Sunday, November 04, 2012
Saturday, November 03, 2012
EL NIVEL DE DEGRADACIÓN DE LA VOZ QUE HABLA
La cellule sentait le monde décomposé, l´humus brûlant, la fièvre terminale, ella empestait les peurs que les animaux les plus humbles, et je le regrette, ne trouvent jamais les mots pour dire...
Antoine Volodine, Le post-exotisme en dix leçons, leçon onze, 85.
--crg
La cellule sentait le monde décomposé, l´humus brûlant, la fièvre terminale, ella empestait les peurs que les animaux les plus humbles, et je le regrette, ne trouvent jamais les mots pour dire...
Antoine Volodine, Le post-exotisme en dix leçons, leçon onze, 85.
--crg
Thursday, November 01, 2012
DESDE EL MAL DE LA TAIGA
No me propuse reseñar el libro de Cristina Rivera Garza. En todo caso intenté escribir el bosquejo de un mal, como quien escribe el informe de una búsqueda que ha emprendido dentro de un bosque o dentro de una novela. Mi experiencia dentro del bosque de palabras que es El mal de la Taiga está ahora aquí. Este bosquejo es como el informe que escribe la mujer detective: parece estar escrito en una clave que sólo yo entenderé al final. No importa. El viejo teórico búlgaro Tzvetan Todorov decía que sólo la literatura de masas debería exigir la noción de género, y que las etiquetas genéricas (novela policiaca, cuento de hadas, folletín, ciencia ficción, etc.) serían inaplicables a los textos específicamente literarios. Pero también sabía que para que hubiera transgresión era necesario que la norma fuera sensible, es decir, había que reconocer la existencia de los géneros y con ello reconocer que una obra literaria mantenía relaciones con las obras ya existentes. Para poder ir más allá de los géneros había que reconocerlos. Sin esa intertextualidad, El mal de la Taiga no lograría la transgresión, va más allá de los géneros (la novela policiaca o detectivesca, el cuento infantil, la road movie) para transgredirlos y rebasarlos. Pero El mal de la Taiga no es lo que es porque transgreda a Caperucita o a Hansel y Gretel, o haga eco de una novela negra o de una canción de Leonard Cohen o de un filme de Truffaut, sino porque, como decía Blanchot, ya no pertenece justo a un género: El mal de la Taiga en tanto libro depende exclusivamente de la literatura. Por eso yo no me concentraría en todo ese material que El mal de la Taiga va recogiendo en su camino boscoso de escritura, canción, cuento, película, convención genérica, pues creo que eso sería quedarse aún fuera del frío bosque de la novela, y quedarse también, de alguna manera, fuera de los peligros de su interpretación.
La reseña completa de Eduardo Sabugal en "Bosquejo de un mal", Crítica. Revista Cultural de la Universidad Autónoma de Puebla.
--crg
Tuesday, October 30, 2012
CADÁVERES TEXTUALES
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Ha sido muy común referirse a la parte más importante de un escrito, o la más voluminosa en todo caso, como al cuerpo textual. Conectado a una variedad de apéndices, tales como el encabezado o los pies de página, y estructurado a través de párrafos o secciones más amplias, como los capítulos, se entendía que ese cuerpo era una especie de organismo con un funcionamiento interno propio y una conexión ya implícita o explícita con otros de su misma especie. Un organismo se define, después de todo, por su capacidad de intercambiar materia y energía con su entorno. Avalado por la conexión estable a una autoría específica, el organismo del que hablábamos cuando hablábamos del cuerpo textual era, en todo caso, un organismo vivo. Así, no pocos escritores, tanto hombres como mujeres, se acostumbraron a describir el proceso creativo como un tiempo de gestación y, a la publicación de una obra, como un parto. El cuerpo textual que era ya de por sí un organismo era, también y sobre todo, un ser vivo. Nadie daba a luz difuntos. O nadie aceptaba que lo hacía.
