Saturday, February 14, 2026

BABELIA: SEGUIMOS AQUÍ: ANTES Y DESPUÉS DE BAD BUNNY

BABELIA  


SEGUIMOS AQUÍ: ANTES Y DESPUÉS DE BAD BUNNY

 

 [El País, Febrero 14, 2026]


Cada fin de semana había carnes asadas. Casi todas ocurrían en la parte posterior de las casas, las famosas backyards que obligaron a gran parte de los norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX a dirigir la mirada y la alegría hacia adentro, y no hacia fuera, por medio del porche. Aun así, el aroma y el sonido no reconocen fronteras. La música norteña, los gritos de los niños, las carcajadas, y hasta los cuchicheos se saltaban las bardas, metiéndose en la estructura misma del barrio: los calles y los puentes, las ciclopistas y los bayous, las tienditas de la esquina. Los olores a especies simples y a carbón ardiente se encaramaban al cielo y luego descendían, colgándose de las frondas de los encinos y las magnolias para anunciar que la rigurosa semana de trabajo había quedado atrás y se aproximaba, exuberante y menor al mismo tiempo, jacarandosa y puntual, la fiesta.  

Todo eso desapareció este año.   

Para calibrar el impacto del concierto de Bad Bunny habría que hacer una pausa y escuchar con nitidez el peso ensordecedor de ese silencio en el barrio. El miedo primero y la precaución después nos han conminado a cerrar las puertas y espiar por las mirillas. El terror, cuyo objetivo inmediato es paralizarnos y dejarnos sin lenguaje, ha cumplido su tarea con eficacia, forzándonos a un esmero inusual en la selección del vocabulario. Incluso la mirada ha tenido que entrenarse para reconocer de lejos la amenaza, que se aproxima. El énfasis en la fiesta y la alegría que produce, en el baile y la carga erótica del roce de los cuerpos, en los nombres que nos nombran y por los cuales nos reconocemos, no es una cosa menor cuando la política pública insiste en borrarnos a nosotros en el presente y a nuestros ancestros en el pasado y nuestro legado en el porvenir. Poco importa que el término América Latina sea otra maquinación colonialista europea cuando los que nos reconocemos como Latinos o Latines o Latinx en Estados Unidos sabemos que, juntos, conformamos el sustento laboral y cultural de este país de migrantes. Poco importa si la hipersexualización de los cuerpos y los puestos de tacos y los negocios para arreglarse las uñas y el niño que duerme sobre las sillas mientras la fiesta no ceja constituyen estereotipos que refuerzan papeles subalternos en la gran noche capitalista si es justo así, justo ahí, donde también ocurre la subversión cotidiana de donde sale la gasolina, dame más gasolina, para continuar. 

Pero el concierto de Bad Bunny, tan portentoso como ha sido, no se llevó a cabo aisladamente ni en un vacío social. El miedo, que con toda justificación nos ha orillado al silencio y a la invisibilización forzada, también ha dado cauce a distintas formas de resistencia, unas más vistosas que otras. Ese mensaje de empatía radical (solo el amor es más poderoso que el odio) con que cerró el Super Tazón se diseminó a gran velocidad a través de la red política y emotiva que han ido construyendo históricamente distintos movimientos sociales, más recientemente las protestas en las calles gélidas de Mineápolis. Todos los hemos visto insistir una y otra vez a pesar de las bajas temperaturas y los gases lacrimógenos: es nuestro barrio, son nuestros vecinos, somos nosotros mismos. Y la utilización de ese primer pronombre del plural no es una cosa menor en una sociedad adiestrada en el más descarnado individualismo. Pero hay más, tanto en Mineápolis como en otros sitios: los que llevan comida a los que no pueden salir de casa, los que entretienen a niños encerrados por temporadas largas, los que cuelgan banderas mexicanas en las defensas de sus camionetas para distraer al enemigo. Cada gesto cuenta, y eso bien lo saben los escuadrones de la muerte que se dan a la tarea de perseguirlos sin cuartel. 

