Saturday, February 14, 2026

BABELIA: SEGUIMOS AQUÍ: ANTES Y DESPUÉS DE BAD BUNNY

BABELIA  


SEGUIMOS AQUÍ: ANTES Y DESPUÉS DE BAD BUNNY

 

 [El País, Febrero 14, 2026]


Cada fin de semana había carnes asadas. Casi todas ocurrían en la parte posterior de las casas, las famosas backyards que obligaron a gran parte de los norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX a dirigir la mirada y la alegría hacia adentro, y no hacia fuera, por medio del porche. Aun así, el aroma y el sonido no reconocen fronteras. La música norteña, los gritos de los niños, las carcajadas, y hasta los cuchicheos se saltaban las bardas, metiéndose en la estructura misma del barrio: los calles y los puentes, las ciclopistas y los bayous, las tienditas de la esquina. Los olores a especies simples y a carbón ardiente se encaramaban al cielo y luego descendían, colgándose de las frondas de los encinos y las magnolias para anunciar que la rigurosa semana de trabajo había quedado atrás y se aproximaba, exuberante y menor al mismo tiempo, jacarandosa y puntual, la fiesta.  

Todo eso desapareció este año.   

Para calibrar el impacto del concierto de Bad Bunny habría que hacer una pausa y escuchar con nitidez el peso ensordecedor de ese silencio en el barrio. El miedo primero y la precaución después nos han conminado a cerrar las puertas y espiar por las mirillas. El terror, cuyo objetivo inmediato es paralizarnos y dejarnos sin lenguaje, ha cumplido su tarea con eficacia, forzándonos a un esmero inusual en la selección del vocabulario. Incluso la mirada ha tenido que entrenarse para reconocer de lejos la amenaza, que se aproxima. El énfasis en la fiesta y la alegría que produce, en el baile y la carga erótica del roce de los cuerpos, en los nombres que nos nombran y por los cuales nos reconocemos, no es una cosa menor cuando la política pública insiste en borrarnos a nosotros en el presente y a nuestros ancestros en el pasado y nuestro legado en el porvenir. Poco importa que el término América Latina sea otra maquinación colonialista europea cuando los que nos reconocemos como Latinos o Latines o Latinx en Estados Unidos sabemos que, juntos, conformamos el sustento laboral y cultural de este país de migrantes. Poco importa si la hipersexualización de los cuerpos y los puestos de tacos y los negocios para arreglarse las uñas y el niño que duerme sobre las sillas mientras la fiesta no ceja constituyen estereotipos que refuerzan papeles subalternos en la gran noche capitalista si es justo así, justo ahí, donde también ocurre la subversión cotidiana de donde sale la gasolina, dame más gasolina, para continuar. 

Pero el concierto de Bad Bunny, tan portentoso como ha sido, no se llevó a cabo aisladamente ni en un vacío social. El miedo, que con toda justificación nos ha orillado al silencio y a la invisibilización forzada, también ha dado cauce a distintas formas de resistencia, unas más vistosas que otras. Ese mensaje de empatía radical (solo el amor es más poderoso que el odio) con que cerró el Super Tazón se diseminó a gran velocidad a través de la red política y emotiva que han ido construyendo históricamente distintos movimientos sociales, más recientemente las protestas en las calles gélidas de Mineápolis. Todos los hemos visto insistir una y otra vez a pesar de las bajas temperaturas y los gases lacrimógenos: es nuestro barrio, son nuestros vecinos, somos nosotros mismos. Y la utilización de ese primer pronombre del plural no es una cosa menor en una sociedad adiestrada en el más descarnado individualismo. Pero hay más, tanto en Mineápolis como en otros sitios: los que llevan comida a los que no pueden salir de casa, los que entretienen a niños encerrados por temporadas largas, los que cuelgan banderas mexicanas en las defensas de sus camionetas para distraer al enemigo. Cada gesto cuenta, y eso bien lo saben los escuadrones de la muerte que se dan a la tarea de perseguirlos sin cuartel. 

Bad Bunny cantó en español, sin subtítulos y con orgullo, provocando el enojo de algunos y conmoviéndonos hasta las lágrimas a tantos. Pero hay que recordar que la lucha lingüística por el español no es cosa nueva tampoco. El español, que al sur del Río Bravo ha sido sin duda una lengua del imperio, amparada por el Estado y protegida por su ejército, como dicen los lingüistas, se ha convertido en una herramienta de resistencia material y cultural al cruzar la frontera en los cuerpos y la memoria colectiva de tantos migrantes. Los poderosos quieren denigrarla, llamándola una lengua de trabajo o una lengua de segunda, pero los casi 60 millones de hablantes que la practicamos a diario en las entrañas del imperio sabemos que, además de ser orgullosamente una lengua de trabajo, es la energía comunitaria con la que producimos e imaginamos otras ciudades, otros mundos, otras maneras de seguir aquí. Por eso es la lengua con la que cantamos. 

Y también es la lengua con la que escribimos y publicamos. De entre las numerosas editoriales que han apoyado la producción literaria en español, rescato a la más longeva: Arte Público Press, que a través de proyectos de investigación no solo han rescatado autores de entre las páginas polvosas de los periódicos antiguos, sino que publican a autores que se mueven entre el inglés y el español para audiencias infantiles, juveniles y de adultos. La existencia de programas de escritura creativa en español ha sido fundamental en el pasado y lo será en el futuro. Desde Iowa hasta El Paso, pasando por la Universidad de Houston, estos programas nos recuerdan que el español es un idioma vivo, mutante, alerta, en el que se reta el límite de lo imaginable, que es también el límite de lo posible. Ahí se formaron escritores ahora reconocidos como Yuri Herrera, y autoras que apenas salen a dar la batalla, como Natalia Trigo, cuya primera novela, El fin del verano, aparecerá pronto en España con la editorial Almadía, o como Raquel Abend, cuya novela Bloat, aparecerá primero en la traducción al inglés de Lizzie Davies, con Graywolf Press. Ambas graduadas de nuestro programa en Houston.  

Sería muy difícil entender el origen de la crueldad de las políticas migratorias ahora en acción en los Estados Unidos sin el trabajo y la escritura de Jason de León, el antropólogo de origen mexicano-filipino que trabaja en UCLA y ha publicado libros audaces y conmovedores como Land of Open Graves: Living and Dying on the Migrant Trail (2015) y Soldiers and Kings: Survival and Hope in the World of Human Smuggling (2024), por los que se ha hecho acreedor a, entre otros, el National Book Award y la prestigiosa beca MacArthur. Con base en los modos de investigación de la etnografía, la arqueología y la ciencia forense, De León ha mostrado cómo el gobierno de los Estados Unidos convirtió al territorio en un arma militar capaz de hacer el trabajo sucio de la necropolítica a través de medidas como la “Prevention Through Deterrance” (Prevención por disuasión), que forzó a muchos migrantes a cruzar la frontera por el lado más peligroso del Desierto de Sonora en Arizona, donde tantos perdieron sus vidas. Con el mismo cuidado de investigación y una escritura similarmente poderosa, De León examinó después la vida cotidiana de los coyotes fronterizos, piezas fundamentales en el tráfico de personas que aqueja la migración de hoy. 

