Wednesday, January 30, 2013
Tuesday, January 29, 2013
PIEDRALUNA
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Yo lo que quiero decirle al señor Rulfo,
dice la mujer que organiza el grupo de lectura de la Biblia, es que no todo
aquí es tristeza. Guarda silencio un momento. Guarda silencio y se arregla el
cabello entrecano mientras mira hacia el altar de la modesta iglesia donde nos
encontramos. Ha habido tiempos difíciles, claro, añade. Siempre los hay. ¿Pero
no decía él en el cuento ese que escribió sobre nosotros que nadie aquí sabe
sonreír? Y, por toda respuesta, esboza una sonrisa que parte del mero intento pero pronto se convierte en complicidad.
Es cierto que, en zapoteco, Luvina quiere
decir “raíz de la miseria” o “raíz de la escasez”, pero no todos aquí pensamos
así, dice una de las mujeres que se encuentra en la banca de atrás antes de
pasarle una biblia gruesa, cubierta de tapas negras, a su vecina de al lado.
También tiene que ver con la luna. Con la manera en que la luz de la luna cae
sobre el peñasco. ¿Lo vio anoche?
Hemos llegado apenas esta mañana a San
Juan Luvina, Oaxaca. Hemos avanzado con mucha cautela por carreteras angostas,
plagadas de agujeros y curvas, por donde sólo aparecen, y eso de vez en cuando,
camiones de redilas llenos de hombres o trailers cargados de madera. Pick-ups
oscuras. Hemos pasado por un llano de flores y, apenas saliendo de una de las
curvas más cerradas de la sierra Juárez, nos hemos detenido frente al Dragón
Rojo, un restaurante chino que ofrece servicio a domicilio. Hemos visto las
nubes abigarradas y enormes justo en el centro de un cielo muy azul, y hemos
dicho tantas veces: ¡mira! Hemos dejado atrás la laguna de Guelatao, que está
encantada. Hemos comprado, y hemos comido ya, el queso fresco, envuelto en
hojas de maíz, que ofrecía una mujer con un delantal de grandes flores a la
orilla de la carretera. Hemos visto el letrero: San Juan Luvina 14. Y, habiendo
comprendido que estábamos cerca, hemos bajado la velocidad. Temerosos.
Obnubilados. ¿Estamos seguros que queremos continuar hasta llegar al lugar que
Juan Rulfo visitó muchos años atrás y con base en el cual escribió uno de sus
cuentos más memorables: Luvina? Hemos estado y estamos seguros, sí.
No siempre estuvo aquí, dice la más
anciana de las mujeres. Hubo dos Luvinas antes. Allá, dice, señalando un punto
indeterminado detrás de la montaña. El cielo muy alto. Las nubes, a lo lejos. En
la Luvina vieja sí se moría todo, especialmente los niños. No se les daban. Nunca
lograron que se les dieran. Por eso se vinieron para acá.
Y la tierra es empinada.
Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de
tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños;
pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo
lo hubieran encañonado en tubos de carrizo.
Hemos leído con atención los signos:
Inicio de camino sinuoso. Hemos tomado veredas terrizas que bajan y bajan, y
bajan aún más, y ya dentro del bosque, hemos extraviado la ruta. Hemos
reconocido los pinos, los oyameles, los encinos. Nos hemos preguntado por el
nombre de esas flores rojas, aquéllas azules, estas amarillas y blancas. Hemos
visto, como una aparición, un pequeño anuncio de madera rematado por una flecha
roja: San Juan Luvina. Estos son los restos de una fogata. Alguien abandonó un
atajo de leña. ¿Es eso el ruido de un arroyo o de una cascada?
La papelera le dio trabajo a los hombres
por algún tiempo, pero nada era nuestro, dice otra de las mujeres todavía
dentro de la iglesia. Se llevaban todo y querían hacernos sentir que estaban de nuestro lado. De
entonces datan las escuelas, eso sí. Pero ahora la cosa es distinta. Todo eso
está en manos de la comunidad. A veces vienen los especialistas de Chapingo
para indicarnos cuándo o dónde va la reforestación. ¿Vieron los árboles nuevos?
Hemos regresado a la carretera y, casi
sin querer, hemos encontrado de nueva cuenta el camino correcto. Le hemos
preguntado al arriero que comanda dos burros si eso de allá, eso que se ve al
final del monte, es Luvina. Sí, eso es, ha dicho. Y se ha seguido de largo. Nos
hemos detenido para recoger los pedazos de piedra de algo que parece ser o
haber sido una cuesta a punto de quebrarse. Al acercarnos a la puerta de
alambre que separa a Luvina de todo lo demás, otro arriero nos ha hecho el
favor de mantenerla abierta y retirar el ganado al mismo tiempo Hemos dado las
gracias, sonriendo. Sin saber. Hemos visto, entre un campo de cultivo y la
vegetación propia de la sierra, las ramas de los duraznos cargados de flores.
Hemos preguntado: ¿Qué país es éste, Agripina?
Se dan los duraznos, sí, dice una mujer
que ha estado callada casi todo el tiempo. Los árboles de durazno, aclara. Los
árboles de manzana. Las noches buenas. Hay limonares. Calabazas. Maíz. ¿Vio mis
geranios?
Hemos comido la mitad de un pollo asado
que unos vendedores errantes vendían frente al Palacio Municipal. Nos hemos
quejado del sol excesivo, del calor, pero hemos celebrado la dulzura de las
cebollas, la consistencia de la tortilla de maíz, el arroz. Hemos sido testigos
de cómo utilizan una lap top para mostrarle al único comprador potencial el
sonido de algunos de los discos. Nos hemos enterado que, en el pueblo contiguo,
hay partido de basquetbol y que mañana hay jaripeo en honor a San Pablo. Hemos
divisado, a lo lejos, la figura menguante del loco del lugar. Y, luego de dar
unos pasos, hemos llegado a la iglesia. Ahí, poco a poco, se han ido
congregando las mujeres que, al contrario de la Agripina original, no se alzan
de hombros ante la curiosidad. ¿En qué país estamos? En uno injusto, es cierto;
pero en uno nuestro.
