país.
O uno puede salir una noche hacia la noche y convivir de cerca, entre copas si se quiere, con las mujeres de la noche para descubrir que más allá o más acá de las diosas del erotismo, las ninfas u odaliscas inventadas por la fervorosa imaginación masculina están las mujeres de carne y hueso y un pedazo de pescuezo que, dicho sea de paso, en su compleja y brutal humanidad resultan más interesantes, más ellas. Se trata de mujeres con hijos, con adicciones, con aventuras, con esperanzas, con estudios universitarios, con cálculos infinitesimales, con rencores, con rehenes, con sobrevivencias varias. En uno de estos freeways de Magali Tercero uno puede, efectivamente, verlas a través de los vahos del alcohol y el cansancio ya al filo de la madrugada, pero sobre todo puede oírlas. Se trata de una voz, de voces que, por venir del más acá, emergen descarnadas, reales, dulces.
O uno puede iniciar el trayecto, porque toda escritura verdadera es el rastro de un trayecto, frente a un puesto de lotería, visualizando con religiosa osadía el número que, completo, nos librará de tener que tomar este otro taxi que, a toda velocidad éste sí, nos depositará a las puertas del reclusorio. Es posible, y en esto hay que tener cuidado, terminar en la cárcel si uno toma uno de los cien freways de Magali Tercero, quien, insisto, no soy yo. Uno puede acabar tras las rejas, acompañada de mujeres con hijos y amores y necesidades y bromas y asesinatos a cuestas. Incluso peor: uno puede terminar, en un abrir y cerrar de ojos, en la segunda ciudad mexicana más grande del mundo, que es Los Ángeles, para ver pasar al veterano que todavía alucina la violencia de sus guerras y, de reojo, a Tom Cruise acaso haciendo lo mismo. Uno puede caminar por Venice Beach, meditabunda.
El viaje verdadero, el más radical, es el que nos lleva hacia fuera de nosotros mismos: el que a través de su propia ejecución nos invita a ser otros. Ese desafío. Ese placer. El viaje extremo nos invita a ser, por ejemplo, Magali Tercero y a llegar, conminada por Magali Tercero, a hablar de un libro de crónicas que más bien parecen radiografías de la alteridad que presupone todo recorrido verdadero. No sé qué pase después. No sé, quiero decir, si algún día, después de cerrar estas páginas, regresaré a ser "yo misma" o, incluso, no sé si ese mítico "yo misma" todavía existe y, de existir, no sé si todavía lo quiero (tan ensimismado ese Yo Misma, tan solito, la verdad). Los buenos libros en todo caso, y éste sin duda alguna lo es, los libros que de verdad nos alcanzan y nos tocan, nos traen siempre ese regalo: la posibilidad de salir de ver con otros ojos: la aventura imposible y no por ello menos codiciada de ser otro.
Después de todo, creo que sí soy Magali Tercero. Todos aquí lo somos.
--crg
Monday, October 16, 2006
LA VIDA, EXTRAVIADA
[Publicado en Narrativas 3, www.revistanarrativas.com]
para Néstor Braunstein y Tamara Frances, que me hicieron pensar en todo esto
I.
El primer recuerdo en el que aparece el yo es el recuerdo de una pérdida. Un extravío. Vivía entonces en la esquina más noreste del país, ahí donde el Golfo conserva el nombre pero gana la nacionalidad, en una de esas casas de madera que, sin importar cuando fueron construidas, siempre dan la apariencia de ser viejísimas. Se había sustituido ya el cultivo del algodón por el del sorgo y, durante los meses del verano, las amplias parcelas del Valle adquirían entonces, como ahora, ese color encendido, entre marrón y naranja, que a menudo hace creer que uno pisa el sol, o algo parecido al sol, cuando camina por ahí. En ese lugar, entre los surcos de un campo de sorgo, emergió, con un terror inigualable, la primera noción del yo.
Yo estoy perdida.
Recuerdo esa frase. Y, junto con la frase, recuerdo las imágenes agigantadas del verde casi negro de los tallos del sorgo y las imágenes, también desproporcionadas, de las melgas que sostenían mis titubeantes pies.
No recuerdo cómo regresé a casa, ni el llanto que debió haber alertado a los que dormían en ese momento la siesta. Pero esa escena en la que el mundo adquiere dimensiones exorbitantes mientras yo me reduzco a una expresión mínima ha sido, desde entonces, la clave para identificar ese estado de fuga y espanto que es el estar perdido.
Dicen los que me encontraron entre el sorgo que, efectivamente, lloraba. Y que, al regresar al regazo materno, ya bajo el techo del porche que nos protegía del sol de mediodía, lo único que pedí fue ir de regreso al lugar de la pérdida.
II.
Cuando las familias se mudan con frecuencia, los hijos suelen perderse con creciente naturalidad. Debido a demandas laborales o a cierto talante inadmisiblemente aventurero en el carácter de mis padres, mi infancia estuvo marcada por los cambios súbitos de residencia, los largos y silenciosos viajes por carretera, y los extravíos que ocasiona el desconocimiento de un nuevo espacio.
Yo no sabía que carecía de lo que se llama “sentido de la orientación” hasta que llegamos a X, un pequeño pueblo en el centro del país, satélite de un campus universitario rodeado de agapandos en flor perpetua. Todavía sin desempacar del todo, pero acatando una disciplina que mis padres llamaban férrea pero que a mí todavía me parece algo exagerada, me llevaron a la escuela primaria. Como buenos padres, me depositaron a la entrada del colegio y, con las manos en alto, se despidieron de mí después de colocar el mítico beso en la mejilla derecha: un verdadero cuadro idílico que habría sido perfecto si a los tres no se nos hubiera olvidado dejar en claro la dirección de la nueva casa o las indicaciones específicas para regresar a ella.
A la hora de la salida, como era de esperarse, me perdí. Tomé, como suelo hacerlo hasta el día de hoy, con una prontitud acaso profética, el camino equivocado. Y caminé sin rumbo, pero también sin miedo, a través de mercados llenos de frutas coloridas, frente a iglesias de edad inverosímil, por calles sin pavimentar, hasta que llegué a una de las orillas de X. Entonces supe, sin lugar a dudas, que estaba perdida pero, sospechando que todo era cuestión de tomar el camino contrario, continué con mi travesía. Aparecieron funerarias y más iglesias y callejones estrechísimos y casuchas semi-derruidas que yo, olvidando que estaba perdida, veía con el asombro y la inocencia del turista. Así, con ese estado de ánimo por demás exultante, con una ligereza que apenas acababa de conocer, llegué hasta la estación del tren. No sabía yo entonces que unos treinta años más tarde describiría ese entrecruzamiento de vías, ese verdadero amasijo de metal, como algo pesado y melancólico, algo definitivamente venido de otro siglo, algo como una isla en el tiempo. Un grito sin voz. Una apabullante lejanía. No sabía yo hace treinta años que ese momento de absoluta desolación y de radical, aunque exultante, soledad, iba a quedar grabado a un lado del sonido de los trenes que no pasaron y del color a óxido que afectaba todo cuanto veía.
Un ciclista cadavérico, de rala caballera blanca, se detuvo al lado de la niña que, inmóvil, veía con absoluta concentración la ausencia total de acontecimientos.
—¿Estás perdida? —preguntó. Y su voz grave, su voz como de pelambre terco, su voz de tren que no pasaba, rajó en ese instante la atmósfera.
Y entonces regresó, con furia pero sin miedo, el yo.
—Si —murmuré—. Estoy perdida.
—Dime por dónde vives y te llevo —carraspeó.
Con la naturalidad que proporciona a veces el extravío, con esa proclividad por el riesgo que aún ahora nimba todo lo que hago y, también, lo que no hago, le ayudé al anciano a acomodar mi mochila en los manubrios de la bicicleta y me senté, con toda tranquilidad, en la parrilla trasera. Supongo que tuve que abrazarlo para no caer.
