Friday, March 30, 2012

SEGUIR ESCRIBIENDO

Me dice John Gibler que su traducción al inglés de "Seguir escribiendo", una de las secciones de Dolerse. Textos desde un país herido, ya salió en Zyzzyva No. 94, The Last Word: West Coast Writers & Artists. También incluye, en algunas de sus 256 páginas, textos de Daniel Sada, Diego Enrique Osorno y Marcela Turati.


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EL MONSTRUILLO DE LOS POSOS OBSERVA LA LENTA APROXIMACIÓN



De abril, el menos cruel. Allá abajo.


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Wednesday, March 28, 2012

ONEOMANCIA

Produced & bottled by Familia Nueva. Creston, CA. Liberté. Forget the boundaries. The promise of the New World is reflected in the freedom of its winemaking. Emancipated from the tyranny of Old World bureaucracy and control, the new vintner dreams of something original. No rules to observe. No quotas to fill. Nobody to serve. Cabernet Sauvigon 2009, Paso Robles.

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Tuesday, March 27, 2012

REPENSAR LOS ENCUENTROS LITERARIOS

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Los encuentros literarios se convierten con apabulladora frecuencia en largos rituales en que los escritores invitados leen en voz alta trabajos publicados, a veces con bastante anterioridad, para espectadores que muchas veces se conforman o se resignan con la corroboración de lo ya conocido. Como buscan atraer a públicos masivos, los organizadores suelen invitar a escritores aprobados por el mercado, es decir, escritores que “venden”, sin importar mucho la conexión específica con la comunidad o las búsquedas estéticas que podrían o no unirlos entre ellos. Pocas veces, aunque hay que reconocer que van aumentando en número, se organizan talleres a través de los cuales pudiera extenderse el diálogo productivo entre el escritor invitado y los escritores locales. En casi ningún caso, y aquí habría que mencionar la peculiaridad de la feria de libro del Guadalajara, los escritores son invitados a visitar escuelas locales o a establecer conversaciones en corto con grupos de jóvenes, o con clubes de lectura, del lugar. Así, independientemente de lo que digan los números que los organizadores muestran con orgullo, el legado concreto de los encuentros literarios para las comunidades dentro de las cuales se realizan dista mucho de alcanzar su potencial.

Llevado a cabo entre el 21 y el 23 de marzo del 2012, en la ciudad de Monterrey, Nuevo Léon —una de las urbes más golpeadas por la violencia del narco— “Los límites del lenguaje: la degramaticalidad increíble”, fue un encuentro singular desde muchos puntos de vista. Financiado por Conarte y la Casa de la Cultura de Nuevo León, y curado por la escritora Minerva Reynosa, “Los límites del lenguaje” respondió a una estética interdisciplinaria que buscaba explícitamente “realzar la importancia del ejercicio literario en la coyuntura con otras artes, otros discursos”. Así, convocados no con base en el número de ventas, sino en una perspectiva estética común, entendida ésta en los términos más amplios posibles, se esperaba que los escritores “entraran en un diálogo crítico”. Todo eso, y más, sucedió, en efecto, en la Sultana del Norte por al menos tres días.

Como lo demostraron las salas llenas durante estas jornadas, son muchos los objetivos que se logran cuando a un evento de este tipo lo guía una búsqueda estética. Como estas exploraciones suelen llevarse a cabo en distintas regiones entre gente de diversa edad y de géneros variados, no fue de ninguna manera sorpresivo aparecieran entre los invitados tanto especialistas en poesía digital de los Estados Unidos, como Loss Pequeño Glazier, que da clases en el muy prestigioso Electronic Poetry Center de Suny Buffalo; y jóvenes practicantes de la poesía indígena y, luego entonces, de la traducción, en este caso desde el zoque y el tzotzil, como Enriqueta Lunes y Mikeas Sánchez. ¿Y hace cuánto que en un encuentro de escritores se oía el español, el inglés, y el zoque en un mismo foro?

Tal vez la parte más emocionante del programa fue la presentación de trabajos inéditos o, en su caso, de piezas poco difundidas, así como de obras que, debido a su naturaleza performancera, eran también irrepetibles y únicas. El colectivo Benerva (formado por Benjamin Moreno y Minerva Reynosa) dio a conocer una pieza digital que, valiéndose de programas que modificaban tanto las imágenes como los sonidos de las palabras, rompía literalmente las grafías y las enunciaciones de un poema para ofrecer al espectador una experiencia en efecto limítrofe del lenguaje. Marco Antonio Huerta, poeta conceptual de Tamaulipas, utilizó el vocabulario de ciertos discursos públicos —encontrados tanto en periódicos como en la sección amarilla de los directorios telefónicos— para componer textos relacionados con el aquí y ahora de otro estado mexicano herido por la violencia ligada al narcotráfico. Efraín Velasco, poeta de Oaxaca, invitó a la audiencia a hacer bizcos para poder apreciar las piezas que combinaban imágenes y textos a la manera de las imágenes estereoscópicas de antaño. No puedo mencionarlos a todos en este corto espacio, pero válgame decir que el “a ver en qué anda este cuate ahora” es tal vez la mejor tarjeta de presentación para una serie de trabajos que se quieren vivos, en proceso, perpetuamente inacabados. Inconformes con fórmulas heredadas, ajenos a cualquier deber ser, y rigurosos con las preguntas generadas por sus propias búsquedas, estos trabajos son, más que el futuro de la literatura mexicana, su presente más palpitante y, también, el más jocoso.