Al emprender el camino de regreso lo
hemos comprobado en riguroso silencio: la luz de la luna sobre la cuesta de la
piedra cruda. No hay palabras para describir eso. Piedraluna, en efecto.
Piedraluna, con toda seguridad.
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Tuesday, January 22, 2013
SEIS TOMAS PARA UN DOCUMENTAL
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
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[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Toma 1
Dice Camelia Gaspar Martínez que “el 45%
de las mujeres indígenas privadas de su libertad en el estado de Oaxaca, están
procesadas o sentenciadas por el delito de homicidio”. Añade luego: “El 22% de
los casos son homicidios que tienen alguna relación causal con la violencia
familiar y de género”. A diferencia de los hombres, las mujeres indígenas que
han cometido homicidios, especialmente en contra de concubinos, “no huyen, sino
por el contrario, se entregan”, segura. Y refiere la siguiente historia:
“Durante la entrevista con esta mujer en
los separos de la Procuraduría, ella, entre sollozos y enojo, comienza a
relatar los episodios de violencia que vivió con el finado. El sábado 17 de
marzo parecía ser un día normal. Rosario regresó de ir al campo por leña junto
con su hija, razón por la cual la preparación de la comida se había retrasado.
Esto irritó a Joel, quien para este momento había regresado, a referir de
Rosario, ´según él del rancho´, aunque en realidad había ingerido alcohol y
consumido drogas. Rosario hace descripciones de violencia extrema para
describir el trato que le daba Joel. Este día era uno de esos: violento…Rosario
se dispuso a preparar la cena. Mientras su hija acudió a la habitación de la
familia, momento que fue aprovechado por Joel para ir tras ella y atacarla
sexualmente. Rosario notó que algo no estaba bien…por lo que acudió a la
habitación. Teniendo ante ella el episodio del ataque sexual, le dijo a su hija
que saliera…bajo las emociones de enojo y rabia arremetió en contra de Joel,
con el machete que traía en la mano…El testimonio de Alba [la hija] es
concordante con el de Rosario. Los dos testimonios hacen referencia a una
violencia continua, amenazante, intimidante”.
Seguramente a Camelia, quien como abogada
se dedica a elaborar diagnósticos de mujeres indígenas privadas de su libertad
en el estado de Oaxaca, le ayuda muchísimo su conocimiento del zapoteco así
como la pasión que transmite sobre las labores con las que intenta contribuir a
la construcción de un mundo mejor.
Toma 2
Esa misma determinación se le nota a
Zenaida Pérez Gutiérrez, comunicóloga por la Universidad José Vasconcelos y
oriunda de la comunidad mixe de Tlahuitoltepec, en la sierra norte del estado
de Oaxaca, un pueblo en el permea la música, y en el que niños y niñas son
educados desde temprana edad en la práctica de algún instrumento en el Centro
de capacitación musical y desarrollo de la cultura mixe. Zenaida, quien también concibe su
trabajo como una forma de contribuir “a distintas formas de crecer de las
comunidades”, se ha concentrado en participar en el proceso de las radios
comunitarias. De especial relevancia ha sido su parte en la creación de una
forma creativa y novedosa de airear problemas internos de las colectividades en
cuestión: la producción de radionovelas colectivas con la participación directa
de los y las afectadas.
Toma 3
Evic Julian Estrada, oriunda de la
Chinantla Sur y pasante de la carrera de derecho en la Universidad Autónoma
Benito Juárez, se presentó a
una asamblea comunitaria en la que se renovaría la alcaldía de San Juan Lanana,
y la ganó.. Días después, el 30 de diciembre del 2010, el Instituto Estatal
Electoral (IFE) le entregó la constancia de mayoría, validando la asamblea
general comunitaria. También recibió el bastón de mando y tomó protesta. Sin
embargo, días después, con el argumento de que la etapa conciliatoria no había
terminado, se preparó el terreno para llamar a nuevas elecciones. Depuesta de
su cargo, Evic no ha dejado de utilizar todos los medios legales posibles para
hacer respetar la voluntad de la comunidad a través de comicios limpios. Dice
Evic, en un estilo dialogado alrededor de una mesa donde es escuchada con
atención, que de muy chica aprendió “esa ideología de que las cosas no tienen
que ser lo mismo siempre”.
Toma 4
Maricela Montiel nació y creció en la
ciudad de México, específicamente en Iztapalapa, pero por razones personales
llegó a vivir en la Chinantla hace no mucho tiempo. Además de pasar por el
choque cultural de rigor, Maricela enfrentó situaciones domésticas bastantes
difíciles. Fue por eso, y un poco “también por fregar”, que empezó a
interesarse por el quehacer de las asambleas comunitarias. Luego, ya convencida
de que las cosas, en efecto, no tienen que ser lo mismo, empezó a participar en
ellas. De hecho, su inmersión ha sido tanta que ahora ya entiende el
chinanteco.
Toma 5
Gabriela Salomé Loaeza Santos también es
abogada, pero ella viene de una larga tradición de migración que se inició, en
su caso, en la sierra sur de Oaxaca. Gracias a becas, entre otras la Guadalupe
Musalem, pudo cursar sus estudios y prepararse para impartir talleres que van
desde lectura para niños hasta de prevención de violencia doméstica para
adultos. A Gabriela, quien escribe poesía desde los 13 años, le queda bien el
papel de mujer fuerte que ha podido con todo, pero a sus apenas 24 años también
asegura que “tener y expresar los sentimientos propios” es un derecho. Hace no
mucho, tuvo la oportunidad de asistir a un encuentro de mujeres indígenas que,
según sus propias palabras, le cambió la vida. “Había tanta sabiduría, tanto
entendimiento, en sus palabras”,
asegura.
Toma 6
Maya Goded, la reconocida fotógrafa
mexicana que ha documentado con tanto y tan punzante acierto tanto la
experiencia de la negritud en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca (Tierra
negra, 1994), como la de las prostitutas en la ciudad de México (La Plaza de la
Soledad, 2006), las escucha con atención. Hace preguntas. Sugiere. Escribe
notas. Lo mismo hace la muy talentosa editora yucateca Martha Uc. Cuenta y
pregunta. Habla. Ríe. Ríe también como todas las otras, con un gusto enorme y
cauteloso al mismo tiempo. Después de todo se trata de una de las primeras
reuniones en las que están todas juntas. Se trata de las etapas
fundamentales de la elaboración de un documental que mucho tiene de
conversación continua, de convergencia política e implicación humana, de eso
que ahora suena a palabra exacta: hermandad.