El hombre pedaleó cansina pero firmemente de un lado a otro mientras seguía al pie de la letra mis esquizofrénicas indicaciones. Cuando le pedía que diera vuelta a la derecha porque ese camino me resultaba familiar, él lo hacía sin chistar. Igual, sin decir absolutamente nada, seguía pedaleando cuando le informaba que, una vez más, me había equivocado. Supongo que así anduvimos una media hora y, dentro de esa media hora, con el viento revoloteando por mi fleco y despeinando las trenzas que mi madre se empeñaba en que fueran perfectas, juro que hubo un par de minutos, un segundo apenas, en que me sentí, cualquier cosa que eso signifique ahora, yo misma. Cuando finalmente avizoré la puerta negra detrás de la cual se escondía un pasillo muy angosto que desembocaba en mi casa, di un respingo.
—Aquí es —le dije al ciclista y salté del vehículo todavía en movimiento.
Él se detuvo con la misma silenciosa parsimonia de todo el trayecto y, después de darme mi mochila, colocó el pie derecho sobre el pavimento para detener la bicicleta y encender, así, un cigarrillo sin filtro.
Entonces llegó el terror.
Toqué el timbre de la casa con verdadera fruición, imaginando que el anciano en ese momento me arrancaría de mi vida y me llevaría de regreso a la estación de los trenes invisibles; imaginando que el anciano saludaría a mi madre y la regañaría sin misericordia alguna; imaginando, incluso, que le pediría una remuneración exorbitante por sus servicios. Imaginé, quiero decir, cosas cada vez más exageradas y descomunales. Mi madre, por fortuna, abrió la puerta y yo, un tanto recuperada con la sola visión de su presencia, volvía la cabeza para darle gracias al anciano cuando me di cuenta que éste ya había desaparecido. No había bicicleta ni hombre y ni siquiera el humo del cigarrillo. No había nada. Y en esa nada, de la que naturalmente no pude hablar pero que sí pude relatar, se ha quedado también otra manera de identificar ese estado exultante y sin brújula que es la pérdida.
III.
La edad más difícil para perderse es, dicho sea esto con toda honestidad, la adolescencia. Después de leer a Baudelaire, a Benjamin o a Kerouac, ningún extravío es un extravío.
La adolescencia, que es pura errancia, sufre de las limitaciones propias de las ideologías radicales o las misiones divinas. Perderse a los 14 o a los 17 es más un requisito que una aventura.
El adolescente, a fin y principio de cuentas, siempre encuentra su casa. Cuando no lo hace, entonces se sabe, con toda la amarga certeza del caso, que ha empezado la edad adulta. El verdadero extravío.
IV.
Llegué a vivir a X, una ciudad cerca del mar, un verano de mucho sol, saturado de buganvillas. Aunque todo mundo no hacía más que describirme la belleza del océano y la singularidad, acaso paradisíaca, de la costa, yo estaba tan llena de trabajo que, por meses enteros, no pude caminar por su orilla. El deseo de hacerlo no llegó sino hasta finales del invierno. Había disfrutado mi primer fin de semana verdaderamente libre y, después de comer y beber, después de platicar y callar con un amigo que venía de una costa aún más lejana, decidimos, como se deciden estas cosas, así, sin más, tomar el coche e ir a la playa. Eran, para entonces, las 11:30 de la noche y ninguno de los dos había tenido la precaución de llevar un mapa.
Manejamos sin prisa y sin destino, guiándonos por un mítico a-la-izquierda, a-la-izquierda, por buena parte de la noche. Cuando tocamos el mismo compact tres veces y la conversación caía fulminada por el cansancio, tuvimos que aceptarlo sin cortapisas: no teníamos la menor idea de dónde estábamos. Entonces nos dimos a la tarea de preguntar a otros motoristas nocturnos, especialmente a aquellos que se detenían bajo los semáforos que, a esa hora de la noche, tenían un ligero nimbo lyncheano.
—¿Cómo llegamos al mar? —preguntábamos con una inocencia que a los otros, jóvenes casi todos y en speed con toda seguridad, les resultaba altamente sospechosa. Supongo que era por eso que nos dejaban con la palabra en la boca, acompañados nada más del eco que dejaba en el aire húmedo el ruido de los neumáticos contra el pavimento.
—¿Dónde está el océano? —inquiríamos ya con algo de suspicacia propia ante los navegadores nocturnos de cerca-de-la-costa para recibir sólo risitas sardónicas o ventanillas en súbito movimiento vertical.
Todo parecía indicar que el océano, tan cercano, tan obvio, tan material, quería escabullirse.
—¿Falta mucho para llegar a la playa? —le preguntamos a otro motorista nocturno.
—No —dijo y, para nuestra gran sorpresa, continuó—: Síganme si quieren. Voy para allá.
A nosotros nos pareció absolutamente natural lo que hicimos: colocamos el coche detrás del suyo y, como si lo conociéramos de toda la vida o nos uniera una confianza ancestral, lo seguimos por debajo de puentes y sobre rieles metálicos, a lo largo de anchas avenidas sin tráfico y por enredados caminitos de laberinto. El solitario motorista nocturno nos condujo a su casa que, a todas luces, no quedaba cerca del mar. Cuando declinamos su invitación para tomar algo o ver, cuando menos, la televisión juntos, no fue por miedo o resquemor sino, más bien, pura terquedad: todavía creíamos que esa noche, esa noche y no otra, esa noche precisa llegaríamos a nuestro destino. Él lo entendió y, antes de dejarnos ir, nos dio las gracias.
Nos encontrábamos en la hora más oscura cuando decidimos detenernos. Los dos estábamos cansados y, a esas alturas, no sabíamos ya ni cómo regresar. Supongo que la frustración y el agotamiento fueron los que nos hicieron estacionar el coche en el lugar al que al coche se le dio la gana. No tardamos, en todo caso, en cerrar los ojos.
Tuve un sueño. En el sueño, la luz del sol y el bochorno me obligaban a abrir los ojos. Me movía lentamente después, tratando de recordar dónde estaba y por qué estaba ahí mientras bajaba la ventanilla. Entonces lo reconocía: era el olor a océano. Y entonces abría la puerta y, corriendo como hacia un imán, lo descubría detrás de los matorrales. Sereno. Obvio. En perpetuo movimiento. Ahí estaba. El mar. Mi amigo, que me había seguido sin yo darme cuenta, murmuraba entonces:
—Dimos con él —luego de titubear un poco, añadió—: O dimos con ella. Da lo mismo.
No fue sino hasta su segunda y políticamente correcta intervención que me di cabal cuenta de que eso no era un sueño.
V.
Perderse para producir el contexto desde el cual es posible atisbar el yo.
Perderse para encontrar una isla de óxido en el tiempo.
Perderse para recordar, unos treinta años después, el momento de la pérdida.
Perderse para cumplir una misión.
Perderse para encontrar lo que no se buscaba.
Perderse para restar.
Perderse para vivir dentro del Gran Aro del No.
Perderse para desvariar y discurrir y disgregar.
Perderse para perder.
Perderse para decir la vida, extraviada.
VI.
Lo único que se consigue saliendo a caminar sin propósito es cansarse.
Kôbô Abe, La mujer de la arena
--crg
[Publicado en Narrativas 3, www.revistanarrativas.com]
para Néstor Braunstein y Tamara Frances, que me hicieron pensar en todo esto
I.
El primer recuerdo en el que aparece el yo es el recuerdo de una pérdida. Un extravío. Vivía entonces en la esquina más noreste del país, ahí donde el Golfo conserva el nombre pero gana la nacionalidad, en una de esas casas de madera que, sin importar cuando fueron construidas, siempre dan la apariencia de ser viejísimas. Se había sustituido ya el cultivo del algodón por el del sorgo y, durante los meses del verano, las amplias parcelas del Valle adquirían entonces, como ahora, ese color encendido, entre marrón y naranja, que a menudo hace creer que uno pisa el sol, o algo parecido al sol, cuando camina por ahí. En ese lugar, entre los surcos de un campo de sorgo, emergió, con un terror inigualable, la primera noción del yo.