Tal vez el nutrido grupo de asistentes a estos eventos también se debiera a que, justo antes de dar inicio las jornadas del encuentro, tres de los escritores invitados impartieron un número equivalente de talleres. Otro de los escritores, de hecho, dio una plática en una escuela de diseño. Las preguntas que los jóvenes hacían durante esas sesiones, y las charlas con las que continuaban las mismas en los pasillos, dejaba en claro que el interés por los temas era algo más que pasajero.

Aunque acotado por la violencia, hubo en este encuentro, como en todo que se precie de serlo, convivencia y comida y bebida. Pero pocas veces he visto a tantos escritores chismear tan poco sobre el medio y hablar tanto, y tan apasionadamente, sobre su trabajo —el que acababan de hacer, el que estaba por venir. Así da gusto dejar la comodidad de la casa propia para pasearse con dificultad o azoro, da lo mismo, por los pasillos de tantas otras casas que, gracias a encuentros como éste, ya no son casas ajenas.


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Saturday, March 24, 2012

THE CARPATHIAN MOUNTAIN WOMAN

[La mujer de los Cárpatos, in La frontera más distante, translated by Alex Ross. Bomb Magazine 119, Spring 2012, First Proof viii-xi].


Write this. We have burned all their villages.
Write this. We have burned all their villages and the people in them.
Write this. We have adopted their customs and their manner of dress.
Michael Palmer, "Sun", in Codes Appearing, 233.


“I first came here twenty years ago,” I answered softly as I pretended not to notice his intense blue gaze. He didn’t believe me. That’s what I assumed-that he didn’t believe me; so I went on to tell him I’d arrived on the back of a grey donkey with a bit of food and a couple of notebooks. He put a blade of grass between his teeth and said nothing. The hint of a smile between his lips. The sky as blue as his eyes. The wind.

“And you’ve been dressing like a man ever since?”

I remembered how he had taken me: violently. A stray longing in each hand. A private fury. His fingers like can openers in my mouth. How long I had gone without seeing an artifact like that! I remembered the smell of his sweat, vaguely carnivorous. And the bitter taste of his cheeks. Still bent over the river and still pretending not to see his intense blue gaze, I told him it was better to live alone as a man. He didn’t ask me why I said that. He picked up his small leather satchel and started to leave. I counted his steps without turning around to look at him. When he got to number twenty-three, he hesitated. He turned around.

“Will you wait for me?” he asked.

“Yes,” I said, still bent over the river water. I put my hand in the current and pulled out a smooth, round stone. I held it in front of me as if it were a mirror. Then I slipped it into the right-hand pocket of my trousers. I thought I wanted to remember that afternoon. I thought the stone was in place of the stranger.

I never knew why I had mentioned that figure – twenty years. I also didn’t know what it was he’d made me promise to wait for.


Before choosing my destiny, I had read about them. A strange book, half history and half legend. A book from a library in the city. I read it immoderately, as I used to do in those days. With the moistened tip of my index finger perpetually poised to turn the page, I forgot to eat. I only stopped occasionally to get a drink of water, but I never actually drank it; as soon as I put the rim of the glass to my lips, I would become distracted again. Something urgent called to me from the across the room, and I answered the call. Before closing the book, I had already made up my mind: I would leave that place – that kitchen, that library, that city. I would become someone else. One of them. It’s difficult to explain why one does the things one does. But everything happened just like it does in books: I left that place, and, almost without a plan, I showed up in a small village where they needed men. I put on my new clothes and committed myself to a life of celibacy. And they, who were so few, bowed their heads when I passed.


The stranger showed up in front of my door one day at around noon. He didn’t arrive, as I once had, on the back of a donkey, but on the battered seat of a military vehicle. A mud-spattered windshield. Four thick tires. A torn canvas roof. The letters on the door made no sense to me, but the words he spoke to me did. He asked me for water, and, since I didn’t move, he opened his canteen and turned it upside down.

“Do you understand me?” he repeated, with growing exasperation, “I need water.”

I hadn’t seen anyone like him for a long time. His gestures, so childlike, so unnecessary, moved me. He seemed to be afraid of dying.

“Where are you from?” I asked him, trying to make him feel less uncomfortable as he stood there in the doorway. Perhaps I was already trying to dissuade him, to distract him. I’ve never known how to get rid of people. When he gave a start, which he attempted to conceal, I realized that he couldn’t see me well. My house, like all mountain houses, was small and dark. Later, he would refer to it as “the shack.” Cool in the summer, warm in the winter. That’s why our houses are that way.