La lista de los autores que trabajan desde y con el español en los Estados Unidos es ya larga y bien conocida. De Edmundo Paz Soldán y Liliana Colanzi en Cornell, hasta la legendaria autora y cantante dominicana Rita Indiana en Nueva York, pasando por Nadia Villafuerte en San Diego, Giovanna Rivero en Iowa, entre muchos otros. Menos conocidos, pero igualmente fundamentales son los escritores y activistas que, viniendo de orígenes bilingües entre el inglés y el español, publican en inglés primordialmente, sin olvidar, o entretejiendo, el español y su carga crítica en sus escritos y posturas públicas. 

En la gran tradición del memoir personal, en la que se fincó mucho de la segunda gran ola de escritura latine en Estados Unidos, deben contarse a trabajos tan relevantes como Dreaming in Cuban de Cristina García o el estallido editorial que representó House on Mango Street, de la Mexicoamericana Sandra Cisneros. De esa energía han brotado después, libros tan populares como I´m not you Perfect Mexican Daughter de Erick SánchezThe Distance Between Us de Reina Grande, e incluso ese estremecedor libro que es Soilto, de Javier Zamora, el poeta salvadoreño-amaricano que cruzó la frontera, en efecto, solito para alcanzar a sus padres en suelo norteamericano.  

Más recientemente, en #TheNewLatinoBoom: Cartografía de la narrativa en español en los Estados Unidos, la escritora y crítica Naida Saavedra ha dado cuenta de la profusa producción de escritura en español en ciudades como Chicago, Miami y New York (aunque fácilmente pudo también haber incluido a Los Ángeles o Houston) a lo largo del siglo XXI. Ahí no solo se muestra el trabajo creativo de autoras tan distintas como María Minguez, Gisela Heffes, Keyla Valle de la Ville, o Ana Merino, por mencionar a algunas, sino también el compromiso infatigable de editoriales como Suburbano en Miami, o Sudaquia en Nueva York, o revistas como Nagari Magazine, que llevan a cabo el duro trabajo de distribuir y alcanzar al gran público. 

Hay autores que escriben en inglés pero desde o con el español. Cuento aquí a poetas y cronistas fundamentales, como Raquel Gutiérrez, una losangelina de orígenes salvadoreños y mexicanos que publicó hace no mucho Brown Neon, una colección de ensayos personales que explora su desarrollo en comunidades LGTBQ de la ciudad mexicana más grande fuera de México. Vanessa Angélica Villarreal es del Valley, como se le llama a esa región transfronteriza que involucra al norte de Tamaulipas y al sur de Texas, y escribe poesía experimental (Beast Meridian) y ensayos imaginativos y provocadores (Magical Realism. Essays on Music, Memory, Fantasy and Borders) desde los Ángeles. El trabajo del poeta y traductor Daniel Borzutzky es imprescindible y estremecedor. The Performance of Becoming Human, el libro de poesía con el que ganó el National Book Award en 2016, explora la violencia estatal y sus efectos tanto en la ciudadanía como en el lenguaje. Temas similares toman su lugar en The Murmuring Grief of the Americas, publicada en agosto de 2024, y que bien podría servir de guía para entender el presente aterrador hoy. Su traducción de Valdivia, del poeta chileno Galo Ghigliotto, le valió también el National Translation Award en 2017. Mis colegas en la Universidad de Houston, Roberto Tejada, poeta y ensayista sin par, así como la traductora y poeta Stalina Villarreal, entretejen su experiencia en Estados Unidos con una atención vasta y entrañable por el territorio de América Latina y los retos que provoca en la política y en la imaginación. Tejada publicó Carbonate of Cooper en 2025, un libro que conjunta poesía y fotografía, y el lenguaje de los minerales de la región fronteriza entre México y Estados Unidos, para explorar procesos de migración, extracción, y vigilancia en la zona. En Watcha!, publicado en 2024, Stalina Villarreal nos introduce a una larga saga de arte indígena, latinoamericano y latine a través de un lenguaje afilado y fotografías personales. 

Así como hay un antes de Bad Bunny hay, también, un después. Y ambos son hondos y amplios. No todo se queda en el efecto mediático (sí, capitalista), que conmueve en su intensa brevedad. Sobre los hombros de tantos que nos preceden, se yergue el trabajo de activistas culturales de hoy. Un buen porcentaje de los escritores Latines llevan a cabo su labor escritural fuera de la torre de marfil de la tan manoseada inutilidad del arte, y en conjunto con distintas formas de conexión con la comunidad. Hay muchos profesores entre nosotros, insistiendo en transformar los programas de estudio para admitir las voces y energías de comunidades minorizadas de nuestro medio. Hay proyectos autónomos que florecen en contacto con universidades, como es el caso del Macondo Writers Workshop, la Fundación Macondo que estableció la escritora Sandra Cisneros en 1995. En formatos horizontales, nunca separados de la fiesta, los talleres de Macondo convocan a escritores comprometidos con la justicia social, especialmente aquellos que interrogan tanto a las fronteras geopolíticas como a las formales de nuestro quehacer. La reunión es cada año en San Antonio, y hay becas. Adriana Pacheco tiene años ya trabajando en lo que al inicio fue un Podcast y ahora es un proyecto mucho más amplio que incluye apoyo a la traducción y distribución de libros en español en los Estados Unidos. En efecto, Hablemos escritoras se ha convertido en un lugar indispensable para conocer la producción literaria de mujeres en este país. 

La lista es larga y podría seguir, pero sirvan estos ejemplos para confirmar lo que dijo Bad Bunny al hacer el recuento de cada país amparado bajo el nombre de América: Seguimos aquí. Hemos estado aquí antes de todo esto, antes del genocidio y antes de las guerras, antes de los desplazamientos forzados y el encarcelamiento, antes de la amputación del territorio, antes, mucho antes, de la ocupación militar de ciudades enteras. Hemos estado aquí en la perseverancia también, en el trabajo diario, en la liberadora alegría de la fiesta, en el hallazgo mutuo, y en el disenso, claro que sí. 

Y, cuando esta noche capitalista haya concluido, no tengan la menor duda de que seguiremos aquí. 

