[Exposición Colectiva, Centro de las Artes San Agustín Etla, agosto 6, 6:00 pm]
En el taller Cuerpos,
Comunalidades y Textos, compartido durante el verano del 2014 en el Centro de
las Artes de San Agustín Etla, nos
propusimos escribir apegados al cuerpo: en él, a través suyo, en su alrededor
más verídico. Aún más, nos propusimos escribir el cuerpo sin olvidar, justo
como César Calvo en Las tres mitades de
Ino Moxo y Juliana Spahr en Well Then
There Now, que el cuerpo no va solo a ningún lado. Relacionales y
complejos, en un nosotros siempre variable, los cuerpos que nos constituyen y a
los cuales configuramos con nuestro hacer y nuestro decir también le ofrecen
retos a la escritura, transformándola a su paso. Imposible escribir con los
cuerpos sin poner en jaque la distancia consabida de la ficción. Imposible
escribir con los cuerpos dentro de las oraciones intercambiables que los
entumecen o los contraen. Imposible, pues, escribir con el cuerpo apropiadamente:
como materia propia, es decir, meramente individual, o de modo adecuado, es
decir, en estado de domesticación. Por eso esta serie de ejercicios de
escritura—¿y que escritura no es, realmente, un ejercicio de escritura?— es,
también, una manera de enunciar el cuerpo que nos es dado desde la ajenidad del
otro, ya sea desde sus ojos o desde sus máquinas, desde sus manos, en resumen: desde
su afuera. Y es, sin duda, acaso por necesidad, una enunciación hecha
impropiamente, es decir, arriesgadamente, inconvenientemente, extrañamente.
Estamos frente a textos, en
efecto, pero no necesariamente frente a textos urdidos bajo el ojo rector de
las semióticas del intercambio y la equivalencia que tanto convienen a la
circulación del capital. Estamos frente a textos que se desbalagan en su
urdimbre, que despedazan o recrudecen el lenguaje mientras éste se mueve con la
ligereza de este músculo, el peso de aquél cartílago, en la más absoluta de las
calles, o en este pasadizo de la memoria o la imaginación. Estamos frente a textos
que han aceptado, y esto de manera radical, que la escritura se hace en la
mediación a través de la cual el cuerpo impropio, vuelto nuestro, resulta
finalmente tangible, visible, vivible.
Por eso el vuelo del pájaro que
observa el desplazamiento de Andrea Caraballo (Uruguay, 1976) a través de una
ciudad que responde al nombre de Oaxaca de Juárez es, sobre todo, un “Aleteo”:
ese paso a paso, ala a ala, a través del cual un cuerpo toma aliento dentro del
espacio urbano que le da forma. De la intimidad del café a la comunalidad del
mate original, Caraballo yuxtapone los sonidos literales del ave con un mapa
citadino, su colección de lenguaje encontrado con los trazos que colocan a la
ciudad dentro del cuerpo para quedarse ahí. Alrededor de la habitación como una
cenefa o como el medio ambiente mismo, la ciudad del pájaro que aletea nos
envuelve y, en efecto, nos deja adentro. Por eso, también, “Punto y aparte”, la
línea que en realidad es un hilo, acaso incluso el verdadero hilo del destino,
no sólo recrea el recorrido de los pies de Josué Salvador Vásquez Arellanes
(Oaxaca, 1986), sino, sobre todo, el lugar donde los signos de puntuación del
texto indican el momento álgido o tibio de su propia respiración.
Inhalar-exhalar es el nombre del juego. Por eso, para que Daniel Nush (Oaxaca,
1991) pueda relatar en su más mínima precisión la incomodidad de un viaje por
carretera es necesario recurrir al registro vivo de la oralidad y al lenguaje
especializado de la anatomía para elaborar esa serie de fotografías que, en
lugar de imágenes, nos ofrecen oraciones, frases, palabras, puntos. En efecto,
en su “Historia de mi dolor de dedos” hasta el momento de silencio no
intencional de la máquina se vuelve palabra velada, hoyo infinitamente negro.
Por eso en “Recuperación de
archivos de la memoria IMCR SD/MMC SCSI finalizada con éxito”, Andrés Santiago Jiménez
(Madrid, 1989) hace que el lenguaje pase por la mediación maquínica de la
imagen y el sonido, que es el lugar que los contemporáneos le hemos confiado a
la memoria, para producir un trayecto más largo con base en el trayecto de su
cuerpo a través de fronteras geopolíticas y fronteras culturales y, finalmente,
fronteras de género, literarias y no. Que el dedo pulgar tenga que sostener y
soltar las hojas para producir el movimiento de esa memoria sólo nos mantiene
alerta ante el hecho crucial: la memoria es también un hacer del nosotros o,
mejor dicho, un nosotros en el momento justo de nuestro hacer. Y algo similar
habremos de hacer para explorar las marcas que la así llamada alta cultura y la
cultura popular se han dejado en sus propias materialidades. Para experimentar
en carne propia el recorrido que Rafael Valencia (Málaga, 1988) emprende en
taxi desde la orilla de la ciudad al sitio que denomina temporalmente como su
hogar, hemos de abrir las páginas de un libro muy prestigioso y muy antiguo—a
Madame Bovary, nada más y nada menos—sólo para descubrir en su interior ese
otro lenguaje que, con suerte, no sólo será una sorpresa sino también un modo
de sorprenderse ante la transparencia de una de las muchas jerarquías que nos
conciernen y nos flagelan. Del sonido que reproduce un auricular a la letra
que, íntegra, se gesta y se reproduce dentro de otra letra, el recorrido puede
suceder, en efecto, en cualquier sitio de la tierra. “It could happen
anywhere”, ciertamente, y que suceda en inglés en un contexto compartido de
modo desigual por el español y el zapoteco y el mixteco y el mixe, entre otras
tantas lenguas, sólo atestigua lo que han dicho tantos otros, pero que Maurizio
Lazzarato dice así respecto al surgimiento de una lengua nacional: ““el
establecimiento de un lenguaje y de un sistema dominante de significación es
siempre una operación política antes de ser una operación lingüística o
semántica” (Signs and Machines, 68).