“So you’re a woman,” he whispered in a tone expressing both surprise and amusement. His body was blocking the sun, so I couldn’t see him well either. I didn’t know how to answer. Then he crossed the threshold. A long and voluminous stride. I was very slow to react.

He talked about the war. When he finished gulping down the water, he wiped his mouth with his sleeve and sat down at the table. He asked for food. He asked for more.

“What’s that?” he asked when he heard the sound of the bells.

“A mass,” I said as I set a plate with pieces of meat in front of him. “Part of a funeral,” I murmured later.

He ate the same way he had drunk a few minutes earlier: Eagerly. Voraciously. He ate the food with his hands and he lifted it to his mouth without turning to look at anything else. Then he chewed and swallowed noisily. Then he sucked his fingers clean.

When he’d had his fill, he began to talk. He lit a pipe and talked, without stopping, about the war. The words flowed from his mouth just as the food had entered it a few moments earlier: in a deluge. He told about the years of his life. He saw the adolescent he had been, thoughtful and serene. He heard gunshots, the echo of gunshots. He felt thirst. A relentless sun once more wrinkled his skin, blinded his eyes, dried his lips. He swallowed dirt. He desperately craved the taste of salt on his tongue. He allowed himself to be hypnotized by color of fire. He walked for entire nights, climbing hills and descending them again, soaked with urine and with fear. He shot. He closed his eyes and shot. Many times.

“You don’t know what it’s like,” he said. And then, without waiting for a reply, he continued. The cold. The filth. The smell of rotting flesh. Death. He relived it all again. A small body beneath the infinite, maddening sky.

“You’re never more vulnerable than when you’re under the sky,” he insisted.

I offered him some liquor because he seemed to need it. The noise of the bottle touching the wood broke his concentration. He looked at me again. He must have been wondering who I was, what I was doing here, where he actually was, but he didn’t ask any questions. He drank the liquor in small sips. After a while, he fell asleep with his head on the table.


Every forest always has another forest inside of it. The one on the inside is the mythical, enchanted forest found in fairy tales. Living in the outside forest, however, is not easy. Life in the mountains requires effort, discipline, sacrifice. Above all, you need to have good hands. And it never hurts to have a level head on your shoulders, one that’s accustomed to solitude. You need to cut down trees, plant seeds, use frigid water from the rivers. There can be fires. There are bears, and eagles, and other frightening animals. Sometimes, toward the end of winter, everything is covered with snow. And you have to walk on the snow, keep moving forward. Sometimes it’s good to be able to recognize the sound of a breaking branch. It’s good to walk, slowly, on the dry leaves. Sometimes you take a deep breath. Sometimes everything stops. But more than anything else, there’s work in the forest, lots of work. Fairy tails rarely mention that.

“And you can do all that by yourself?” he asked me later.

I told him the truth: I told him No. That I couldn’t do all that by myself. And my answer seemed to satisfy him.

“Do the local men come to help you?”

“As often as I help them,” I told him, defiantly. Or it seemed to me that my tone of voice was defiant.

He returned to that topic many times, each time from a different angle, as if he couldn’t find the best way to ask what he wanted to ask.

“Every forest always has another forest inside of it,” I murmured when he got out of bed and went to the window, and stood there with an attitude of expectation. He stayed that way, very still, for a long time. When he turned around to look at me, I lowered my eyes. Then I covered my shoulders with the blanket. Then I said:

“You shouldn’t be here.”


For the complete story go to Bomb Magazine 119.


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Friday, March 23, 2012

LOS LÍMITES DEL LENGUAJE: LA DEGRAMATICALIDAD INCREÍBLE

CONARTE, Monterrey, Nuevo León

Teatro de la Estación
19:30 a 20:00 hrs.
Cierre
Raro es el pájaro que puede cruzar: Ocho composiciones para varias voces desde La frontera más distante:
Cristina Rivera Garza


Patio de la Casa de la Cultura
20:00 a 20:30 hrs.
Menuda Coincidencia: Lírica Urbana Regiomontana

La programación completa aquí.


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Thursday, March 22, 2012

GMAIL POETRY--THE RIGHT MARGIN

Ejercicios Para La Mente »
Cuerpo Y Mente »
La Mente »
Respiración »


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Wednesday, March 21, 2012

EL MONSTRUILLO DE LOS POSOS Y LA PRIMA VERA



Hay una jacaranda sobre todo esto. Y un biscotti de chocolate y almendras, cómo no.

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Tuesday, March 20, 2012

LA VIDA INTELECTUAL

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Conozco los aspectos menos atractivos de la academia. Su rígido sistema de jerarquías, por ejemplo. Los bajos salarios para la gran mayoría, tanto en sistemas educativos públicos como privados; y los grandes privilegios para una elite que con frecuencia se eterniza en puestos de diversa índole. Los estrictos rituales de entrada (solicitudes, exámenes, cartas de recomendación) y de salida (tesis). La productividad a ultranza, muchas veces el resultado de sistemas de valoración que premian más la cantidad que la calidad. La mínima distribución de sus productos intelectuales que tienden a crear torres de cristal desde las cuales, paradójicamente, es complicado, cuando no imposible, emprender cualquier análisis crítico de la realidad. La competencia desleal y la envida son características que en mucho exceden al ámbito académico, así que no las cuento aquí.