 

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TIMBRE: QUE SEA INVIERNO ABSOLUTAMENTE

 TIMBRE


QUE SEA INVIERNO ABSOLUTAMENTE

 

[La Jornada, Febrero 10, 2026]

 

Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo. La Casa Blanca nos bombardea sin piedad, exigiendo una atención que, a decir de Simone Weil, cuando es pura y sin mezcla se vuelve una oración. Nada más lejos que el acto de rezar estos días. No tengo tiempo de leer las tres millones de páginas de los papeles de Epstein que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos ha liberado, con un mes de retraso, este 30 de enero del 2026. Tampoco me puedo evadir de ellas, siniestras y nauseabundas como son. ¿Dónde quedó Maduro, por cierto? ¿Existe Groenlandia? No dejemos nunca de insistir en Palestina. En una reunión, hace no mucho, uno de los comensales aseguró que era adicto al presente. Lo decía como si se tratara de una virtud. Entre una cosa y otra, yo he resuelto leer poemas al azar, como si mi destino y el de la humanidad se escondiera en algunos de sus encabalgamientos más oscuros, y escribir textos que no voy a publicar. 

Decía Virginia Wolf que ser inédito era un estado de gracia. Seguramente esas no fueron sus palabras exactas, pero el mensaje que recuerdo de algún ensayo luminoso era que la libertad más cierta de la escritora se hallaba justo antes del primer libro. Contraria a la prisa que carcome a tantos autores, la Wolf recomendaba alargar esta etapa a toda costa, asegurando que, una vez atravesado el umbral de la publicación, ya no habría manera de volver a escribir un texto sin o fuera de expectativa alguna. El reto es siempre, cada vez, escribir un primer libro. Tal vez sea por eso que, en estos días de azoro y confusión, de rabia y de disenso, escribo incansablemente y con ahínco para no publicar nada. 

Espero que mis editores no estén leyendo esto. 

No puedo abundar mucho, por razones obvias. Pero estoy segura de que mi decisión de no publicar estos textos que dominan buena parte de mis mañanas no se relaciona a sus temas, puesto que no abordo ahí asuntos prohibidos o inconvenientes (¿y qué podría resultar inconveniente en una época dominada por las narrativas pedófilas de los billonarios?) que deban resguardarse, timoratos o pudorosos, de las miradas ajenas. Tampoco es que sean textos desaliñados que no merezcan lectura alguna, puesto que dedico bastante tiempo a su revisión. Finalmente, no es un acto de autocensura. 

Recuerdo que Alberto Giacometti, el escultor suizo que se mudó muy joven a Paris, estableciendo su taller en el número 46 de la calle Hippolyte Maindrom, en el barrio de Alesia, enterró algunas de sus estatuas en el patio interior de su estudio para protegerlas de los Nazis durante la segunda guerra mundial. Jean Genet vio en este gesto la posibilidad de un arte radical, ajeno a la circulación comercial que en lugar de dirigirse al pasado o al futuro, y mucho menos a la eternidad, se abocaba al “gran pueblo de los muertos”. Solo hay que recordar que Giacometti desenterró las esculturas cuando regresó a Francia una vez terminada la guerra. La idea, sin embargo, es seductora. Me gustaría pensar que, al final, imprimiré esas páginas y las ataré con un listón de seda antes de enterrarlas en un sitio del que nunca hablaré. Será una ceremonia solitaria, realizada nada más para proteger el escrito de la violencia circundante y alejarlo tanto como sea posible de los canales de circulación del daño. Sabemos, junto con el narrador francés Antoine Volodine, que el enemigo también merodea entre los lectores con su turbia mirada distante.

Tampoco es que sea una idea nueva. En el 2014, en lo que podría ser denominado un proyecto de postergación que disiente del presente, la artista escocesa Katie Peterson, en conjunto con la Biblioteca Pública de Oslo, echó a andar “La biblioteca del futuro”, una iniciativa que se propone salvaguardar 100 manuscritos de autores reconocidos en la Sala del Silencio, ese espacio alucinante, hecho de madera y vidrio, donde permanecerán sin ser leídos o publicados por 90 años. Eso, entre otras cosas, es alargar el tiempo y apostar por el futuro, tal vez la más tentativa de las conjugaciones verbales hoy. Más un rechazo que una prórroga. Tal vez las dos. 

El poema de líneas alucinantes que leí hace rato, en el substack que mantiene la poeta y traductora Robin Myers, es de la poeta tunecina-americana Leila Chatti. Que sea testigo. Lobo. Mordedura de escarcha, finura brutal. / Que sea asombro. Brevemente. Bruma—que se retuerza hacia el sol. / Que el invierno aniquile, pero dulcemente. Si aúlla, que aúlle. / Que sea atroz, agridulce, sublime. El título del poema es: Si ha de ser invierno, que sea invierno absolutamente. La traducción es mía. 


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Tuesday, February 03, 2026

TIMBRE: ¿CÓMO ESCRIBIMOS AHORA?

 TIMBRE

¿CÓMO ESCRIBIMOS AHORA? 

 

[Martes, 27 de enero 2026]


Sabíamos ya que estábamos en la era de la posverdad—esa en la que para convencer a la opinión pública valen más las emociones intensas y las creencias personales que los hechos y sus registros—pero pocas cosas lo han dejado tan en claro como las posiciones de las más altas esferas estadounidenses respecto al material visual que dio a conocer el asesinato de la poeta Renee Good, ocurrido el 7 de enero a manos del agente de ICE Jonathan Ross, y la ejecución de Alex Pretti, enfermero, ocurrida el 24 de enero, ambos en Mineápolis, este terrible 2026. Pronto después de primer crimen, sin investigación alguna de por medio, tanto el presidente como su secretaria de seguridad describieron como reales y objetivas conductas que no aparecían en los videos, creando un abismo así entre el hecho, su registro, y la interpretación del mismo. Además, se dieron a la presurosa tarea de producir narrativas que, amparadas por su poder de facto (tienen acceso a los códigos nucleares), los exhibían como terroristas domésticos, transformando a las víctimas en victimarios y a los perpetradores en víctimas. En unos segundos, y esto es lo que estoy tratando de argumentar aquí, las autoridades norteamericanas pusieron en entredicho las bases mismas de la no ficción contemporánea, dándole un espaldarazo a la ficción. 

Alguna vez el escritor noruego Karl Ove Knausgaard aseguró que, en un mundo dominado por la ficción, poco valor podría tener la ficción literaria. Josefina Ludmer, la teórica argentina, adujo que, en un contexto que fusionaba la realidad y la ficción en algo que llamaba aptamente la realidadficción, el valor de una obra radicaba en su capacidad de producir presente. Inquietudes de este tipo impulsaron y legitimaron en las últimas décadas el creciente predominio de distintas formas de la no ficción—desde el ensayo hasta el reportaje creativo, desde la crónica hasta la autoficción—a las que unía un aducido acceso singular y poderoso a los hechos todavía conocidos como reales. ¿Pueden los escritores de no ficción salir indemnes del petulante ataque que lanza la cabeza del imperio contra el triángulo que forman los hechos, sus registros y la interpretación, fundación básica de su quehacer? ¿Deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a la elaboración de ficciones más intensas y vertiginosas y valientes, capaces de contraponerse a la maligna imaginación imperial? Después de todo, hasta Knausgaard mismo regresó al ejercicio de la ficción. 

