Saturday, August 29, 2009

DE LO QUE SE TRATA

No se trata de hacerse los inteligentes, sino de que las tripas, los dientes, las mandíbulas hagan su trabajo.

Valère Novarina, Carta a los actores, 16.

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Friday, August 28, 2009

ESCRIBIR DE PASO

Otra manera de decirlo sería el preguntarse: ¿Cuáles son las relaciones que la escritura establece con el espacio que la genera o que la impide? Pero la manera pedestre y cotidiana de hacerse la interrogantes es, más o menos, la siguiente: ¿Cómo es posible escribir en ciertos lugares y no en otros?

Solía pensar que no se trataba, en sentido estricto, de espacio sino de tiempo, especialmente del así llamado "tiempo libre". Solía creer que de la posesión de ese bien--de ese recurso, dirían otros--dependería el inicio o continuación o fin del texto. La vida cotidiana me ha enseñado que la posesión, en general, no asegura nada, mucho menos escritura. Y que el "tiempo libre" viene con frecuencia atado a sus propias necesidades, todas ellas singulares. Abundan, por ejemplo, los deprimidos que no atinan a domesticar su tiempo libre; o los hedonistas que, una vez con tiempo libre en las manos, se dedican mejor a disfrutarlo de maneras más sociales. El tiempo, libre o no, pues, no garantiza nada.

Tampoco el espacio doméstico determina el fluir de la escritura. Hubo un tiempo en que creí que sólo podría escribir en ciertas habitaciones, con ciertos instrumentos, en circunstancias ciertas. Una vez más, la vida de todos los días me ha mostrado que es posible, de hecho, que es imposible evita escribir en todos lados. A toda hora. Incluso la hora más ocupada y el escritorio menos pensado.

Un paisaje hermoso o una pieza cómoda, ayudan, en efecto. Pero lo saben bien aquellos que, gozando de todas las facilidades, ven sus días transcurrir en el vacío angustiante de la pantalla en blanco o, peor, en la navegación inútil en el ciberespacio.

La vida, dicen otros. La vida en sí. Lo que le pasa al cuerpo. La única cuestión aquí es que, mientras le está pasando, no hay manera de estarlo escribiendo. Ditto.

Hay quienes escriben para poner una firma en un territorio: los sedentarios hacen eso. Lo familiar les resulta productivo. El axioma. Nunca he podido escribir así, lo afirmo.

Después de darle vueltas y con base en datos comprobables me es posible decir que suelo escribir más en los lugares que dejaré pronto. Si hay otra lengua contra o con la que mi pensamiento choque continuamente; si el espacio me resulta ajeno y, por lo tanto, me mantiene alerta; si sé que no he de quedarme, que también de ahí me iré, entonces escribo sin pausa/ con la fiebre de lo que está a punto de no ser/ haciendo una apuesta. Se trata, en sentido estricto, de una travesura. Pero es una travesura de la que depende que el mundo, tal y como no lo conocemos, tenga también un lugar. La respiración se agita. La cuestión es de vida o de muerte. Lo que sigue es un cierre fenomenal.

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SE LO DIJO A ELLA

J´affirme qu´il me l´a dit. Il me l´a dit à moi. Que la littérature c´était tout le contraire d´une vérité toute nue, d´une vérité pudique, que la liittérature était une partition de chantages hypnotiques parce qu´elle était une somme d´enchainements batisseurs et de couacs mécaniques qui ne se muaient qu´à vif, á vif, exclusivement. Que la langue a un sens parce que chaque mot en a, qu´il est une entité aimantée singulière. Et que si la langue meurt ce sera d´etre cellophanée, lessivée bacs d´antiseptique, en son linceul javellisée.

Chloé Delaume, Les juins ont tous la meme peau. Rapport sur Boris Vian, 30.
EL OBJETO Y LA MUERTE

J´ai décidé, chaque fois que quelqu´un meurt au village, de me procurer l´object qui caratérise au mieux la personne. Comme vous avez pu le voir, c´est un endroit insignificant où l´on ne meurt pas tous les jours. Mais cette collection est un affaire sérieuse. Je l´ai compris dès que je l´ai commencée...Vous voyez, je cherche l´objet qui soit la preuve la plus vivante et la plus fidèle de l´existence physique de la personne. Ou alors, quelque chose empeche éternellement l´accomplissement de la mort qui fait s´écrouler à la base cet empilement si précieux des années de vie. Cela n´a rien à voir avec le sentimentalisme contenu dans le souvenir.

