Sunday, September 30, 2012

Friday, September 28, 2012

Wednesday, September 26, 2012

DESDE EL MAL DE LA TAIGA



¿Por qué las personas se escapan de uno repentinamente? ¿Por qué el amor, así como el desamor, un buen día aparece y al otro se van? Los prófugos de esta novela, el Hansel y la Gretel de El mal de la taiga, son una exploración de esa naturaleza del desconcierto, de esa peculiaridad de la locura que proviene del bosque boreal. Cuentan que la gente enloquece por la desesperación de querer salir de ahí. Se adentran a un hábitat que los rodea por varios kilómetros en cualquier dirección: la monotonía del frío y de la soledad.
Pareciera un mal sueño, casi una pesadilla que pretende alumbrar algo, como los cuentos de hadas y las fábulas, antes de ser anestesiados con los intereses modernos. Este es más crudo, más helado.
El mal de la taiga es un viaje a una parte inhóspita del mundo y de las personas. Es la persecución de algo muy difícil de volver a asir. ¿Qué sucede cuando lo que le da sentido a la vida se pierde de nuestras manos? La invariabilidad boreal que rodea a los personajes es el veneno que los conduce a la locura. El mal de la taiga es una enfermedad que todos llevamos dentro.

La nota completa de Rolando Ramiro Vázquez Mendoza en "El mal que todos llevamos dentro", MásCultura, recomendaciones. 


--crg

Tuesday, September 25, 2012

ENARGEIA

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]


En Memorial. An Excavation of the Iliad, la poeta británica Alice Oswald se deshizo de unos siete octavos del texto de Homero para rescatar así, fósiles en vivo, las muertes de aproximadamente 200 soldados, todos perecidos en la guerra de Troya. Se trata, a decir de la poeta misma, de una re-escritura que intenta rescatar la enargeia, esa “luminosa, insoportable realidad” del poema homérico. Se trata, luego entonces, en primera instancia, de un saqueo. La poesía mira de reojo a las líneas del texto y, escalpelo en mano, extirpa del marasmo de datos y de anécdotas, el momento único e indivisible en que un ser humano pierde la vida. Eso es la guerra, después de todo; de esto se trata la guerra: de cómo seres humanos de carne y hueso pierden la vida de forma violenta. Armada, pues, con los instrumentos de la poesía, Oswald le arrebata esa pérdida que es la muerte a la acumulación de datos o de sangre que, con tanta frecuencia, conduce a la indiferencia o la insensibilidad o a las lecturas de corrido. Si “la pena es negra”, si está “hecha de tierra”, si se “mete en las fisuras de los ojos/ y deposita su nudo en la garganta”, lo que este largo poema se lleva sobre el hombro, no a hurtadillas para que no se note, sino aparatosamente, para volverla más visible, es a la muerte en sí, a la muerte sola: la muerte oscura, anónima, violenta, de la guerra.
Ahí está, en la excavación poética de Oswald, en el duelo en el que nos invita a participar a través del tiempo y a lo largo del espacio, iridiscente para siempre, la muerte de Protesilaus: “…el hombre reconcentrado que se internó aprisa en la oscuridad/ con cuarenta barcos negros, dejando atrás su tierra”, el que “murió en el aire, mientras saltaba para llegar primero a la costa”. Y está también, en el gerundio de la eternidad, la muerte de Iphidamas, “el muchacho ambicioso/ A la edad de dieciocho a la edad de la imprudencia”, el que