PROBLEMAS DE EDICIÓN
--¿Y qué pasó después?
--Los años.
--Ah!
--crg
Saturday, October 25, 2008
Wednesday, October 22, 2008
FEROZ
Mientras yo escribía sobre el amor, la nación que ha abanderado tanto ideológica como materialmente la desregularización desde su mismo nacimiento nacionalizó una buena porción de sus bancos (imagino la sonrisa enorme de Carlos Marx en el cielo del post-capital ahora mismo), un turista francés con cierta proclividad por el fragmento recibió el premio Nobel, y cuatro cabezas (separadas de sus respectivos cuerpos) llegaron a las oficinas de instituciones de seguridad pública en sendas cajas de cerveza. Y el amor, que es feroz, se puso a caminar sobre el pavimento.
--crg
Mientras yo escribía sobre el amor, la nación que ha abanderado tanto ideológica como materialmente la desregularización desde su mismo nacimiento nacionalizó una buena porción de sus bancos (imagino la sonrisa enorme de Carlos Marx en el cielo del post-capital ahora mismo), un turista francés con cierta proclividad por el fragmento recibió el premio Nobel, y cuatro cabezas (separadas de sus respectivos cuerpos) llegaron a las oficinas de instituciones de seguridad pública en sendas cajas de cerveza. Y el amor, que es feroz, se puso a caminar sobre el pavimento.
--crg
Tuesday, October 21, 2008
LA HISTORIA DEL AMOR II
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección cultura]
Cada que aparece, el amor aparece por primera vez. Tal vez su astucia, la astucia del amor, consista precisamente en eso: en aparecer en repetidas ocasiones haciéndose pasar en cada una de ellas, sin embargo, como un fenómeno a la vez eterno e irrepetible, es decir, como una experiencia sin historia. Yo no sé si los historiadores que convergen en La más bella historia del amor, la serie de conversaciones sobre el amor que la periodista Dominique Simonnet ha transformado en un libro, han repetido las palabras “nunca antes” y “nunca después” como lo suelen hacer los enamorados justo al dar por iniciado (o terminado) el trance amoroso, pero lo cierto es que su exploración de documentos en los archivos más diversos ha puesto de manifiesto que, en tanto experiencia eminentemente histórica, el amor es más un activísimo campo de negociación y conflicto que el nirvana impoluto construido por la memoria selectiva de todos los enamorados. Así las cosas, todo parece indicar que para poder existir, para poder seguir adelante, ni los caballeros, ni las damas, ni, sobre todo, el amor, deben recordar.
Pero memoria, sobre todo una memoria colectiva y polifónica, es lo que estos historiadores y especialistas franceses tratan de construir en las conversaciones con Simonnet. Tal vez después de leerlo no nos enamoraremos ya más o tal vez insistamos en enamorarnos aunque sea de otra manera, pero el libro, que va dividido en tres grandes actos—el matrimonio, el sentimiento, el placer—, nos recuerda que cada gesto, cada ademán, cada epifánico e irrepetible momento es un momento que ha sido debatido y negociado por hombres y mujeres que también creyeron, en su día, ser únicos e irrepetibles en su enunciación del “nunca antes” y el “nunca después”.
También nos recuerda el libro que, contrario a estereotipos mediáticos del mundo actual, el amor y la revolución suelen hacer mala pareja—baste recordar, como lo señala Mona Ozuf, la historiadora y especialista en mujeres en la época revolucionaria, que los jacobinos desarrollaron una reticencia bastante marcada ante lo que interpretaban como flaqueza, cuando no fanatismo, femenino. En su ideal social, más apegado a nociones de virilidad espartana, había poco espacio para el amor y las percibidas como sus aliadas naturales: las mujeres. De hecho, continúa Ozuf, “las mujeres se volvieron hostiles a la Revolución. ¡Decepcionadas, asqueadas, volvieron a la casa, deseando que la política no llegase a su hogar!”.