Las condiciones establecidas por las máquinas de guerra de la necropolítica contemporánea han roto, por fuerza, la equivalencia que unía al cuerpo textual con la vida. Un organismo no siempre es un ser vivo. Es más: en tanto ser vivo, a un organismo lo define, argumentaba bien Adriana Cavarero, el estado de vulnerabilidad de lo que siempre está a punto de morir. En circunstancias de violencia extrema, como por ejemplo en contextos de tortura, las argucias del necropoder logran transformar la natural vulnerabilidad del sujeto en un estado inerme que limita dramáticamente su quehacer y su agencia, es decir, su humanidad misma. Un organismo puede muy bien ser un ser muerto. No es exceso, pues, concluir que en tiempos de un neoliberalismo exacerbado, en los que la ley de la ganancia a toda costa ha creado condiciones de horrorismo extremo, el cuerpo textual se ha vuelto, como tantos otros organismos alguna vez con vida, un cadáver textual. Ciertamente, desde el psicoanálisis hasta el formalismo, por señalar solo dos grandes vertientes del pensamiento del siglo XX, han elaborado con anterioridad sobre el carácter mortuorio de la letra, el aura de duelo y melancolía que acompaña sin duda a todo texto, pero pocas veces como en el presente las relaciones entre el texto y el cadáver han pasado a ser tan estrechas, literalmente. La Comala de Rulfo, esa tierra liminal que tantos han considerado fundacional de cierta literatura fantástica mexicana, ha dejado de ser un mero producto o de la imaginación o del ejercicio formal para convertirse en la verdadera necrópolis en la que se genera el tipo de existencia, no necesariamente vida, que caracteriza a la producción textual de hoy. Hay, sin duda, atajos que van de Comala a Ciudad Juárez o Ciudad Mier. Y los caminos suben o bajan, liberan o entrampan, según uno vaya o uno venga, en efecto.
Toda genealogía de los cadáveres textuales de la necroescritura debe detenerse, al menos, en dos paradas del camino del siglo XX: el cadáver exquisito con el que los surrealistas jugaron por allá de mediados de la década de los años 20, y la muerte del autor que tanto Roland Barthes como Michel Foucault prescribieron a la literatura romántica que todavía consideraba, y considera, al autor como poseedor del lenguaje que utiliza y como eje o juez último de los significados de un texto. Ambas propuestas críticas, que incorporan de manera preponderante la experiencia mortuoria en los mismos títulos, privilegian una producción escritural que, con base en un principio de ensamblaje, es a la vez anónima y colectiva, espontánea, cuando no es que automática y, de ser posible, lúdica. Acaso sea más que una coincidencia lúgubre que Nicanor Parra y Vicente Huidobro hayan llamado quebrantahuesos a los cadáveres exquisitos. Lo que encontramos ahí, entre todos ellos, es la cita sin atribución, la frase abierta, la construcción de secuencias sonoras más que lógicas, la excavación, el reciclaje, entre muchas otras estrategias textuales. No es del todo azaroso, pues, que la cercanía con el lenguaje de la muerte, o lo que es lo mismo, con la experiencia del cadáver, ponga de relieve una materialidad y una comunidad textual en las que la autoría ha dejado de ser una función vital para ceder su espacio a la función de la lectura y la autoría del lector como autoridad última. ¿Cuánto es capaz de experimentar un cadáver?, se preguntaba no hace mucho Teresa Margolles. Solo los textos muertos, aptamente abiertos, se desviven. En tanto cadáver y en su condición de cadáver, el texto puede ser enterrado y exhumado; el texto puede ser diseccionado para su análisis forense o desaparecido, debido a la saña estética y/o política de los tiempos. El texto yace bajo la tierra o levita en el aire pero, por estar más allá de la vida, escapa a los dictados originalidad, verosimilitud, y coherencia que dominaron las autorías vitales del XX.
