Monday, January 19, 2026

TIMBRE: EL PAÍS MÁS SOLO DE LA TIERRA

TIMBRE 

[La Jornada, enero 13 2026]


EL PAÍS MÁS SOLO DE LA TIERRA

 

Creo que fue Truman Capote quien aseguró que, para estar solo o sentirse solo, no había como ir a New York. Lo dijo, si es que lo dijo, un poco después de traicionar la confianza de sus amigas acaudaladas, cuando ellas le declararon la ley del hielo por diseminar sus secretos en público. Años después es posible decir que, para estar solo, estructuralmente solo, no hay como ir a cualquier lugar de Estados Unidos. Excepto por Nueva York, donde el transporte público vuelve necesario sino es que inevitable el contacto con los otros, la mayoría de las ciudades norteamericanas están diseñadas para el aislamiento que producen los automóviles—ya sea avanzando a toda velocidad o atascados en los interminables freeways—y para la ausencia de cualquier forma de vida pública que no sea el consumo. 

José Agustín las retrató bien en esa novela de 1982 que se llamó Ciudades desiertas (existe una versión cinematográfica no del todo lograda bajo el título de Me estás matando Susana, dirigida por Roberto Sneider en el 2016). Cuando Eligio decide dejar la Ciudad de México para ir a buscar a su mujer, quien ha aceptado una beca en un Programa Internacional de Escritores en un lugar que a todas luces es la Universidad de Iowa, el encuentro con el vecino del norte es complejo y estereotípico a la vez. Aunque describe centros urbanos medianos y pueblos pequeños del Medio Oeste, esas ciudades sosas y estériles de tan limpias, vacías de la gente que se repliega en sus trabajos de ocho o más horas y en sus casas en los suburbios, podrían encontrarse en Arizona o Virginia, Oregón o Wyoming. A fines del siglo XX ya eran sitios inhóspitos, regidos por férreas jerarquías de raza y de clase, donde los diferentes, originarios casi todos del así llamado Tercer Mundo, eran recibidos, decía Agustín, para “lucirse mostrándoles las maravillas de la civilización: teléfono instantáneo, cuentas de banco personalizadas”. En el primer cuarto del siglo XXI esa hostilidad primigenia se ha destilado hasta quedar convertida en pura inmisericorde crueldad. 

He vivido ya por algunos años en un barrio de tradición mexicana en el este de Houston. Lo elegimos no solo porque queda cerca de la universidad sino también porque solo ahí era posible escuchar música y aspirar el aroma de carne asada los fines de semana—esas formas de presencia y festejo público que captan el oído y el olfato, no siempre la vista. Desde que iniciaron las operaciones de ICE en 2025, la ciudad más diversa de Estados Unidos se parece cada vez más a las ciudades desiertas de José Agustín. Ya no hay música, ya no hay carnes asadas, y ya nadie atraviesa, en algún arrebato de locura, esas anchísimas calles sin banquetas. Si bien es cierto que la obsesión por el dinero, y la convicción de que el tiempo es dinero, provocó que solo pocos tuvieran la oportunidad o el deseo de “perder el tiempo” visitando amigos o vagabundeando porque sí, el temor justificado a la captura o el secuestro y la desaparición ha dejado a las calles convertidas en páramos sin resguardo. Carentes de sistemas de salud eficientes o asequibles, sin transporte público que facilite la circulación, sin acceso a la educación pública que va desapareciendo indefectiblemente, sin derechos civiles o laborales, el desamparo y la soledad campean por todos lados. No se trata de una soledad sentimental u ontológica, sino estructural y violenta. No hay nadie más desprotegido que un trabajador en los Estados Unidos. 