También conozco, sin embargo, los elementos más felices de la vida académica. La manera de fomentar el talante crítico de sus participantes, sobre todo. Su llamado a cultivar una vida dedicada a la creación intelectual (me gusta la frase en inglés, mucho más abarcadora: the life of the mind). La disciplina que, además de requerirse para concluir con éxito investigaciones y tesis diversas, servirá para muchas otras cosas en la vida. La creación de sistemas que, en sus mejores momentos, permiten el cotejo y la justa evaluación entre pares, ya sea a través de cuerpos colegiados o ya a través de eventos públicos donde se exponen resultados de investigación. Su vocación, no siempre exitosa pero siempre presente, de ser exhaustiva y contemporánea (todo académico que se precie de serlo conoce el estado actual de su bibliografía). Los salones de clase en los que, en sus mejores momentos, no se trasmite sino que se produce conocimiento. El hecho de ser una de las pocas profesiones en las que leer mucho es un requisito.

Todos los que critican la vida académica, especialmente aquellos que han convertido el adjetivo académico en una especie de nueva blasfemia, tienen en mente, y con frecuencia en el registro de su experiencia personal, los puntos incluidos en el primer párrafo. Mucho me temo que, con ese tipo de consideraciones, no me queda más que darles la razón: la academia, en sus peores momentos, es jerárquica y poco creativa, cuando no superflua. Como sucede con todo lo que vive, hay muchas cosas que precisan de revisiones críticas. Pero lo que no dicen aquellos que atacan los rituales y los productos de la academia es que en sus centros de investigación o en sus revistas, en los patios concurridos entre sus edificios o dentro de sus bibliotecas, se ha asegurado también una forma de socialidad de la que mucho se ha beneficiado y de la que mucho todavía precisa este país. Aún más, los ataques contra la vida académica parecieran sugerir que la creatividad y la crítica sólo fueran posibles más allá de sus muros. La más leve mirada a las distintas agrupaciones culturales que animan (¿o desaniman?) la vida cultural en México, aquellas donde se halaga sin contemplaciones al miembro disciplinado y se golpea (porque así se dice) al que no pertenece, pondría de manifiesto que las jerarquías tienden a acrecentarse y no a disminuir fuera de los marcos académicos (donde por cierto, según estadísticas mundiales, se vive un curioso fenómeno de feminización).

Me ha parecido a menudo lógico, lo cual no significa que esté de acuerdo, que los que cuentan con capitales tanto financieros como culturales, ya propios o ya heredados, critiquen a la academia. Después de todo, ¿en nombre de qué, desde esa posición, se someterían al cotejo público de ideas, a la examinación exhaustiva de sus argumentos y sus aparatos críticos, a la fatiga que representa preparar y evaluar clases y seminarios? Si, además, estos pocos anti-académicos cuentan con los medios para publicar sus hallazgos, ¿para qué someterse al juicio de sus pares o comparecer ante la comunidad de sus iguales?

Lo que me parece menos lógico es que jóvenes escritores sin otra capital más que el talento propio y la vocación por las letras, se pronuncien, la mayoría de las veces sin conocerla a fondo, contra una forma de vida que, con su intervención arriesgada, con su energía crítica, con su vocación de renovarlo todo, bien podría contribuir a producir la vida intelectual que nuestras comunidades merecen y precisan. No creo, por supuesto, que ésta sea la única manera de conseguirlo, pero sí sé que es una de las posibles en el mundo imperfecto y mejorable en el que vivimos. Prefiero, en todo caso, al estudioso que, con afán, compara bibliografía y coteja argumentos, el que somete los resultados de su investigación al escrutinio de sus pares tanto a nivel nacional como internacional, que a aquél que, amparado bajo la protección de sus privilegios de grupo, reproduce formas endogámicas y monológicas y, por lo tanto, autoritarias de producción intelectual bajo el pretexto de ser “creativas”.


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Monday, March 19, 2012

BEING YOUR MAN

Siempre me pareció que había mucho de femenino en I´m your man, enunciada a la manera de Leonard Cohen. Pero cuando Anna Calvi promete I´ll be your man también hay algo, pradójicamente, de femenino. Y la incorporación aquí del adverbio que liga a la paradoja, esa proposición en apariencia verdadera que conlleva a una contradicción lógica o a una situación que infringe el sentido común, con lo que pareciera ser simétricamente opuesto es, por supuesto, intencional. Alguien ya fue y vino, eso es cierto. Y desde el lugar de partida, vuelto ahora el lugar de llegada, mira lo que quedó atrás. Todo se ve igual pero nada es lo mismo. No hay un cambio de 180 grados, quiero decir; hay uno de 360.