Del siglo XIX heredamos, a decir de Alain Corbin, el miedo hacia la mujer, algo que se nota en el surgimiento de una separación cada vez más marcada entre la zorra y el ángel doméstico—los dos lentes a través de las cuales se interpreta el comportamiento femenino en relación, claro está, a la ansiedad que provoca entre los bienpensantes la fuerza particular asociada a los miembros de la Comuna y, en general, de las crecientes clases menesterosas. El otro gran legado del siglo encorsetado es, por supuesto, el territorio mismo de la sexualidad, cuya fecha de nacimiento se ubica hacia 1838, fecha en la cual se utiliza por primera vez el término scientia sexualis para designar aquello que está sexuado y con el que, años más tarde, se hablará de todo aquello que se refiera a la vida sexual. El flirteo, producto de la embestida urbana y de la aparición de oportunidades más variadas de socialización, no sólo les permitió a los jóvenes conciliar la virginidad, el pudor y el deseo sino que, acaso de mayor importancia, su énfasis en las miradas oblicuas y las caricias discretas dictó el inicio de una nueva época: una en que, por poner atención a las preliminares, se valoriza el placer femenino y en la que, por consecuencia, se erotiza a la pareja conyugal. La puerta del placer propiamente dicho, pues, se abrió poco a poco con las miradas lánguidas y los roces apenas perceptibles sobre la vestimenta. El flirteo, en apariencia inocuo o ingenuo, resultó ser más peligroso que cualquier otra proclamación.
La primera gran mutación que ofreció el siglo XX fue, de acuerdo a Anne Marie Sohn, el fin del matrimonio concertado. Lejos de ser un lujo o una anomalía, el amor se convirtió de esta manera en un motivo de orgullo y en la base misma de la felicidad de la pareja. De mano, pues, del amor, y no en su contra, se desarrolló una sexualidad bucal no reproductiva que, además de subrayar la necesidad de la higiene, ya no sólo se concentró en formas de placer masculino. De hecho, la liberación sexual que muchos ubican, como lo hace Pascal Bruckner, hacia la década de los sesenta, contribuyó a traer de regreso el idea masculino de la sexualidad a través de la hegemonía, cuando no la dictadura, del orgasmo. “De pronto”, asegura Bruckner, “el sexo se volvió terrorista. El placer estaba prohibido. Ahora se vuelve obligatorio. El ambiente corresponde a la prohibición, no ya por la ley sino por la norma”. En este contexto pansexual el amor se volvió, en efecto, obsceno.
La última parte de La más bella historia del amor le corresponde a la novelista Alice Ferney. El amor, desde su punto de vista, se ha convertido ahora en un trabajo. Más que una irrupción divina o una inexplicable y súbita emoción, más que una liberación o una redención, el amor es “una acción, una voluntad, una atención”. Definido como aquello que “existe entre dos individuos que son capaces de vivir juntos sin matarse”, en una época en que todo parece posible a cada quien le toca inventarlo.
Se me antoja, después de leer esta versión francesa del amor, enterarme de la historia de la experiencia amorosa en Latinoamérica: de las palabras de matrimonio coloniales a los corridos revolucionarios que, aparentemente a contrapelo de los jacobinos, enunciaron y pusieron en primer lugar al amor y sus desajustes (Adelita, después de todo, sí se fue con otro, y no sabemos si Valentina se enteró de la pasión que dominaba al cantante), sería bueno contar con una conversación informada y amena entre historiadores de este lado del mundo que al fin nos aclare por qué, ante cada decepción amorosa, el deber del mexicano prescribe, entre otras cosas, un regreso directo y unívoco a las canciones de José Alfredo Jiménez.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección cultura]
Cada que aparece, el amor aparece por primera vez. Tal vez su astucia, la astucia del amor, consista precisamente en eso: en aparecer en repetidas ocasiones haciéndose pasar en cada una de ellas, sin embargo, como un fenómeno a la vez eterno e irrepetible, es decir, como una experiencia sin historia. Yo no sé si los historiadores que convergen en La más bella historia del amor, la serie de conversaciones sobre el amor que la periodista Dominique Simonnet ha transformado en un libro, han repetido las palabras “nunca antes” y “nunca después” como lo suelen hacer los enamorados justo al dar por iniciado (o terminado) el trance amoroso, pero lo cierto es que su exploración de documentos en los archivos más diversos ha puesto de manifiesto que, en tanto experiencia eminentemente histórica, el amor es más un activísimo campo de negociación y conflicto que el nirvana impoluto construido por la memoria selectiva de todos los enamorados. Así las cosas, todo parece indicar que para poder existir, para poder seguir adelante, ni los caballeros, ni las damas, ni, sobre todo, el amor, deben recordar.