Entra la ficción especulativa. El escritor mexicano Alberto Chimal argumentaba de manera convincente ya hace algunos años que lo que hace falta en estos tiempos de cambios vertiginosos, regidos por la aceleración de la devastación capitalista, es el mexafuturismo, una forma de la ficción especulativa que imagina un futuro distinto o en franca oposición a los designios del colonialismo y el patriarcado que han afectado históricamente a América Latina. Hace más poco aún, refrendó esta convicción con un artículo en la revista Literal en el que propone una literatura “que podría incorporar también una faceta de resistencia más inmediata, de imaginación contra lo más atroz y vulgar del poder realmente existente que se encuentra sobre nosotros.” Y, aunque encuentra “pistas de cómo hacerlo” en “las primeras literaturas especulativas de autentica resistencia contra el capitalismo extractivo contemporáneo”, como las obras de Joanna Russ y Angelica Gorodischer, William Gibson o Miguel Angel Manrique, también incluye autoras contemporáneas como Gabriela Damián Miravete, Andrea Chapela, Fernanda Trías, y Maileis González. 

Entran los manifestantes, insistiendo en la documentación de los hechos. A pesar del designio imperial, los hombres y mujeres que han tomado las calles de Mineápolis para defender a sus comunidades insisten en producir registros visuales y auditivos de los hechos. Cámara en mano, se desviven por grabar escenas de tortura y saña con tal de dejar evidencia para que, en un futuro, cuando todo esto haya terminado, dicen optimistamente, se pueda conocer la verdad. Documentémoslo todo, rezan algunas de sus arengas. ¿Se ciñen estos manifestantes a regímenes ya caducos de verdad o apuestan todos ellos por un futuro que, a falta de otro vocablo, bien podríamos denominar como la pos-posverdad?

Las posibilidades son muchas y las urgencias también. ¿Pero podríamos, me pregunto, hacer las dos cosas a la vez: apelar al registro de los hechos, ya sea en forma análoga o digital, mientras desatamos una forma de la especulación capaz de cuestionar y subvertir a la ficción oficialista? ¿Será posible, quiero decir, una no ficción especulativa?  

La crítica norteamericana Saidya Hartman acuñó el concepto de fabulación crítica como una forma de contra-archivo, o más-allá-del-archivo, capaz de imaginar, y así compensar, lo que el relato oficial borró u ocultó o expurgó del mismo. Ocluir es el verbo. Obliterar. Se trata de una estrategia de reparación que, reconociendo el límite del archivo y colocándose, de hecho, sobre su mismo borde, subraya la capacidad de la imaginación para tender puentes hacia el pasado. Nada impide, por supuesto, que tales puentes puedan dirigirse al futuro, o mejor aún: al subjuntivo, es decir, a la posibilidad, siempre palpitante. Nada impide saltar de esos documentos, en los que a decir de Walter Benjamin no nada más queda huella de un acontecer sino también de una viabilidad solo en apariencia caduca, hacia un porvenir otro, capaz de contradecir y subvertir las narrativas del imperio.   


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Monday, January 19, 2026

TIMBRE: EL PAÍS MÁS SOLO DE LA TIERRA

TIMBRE 

[La Jornada, enero 13 2026]


EL PAÍS MÁS SOLO DE LA TIERRA

 

Creo que fue Truman Capote quien aseguró que, para estar solo o sentirse solo, no había como ir a New York. Lo dijo, si es que lo dijo, un poco después de traicionar la confianza de sus amigas acaudaladas, cuando ellas le declararon la ley del hielo por diseminar sus secretos en público. Años después es posible decir que, para estar solo, estructuralmente solo, no hay como ir a cualquier lugar de Estados Unidos. Excepto por Nueva York, donde el transporte público vuelve necesario sino es que inevitable el contacto con los otros, la mayoría de las ciudades norteamericanas están diseñadas para el aislamiento que producen los automóviles—ya sea avanzando a toda velocidad o atascados en los interminables freeways—y para la ausencia de cualquier forma de vida pública que no sea el consumo. 

José Agustín las retrató bien en esa novela de 1982 que se llamó Ciudades desiertas (existe una versión cinematográfica no del todo lograda bajo el título de Me estás matando Susana, dirigida por Roberto Sneider en el 2016). Cuando Eligio decide dejar la Ciudad de México para ir a buscar a su mujer, quien ha aceptado una beca en un Programa Internacional de Escritores en un lugar que a todas luces es la Universidad de Iowa, el encuentro con el vecino del norte es complejo y estereotípico a la vez. Aunque describe centros urbanos medianos y pueblos pequeños del Medio Oeste, esas ciudades sosas y estériles de tan limpias, vacías de la gente que se repliega en sus trabajos de ocho o más horas y en sus casas en los suburbios, podrían encontrarse en Arizona o Virginia, Oregón o Wyoming. A fines del siglo XX ya eran sitios inhóspitos, regidos por férreas jerarquías de raza y de clase, donde los diferentes, originarios casi todos del así llamado Tercer Mundo, eran recibidos, decía Agustín, para “lucirse mostrándoles las maravillas de la civilización: teléfono instantáneo, cuentas de banco personalizadas”. En el primer cuarto del siglo XXI esa hostilidad primigenia se ha destilado hasta quedar convertida en pura inmisericorde crueldad. 

He vivido ya por algunos años en un barrio de tradición mexicana en el este de Houston. Lo elegimos no solo porque queda cerca de la universidad sino también porque solo ahí era posible escuchar música y aspirar el aroma de carne asada los fines de semana—esas formas de presencia y festejo público que captan el oído y el olfato, no siempre la vista. Desde que iniciaron las operaciones de ICE en 2025, la ciudad más diversa de Estados Unidos se parece cada vez más a las ciudades desiertas de José Agustín. Ya no hay música, ya no hay carnes asadas, y ya nadie atraviesa, en algún arrebato de locura, esas anchísimas calles sin banquetas. Si bien es cierto que la obsesión por el dinero, y la convicción de que el tiempo es dinero, provocó que solo pocos tuvieran la oportunidad o el deseo de “perder el tiempo” visitando amigos o vagabundeando porque sí, el temor justificado a la captura o el secuestro y la desaparición ha dejado a las calles convertidas en páramos sin resguardo. Carentes de sistemas de salud eficientes o asequibles, sin transporte público que facilite la circulación, sin acceso a la educación pública que va desapareciendo indefectiblemente, sin derechos civiles o laborales, el desamparo y la soledad campean por todos lados. No se trata de una soledad sentimental u ontológica, sino estructural y violenta. No hay nadie más desprotegido que un trabajador en los Estados Unidos. 