Ahora que el imperio se desnuda, invadiendo a Venezuela mientras planea incursiones en Colombia, Cuba o México, hay que pensar que este es el mundo que conocen y planean reproducir. De esto hablan cuando se regodean con frases como sueño americano. Por si los últimos crímenes (el homicidio de la poeta Renee Good en Minneapolis, entre otros 30 asesinatos de migrantes todavía sin nombre) no lo han dejado claro, la única libertad que promueve y reconoce el imperio es la del capital y sus secuaces. Para los demás (legales o ilegales, profesionistas o trabajadores, hombres o mujeres, de derecha o de izquierda) solo queda andar con mucha cautela, esconder sus publicaciones de plataformas sociales o WhatsApp, evitar participación alguna en marchas o actos de protesta, y portar sus documentos de identidad en todo momento. Eso y rezar para no toparse en el camino con los matones de ICE. Mientras tanto, ande, siga avisando con anticipación antes de tocar cualquier puerta y asista a esas fiestas de 9:00 a 11:00, puntuales, trayendo, por supuesto, su bebida predilecta. 

A esa soledad estructural, acompañada del bombardeo informático de nuestros días, no se le vence encerrándose en casa, como lo proponía no hace mucho el filósofo coreano Byung-Chul Han. Por el contrario, hay que salir a la calle, tomar el camión o metro o Metrobús, participar de y apoyar a las escuelas públicas, juntarnos y confabular con otros, fiestear de lo lindo y hasta que el cuerpo aguante, encontrarnos al fin, y mientras podamos, en nuestra diferencia y en nuestra solidaridad y en nuestro deseo. Escribir no es soledad. Vivir tampoco. 


--crg

TIMBRE: DÍA DE CAMPO

 TIMBRE

 [La Jornada, diciembre 30 2025]


DÍA DE CAMPO

 

 

He dedicado buena parte del 2025 a cuidar u organizar el cuidado de mi madre, que tiene 82 años. Se trata de una tarea ardua, históricamente impuesta o asumida por las mujeres de la casa, que poco a poco va ocupando todo el tiempo. Hay que ponerle atención a cada detalle: los alimentos, el ejercicio, las actividades manuales, la higiene, la diversión, los medicamentos. Quien ha cuidado a un ser amado sabe que no hay descanso, ni físico ni mental: cualquier momento puede ser un momento de peligro. Está la escalera, con sus peldaños siempre amenazantes; las horas vacías que conducen al aburrimiento y, del aburrimiento, a la zozobra; la televisión con su domesticación insulsa; la melancolía, que brota nada más porque sí. Como mi madre es una mujer sana, autónoma, con un sentido del humor a toda prueba, estas tareas de cuidado no dejan de tener sus muchos momentos de encanto. Su memoria de largo plazo, mucho más firme que la memoria inmediata, nos lleva con frecuencia a un pasado que recuerda con fidelidad. Y ahí resaltan con brillo propio nuestros días de campo. ¿Te acuerdas cuando bastaba con empacar un mantel, unos sándwiches, un termo con café y frascos de agua para pasar un día maravilloso en cualquier lado? 

Le digo que sí, que me acuerdo. 

Era el pasatiempo favorito de una familia sin muchos recursos, pero con grandes deseos de explorar el mundo. Hacíamos días de campo casi en todo sitio, aunque especialmente en las afueras. El día de campo le pertenecía a la intemperie, ese difuso territorio donde la propiedad privada terminaba y todavía no existía bien a bien la propiedad pública. Después de alguna caminata extenuante o luego de zambullirnos en algún río de aguas tranquilas, mi madre sacudía el mantel al aire, y ese ruido áspero y crujiente señalaba que el descanso había iniciado; una especie de recreo, una pausa en todo caso, que interrumpía, o más bien culminaba, la excursión en curso. Retozábamos, así, juntos, a las orillas del río Meoqui, en el estado de Chihuahua; a la vera de cualquier carretera por la que viajábamos por horas enteras; en los recovecos de montañas majestuosas o sobre peñas enormes. 