En El cadáver del enemigo. Violencia y muerte en la guerra contemporánea, un libro que no por discreto deja de ser fundamental para nuestro entendimiento de las relaciones entre la muerte y la escritura, Giovanni De Luna argumenta que el forense es, de hecho, el narrador por excelencia del mundo actual. Solo el forense logra “hacer hablar a los muertos”. Son los forenses lo que interrogan los cadáveres “para adentrarse en lo que fue su vida, en todo aquello que conformó su pasado y ha quedado atrapado en su cuerpo”.1 Así, “por medio de sus informes y anotaciones, los médicos preparan los cuerpos de los muertos para ofrecerlos como documentos a los historiadores [escritores]; a lo largo de un proceso en el que las marcas y las heridas se convierten en textos literarios (las fichas anamnésicas), los cadáveres abandonan su silencio y empiezan a hablar haciendo aflorar fragmentos documentales insustituibles”.2
Los escritos que se producen en condiciones de necropolítica son, en realidad, cadáveres textuales. Lejos de “darlos a luz”, los escritores, comportándose como forenses, los leen con cuidado, los interrogan, los excavan o los exhuman a través del reciclaje o la copia, los preparan y los recontextualizan, los detectan si han sido dados de alta como desaparecidos. Al final, con algo de suerte, los entierran en el cuerpo del lector, donde, como quería Antoine Volodine, post-exótico ejemplar, se convertirán en los sueños que nunca nos dejarán dormir ni vivir en paz. Sí hay cadáveres, habría que responderle a la mujer de Paraguay que, en el poema de Néstor Perlongher, pregunta ¿No hay nadie?
1Giovanni De Luna, El cadáver del enemigo. Violencia y muerte en la guerra contemporánea(Madrid: 451 Editores, 2007), 38.
2Ibid., 40.
2Ibid., 40.
--crg
Tuesday, October 23, 2012
NECROPOLÍTICA Y ESCRITURA
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
No son pocos los escritores que introducen con gracia, con
cierta facilidad, la figura de la muerte al analizar las relaciones de la
escritura con los contextos en que ésta se produce. Lo dice la narradora
experimental norteamericana Camilla Roy: “En cierto sentido, el escritor
siempre está ya muerto, en lo que concierne al lector”.[1]
Lo dice Helene Cixous: “Cada uno de nosotros de manera individual y libremente
debemos hacer el trabajo que consiste en repensar lo que es tu muerte y mi
muerte, ambas inseparables. La escritura se origina en esa relación”.[2]
Lo dice Margeret Atwood en su libro de ensayos sobre la práctica de la
escritura titulado, aptamente, Negotiating
with the Dead. Basten estos entre tantos otros ejemplos para demostrar que
no sólo existe una relación estrecha entre el lenguaje escrito y la muerte,
sino que, además, se trata de una relación reconocida, ya de manera poética o
de manera práctica, por escritores de la más variada índole. Lo que para muchos
es una metáfora a la vez iluminadora y terrorífica, se ha convertido para
otros, sin embargo, en realidad cotidiana. México es un país en el que,
dependiendo de las fuentes, han muerto entre 60 y 80 mil ciudadanos en un
sexenio al que pocos dudan en llamar el de la guerra calderonista. ¿Qué significa
escribir hoy en ese contexto? ¿Qué tipo de retos enfrenta el ejercicio de la
escritura en un medio donde la precariedad del trabajo y la muerte horrísona
constituyen la materia de todos los días? ¿Cuáles son los diálogos estéticos y
éticos a los que nos avienta el hecho de escribir rodeados de muertos? ¿Si la
escritura se pretende crítica del estado de las cosas cómo, desde y con la
escritura, es posible desarticular la gramática del poder depredador del
neoliberalismo exacerbado y sus mortales máquinas de guerra?
En los Estados contemporáneos, tal como lo argumenta Achille
Mbembe en “Necropolítica”, el artículo que publicó en Public Culture en 2003, “la última expresión de la soberanía reside
en el poder y la capacidad de dictar quién puede vivir y quién debe
morir”. “Ejercer la soberanía”,
añade, “es ejercer el control sobre la mortalidad y definir a la vida como una
manifestación de ese poder”. Si alguna vez la categoría de biopoder, acuñada
por Michel Foucault, nos ayudó a entender “el dominio de la vida sobre el cual
el poder ha tomado el control”; Mbembe contrapone el concepto de necropoder, es
decir, “el dominio de la muerte sobre el cual el poder ha tomado el control” para
entender la compleja red que se teje entre la violencia y existencia en vastos
territorios del orbe. México, sin duda, uno de ellos.