Ahora que el imperio se desnuda, invadiendo a Venezuela mientras planea incursiones en Colombia, Cuba o México, hay que pensar que este es el mundo que conocen y planean reproducir. De esto hablan cuando se regodean con frases como sueño americano. Por si los últimos crímenes (el homicidio de la poeta Renee Good en Minneapolis, entre otros 30 asesinatos de migrantes todavía sin nombre) no lo han dejado claro, la única libertad que promueve y reconoce el imperio es la del capital y sus secuaces. Para los demás (legales o ilegales, profesionistas o trabajadores, hombres o mujeres, de derecha o de izquierda) solo queda andar con mucha cautela, esconder sus publicaciones de plataformas sociales o WhatsApp, evitar participación alguna en marchas o actos de protesta, y portar sus documentos de identidad en todo momento. Eso y rezar para no toparse en el camino con los matones de ICE. Mientras tanto, ande, siga avisando con anticipación antes de tocar cualquier puerta y asista a esas fiestas de 9:00 a 11:00, puntuales, trayendo, por supuesto, su bebida predilecta. 

A esa soledad estructural, acompañada del bombardeo informático de nuestros días, no se le vence encerrándose en casa, como lo proponía no hace mucho el filósofo coreano Byung-Chul Han. Por el contrario, hay que salir a la calle, tomar el camión o metro o Metrobús, participar de y apoyar a las escuelas públicas, juntarnos y confabular con otros, fiestear de lo lindo y hasta que el cuerpo aguante, encontrarnos al fin, y mientras podamos, en nuestra diferencia y en nuestra solidaridad y en nuestro deseo. Escribir no es soledad. Vivir tampoco. 


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TIMBRE: DÍA DE CAMPO

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 [La Jornada, diciembre 30 2025]


DÍA DE CAMPO

 

 

He dedicado buena parte del 2025 a cuidar u organizar el cuidado de mi madre, que tiene 82 años. Se trata de una tarea ardua, históricamente impuesta o asumida por las mujeres de la casa, que poco a poco va ocupando todo el tiempo. Hay que ponerle atención a cada detalle: los alimentos, el ejercicio, las actividades manuales, la higiene, la diversión, los medicamentos. Quien ha cuidado a un ser amado sabe que no hay descanso, ni físico ni mental: cualquier momento puede ser un momento de peligro. Está la escalera, con sus peldaños siempre amenazantes; las horas vacías que conducen al aburrimiento y, del aburrimiento, a la zozobra; la televisión con su domesticación insulsa; la melancolía, que brota nada más porque sí. Como mi madre es una mujer sana, autónoma, con un sentido del humor a toda prueba, estas tareas de cuidado no dejan de tener sus muchos momentos de encanto. Su memoria de largo plazo, mucho más firme que la memoria inmediata, nos lleva con frecuencia a un pasado que recuerda con fidelidad. Y ahí resaltan con brillo propio nuestros días de campo. ¿Te acuerdas cuando bastaba con empacar un mantel, unos sándwiches, un termo con café y frascos de agua para pasar un día maravilloso en cualquier lado? 

Le digo que sí, que me acuerdo. 

Era el pasatiempo favorito de una familia sin muchos recursos, pero con grandes deseos de explorar el mundo. Hacíamos días de campo casi en todo sitio, aunque especialmente en las afueras. El día de campo le pertenecía a la intemperie, ese difuso territorio donde la propiedad privada terminaba y todavía no existía bien a bien la propiedad pública. Después de alguna caminata extenuante o luego de zambullirnos en algún río de aguas tranquilas, mi madre sacudía el mantel al aire, y ese ruido áspero y crujiente señalaba que el descanso había iniciado; una especie de recreo, una pausa en todo caso, que interrumpía, o más bien culminaba, la excursión en curso. Retozábamos, así, juntos, a las orillas del río Meoqui, en el estado de Chihuahua; a la vera de cualquier carretera por la que viajábamos por horas enteras; en los recovecos de montañas majestuosas o sobre peñas enormes. 

Las cosas han cambiado. La violencia de la así llamada guerra contra el narco y la productividad demoniaca del neoliberalismo nos han arrebatado tanto el especio como el tiempo. Hacer un día de campo en cualquier carretera mexicana sería hoy en día un ejercicio de alto riesgo, algo francamente descabellado. Las zonas de descanso en las autopistas de los Estados Unidos, tan llenas de reglas y con vigilancia ininterrumpida, no se prestan para la intuitiva experiencia de la comida al aire libre. El genocidio y la crisis climática nos han enseñado a temer los fenómenos del cielo y de la tierra.   

En español se les sigue diciendo días de campo a los picnics, aunque muchas de estas comidas al aire libre no sucedan en el campo estrictamente, sino en parques citadinos, usualmente públicos, cercados por calles bullangeras y el ruido, solo a veces lejano, de los automóviles. Pueden ser lugares encantados, breves interrupciones en una vida cotidiana hecha de prisa e indiferencia, pero en los libros de algunos autores se han convertido también en zonas oscuras y liminales, donde se perpetran crímenes o se expande la orfandad.  En “La continuidad de los parques”, el breve y muy famoso relato de Julio Cortázar, un lector se recarga contra el terciopelo verde de un sillón para continuar con la lectura de una historia en la que una pareja de amantes planea un asesinato desde una cabaña, solo para descubrir—ese lector que somo nosotros—que terminaremos bajo el filo homicida de un puñal. Le debemos una de las descripciones más sombrías de los parques públicos a Leila Slamani, la autora de Canción dulce, la novela en que una niñera a todas luces eficiente y amable asesina a los niños de sus patrones. “Los parques públicos en las tardes de invierno”, escribe. “La llovizna barre las hojas secas. La grava helada se adhiere a las rodillas de los críos. En los bancos, en las alamedas discretas, uno se topa con las personas que nadie quiere ya”. 

Mi madre y yo nos hemos acostumbrado a pasar bastante tiempo en el parque. ¿Somos las dos ahí, juntas, hablando sin parar, desechos del neoliberalismo o desertoras de cualquier régimen mientras yacemos en paz, con gozo, sintiendo el pulsar de la tierra en cada una de nuestras vértebras? 

Al inicio decíamos que íbamos a caminar, como si nuestra costumbre precisara de la justificación del ejercicio. Pero más recientemente hemos regresado a la vieja rutina de nuestros días de campo sin excusa de por medio. Ahora soy yo y no ella la que sacude el mantel al aire, señalando el momento de degustar los alimentos y, luego, de retozar. Ojalá que haya muchos días de campo en su 2026. 

Hay que desertar con frecuencia, como argumentaba Bifo. 



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TIMBRE: MARCIANO

 TIMBRE

 [diciembre 16 2025]


MARCIANO


Podría decirse que Marciano, la nueva novela de Nona Fernández (Chile, 1971), explora la vida de Mauricio Hernández Norambuena, el comandante Ramiro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, una organización revolucionaria fundada en 1983 cuyo objetivo era derrocar al dictador Augusto Pinochet. Pero decir eso, aunque verdadero, sería quedarse muy corto. La escritora visitó al exguerrillero en una cárcel de alta seguridad durante cuatro años, a veces hasta dos veces por mes, y sostuvo con él una serie de conversaciones que constituyen la semilla de este libro que no deja de cuestionarse, antes que todo, si su mera existencia es posible. ¿Podemos, en realidad, contar la vida de alguien? O, como el mismo Mauricio apunta en su primera intervención, “¿Tiene forma la vida? ¿Cabe en una ventana?”. Estamos, pues, ante una interrogante y un enredijo, el que forman las subjetividades y anhelos trenzados de quien escribe y de quien cuenta. Estamos ante un libro a dos. 