Friday, January 18, 2013
NADIE ME VERÁ LLORAR un infaltable en la biblioteca latinoamericana moderna
Cristina Rivera Garza se ha consolidado como una de las escritoras más importantes de Latinoamérica, su labor académica así como sus obras de ficción se pueden encontrar en casi todos los temarios universitarios sobre literatura mexicana contemporánea. Su novela más conocida y probablemente la mejor es "Nadie me verá llorar", escritura a caballo entre la novela y la crónica que nos retrata parte de la ciudad de México desde una historia desarrollada en un manicomio.
Cristina Rivera Garza se ha consolidado como una de las escritoras más importantes de Latinoamérica, su labor académica así como sus obras de ficción se pueden encontrar en casi todos los temarios universitarios sobre literatura mexicana contemporánea. Su novela más conocida y probablemente la mejor es "Nadie me verá llorar", escritura a caballo entre la novela y la crónica que nos retrata parte de la ciudad de México desde una historia desarrollada en un manicomio.
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Tuesday, January 15, 2013
EL CATÁLOGO DEL NOSOTROS
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
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[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
La poeta norteamericana Juliana Spahr (USA, 1966) no ha dejado pasar por alto una porción singular de la producción literaria que se llevó a cabo en inglés hacia finales del siglo XX. En el artículo intitulado precisamente “Los 90”, Spahr enfatiza el valor estético y político de aquellas obras que se alejaron a propósito del inglés estándar o promedio no necesariamente para discurrir sobre la identidad, usualmente marginal o periférica, de sus autores, sino para “decir algo” sobre el inglés y sus experiencias de colonización en el mundo contemporáneo. Muy lejos de la visión dicotómica y más bien comercial que divide la literatura norteamericana de inicios del XXI entre los adeptos al realismo de Jonathan Franzen y los seguidores de David Foster Wallace, Sphar se concentra en una serie de autores que, ya a través del uso estratégico de otras lenguas o ya produciendo directamente en lenguas de contacto como el creole, han cuestionado el estado de las cosas y el estado de los lenguajes en los que vivimos. Sus lecturas críticas de poetas como Edwin Torres o Harriet Mullen, de Theresa Cha o Kim Mi Myung, o de narradoras como Renee Gladman, le permiten explorar eso que tan atinadamente llama “la inquietante desorientación lingüística producto de la migración” dentro del contexto de los debates que sobre el uso del inglés se llevaron a cabo en los Estados Unidos justo al mismo tiempo.
Aunque Spahr es una poeta norteamericana, nacida en el corazón del Medio Oeste de los Estados Unidos, y su lengua materna es el inglés, no sería descabellado del todo añadir su nombre a la lista de autores que se alejaron a propósito, desde los 90, del inglés estándar para “decir algo” acerca de las relaciones de esa lengua con las comunidades el mundo y con los cuerpos de esas comunidades. De This Connection of Everyone with Lungs (2005) a The Transformation (2007) yWell There Then Now (2011), tres de sus libros más reconocidos por la crítica y aún sin traducción al español, Spahr ha trabajado insistentemente en la desestabilización de la sintaxis convencional ya sea a través de la repetición, el uso peculiar de los pronombres en plural y, más recientemente, la incorporación de máquinas de traducción. Estas prácticas, que en tantos otros no pasan de ser meros ejercicios formales, son centrales para una obra que incorpora y liga lo personal, lo social y lo natural en grados pocas veces vistos en las literaturas de hoy.
Spahr escribe libros muy personales, a veces apabulladoramente personales, que cuestionan y desestabilizan, sin embargo, el coto limitado de lo privado. En The Transformation, por ejemplo, Spahr no sólo se da a la peculiar tarea de explorar su traslado a Hawaii y su confrontación con un colonialismo que define tanto en términos sociolingüísticos como ecológicos, sino que también visita críticamente la relación en trío que en ese entonces estableció bajo el mismo techo con dos hombres. En la sección “Sonetos” de Well Then There Now, Spahr afirma que “la confesión íntima es un proyecto”, y añade: “Las cosas deberían enunciarse más allá de lo personal /Las cosas sobrepasan la forma en que lo personal se dice”. Y, luego, en breves versos alineados hacia el centro del libro, obligando así a su mutua confrontación, la poeta da cuenta de los datos objetivos que resultan de pruebas de laboratorio médico: cantidades de hemoglobina, porcentajes de linfocitos y monocitos, densidades de lipoproteínas y colesterol. La presentación de cada cifra nos obliga a considerar los procesos científicos y sociales, es decir, públicos, a través de los cuales producimos nuestro conocimiento del cuerpo y, luego entonces, nuestras ideas de lo que nos es personal en las esquinas más intransferibles del yo encarnado. El yo es, de entrada, ese nosotros con el que y en el que nos volvemos “yo”—en el lenguaje de la poesía, sin duda, y en el lenguaje, también, de la medicina y la ciencia. La reflexión crítica no se detiene ahí. La mención de términos como “sangre” invitan a los siguientes versos: “Cuando se toma en cuenta la cantidad de sangre./ Cuando se consideran la fuerza y las cantidades de la sangre./ Cuando se piensa a la sangre como significado./ Una confesión íntima”. La sangre, advierte el poema, entrelazando el cuerpo con la casa que es un mundo estructurado a través de relaciones desiguales de poder: “La sangre es una fuerza, una casa./ Y la diferencia entonces entre los que invadieron y los que estuvieron ahí desde el principio”. En una especie de ecopoesía que busca encarnar en el lenguaje la conexión de las cosas intrínsecas al mundo, Spahr insiste en un catálogo, sí, pero en un catálogo completo: “Un catálogo del individuo y un catálogo del nosotros con todos./ Un catálogo del pensamiento completo./ Una casa donde nosotros yazgamos con todas nuestras complejidades./ Un catálogo de sangre”.