Yo estoy perdida.
Recuerdo esa frase. Y, junto con la frase, recuerdo las imágenes agigantadas del verde casi negro de los tallos del sorgo y las imágenes, también desproporcionadas, de las melgas que sostenían mis titubeantes pies.
No recuerdo cómo regresé a casa, ni el llanto que debió haber alertado a los que dormían en ese momento la siesta. Pero esa escena en la que el mundo adquiere dimensiones exorbitantes mientras yo me reduzco a una expresión mínima ha sido, desde entonces, la clave para identificar ese estado de fuga y espanto que es el estar perdido.
Dicen los que me encontraron entre el sorgo que, efectivamente, lloraba. Y que, al regresar al regazo materno, ya bajo el techo del porche que nos protegía del sol de mediodía, lo único que pedí fue ir de regreso al lugar de la pérdida.
II.
Cuando las familias se mudan con frecuencia, los hijos suelen perderse con creciente naturalidad. Debido a demandas laborales o a cierto talante inadmisiblemente aventurero en el carácter de mis padres, mi infancia estuvo marcada por los cambios súbitos de residencia, los largos y silenciosos viajes por carretera, y los extravíos que ocasiona el desconocimiento de un nuevo espacio.
Yo no sabía que carecía de lo que se llama “sentido de la orientación” hasta que llegamos a X, un pequeño pueblo en el centro del país, satélite de un campus universitario rodeado de agapandos en flor perpetua. Todavía sin desempacar del todo, pero acatando una disciplina que mis padres llamaban férrea pero que a mí todavía me parece algo exagerada, me llevaron a la escuela primaria. Como buenos padres, me depositaron a la entrada del colegio y, con las manos en alto, se despidieron de mí después de colocar el mítico beso en la mejilla derecha: un verdadero cuadro idílico que habría sido perfecto si a los tres no se nos hubiera olvidado dejar en claro la dirección de la nueva casa o las indicaciones específicas para regresar a ella.
A la hora de la salida, como era de esperarse, me perdí. Tomé, como suelo hacerlo hasta el día de hoy, con una prontitud acaso profética, el camino equivocado. Y caminé sin rumbo, pero también sin miedo, a través de mercados llenos de frutas coloridas, frente a iglesias de edad inverosímil, por calles sin pavimentar, hasta que llegué a una de las orillas de X. Entonces supe, sin lugar a dudas, que estaba perdida pero, sospechando que todo era cuestión de tomar el camino contrario, continué con mi travesía. Aparecieron funerarias y más iglesias y callejones estrechísimos y casuchas semi-derruidas que yo, olvidando que estaba perdida, veía con el asombro y la inocencia del turista. Así, con ese estado de ánimo por demás exultante, con una ligereza que apenas acababa de conocer, llegué hasta la estación del tren. No sabía yo entonces que unos treinta años más tarde describiría ese entrecruzamiento de vías, ese verdadero amasijo de metal, como algo pesado y melancólico, algo definitivamente venido de otro siglo, algo como una isla en el tiempo. Un grito sin voz. Una apabullante lejanía. No sabía yo hace treinta años que ese momento de absoluta desolación y de radical, aunque exultante, soledad, iba a quedar grabado a un lado del sonido de los trenes que no pasaron y del color a óxido que afectaba todo cuanto veía.
Un ciclista cadavérico, de rala caballera blanca, se detuvo al lado de la niña que, inmóvil, veía con absoluta concentración la ausencia total de acontecimientos.
—¿Estás perdida? —preguntó. Y su voz grave, su voz como de pelambre terco, su voz de tren que no pasaba, rajó en ese instante la atmósfera.
Y entonces regresó, con furia pero sin miedo, el yo.
—Si —murmuré—. Estoy perdida.
—Dime por dónde vives y te llevo —carraspeó.
Con la naturalidad que proporciona a veces el extravío, con esa proclividad por el riesgo que aún ahora nimba todo lo que hago y, también, lo que no hago, le ayudé al anciano a acomodar mi mochila en los manubrios de la bicicleta y me senté, con toda tranquilidad, en la parrilla trasera. Supongo que tuve que abrazarlo para no caer.
El hombre pedaleó cansina pero firmemente de un lado a otro mientras seguía al pie de la letra mis esquizofrénicas indicaciones. Cuando le pedía que diera vuelta a la derecha porque ese camino me resultaba familiar, él lo hacía sin chistar. Igual, sin decir absolutamente nada, seguía pedaleando cuando le informaba que, una vez más, me había equivocado. Supongo que así anduvimos una media hora y, dentro de esa media hora, con el viento revoloteando por mi fleco y despeinando las trenzas que mi madre se empeñaba en que fueran perfectas, juro que hubo un par de minutos, un segundo apenas, en que me sentí, cualquier cosa que eso signifique ahora, yo misma. Cuando finalmente avizoré la puerta negra detrás de la cual se escondía un pasillo muy angosto que desembocaba en mi casa, di un respingo.
—Aquí es —le dije al ciclista y salté del vehículo todavía en movimiento.
Él se detuvo con la misma silenciosa parsimonia de todo el trayecto y, después de darme mi mochila, colocó el pie derecho sobre el pavimento para detener la bicicleta y encender, así, un cigarrillo sin filtro.
Entonces llegó el terror.
Toqué el timbre de la casa con verdadera fruición, imaginando que el anciano en ese momento me arrancaría de mi vida y me llevaría de regreso a la estación de los trenes invisibles; imaginando que el anciano saludaría a mi madre y la regañaría sin misericordia alguna; imaginando, incluso, que le pediría una remuneración exorbitante por sus servicios. Imaginé, quiero decir, cosas cada vez más exageradas y descomunales. Mi madre, por fortuna, abrió la puerta y yo, un tanto recuperada con la sola visión de su presencia, volvía la cabeza para darle gracias al anciano cuando me di cuenta que éste ya había desaparecido. No había bicicleta ni hombre y ni siquiera el humo del cigarrillo. No había nada. Y en esa nada, de la que naturalmente no pude hablar pero que sí pude relatar, se ha quedado también otra manera de identificar ese estado exultante y sin brújula que es la pérdida.
III.
La edad más difícil para perderse es, dicho sea esto con toda honestidad, la adolescencia. Después de leer a Baudelaire, a Benjamin o a Kerouac, ningún extravío es un extravío.
La adolescencia, que es pura errancia, sufre de las limitaciones propias de las ideologías radicales o las misiones divinas. Perderse a los 14 o a los 17 es más un requisito que una aventura.
El adolescente, a fin y principio de cuentas, siempre encuentra su casa. Cuando no lo hace, entonces se sabe, con toda la amarga certeza del caso, que ha empezado la edad adulta. El verdadero extravío.
IV.
Llegué a vivir a X, una ciudad cerca del mar, un verano de mucho sol, saturado de buganvillas. Aunque todo mundo no hacía más que describirme la belleza del océano y la singularidad, acaso paradisíaca, de la costa, yo estaba tan llena de trabajo que, por meses enteros, no pude caminar por su orilla. El deseo de hacerlo no llegó sino hasta finales del invierno. Había disfrutado mi primer fin de semana verdaderamente libre y, después de comer y beber, después de platicar y callar con un amigo que venía de una costa aún más lejana, decidimos, como se deciden estas cosas, así, sin más, tomar el coche e ir a la playa. Eran, para entonces, las 11:30 de la noche y ninguno de los dos había tenido la precaución de llevar un mapa.
Manejamos sin prisa y sin destino, guiándonos por un mítico a-la-izquierda, a-la-izquierda, por buena parte de la noche. Cuando tocamos el mismo compact tres veces y la conversación caía fulminada por el cansancio, tuvimos que aceptarlo sin cortapisas: no teníamos la menor idea de dónde estábamos. Entonces nos dimos a la tarea de preguntar a otros motoristas nocturnos, especialmente a aquellos que se detenían bajo los semáforos que, a esa hora de la noche, tenían un ligero nimbo lyncheano.