Bad Bunny cantó en español, sin subtítulos y con orgullo, provocando el enojo de algunos y conmoviéndonos hasta las lágrimas a tantos. Pero hay que recordar que la lucha lingüística por el español no es cosa nueva tampoco. El español, que al sur del Río Bravo ha sido sin duda una lengua del imperio, amparada por el Estado y protegida por su ejército, como dicen los lingüistas, se ha convertido en una herramienta de resistencia material y cultural al cruzar la frontera en los cuerpos y la memoria colectiva de tantos migrantes. Los poderosos quieren denigrarla, llamándola una lengua de trabajo o una lengua de segunda, pero los casi 60 millones de hablantes que la practicamos a diario en las entrañas del imperio sabemos que, además de ser orgullosamente una lengua de trabajo, es la energía comunitaria con la que producimos e imaginamos otras ciudades, otros mundos, otras maneras de seguir aquí. Por eso es la lengua con la que cantamos. 

Y también es la lengua con la que escribimos y publicamos. De entre las numerosas editoriales que han apoyado la producción literaria en español, rescato a la más longeva: Arte Público Press, que a través de proyectos de investigación no solo han rescatado autores de entre las páginas polvosas de los periódicos antiguos, sino que publican a autores que se mueven entre el inglés y el español para audiencias infantiles, juveniles y de adultos. La existencia de programas de escritura creativa en español ha sido fundamental en el pasado y lo será en el futuro. Desde Iowa hasta El Paso, pasando por la Universidad de Houston, estos programas nos recuerdan que el español es un idioma vivo, mutante, alerta, en el que se reta el límite de lo imaginable, que es también el límite de lo posible. Ahí se formaron escritores ahora reconocidos como Yuri Herrera, y autoras que apenas salen a dar la batalla, como Natalia Trigo, cuya primera novela, El fin del verano, aparecerá pronto en España con la editorial Almadía, o como Raquel Abend, cuya novela Bloat, aparecerá primero en la traducción al inglés de Lizzie Davies, con Graywolf Press. Ambas graduadas de nuestro programa en Houston.  

Sería muy difícil entender el origen de la crueldad de las políticas migratorias ahora en acción en los Estados Unidos sin el trabajo y la escritura de Jason de León, el antropólogo de origen mexicano-filipino que trabaja en UCLA y ha publicado libros audaces y conmovedores como Land of Open Graves: Living and Dying on the Migrant Trail (2015) y Soldiers and Kings: Survival and Hope in the World of Human Smuggling (2024), por los que se ha hecho acreedor a, entre otros, el National Book Award y la prestigiosa beca MacArthur. Con base en los modos de investigación de la etnografía, la arqueología y la ciencia forense, De León ha mostrado cómo el gobierno de los Estados Unidos convirtió al territorio en un arma militar capaz de hacer el trabajo sucio de la necropolítica a través de medidas como la “Prevention Through Deterrance” (Prevención por disuasión), que forzó a muchos migrantes a cruzar la frontera por el lado más peligroso del Desierto de Sonora en Arizona, donde tantos perdieron sus vidas. Con el mismo cuidado de investigación y una escritura similarmente poderosa, De León examinó después la vida cotidiana de los coyotes fronterizos, piezas fundamentales en el tráfico de personas que aqueja la migración de hoy. 

La lista de los autores que trabajan desde y con el español en los Estados Unidos es ya larga y bien conocida. De Edmundo Paz Soldán y Liliana Colanzi en Cornell, hasta la legendaria autora y cantante dominicana Rita Indiana en Nueva York, pasando por Nadia Villafuerte en San Diego, Giovanna Rivero en Iowa, entre muchos otros. Menos conocidos, pero igualmente fundamentales son los escritores y activistas que, viniendo de orígenes bilingües entre el inglés y el español, publican en inglés primordialmente, sin olvidar, o entretejiendo, el español y su carga crítica en sus escritos y posturas públicas. 