Yoko Ogawa, Le musée du silence, 47

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Tuesday, August 25, 2009

LITERAL IX



MD.

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LITERAL VIII



Moscas panteoneras.

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LITERAL VI



Bajo la fronda del verano.

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SOMETHING CALLED LYRIC FICTION

When Michaels’s first novel, “Fugitive Pieces,” appeared in 1996, this technique — “lyric fiction” is an absurd term, but is there a better one? — still had an afterglow of magic around it, thanks to the extraordinary success of “The English Patient” four years earlier. Now lyric fiction is something like an institution: we can see more clearly its antecedents (Virginia Woolf, Malcolm Lowry, Paul Bowles, John Berger) and the trajectory of its influence over younger writers — to choose one example out of a hundred, consider Nadeem Aslam’s “Wasted Vigil,” published last year. Lyric fiction has become, inevitably, a style, a manner, and the pitfalls of its mannerisms became clear with the publication of Ondaatje’s “Divisadero” in 2007, a book whose rather thin narrative thread all but disappeared in a fog of self-conscious artistry.

Jess Row, "Swept Away," NTY, May 2009.

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LA CITA

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

La investigación ocupó todas sus energías durante siete meses, pero cuando finalmente dio con ella sintió que le había costado toda una vida. Leyó periódicos y visitó zoológicos, se presentó con padecimientos fingidos ante distinto tipo de psiquiatras y de veterinarios, y se hospedó en innumerables hoteles. Al final, cuando paró el taxi y le indicó que lo llevara al Cosmos estaba casi cierto de que ahí la encontraría. Se daba un margen de error de 1 por ciento. Al empleado del hotel le dejó saber que le gustaría un cuarto amplio, de preferencia en los pisos altos, “para tener una mejor vista a toda la ciudad”, se excusó, y como era temporada baja no tuvo problema en obtenerlo. Fue justo un poco después de las seis de la tarde que se instaló en su recinto.

Notó el aroma casi desde que abrió la puerta, pero se contuvo. Cuando el botones dejó la habitación, desdobló su ropa con parsimonia y la colgó en los ganchos de madera. Colocó los objetos de uso personal en el baño: el peine, las cremas, la brocha para la rasura. Luego volvió sobre sus pasos y se instaló frente a la ventana. La ciudad, en efecto, a sus pies. El viento de la tarde. Las nubes ralas. Un auto de bomberos avanzaba a toda prisa por una calle estrecha pero como la habitación estaba a prueba de sonidos no pudo escuchar la sirena. Ulises nuevo. A lo lejos, como si se tratara de diminutos muñecos de plástico, muchos hombres caminaban sobre las aceras. Hombres de traje y hombres en jeans. Hombres en harapos. Hombres con cabello y hombres calvos. Hombres con muletas y hombres que se deslizaban como anguilas entre la muchedumbre de hombres. El suspiro que emitió, discreto pero contundente, parecía pertenecerle a un hombre enamorado. Acaso lo fuera.

Lo último que hizo ese día fue extraer sus papeles del portafolios y colocarlos, en riguroso orden, sobre el escritorio de la habitación. Los hojeó de principio a fin como si no los hubiera visto antes. Había de todo ahí: notas garabateadas a lápiz y recortes de periódicos amarillentos; copias de lo que daba la impresión de ser libros viejos y páginas recién impresas; sobres con estampillas foráneas y recetas antiguas. Un collage era todo aquello. Una colección de pistas o de deseos. Estaba a punto de terminar su actividad cuando alguien tocó a la puerta. Dio un respingo. Un latigazo de electricidad resbaló por su columna vertebral. Parecía salir de una larga parálisis cuando por fin se incorporó y se dirigió a la puerta. Antes de decir cualquier cosa se asomó por la mirilla. No había nadie ahí. Cuando la abrió con sigilo lo confirmó: ahí sólo se extendía el pasillo con su mullida alfombra escarlata y sus paredes tapizadas en papel de oro viejo. La luz tenue que emanaba de los candelabros sólo acentuaba la soledad absoluta del pasadizo. En la punta de sus zapatos, justo como lo presentía, estaba el sobre cerrado, blanco y rectangular, que contrastaba con los diseños geométricos y el color de la alfombra. Lo abrió antes de cerrar la puerta: Aléjese. Váyase de este lugar. Pronto ya no tendrá manera de escapar. El investigador sonreía cuando cerraba la puerta tras de sí. Un hombre satisfecho.