Pero memoria, sobre todo una memoria colectiva y polifónica, es lo que estos historiadores y especialistas franceses tratan de construir en las conversaciones con Simonnet. Tal vez después de leerlo no nos enamoraremos ya más o tal vez insistamos en enamorarnos aunque sea de otra manera, pero el libro, que va dividido en tres grandes actos—el matrimonio, el sentimiento, el placer—, nos recuerda que cada gesto, cada ademán, cada epifánico e irrepetible momento es un momento que ha sido debatido y negociado por hombres y mujeres que también creyeron, en su día, ser únicos e irrepetibles en su enunciación del “nunca antes” y el “nunca después”.
También nos recuerda el libro que, contrario a estereotipos mediáticos del mundo actual, el amor y la revolución suelen hacer mala pareja—baste recordar, como lo señala Mona Ozuf, la historiadora y especialista en mujeres en la época revolucionaria, que los jacobinos desarrollaron una reticencia bastante marcada ante lo que interpretaban como flaqueza, cuando no fanatismo, femenino. En su ideal social, más apegado a nociones de virilidad espartana, había poco espacio para el amor y las percibidas como sus aliadas naturales: las mujeres. De hecho, continúa Ozuf, “las mujeres se volvieron hostiles a la Revolución. ¡Decepcionadas, asqueadas, volvieron a la casa, deseando que la política no llegase a su hogar!”.
Del siglo XIX heredamos, a decir de Alain Corbin, el miedo hacia la mujer, algo que se nota en el surgimiento de una separación cada vez más marcada entre la zorra y el ángel doméstico—los dos lentes a través de las cuales se interpreta el comportamiento femenino en relación, claro está, a la ansiedad que provoca entre los bienpensantes la fuerza particular asociada a los miembros de la Comuna y, en general, de las crecientes clases menesterosas. El otro gran legado del siglo encorsetado es, por supuesto, el territorio mismo de la sexualidad, cuya fecha de nacimiento se ubica hacia 1838, fecha en la cual se utiliza por primera vez el término scientia sexualis para designar aquello que está sexuado y con el que, años más tarde, se hablará de todo aquello que se refiera a la vida sexual. El flirteo, producto de la embestida urbana y de la aparición de oportunidades más variadas de socialización, no sólo les permitió a los jóvenes conciliar la virginidad, el pudor y el deseo sino que, acaso de mayor importancia, su énfasis en las miradas oblicuas y las caricias discretas dictó el inicio de una nueva época: una en que, por poner atención a las preliminares, se valoriza el placer femenino y en la que, por consecuencia, se erotiza a la pareja conyugal. La puerta del placer propiamente dicho, pues, se abrió poco a poco con las miradas lánguidas y los roces apenas perceptibles sobre la vestimenta. El flirteo, en apariencia inocuo o ingenuo, resultó ser más peligroso que cualquier otra proclamación.
La primera gran mutación que ofreció el siglo XX fue, de acuerdo a Anne Marie Sohn, el fin del matrimonio concertado. Lejos de ser un lujo o una anomalía, el amor se convirtió de esta manera en un motivo de orgullo y en la base misma de la felicidad de la pareja. De mano, pues, del amor, y no en su contra, se desarrolló una sexualidad bucal no reproductiva que, además de subrayar la necesidad de la higiene, ya no sólo se concentró en formas de placer masculino. De hecho, la liberación sexual que muchos ubican, como lo hace Pascal Bruckner, hacia la década de los sesenta, contribuyó a traer de regreso el idea masculino de la sexualidad a través de la hegemonía, cuando no la dictadura, del orgasmo. “De pronto”, asegura Bruckner, “el sexo se volvió terrorista. El placer estaba prohibido. Ahora se vuelve obligatorio. El ambiente corresponde a la prohibición, no ya por la ley sino por la norma”. En este contexto pansexual el amor se volvió, en efecto, obsceno.
La última parte de La más bella historia del amor le corresponde a la novelista Alice Ferney. El amor, desde su punto de vista, se ha convertido ahora en un trabajo. Más que una irrupción divina o una inexplicable y súbita emoción, más que una liberación o una redención, el amor es “una acción, una voluntad, una atención”. Definido como aquello que “existe entre dos individuos que son capaces de vivir juntos sin matarse”, en una época en que todo parece posible a cada quien le toca inventarlo.