Las máquinas de guerra actuales no pretenden, como las de la
era moderna, establecer estados de emergencia y generar conflictos bélicos con
el fin de dominar territorios. En un contexto de movilidad global y más en frecuencia
con nociones nomádicas del espacio en tanto entidad desterritorializada o en
segmentos, las máquinas de guerra de la necropolítica reconocen que “ni las
operaciones militares ni el ejercicio del ´derecho a matar´ son ya el monopolio
de los Estados; y el ´ejército regular´ ya no es, por tanto, la única forma de
llevar a cabo estas funciones”. Tal como lo ha ejemplificado el narcotráfico en
México, ya sea en una relación de autonomía o de incorporación con respecto al
Estado, estas máquinas de guerra toman prestados elementos de los ejércitos
regulares pero también añaden sus propios miembros. Ante todo, la máquina de
guerra adquiere múltiples funciones, desde la organización política hasta la de
las operaciones mercantiles. De hecho, el Estado, en estas circunstancias,
puede convertirse en una máquina de guerra en sí mismo.
Enfrentados a las estructuras y quehaceres de lo que fue el
Estado moderno, gran parte de las escrituras de la resistencia de la segunda
mitad del siglo XX trabajaron en
un sentido o en otro con el lema Adorniano: “la resistencia del poema—léase:
escritura—individual contra el campo cultural de la comodificación capitalista
en el que el lenguaje ha llegado a ser meramente instrumental”. La denuncia indirecta,
la sintáctica distorsionada, la constante crítica a la referencialidad, la
relativización de la posición del yo lírico, la búsqueda de la derrota de las
expectativas del lector fueron, entre otras pero todas ellas, estrategias que
ciertas escrituras críticas—conocidas como modernismos o vanguardias ya en
Estados Unidos o en América Latina—ejercieron para escapar de la comodificación
del capital. Las estrategias del poder de la necropolítica han vuelto
obsoletas, sino es que han reintegrado, muchas de estas alternativas. El Estado
contemporáneo, a decir de Agamben, además y sobre todo desubjetiviza, es decir,
saca del lenguaje al sujeto, transformándolo de un hablante en un viviente. El
concepto de horrorismo ayuda a Cavarero a elaborar una argumentación similar.
De ahí la creciente relevancia crítica que han adquirido ciertos procesos
escriturales dialógicos, es decir, aquellos en los que la autoridad de la
autoría es desplazada hacia el lector que apropia/desapropia el material del
mundo que es el otro. Lejos del paternalista “dar voz” de ciertas
subjetividades imperiales o del ingenuo colocarse en los zapatos de otros, se
trata de procesos que traen a esos zapatos y esos otros a la materialidad de un
texto que es, en este sentido, siempre un texto fraguado con alguien más. Un
texto, por decirlo así, con-ficcionado.
Decía Katy Acker que “[...]cada que hablamos acerca de la
narrativa, acerca de las estructuras narrativas, estamos hablando del poder
político. No hay torres de marfil. El deseo de jugar, de hacer que las
estructuras literarias se entrometan y participen de zonas desconocidas o
incognoscibles, aquéllas caracterizadas por el azar y la muerte y la falta de
lenguaje, es el deseo de vivir en un mundo que es peligroso e ilimitado. Jugar,
pues, tanto con la estructura como con contenido, denota un deseo por vivir en
el asombro.”[3]
Thursday, October 18, 2012
LOS PARAGUAS ROJOS DE SAO PAULO
[en revista Escala. Aeroméxico, Octubre 2012]

La chica de Ipanema llegó desde Río y se puso la gabardina. Tomó uno de los paraguas rojos del artista brasileño Oswaldo Goeldi y dejó la costa para visitar Sao Paulo. Iba a paso veloz, pero no fue difícil reconocerla. Se veía, a mediados de 2012, justo como lo describiera Vinícius De Moraes en 1962: el balanceo del camino al azar. El ritmo del bossa nova. La gran ciudad.
[en revista Escala. Aeroméxico, Octubre 2012]
La chica de Ipanema llegó desde Río y se puso la gabardina. Tomó uno de los paraguas rojos del artista brasileño Oswaldo Goeldi y dejó la costa para visitar Sao Paulo. Iba a paso veloz, pero no fue difícil reconocerla. Se veía, a mediados de 2012, justo como lo describiera Vinícius De Moraes en 1962: el balanceo del camino al azar. El ritmo del bossa nova. La gran ciudad.