—¿Cómo llegamos al mar? —preguntábamos con una inocencia que a los otros, jóvenes casi todos y en speed con toda seguridad, les resultaba altamente sospechosa. Supongo que era por eso que nos dejaban con la palabra en la boca, acompañados nada más del eco que dejaba en el aire húmedo el ruido de los neumáticos contra el pavimento.
—¿Dónde está el océano? —inquiríamos ya con algo de suspicacia propia ante los navegadores nocturnos de cerca-de-la-costa para recibir sólo risitas sardónicas o ventanillas en súbito movimiento vertical.
Todo parecía indicar que el océano, tan cercano, tan obvio, tan material, quería escabullirse.
—¿Falta mucho para llegar a la playa? —le preguntamos a otro motorista nocturno.
—No —dijo y, para nuestra gran sorpresa, continuó—: Síganme si quieren. Voy para allá.
A nosotros nos pareció absolutamente natural lo que hicimos: colocamos el coche detrás del suyo y, como si lo conociéramos de toda la vida o nos uniera una confianza ancestral, lo seguimos por debajo de puentes y sobre rieles metálicos, a lo largo de anchas avenidas sin tráfico y por enredados caminitos de laberinto. El solitario motorista nocturno nos condujo a su casa que, a todas luces, no quedaba cerca del mar. Cuando declinamos su invitación para tomar algo o ver, cuando menos, la televisión juntos, no fue por miedo o resquemor sino, más bien, pura terquedad: todavía creíamos que esa noche, esa noche y no otra, esa noche precisa llegaríamos a nuestro destino. Él lo entendió y, antes de dejarnos ir, nos dio las gracias.
Nos encontrábamos en la hora más oscura cuando decidimos detenernos. Los dos estábamos cansados y, a esas alturas, no sabíamos ya ni cómo regresar. Supongo que la frustración y el agotamiento fueron los que nos hicieron estacionar el coche en el lugar al que al coche se le dio la gana. No tardamos, en todo caso, en cerrar los ojos.
Tuve un sueño. En el sueño, la luz del sol y el bochorno me obligaban a abrir los ojos. Me movía lentamente después, tratando de recordar dónde estaba y por qué estaba ahí mientras bajaba la ventanilla. Entonces lo reconocía: era el olor a océano. Y entonces abría la puerta y, corriendo como hacia un imán, lo descubría detrás de los matorrales. Sereno. Obvio. En perpetuo movimiento. Ahí estaba. El mar. Mi amigo, que me había seguido sin yo darme cuenta, murmuraba entonces:
—Dimos con él —luego de titubear un poco, añadió—: O dimos con ella. Da lo mismo.
No fue sino hasta su segunda y políticamente correcta intervención que me di cabal cuenta de que eso no era un sueño.
V.
Perderse para producir el contexto desde el cual es posible atisbar el yo.
Perderse para encontrar una isla de óxido en el tiempo.
Perderse para recordar, unos treinta años después, el momento de la pérdida.
Perderse para cumplir una misión.
Perderse para encontrar lo que no se buscaba.
Perderse para restar.
Perderse para vivir dentro del Gran Aro del No.
Perderse para desvariar y discurrir y disgregar.
Perderse para perder.
Perderse para decir la vida, extraviada.
VI.
Lo único que se consigue saliendo a caminar sin propósito es cansarse.
Kôbô Abe, La mujer de la arena
--crg
Tuesday, October 03, 2006
EL TEC NARRATIVO
Como parte de la serie "Tres Generaciones Tres" que organiza la Cátedra de Humanidades del ITESM-Campus Toluca, se presenta la escritora mexicana PALOMA VILLEGAS, ganadora del premio Sor Juna Inés de la Cruz 2005 por la novela Agosto y fuga (México: Era, 2004).
En Luz Oblicua, novela publicada en 1995, Paloma Villegas exploró la pérdida de la utopía de la generación que vivió los años 60 con la confianza en un cambio y una renovación, de preferencia radical. Casi 10 años después, la autora abordó tangencialmente el mismo tema a través de la vida de cuatro personajes--Lázaro, Magda, Pablo , Nora--durante los cinco días previos a las elecciones de 1994. Y ahí están el levantamiento de Chiapas, la Alianza Cívica, la izquierda y sus confrontacioes, la izquierda y sus encuentros y sus desencuentros--todo esto a través de una escritura de gran poder evocativo, una mirada a la vez distanciada y enormemente pasional sobre hechos de los que nos separa una década entera. Agosto y fuga es, además, un manifiesto de amor a la ciudad de México.
AUDITORIO I
2:00 PM
¡ENTRADA LIBRE!
--crg
Como parte de la serie "Tres Generaciones Tres" que organiza la Cátedra de Humanidades del ITESM-Campus Toluca, se presenta la escritora mexicana PALOMA VILLEGAS, ganadora del premio Sor Juna Inés de la Cruz 2005 por la novela Agosto y fuga (México: Era, 2004).
En Luz Oblicua, novela publicada en 1995, Paloma Villegas exploró la pérdida de la utopía de la generación que vivió los años 60 con la confianza en un cambio y una renovación, de preferencia radical. Casi 10 años después, la autora abordó tangencialmente el mismo tema a través de la vida de cuatro personajes--Lázaro, Magda, Pablo , Nora--durante los cinco días previos a las elecciones de 1994. Y ahí están el levantamiento de Chiapas, la Alianza Cívica, la izquierda y sus confrontacioes, la izquierda y sus encuentros y sus desencuentros--todo esto a través de una escritura de gran poder evocativo, una mirada a la vez distanciada y enormemente pasional sobre hechos de los que nos separa una década entera. Agosto y fuga es, además, un manifiesto de amor a la ciudad de México.
AUDITORIO I
2:00 PM
¡ENTRADA LIBRE!
--crg
Monday, October 02, 2006
42
Los que cumplieron más de cuarenta
se deprimieron mucho el día de la fiesta,
o fingieron que era la misma fiesta
de hace cuatro años,
o comieron y bebieron tanto
que al día siguiente se sintieron enfermos,
casi viejos.
Pero los que cumplieron más de cuarenta
ya están mejor: sus gestos
han perdido la ostentación de la juventud.
Ahora pueden fumar, sostener una viga,
pelear con el marido por culpa de los closets
y hasta hacer el amor
con ademanes lentos, naturales,
con la resignación
de quien sabe que el tiempo es pura pérdida
de tiempo.
Los que cumplieron más de cuarenta, Julián Herbert.
Auto-regalo: una ciudad natal.
--crg
Los que cumplieron más de cuarenta
se deprimieron mucho el día de la fiesta,
o fingieron que era la misma fiesta
de hace cuatro años,
o comieron y bebieron tanto
que al día siguiente se sintieron enfermos,
casi viejos.
Pero los que cumplieron más de cuarenta
ya están mejor: sus gestos
han perdido la ostentación de la juventud.
Ahora pueden fumar, sostener una viga,
pelear con el marido por culpa de los closets
y hasta hacer el amor
con ademanes lentos, naturales,
con la resignación
de quien sabe que el tiempo es pura pérdida
de tiempo.
Los que cumplieron más de cuarenta, Julián Herbert.
Auto-regalo: una ciudad natal.