Se me antoja, después de leer esta versión francesa del amor, enterarme de la historia de la experiencia amorosa en Latinoamérica: de las palabras de matrimonio coloniales a los corridos revolucionarios que, aparentemente a contrapelo de los jacobinos, enunciaron y pusieron en primer lugar al amor y sus desajustes (Adelita, después de todo, sí se fue con otro, y no sabemos si Valentina se enteró de la pasión que dominaba al cantante), sería bueno contar con una conversación informada y amena entre historiadores de este lado del mundo que al fin nos aclare por qué, ante cada decepción amorosa, el deber del mexicano prescribe, entre otras cosas, un regreso directo y unívoco a las canciones de José Alfredo Jiménez.
--crg
Friday, October 17, 2008
Tuesday, October 14, 2008
LA HISTORIA DEL AMOR I
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
El beso en la boca, ese acoplamiento aparentemente natural y, además, eterno, data, sin embargo, de tiempos más bien modernos —al menos en su versión popular y pública. De acuerdo con las investigaciones de la historiadora francesa Anne-Marie Sohn, todavía en 1881 existían legislaciones (el edicto de la Corte de Casación) que consideraban al beso en la boca como constitutivo del crimen de atentado al pudor. Pero tanto el beso en la boca como el inédito flirteo que despertaron hacia finales del siglo XIX acompañaron el desarrollo gradual de la sexualidad bucal, que ponía menor énfasis en la reproducción de la especie y mayor en la búsqueda del placer, y fueron también mano en mano con la erotización de la pareja conyugal que, hasta inicios del siglo XX, por ahí de la década de los 20 de hecho, se había basado en matrimonios concertados por la conveniencia económica, no por el sentimiento. Pero para llegar hasta ese sitio, para que la pareja pudiera hacer del lecho un lecho de amor, el amor y el placer tuvieron que librar una larga batalla que empezó, si le creemos a Jean Courtin, especialista en prehistoria y director de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica, con el Cro-Magnon, hace unos 100 mil años en África y Cercano Oriente, y hace unos 35 mil años en Europa. Fue entonces que el delicado Homo Sapiens dejó las primeras huellas del apego a sus semejantes a través de sus ritos funerarios. Así, según Courtin, “el sentimiento amoroso va a la par con la consideración que se tiene por los muertos, con el sentido de la estética y la ornamentación”.
Muchas veces me he preguntado por qué si los historiadores en general tienen un acceso privilegiado a datos fascinantes, usualmente encontrados en viejos expedientes que llenan los estantes de los archivos más diversos, se les lee tan poco. La pregunta me ha surgido en más de una ocasión, sobre todo cuando los oigo platicar con singular pasión y conocimiento de causa acerca de hechos que no por encontrarse en el pasado dejan de tener sus conexiones extrañas y firmes con la vida contemporánea. En algo parecido habrá pensado Dominique Simonnet cuando decidió llevar a cabo conversaciones más bien informales y acaso por ello más atractivas con historiadores y ensayistas acerca de uno de los temas que, ya sean tiempos de crisis o de violencia o de bonanza, no dejan de ejercer su cuota de fascinación: el amor. En La más bella historia del amor, pues, el lector encontrará las entrevistas que la redactora en jefe de la revista francesa L´Express condujo con los historiadores Jean Courtin, Paul Veyne, Jacquees Le Goff, Jacques Solé, Mona Ozouf, Alain Corbin y Anne-Marie Sohn, y los escritores Paul Bruckner y Alilce Ferney. Sin el molesto uso del lenguaje excesivamente especializado y respondiendo de manera más bien directa, cuando no amena (por ejemplo, cuando Simonnet le pregunta a Veyne por la pasión legendaria entre Antonio y Celpatra, éste responde: “!Es difícil no amar a una reina que te ofrece todo el Oriente! Uno se enamoraría por mucho menos”), a preguntas concretas sobre las características y transformaciones del sentimiento amoroso desde la prehistoria hasta nuestros días, estos historiadores emprenden una plática rica y también luminosa sobre las múltiples maneras en que hombres y mujeres de diversas épocas han vivido y padecido y celebrado en su caso el amor. Como si se estuviera alrededor de una mesa, con café o copa de vino de por medio, las entrevistas cubren un considerable campo cronológico sin por ello perder la atención por el detalle nimio: “En la famosa gruta de Grimaldi se encontraron los esqueletos de un hombre de unos veinte años, muy grande (1.94 cm) y de una mujer de unos 30 años en posición replegada, ambos estrechamente entrelazados uno en el otro, con adornos de caracolas como lo preconizaba el uso…De hecho, probablemente se trata de un atlético cazador que debía hacer voltear la cabeza de las bellas de la costa de la Liguria hace 30.000 años…”