Fue después de recibir el mensaje que alzó el teléfono y pidió la cena en su habitación. Venado en salsa de manzanas negras. Conejo con alcachofas y endivias. Paté de hígado de cenzontle en rodajas de pan de centeno. Compota de ciruelas. Champán. Mientras esperaba sacó las herramientas de su segunda maleta y las fue colocando una a una sobre el peinador. Un taladro. Un desarmador. Unas pinzas. Un serrucho. Una cinta métrica. Un martillo. Un mazo. Unos clavos. Unos tornillos. Un pequeño ejército avanzando en línea recta. Cuando llegó la cena los introdujo en desorden y a toda prisa en la misma maleta.

-¿Así que nos visita por primera vez? -preguntó el muchacho mientras quitaba las campanas de cristal de los platos, dejando que un aroma entre dulzón y viejo inundara la habitación.

El investigador le dijo que así era, en efecto.

-Hizo una selección peculiar -abundó el mesero, viendo de reojo los platos de la cena. Le sonrió entonces. La sonrisa le produjo el mismo efecto sobre la columna vertebral: un rumor de hormigas apresuradas sobre los huesos. Era, justo entonces, una estatua. Un pedazo de piedra venido de tiempo atrás. Algo arrancado de la eternidad. Iba a decirle algo cuando el hombre joven le dio la espalda. La alfombra apagó el ruido de sus pasos. El ruido de la noche. Entonces empezó su tarea.

Extrajo una vez más las herramientas de su maleta y con el taladro en la mano derecha se dirigió al clóset. No tardó mucho en despejar la ropa que había colgado apenas un rato antes. Con las manos sobre la madera, tanteando sus huecos con los nudillos apretados, dio con el lugar de la incisión. Iba a utilizar el mazo cuando se dio cuenta que había tornillos nuevos en las esquinas del panel de la caoba. Fue por el desarmador. Cuando se dio cuenta de que necesitaba el otro, regresó por el desarmador de estrella. Las gotas de sudor sobre las sienes le daban la apariencia de ser un hombre apresurado. Poco a poco, el panel cedió. Antes de separarlo por completo de la pared, antes de introducir la cabeza por el orificio, se limpió el sudor con un pañuelo blanco. Luego se hincó y, luego, inclinó el torso. Con ayuda de los codos se deslizó hacia el otro lado del clóset.

Pensó que los datos obtenidos en tantos meses de investigación lo habrían preparado para cualquier cosa, pero no fue así. Nunca es así. La imaginación tiene, siempre, sus límites. Había pensado que la jaula sería grande, como lo era, pero no que tendría el glamour ancestral de un camerino. Había imaginado que ella estaría encorvada, como lo había leído en tantos diarios, en franca actitud pre-humana, pero no que lo haría mientras se oscilaba lenta, oh, tan lentamente, de un columpio hecho de metales finos. Había pensado en su mirada cientos de veces, recortando su propia figura en las pupilas oscuras de la última mujer, pero nada lo había preparado para la monótona tristeza del momento. Ella le sonrió, como antes el mesero. Y, cuando le indicó con las yemas de los dedos unidos sobre la boca que tenía hambre, él regresó por el pasadizo para ir trayendo uno a uno los platos de la cena.

Luego sólo se entretuvo viéndola comer mientras él degustaba trago a trago la botella de champán.

-Pensé que no existías -le dijo.

-Así es -le contestó ella con una voz apenas acostumbrada al habla.

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Friday, August 21, 2009

WHAT YOU LEAVE BEHIND

In the dusk hour, each gave to the other a secret landscape. In each, a new privacy opened.

And she knew for the first time that someone can wire your skin in a single evening, and that love arrives not by accummulating to a moment, like a drop of water focused on the tip of a branch--it is not the moment of bringing your whole life to another-- but rather, it is everything you leave behind. At that moment.

Anne Michaels, The Winter Vault

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BUT WHO CLAIMS YOU?

We need not move an inch to wake up one morning and find ourselves to be migrants, or for a writer to find himself, overnight, a foreign writer.

Despite the new ease with which we cross borders and enter the experiences of others, some truths will not change: love finds us wherever we are, a child is born in only one place, the ground where we bury our dead becomes sacred to us; these places do not belong to us, we belong to them. And where does a writer metaphorically wish to be laid to rest? In a book, in a reader. Not laid to rest in terms of immortality, but in terms of common experience; laid to rest in this common ground.

A writer may be born in one place and write in another—but who claims him?