En la gran tradición del memoir personal, en la que se fincó mucho de la segunda gran ola de escritura latine en Estados Unidos, deben contarse a trabajos tan relevantes como Dreaming in Cuban de Cristina García o el estallido editorial que representó House on Mango Street, de la Mexicoamericana Sandra Cisneros. De esa energía han brotado después, libros tan populares como I´m not you Perfect Mexican Daughter de Erick SánchezThe Distance Between Us de Reina Grande, e incluso ese estremecedor libro que es Soilto, de Javier Zamora, el poeta salvadoreño-amaricano que cruzó la frontera, en efecto, solito para alcanzar a sus padres en suelo norteamericano.  

Más recientemente, en #TheNewLatinoBoom: Cartografía de la narrativa en español en los Estados Unidos, la escritora y crítica Naida Saavedra ha dado cuenta de la profusa producción de escritura en español en ciudades como Chicago, Miami y New York (aunque fácilmente pudo también haber incluido a Los Ángeles o Houston) a lo largo del siglo XXI. Ahí no solo se muestra el trabajo creativo de autoras tan distintas como María Minguez, Gisela Heffes, Keyla Valle de la Ville, o Ana Merino, por mencionar a algunas, sino también el compromiso infatigable de editoriales como Suburbano en Miami, o Sudaquia en Nueva York, o revistas como Nagari Magazine, que llevan a cabo el duro trabajo de distribuir y alcanzar al gran público. 

Hay autores que escriben en inglés pero desde o con el español. Cuento aquí a poetas y cronistas fundamentales, como Raquel Gutiérrez, una losangelina de orígenes salvadoreños y mexicanos que publicó hace no mucho Brown Neon, una colección de ensayos personales que explora su desarrollo en comunidades LGTBQ de la ciudad mexicana más grande fuera de México. Vanessa Angélica Villarreal es del Valley, como se le llama a esa región transfronteriza que involucra al norte de Tamaulipas y al sur de Texas, y escribe poesía experimental (Beast Meridian) y ensayos imaginativos y provocadores (Magical Realism. Essays on Music, Memory, Fantasy and Borders) desde los Ángeles. El trabajo del poeta y traductor Daniel Borzutzky es imprescindible y estremecedor. The Performance of Becoming Human, el libro de poesía con el que ganó el National Book Award en 2016, explora la violencia estatal y sus efectos tanto en la ciudadanía como en el lenguaje. Temas similares toman su lugar en The Murmuring Grief of the Americas, publicada en agosto de 2024, y que bien podría servir de guía para entender el presente aterrador hoy. Su traducción de Valdivia, del poeta chileno Galo Ghigliotto, le valió también el National Translation Award en 2017. Mis colegas en la Universidad de Houston, Roberto Tejada, poeta y ensayista sin par, así como la traductora y poeta Stalina Villarreal, entretejen su experiencia en Estados Unidos con una atención vasta y entrañable por el territorio de América Latina y los retos que provoca en la política y en la imaginación. Tejada publicó Carbonate of Cooper en 2025, un libro que conjunta poesía y fotografía, y el lenguaje de los minerales de la región fronteriza entre México y Estados Unidos, para explorar procesos de migración, extracción, y vigilancia en la zona. En Watcha!, publicado en 2024, Stalina Villarreal nos introduce a una larga saga de arte indígena, latinoamericano y latine a través de un lenguaje afilado y fotografías personales. 