En una estructura flexible, con puntos de vista que se acomodan a los ritmos cambiantes del flujo memorioso, Marciano nos acerca a esos años insurrectos en que hombres y mujeres muy jóvenes se entregaron en cuerpo y alma a una causa colectiva, sin la promesa de satisfacciones inmediatas. Evitando cualquier tipo de estereotipo edulcorado (hasta el final Nona sostiene una posición crítica frente a los secuestros que llevó a cabo la organización para hacerse de fondos, por ejemplo), la escritora se vale de al menos tres estrategias que merecen atención cuando, para escribir libros propios, se recurre al recuerdo y la experiencia de otros (¿y cuándo no se recurre a materiales ajenos para escribir libros propios?). 

Está, por una parte, la pregunta a la vez formal y ética acerca de la pertinencia de “contarlo todo”. Escribe Nona citando a Mauricio: “Y es que no siempre el recuerdo es bueno. Creo que hay un límite en eso. No podemos escudriñarlo todo. Hay pedazos de memoria que está bien que se pierdan para que no sigan incomodando para siempre”. Y luego, en otra sección, a través de la voz de la hermana de Rodrigo, un guerrillero asesinado en Queñes: “No voy a comentarte lo que dicen los reportes de la autopsia”. Este titubeo que resiste el morbo, la revictimización y el asomo de la pornoviolencia nos obliga a considerar los límites de nuestras incursiones en las experiencias de otros, independientemente de las intenciones.

No solo la memoria es inexacta, moldeada a menudo por las ansias del presente, sino que el archivo es, por naturaleza, incompleto. ¿Y qué se hace cuando se queda uno ahí, al borde del abismo, agarrado apenas de la esquina de un documento o en las afueras de una conversación cerrada ya? La crítica norteamericana Saydia Hartman acuñó el término “fabulación crítica” para describir al ejercicio de la imaginación que, apegado a la labor investigativa, se lanza a crear desde ese hilo del que uno pende cuando desaparecen los papeles o se suprime la memoria personal y/o colectiva. En este sentido, asegura Marciano: “Las respuestas que no tiene el recuerdo las tiene la imaginación”. Pero tanto Mauricio como Nona arriesgan más: “O más que la imaginación, el deseo”. Así al tratar de recordar esa última noche que pasó con un camarada muy querido, una escena que insiste en escaparse de su memoria, Mauricio se desprende de la imaginación y se agarra del deseo para decir: “Aunque me acuerde poco, deseo muchas cosas para esa noche que tuvimos… deseo leerle algo. Deseo hacerlo despacito, a un volumen bajo, porque deseo que cuando los primeros rayos del sol entren desde el bosque por la ventana, y su cuerpo empiece a deshacerse con el chillido de los pájaros en el claroscuro, mi lectura lo acune, lo abrace, lo acompañe, le haga más fácil, por lo menos esta vez, el tránsito a la muerte”. 

La memoria no solo es humana. En Marciano, el paisaje y los escombros recuerdan. Es en la voz de Carla, la hermana del guerrillero asesinado cerca de Queñes, que esta vibración memoriosa de la materia surge con una fuerza descomunal. Ella se ha empeñado en poner su pie sobre las veredas que recorrió su hermano justo antes del crimen. En una prosa vuelta carne, detallista hasta el extremo, Carla describe cómo el dolor le va inundando el cuerpo centímetro a centímetro, y cómo atraviesa la piel y habita sus huesos hasta confundirse con sus fluidos y sus moléculas. “Y lo único que pude hacer en este sitio abandonado, tan abandonado como estaba yo desde la muerte de mi hermano, fue llorar ese dolor sin conseguir con esto liberarme de él…Todo ese dolor que las ruinas siguen hospedando”. 

Tal como lo anuncia el epígrafe de Ursula K LeGuinn, a Nona Fernández le gustan las novelas porque contienen personas, no héroes. Mauricio y sus camaradas, jóvenes todos, son personas complejas, contradictorias, llenas de claroscuros. Y así arriban hoy a un Chile que parece empeñado en traer de regreso a las fuerzas autoritarias contra las que lucharon. Tal vez Mauricio tiene razón cuando dice que “exigirle a los más jóvenes la misma pasión mística que tuvimos nosotros, no está bien. Otros tiempos. Otra generación”. 

Tal vez no. 


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Tuesday, December 02, 2025

TIMBRE: EL VIOLENTÓMETRO

 TIMBRE

[La jornada, diciembre 2, 2025]

 

EL VIOLENTÓMETRO

 

Tal vez nadie ha hecho más en México por identificar y, luego entonces, prevenir la violencia de género que la Dra. Martha Tronco, quien en 2007 propuso la creación del Programa Institucional de Gestión con Perspectiva de Género en el Instituto Politécnico Nacional. Una vez ahí, y con base en los resultados que obtuvo de la administración de 14,000 encuestas entre los estudiantes de la institución ideadas para recabar datos fidedignos sobre las dinámicas de agresión entre parejas, la Dra. Tronco elaboró en 2009 el violentómetro—un artefacto en forma de regla vertical que permite identificar con claridad la evolución de las conductas violentas, desde las bromas hirientes hasta el feminicidio, pasando también, y entre otros, por el control y los golpes. Elaborado con poquísimos recursos pero con inigualable tesón, el violentómetro volvió legibles una serie de prácticas cotidianas que, con pasmosa frecuencia, se han confundido con conductas amorosas o cuya naturalización en nuestro entorno hace que pasen desapercibidas. No hay datos duros al respecto, pero si los hubiera se podría demostrar que, en la medida en que facilita el reconocimiento veraz e inmediato de la violencia de género, en la medida en que nos vuelve conscientes de la cercanía creciente del peligro, el violéntometro ha salvado tantas vidas como los antibióticos o las vacunas. 

Los factores que contribuyen a la continuidad de la violencia contra las mujeres son múltiples, pero entre ellas debe contarse en primera instancia a la impunidad. De acuerdo con la organización México Evalúa, casi la totalidad de las víctimas de feminicidio en México durante 2024 no tuvieron acceso a la justicia. A esto hay que añadirle que la alta tolerancia ante el sufrimiento de las mujeres sigue provocando que los familiares, amigos, vecinos, colegas de los agresores prefieran guardar silencio con tal de no alterar el estado de las cosas. Además, la violencia de género se ha acallado históricamente con gran frecuencia, ya sea por considerarla coto de la vida privada (la ropa sucia se lava en casa) o ya por haberse convertido en un componente naturalizado de la cotidianeidad patriarcal. 