A national literature is made not only by writers, but by readers.

What makes a home for words is a reader; and what makes a home for a reader is words. When the dead cannot be laid to rest in ground that remembers them, sometimes literature is the only grave we have. And that grave is one way a migrant claims a place in his adopted country—a place, ironically, for the living.

Anne Michaels, "Reading Faust in Korean," The Atlantic, Fiction 2009

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Thursday, August 20, 2009

MAS VALE TARDE QUE NUNCA



Salma, con un par de anios de atraso, en la Inquietante (e Internacional) Semana de las Mujeres Barbudas. Sin duda.

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Tuesday, August 18, 2009

IRREVOCABLE

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periodico mexicano Milenio, seccion cultura]

Para Pepe Vázquez y Matías de Hoyos, tijuarisinos

Vi el gesto por primera vez una clara tarde de septiembre, estoy segura de ese dato. Tenía ya buen rato caminando cuando la calle me ofreció una disyuntiva: moverme un poco hacia la derecha para iniciar el acenso del puente o deslizarme un poco hacia la izquierda para introducirme en la boca de un túnel. Como sabía perfectamente a dónde iba —un parque de pequeños eucaliptos donde me esperaban ya a esa hora algunos amigos— avancé hacia arriba con una decisión tan firme que, más que una decisión, dio la apariencia de ser un movimiento “natural”. Que la selección de vía fue todo menos “natural” quedó claro cuando no pude evitar asomarme a lo que había quedado atrás o, con mayor precisión, a un lado, abajo: la apertura del túnel, la oscuridad ostentosa de su hueco, la superficie compacta de sus anchos muros. Grafiti sobre todo ello. Fue entonces que lo vi. Nunca supe a ciencia cierta qué hacía el hombre frente a la pared pero, juzgando por la manera en que elevó la vista y se detuvo en seco, asumí que se trataba de algo ilegal o, cuando menos, inesperado. Bajé la vista porque él hizo lo mismo, arrepentida en el acto de haber visto algo que no lograba identificar y, sin cambiar la velocidad de los pasos, seguí en dirección a mi destino. La irrupción del gesto no había tomado más de un par de segundos. Acaso menos.

—De seguro estaba orinando —dijo uno de los convidados a la reunión del parque cuando les conté lo acontecido. Negué con la cabeza sin mucho ánimo, pero en lugar de describir el movimiento de los ojos, en lugar de convidarlos a entrar en algo que parecía una lechosa culpa o un desasosiego nebuloso, tomé un trozo de queso y me dispuse a masticarlo. Hay cosas, estoy convencida de eso incluso ahora, intransferibles. Muchas de ellas son, por naturaleza, inexplicables.

—Pudo haber estado haciendo un agujero en la pared —mencionó otro a la distraída momentos después—, pero ¿para qué?

La pregunta parecía dirigirse al cielo tan azul; al sol, que caía; a las ramas que oscilaban con gracia bajo el embate de un viento más bien sereno y suave. No quise decirle a nadie que esa era la pregunta que me hacía. Acaso alguien pensó en la palabra dinamita esa noche, ya en su camino a casa. Tal vez otro imaginó billetes enrollados o joyas pequeñísimas.

¿Cómo recuerda uno ciertas cosas y olvida otras? Esa es otra interrogante que carece de respuestas. Lo cierto es que de entre todas las cosas que acontecieron esa tarde e, incluso, en ese viaje, sólo conservé lúcido y claro el recuerdo de esa mirada que me obligó a hacerme preguntas imposibles. ¿Qué actividad había interrumpido mi paso por la acera? ¿De qué culpa o de qué marasmo había casi ascendido su mirada para volver a caer otra vez? ¿Cómo fue que me atreví a dejarlo solo con todo aquello? Luego, como tantos otros motivos, terminó diluyéndose entre las cuestiones prácticas de la vida cotidiana y otros recuerdos más comprensibles o más entrañables. En todo caso, lo había olvidado por completo cuando el azar me llevó de regreso a la ciudad del parque.