Tal vez eso explica su uso constante del primer pronombre del plural, ese nosotros que sustituye una y otra vez a un yo que, en todo caso, conecta y expande. En “Go Gentle, Do no Add to the Heartache”, el poema que Spahr publicó en la revista Tarpaulin Sky en 2005, la poeta se sirve del nosotros para dilucidar la experiencia colectiva que conecta la presencia humana en el mundo natural y la formación, a partir de ahí, de una comunidad social propiamente dicha. No era el tú o el yo al inicio; al inicio era siempre, siempre está, el nosotros. De ahí el arroyo iniciático que conecta, como los pulmones de su poemario que salió a la luz ese mismo año, el mundo natural con el cuerpo, y el cuerpo con distintos ecosistemas que termina alterando. Luego de un recorrido por el arroyo que deviene río y, eventualmente, golfo o mar; luego del proceso de nombrar hasta la más nimia criatura vegetal o animal, entonces: “Colocamos nuestras cabezas juntas sobre una pequeña almohada, sobre una piedra, sobre una pequeña almohada de piedra, y hablamos todo el día porque amábamos.// Amábamos el arroyo. Y éramos del arroyo.”
Y ahí, sobre esa pequeña almohada de piedra, ahí, con las cabezas juntas, hablando hasta el amanecer, ahí, justo ahí, empezamos todos. Tal vez.
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Tuesday, January 08, 2013
INYECTARSE AGUA HELADA
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
De Allan Sillitoe a Haruki Murakami, existen bastantes y muy famosas obras que conectan el acto de correr, especialmente distancias muy largas, con el acto de escribir, especialmente obras de ficción elaboradas en prosa, pero son en definitiva menos aquellos que se han encargado de crear puentes que van de la brazada y la oración. De entre ellos, pocos han sabido navegar mejor esas aguas que van de la orilla de la poesía ala orilla de la natación como el poeta argentino Héctor Viel Temperley. No es una casualidad que al menos dos de sus obras lleven en sus títulos alusiones directas al acto de nadar: El nadador (1967) yCrawl (1982). Le debo a un joven amigo las siguientes citas tomadas de una entrevista en que el poeta argentino surca al revés y al derecho el líquido de la poesía. Aquí un muy clarividente Temperley reflexiona sobre los movimientos a los que obliga el ejercicio de la natación y la estructura de una estrofa: “Termino explicando cómo se nada, cómo poner una mano al nadar... Pero descubro que para escribir Crawl tengo que aprender a rezar, y empiezo a tener una relación distinta con la oración y con el aliento. Y al fin de todo consigo mencionarlo como ‘éste’ o ‘ese’, con minúsculas, porque en aquel momento de mi vida espiritual hubiera sido una mentira poner reiteradamente ‘Jesucristo’. A lo largo del libro lo nombro una sola vez. Yo no era dueño de ese nombre.” Hasta aquí el aliento que va del nadar al escribir y, finalmente (¿o al inicio?), al rezar. Continúa un poco después: “Incluso trato de que las estrofas no tengan punto hasta la tercera parte, porque quería que fuera un respirar, quería que cada brazada fuera una respiración. Solamente al final, cuando habla con otros hombres, hay puntos y cortes. Pero donde es pura natación, son estrofas.” ¿Y quién que no haya nadado no sabe que esto es absolutamente cierto?
Resaltando el aquí y el ahora del cuerpo, arrebatado por la presencia del agua que es, a su manera, también el infinito, Temperley encuentra a Dios: “Soy el que nada, Señor / Soy el hombre que nada”. Y ahí, en ese medio como en ningún otro, en esa actividad eminentemente horizontal a medias entre el flotar y el caer, el cuerpo encuentra su límite: no un límite sólido que amenace y ahorque, sino una línea apenas, un pliegue que marca la diferencia de sustancia en la que el cuerpo, al hacer la diferencia, se descubre pájaro “Gracias doy a tus aguas porque en ellas / mis brazos todavía hacen ruido de alas”. El intercambio, además, es ineludible. El nadador que va hacia Dios le entrega antes su aliento al agua: “Mi cuerpo que se hunde / en transparentes ríos/ y va soltando en ellos / su aliento, lentamente, / dándoselo a aspirar a la corriente”. No por nada Tamara Kamenszain, la poeta y crítica literaria también de Argentina, hace eco de las interpretaciones que enfatizan el lado místico y visionario de Temperly al calificar a ese nado libre, a ese Crawl de 1982, sí, pero también en gran medida a toda su poesía, como “la natación de Dios”.
Cuenta Temperley en otra entrevista que, de chico, se cayó de la espalda de su madre directo a las aguas de un río. El recuerdo no le entrega al infante que chapotea con desesperación mientras sufre los primeros síntomas de la muerte por agua, sino la muy tranquilizadora imagen de un niño que “estaba sentado debajo del agua, en paz”. Más tarde, cuando el poeta precisa del líquido reparador, asegura: “quiero inyectarme un poco de agua helada”. Otorgándole el carácter de sagrado a un líquido que con frecuencia nos pasa desapercibido o tomamos como un hecho dado de nuestros días sobre el planeta Tierra, Temperley canta: “Señor, no sé quién sos, / pero solo te pido que me laves”. ¿Es posible encontrarse tan dentro de la médula misma del cuerpo como para salir expulsado de él en arranques místicos que obligan a repetir el estribillo aquél: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”? La respuesta de Temperley es que eso es posible con y dentro de la poesía, claro que sí. Naturalmente.
Aún la más somera revisión de la poesía de Temperley revela que el argentino sabía, sin duda, que a la alberca, como al templo o al altar, se va a guardar silencio en franca actitud de reverencia. Sabía que el ajetreo de los miembros bajo el agua nos devuelve cierta experiencia del tiempo ido, ese pasado ancestral en que nos debatimos dentro de la posibilidad misma de los animales. Sabía que la agitación del aliento es un mero dar y recibir, recibir y dar, que va al corazón tenso del agua. Sabía que una brazada es una medida de la respiración, así como lo es también, en sus momentos más felices, el verso. Cualquier verso. Lo sabía Viel Temperley tanto como Myriam Moscona luego de él, en un título que busca el eco: El que nada (Era, 2006). Dice la poeta mexicana que trabaja por igual con el español y con el ladino de origen búlgaro sefardí: “me oigo respirar / al comienzo de todo/ voy hacia el regreso”. El trance, esa travesía hipnótica que supone todo nado, también conduce a las preguntas máximas: “voy en la superficie azul / (lo borroso) / conforme avanzo/ oigo una voz// ¿es lo arrepentido? // ¿seré yo / quien perdona / o soy / lo perdonado?”.