Las cosas han cambiado. La violencia de la así llamada guerra contra el narco y la productividad demoniaca del neoliberalismo nos han arrebatado tanto el especio como el tiempo. Hacer un día de campo en cualquier carretera mexicana sería hoy en día un ejercicio de alto riesgo, algo francamente descabellado. Las zonas de descanso en las autopistas de los Estados Unidos, tan llenas de reglas y con vigilancia ininterrumpida, no se prestan para la intuitiva experiencia de la comida al aire libre. El genocidio y la crisis climática nos han enseñado a temer los fenómenos del cielo y de la tierra.   

En español se les sigue diciendo días de campo a los picnics, aunque muchas de estas comidas al aire libre no sucedan en el campo estrictamente, sino en parques citadinos, usualmente públicos, cercados por calles bullangeras y el ruido, solo a veces lejano, de los automóviles. Pueden ser lugares encantados, breves interrupciones en una vida cotidiana hecha de prisa e indiferencia, pero en los libros de algunos autores se han convertido también en zonas oscuras y liminales, donde se perpetran crímenes o se expande la orfandad.  En “La continuidad de los parques”, el breve y muy famoso relato de Julio Cortázar, un lector se recarga contra el terciopelo verde de un sillón para continuar con la lectura de una historia en la que una pareja de amantes planea un asesinato desde una cabaña, solo para descubrir—ese lector que somo nosotros—que terminaremos bajo el filo homicida de un puñal. Le debemos una de las descripciones más sombrías de los parques públicos a Leila Slamani, la autora de Canción dulce, la novela en que una niñera a todas luces eficiente y amable asesina a los niños de sus patrones. “Los parques públicos en las tardes de invierno”, escribe. “La llovizna barre las hojas secas. La grava helada se adhiere a las rodillas de los críos. En los bancos, en las alamedas discretas, uno se topa con las personas que nadie quiere ya”. 

Mi madre y yo nos hemos acostumbrado a pasar bastante tiempo en el parque. ¿Somos las dos ahí, juntas, hablando sin parar, desechos del neoliberalismo o desertoras de cualquier régimen mientras yacemos en paz, con gozo, sintiendo el pulsar de la tierra en cada una de nuestras vértebras? 

Al inicio decíamos que íbamos a caminar, como si nuestra costumbre precisara de la justificación del ejercicio. Pero más recientemente hemos regresado a la vieja rutina de nuestros días de campo sin excusa de por medio. Ahora soy yo y no ella la que sacude el mantel al aire, señalando el momento de degustar los alimentos y, luego, de retozar. Ojalá que haya muchos días de campo en su 2026. 

Hay que desertar con frecuencia, como argumentaba Bifo. 



--crg

TIMBRE: MARCIANO

 TIMBRE

 [diciembre 16 2025]


MARCIANO


Podría decirse que Marciano, la nueva novela de Nona Fernández (Chile, 1971), explora la vida de Mauricio Hernández Norambuena, el comandante Ramiro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, una organización revolucionaria fundada en 1983 cuyo objetivo era derrocar al dictador Augusto Pinochet. Pero decir eso, aunque verdadero, sería quedarse muy corto. La escritora visitó al exguerrillero en una cárcel de alta seguridad durante cuatro años, a veces hasta dos veces por mes, y sostuvo con él una serie de conversaciones que constituyen la semilla de este libro que no deja de cuestionarse, antes que todo, si su mera existencia es posible. ¿Podemos, en realidad, contar la vida de alguien? O, como el mismo Mauricio apunta en su primera intervención, “¿Tiene forma la vida? ¿Cabe en una ventana?”. Estamos, pues, ante una interrogante y un enredijo, el que forman las subjetividades y anhelos trenzados de quien escribe y de quien cuenta. Estamos ante un libro a dos. 

En una estructura flexible, con puntos de vista que se acomodan a los ritmos cambiantes del flujo memorioso, Marciano nos acerca a esos años insurrectos en que hombres y mujeres muy jóvenes se entregaron en cuerpo y alma a una causa colectiva, sin la promesa de satisfacciones inmediatas. Evitando cualquier tipo de estereotipo edulcorado (hasta el final Nona sostiene una posición crítica frente a los secuestros que llevó a cabo la organización para hacerse de fondos, por ejemplo), la escritora se vale de al menos tres estrategias que merecen atención cuando, para escribir libros propios, se recurre al recuerdo y la experiencia de otros (¿y cuándo no se recurre a materiales ajenos para escribir libros propios?). 

