[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Tal vez las mejores evidencias de la hospitalidad de un lugar sean las declaraciones de pertenencia que hacen de cuando en cuando sus fuereños. Imposible saber a ciencia cierta el número de operaciones identitarias que se llevan a cabo en tal proceso de decisión, pero una vez que alguien que “no es de ahí” asume que acaso, que después de todo, que pensándolo bien “sí es de ahí” ya no hay camino de retorno. ¿Qué sucedió para que Fernando Covarrubias, mejor conocido en el mundo de la lucha libre como Rubí Gardenia, empezara a decir con toda confianza que, aunque nació en Santiago Ixcuintla, Nayarit, ya también es de Tijuana? Ésa es la pregunta que anduve merodeando mientras Fernando o Rubí, aunque también responde al nombre de Jennifer, personificaba con especial precisión a Raphael o María Félix en una fiesta casera.
Como muchos otros, Fernando dejó su lugar de origen para iniciar una nueva vida en un sitio más propicio. No llegó a Tijuana queriendo cruzar hacia los Estados Unidos. No se quedó en Tijuana porque no tuviera otra alternativa o para esperar mientras podía llegar al lugar de su destino. No. Fernando, como tantos otros, venía a Tijuana porque le dijeron que acá podía ser lo que ella ya era: Jenifer, primero y, luego, con el tiempo, con horas de entrenamiento de la mano misma de Rey Misterio en el gimnasio del Auditorio Municipal, Rubí Gardenia, uno de los luchadores exóticos más reconocidos y más respetados en el medio.
Las ciudades en general, aunque en especial las grandes metrópolis y las ciudades fronterizas, suelen ser un refugio natural para aquellos que buscan una relación distinta con identidades originarias o impuestas. Lejos del coto familiar que todo lo regula o lo vigila con encono, o lejos de los modos que se volvieron por una u otra causa “propios” en los años de la infancia, muchos acuden a las ciudades para volverse otros. El anonimato que aseguran las calles amplias y los empleos oscilantes se vuelve, a veces, un tesoro personal. Algunos hacen tabula rasa del pasado; otros, superponen capas de nuevos hábitos sobre los ya conocidos. Yuxtaposición estelar. Otros más se lanzan a encontrar, o producir, según sea el caso, la persona que quieren ser. Tengo la impresión de que Fernando Covarrubias fue parte de estos últimos.
Luego de años de sobrevivencia llevando a cabo trabajos varios en el amplísimo mundo de la zona roja de Tijuana, Fernando se topó casi por casualidad con el mundo de la lucha libre. Lo impresionaron los reflectores sobre el ring y los aplausos. Lo impresionaron las miradas, las carcajadas, el cariño que el espectáculo generaba en el público. Lo impresionaron la agilidad de los luchadores, esa manera de arrojar los brazos hacia el cielo en la victoria final. Desde ese momento quiso convertirse en uno de ellos. El mejor, de ser posible. Cualquiera que haya presenciado sus peleas sabe que, en el proceso de vencer a sus contrincantes más señeros, Rubí Gardenia pone a funcionar a su favor toda una serie de miedos de género. En efecto, cuando un luchador inmoviliza a Rubí con alguna llave sofisticada, no es raro que el luchador exótico subvierta la situación de poder espetándole, por ejemplo, un beso en plena boca. Tampoco es inusual que Rubí Gardenia despiste a sus contrincantes ofreciéndoles su trasero cuando éstos se aproximan a toda prisa, y con intenciones acaso letales, a través del ring. En todo caso, la singularidad de su rutina y la presencia carismática de su personaje sin duda han tenido mucho que ver con contrataciones no sólo en esta ciudad fronteriza sino en arenas tanto de México como de los Estados Unidos.
Las luchas de Fernando Covarrubias no se quedan ahí. Al tanto de que la vida en el ring suele ser más bien corta, Fernando ha optado también por prepararse de otras maneras para enfrentar su futuro. Luego de años de estudios tanto a nivel preparatoria como de universidad, Rubí Gardenia a punto está de obtener su licenciatura en pedagogía. Todavía no sabe bien a bien cómo le hará para compaginar los duros entrenamientos y viajes frecuentes de su luchador exótico con un trabajo tal vez más rutinario en el campo de la enseñanza, pero sí sabe que transmitir su experiencia propia y ayudar así a otros forma parte fundamental de su proyecto personal. Y es ahí, precisamente, cuando el fuereño se torna local. El ahí (en ese lugar) fundando el aquí (en este lugar). Uno de las fases más misteriosas de la migración es la transformación del migrante en inmigrante. El momento en que surge el concepto y la práctica de la nueva comunidad. Se trata, sin duda, de un instante gradual. Pero está ahí, ya entero, cuando surge la preocupación por el otro y por lo que sigue. El ustedes vuelto nosotros. El cuidado mutuo.
Ya decía la escritora canadiense Anne Michaels que nadie, en sentido estricto, puede responder de manera individual a la pregunta ¿de dónde eres? Esa es una respuesta que le toca dar al lugar y, en especial, a los otros. Todos los que insisten en llamar a Rubí Gardenia como uno de los luchadores exóticos más exitosos de Tijuana responden esa pregunta de manera colectiva y relacional y, por supuesto, de manera íntima y verdadera.
--crg