Las movilizaciones feministas, y más generalmente de mujeres, han tomado la plaza pública con convicción y legítima furia durante las últimas décadas, convirtiéndose en una voz crítica y un compás moral de la realidad cotidiana, pero también han tomado de manera por demás significativa el lenguaje de todos, conminándolo a decir lo indecible. Y es ahí, en la tarea de identificar la violencia que se disfraza de “amor”, o de “cosa natural e inevitable”, o de “naturaleza humana”, o de ”así soy yo”, donde el violentómetro alcanza su máxima potencia, una fuerza que es a la vez cultural, médica, y política.  

Por eso la irrupción gráfica del violentómetro, con su diseño a la vez familiar y sorprendente, es tan crucial hoy en día. Esa regla que cambia de color, iniciando desde el verde aparentemente común del chantaje o el engaño, hasta alcanzar, en la parte superior, el rojo de la alerta máxima, nos aclara las cosas de golpe, en un abrir y cerrar de ojos. Hace un año, en la lectura performática de El invencible verano de Liliana que se llevó a cabo en las calles de Zapopan, organizada desde la Universidad de Guadalajara por la incansable Patricia Rosas y su equipo, algunas profesoras y alumnos leyeron el violentómetro en voz alta, pero lo conjugaron en la primera persona del singular. No solo resonaron en el cielo tapatío verbos en infinitivo como “golpear” o “arañar”, sino que se les conjugó en la primera persona del singular para así capturar nuestra atención reflexiva: “yo golpeo” o “yo araño”, por ejemplo. Igualmente significativas resultan acciones como las de RED Gráfica de Conciencia Social, un colectivo de diseñadoras y diseñadores que ha presentado en varios sitios “30 alertas contra la violencia de género”, una exposición de carteles que resaltan la amenaza constante y el peligro creciente de la violencia íntima de pareja. Estos trabajadores y trabajadoras del diseño han facilitado como pocos la identificación pronta, casi visceral, de esa violencia tan escurridiza como patente que nos arrebata tantas vidas. 

Debería haber monumentos a su paso. Sus nombres deberían colgar de manera visible en los andenes del metro y en las plazas y en los mercados y en los edificios de gobierno. Se tendrían que elaborar coplas sobre sus logros. Es cierto que la violencia de género es apabullante y demoledora, pero también es cierto que los esfuerzos por ganarle la batalla se suceden uno a otro, invencibles. Esperanzadores. Luminosos. Desde este Timbre va la más profunda admiración por su trabajo y el agradecimiento sincero por su visión, su solidaridad, y ese compromiso a la vez formidable y emocionante por crear un mundo sin violencia para las mujeres y hombres del futuro.  


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TIMBRE: LOS LEONES ANDAN ACÁ

TIMBRE

[La jornada, noviembre 2025]

 

LOS LEONES ANDAN ACÁ

Marosa Di Giorgio, poeta uruguaya, siempre escribió cosas raras. Lectores y críticos varios no han dudado en calificar a su escritura en general, y a su poesía en particular, de idiosincrática, surrealista, inclasificable y singular, agregando con frecuencia que no se parece a nada o nadie más en el mundo. Algunos, como Adam Giannelli, quien tradujo una selección de sus poemas al inglés y escribió la introducción de Diadem (Boa Editions, 2012), ha destacado la atención que exigen sus palabras “no como significado, sino como significante, su poesía como un acto”. Algo hay de todo eso en esos poemas de entrecortadas líneas largas, de encabalgamientos súbitos, puntuación aleatoria y conjugaciones verbales inesperadas. Algo, también, en la vegetación exuberante que entreteje sus páginas, llenas también de murciélagos y liebres y vacas y leones. Me interesan, sobre todo, esos leones sucios y dorados que acechan una casa. O que siempre acecharon. En realidad, Di Giorgio no utiliza el verbo acechar, sino otro mas circular, de tonos acaso más obsesivos: rondar. Según la Real Academia de la Lengua, rondar es dar de vueltas alrededor de algo o alguien con el fin de conseguir algo. Lo que ronda amaga, entre otras cosas. Rondar podría ser lo mismo que velar o vigilar, insistir o asediar, dependiendo del contexto o del motivo. También rondan los que pasean de noche por las calles. Pero los leones de Di Giorgio, esos de los que “siempre se dijo que rondaron siempre”, no andaban de paseo nocturno puesto que, cuando lograron por fin entrar en la casa, se robaron la leche, cortaron la carne ajena y se comieron en frío a la abuela obscura, “la que tenía una guía de rositas alrededor del corazón”.

                  ¿Pero acabaron con ella en realidad? 

                  ¿No fue todo un simulacro? 

¿No tornó ella a la casa después de haber sido devorada para decir, en la línea final del poema, que los leones ya están acá? 

                  “Los leones rondaban la casa”, publicado originalmente en 1987, formó parte del libro La Falena, pero yo no llegué a él o él no llegó a mí sino hasta años más tarde, cuando la editorial argentina Adriana Hidalgo Editores publicó lo que describió en su momento como la edición definitiva de Los papeles salvajes, una antología en dos tomos de la poesía completa de Di Giorgio, cuya primera versión uruguaya databa de 1971. Algo debieron haber tenido esos bellos leones de ojos como perlas y cabelleras áureas porque, entre la profusión de seres oscuros y alados, extraños parientes evasivos, plantas ecuménicas y raíces verdosas, ellos se las arreglaron para anclarse de manera definitiva en la memoria. Me acuerdo de ellos de cuando en cuando, sobre todo al divagar sobre la escritura. Y saltan entonces al abismo del lenguaje sin red de protección mientras me pregunto si las relaciones entre la escritura y el mundo tienen esa cadencia musculosa, radial, inquietante, repetitiva, pródiga y mortífera de los animales que rondan. 

Supongo que mi respuesta es que sí. 

Acudo ahora a los leones de Di Giorgio para presentar la columna quincenal que da inicio hoy en La Jornada, cuyo nombre, sin embargo, es otro. El nombre es Timbre. Porque aprendí desde muy niña que el “dispositivo pulsador” anunciaba cosas impostergables, como la entrada a clases, pero también momentos de regocijo y libertad, como el recreo. Porque el timbre, esa palabra grave que no lleva tilde, se refiere también al sello con el que es posible finalmente enviar un mensaje y, polisémica como pocas, también hace ayuda a distinguir la calidad del sonido y, si así fuera necesario, a diferenciar la voz. Alguna vez, en una pequeña ciudad del norte, hice lo que tantos niños traviesos: tocar el timbre de una casa cualquiera y salir corriendo, exultante por la trasgresión. Uno crece, uno madura: ahora tocaré el timbre como entonces, pero con palabras. Y esperaré a que los habitantes de esta casa que es la lectura abran la puerta para, tal vez, vernos a la cara. Quizá platicaremos; quizá no. En todo caso, algo puede acontecer mientras vamos del aparato eléctrico a la tinta del sello a la cualidad acústica. Ese acontecimiento me anima a iniciar y a mantenerme en vilo, rondando.  