Mientras lo averiguamos, es menester poner atención a ese rítmico batir de brazos. Si esto no funciona, siempre queda la solución del agua helada. Esa brutal inyección sagrada.
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Thursday, January 03, 2013
EL MAL DE LA TAIGA ENTRE LOS MEJORES 10 LIBROS DEL 2012
El mal de la taiga entre los 10 mejores libros de ficción nacionales según El Norte: Libros del 2012
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El mal de la taiga entre los 10 mejores libros de ficción nacionales según El Norte: Libros del 2012
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EL MAL DE LA TAIGA ENTRE LOS MEJORES 1O LIBROS DEL 2012
Thriller novelesco de flashes, de tiros directos, una trama oscura y desafiante, donde Rivera Garza pule sus recursos novelísticos y los puebla además de ilustraciones para que el lector explore los motivos sórdidos del viaje al bosque.
Israel Morales, Los Mejores del 2012, Milenio Monterrey, 35.
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Thriller novelesco de flashes, de tiros directos, una trama oscura y desafiante, donde Rivera Garza pule sus recursos novelísticos y los puebla además de ilustraciones para que el lector explore los motivos sórdidos del viaje al bosque.
Israel Morales, Los Mejores del 2012, Milenio Monterrey, 35.
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Tuesday, January 01, 2013
DOS NEÓNIDAS, UNA HEROÍNA, ALGUNOS EXTRATERRESTRES
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
1. Algo debe tener el agua de Querétaro a
últimas fechas. De ahí han salido después de todo, en esas mismas últimas
fechas, una serie de libros, editados por la editorial independiente Herring,
cuya singularidad y desparpajo en su trato con el lenguaje, cuyo sentido lúdico
e irreverente frente a los fenómenos emotivos y tecnológicos de la cultura de
hoy, no dejan de llamar la atención. Pienso en al menos un par de libros que no
por estar profundamente atentos a su aquí y su ahora se olvidan de su tarea de
regresarnos a la realidad con la mirada del recién llegado o del extranjero. No
por casualidad sus títulos involucran un cierto principio de yuxtaposición que
mezcla, y pone luego entonces en cuestión, geografías lejanas y culturas diversas:
Bulgaria Mexicalli, de Gerardo Arana
Villarreal; Lago Corea, de Horacio
Lozano. Tal vez se deba a que sus
autores son unos neónidas, esos que, de acuerdo al William Burroughs del texto
“Supernova” (Neónidas [2006-2008], 5),
son “el vínculo más precioso que la humanidad conserva con su ancestro lemur”. Esos
que, de acuerdo a Burroughs otra vez, “poseen el peligroso irradiar en sus
pupilas cuando son expuestas a prolongadas emisiones de luz neón”.
En Bulgaria
Mexicalli, Arana no sólo desestabiliza fronteras y tradiciones literarias,
sino también el pasado y el presente. No son pocos los que han intentado
re-escribir Suave Patria, uno de los
grandes poemas fundacionales del México moderno, publicado en 1921 por Ramón
López Velarde. El remix de Arana Villarreal, aptamente titulado “Suave
Septtembre”, involucra palabras claves de esa Suave Patria con pasajes enteros de Septiembre, del poeta modernista búlgaro Geo Milev. A la vez
familiar y absolutamente desconocida, la Suave
Patria de Velarde se torna, más que nunca, en un aquí tremendamente rabioso
y veraz. Vuelta “sardina” la de otra manera, “épica sordina”, la patria es
ahora pura “obscuridad y neblina”. “Grave Patria”, llama Arana, sólo para dejar
la alocución pendiendo de los dos puntos. “Grave Patria:/ Estrangulada en la
selva hambrienta./ Antes de la caída de las hachas/ Gritan muertas de miedo las
muchachas”.
Es posible que los protagonistas de Lago Corea hayan sido los últimos
sobrevivientes del planeta. También es posible que uno haya muerto y que el
otro haya tenido que encargarse de borrar su cuenta de Facebook. Lo cierto es
que el proceso de dar por terminada la existencia virtual suscita emociones
complejas: “pensé en todas las personas que han muerto y siguen flotando en
internet,/ perdidos entre htmls y wws.//Pude ver sus blogs como tumbas,/ sus
perfiles llenos de epitafios y homenajes.// Me sentí muy triste por todos ellos”.
En un lenguaje cotidiano y casi narrativo, el poema se entretiene por igual con
los asuntos de todos los días—los estrenos del cine, las etiquetas de los
suavizantes, las ciudades—como con materias más abstractas: “Entonces me di
cuenta que los alienígenas no son como nosotros,/ son fuerzas que nos obligan a
hacer cosas inéditas”. En su añoranza, en la manera en que va entretejiendo el
dolor que provoca la cercanía de lo lejos, el poema se transforma en ese
“frágil/ instante de mutación física”.
2. Que en el momento más álgido de la
autoficción, aparezca una novela que se desmarca de los modos del realismo para
dar cabida a la fantasía y el mito, las heroínas de los cuentos y la narrativa
especulativa, no es poca cosa. Daniela Tarazona, quién ya había llamado la
atención de los lectores con su primera novela El animal en la piedra, deslumbra ahora con la desmesurada
inventiva y la sintaxis precisa de El
beso de la liebre. Criada en su primera infancia en el territorio de los
hombres, en un programa de aislamiento mantenido por el Estado, Hipólita
Thompson pronto se convirtió en un personaje capaz de “ejercer la justicia y
defender la ciudad de la guerra”. Para lograrlo, Dios no sólo le dio un corazón
especial, sino también atributos particulares: la suspensión aérea, la
telequinesia, la resurrección. Todo ello y un traje rojo, con algunos adornos
de lentejuelas. Las aventuras y desventuras de Hipólita Thompson—entre las
cuales se cuenta el amor, un viaje hacia el centro de la tierra, bastantes
decesos y, eventualmente, la mortalidad—asombran no sólo por la profusa
imaginación que las despliega sino también, acaso sobre todo, por la precisión
de un fraseo corto y nervioso, sincopado, austero, en suma, vivo. El beso de la liebre ni se parece ni
representa el mundo. El beso de la liebre
consigue algo mucho más interesante e inusual: es un mundo. Aquí queda
demostrado que, tal vez como pocos escritores en activo, Tarazona es dueña de
un paisaje interior complejo, vertiginoso, descarnado.