--crg
Friday, September 22, 2006
LA COSTUMBRE HEROICAMENTE INSANA
Algo extraño pasa cuando uno oye a alguien hablar solo. Algo entre promiscuo y travieso. Una especie de dúctil transgresión. Ahí está Alguien platicando con uno de sus Sí Mismos, entretendídisimo además, ríendose incluso, y uno pasa frente a la puerta abierta como una visitación de la Así Llamada (Realidad) a interrumpir ese multiloquio de fantasmas. Algo sucede entonces, algo como la colisión descarada de dos mundos que, siendo opuestos, embonan y se besan. Uno, en todo caso, se detiene, niño tras la puerta, mano que tiembla, tratando de identificar una palabra, un guiño; intentando arrebatar un eco, un latido de ese otro mundo que, en voz baja, se aleja. Y uno observa, de la manera más discreta posible, apenas con el rabillo del ojo, los gestos que ese Alguien que habla solo le dedica al interlocutor animado y sensible que aviva la conversación con giros ignotos y bromas secretas. En ese momento extraño y promiscuo uno se siente tentado a pensar que ahí está, presa aún del "contradictorio prestigo del almidón", la prima Águeda--sus mejillas rubicundas, el timbre "caricioso" de su voz, toda ella avanzando por el "sonoro corredor" de la vieja casa de provincia. Uno se convence de que, ahí, a unos cuantos pasos de distancia, protegida por la transparencia de una conversación extraña, se encuentra, "su polícromo cesto de uvas y manzanas". Y en ese instante, convocada por el gesto y la concentración que vienen desde el futuro, Águeda, en efecto, está atendiendo, sensata y juiciosa, cálida y medio distraída a la vez, la plática de Alguien que ha caído en "la costumbre heroicamente insana de hablar solo", el hombre o la mujer por quien guarda desde entonces, desde antes de que la persona misma naciera, ese "temible luto ceremenioso".
--crg
Algo extraño pasa cuando uno oye a alguien hablar solo. Algo entre promiscuo y travieso. Una especie de dúctil transgresión. Ahí está Alguien platicando con uno de sus Sí Mismos, entretendídisimo además, ríendose incluso, y uno pasa frente a la puerta abierta como una visitación de la Así Llamada (Realidad) a interrumpir ese multiloquio de fantasmas. Algo sucede entonces, algo como la colisión descarada de dos mundos que, siendo opuestos, embonan y se besan. Uno, en todo caso, se detiene, niño tras la puerta, mano que tiembla, tratando de identificar una palabra, un guiño; intentando arrebatar un eco, un latido de ese otro mundo que, en voz baja, se aleja. Y uno observa, de la manera más discreta posible, apenas con el rabillo del ojo, los gestos que ese Alguien que habla solo le dedica al interlocutor animado y sensible que aviva la conversación con giros ignotos y bromas secretas. En ese momento extraño y promiscuo uno se siente tentado a pensar que ahí está, presa aún del "contradictorio prestigo del almidón", la prima Águeda--sus mejillas rubicundas, el timbre "caricioso" de su voz, toda ella avanzando por el "sonoro corredor" de la vieja casa de provincia. Uno se convence de que, ahí, a unos cuantos pasos de distancia, protegida por la transparencia de una conversación extraña, se encuentra, "su polícromo cesto de uvas y manzanas". Y en ese instante, convocada por el gesto y la concentración que vienen desde el futuro, Águeda, en efecto, está atendiendo, sensata y juiciosa, cálida y medio distraída a la vez, la plática de Alguien que ha caído en "la costumbre heroicamente insana de hablar solo", el hombre o la mujer por quien guarda desde entonces, desde antes de que la persona misma naciera, ese "temible luto ceremenioso".
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Thursday, September 21, 2006
RAZÓN POR LA CUAL SIEMPRE SOSPECHÉ DEL SANTO OLOR DE LAS PANADERÍAS
"Gracias a la Real Ordenanza del 4 de diciembre de 1782, se les confirió a los alcaldes de cuartel facultades y jurisdicciones para remitir a las mujeres a figones y panaderías donde purgarían con algunos días de servicio faltas leves y de poca consideración, que no merecían la formación de proceso. Desde entonces se impuso, como medida correctiva, el depósito de las esposas que tenían problemas con los marido; dichos establecimientos terminaron por convertirse en correccionales de carácter ilegal y efímero en el que las mujeres eran obligadas a trabajar y prestar sus servicios. Para los policías se volvió común castigar a las esposas encerrándolas varios días o meses en dichas casas comerciales donde servían como cocineras, meseras, limpiadoras y moledoras de maíz. Estos castigos eran considerados medidas terapéuticas que corregían a las esposas inquietas".
Ana Lidia García Peña, El fracaso del amor, 172.
"Gracias a la Real Ordenanza del 4 de diciembre de 1782, se les confirió a los alcaldes de cuartel facultades y jurisdicciones para remitir a las mujeres a figones y panaderías donde purgarían con algunos días de servicio faltas leves y de poca consideración, que no merecían la formación de proceso. Desde entonces se impuso, como medida correctiva, el depósito de las esposas que tenían problemas con los marido; dichos establecimientos terminaron por convertirse en correccionales de carácter ilegal y efímero en el que las mujeres eran obligadas a trabajar y prestar sus servicios. Para los policías se volvió común castigar a las esposas encerrándolas varios días o meses en dichas casas comerciales donde servían como cocineras, meseras, limpiadoras y moledoras de maíz. Estos castigos eran considerados medidas terapéuticas que corregían a las esposas inquietas".
Ana Lidia García Peña, El fracaso del amor, 172.
Wednesday, September 20, 2006
EL FRACASO DEL AMOR
No lo digo yo, por supuesto. Lo dice Ana Lidia García Peña. Y lo dice muy bien. Lo dice en: El Fracaso del amor. Género e individualismo en el siglo XIX mexicano (México: El Colegio de México/UAEM, 2006)
El análisis de 292 juicios de divorcio del siglo XIX, de los cuales 212 (73%) fueron promovidos por mujeres y sólo 61 (20%) por hombres, le da pie a la historiadora para argumentar que el divorcio fue desde el inicio un arma de resistencia femenina para escapar del yugo matrimonial, especialmente de la violencia verbal y física que lo caracterizaba. No es éste el caso, añade cautelosa García Peña, de heroínas libertarias en busca de cambiarlo todo, sino de mujeres comunes y corrientes, de diversas clases sociales (la gran mayoría de los divorcios decimonónicos le corresponden, por clase, a los grupos medios de la sociedad) que "no buscaron la independencia o ser iguales a los hombres; en realidad, no querían cambiar las relaciones de poder entre los géneros sino que simplemente utilizaron instituciones ya existentes que las protegían, para desobedecer a sus violentos maridos" [92]. Yo no sé que se encierra con exactitud dentro de la palabra "simplemente" en la cita anterior, pero los pocos, por desgracia muy pocos, casos extraídos del expediente y citados de manera literal en el texto de análisis histórico, dejan una materia ominosa sobre el adverbio.
“Hace doce años”, dice María Rita de la Vega en 1817, “que soy casada con el indicado mi marido y puede decirse que en todos ellos no he tenido un solo día de gusto o de descanso en la pésima vida que paso con él. De día y de noche, esté enferma o sana, me halle grávida o parida, en mi casa o en la ajena, jamás se pasa un periodo de 24 horas en que no me golpee lo menos dos o tres veces, pero esto ¿con qué rigor? Con cintazos, palos, cuartas, reatas, a mordida, bofetadas, pellizcos. No desconoce mi cuerpo ningún género de crueldad o padecimiento porque todos lo ha ejercido en él mi verdugo”.
“A cada instante acecha mi vida”, dice Dolores Aceituno en 1877, “como últimamente lo hizo que me encerró en un cuarto y después de golpearme con la espada y marro hasta que se cansó, me tomó de los hombros y me echó a la calle. Repetidas veces, mi marido espera las altas horas de la noche en que estregada yo al sueño me toma con sus manos por el cuello y descarga sobre mí puros golpes aun estando grávida, por lo que tengo siete cicatrices en la cabeza”.
Entre tantas otras, pues, María Rita de la Vega y Dolores Aceituno utilizaron el recurso de la narrativa--detallada y personal, con descripciones puntuales, uno se atrevería a calificarlas de realistas, de sus cuerpos--dentro de un discurso de victimización femenina para, de manera acaso no simple, servirse de las instituciones que existían, al menos oficialmente, para su protección.