incluso “…en su noche de bodas/ Parecía traer puesta la armadura”, el “[A]rrogante peón de campo que fue directo por Agamenón”, y que cayó “doblado como plomo y perdió”. Y está Coon, su hermano, el hermano de Iphidamas: “Cuando un hombre ve a su hermano caído sobre el suelo/ se vuelve loco, aparece corriendo como de la nada/ atacando sin ver, así es como murió Coon”. La cabeza separada de su cuerpo por la espada de Agamenón: “…y eso fue todo/ Dos hermanos asesinados en la misma mañana, por el mismo hombre/ Esa fue su luz que aquí termina.”
Uno tras otro, así van cayendo los 200 soldados de los relatos homéricos. Uno tras otro, en versos ceñidos, con frecuencia coronados por el canto repetido de un coro, mueren otra vez. Y otra. Ahora bajo la luz de un sol contemporáneo, justo frente a nuestros ojos. Un memorial también es un ruego. ¿Era necesario que murieran de nueva cuenta? La respuesta es: sí. ¿Era necesario tallarse los ojos una vez más y dolerse? La respuesta es: sí. Cuando nos dolemos por la muerte del otro aceptamos, argumentaba Judith Butler en Precarious Life. The Powers of Mourning and Violence, que la pérdida nos cambiará, con suerte para siempre. El duelo, el proceso psicológico y social a través del cual se reconoce pública y privadamente la pérdida del otro, es acaso la instancia más obvia de nuestra vulnerabilidad y, por ende, de nuestra condición humana. Por esta razón bien podría constituir una base ética para a repensar nuestra responsabilidad colectiva y las teorías del poder que la atraviesan. Cuando no solo unas cuantas vidas sean dignas de ser lloradas públicamente, cuando el obituario se convierta en una casa plural y alcance a amparar a los sin nombre y a los sin rostro, cuando, como Antígona, seamos capaces de enterrar al Otro, o lo que es lo mismo, de reconocer la vida vivida de ese Otro, aun a pesar y en contra del edicto de Creonte o de cualquier otra autoridad en turno, entonces el duelo público, volviéndonos más vulnerables, tendrá la posibilidad de volvernos más humanos. Por eso, aunque Protesilaus haya estado “bajo la tierra oscura ahora ya por miles de años”, es necesario acudir. Es preciso acudir a su cita con la muerte y compartir, después, el duelo. Es necesario re-leer, por ejemplo, lo re-escrito por Oswald para actualizar la muerte que pasó y pueda así volver a pasar frente a nuestros ojos, sobre nuestras manos para que, eventualmente, ya no pase más. ¿Cuántas veces al día olvidamos que somos, por principio de cuenta y al final de todo, mortales?
 Azuzada por la guerra calderonista que cuenta ya con algunas 80 mil muertes en su haber, la nueva poesía política que se escribe en México se plantea ésta y otras angustiantes, incómodas, urgentes, preguntas. Son preguntas estética y políticamente relevantes. Están ahí en el poema “Los muertos”, de María Rivera, pero también en la excavación que Hugo Harcía Manríquez hizo del Tratado de Libre Comercio en su Anti-Humboldt. Están en los Hechos diversos, de Mónica Nepote, y en Querida fábrica, de Dolores Dorantes. Están en“Di/sentimientos de la nación”, de Javier Raya y en Antígona González, de Sara Uribe. Están en muchos de los poemas incluidos en País de sombra y fuego, la antología que editó el poeta tapatío Jorge Esquinca. Todos ellos, toda esta enargeia, gratis en distintos lugares de la red, por cierto.
--crg