Así como hay un antes de Bad Bunny hay, también, un después. Y ambos son hondos y amplios. No todo se queda en el efecto mediático (sí, capitalista), que conmueve en su intensa brevedad. Sobre los hombros de tantos que nos preceden, se yergue el trabajo de activistas culturales de hoy. Un buen porcentaje de los escritores Latines llevan a cabo su labor escritural fuera de la torre de marfil de la tan manoseada inutilidad del arte, y en conjunto con distintas formas de conexión con la comunidad. Hay muchos profesores entre nosotros, insistiendo en transformar los programas de estudio para admitir las voces y energías de comunidades minorizadas de nuestro medio. Hay proyectos autónomos que florecen en contacto con universidades, como es el caso del Macondo Writers Workshop, la Fundación Macondo que estableció la escritora Sandra Cisneros en 1995. En formatos horizontales, nunca separados de la fiesta, los talleres de Macondo convocan a escritores comprometidos con la justicia social, especialmente aquellos que interrogan tanto a las fronteras geopolíticas como a las formales de nuestro quehacer. La reunión es cada año en San Antonio, y hay becas. Adriana Pacheco tiene años ya trabajando en lo que al inicio fue un Podcast y ahora es un proyecto mucho más amplio que incluye apoyo a la traducción y distribución de libros en español en los Estados Unidos. En efecto, Hablemos escritoras se ha convertido en un lugar indispensable para conocer la producción literaria de mujeres en este país. 

La lista es larga y podría seguir, pero sirvan estos ejemplos para confirmar lo que dijo Bad Bunny al hacer el recuento de cada país amparado bajo el nombre de América: Seguimos aquí. Hemos estado aquí antes de todo esto, antes del genocidio y antes de las guerras, antes de los desplazamientos forzados y el encarcelamiento, antes de la amputación del territorio, antes, mucho antes, de la ocupación militar de ciudades enteras. Hemos estado aquí en la perseverancia también, en el trabajo diario, en la liberadora alegría de la fiesta, en el hallazgo mutuo, y en el disenso, claro que sí. 

Y, cuando esta noche capitalista haya concluido, no tengan la menor duda de que seguiremos aquí. 

 

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TIMBRE: QUE SEA INVIERNO ABSOLUTAMENTE

 TIMBRE


QUE SEA INVIERNO ABSOLUTAMENTE

 

[La Jornada, Febrero 10, 2026]

 

Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo. La Casa Blanca nos bombardea sin piedad, exigiendo una atención que, a decir de Simone Weil, cuando es pura y sin mezcla se vuelve una oración. Nada más lejos que el acto de rezar estos días. No tengo tiempo de leer las tres millones de páginas de los papeles de Epstein que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos ha liberado, con un mes de retraso, este 30 de enero del 2026. Tampoco me puedo evadir de ellas, siniestras y nauseabundas como son. ¿Dónde quedó Maduro, por cierto? ¿Existe Groenlandia? No dejemos nunca de insistir en Palestina. En una reunión, hace no mucho, uno de los comensales aseguró que era adicto al presente. Lo decía como si se tratara de una virtud. Entre una cosa y otra, yo he resuelto leer poemas al azar, como si mi destino y el de la humanidad se escondiera en algunos de sus encabalgamientos más oscuros, y escribir textos que no voy a publicar. 

Decía Virginia Wolf que ser inédito era un estado de gracia. Seguramente esas no fueron sus palabras exactas, pero el mensaje que recuerdo de algún ensayo luminoso era que la libertad más cierta de la escritora se hallaba justo antes del primer libro. Contraria a la prisa que carcome a tantos autores, la Wolf recomendaba alargar esta etapa a toda costa, asegurando que, una vez atravesado el umbral de la publicación, ya no habría manera de volver a escribir un texto sin o fuera de expectativa alguna. El reto es siempre, cada vez, escribir un primer libro. Tal vez sea por eso que, en estos días de azoro y confusión, de rabia y de disenso, escribo incansablemente y con ahínco para no publicar nada. 

Espero que mis editores no estén leyendo esto. 

No puedo abundar mucho, por razones obvias. Pero estoy segura de que mi decisión de no publicar estos textos que dominan buena parte de mis mañanas no se relaciona a sus temas, puesto que no abordo ahí asuntos prohibidos o inconvenientes (¿y qué podría resultar inconveniente en una época dominada por las narrativas pedófilas de los billonarios?) que deban resguardarse, timoratos o pudorosos, de las miradas ajenas. Tampoco es que sean textos desaliñados que no merezcan lectura alguna, puesto que dedico bastante tiempo a su revisión. Finalmente, no es un acto de autocensura. 