3. Discurrir sobre asuntos de actualidad,
es decir, sobre eventos que han sido ya aprobados por el así llamado interés
general es, tal vez, el objetivo más básico que pueda proponerse un libro de
ensayos. Despertar la curiosidad por temas y/o conceptos del todo inesperados o
provocar una renovada atención sobre fenómenos que todo mundo creía ya
zanjados, eso sólo lo hacen los buenos libros—de ensayos o no. En Kant y los extraterrestres, Juan Pablo
Anaya no sólo consigue actualizar algunos de los clásicos de nuestra cultura—de
Blade Runner a Jaime Maussán, pasando
por los imperativos categóricos de Kant, por ejemplo—sino que lo hace con una
rara y efectiva mezcla de reflexión personal y deliberación cuidadosa, ésta
última amparada en lecturas a la vez creativas y rigurosas. Lejos del énfasis
por lo anodino en sí, pero también guardando su distancia respecto a los temas
obligados de la alta cultura, Anaya logra ligar palabras específicas de un
replicante de 1982 con dilemas que asolan nuestro aquí y nuestro ahora: “La
frase I cannot rely on my memories es
el punto de partida para observar el carácter impersonal de los hábitos que nos
constituyen. Nuestros hábitos no le dan “forma” a la materia blanda de nuestro
organismo. Más bien nuestro cuerpo se conforma como un organismo en el
ejercicio diario de esa memoria en que se alojan nuestros hábitos”. Dicho lo cual,
sólo queda imaginarse lo que nuestro autor puede dilucidar ante ideas kantianas
tal como la siguiente: “Actúa de tal manera que puedas desear que la máxima de
tu acción se convierta en una ley universal del género humano”. Spoiler: la dilucidación explota la
noción misma de género humano e involucra, sí, a los extraterrestres.
--crg
Tuesday, December 25, 2012
TRES LIBROS DEL 2012
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
El 2012 fue un año de buenos libros. Empiezo este recuento
de las lecturas que transformaron mi manera de ver y estar en el mundo con
algunos comentarios breves acerca de tres textos: uno de ensayo político, otro
de ensayo literario, y un tercero de crónica. Dejo a las novelas y la poesía
para próximas columnas.
1: Este año salió a la luz el libro más reciente de Franco
Bifo, Berardi, el pensador italiano post-obrerista que también contribuyó de
manera central al funcionamiento de Radio Alicia hacia el último cuarto del
siglo XX. No habría leído The Uprising. Poetry and Finance (Semiotext,
2012) si a inicios de año no hubiera dado, casi por casualidad, con After the Future (AK Press, 2011) y The Soul at Work. From Alienation to
Autonomy (Semiotext, 2009), también de su autoría. En todos estos ensayos
políticos, Bifo lleva a cabo una demoledora crítica a nociones de crecimiento y
producción sobre las cuales hasta hace muy poco se sostuvo la idea del futuro
como un lugar de inevitable mejoría o de ascendente complejidad. Cualquiera que
trate de entender críticamente a la sociedad contemporánea, especialmente desde
el punto de vista del trabajo y su relación con la producción de valor, se
beneficiará, sin duda, de una lectura pausada y cuidadosa del análisis sobre
las consecuencias—violentas, devastadoras, de precariedad—que ha provocado la
sustitución del trabajo físico por el trabajo inmaterial, especialmente desde
las últimas tres décadas del siglo XX. El giro lingüístico que tanto
caracterizó a la filosofía de inicios de siglo, se translada ahora a la teoría
política de corte marxista, revitalizando una forma de ver y vivir el mundo en
su sentido más libertario. Bifo, quien descree de la mejoría próxima de la
crisis que atacan al sistema capitalista, ha señalado que la imposibilidad de
cuantificar el trabajo inmaterial ha desestabilizado la relación entre trabajo
y producción, dando cabida así al engaño y/o la violencia más descarnada.
Porque el lenguaje toma un lugar preponderante en procesos de producción
también es fundamental en distintas formas de liberación. Su estudio de la
poesía en tanto arma lingüística libertaria, en tanto el nacimiento sensorial y
sensual del significado y el deseo, tal vez nos pueda dar pistas a aquellos que
nos negamos a aceptar la precariedad del trabajo y de la vida cotidiana como el
único futuro posible en tiempos de semiocapitalismo y tecnologías digitales
varias. Cualquiera que lea a Bifo, se beneficiará también de los libros de su
camarada economista Christian Marazzi, especialmente The Violence of Financial Capitalism (Semiotext, 2011), y de The Making of the Indebted Man: An Essay on
the Neoliberal Condition (Semiotext, 2012), de Maurizio Lazzarato. Es posible leer a Marazzi en
español: El sitio de los calcetines. EL
giro lingüístico de la economía y sus efectos sobre la política (Akal,
200s).