Tanto Dulce Hemilse Hernández
Matías (Oaxaca, 1989) como Rafael Alfonso (Oaxaca, 1973) saben que recorrer la
ciudad es, también, recorrer sus adentros. No es casual que ambos hayan elegido
el mercado y el supermercado respectivamente para colocar a sus cuerpos en el
centro mismo del intercambio cotidiano del que depende nuestro sustento.
Mientras que Alonso transforma a su
propio cuerpo en la máquina de percepción que registra los movimientos y los
sonidos de otros en los pasillos lustrosos del supermercado moderno, Hernández
Matías opta por seguir, y al seguir inventar, el punto de vista de un perro
callejero en su paso por el laberinto de un mercado público. El silencio y el
bullicio, la claridad del piso y el accidente que quiebra el hueso, los precios,
las gradaciones de luz: todos indicadores de las marcas de clase y de etnicidad
que constituyen nuestros mapas de todos los días. La precariedad y el
hiperconsumo encarnados en la subjetividad encontrada del humano y del
no-humano a través de la misma ciudad.
Pero el cuerpo no siempre avanza
gozoso o autónomo por el entorno urbano. No siempre estamos, como lo querían
los Situacionistas del siglo XX, en una deriva que bien puede ser una
liberación. A veces, uno se pierde sin dirección, en efecto, pero empieza a
temblar de espanto. A veces, uno se desorienta y cae paralizado ante la
inminencia del horror. El cuerpo también cae, eso quiero decir. Roto a la mitad
o destrozado en múltiples partes, el cuerpo también es atravesado por la
enfermedad o la violencia. Estamos en el hoy. Estamos en el aquí. El cuerpo es
atravesado por las palabras que son también, a veces, armas punzantes y
máquinas de destrucción. Y que pueden constituir, en otras veces, una curaduría
en el sentido más amplio de la palabra: una elección y una manera de sanar. Y
esto es lo que nos recuerdan Eduardo Gijón (Oaxaca, 1986), Iris Marcela López
Díaz (Oaxaca, 1981) y Mariel González Torres (México, 1988). Enmarcado en un
collage que yuxtapone secciones internas del cuerpo, “El derrape de córnea” de
Gijón comparte un recorrido en el que confluyen tanto el lenguaje de la materia
como los ritmos de eso que no hay que temer en denominar como el espíritu. En
horizontal, como le corresponde al cuerpo cuando descansa o cesa, sobre la mesa
de la ingesta o del quehacer cotidiano, este cuerpo incita a la auscultación o
el diagnóstico. López Díaz, por su parte, quiere que la palabra palpite con la
misma intensidad que la presión de la sangre. Si en tantas fotografías tamaño
infantil se confina ese dar la cara que constituye uno de los enigmas de
nuestra identidad, ahí mismo, en ese mismo formato, López Díaz encierra los
signos de la “Presión Marterial” que, sin duda, nos distinguen tanto como las
huellas dactilares o el tono de la voz. En la salud y en la enfermedad, en
efecto, ahí también somos con los otros y entre nosotros. No hay escapatoria.
González Torres, por su parte, no nos deja olvidar que toda deriva carga en la
bastilla el polvo inmundo del terror. Cuando la foránea se baja del autobús y
empieza a recorrer el sitio que desconoce, la curiosidad puede ser del mismo
tamaño que la ansiedad. ¿Terminaré aquí? ¿Cesaré ahora mismo? Estamos en el
aquí, sí. Vamos junto a su cuerpo que se detiene en esta esquina, en aquella
vereda, frente a estas personas. Aquí están las cifras—equidistantes,
discretas, oficialmente anónimas—que tenemos que ver frente a frente,
sostenidos apenas por los hilos de la realidad en el medio mismo del aire, si
queremos avanzar por la habitación donde han quedado las señas de los cuerpos
que, como Lázaros de hoy, se levantan y andan.
Estamos en el ahora.
Cristina Rivera Garza
Taller de Cuerpos, Comunalidades
y Textos
UCSD/Centro de las Artes San
Agustín