Es algo que estoy tratando de entender.

El hombre que promete ser hombre suena, en efecto, a mujer. Pero la mujer que promete ser hombre también suena a mujer. No ha ocurrido, como en los trastocamientos más, digámoslo así, tradicionales o equidistantes, un intercambio genérico. Nadie mira a través de los ojos del otro ni se ha puesto los zapatos de nadie más. O, mejor dicho, alguien mira a través de los ojos de otro y se ha puesto sus zapatos, pero todavía no sabemos a ciencia cierta qué o quién es. O por cuánto tiempo.

La pregunta es inevitable: ¿Ofrecer ser el hombre de alguien (y ese alguien bien puede ser un hombre o una mujer), ya sea en el presente o en el futuro, convierte a la ofrenda en un acto/producto femenino?

Lejos de simetría alguna, más allá de las oposiciones fáciles, el trastocamiento que va de I´m your man a I´ll be your man es múltiple e inestable. Narciso, de seguir vivo, tendría serios problemas para ver su rostro reflejado en las aguas turbias de estas dos voces. El cuerpo de donde surge la voz por la que atraviesan las palabras importa, por cierto. Esto es otra forma de decir que el juego, aquí, es un juego de géneros en forma de espejos. Y, sin embargo, las palabras que atraviesan por la voz que surge del cuerpo importan más. Esto es otra forma de decir que los géneros, en lo que respecta a este ejercicio comparativo, son escritura y, para el caso, escritura especular.

Hay un Lo Femenino en todo esto. Se trata de un Lo Femenino mutante. Es más una forma intranquila que un horizonte. Nadie habla aquí de un devenir.

La imagen, al final, que es otra forma del comienzo (y habremos de recordar que al comienzo era el verbo), parece la misma: se inicia con algo que suena a mujer (Cohen) y se termina también con algo que suena mujer (Calvi). Y, sin embargo, el paso por el cuerpo, que es el paso por la voz, ha distorsionado ya y para siempre los linderos, de por sí nunca estables, de la misma definición.

Todavía no sé qué pensar en realidad de todo esto.


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Thursday, March 15, 2012

TODOS LOS QUE QUIERES SER

Uno de los pocos cuentos para niños que he escrito aquí, en el libro de Lecturas de 5o grado de primaria.

También hay cuentos de Rosa Beltrán, Elena Poniatowska, Ignacio Padilla, entre otros.


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Tuesday, March 13, 2012

LAS LECTURAS FÁCILES

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Siempre me ha parecido por lo menos paradójico que para promocionar un libro con frecuencia se diga de él que se lee con una facilidad tal que “casi parece que no se le está leyendo”. Nótese aquí que la posibilidad de hacer circular un libro que no se lee es una cosa buena, por cierto. La lectura, debe sobreentenderse, es una actividad engorrosa, si no es que absurda, que mejor habría de ser sustituida por un proceso de ósmosis o telepatía capaz de transmitir el contenido del texto sin tener que detenerse en el bagazo de las palabras. Ese desecho. Que a un mercenario del mercado esto le parezca positivo no tiene mucho de inusual, puesto que a ellos les interesa vender, de preferencia de la manera más rápida posible, un producto, y no necesariamente fomentar esa relación crítica con el mundo que a menudo se logra a través de la lectura de libros. De hecho, a juzgar por el énfasis que suele ponerse sobre palabras tales como “absorbente, fascinante, fácil de leer” en tanto carnadas para atraer al lector denominado como promedio o, de plano, mayoritario, todo parecería indicar que el objetivo último de los mercaderes de libros es ofrecer un libro sin la molesta presencia de palabras en sus páginas. Se trataría de un libro vacío, literalmente. Sería, para no ir muy lejos, un libro sin lenguaje.

Antes de llegar a ese nirvana de las lecturas fáciles, tal vez no sería mala idea del todo detenernos unos minutos en las inmediaciones de la palabra facilidad. ¿Qué decimos cuando elogiamos un libro porque su lectura fue fácil, es decir, rápida y sin complicaciones y, de preferencia, placentera? Algo nos resulta fácil porque, por principio de cuentas, nos es familiar. Moverse por un territorio conocido, siempre reconociendo (y no sólo conociendo) los alrededores, suele ser cosa fácil. Formar parte de una situación en la que sabemos exactamente qué hacer y, además, sabemos qué se espera de nosotros, parecería ser el epítome de la facilidad. Saber las reglas. Confirmar el estado de las cosas. Proseguir sin obstáculos. Llegar al final. Todas esas son también etapas de la lectura fácil.

A veces, ciertamente, se antoja leer un libro así.