2: Si Bifo y Marazzi me ayudaron a desmadejar las
intrincadas estructuras de las crisis financieras y a entender en su justa
dimensión la variedad de movimientos en rebeldía que sacuden el mundo en que
vivimos, Antoine Volodine, autor francés que oculta su nombre verdadero, y con
ello su idea de la autoridad de autor, tras una serie de sinónimos que se
superponen unos a otros, arrojó una luz lúdica e imaginativa sobre el papel de
la narrativa crítica en nuestros medios. Aunque la única de sus novelas que es
posible leer en español , Ángeles menores,
no fue publicada este año sino en el 2008, y aunque su Le post-exotism en dix leçons. Leçon onze,
fue publicado en 1998 por Gallimard, para mí el 2012 es el año de Volodine. En
un ensayo que es más bien un performance de ideas, Volodine ha puesto en
práctica la literatura post-exótica como ese artificio que va de celda en celda y que es
sólo de y para los encarcelados. La escritura post-exótica es siempre una
escritura contra el poder, especialmente el poder capitalista, y sus
“ignominias sin nombre”. Disidente de entrada, refractaria por naturaleza,
presa de una extraña sensibilidad extranjera, la literatura post-exótica se
relaciona con cierto “chamanismo revolucionario” y con prácticas escriturales
que se diseminan oralmente, ya sea aprendidas de memoria o ya recitadas en voz
alta, puesto que en el encierro es difícil conseguir papel o acceso a
tecnologías más avanzadas. Fabuladora o neo-fabulista, sin preocuparse por los
límites estrictos entre la fantasía y el realismo, la escritura post-exótica
preserva la memoria de los que tienen contacto con ella, que son quienes en
realidad la hacen. Tal vez por eso es que entre el narrador y los personajes,
entre la primera y las otras personas de las conjugaciones verbales, no hay más
separación que “el espesor de un papel de cigarrillo”. Sin ninguna preocupación
por la expansión o por el mercado, la escritura post-exótica es un modo de
liberación para los encarcelados, que somos tantos.
3: Se acababa ya casi el 2012, cuando la editorial Surplus puso en mis
manos Entre las Cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte, editado y con
la participación de las reconocidas periodistas Marcela Turati y Daniela Rea. Lo
dije entonces y lo repito ahora: se trata del libro más relevante, tanto a
nivel intelectual como emotivo, de todo este año. Es fácil caer abatidos en
tiempos de guerra. En el afán crítico que todo lo arrasa, tratando de
identificar causas con presteza y enfocarse con similar urgencia en las
soluciones del caso, es a veces fácil pasar por alto la amalgama de acciones
cotidianas que mantienen a una comunidad en pie. En México, especialmente
ahora, es fácil olvidar las muy largas y muy vivas tradiciones de resistencia
que marcan a este país desde su mismo nacimiento. No es extraño de
ningún modo, pues, que una buena parte de las crónicas que animan este volumen
hagan caso omiso de la linealidad del tiempo y citen, en la palabra y en la
acción del presente, prácticas de organización y de creencia que han aparecido
una y otra vez, transformadas siempre, actualizadas de alguna forma, en la
historia de México. Porque, entre otras tantas cosas, lo que este Entre cenizas conforma es una historia
viva del pasado reciente mexicano desde ese abajo múltiple, protéico, sináptico
que está, en realidad, en todos los ámbitos del espacio social.
--crg
Friday, December 21, 2012
TALLER DE RE-ESCRITURA EN OAXACA
Enero/Marzo 2013
IAGO, Oaxaca
Informes aquí:
RE-ESCRIBIR: APROPIAR, TRADUCIR, DES-APROPIAR
--crg
Enero/Marzo 2013
IAGO, Oaxaca
Informes aquí:
RE-ESCRIBIR: APROPIAR, TRADUCIR, DES-APROPIAR
--crg
DESDE EL MAL DE LA TAIGA
Ella es una detective con muchos fracasos a cuestas. Tanto, que su conversión a escritora de novelas policiacas se dio de una forma bastante natural. Un hombre la ha contratado: su mujer escapó con otro, a la taiga. Durante el camino ella le ha mandado cartas y telegramas: un rastro de migajas que perseguir. La instrucción es precisa: tráigala de vuelta. Entonces ella, la detective reconversa, irá siguiendo ese camino de pequeños corpúsculos. Se acompañará de un traductor que también le servirá de guía. Es un Virgilio renovado, lleno de reflexiones profundas. El mal de la taiga consiste en escapar de ese paisaje inhóspito, abandonar la cabaña, correr hacia el frío absoluto, sucumbir. Cristina Rivera Garza conoce el oficio de narrar, sus tiempos y sus palabras. La primera persona es una elección evidente. El tono se va acoplando al ambiente, la prosa está llena de zonas de indefinición, de dudas, de imposibles. Consigue contagiar el mal casi de inmediato: esta necesidad de salir sólo para encontrarse adentro, a expensas del lobo, de los elementos, de la mujer que escapa sin huir. Un pequeño libro tan disfrutable como estremecedor.
La nota completa, que incluye comentarios sobre cinco novelas alrededor del frío (Mankell, Donovan, Ruesch, Stamm), en Bien cobijados, de Jorge Alberto Gudiño Hernández.
--crg
Ella es una detective con muchos fracasos a cuestas. Tanto, que su conversión a escritora de novelas policiacas se dio de una forma bastante natural. Un hombre la ha contratado: su mujer escapó con otro, a la taiga. Durante el camino ella le ha mandado cartas y telegramas: un rastro de migajas que perseguir. La instrucción es precisa: tráigala de vuelta. Entonces ella, la detective reconversa, irá siguiendo ese camino de pequeños corpúsculos. Se acompañará de un traductor que también le servirá de guía. Es un Virgilio renovado, lleno de reflexiones profundas. El mal de la taiga consiste en escapar de ese paisaje inhóspito, abandonar la cabaña, correr hacia el frío absoluto, sucumbir. Cristina Rivera Garza conoce el oficio de narrar, sus tiempos y sus palabras. La primera persona es una elección evidente. El tono se va acoplando al ambiente, la prosa está llena de zonas de indefinición, de dudas, de imposibles. Consigue contagiar el mal casi de inmediato: esta necesidad de salir sólo para encontrarse adentro, a expensas del lobo, de los elementos, de la mujer que escapa sin huir. Un pequeño libro tan disfrutable como estremecedor.
La nota completa, que incluye comentarios sobre cinco novelas alrededor del frío (Mankell, Donovan, Ruesch, Stamm), en Bien cobijados, de Jorge Alberto Gudiño Hernández.
--crg
Tuesday, December 18, 2012
LA FIESTA YOU TUBE DE LOS GÉNEROS
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
1Siempre me pareció que había mucho de femenino en “I´m your man”, enunciada a la manera de Leonard Cohen. Pero cuando la cantante británica Anna Calvi (Londres, 1982) promete que “será tu hombre” en la canción del mismo título [I´ll be your man: http://www.youtube.com/watch?v=zf0dO0clkwU] también hay algo, paradójicamente, de femenino. Y la incorporación aquí del adverbio que liga a la paradoja, esa proposición en apariencia verdadera que conlleva a una contradicción lógica o a una situación que infringe el sentido común, con lo que pareciera ser simétricamente opuesto es, por supuesto, intencional. Alguien ya fue y vino, eso es cierto. Y desde el lugar de partida, vuelto ahora el lugar de llegada, mira lo que quedó atrás. Todo se ve igual pero nada es lo mismo. No hay un cambio de 180 grados, quiero decir; hay uno de 360.