Aún sin pretender la igualdad o buscar la independencia, las mujeres decimonónicas lograrían hacer del divorcio, que hasta 1859 era eclesiástico y desde entonces hasta el 1914 fue civil aunque no vincular, una estrategia de resistencia—un acto digno de llamar la atención especialmente en un medio que, tanto legal como socialmente, insistía en restarles, no aumentarles, derechos. García Peña argumenta, pues, que, hecho por y para hombres, el proceso de individuación que se llevó a cabo a través de la reforma liberal enfatizó la construcción del sujeto masculino, excluyendo del mismo concepto de individuo, y sus derechos, a las mujeres. De ahí que García Peña sostenga que los únicos los beneficiados del reformismo individualista borbónico y liberal hayan sido los hombres.
Sostener lo anterior no es difícil, quitarle el velo de lo evidente y descubrir, no por debajo, como harían los hermeneutas de la sospecha, sino en la misma construcción de la tautología, los escabrosos medios a través de los cuales esto fue posible, es lo que hace leíble, es decir, disfrutable a El fracaso del amor, uno de los pocos libros académicos de historia que me ha mantenido volviendo sus páginas sin saber a ciencia cierta, que es una manera exquisita de experimentar el asombro, qué me espera a la vuelta de la frase. ¿Qué se descubre cuando se descubre que la ausencia de cualquier mención de violencia doméstica en los códigos civiles del 66, 71 y 84 se registró mientras los juzgados liberales también evitaban, a toda costa, la incorporación de los relatos del maltrato conyugal que esgrimían las esposas al demandar el divorcio?
Un fenómeno que había sido, y de manera legítima y amplia, de interés público y social durante la época colonial, el maltrato conyugal, tan abrumadoramente presente en los divorcios iniciados por mujeres, se convirtió en un asunto privado y, por lo tanto, mudo, gracias a una reforma liberal que abogó por los derechos y la libertad del individuo. La violencia doméstica, que era una violencia masculina, se privatizó y, además, se estereotipó, como es posible comprobar en cualquier novela o tratado de nuestros próceres liberales, como una patología de los pobres. La privatización de la violencia conyugal, además, implicó la exclusión de las narrativas del conflicto doméstico, casi todas ellas autor-izadas y esgrimidas por mujeres, casi todas ellas elaboradas a partir de las inscripciones que la violencia misma dejaba en el cuerpo, de los juzgados liberales, cuyos abogados preferían ceñirse a las fórmulas jurídicas que encubrían, en muchos casos, hasta la causa misma de la petición de divorcio.
Lo privado, así entonces, al menos en sus orígenes decimonónicos mexicanos, parece ser un parapeto. En honor a la precisión: lo privado es un parapeto que resguarda narrativas de violencia masculina elaboradas por mujeres. Silenciado, oscurecido, vuelto materia íntima y, luego entonces, materia muda, lo privado, que había sido cosa pública en juzgados coloniales todavía aquejados de manera obsesiva por la culpa y el pecado y la expiación, entrará en su fase subterránea, en su fase secreta, es decir, en su fase femenina. Lo privado, pues, no es, sino que deviene, a través de un impulso liberal, en femenino. Lo femenino no es, sino que deviene, privado.
[continuará…]
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No lo digo yo, por supuesto. Lo dice Ana Lidia García Peña. Y lo dice muy bien. Lo dice en: El Fracaso del amor. Género e individualismo en el siglo XIX mexicano (México: El Colegio de México/UAEM, 2006)
El análisis de 292 juicios de divorcio del siglo XIX, de los cuales 212 (73%) fueron promovidos por mujeres y sólo 61 (20%) por hombres, le da pie a la historiadora para argumentar que el divorcio fue desde el inicio un arma de resistencia femenina para escapar del yugo matrimonial, especialmente de la violencia verbal y física que lo caracterizaba. No es éste el caso, añade cautelosa García Peña, de heroínas libertarias en busca de cambiarlo todo, sino de mujeres comunes y corrientes, de diversas clases sociales (la gran mayoría de los divorcios decimonónicos le corresponden, por clase, a los grupos medios de la sociedad) que "no buscaron la independencia o ser iguales a los hombres; en realidad, no querían cambiar las relaciones de poder entre los géneros sino que simplemente utilizaron instituciones ya existentes que las protegían, para desobedecer a sus violentos maridos" [92]. Yo no sé que se encierra con exactitud dentro de la palabra "simplemente" en la cita anterior, pero los pocos, por desgracia muy pocos, casos extraídos del expediente y citados de manera literal en el texto de análisis histórico, dejan una materia ominosa sobre el adverbio.
“Hace doce años”, dice María Rita de la Vega en 1817, “que soy casada con el indicado mi marido y puede decirse que en todos ellos no he tenido un solo día de gusto o de descanso en la pésima vida que paso con él. De día y de noche, esté enferma o sana, me halle grávida o parida, en mi casa o en la ajena, jamás se pasa un periodo de 24 horas en que no me golpee lo menos dos o tres veces, pero esto ¿con qué rigor? Con cintazos, palos, cuartas, reatas, a mordida, bofetadas, pellizcos. No desconoce mi cuerpo ningún género de crueldad o padecimiento porque todos lo ha ejercido en él mi verdugo”.
“A cada instante acecha mi vida”, dice Dolores Aceituno en 1877, “como últimamente lo hizo que me encerró en un cuarto y después de golpearme con la espada y marro hasta que se cansó, me tomó de los hombros y me echó a la calle. Repetidas veces, mi marido espera las altas horas de la noche en que estregada yo al sueño me toma con sus manos por el cuello y descarga sobre mí puros golpes aun estando grávida, por lo que tengo siete cicatrices en la cabeza”.
Entre tantas otras, pues, María Rita de la Vega y Dolores Aceituno utilizaron el recurso de la narrativa--detallada y personal, con descripciones puntuales, uno se atrevería a calificarlas de realistas, de sus cuerpos--dentro de un discurso de victimización femenina para, de manera acaso no simple, servirse de las instituciones que existían, al menos oficialmente, para su protección.
Aún sin pretender la igualdad o buscar la independencia, las mujeres decimonónicas lograrían hacer del divorcio, que hasta 1859 era eclesiástico y desde entonces hasta el 1914 fue civil aunque no vincular, una estrategia de resistencia—un acto digno de llamar la atención especialmente en un medio que, tanto legal como socialmente, insistía en restarles, no aumentarles, derechos. García Peña argumenta, pues, que, hecho por y para hombres, el proceso de individuación que se llevó a cabo a través de la reforma liberal enfatizó la construcción del sujeto masculino, excluyendo del mismo concepto de individuo, y sus derechos, a las mujeres. De ahí que García Peña sostenga que los únicos los beneficiados del reformismo individualista borbónico y liberal hayan sido los hombres.
Sostener lo anterior no es difícil, quitarle el velo de lo evidente y descubrir, no por debajo, como harían los hermeneutas de la sospecha, sino en la misma construcción de la tautología, los escabrosos medios a través de los cuales esto fue posible, es lo que hace leíble, es decir, disfrutable a El fracaso del amor, uno de los pocos libros académicos de historia que me ha mantenido volviendo sus páginas sin saber a ciencia cierta, que es una manera exquisita de experimentar el asombro, qué me espera a la vuelta de la frase. ¿Qué se descubre cuando se descubre que la ausencia de cualquier mención de violencia doméstica en los códigos civiles del 66, 71 y 84 se registró mientras los juzgados liberales también evitaban, a toda costa, la incorporación de los relatos del maltrato conyugal que esgrimían las esposas al demandar el divorcio?
Un fenómeno que había sido, y de manera legítima y amplia, de interés público y social durante la época colonial, el maltrato conyugal, tan abrumadoramente presente en los divorcios iniciados por mujeres, se convirtió en un asunto privado y, por lo tanto, mudo, gracias a una reforma liberal que abogó por los derechos y la libertad del individuo. La violencia doméstica, que era una violencia masculina, se privatizó y, además, se estereotipó, como es posible comprobar en cualquier novela o tratado de nuestros próceres liberales, como una patología de los pobres. La privatización de la violencia conyugal, además, implicó la exclusión de las narrativas del conflicto doméstico, casi todas ellas autor-izadas y esgrimidas por mujeres, casi todas ellas elaboradas a partir de las inscripciones que la violencia misma dejaba en el cuerpo, de los juzgados liberales, cuyos abogados preferían ceñirse a las fórmulas jurídicas que encubrían, en muchos casos, hasta la causa misma de la petición de divorcio.