Lo contrario de una lectura fácil es una lectura interesante, no una difícil. No todos los libros se mueven en territorio familiar y, algunos, de hecho, hacen todo lo posible por llevarse a la lectora a sitios inimaginables. El moto de estos libros es el riesgo o el asombro. O ambos. Sospechando del poder único de la anécdota, los libros de lectura interesante ponen en juego varios elementos del lenguaje a la vez. Lejos de juegos herméticos impuestos desde afuera, un libro interesante invita la participación activa, o cuando menos a la sospecha adictiva, del lector. Una descodificación o una adivinanza, da lo mismo. Sin respetar las reglas aristotélicas (o de cualquier otro tipo) del relato, ciertos libros aspiran, de hecho, a ser leídos. De ahí el énfasis puesto en la materialidad misma de las palabras —sus texturas, ritmos, sonidos, presencias, sintaxis. Un libro que aspira a ser leído produce, por necesidad también, su propia teoría de la lectura y su propio, e insustituible, manual de la misma.

A veces, ciertamente, se antoja leer un libro así.

Asumir que todos los lectores prefieren siempre la familiaridad y el refugio de una lectura fácil es lo mismo que ha conducido a tantos matrimonios a la ruina. La falta de riesgo y de asombro suele llevar sin mucho problema de por medio a la rutina. Y de la rutina al aburrimiento el trecho no es muy largo, eso se sabe. ¿Será mucho pedir que imaginemos un mundo en el que a los lectores les interese, de hecho, leer palabras en un libro? Tengo la impresión de que, si a alguien le interesa leer, terminará por interesarle leer otra cosa. Otro reto. Otro juego.

Si la función del lector dentro o con respecto al texto consiste en estar siempre a punto de irse, optar por estrategias de lectura fácil o de lectura interesante es estar promoviendo relaciones de suyo específicas no sólo con el libro en cuestión, sino también, acaso sobre todo, con el mundo a su alrededor. Una lectura que invita a la consideración de las texturas varias de las palabras no es una estrategia difícil (o poética) de la escritura, sino una invitación a poner una atención similar en las texturas varias que configuran el mundo como acto vivido y también, cómo no, como cosa por vivir. A diferencia de las lecturas fáciles que se cumplen con el libro y con éste se cierran, confirmando todo alrededor de sí mismas, las lecturas interesantes viven abiertas hacia lo que las rodea, en una profunda interacción que pasa por el uso del lenguaje. Ese desecho. Y ese deshecho. Y ese hecho.


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Saturday, March 10, 2012

UN DINOSAURIO PARA LAS INCREÍBLMENTE PEQUEÑAS

Todo sobre el microraptor aquí.

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Friday, March 09, 2012

LA CÁMARA VERDE



Tecnología y comunidad, La Cámara Verde, Periódico de Poesía No. 47, Marzo 2012

Nos ponemos las antenas en marzo y miramos hacia el más acá. Las tecnologías digitales han sacado a los escritores de sus casillas –lo digo en términos literales, faltaba más. Un gremio que hasta hace no mucho se jactaba de visualizar su oficio con la humilde metáfora del lápiz y el papel, cuando no con la torre de marfil del aislamiento o la intensidad denominada como personal, se ha visto forzado a posicionarse respecto de lo que sucede en las pantallas de la actualidad. Los temas son muchos, y algunos tan fácilmente escandalosos como el uso trillado del copypaste y del plagio. Otros, que es lo que nos proponemos explorar en la Cámara Verde mientras esperamos la llegada de la prima Vera, son los lazos que los escritores de hoy establecen con sus comunidades a través de un uso estratégico de ciertas tecnologías digitales.

Desde Querétaro aunque ya camino a UCSanta Cruz, Benjamín Moreno tiene años trabajando muy de cerca con las tecnologías de hoy. De hecho, gran parte de su trabajo se ha desarrollado alrededor de la práctica de lo que se conoce como poesía digital –de la cual, en su caso, no se excluye la investigación acerca del sonido y la voz. Hace no mucho, y para sorpresa de unos y celebración de otros, aparecieron en el TL algunos de los experimentos que Benjamín está llevando a cabo a través de la mezcla de la lírica popular, expresada en boleros o baladas o norteñas, con una de las voces más prestigiosas en la historia de la poesía nacional moderna de México, a saber, Octavio Paz. De esta yuxtaposición, irreverente y crítica a la vez, surgieron las audionubes que, en este marzo de reverdecimientos mayores, comparte con La Cámara Verde. Más allá de la simple puntada o, como él mismo lo explica en sus notas alrededor de este experimento, más allá de una buscada mezcla entre la así denominada alta y baja cultura, esta yuxtaposición le permite investigar nociones contemporáneas de lo poético: desde el uso del hiato, sinalefa y paronomasia como similitud sónica, hasta la exploración, en términos de materia sonora, de la presencia imbricada de lo popular en lo asumido como poético y viceversa.