Recuerdo que Alberto Giacometti, el escultor suizo que se mudó muy joven a Paris, estableciendo su taller en el número 46 de la calle Hippolyte Maindrom, en el barrio de Alesia, enterró algunas de sus estatuas en el patio interior de su estudio para protegerlas de los Nazis durante la segunda guerra mundial. Jean Genet vio en este gesto la posibilidad de un arte radical, ajeno a la circulación comercial que en lugar de dirigirse al pasado o al futuro, y mucho menos a la eternidad, se abocaba al “gran pueblo de los muertos”. Solo hay que recordar que Giacometti desenterró las esculturas cuando regresó a Francia una vez terminada la guerra. La idea, sin embargo, es seductora. Me gustaría pensar que, al final, imprimiré esas páginas y las ataré con un listón de seda antes de enterrarlas en un sitio del que nunca hablaré. Será una ceremonia solitaria, realizada nada más para proteger el escrito de la violencia circundante y alejarlo tanto como sea posible de los canales de circulación del daño. Sabemos, junto con el narrador francés Antoine Volodine, que el enemigo también merodea entre los lectores con su turbia mirada distante.

Tampoco es que sea una idea nueva. En el 2014, en lo que podría ser denominado un proyecto de postergación que disiente del presente, la artista escocesa Katie Peterson, en conjunto con la Biblioteca Pública de Oslo, echó a andar “La biblioteca del futuro”, una iniciativa que se propone salvaguardar 100 manuscritos de autores reconocidos en la Sala del Silencio, ese espacio alucinante, hecho de madera y vidrio, donde permanecerán sin ser leídos o publicados por 90 años. Eso, entre otras cosas, es alargar el tiempo y apostar por el futuro, tal vez la más tentativa de las conjugaciones verbales hoy. Más un rechazo que una prórroga. Tal vez las dos. 

El poema de líneas alucinantes que leí hace rato, en el substack que mantiene la poeta y traductora Robin Myers, es de la poeta tunecina-americana Leila Chatti. Que sea testigo. Lobo. Mordedura de escarcha, finura brutal. / Que sea asombro. Brevemente. Bruma—que se retuerza hacia el sol. / Que el invierno aniquile, pero dulcemente. Si aúlla, que aúlle. / Que sea atroz, agridulce, sublime. El título del poema es: Si ha de ser invierno, que sea invierno absolutamente. La traducción es mía. 


--crg

 

 

 

 

Tuesday, February 03, 2026

TIMBRE: ¿CÓMO ESCRIBIMOS AHORA?

 TIMBRE

¿CÓMO ESCRIBIMOS AHORA? 

 

[Martes, 27 de enero 2026]


Sabíamos ya que estábamos en la era de la posverdad—esa en la que para convencer a la opinión pública valen más las emociones intensas y las creencias personales que los hechos y sus registros—pero pocas cosas lo han dejado tan en claro como las posiciones de las más altas esferas estadounidenses respecto al material visual que dio a conocer el asesinato de la poeta Renee Good, ocurrido el 7 de enero a manos del agente de ICE Jonathan Ross, y la ejecución de Alex Pretti, enfermero, ocurrida el 24 de enero, ambos en Mineápolis, este terrible 2026. Pronto después de primer crimen, sin investigación alguna de por medio, tanto el presidente como su secretaria de seguridad describieron como reales y objetivas conductas que no aparecían en los videos, creando un abismo así entre el hecho, su registro, y la interpretación del mismo. Además, se dieron a la presurosa tarea de producir narrativas que, amparadas por su poder de facto (tienen acceso a los códigos nucleares), los exhibían como terroristas domésticos, transformando a las víctimas en victimarios y a los perpetradores en víctimas. En unos segundos, y esto es lo que estoy tratando de argumentar aquí, las autoridades norteamericanas pusieron en entredicho las bases mismas de la no ficción contemporánea, dándole un espaldarazo a la ficción. 