Lo privado, así entonces, al menos en sus orígenes decimonónicos mexicanos, parece ser un parapeto. En honor a la precisión: lo privado es un parapeto que resguarda narrativas de violencia masculina elaboradas por mujeres. Silenciado, oscurecido, vuelto materia íntima y, luego entonces, materia muda, lo privado, que había sido cosa pública en juzgados coloniales todavía aquejados de manera obsesiva por la culpa y el pecado y la expiación, entrará en su fase subterránea, en su fase secreta, es decir, en su fase femenina. Lo privado, pues, no es, sino que deviene, a través de un impulso liberal, en femenino. Lo femenino no es, sino que deviene, privado.
[continuará…]
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Monday, September 18, 2006
LA ARQUITECTURA DE LA NOVELA
Dice Hal Foster que pocos arquitectos han respondido como Zaha Hadid al llamado futurista de abrir la estructura en el espacio, de interpenetrar el interior y el exterior, de intensificar la "figura" y el "medio ambiente". Nacida en Iraq y residente de Londres, ciudad en la que no existe ningún edificio suyo, Zaha Hadid ha cultivado una reputación de arquitecta radical que no ha podido borrar ni el prestigioso premio Priztker, el cual recibió en el 2004. Su alianza con los suprematistas y, especialmente, con la arquitectura futurista coloca frente a mí un espacio que, entre más lo pienso, o entre más lo veo y menos lo pienso, más se parece al espacio que produce la novela--un tipo especial de novela, quiero decir.
Una estructura volcada hacia afuera, un texto que no "encierra" a la así llamada realidad en un universo hermético, sino que, abriéndose, invita a la Así Llamada a salirse de sí misma. No es, pues, una novela abierta en el sentido convencional del término, sino una novela que se abre o, mejor aún, que abre. Una vez abierta, esta novela no invita a entrar, sino a salir. He aquí el puente. Otra estructura, estrecha o zigzagueante o vertical, no importa, pero un puente a través del cual se desliza, titubeante si fuera necesario, trastabillante si no hubiera de otra, la Así Llamada hasta producir otro puente, otro afuera, o hasta que se decide a saltar, desde el más imaginario de los trampolines, hacia las aguas. La novela como la intensificación, por supuesto, de la figura, entendida, aquí, como la silueta o, mejor, como el hilvane que dejará hilos sueltos (una pre-forma) (una forma como proceso) desde la Así Llamada hasta el Medio Ambiente (que por algo es medio y no completo y nunca fin).
Se trata, y lo puedo ver exactamente como un plano, de una novela que, de súbito, se vuelve red, transformándose a sí misma con las protuberancias del caso. Contemporánea, claro. Un presente congelado, a punto de saltar. Un salto a punto de volverse cabeza estrellada. Una cabeza abierta, sangre alrededor. Unos cachitos sobre el pavimento. Una novela que es una cierta utilización de un espacio especialmente producido para la intervención de una red. Algo así. Algo como lo que Hadid piensa que es el objetivo de la arquitectura: la liberación de las fuerzas detectadas en cada proyecto o sitio a partir de las cuales se podrán desarrollar estructuras, espacios, y funciones hasta entonces inéditas.
No me resulta nada extraño, y tampoco deja de darme cierta retórica risa, pues, que algunos críticos bienpensantes se hayan referido al trabajo de Hadid en los siguientes términos: "Hadid es un miembro arquetípico del reducido grupo de arquitectos internacionales que actúan, en gran medida para su propio círculo, como una especie de circo ambulante, símbolos de una arrogancia arquitectónica de la que el público ha aprendido a desconfiar" Colin Amery, en el Financial Times de 1994.
--crg
Dice Hal Foster que pocos arquitectos han respondido como Zaha Hadid al llamado futurista de abrir la estructura en el espacio, de interpenetrar el interior y el exterior, de intensificar la "figura" y el "medio ambiente". Nacida en Iraq y residente de Londres, ciudad en la que no existe ningún edificio suyo, Zaha Hadid ha cultivado una reputación de arquitecta radical que no ha podido borrar ni el prestigioso premio Priztker, el cual recibió en el 2004. Su alianza con los suprematistas y, especialmente, con la arquitectura futurista coloca frente a mí un espacio que, entre más lo pienso, o entre más lo veo y menos lo pienso, más se parece al espacio que produce la novela--un tipo especial de novela, quiero decir.
Una estructura volcada hacia afuera, un texto que no "encierra" a la así llamada realidad en un universo hermético, sino que, abriéndose, invita a la Así Llamada a salirse de sí misma. No es, pues, una novela abierta en el sentido convencional del término, sino una novela que se abre o, mejor aún, que abre. Una vez abierta, esta novela no invita a entrar, sino a salir. He aquí el puente. Otra estructura, estrecha o zigzagueante o vertical, no importa, pero un puente a través del cual se desliza, titubeante si fuera necesario, trastabillante si no hubiera de otra, la Así Llamada hasta producir otro puente, otro afuera, o hasta que se decide a saltar, desde el más imaginario de los trampolines, hacia las aguas. La novela como la intensificación, por supuesto, de la figura, entendida, aquí, como la silueta o, mejor, como el hilvane que dejará hilos sueltos (una pre-forma) (una forma como proceso) desde la Así Llamada hasta el Medio Ambiente (que por algo es medio y no completo y nunca fin).
Se trata, y lo puedo ver exactamente como un plano, de una novela que, de súbito, se vuelve red, transformándose a sí misma con las protuberancias del caso. Contemporánea, claro. Un presente congelado, a punto de saltar. Un salto a punto de volverse cabeza estrellada. Una cabeza abierta, sangre alrededor. Unos cachitos sobre el pavimento. Una novela que es una cierta utilización de un espacio especialmente producido para la intervención de una red. Algo así. Algo como lo que Hadid piensa que es el objetivo de la arquitectura: la liberación de las fuerzas detectadas en cada proyecto o sitio a partir de las cuales se podrán desarrollar estructuras, espacios, y funciones hasta entonces inéditas.
No me resulta nada extraño, y tampoco deja de darme cierta retórica risa, pues, que algunos críticos bienpensantes se hayan referido al trabajo de Hadid en los siguientes términos: "Hadid es un miembro arquetípico del reducido grupo de arquitectos internacionales que actúan, en gran medida para su propio círculo, como una especie de circo ambulante, símbolos de una arrogancia arquitectónica de la que el público ha aprendido a desconfiar" Colin Amery, en el Financial Times de 1994.
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LA PRIMERA DAMA: colectivo, columna semanal, blogspot
Se trata de la columna de un colectivo formado por hombres y mujeres que incluyen a: Vizania Amezcua, narradora mexicana; Juan Carlos Bautista, poeta; Ishtar Cardona, doctoranda en sociología por la Escuela de Altos Estudios de París; Alberto Chimal, narrador mexicano; Gloria Hazel Davenport, militante; Adriana González Mateos, narradora y doctora en letras por la NYU; Noé Morales Muñoz, dramaturgo; Saúl Gutiérrez, doctorando en sociología por la New School for Social Research; Cristina Rivera Garza, narradora y doctora en historia por la UH.
Se trata de una columna semanal que aparece los viernes, en las páginas de cultura del periódico mexicano El Universal.
Se trata de una columna bipartita, bifurcada, bicameral. Cada semana, dos integrantes del colectivo, comparten espacio para intercalar, oponer, complementar, desviar sus ideas en 2,500 caracteres más o menos (hay rollo para más, por supuesto, pero las limitaciones del periódico, ya saben).
Por sobre todas las cosas: En La Primera Dama se vale disentir y se vale estar de acuerdo y se vale tomar las cosas con humor y con la seriedad del caso.