Benjamín R. Moreno (Santiago de Querétaro, México; 1980). Es narrador, ensayista y márketer. Ha publicado Tú haz de cuenta que me importa (cuento, CONECULTA/IMCQ, 2005), Signos del amnesia voluntaria (novela, Tierra Adentro, 2009), y textos suyos aparecen en varias antologías. Fue beneficiario de la beca del FONCA Jóvenes Creadores en 2010, del FECA Querétaro en 2003 y 2009, y del programa APOYARTE en 2012. De su trabajo como artista electrónico, compilado en el sitio webconcretoons, se desprenden piezas, instalaciones y performances presentados en diversos festivales que van de Buffalo a Berlín, pasando por San Francisco y Monterrey, México.

Desde Lima aunque ya camino a UCSan Diego, José Antonio Villarán tiene tiempo experimentando con poesía en soportes alternativos. El proyecto que nos presenta en la Cámara Verde de marzo inicia, de manera por demás significativa, con la imagen de las palabras “Quiero dialogar”. Hacia fuera, interactivo desde su concepción, el amltproject transforma a las palabras en invitación literal y a los convidados en poetas con derechos. Alguien comienza el poema, en efecto, pero el poema no termina en sí ni dentro de sí ni mirándose al espejo. Alterado de raíz, el poema se desprende y, al hacerlo, se extiende por el globo terráqueo con ayuda de los otros que, en lugar de concluirlo, lo perpetúan. Una forma del desadueño, el poema. Una expropiación perpetua. Lo contrario a la propiedad. Que José Antonio haya conseguido el financiamiento de Puma, una conocida transnacional, para darle continuación al proyecto, debería hacernos pensar de maneras críticas sobre la compleja relación que se establece entre poesía y capital en nuestros días. La experiencia bilingüe de José Antonio (nacido en Perú, educado en los Estados Unidos), que tanto afecta y para bien, la sintaxis de un libro como La distancia es siempre la misma (Matalamanga, 2006), marca también el impulso inicial de otros proyectos comunitarios (incluidos en la misma página) en los que acaso les interese participar.

José Antonio Villarán (Lima, 1980) se graduó de la facultad de Creación Literaria de San Francisco State University, en donde recibió el Premio Frances Jaffer por su trabajo innovador. Ha publicado poemas y cuentos en diversas revistas estadounidenses y peruanas. En diciembre del 2006 publicó su primer libro de poesía, la distancia es siempre la misma, con la editorial Matalamanga. En junio del 2007 creó, conjuntamente con otros dos artistas, el espacio cultural “La Maquina”, en Lima, Perú. En octubre del 2008 comenzó el proyecto multidisciplinario AMLT, el cual es actualmente auspiciado por Puma. Su segundo libro de poesía, titulado El cerrajero, se publicará a mediados del 2012 con el Álbum del Universo Bakterial.

Demoler es lo mismo que arruinar pero también que deshacer. El que demuele, sobre todo si es en pequeña escala, ejerce el súperpoder secreto del ojo detallado y crítico. Ve, ese ojo, pero ve creando al mismo tiempo otra realidad. Algo así hace Bárbara González (@barbariana) en la serie de tuits que lleva por título algunas palabras de uno de sus 140s: “Una tarjeta de presentación que ponga: Encargada de demoliciones en pequeña escala para no decir torpe”. Algunas de las demoliciones bárbaras de marzo incluyen, véase esto como se ven los cortos antes de la película: Un niño que nace a los 4 años. Un gato que, cuando aprende a escribir, escribe la palabra miau (esa tragedia). Un barco que termina dentro de una botella. Un matrimonio que cena, románticamente, bajo la luz de los rayos X. Otros proyectos barbarianos en: http://andersennow.tumblr.com/

Dice la fabulosa @diamandina de Bárbara y su trabajo: “Sé que se llama Bárbara González, tiene 29 años, estudió Ciencias de la comunicación y es publicista. Su papá es físico y cuando habla de él o con él no le dice "papá", sino físico, lo que me parece muy bonito. Y de ahí todos sus tuits sobre física y físicos. Lo que escribe está entre la perversión actual y una inocencia que ya no tenemos; cuenta los males con una dulzura de quien los sufre pero no quiere que quien los lea los sufra también. No es esperanzadora pero da esperanza y, en sus tuits, hace parecer que las cosas pueden percibirse como bellas si uno se les queda mirando lo suficiente, sean las que sean”.

Así las cosas. La prima Vera llegó un poquito antes de tiempo a las costas del mediterráneo [#primavervalencia, yeah!], pero la esperamos con gusto en el cruce fronterizo más denso del orbe. Reverdecer es una tarea.

Febrero 22, 2012
San Diego/Tijuana

[mientras escuchaba One Wish, de Hauschka]


--crg

Tuesday, March 06, 2012

CONTRA EL MANTEL VERDE

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Muchos autores dicen estar interesados en establecer una cierta forma de contacto, especialmente dialógico, con sus lectores. Pocos, sin embargo, ponen atención al aspecto performativo de su trabajo textual, conformándose con tomar asiento detrás de una mesa rectangular, con toda seguridad cubierta con un mantel verde, para ponerse a leer, con distintos grados de eficacia, en voz alta. Esto, hasta hace no mucho, constituía el performance más común en que autores y lectores escenificaban su encuentro en la esfera pública. Que dicho encuentro cerrara frecuentemente con la más que simbólica firma de la autora estampada en tiempo real sobre las primeras hojas de un libro adquirido por la lectora no hacía más que ratificar la premisa propia del ritual: el intercambio comercial que, como causa-efecto, ocurría antes del encuentro o, cuando mucho, durante el mismo.