Wednesday, September 19, 2012

DESDE EL MAL DE LA TAIGA



Con una sorprendente capacidad narrativa, Cristina – una de las escritoras contemporáneas más vanguardistas de Latinoamérica – nos cuenta en esta novela breve, la hazaña de una investigadora que acepta el encargo de ir en busca de una esposa adúltera refugiada en la taiga.
       La atmósfera, opresiva de principio a fin, se recrudece por la parquedad de las frases, la selección cuidadosa de los adjetivos y la sobriedad de los diálogos.
Quizá al terminar el libro al lector le quede una sensación de incertidumbre, de no saber si ha vivido un sueño o participado en la confección del relato. Lo que sí es seguro es que habrán de pasar varios días para que en el cerebro se le vayan diluyendo al lector las imágenes inhóspitas, seductoras y nostálgicas, de esta taiga riveragarciana.
     
El comentario completo de Carlos Martin en El mal de la taiga o nadie sabe a ciencia cierta por qué se va.
--crg

Tuesday, September 18, 2012

EL DESTINATARIO DE LOS LIBROS

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]


Tengo la impresión, seguramente romántica, de que, justo como una carta, el libro va dirigido a un destinatario específico. Tal vez la única diferencia radica en que el escritor de cartas —y con todo derecho podemos considerar a los mensajes electrónicos dentro del género epistolar— sabe a ciencia cierta quién es su destinatario, mientras que una de las funciones del libro es evocar y, luego entonces, producir ese destinatario. En efecto, el libro va dirigido a ti, pero nadie, ni siquiera tú sabes que lo eres, o quién eres, hasta que el libro llega a tus manos. Inauguración espectacular. Aquella expresión que solía coronar las lecturas fundamentales, “pero si esto fue escrito para mí”, es verdad. Sin la sensación que da pie a esa expresión, el libro tendría poca probabilidad de producir una relación relevante entre sus páginas y el ojo que las mira y el corazón que late aprisa. Sin esa relación relevante, las posibilidades de su sobrevivencia serían sin duda menores. Para felicidad del libro y para dolor de cabeza del mercado, sin embargo, no hay fórmula alguna que produzca una y otra vez la sensación inaugural. Es posible, como se ha probado muchas veces, promocionar un libro hasta el hartazgo —anunciarlo aquí, obsequiarlo allá, imponerlo en altas torres acullá— solo para verlo languidecer en un par de días o de años o, cuando el esfuerzo es bárbaro, de décadas. Este es el caso de esos “sueños realizados” que son, en palabras del escritor César Aira, los best sellers. Es posible, como se ha comprobado también muchas veces, constatar la sobrevivencia discreta de un libro a pesar de los asuntos de promoción o, con frecuencia, sin su intervención. El rumor es un arma muy serena. El mano a mano. “Este libro fue escrito para mí”. El boca a boca. El caso de los pasadizos subterráneos.
Cuando el coleccionista Eduard Fuchs aseguraba que uno no habla para que lo entiendan sino porque es entendido, seguramente se refería al hecho de que todo acto de habla surge inscrito en contextos comunicativos que lo hacen posible, es decir, descifrable y, luego entonces, transmitible. Algo similar ocurre con los libros. Inscritos en tradiciones específicas, éstos existen para ser leídos porque ser leídos es una posibilidad real. Si tomamos en cuenta que todo acto de escritura conlleva, ya implícita o ya explícitamente, una teoría de la lectura, entonces también es posible decir que cada libro imagina o produce su destinatario.
El caso de la dedicatoria del Commentarium in convivium Platonis de amore, el libro que Marsilio Ficinio escribió en 1469, es notable en este aspecto. Dice Ficinio cuando describe a quién va dirigido su escrito: “Pues la pasión del amor no se entiende con pretenciosa superficialidad, y el amor mismo no se capta con el odio”. Al decir del filósofo Peter Sloterdijk en el capítulo que le dedica a las operaciones del corazón en el primer volumen de Esferas, con esta dedicatoria Ficinio anunciaba que “esperaba haber compuesto con ese escrito una teoría apasionada del amor; [y] que el libro mismo, como un amuleto teórico, se encargara de que no pudiera entenderlo nadie que lo leyera solo superficialmente o con aversión”. El libro, en otras palabras, juega un papel activo al seleccionar a la comunidad de lectores que, eventualmente, se congregarán en sus páginas y, luego entonces, le darán sentido o, lo que es lo mismo, existencia real. Al buscar cierto tipo de lectores, el libro simultáneamente desdeña a otros. Al abrirse, el libro también se cierra. El libro, para decirlo en buen mexicano, no es monedita de oro. Ni tendría que aspirar a serlo. 
Los libros, como bien dice Sloterdijk, conforman esferas, círculos de resonancias íntimas, a través del efecto mágico de la simpatía. Los libros en efecto ofrecen sus páginas de manera generosa pero nunca de manera indiscriminada. Así, generados dentro del espacio de las almas afines, o de los lenguajes compartidos, los libros sólo se dan a aquellos que saben leerlos, solo a aquellos con los que existe la base de la afinidad y la probabilidad de la complicidad. Porque esto es cierto es que los libros y, más específicamente, la lectura, no es un acto inocuo sino, de hecho, poderoso tanto social como políticamente. Ya en papel o ya en la pantalla, un libro tiene el poder de formar comunidades de lectores que son, en realidad, comunidades específicas de percepción. ¿Y qué hay más poderoso y, luego entonces, amenazante, que trastocar la manera en que percibimos el mundo?
--crg