Se trata, desde esta semana, de un blogspot: www.laprimeradama.blogspot.com
--crg
Se trata de la columna de un colectivo formado por hombres y mujeres que incluyen a: Vizania Amezcua, narradora mexicana; Juan Carlos Bautista, poeta; Ishtar Cardona, doctoranda en sociología por la Escuela de Altos Estudios de París; Alberto Chimal, narrador mexicano; Gloria Hazel Davenport, militante; Adriana González Mateos, narradora y doctora en letras por la NYU; Noé Morales Muñoz, dramaturgo; Saúl Gutiérrez, doctorando en sociología por la New School for Social Research; Cristina Rivera Garza, narradora y doctora en historia por la UH.
Se trata de una columna semanal que aparece los viernes, en las páginas de cultura del periódico mexicano El Universal.
Se trata de una columna bipartita, bifurcada, bicameral. Cada semana, dos integrantes del colectivo, comparten espacio para intercalar, oponer, complementar, desviar sus ideas en 2,500 caracteres más o menos (hay rollo para más, por supuesto, pero las limitaciones del periódico, ya saben).
Por sobre todas las cosas: En La Primera Dama se vale disentir y se vale estar de acuerdo y se vale tomar las cosas con humor y con la seriedad del caso.
Se trata, desde esta semana, de un blogspot: www.laprimeradama.blogspot.com
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LECTURA COMO DUELO COMO ESCRITURA: Historiar y Ficcionar (la melancolía del expediente)
Lo dice Helene Cixous: “Each of us, individually and freely, must do the work that consists of rethinking what is your death and my death, which are inseparable. Writing originates in this relationship.” Lo dice la narradora experimental norteamericana Camilla Roy: “In some sense, the writer is always already dead, as far as the reader is concerned”. Lo dice Margeret Atwood en su libro de ensayos sobre la práctica de la escritura titulado, aptamente, Neogitating with the Dead. Los ejemplos abundan, pero creo que, por ahora, estos bastan para decir que no sólo existe una relación estrecha entre el lenguaje escrito y la muerte, sino que, además, se trata de una relación reconocida, ya de manera sucinta o de manera poética o de manera práctica, por escritores de la más variada índole—entre los que no abundan, sospechosamente, los historiadores.
Una relación que involucra de tal manera a la muerte no puede ser ni experimentada ni enunciada sin un ritual de duelo a través del cual se reconozca y se asuma, ya personal y ya socialmente, la pérdida. La pérdida del caso. El libro es, entre todos, el elemento si ne qua non de este duelo—un artefacto de comunicación con los muertos que pone de manifiesto el anhelo, por lo demás imposible, de conexión con mundos ultraterrenos y desconocidos y, acaso, incognoscibles. Así entonces, una relación que implica de tal manera a la pérdida—y la menor de todas no es la pérdida de la presencia del cuerpo—no puede ser enunciada ni resucitada, pues, sin el asomo de la melancolía. La melancolía de quien sabe, de entrada, que su tarea es imposible (hacer hablar a los muertos); la melancolía de quien, al tanto de tal imposibilidad, continúa sin embargo leyendo; y la melancolía, también, del expediente mismo—acaso olvidado por años, acaso inmóvil, lleno de polvo, extraviado.
Pero tal acumulación de melancolía, uno de cuyos elementos intrínsecos, según Freud, es el empobrecimiento del yo, bien puede jugar un papel estratégico en abrir paso para ese otro deseo, el deseo de vivir en asombro. El deseo de vivir asombrosmente. Pues si bien, como lo sustenta Cixious, “la escena de la escritura es una escena de inconmensurable separación”, también Katy Acker tiene razón cuando argumenta que “[w]henever we talk about narration, about narrative structure, we´re talking about political power. There are no ivory towers. The desire to play, to make literary structures that play into and in unknown or unknowable realms, those of chance and death and the lack of language, is the desire to live in a world that is open and dangerous that is limitless. To play, then, both in structure and in content, is to desire to live in Wonder.” Acaso ese deseo y ese asombro, ese deseo de vivir asombrosamente, nos remita a las implicaciones políticas de estos textos históricos en modo etnográfico: algo debe pasar en el mundo real y verdadero (la frase es de Matilda Burgos) cuando se ponen de manifiesto los métodos de construcción de los textos a través de los cuales reconstruimos socialmente la memoria plural de nuestros contextos presentes. Algo debe suceder en el mundo real y verdadero, insisto, en el mundo de los ciudadanos de carne y hueso, cuando nuestros textos memoriosos asuman el reto—sintáctico, cultural, político—de encarnar las estrategias narrativas de los documentos en los cuales se basan, y cuando asuman el reto de, tal como lo prometen hasta nuestros días, hacer-como-si fueran escuchados en ese justo momento. Este.
--crg
Lo dice Helene Cixous: “Each of us, individually and freely, must do the work that consists of rethinking what is your death and my death, which are inseparable. Writing originates in this relationship.” Lo dice la narradora experimental norteamericana Camilla Roy: “In some sense, the writer is always already dead, as far as the reader is concerned”. Lo dice Margeret Atwood en su libro de ensayos sobre la práctica de la escritura titulado, aptamente, Neogitating with the Dead. Los ejemplos abundan, pero creo que, por ahora, estos bastan para decir que no sólo existe una relación estrecha entre el lenguaje escrito y la muerte, sino que, además, se trata de una relación reconocida, ya de manera sucinta o de manera poética o de manera práctica, por escritores de la más variada índole—entre los que no abundan, sospechosamente, los historiadores.
Una relación que involucra de tal manera a la muerte no puede ser ni experimentada ni enunciada sin un ritual de duelo a través del cual se reconozca y se asuma, ya personal y ya socialmente, la pérdida. La pérdida del caso. El libro es, entre todos, el elemento si ne qua non de este duelo—un artefacto de comunicación con los muertos que pone de manifiesto el anhelo, por lo demás imposible, de conexión con mundos ultraterrenos y desconocidos y, acaso, incognoscibles. Así entonces, una relación que implica de tal manera a la pérdida—y la menor de todas no es la pérdida de la presencia del cuerpo—no puede ser enunciada ni resucitada, pues, sin el asomo de la melancolía. La melancolía de quien sabe, de entrada, que su tarea es imposible (hacer hablar a los muertos); la melancolía de quien, al tanto de tal imposibilidad, continúa sin embargo leyendo; y la melancolía, también, del expediente mismo—acaso olvidado por años, acaso inmóvil, lleno de polvo, extraviado.
Pero tal acumulación de melancolía, uno de cuyos elementos intrínsecos, según Freud, es el empobrecimiento del yo, bien puede jugar un papel estratégico en abrir paso para ese otro deseo, el deseo de vivir en asombro. El deseo de vivir asombrosmente. Pues si bien, como lo sustenta Cixious, “la escena de la escritura es una escena de inconmensurable separación”, también Katy Acker tiene razón cuando argumenta que “[w]henever we talk about narration, about narrative structure, we´re talking about political power. There are no ivory towers. The desire to play, to make literary structures that play into and in unknown or unknowable realms, those of chance and death and the lack of language, is the desire to live in a world that is open and dangerous that is limitless. To play, then, both in structure and in content, is to desire to live in Wonder.” Acaso ese deseo y ese asombro, ese deseo de vivir asombrosamente, nos remita a las implicaciones políticas de estos textos históricos en modo etnográfico: algo debe pasar en el mundo real y verdadero (la frase es de Matilda Burgos) cuando se ponen de manifiesto los métodos de construcción de los textos a través de los cuales reconstruimos socialmente la memoria plural de nuestros contextos presentes. Algo debe suceder en el mundo real y verdadero, insisto, en el mundo de los ciudadanos de carne y hueso, cuando nuestros textos memoriosos asuman el reto—sintáctico, cultural, político—de encarnar las estrategias narrativas de los documentos en los cuales se basan, y cuando asuman el reto de, tal como lo prometen hasta nuestros días, hacer-como-si fueran escuchados en ese justo momento. Este.
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