Está, por una parte, la pregunta a la vez formal y ética acerca de la pertinencia de “contarlo todo”. Escribe Nona citando a Mauricio: “Y es que no siempre el recuerdo es bueno. Creo que hay un límite en eso. No podemos escudriñarlo todo. Hay pedazos de memoria que está bien que se pierdan para que no sigan incomodando para siempre”. Y luego, en otra sección, a través de la voz de la hermana de Rodrigo, un guerrillero asesinado en Queñes: “No voy a comentarte lo que dicen los reportes de la autopsia”. Este titubeo que resiste el morbo, la revictimización y el asomo de la pornoviolencia nos obliga a considerar los límites de nuestras incursiones en las experiencias de otros, independientemente de las intenciones.

No solo la memoria es inexacta, moldeada a menudo por las ansias del presente, sino que el archivo es, por naturaleza, incompleto. ¿Y qué se hace cuando se queda uno ahí, al borde del abismo, agarrado apenas de la esquina de un documento o en las afueras de una conversación cerrada ya? La crítica norteamericana Saydia Hartman acuñó el término “fabulación crítica” para describir al ejercicio de la imaginación que, apegado a la labor investigativa, se lanza a crear desde ese hilo del que uno pende cuando desaparecen los papeles o se suprime la memoria personal y/o colectiva. En este sentido, asegura Marciano: “Las respuestas que no tiene el recuerdo las tiene la imaginación”. Pero tanto Mauricio como Nona arriesgan más: “O más que la imaginación, el deseo”. Así al tratar de recordar esa última noche que pasó con un camarada muy querido, una escena que insiste en escaparse de su memoria, Mauricio se desprende de la imaginación y se agarra del deseo para decir: “Aunque me acuerde poco, deseo muchas cosas para esa noche que tuvimos… deseo leerle algo. Deseo hacerlo despacito, a un volumen bajo, porque deseo que cuando los primeros rayos del sol entren desde el bosque por la ventana, y su cuerpo empiece a deshacerse con el chillido de los pájaros en el claroscuro, mi lectura lo acune, lo abrace, lo acompañe, le haga más fácil, por lo menos esta vez, el tránsito a la muerte”. 

La memoria no solo es humana. En Marciano, el paisaje y los escombros recuerdan. Es en la voz de Carla, la hermana del guerrillero asesinado cerca de Queñes, que esta vibración memoriosa de la materia surge con una fuerza descomunal. Ella se ha empeñado en poner su pie sobre las veredas que recorrió su hermano justo antes del crimen. En una prosa vuelta carne, detallista hasta el extremo, Carla describe cómo el dolor le va inundando el cuerpo centímetro a centímetro, y cómo atraviesa la piel y habita sus huesos hasta confundirse con sus fluidos y sus moléculas. “Y lo único que pude hacer en este sitio abandonado, tan abandonado como estaba yo desde la muerte de mi hermano, fue llorar ese dolor sin conseguir con esto liberarme de él…Todo ese dolor que las ruinas siguen hospedando”. 

Tal como lo anuncia el epígrafe de Ursula K LeGuinn, a Nona Fernández le gustan las novelas porque contienen personas, no héroes. Mauricio y sus camaradas, jóvenes todos, son personas complejas, contradictorias, llenas de claroscuros. Y así arriban hoy a un Chile que parece empeñado en traer de regreso a las fuerzas autoritarias contra las que lucharon. Tal vez Mauricio tiene razón cuando dice que “exigirle a los más jóvenes la misma pasión mística que tuvimos nosotros, no está bien. Otros tiempos. Otra generación”. 

Tal vez no. 


--crg