Wednesday, September 12, 2012

DESDE NADIE ME VERÁ LLORAR


La lectura de ésta novela me ha dado pie a pensar en Matilda como una mujer que debemos recrear en cada uno de los pasajes de la obra, y de esta forma descubrir a un nuevo personaje que no sólo se limita a una voz marginada y a una voluntad fragmentada que la sitúan en el terreno de los seres anónimos sin voz y existencia propias... [A]pegada a un hecho histórico como el haber descubierto en el Archivo Histórico de la Secretaría de Salubridad y Asistencia de la ciudad de México una foto real de la interna y ver en su mirada y sonrisa irónica a una persona de rostro singular y sugerente que la motivó a recrear su vida a través de un “limitado” registro como lo puede ser una imagen, la autora de esta manera se funde lo histórico con lo recreativo. Y es esta ambivalencia lo que enriquece al personaje de Matilda Burgos. Entonces, concluyendo con la idea de los pocos elementos históricos que nos proporciona la autora sobre la existencia de Matilda, nos obliga a construir una mirada un tanto subjetiva sobre la identidad del personaje, que está eclipsado por los rasgos oscuros de la locura y sin sentido de la vida. Ante este hecho nos queda ser solidarios con la tristeza que implica ser un loco o una loca y rescatar a manera de lo posible el valor humano y la dignidad de quienes se encuentran en tales condiciones mentales.

Las notas completas de Rodrigo Díaz López sobre Nadie me verá llorar aquí.   


--crg

Tuesday, September 11, 2012

LEER COMO ESCRITOR

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]


Es más bien común que a la pregunta “¿Qué te pareció el libro (cuento) (poema)?”, se conteste con una declaración que involucra, sobre todo, el lenguaje del gusto personal. El libro me gusta. El poema no me gusta. Dependiendo de los involucrados, a estas respuestas básicas las puede seguir, o no, una explicación de corte igualmente personal. El libro me gusta porque me recuerda a. El poema no me gusta porque me hizo sentir que. El cuento me gusta porque me identifiqué con. La novela no me gusta porque me pareció inverosímil que. El problema con este tipo de declaraciones que a primera vista parecieran no sólo normales sino incluso esperadas es que, a fin de cuentas, resultan ser un atajo o una trampa. Abajo o detrás de cada “me gusta/no me gusta” se oculta, ya sea intencionalmente o no, un largo proceso intelectual que bien podría abarcar, entre otros muchos elementos, posturas ante el lenguaje, nociones de qué es lo literario y cuál es su relación justa con lo social, ideas sobre lo que los libros deben hacer con los lectores y con el mundo. Si a eso le añadimos que, también con frecuencia, es más bien fácil reemplazar el “me gusta” con el “esto es bueno” o “esto es de buena calidad” podrá entenderse lo peligroso que es dar respuestas aparentemente sencillas a cuestionamientos en apariencia inocentes.
Una respuesta-atajo puede resultar útil, en efecto, si lo de lo que se trata es de recomendar brevemente un libro o de pasar el rato en una conversación sobre el clima o de deshacerse con cierta quirúrgica rapidez de alguien. Pero si lo que está en juego es un análisis crítico de un texto o la mirada atenta del lector que planea escribir o está escribiendo, mucho me temo que un “me gusta/no me gusta” no sirve de gran cosa. Es más: me temo que un “me gusta/no me gusta” o incluso un “me gusta mucho/poquito/nada” no es más que una estratagema para evitar identificar las estrategias de escritura de un texto y para cerrar los ojos ante las maneras en que el texto establece sus propias reglas, las cuales pueden funcionar o no a lo largo del mismo. Me temo, pues, que el “me gusta/no me gusta” es un ardid que se dirige principalmente al ego (del escritor y del lector) a través del cual se evita la pregunta realmente relevante: ¿Cómo fue escrito este texto?, ¿cómo funciona? o, en su defecto, ¿cómo no funciona?
¿Por qué resulta común preguntar de una fotografía o de una instalación “¿cómo fue realizada?” y no de un texto? Porque todavía es común creer que el texto es el resultado de una inspiración divina o, en todo caso, sobrehumana, cuyo único afán es —esto sobre todo en el terreno de la narrativa— contar anécdotas de acuerdo a un pacto realista del relato. ¿Qué es lo que decimos acerca de la escritura, en cambio, cuando preguntamos “cómo fue escrito esto”? Decimos que un texto no se configura con base en inspiraciones varias o intentos de reproducir esta o aquélla noción de lo que es la realidad, sino que se hace de las decisiones que toma un autor con respecto al lenguaje. Decimos también que los múltiples efectos que puede tener la escritura —ya sean de corte meramente psicológico o de rango más bien estético o incluso político— están íntimamente relacionados con la efectividad o la falta de efectividad de estas decisiones. Decimos que, con asombrosa frecuencia, los autores toman decisiones con respecto al lenguaje de las que no están completamente conscientes —una semi-conciencia que la lectura crítica y detallada busca revelar sino es que recomponer. Decimos que un texto es un proceso de producción (textual) y no un mecanismo de expresión (personal). Decimos que, como toda acción humana, cada decisión escritural se inscribe dentro de tradiciones específicas, es decir, históricas, de escritura que mucho nos conviene conocer, tanto como escritores como lectores, ya sea para confirmarlas o para subvertirlas o para algo más bien a la mitad. Decimos que, como la realidad misma, el texto siempre puede ser otra cosa o siempre está a punto de ser otra cosa. ¡Decimos tantas cosas!
Ahora que lo pienso bien, no sólo a los escritores preocupados o fascinados por aquello que hace funcionar a los más distintos textos les beneficia plantearse ese mínimo adverbio de modo en forma interrogativa que se propone saber la manera en qué suceden las cosas. El día en que los críticos estén menos interesados en sus gustos personales y más en el entramado particular de cada texto tal vez recuperen la curiosidad de los lectores a los que les interesa, todavía, el mecanismo interno de las cosas. Ese corazón. Ese pálpito.
--crg