Todo es perfecto en Sao Paulo, nos advirtieron al llegar, excepto el tráfico. Pensando que uno no debe contradecir nunca a un local, conseguimos los mapas del transporte público y nos dispusimos a caminar por las avenidas populosas y las callecitas de algunos barrios. En realidad pensábamos, como Rimbaud, que a una ciudad solo se le conoce verdaderamente a pie. Si este es el plan, no hay nada mejor que hospedarse cerca de la avenida Paulista en un hotel que, como el Tivoli con sus amplios cuartos y su propio spa, ofrece la sensación de ser una isla de calma entre la vorágine citadina; o ya en el pleno corazón de la avenida bulliciosa, en un hotel que, como Caesar Business, coloca al huésped en contacto directo con la ciudad.
Abrazo futbolero
¿Y a qué se va a Sao Paulo con un hijo apenas preadolescente si no es a sentir la pasión por el futbol? Lo bueno de visitar de inmediato el Estadio Municipal no es solo que su tamaño transforma a un deporte casi mítico en una actividad energética y apasionada, sí, pero también asequible y cotidiana, sino que ahí mismo, en sus propias entrañas, se encuentra el Museo del futbol. Ahí está Pelé dando la bienvenida a propios y extraños. Gracias a una curaduría que combina la investigación histórica y la tecnología de punta, tanto lo adictos al balompié como los meramente curiosos caminarán por sus pasillos con asombro y goce confundidos. Ahí están los videos de jugadas memorables, las fotos de distintos héroes del deporte, las grabaciones de radio, sí. Pero también, y con igual relevancia, están ahí las imágenes de los diferentes contextos, tanto locales como internacionales, en los que el hecho futbolístico tomó lugar. Los políticos y los músicos, los rebeldes y los artistas, los escritores, los poetas, todos tienen cabida en el abrazo futbolero. ¿Pero no es la chica de Ipanema esa que domina el balón para participar, interactivamente, en la emoción del gol? Es ella, sin duda.
El artículo completo aquí.
--crg
Tuesday, October 16, 2012
¿ERES POST-EXÓTICO?
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Antoine Volodine es uno de los sobrenombres (¿heterónimos anónimos?) que utiliza un escritor francés nacido en Chalon-sur-Saône, en 1950. Aunque en 1987 ganó el Grand Prix de la Science-Fiction Française,y aunque sus primeras novelas fueron publicadas en la Colección Présence du Futur de ediciones Deneöl—una editorial conocida por su apego a la ciencia ficción—en alguna entrevista Volodine declaró, más como una puntada que como un plan trabajo o una ceñida interpretación teórica, que sus libros eran, más bien, post-exóticos. El término, que mundialmente es de alguna manera fácil asociar a lo que Edward Said definió de manera crítica como orientalismo, pronto se convirtió en el libro que le publicó Gallimard en 1998: Le post-exotisme en dix leçons, leçcon onze [El post-exotismo en diez lecciones, lección once].
Lejos de la redacción ordenada del tratado literario o la abrupta rapidez del manifiesto, el post-exotismo de Volodine encarna muchas de las características que definen su escritura, convirtiéndolo en una especie de performance de ideas. Si la escritura post-exótica es, sobre todo, una práctica carcelaria que, por no olvidar nunca la presencia del enemigo, se fragua en un lenguaje aparentemente similar al que usa la autoridad pero siempre, puesto que lo que intenta en última instancia es escapar, aludiendo a otra cosa, entonces El post-exotismo es, en sí mismo, un buen ejemplo de la escritura post-exótica. Aunque en el libro sobre post-exotismo hay unos diez nombres de porta-palabras en la lista de ejemplos de autores post-exóticos, y uno de ellos es, sin duda, Antoine Volodine, es obvio que se trata de una lista “voluntariamente errónea e incompleta”. Un personaje, Lutz Bassaman, encarcelado desde hace unos 30 años, está a cargo de iniciar la rumia. De celda en celda y solo de y para los encarcelados, la escritura post-exótica es siempre una escritura, luego entonces, contra el poder, especialmente el poder capitalista, y sus “ignominias sin nombre”. Disidente de entrada, refractaria por naturaleza, presa de una extraña sensibilidad extranjera, la literatura post-exótica se relaciona con cierto “chamanismo revolucionario” y con prácticas escriturales que se diseminan oralmente, ya sea aprendidas de memoria o ya recitadas en voz alta en el acto, puesto que en el encierro es difícil conseguir papel o acceso a tecnologías más avanzadas. Fabuladora o neo-fabulista, sin preocuparse por los límites estrictos entre la fantasía y el realismo, la escritura post-exótica preserva la memoria de los que tienen contacto con ella, que son quienes en realidad la hacen. Tal vez por eso es que entre el narrador y los personajes, entre la primera y las otras personas de las conjugaciones verbales, no hay más separación que “el espesor de un papel de cigarrillo”. Sin ninguna preocupación por la expansión o por el mercado, la escritura post-exótica es, además, para los encarcelados, para su memoria y para su eventual liberación.