Caminé por la ciudad con cierta regularidad mientras cumplía compromisos de trabajo. Los huesos siempre lo agradecen; los pies, que se desentumen; las piernas que, con el paso de las horas, parecen otra vez ágiles o firmes. Caminé porque la mente, así, descansa. Puse tanta atención en el mobiliario citadino —los candiles públicos, la herrería protectora de raíces y troncos, las bancas— como en los escaparates del comercio. Observé, como siempre, los cuerpos y los rostros de los transeúntes con quienes compartía una ciudad a todas luces ajena. Llegué a aburrirme, incluso, pero no a cansarme de colocar un pie delante del otro para saber si podía hacerlo todavía. Si aguantaría un poco más. Cuando el camino me ofreció la disyuntiva entre iniciar el ascenso del puente o introducirme por la boca del túnel, esta vez elegí deslizarme un poco hacia la izquierda con una naturalidad que casi parecía una decisión firme o, en todo caso, irrevocable.

—Aquí fue —dije en voz alta, tocando la superficie de la piedra. Bajo las yemas de los dedos, entre el inicio y el final de una palabra pintarrajeada con aerosol, había una pequeña grieta. Con la uña del dedo índice intenté escarbar entre la superficie que no era, como la había imaginado, compacta, sino más bien húmeda y arenosa detrás de una ligera capa de cemento. No lo conseguí, por supuesto. Entonces hurgué en mi bolso hasta encontrar las tijerillas que algunas veces utilizaba en el arreglo de las uñas. Introduje sus puntas curvas y filosas en la fisura que, pronto, fue cediendo. Todo estaba asombrosamente callado en el túnel: hacia mi izquierda se extendía un color negro que no me dejaba siquiera imaginar la mítica luz del final y, hacia la derecha, estaba la boca abierta hacia la ciudad. Desde arriba llegaban ecos de los pasos de aquellos que se dirigían con toda seguridad al parque. Yo seguí en mi tarea con una concentración de la que sólo soy capaz a veces. Pero no tardé mucho en dar con la orilla del papel enrollado, y tardé todavía menos en extraerlo con la ayuda de la pinza con la que le doy forma a mis cejas.

¿Cuántos años habían pasado entre un encuentro y otro? Hay preguntas para las que cualquier respuesta es incorrecta. Desenrrollé con cuidado pero también con ansiedad el pedazo de papel y, cuando finalmente fui capaz de leerlo, alcé la vista. Un hombre ascendía en su camino hacia el parque y yo estaba ahí, con el mensaje en la mano. AUXILIUM. Eso era todo lo que decía en una letra uniforme y, si cabe colegir esas cosas, serena. Salí corriendo, por supuesto. Salí corriendo hacia la oscuridad. Supuse que me tomaría otros tantos años, tal vez siglos enteros, llegar a saber de qué lado del muro estaba el escritor de ese mensaje. Supuse que, si corría lo suficiente bajo el amparo de la oscuridad, de verdad lo sabría.

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Sunday, August 16, 2009

MATIAS CONTRA LAS ISLAMICAS GOTICAS Y LOS OBESOS (que no obsesos) RADICALES EN LOS CARROS CHOCONES DE TULLERIAS

Literal VI

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Saturday, August 15, 2009

Friday, August 14, 2009

Thursday, August 13, 2009

PÉTANQUE EN LA ORILLA DEL CANAL DE SAN MARTIN

Literal III

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Tuesday, August 11, 2009

LAS NEO-CAMELIAS

n La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

"Antes, por lo menos, respetábamos a los niños y las mujeres”, le dice Don Epifanio Vargas —un narco vuelto político— a Teresa Mendoza, la futura Reina del Sur en la famosa novela de Pérez Reverte. Recordarán los que leyeron este libro a inicios de 2008 que Teresa Mendoza no era todavía la empresaria que logró establecer un imperio ilegal en la boca del mediterráneo, sino sólo la novia —que no la buchona— del Güero Dávila, un piloto al que por haber querido pasarse de listo se lo tronaron en plena pista de aterrizaje. Don Epifanio, fiel a su palabra, le proporciona a Teresa los contactos que la ayudarán a evadir la venganza del narco, aunque ya para entonces ha pasado por la violación de rigor y la persecución a salto de mata y el clásico encañonamiento en la sien. De ahí que el “antes” que pronuncia Don Epifanio Vargas cuando medita sobre la posibilidad de ayudarla salga de su boca con un pesado dejo de nostalgia. Antes, eso parece estar diciendo, la cosa era entre machos. Antes se respetaba, parece colegirse como resultado lógico luego entonces, a las mujeres y a los niños. Algo, pues, debió haber cambiado mientas tanto.