Sunday, September 09, 2012

DESDE EL MAL DE LA TAIGA



Con una prosa implacable en su impulso envolvente, Cristina Rivera Garza construye una novela que es una pulsión, un latido de ese universo minuciosamente construido donde el lenguaje desnudo dialoga consigo mismo a través de señales léxicas con la simple voluntad de reconocerse.

El comentario completo de Josimar Galíndez Rojas en "De lo que escriben, escribo", Imaginaria Jurídica. 


--crg

Friday, September 07, 2012

SÚBITA REAPARICIÓN DEL MONSTRUILLO DE LOS POSOS




--crg

Tuesday, September 04, 2012

UN TRATADO MODESTO

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]


Es septiembre, todo parece indicarlo así. Es septiembre en nuestro entorno y es septiembre en el poema de Lisa Robertson que traduzco ahora. Una de las autoras contemporáneas más interesantes en la poesía contemporánea de Estados Unidos, Lisa Robertson es reconocida como una poeta adepta a la experimentación con los límites del lenguaje, igualmente influenciada por los así llamados language poets (especialmente Leslie Scalapino y LynHejinian) que por la enunciación peculiar del latín cuando se incorpora a las iteraciones del inglés. El poema “Un tratado modesto (un ensayo sobre perspectiva para Allyson Clay), nos invita a considerar los cuerpos de la ciudades en sus múltiples relaciones. Hay, en efecto, una lujuria civil aquí. Todo esto en una tarde de septiembre. Vayamos para allá.
UN ENSAYO SOBRE PERSPECTIVA PARA ALLYSON CLAY (FRAGMENTO)
Era una tibia tarde de septiembre./ Me disolvía corporalmente en el aire dejando sólo mi look./ La noche estaba llena de imágenes./ A algunas era fácil hacerlas sentir piedad./ Algunas eran agudas y sospechosas; algunas crédulas y puras./ Algunas eran altaneras y amargas./ Algunas humanas./ Algunas maleables y obsequiosas./ Algunas eran alegres./ Algunas eran tímidas, solitarias y austeras./ A algunas les gustaba ser halagadas por nuestro trabajo./ Algunas sufrían cuando se les criticaba./ Algunas eran crueles en su arrogancia, débiles ante el peligro, y así.//
Era una tibia tarde de septiembre y entraba en su espacialidad, que no era clásica./ Era agradable romper los cánones de la proporción./ Era agradable imaginarse su vida./ Coloqué mi cuerpo en relación a sus privacidades místicas./ No pasó nada./ Era invisible./Mi arquitectura también era invisible y específica y vasta y se tambaleaba./ Mi arquitectura se tambaleaba en su completa originalidad./ La llamé lujuria cívica./ EL romance de la proporción no era para mí.// 