Aunque solo se cuentan tres o cuatro obras en la historia de la literatura post-exótica, y una de ellas es Des Anges Mineurs de Maria Clementi (aunque éste sea el título que Antoni Volodine publicó en 1999 con Editions du Seuil, cuya traducción al español es Ángeles Menores, publicado por la editorial Berenice en 2008), existen ya, al menos, tres géneros reconocidos dentro del post-exotismo: shagga, romance, y nouvelle o entrevoute. Habrá oportunidad de discurrir sobre cada una de estas formas en el futuro próximo, pero por ahora, si lo que le interesa es saber si usted es o ha sido un post-exótico, o si ha estado en contacto ya con lecturas post-exóticas, van las siguientes preguntas.
¿Tiene la impresión que hay un lazo de sangre entre las obras que lee, ya sea por los temas que tocan —desesperanza extrema, un principio de agresividad, la hipótesis del no-retorno, la animalidad de la experiencia humana y viceversa—o ya porque, aunque las anécdotas sean independientes, vibran al unísono con el resto de la producción carcelaria? Entonces ha estado en contacto con una obra post-exótica.
¿Ha leído libros en los que, seducido por el mutismo o la reflexión autista, el narrador busca, a toda costa, desaparecer o por lo menos esconderse en subnarradores o alternarradores de la trama? Ha leído, luego entonces, una obra post-exótica.
¿Los libros que lee confunden o trastocan a los opuestos (el pasado es el presente, por ejemplo, la inmovilidad es movimiento, el autor es un personaje de la obra, el sueño es realidad, el silencio es palabra) como si siguieran a pie juntillas una lógica de no oposición de los contrarios? Se trataba de una obra post-exótica, en efecto.
¿Aunque plagados de riesgos formales, los libros que ha leído se comportan con suma discreción en lo que respecta a sus propuestas estilísticas? Seguramente ha sido tocado, sí, por el post-exotismo.
¿Lee esos libros en copias clandestinas o a través de los murmullos que logran trasminarse por las paredes de su celda? Se trata, sin duda, de una obra diseminada post-exóticamente.
¿Cómo si se encontrara en medio de un interrogatorio policiaco, en los libros que lee los nombres y las acciones aparecen encriptadas en una narración que, para tratar de esquivar a la autoridad, se aleja de las exigencias lógicas de la ficción, tal vez hablando mucho solo para ganar tiempo o tal vez siempre hablando de otra cosa? Características de la escritura post-exótica, en efecto.
¿Se siente excluido (si no está en una celda de la cárcel) de los libros que lee? Está usted leyendo, sin duda, una obra post-exótica. Por otra parte, ¿sabe con certeza inaudita que la obra fue escrita para usted—usted, sí, que está encerrado en una celda del sistema carcelario—o incluso, eso es lo que empieza a sospechar, tiene la sensación de que la obra fue escrita por usted? Usted es un post-exótico. No hay remedio.
--crg
Sunday, October 14, 2012
BIOPOLÍTICA
Paul Michel Foucault
Professeur au College de France
1926-1984
En la misma tumba que Anne Malapert-Foucault, 1900-1987; Pierre Giraudeau, époux de Marie Bonnet, 1800-1848.
Junto a la tumba de Docteur Malapert, 1864-1925; Arais Auriau, épouse de Gustave Rayneau, 15 Mars 1851--7 Decembre 1928; Docteur Foucault, 1883-1959; Rayneau-Malapert, 1873-1961, De profundis.