Es de presumirse entonces que sólo en ese mítico “antes” pudo haber existido un personaje como Camelia la Tejana, aquella mujer que inmortalizaron Los Tigres del Norte en el corrido “Contrabando y Traición”, la canción, sin duda, de 1971. A la luz de noticias que incluyen el decapitamiento de una porrista (edecán) tijuanense, quien presuntamente tenía lazos sentimentales con hombres del narco, resulta difícil creer e incluso seguir la historia del romance entre Camelia y Emilio Varela. Como se recordará, Emilio y Camelia se hicieron amantes mientras lograban cruzar una carga de “yerba mala” a través de la frontera entre México y Estados Unidos. Una vez conseguida la misión, y sin miramiento alguno, Varela le da su parte del negocio a Camelia, aconsejándole que rehaga su vida mientras él se prepara para regresar a su casa, con su mujer, “el verdadero amor de su vida”. Unos 30 años después, es difícil imaginar siquiera una despedida tan civilizada entre integrantes del narcotráfico. Ahí está, por ejemplo Emilio Varela, invitando a Camelia a continuar en otro sitio, y sobre todo con otros, la vida que merece tener. Y ahí está, sobre todo, Camelia que en lugar de conformarse con las condecoraciones femeninas del narco (joyas, coches, viajes) tiene a bien vengarse a sí misma (“sonaron 7 balazos”, dice la canción) y, además, quedarse con la totalidad de la carga que había ayudado a pasar. Las Camelias de ahora no suelen ser así. Todo parece indicar que el amor en los tiempos del narcotráfico tiene nuevas reglas.

Una década después del apogeo del corrido de Camelia, aunque todavía en ese “antes” mítico que pronunciaba Don Epifanio Vargas, existió también Sara Cosío Vidaurry, la novia (supuestamente secuestrada) en compañía de quien capturaron a Rafael Caro Quintero, uno de los capos más poderosos del narco durante la década de los 80. Descrita por su padre como una joven “de carácter muy fuerte”, la hija de una familia bien de Jalisco sólo tenía 17 años y estudiaba el bachillerato en el momento de la captura en 1985. Que Sara Cosío haya sobrevivido al romance con el capo que fue a dar a la cárcel y contra el cual ella declaró, es sólo otra prueba que las reglas de “antes”, en efecto, pudieron haber sido distintas.

De “antes”, aunque también de ahora, son las así llamadas buchonas, esas mujeres bellas y de poca educación que acompañan a los hombres del narco en coches último modelo, portando joyas ostentosas y luciendo su físico. Una especie de “esposa trofeo”, aunque sin el estatus civil incluido. Una especie de paloma que “ostenta un volumen de pecho exagerado”. El ejemplo más contemporáneo es la tristemente célebre Miss Sinaloa 2008, Laura Elena Zúñiga Guisar, la joven mujer que andaba en compañía de Ángel Orlando García Urquiza, presunto operador del cártel de Juárez, cuando lo capturaron con armas y miles de dólares en su haber. Tal vez “antes” ella no habría terminado en la cárcel, pero ahora así fue. Habiéndose desempeñado como modelo de una agencia, Laura Zúñiga había hecho notar con anterioridad la poca remuneración del oficio (lo más que llegó a obtener por un trabajo hecho para la compañía Pepsi fue un salario de 40 mil pesos, cuando el promedio era de 2 mil pesos por pasarela), además de la marcada discriminación en favor de extranjeras en el medio. Quejas similares contra la falta de empleo y los bajos salarios fueron asociados a la profesora de literatura de la Universidad Autónoma de Baja California, Alejandra González Licea, cuando fue capturada mientras recaudaba dinero del narco en Tijuana. De buchona a profesora de literatura, es claro que las neo-Camelias se han diversificado.

De ahora, y definitivamente no de “antes”, fue la noticia del asesinato brutal de Adriana Ruiz Muñiz, la modelo y edecán del equipo de fútbol de primera división A, Xoloitzcuintles, propiedad de la familia Hank, quien se presume sostenía alguna relación de tipo sentimental (así se dice) con gente del Teo, o incluso con el Teo mismo, el capo que se pelea la plaza de Tijuana. Ejecutada por encargo, torturada y decapitada cuando aún estaba viva, el cadáver de Adriana Ruiz es tal vez la prueba más obvia de los cambios ocurridos en las relaciones que se establecen entre los hombres del narco, por un lado, y las mujeres y los niños, por otro. ¡Qué lejos estuvo esta neo-Camelia bajacaliforniana de imprecar a su Emilio Varela! Menos como Teresa Mendoza y más como las anónimas mujeres asesinadas tanto en Ciudad Juárez como en otras ciudades de un país en guerra, las neo-Camelias como Adriana Ruiz confirman que en el paso de la mariguana a la cocaína y luego a la heroína, con guerra presidencial de por medio, las jerarquías del género del narco son cada vez más mortíferas.