Emparejé el horizonte./ Aquí estaban los particulares del ocio./ Aquí estaban los particulares de las proporciones maleables./ El verbo era el avión de la pintura./ El trabajo del pintor es horizontal./ Miré en contra de la historia, y en contra también de la poesía./ Miré en contra del espacio que es./ Lo que alcanza una dama debe exceder a su alcance./Una dama debe exceder su espacio o tambalearse./ Tambalearse era bueno./ Esta es una ecología manierista.//
Era una tibia tarde de septiembre./ Contenía viejos, jóvenes, niños, matronas, niñas, animales domésticos, perros, aves, caballos, edificios y provincias./Estaban organizados apropiadamente./Mi técnica se basaba en la experiencia, no en el deseo./ Esta era una ecología de distancias./ No las podía leer de un modo bello./ ¿Qué es lo que el hombro, la muñeca, el cuello, y sus varios puntos de flexión desean?/¿Qué es lo que quiere la flexibilidad mortal?/ Como una forma de humilde ornamentación, intento articular transiciones./ Vi la muñeca del extranjero en la luz azucarada./ El alma está afuera.//
Esa tarde, los monumentos de la ciudad se dieron a conocer por los movimientos de sus cuerpos./ Cada uno tenía la dignidad de sus propios movimientos./ Cada uno descansaba como oro duro y puro./ El cuidado importa mucho./ La ropa es por naturaleza pesada y cae sobre la tierra./ Quería describir la diferencia de las sensaciones./ Con gracia, las cortinas develaban a los ciudadanos cuando las movía el viento./Diseñé todos estos movimientos para pintarlos./ Los cuartos se sentían pacientes, como conceptos./ No me gustaba la soledad y también la buscaba./ He pensado mucho en cómo hacer que mis palabras sean claras en lugar de que sean objetos de ornato.//
Entonces las ventanas estaban tan maduras como los frutos que supuraban azúcar./ La gracia de los cuerpos, que llamamos belleza, nace de los azúcares./ Quería ver si mi cuerpo podía enmendar el espacio./ Narciso, que fue transformado en flor según los poetas, fue el inventor del cambio./ Algunos piensan que el azúcar le da forma al alma./ Estaba sola y hambrienta y era civil./ Me moví verticalmente en el aire dulce./Su simplicidad o complejidad no era la mía.//
Era una tibia tarde de septiembre con emociones feministas./ El movimiento se contrajo./ El aire destruía una capa del futuro./ Todavía éramos arena y grava y losas de concreto./ ¿Cómo podría hablar o quejarme o gritar?/ No tenía deseos de interrumpir sus ceremonias./ Buscaba el adorno de la humedad./ Necesitaba experimentar una fluidez radical./ Jugaba juegos romanos, como el amor, y el cambio.//
Era una tibia tarde de septiembre y la ciudad y el cielo eran la misma sustancia./ Pero esa sustancia no era liberadora en sí misma./ Pedía abundancia y variedad./ Me refiero a la generosidad del pensamiento./ Debes imaginar que estaba parada frente a una ventana que me permitía ver todo lo que quería describir./La utopía es tan emocional./Y luego nos acostumbramos a eso./ Terminé este trabajo en Roma Vancouver./ Este es un tratado completamente original.
--crg

Sunday, September 02, 2012

BOGOTÁIGAREMIX
[los textos]



TODOS LOS DEDOS HICIERON CONTACTO CON LA CADERA

Para esta remezcla textual introduje en la lazaruscorporation.com algunos fragmentos de “Teoría del baile”, capítulo de El mal de la taiga, y secciones de Viajes interplanetarios en zepelines, que tendrán lugar el año 2009, de MF Sliger V (Laguna Fantástica, 2011). Medida: cortes de 7 palabras. Trabajo de post-producción.


La envoltura de la atmósfera planetaria: la sutileza
el cuello, las muñecas, el pantalón o las mallas.
Los labios, también, repitiendo:
sudor. El sudor.

Los murmullos habían saltado entre computadoras varias.
El sonido; el sudor.
Seguramente hablaban. Seguramente pareció que entraban
al otro mundo. La luz baja que tocaba, primero
la punta del cuándo, las ganas
de orinar eran muchas. Habían bailado
sí. Juntos.
A la par, habían.

Esto es local.

Seguramente se encontraron desde inicios del invierno
hasta mediados de la mujer y del hombre.
Las notas de la actividad eran sumamente lentas, casi
tocaba, al mismo tiempo, las paredes
las quiénes somos, o cómo.

Sus sitios: se preparaban para salir del cuándo.

Tomar las decisiones más fuertes o tomar esos meses.
Decía esto en voz baja:
¿La había tomado él del codo para estaño, para peltre?

Ninguno de esos mí. Ninguno de esos tú.

La colosal línea de dirigibles. La alguien
dijo que al abrir las ventanas de lo imperceptible.
Sabía bailar: habían vivido 
aquí, sí
desde el vacío, entre
los planetas hermanos. 

El cuándo lanzó su mano hacia la mano.