Cementerio local de Vandeuvre de Poitou, France
--crg
Wednesday, October 10, 2012
Proyecto Escritorio: Cristina Rivera Garza
Proyecto Escritorio: Cristina Rivera Garza:
Tendida como bandida a) Pequeño tratado contra las sillas y breve historia de la escritura vertical: Escribir s...
--crg
Tendida como bandida a) Pequeño tratado contra las sillas y breve historia de la escritura vertical: Escribir s...
--crg
Tuesday, October 09, 2012
APROPIAR/ DESAPROPIAR
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Ciertamente, la historia de la literatura se ha beneficiado del uso muy diverso de diversas estrategias de apropiación textual. Escritores de distintas tendencias y épocas han echado mano del subrayado, que con frecuencia se queda en casa, hasta de la copia literal, con la que a menudo se realizan ejercicios de estilo que pueden o no formar parte de obras acabadas, pasando por la tachadura y el rescate, por mencionar sólo algunas de ellas. El auge digital ha provocado, sin embargo, que más y más personas utilicen con mayor frecuencia y para fines muy variados una técnica básica de reciclaje y recontextualización: el ahora temido y vituperado copy-paste. Tal vez lo que asusta tanto a los bienpensantes no sea el método en sí —que ya puso en práctica, entre otros y aunque en otras modalidades técnicas, William Burroughs, por ejemplo, en sus famosos cut-ups— sino, para ponerlo en términos marxistas, el uso tanto intensivo como extensivo del mismo. En efecto, las computadoras actuales han puesto el copiar y pegar al alcance de tantos y de muchos o, lo que es peor, de cualquiera. ¡Sólo basta tener acceso al programa de la máquina correcta para que cualquiera sienta que puede escribir! Lo que para algunos resulta celebrable —ya decía, por ejemplo, la escritora norteamericana Kathy Acker que había que hacer todo lo posible por conservar la frescura radical del que, escribiendo mensajes electrónicos o blogs, siente y sabe por primera vez que puede escribir— otros interpretan como el inicio de la debacle de ciertas tradiciones culturales que, desde su punto de vista, pueden conservarse mejor cuando están salvaguardadas por una férrea elite de vigilantes.
El uso extensivo e intensivo del copy-paste ha venido acompañado de otra causa de alarma para los bienpensantes: el saqueo, para utilizar sus palabras, de los grandes maestros. El caso de los juicios penales que, por plagio, ha iniciado la viuda de Borges contra, al menos o hasta ahora, dos obras de suyo interesantes —El hacedor (de Borges) Remake de Fernández Mallo y El Alpeh engordado, de Pablo Katchadjian—es un claro ejemplo al respecto. Tal vez no es del todo sorprendente que, en un medio donde se venera de manera acrítica la originalidad y la autoría, dichos juicios hayan generado únicamente una tibia reacción más bien momentánea por parte de creadores y de críticos. Pocos —Damián Tavarovsky, entre ellos— alzaron la voz para poner en el alto la libertad creativa en tiempos del manejo del lenguaje digital. Tal como lo cuenta Pablo Gasloli en su cuidadosa crónica de los hechos, Andres Neuman defendió “la libertad de un procedimiento narrativo” en una nota alrededor del caso de Fernández Mallo, y César Aira, en una conferencia, elogió la repercusiones estéticas del trabajote Katchadjian. Pero, luego de algunos meses, con los libros ya fuera de los anaqueles de las librerías, son pocas las reverberaciones de esas posturas tanto en los medios digitales como en los analógicos.