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Monday, August 10, 2009

DIENTES DE LEÓN SOBRE LAS PLAYAS DEL SENA

Literal II

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Sunday, August 09, 2009

Tuesday, August 04, 2009

BAJO EL CIELO DEL NARCO

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Tuve buenos amigos durante la posadolescencia. Eso lo sabía entonces, en efecto, cuando se trataba de descubrir el mundo e irse a cualquier extremo (especialmente los menos pensados), pero lo sé cada vez más ahora, cuando me descubro citando sus palabras a la menor provocación. Uno de esos memorables amigos posadolescentes dijo alguna vez, por ejemplo, “no es raro que no exista, sino que exista, ¿no crees?”, con la pluma en la mano izquierda y la mirada perdida detrás de una nube gigantesca. Se refería al amor, por supuesto, fenómeno contra el cual escribíamos en ese entonces un largo manifiesto foribundo. La idea había empezado, como tanto en esa época, a raíz de un sesudo chiste. Nos molestaba la cursilería amorosa. La manera en que los nuevos amantes orquestaban los desplantes de su posesión nos causaba una especie de alicaída conmoción interna. La doméstica actitud resignada que emergía de hombres y mujeres hasta hacía poco independientes y activos, nos dejaba sumidos en largos trances metafísicos. La repetición cansina de los gestos y las palabras nos condujo a la parodia y, de ahí, entre risas, a la redacción del manifiesto aquel, todavía inédito. La pausa dentro de la cual se produjo la frase (“lo increíble es que siga existiendo”) fue sin duda uno de esos raros momentos que con frecuencia tacho de epifánicos. En efecto, a pesar de que la crítica contra el amor como lo veíamos existir frente a nuestros ojos era precisa y necesaria y vitrólica, los dos tuvimos la suficiente cantidad de autocrítica como para inclinar la cerviz y aceptar lo inaceptable. Maravillados.

La frase vino a colación no hace mucho, leyendo las noticias sobre las sangrientas prácticas del narco en la frontera norte del país. Un día antes había cruzado la frontera de nueva cuenta, internándome en los terrenos de esta plaza que, según los diarios, se sigue peleando el Teo, alias El Tres Letras. Recordé que mis amigos (que siguen siendo, por cierto, amigos posadolescentes) ya no salen tanto como antes, prefiriendo las reuniones en domicilios particulares para así evitar, de ser posible, las balaceras. Se me vinieron a la memoria también las tantas y tantas historias que involucraban el secuestro del primo, o del nieto, o del padre. Vi una vez más los ojos preocupados; los puños enhiestos; los rostros ajados. Bajé la velocidad, como me era indicado con un ademán de mano, frente al retén militar que hace cinco años, cuando dejé esta ciudad fronteriza, todavía no se encontraba en el camino que utilizo para llegar a casa. Volví a bajar la velocidad cuando pasó a mi derecha y a toda prisa el convoy de cuatro camionetas con logo de la policía: las sirenas en alto, las luces rojas. ¿Así que esto es vivir en el imperio del narco?, me dije, más que preguntarme. ¿Así que así se vive en estado de sitio? ¿Así que esto era la guerra?

Cuando finalmente llegamos a casa, nos aseguramos de cerrar bien las puertas. En voz sospechosamente baja, como si temiéramos las represalias de los fantasmas, nos dimos a la tarea de repetir todos los lugares comunes de la plática norteña: la desaparición del amigo del amigo; los truculentos detalles que animan las vidas de los secuestradores: su falta de empatía, su crueldad sin límites, la forma de su trabajo; el miedo que provoca que el vecino se asome a la ventana para ver, y que lo anima también a correr la cortina una vez visto lo que alcanzó a ver; la corrupción de una policía que está, a todas luces, al servicio del narco y no del estado; la corrupción de los políticos. La muerte que, en efecto, tiene permiso. Fue en ese momento que aquella frase epifánica provocada por los modos vulgares del amor vino a la memoria, aunque algo tergiversada (ahora diríamos: intervenida). Después de los miles y miles de muertos que ha producido una guerra iniciada por voluntad presidencial, y sin el permiso de la sociedad, desde 2006, lo raro no es que no exista una sociedad civil organizada y presta a ponerle el límite a una clase gobernante a todas luces inepta y torpe, sino que todavía exista. No es para nada extraño que una buena parte de la sociedad lúcida y pensante haya decidido anular su voto, sino que otros, los más, sigan apostándole, a través del mero acto de ir a las urnas, a la democracia. No es inusual que el miedo nos paralice, sino que también, a veces, provoque las ganas de hablar, y de hacerlo en el volumen más fuerte. No es rara la crueldad, aunque en estos lares y con la cifra de feminicidios creciendo en Ciudad Juárez y otros sitios de la república alcance límites casi impensables, sino que, en ocasiones, no exista.