¿Y si fueron, en realidad, leonas? 

Regreso a Marosa Di Giorgio ahora, para despedirme por primera vez. Es difícil sacarse a ese poema de la cabeza porque, a veces, la escritura no es más que uno de esos animales que curiosean los perímetros de la casa que es el mundo, tratando de enterarse de lo que sucede ahí adentro, detrás de las ventanas. Aunque también porque, en otras ocasiones, la escritura espía, ansiosa y repetitiva, incapaz de dar cuenta de lo que pasa e incapaz, igualmente, de dejar de insistir. En otras ocasiones, se convierte en esa criatura que finalmente se las arregla para entrar, en el mundo o en nosotros, provocando con su presencia pánico y desorden, preguntas imposibles o críticas desatadas. Futuros en potencia. Luego pasa lo contario: el mundo muta y se transforma en una manada de fieros seres indómitos  que, hermosos y letales, asolan a las palabras, provocándolas, fustigándolas, incendiándolas a su modo. Al final, tal vez no nos queda otro papel en esta danza sombría más que el de la abuela que es devorada, o que parece ser devorada, en este simulacro donde morimos, pero en realidad no morimos, o donde morimos, pero tornamos del más allá para enunciar lo obvio: que los leones ya están acá. 

Dice Di Giorgio, además, que “los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al mismo tiempo visibles e invisibles”, acaso como nuestros deseos más preciados o los miedos más ocultos. Tal vez como las emociones mismas o las ideas que nos marcan a rasguños. O como el placer. O la violencia. O la pausa donde, a veces, se mece la imaginación. 

Se me antoja pensar en este Timbre quincenal como un esporádico merodeo de criaturas indóciles: una forma de exponerse y de resistir, de pensar en plural, de interrogar y subvertir, si eso es posible, el aquí y el ahora. 

 

Los leones rondaban la casa./  Los leones siempre rondaron./  Siempre se dijo que los leones rondaron siempre./  Parecían salir de los paraísos y el rosal./  Los leones eran sucios y dorados./  Ellos eran muy bellos./  Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho entre aquel pelo áureo./  Los leones entraron a la casa./  Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa Halley, las queridísimas sábanas nevadas, la colección de estampillas. Y a traer los sudarios./  Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al mismo tiempo, visibles e invisibles./  Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel y la carne que cortaban./  Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una guía de rositas alrededor del corazón./  Y la comieron fríamente. Como en un simulacro./ Y -como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la casa y dijo: -Los leones rondaron siempre. Están delante de los paraísos y el rosal. Dijo: -Los leones ya están acá. 


--crg


Monday, October 30, 2023

POEM-A-DAY Saturday, April 17, 2010 12:49 am



Check this out. Translated by Cheyla Samuelson and Ilana Luna, "Saturday, April 17, 2010, 12:49 am", a poem originally included in the book Viriditas

Heartfelt thanks to curator Vanessa Angélica Villarreal for the selection. 



 

Text and audio here


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ESCRIBIR CON EL PRESENTE


Muy pronto en la FIL Guadalajara!
Mi discurso de ingreso acompañado del discurso de respuesta de Juan Villoro. Todo editado por el Colegio Nacional. 




 

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Friday, October 27, 2023

L´INVINCIBLE ÉTE DE LILIANA Prix Les Inrockuptibles 2023, France

Dans la catégorie roman étranger!




Translated by Lise Belperron and published by Éditions Globe

Full article here


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Thursday, October 19, 2023

NINGÚN RELOJ CUENTA ESTO



Con nueva portada y en edición de bolsillo, Ningún reloj cuenta esto 2023



 

Sí, contiene "El hombre que siempre soñó", el relato que, traducido al inglés como "Dream Man" por Francisca González-Arias, fue seleccionado para  el Premio O. Henry de Ficción Breve 2023. 


--crg


Wednesday, October 18, 2023

GLITTER REVOLUTION!

Ballet in six acts for symphony orchestra and eight amplified voices. 
Music: Gabriela Ortiz
Dramaturgy: Cristina Rivera Garza

World Premiere LA PHIL Nov 16, 2023





 

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Wednesday, October 11, 2023

LILIANA´S INVINCIBLE SUMMER National Book Award Finalist!





 

#LILIANARIVERAGARZA PRESENTE!

#JusticiaParaLiliana

#JusticiaParaTodas


--crg

Saturday, September 30, 2023

FEAR IS JUST A WORD: Book review

The New York Times published my review of Azam Ahmed's Fear is Just a Word: A Missing Daughter, a Violent Cartel, and a Mother's Quest for Vengeance, September 26, 2023. 




"Drawing on four years of meticulous archival and field research, as well as countless interviews, scholarly works and his own journalism, Ahmed, a former Mexico bureau chief (and current investigative correspondent) for The New York Times, lifts the veil on daily life in a war-torn zone. While people employ the phrase “war on drugs” to mean an effort to combat illegal trafficking, or, worse, as a euphemism for state-sanctioned violence, Ahmed sets out to prove that in Mexico cartels have behaved as occupying armies on newly gained territory, governing by force and submitting local communities to increasingly spectacular acts of cruelty. The so-called war on drugs shows its truest face here: as a war against the civilian population. Ahmed’s book is a study of how such a war touches every aspect of social life, tearing it to pieces, and how the impunity with which cartels operate perpetuates a never-ending cycle of evil."


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--crg

Tuesday, September 19, 2023

Liliana´s Invincible Summer LONG-LISTED FOR THE NATIONAL BOOK AWARD in NONFICTION

 

LILIANA GOES PLACES!




Two Longlisted titles collect, inspect, and make meaning of documents of the past to imagine new futures. Ordinary Notes gathers personal and public artifacts that cover everything from history, art, photography, and literature, to beauty, memory, and language. Across 248 notes, Christina Sharpe examines the legacy of white supremacy and slavery, crowdsources entries for a “Dictionary of Untranslatable Blackness,” and presents a kaleidoscopic narrative that celebrates the Black American experience. Inspired by global feminist movements, Cristina Rivera Garza travels to Mexico City to recover her sister’s unresolved case file nearly 30 years after she was murdered by an ex-boyfriend. Drawing on police reports, notebooks, handwritten letters, and interviews from those who were closest to her, Rivera Garza preserves her sister’s legacy and examines how violence against women affects everyone, regardless of gender, in Liliana’s Invincible Summer: A Sister’s Search for Justice.


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--crg


Wednesday, August 23, 2023

REJOICING MATERIALITY

"Rejoicing Materiality: A Geological Writing by Gabriela Cabezón Cámara," Latin American Literatures in Global Markets. The World Inside, ed. by Mabel Moraña and Ana Gallego Cuiñas, (Cambridge University Press, 2023), 78-87.  




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GEOLOGICAL WRITINGS

"Geological Writings," Latin American Literature in Transition, 1980-2018, ed. by Monica Szurmuk and Debra Castillo, (Cambridge University Press, 2023), 15-29. 

  



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