El deleite de los cielos claros y el sol
¡algunos medían como cuarenta superficies!
De la mesa, las cucharas: lo ciertamente bello
llevarla de la pista de baile hacia alguno
de esos momentos: nadie en realidad sabe
¿iban creciendo en número y en sí mismo?

Seguramente miraron el hielo, seguramente los raros
arbolillos sin raíces, los tantos.

Nadie sabe, ¿habrá radiante?
¿habrá plantas alrededor nuestro
sudorosas? Y cuando todos regresen a.

Sabía que era más joven que ella y que Alvión era
un tipo nuevo de barco lleno de humo
una pista de baile, la superficie de la melodía.

Habían movido los sintetizadores, había
dicho el hombre de la costa entre sus piernas y sus brazos.
Su cabello, enredado o no. ¿Su sudor? Aquí,
sin duda, su salida hacia la pista que un músico
hacia la casucha y la noria y la letrina en la noria
para beber o para lavarse, en efecto
hacia ese otro hombre del que sólo estáticos y sorprendidos
del que sin poder ni recuerdo 
las cortinas de lino, la uniformidad 
del tráfico y el orden en el día
el tanque de plantas lentísimas
la cosa pútrida.

Así que aquí.

Dentro del set, sonrientes, distraídos.
Este espacio. Sobre esta cama, aquí
sus objetos no transmitían secreto alguno.
De par en par, la sal
nos ayuda a recordar estribillos, palabras
frases enteras inundándolo todo.
El sudor. Otra vez los pies
en alto, tan aglomerados. 
La espesura.

Salían en las mañanas por agua:
aquel restaurante rodeado de ventanas
ese continuo apilamiento de nubes.
¿Había imaginado esto? ¿Había hecho eso
bailar hasta el final de la flotilla hasta la Tierra,
hasta Marte, o Venus o el verano? Tal vez. 
Así que aquí. Todos los dedos
hicieron contacto con los cadera. Los brazos
en alto; las manos, qué coxis
y sólo después las notas que seguramente caminaban
juntos hacia el así que aquí
había retozado con él, en la terraza
seguramente sí. Seguramente daban
hacia el mar.

Recuerdo la sal. Una risa
nerviosa. Sí, es eso; sí.

Esto es interplanetario: qué cuerpo
la fría superficie de la madera, el olor a mujer
había bailado con él, eso
la letrina y, luego de cerrar la puerta
sin siquiera despedirse, mirándote.

¿Es eso abastecedor?

Alguien lo llama apacible; alguien lo llama
luego entonces o la parte posterior de los muslos
tocaba limpiar el excedente, la materia
fecal, el excremento, las moscas negras.

Seguramente la forma del viento que venía del océano.

Utilizaban el agua de la noria, no
nos podían hacer daño alguno porque su decirlo:
qué decisiones toma.

Las veces, allá abajo, al final del túnel
más densa la arboleda, más denso
el par de las rodillas, el tiempo
telúrico, el autocrático
responsable de la columna vertebral.

Había dedos masculinos, recuerda:
todos los dedos hicieron contacto
con la cadera ¿Había
visto el bosque? Esperaba
suspendida en el aire rancio.
Así que aquí
había vivido la mujer.

En el verano.
Sí.


--crg 

Saturday, September 01, 2012

SEPTIEMBRE

Nos sentamos ya tarde, y vemos desplegarse lentamente a la oscuridad:
Ningún reloj cuenta esto.
Cuando los besos se repiten y los brazos aprietan
No importa dónde está el tiempo.

Es la mitad del verano: las hojas cuelgan enormes y quietas:
Detrás del ojo, una estrella,
Bajo la seda de la muñeca, un mar dice
El tiempo no está en ningún lado.

Permanecemos: las hojas no han medido el verano.
Ningún reloj necesita
Decir que sólo tenemos lo que recordamos:
Los minutos que hacen rodar nuestras cabezas

Como las de los desafortunados rey y reina
Cuando gobierna la muchedumbre insensata:
Y los árboles quietos reflejan sus coronas
En las albercas.

September, Ted Hughes

Traducción al español por crg.


--crg
HOY EN BOGOTÁ


Charla con Marianne Ponsford, directora de la Revista Arcadia

Librería FCE
Centro Cultural García Márquez
Sábado, Septiembre 1, 2012
3:00-4:00pm


#ElMaldelaTaiga: Postales que vienen desde lejos, remezclas de textos in situ, imágenes a punto de levitar, sonidos extraños.

¡Los esperamos!



--crg