Poca atención que se le ha brindado, durante la expansión del reino del copy-paste, al uso de técnicas de apropiación textual cuando el texto intervenido no viene amparado por una gran firma. En efecto, gran parte de la poesía y la ficción documental de nuestros días se alimenta de la lectura cuidadosa y la utilización selectiva del lenguaje de los sin firma. Algunos de los trabajos fundacionales de la poesía documental norteamericana transcriben y re-contextualizan el lenguaje —las escrituras— que se vierten en las cortes: de The Book of the Dead(1938) de Muriel Rukeysera, por ejemplo, Testimony (1965) de Charles Reznikoff. Poetas más contemporáneos como Mark Nowak y Juliana Sphar se han servido igualmente de testimonios legales, de entrevistas publicadas en periódicos, y del lenguaje encontrado en las vías públicas para construir obras que, en mucho, buscan diluir las diferencias estrictas entre lo literario y lo cultural propiamente dicho. En México, estrategias similares han sido utilizadas por, entre otros, Hugo García Manríquez, a través de la lectura peculiar del Tratado de Libre Comercio que es su Anti-Humboldt, o en la recién galardonada Sodomía en la Nueva España, en el que Luis Felipe Fabre ha trabajado de cerca con el lenguaje de los procesos de inquisición contra un grupo de homosexuales llevados a cabo entre 1567 y 1568.Cada cual a su manera, pero siempre de forma crítica y creativa, estos trabajos se apropian de la escritura de otros. Recuérdese: “Del lat. Approprire”, apropiar quiere decir, de acuerdo con la RAE, “1. Hacer algo propio de alguien; 5. prnl. Dicho de una persona: Tomar para sí una cosa, haciéndose dueña de ella, por lo común de propia autoridad”. Apropiar, luego entonces, es regresar al circuito de la autoridad, y del autor, por otros medios.
¿Pero qué sucedería si, en lugar del nombre de un poeta, o de un autor, aparecieran en la portadas de estos libros dialógicos, de estos libros escritos, de hecho, en la más estricta de las co-autorías, aparecieran los nombres de todos los involucrados?¿Qué tal si no apareciera ninguno? Expropiar es un vocablo administrativo, que involucra la indemnización, por eso no lo utilizo aquí. Desapropiar sería, en este caso, el nombre del juego. Recuérdese: “De des y apropiar. 1. prnl. Desposeerse del domino sobre lo propio”. Entre lo ajeno y lo propio y lo ajeno, en la tensión del dos que Bajtín describiera hace ya tanto como dialógico, la desapropiación —tanto intensiva como extensiva, justo como lo promete el copy-paste— de la escritura. De eso se tratará, y cada vez más, escribir en la era digital o, lo que es lo mismo, producir y mover texto hoy.
--crg
Sunday, October 07, 2012
DESPOSEERSE SOBRE EL DOMINIO DE LO PROPIO: DESAPROPIAR o LEER
#FILTaigaRemix2012
#FILTaigaRemix2012
TUSQUETS EDITORES MÉXICO Y el ITESO-GUADALAJARA invitan:
EL MAL DE LA TAIGA
REMIX
CONVOCATORIA Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012
Todos aquellos residentes de la zona metropolitana de la ciudad de Guadalajara que deseen participar en la presentación de la novela El mal de la taiga en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, deberán ceñirse a las siguientes bases:
1) Seleccione un fragmento de la novela El mal de la taiga. Se recomienda elegir únicamente de dos a tres párrafos.
2) A continuación escoja líneas o párrafos del texto con los cuales desee mezclar el o los párrafos que ha seleccionado previamente de El mal de la taiga.
3) Si desea llevar a cabo una remezcla digital, puede utilizar la máquina mezcladora de lenguaje de su preferencia, o puede usar alguna de las siguientes: http://archive.lazaruscorporation.co.uk/cutup/textinput.php http://www.fetish23.org/words/cutup.html
Cualquier otro método de remezcla manual (con recortes u otras técnicas aleatorias) es bienvenido.
4) Una vez que haya hecho el trabajo de post-producción del texto (no más de tres cuartillas en su totalidad), por favor, grabe al menos un minuto de su texto en voz alta en un archivo de audio (podcast, audacity, iPhone, soundcloud, etc.)
5) Envíe las versiones escrita y sonora de su remezcla a prensa@tusquetsmexico.com. Esta convocatoria queda abierta a partir del lunes 1 de octubre y la fecha límite para recibir las versiones es el viernes 9 de noviembre.
6) Las mejores remezclas participarán en la presentación de El mal de la taiga en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, que se llevará a cabo el jueves 29 de noviembre de 16:00 a 16:50 en el salón Agustín Yáñez, ubicado en el Centro de Negocios del recinto ferial.
--crg
Subscribe to:
Posts (Atom)