Alguna vez el escritor noruego Karl Ove Knausgaard aseguró que, en un mundo dominado por la ficción, poco valor podría tener la ficción literaria. Josefina Ludmer, la teórica argentina, adujo que, en un contexto que fusionaba la realidad y la ficción en algo que llamaba aptamente la realidadficción, el valor de una obra radicaba en su capacidad de producir presente. Inquietudes de este tipo impulsaron y legitimaron en las últimas décadas el creciente predominio de distintas formas de la no ficción—desde el ensayo hasta el reportaje creativo, desde la crónica hasta la autoficción—a las que unía un aducido acceso singular y poderoso a los hechos todavía conocidos como reales. ¿Pueden los escritores de no ficción salir indemnes del petulante ataque que lanza la cabeza del imperio contra el triángulo que forman los hechos, sus registros y la interpretación, fundación básica de su quehacer? ¿Deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a la elaboración de ficciones más intensas y vertiginosas y valientes, capaces de contraponerse a la maligna imaginación imperial? Después de todo, hasta Knausgaard mismo regresó al ejercicio de la ficción. 

Entra la ficción especulativa. El escritor mexicano Alberto Chimal argumentaba de manera convincente ya hace algunos años que lo que hace falta en estos tiempos de cambios vertiginosos, regidos por la aceleración de la devastación capitalista, es el mexafuturismo, una forma de la ficción especulativa que imagina un futuro distinto o en franca oposición a los designios del colonialismo y el patriarcado que han afectado históricamente a América Latina. Hace más poco aún, refrendó esta convicción con un artículo en la revista Literal en el que propone una literatura “que podría incorporar también una faceta de resistencia más inmediata, de imaginación contra lo más atroz y vulgar del poder realmente existente que se encuentra sobre nosotros.” Y, aunque encuentra “pistas de cómo hacerlo” en “las primeras literaturas especulativas de autentica resistencia contra el capitalismo extractivo contemporáneo”, como las obras de Joanna Russ y Angelica Gorodischer, William Gibson o Miguel Angel Manrique, también incluye autoras contemporáneas como Gabriela Damián Miravete, Andrea Chapela, Fernanda Trías, y Maileis González. 

Entran los manifestantes, insistiendo en la documentación de los hechos. A pesar del designio imperial, los hombres y mujeres que han tomado las calles de Mineápolis para defender a sus comunidades insisten en producir registros visuales y auditivos de los hechos. Cámara en mano, se desviven por grabar escenas de tortura y saña con tal de dejar evidencia para que, en un futuro, cuando todo esto haya terminado, dicen optimistamente, se pueda conocer la verdad. Documentémoslo todo, rezan algunas de sus arengas. ¿Se ciñen estos manifestantes a regímenes ya caducos de verdad o apuestan todos ellos por un futuro que, a falta de otro vocablo, bien podríamos denominar como la pos-posverdad?

Las posibilidades son muchas y las urgencias también. ¿Pero podríamos, me pregunto, hacer las dos cosas a la vez: apelar al registro de los hechos, ya sea en forma análoga o digital, mientras desatamos una forma de la especulación capaz de cuestionar y subvertir a la ficción oficialista? ¿Será posible, quiero decir, una no ficción especulativa?  

La crítica norteamericana Saidya Hartman acuñó el concepto de fabulación crítica como una forma de contra-archivo, o más-allá-del-archivo, capaz de imaginar, y así compensar, lo que el relato oficial borró u ocultó o expurgó del mismo. Ocluir es el verbo. Obliterar. Se trata de una estrategia de reparación que, reconociendo el límite del archivo y colocándose, de hecho, sobre su mismo borde, subraya la capacidad de la imaginación para tender puentes hacia el pasado. Nada impide, por supuesto, que tales puentes puedan dirigirse al futuro, o mejor aún: al subjuntivo, es decir, a la posibilidad, siempre palpitante. Nada impide saltar de esos documentos, en los que a decir de Walter Benjamin no nada más queda huella de un acontecer sino también de una viabilidad solo en apariencia caduca, hacia un porvenir otro, capaz de contradecir y subvertir las narrativas del imperio.   


--crg