Como tantas otras cosas, las tecnologías digitales y las búsquedas interdisciplinarias han revisado a cabalidad este formato. Cada vez es más sencillo, y lo será mientras leyes como SOPA no se conviertan en nuestros policías del ciberespacio, bajar libros de internet —con o sin el consentimiento de los autores o las editoriales correspondientes. La distribución gratuita de material textual a través del intercambio de pdf no sólo ha venido a cuestionar la propiedad sobre el lenguaje y sus consecuencias tanto estéticas como legales, sino también ese ritual cansino e invariable a través del cual autores y lectores fundaron su encuentro público durante la modernidad.

¿Qué busca en realidad el lector que, sin ser amigo o familiar del autor, va a las presentaciones de libros o las lecturas de los mismos? Si los autores, como algunos lo argumentan incluso ufanamente, se dedican a escribir porque no saben hablar en público o no les interesa salir de la esfera privada de la creación silenciosa, ¿para qué ir a verlos? O si, como aducen otros autores, todo está en los libros y agregar algo desde fuera sería no sólo desleal sino hasta autoindulgente, ¿qué se puede esperar legítimamente de ver un autor en persona? La primera respuesta que se me viene a la cabeza, puesto que la he vivido como lectora, es que uno va a esas cosas para confirmar que todo es de verdad. Este es el momento en que Santo Tomás muerde la moneda de lo real. No por casualidad el encuentro suele terminar con una firma: el sello con el que se cierra el acuerdo de lo que existe en tanto cuerpo. Que ese garabato, a través del cual asienta ante todos la existencia conjunta de autor y lector, vaya estampado sobre un objeto que ha sido intercambiado por dinero también cierra otro círculo: el de las mercancías.

Ahora bien, si la lectora puede conseguir el libro gratuitamente y si el autor sólo lee, y para el caso mal o con desgano, detrás de una mesa con mantel verde, ¿para qué ir a verlo? Lo saben los que asisten a los conciertos: por experiencia en tiempo real. Por algo que no está en el disco y que sólo puede ocurrir en el momento mismo en que nota y oído coinciden en el mismo plano. Por un poco de presente (y que en inglés la palabra “present” signifique también “regalo” tiene su relevancia en este momento). Los músicos, que como todos los otros creadores van muy por delante de los escritores en temas que tienen que ver con tecnología o interacción pública, han optado por lo más lógico: regalar, como lo hizo Nortec ante el embate de la ley SOPA, el producto que antes se vendía, y vender, en cambio, sus presentaciones en persona. El valor de cambio se traslada así del disco, en tanto objeto, a la relación de trabajo en tiempo real que ocurre sobre los escenarios.

Para que esto fuera posible entre escritores muchas cosas tendrían que cambiar. No que los escritores no sean performers ya. La lectura pública es, de hecho, un performance. Pero es un performance aburridísimo. A diferencia de los narradores que suelen confiar a ciegas en el poder de la anécdota para capturar y mantener el interés de sus lectores, a los poetas les ha preocupado históricamente otros niveles del lenguaje: sus texturas físicas, la cualidad de sus sonidos, sus relaciones varias con el cuerpo, su presencia misma en el afuera del texto. No por nada, las lecturas de poesía menos oficialistas suelen incorporar a menudo una dimensión interactiva que involucra de lleno las capacidades preformativas del lenguaje. No digo nada nuevo cuando digo que pocos compran libros de poesía. Y tal vez a eso se deba, de manera solo aparentemente paradójica, que las lecturas públicas de poesía estén hasta ahora más capacitadas para proveer a los asistentes con lo que desean: presente. Mucho me temo que si a los narradores les interesa de verdad encontrar a sus lectores en la esfera pública, y no sólo utilizar las presentaciones para ratificar la venta de sus libros, habrán de repensar de manera radical el formato del mantel verde.

--crg

Monday, March 05, 2012

EL MONSTRUILLO DE LOS POSOS Y LA SOPA, QUE SE DERRAMA



El dormir no hace que la interpretación descanse; las palomas no pueden llevar a cabo ninguna tarea lingüística. La mujer empuja una puerta enorme y la llama el sueño. Sin ser complacientes ni vengativos, los que se quedan afuera parecen tan indiferentes como tibias estatuas melancólicas bajo el sol de las playas. Los leños se convertirán en cadáveres, fantasmas de encinos, y hay círculos crueles que algunos jueces se encargarán de cerrar. A juzgar por su cara, parece que la mujer se pregunta "¿Y ahora qué?". Y entonces pone en la olla la papa que provoca que se derrame la sopa.

Lyn Hejinian, El libro de los mil ojos, 280.