Eso pensaba exactamente ayer cuando, al desayunar en una pequeña taquería tijuanense (es decir, de Sonora), vi llegar a una pareja de adultos, recién bañados ellos, tomados de la mano. Eran amantes, eso se les notaba a la legua, puesto que se miraban de ése modo (y por amantes quiero decir que era evidente que conocían sus cuerpos, no que fueran necesariamente adúlteros). Y, mientras consumían sus alimentos, hablaban en el tono bajo que remite a la intimidad compartida. Se trataban, además, con cortesía. Se daban las gracias. Si mi amigo posadolescente y yo los hubiéramos visto entonces, cuando se nos vino a la mente la idea desparpajada del manifiesto contra el amor, seguramente habríamos escrito otra cosa. Lo raro, en todo caso, me dije en ese momento, no es que bajo el cielo del narco siga creciendo la saña y la muerte, la corrupción y la crueldad, sino que existan estos dos, aquí, recién bañados, prodigándose el uno al otro con los gestos siempre inéditos, siempre irrepetibles, siempre transparentes, de algo que, si fuera un poco más valiente, llamaría ahora sí, con todas las de la ley, amor.

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Sunday, August 02, 2009

LITERAL V









una tarde de verano, exactamente a las 3:26, recordando las formas del aire

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Saturday, August 01, 2009

LA NUEVA DE RIVERA GARZA

[texto de Héctor González, periodista]

Advertencia. Quien busque una novela lineal y convencional, tendrá que abstenerse del nuevo libro de Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964). Si algo ha distinguido la obra de la escritora, es su capacidad de movimiento y experimentación. Una narración en distintos planos, así como una estructura fragmentaria, son ya, firma de la casa. Anteponer la estética a la historia, es un trabajo difícil. La mayoría de quienes apuestan por ello no pasan de ser desangelados preciosistas incapaces de conmover, incluso al lector más blando. Con Rivera Garza no es así.

Estamos ante un asesino serial. Cuatro son sus víctimas, todas hombres y todas terminan castradas. De casualidad, el personaje Cristina Rivera Garza se topa con uno de los cadáveres e informa a la policía. El caso es tomado por una detective y seguido por una periodista de nota roja. Las únicas pistas son los versos de Alejandra Pizarnik, que el victimario deja cerca de los cuerpos. En primera instancia, la narración retoma las atmósferas del thriller. Las piezas se mueven y en distintos momentos cualquiera puede ser culpable. La investigación abre un abanico de interpretaciones que consiguen hacer del lector un testigo confundido. Mas, Rivera Garza no se queda en ese terreno y hace de La muerte me da, un mosaico casi plástico, capaz de tomar distintas caras. Por un lado la reflexión sobre la violencia; pero en otro sendero se presenta un estudio sobre la literatura de Pizarnik, incluso aparece integrado el ensayo El anhelo de la prosa, escrito por la propia Rivera Garza y que gira alrededor del esfuerzo literario de la poeta argentina. Una vuelta de tuerca más, es el poemario La muerte me da, escrito por la detective de nota roja. Para este punto, el lector ya es parte de este juego metaliterario que exige concentración y por lo tanto complicidad. “El escritor: un forense que anota lo que sale de adentro./ El lector: el ministerio público que testifica los hechos./ (Una historia de amor)./ El olor a sangre sobre todo eso.”, escribe.

Reitero, lejos del estilismo vacío, Rivera Garza se sirve de la estructura para mantener la tensión y fortalecer a los personajes. Quizá ella y Mario Bellatin, sean los autores más pujantes y talentosos de su generación, en lo que ha experimentación literaria se refiere. Con La muerte me da, la escritora consigue una novela ambiciosa, tal vez demasiado ambiciosa por todo lo que encierra, no obstante es también uno de sus libros más consistentes.

[texto completo en: www.quetepuedodecir74.blogspot.com]

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