Es algo que estoy tratando de entender.
El hombre que promete ser hombre suena, en efecto, a mujer. La voz gravísima de Cohen dice: “Si quieres un amante / haré todo lo que me pidas / si quieres otro tipo de amor/ me pondré una máscara para ti”. Pero la mujer que promete ser hombre también suena a mujer. Anna Calvi dice: “Durante el día puedo ser tu amante / en la noche, estas palabras son verdaderas / ¿No me dirás lo que se siente? / Seré tu hombre”. No ha ocurrido aquí, como en los trastocamientos más, digámoslo así, tradicionales o equidistantes, un intercambio genérico. El hombre no se ha transformado en mujer, ni la mujer en hombre. Nadie mira a través de los ojos del otro ni se ha puesto los zapatos de nadie más. O, mejor dicho, alguien mira a través de los ojos de otro y se ha puesto sus zapatos, pero todavía no sabemos a ciencia cierta qué o quién es. O por cuánto tiempo.
La pregunta es inevitable: ¿Ofrecer ser el hombre de alguien (y ese alguien bien puede ser un hombre o una mujer), ya sea en el presente o en el futuro, convierte a la ofrenda en un acto/producto culturalmente femenino?
Lejos de simetría alguna, más allá de las oposiciones fáciles, el trastocamiento que va de I´m your man a I´ll be your man es múltiple e inestable. Narciso, de seguir vivo, tendría serios problemas para ver su rostro reflejado en las aguas turbias de estas dos voces. El cuerpo de donde surge la voz por la que atraviesan las palabras importa, por cierto. Esto es otra forma de decir que el juego, aquí, es un juego de géneros en forma de espejos encontrados. Y, sin embargo, las palabras que atraviesan por la voz que surge del cuerpo importan más. Esto es otra forma de decir que los géneros, en lo que respecta a este ejercicio comparativo, son escritura y, para el caso, escritura especular.
Hay un Lo Femenino en todo esto. Se trata de un Lo Femenino mutante. Es más una forma intranquila que un horizonte. Nadie habla aquí de un devenir.
La imagen, al final, que es otra forma del comienzo (y habremos de recordar que al comienzo era el verbo), parece la misma: se inicia con algo que suena a mujer (Cohen) y se termina también con algo que suena mujer (Calvi). Y, sin embargo, el paso por el cuerpo, que es el paso por la voz, ha distorsionado ya y para siempre los linderos, de por sí nunca estables, de la misma definición.
Todavía no sé qué pensar en realidad de todo esto.
2. Decir algo literalmente, argumenta la teórica queer Diane Fuss, radicaliza nuestra relación con la experiencia. Llevar la sintaxis hasta sus últimas consecuencias a menudo transforma a esas consecuencias, que constituyen la así llamada realidad, en algo extraño de nueva cuenta o por primera vez. Lo obvio es a veces así. De entre todos los que pecan de literalidad, a Fuss le interesó el caso de los caníbales, cuyo entendimiento literal de lo real los lleva a enunciar palabras que, habiéndose vuelto transparentes o blandas a través del uso cotidiano, se tornan obscenas o francamente mortales en sus bocas: te como a besos, te devoro, ¡qué dulce eres!
¿Y cuántas veces no hemos dicho algo similar cuando estamos enamorados?
No son pocas las canciones populares que han hecho un arte (o semi-arte) de esos vínculos entre el lenguaje del hambre (y el consumo y la incorporación) y el lenguaje amoroso. Aquí van sólo tres ejemplos.
Un gigante del siglo XIX que, luego de devorar niños y al llegar a la tremenda edad de 372 años, reposa en “una duermevela tan inocente como ésta” [http://www.youtube.com/watch?v=ipTUkasUzxE&feature=related]. Este “Gigante somnoliento” en voz de Natalie Merchant y en la versión de poema animado por David Kendall dice: “Tengo trescientos noventa y dos años / y me acuerdo con sumo arrepentimiento / cómo elegía y mordía vorazmente / a los adorados niñitos que iba conociendo //Me los he comido crudos, en sus trajes de fiesta / me los he comido en arroz sabor curry / me los he comido horneados con sus sacos y botas/ y me han parecido extremadamente deliciosos”.
Una bruja literaliza sus intenciones respecto a un Usted atacado por lo que podría ser un exceso de curiosidad. Esto en las voces de Eugenia León y Lila Downs en “La bruja” [http://www.youtube.com/watch?v=9pT4Q5piexc]: Me agarra la bruja y me lleva a su casa /
me vuelve maceta y una calabaza /
me agarra la bruja y me lleva al cerrito / me vuelve maceta y un calabacito/
que diga y que diga y que dígame usted / cuántas criaturitas se ha chupado ayer /
ninguna, ninguna, ninguna lo sé / yo ando en pretensiones de chuparme a usted”.
me vuelve maceta y una calabaza /
me agarra la bruja y me lleva al cerrito / me vuelve maceta y un calabacito/
que diga y que diga y que dígame usted / cuántas criaturitas se ha chupado ayer /
ninguna, ninguna, ninguna lo sé / yo ando en pretensiones de chuparme a usted”.
El significado de la Última Cena nunca volvió a ser el mismo [http://www.youtube.com/watch?v=fev26gkpCMc] luego de que Cecilia Toussaint cantara lo que le pasó con cinco amigos de confianza: “Uno con mis brazos se quedó / otro fue feliz con mis dos piernas / el pescuezo fue para el tercero/ el siguiente quiso la cabeza / y uno más toda mi ropa / fue quizá la última cena”.
Los ejemplos abundan, en efecto. Pero de la canción paran niños a la lírica popular, no deja de producir su dosis de perplejidad que el proceso de incorporación corporal, con tanta facilidad adscrito al lenguaje amoroso, sea tan literalmente violento, mortífero y, con frecuencia, fatal.
--crg
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