El mundo romano que pinta Paul Veyne dista mucho del que figuró, no hace tanto, la imaginación de Fellini. Lejos de las orgías tumultuosas y el placer a toda prueba, los romanos que, según Veyne, inventaron a la pareja puritana, veían en el matrimonio una función cívica, aunque molesta, a través del cual se aseguraba la reproducción de la especie. Nada de amor entre los cónyuges que, por otra parte, incluían a mujeres que carecían de derechos. Además, “ningún poder público controla el matrimonio. No se pasa por el equivalente de un juez de paz o un cura, no se firma ningún contrato, salvo un compromiso de dote si la hay”. Para el placer y el sexo del varon romano estaban, por supuesto, los cuerpos de esclavas y esclavos, con quienes podía sostener concubinatos de largo plazo. Así las cosas, hacia el año 200, en la época de Marco Aurelio, todo se endureció: se argumentó contra el aborto, se estigmatizó a las viudas (hasta entonces una posición privilegiada entre las mujeres romanas), se castigó la homosexualidad. La transición hacia la edad media, en la cual la carne se convirtió en pecado, trajo, sin embargo, algunos beneficios para las mujeres: “el cristianismo en cierto sentido”, asegura Jacques Le Goff, “hizo progresar el estatus de la mujer mediante esa idea revolucionaria del consentimiento mutuo”. De esa manera habría que interpretarse la implantación de las amonestaciones en el cuarto concilio de Letrán de 1215: la iglesia quiso contrarrestar el poder del linaje y el peso de las familias y, a la vez, dió ocasión para que los desposados pudieran, si así lo ameritaba su caso, anular el matrimonio.
“En materia de sexualidad”, asegura Jacques Solé, “el renacimiento fue menos iluminado y más inhumano que la edad media”. La represión y la fiscalización de la pareja fue en aumento, de ahí que la invención propiamente dicha del matrimonio por amor le haya correspondido a la pareja campesina. Mientras los integrantes de las clases económicamente poderosas todavía percibían al matrimonio como un negocio o como un deber, aquellos que poco tenían que perder o ganar con dicha institución se dejaban guiar más por la atracción física y, en su caso, por aquello denominado como amor. Plebeyo por naturaleza, sin embargo, el amor (“esa relación no preparada, no negociada, espontánea, que puede poner todo patas arriba”, según Ozouf) se convirtió en el gran enemigo de la revolución.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
El beso en la boca, ese acoplamiento aparentemente natural y, además, eterno, data, sin embargo, de tiempos más bien modernos —al menos en su versión popular y pública. De acuerdo con las investigaciones de la historiadora francesa Anne-Marie Sohn, todavía en 1881 existían legislaciones (el edicto de la Corte de Casación) que consideraban al beso en la boca como constitutivo del crimen de atentado al pudor. Pero tanto el beso en la boca como el inédito flirteo que despertaron hacia finales del siglo XIX acompañaron el desarrollo gradual de la sexualidad bucal, que ponía menor énfasis en la reproducción de la especie y mayor en la búsqueda del placer, y fueron también mano en mano con la erotización de la pareja conyugal que, hasta inicios del siglo XX, por ahí de la década de los 20 de hecho, se había basado en matrimonios concertados por la conveniencia económica, no por el sentimiento. Pero para llegar hasta ese sitio, para que la pareja pudiera hacer del lecho un lecho de amor, el amor y el placer tuvieron que librar una larga batalla que empezó, si le creemos a Jean Courtin, especialista en prehistoria y director de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica, con el Cro-Magnon, hace unos 100 mil años en África y Cercano Oriente, y hace unos 35 mil años en Europa. Fue entonces que el delicado Homo Sapiens dejó las primeras huellas del apego a sus semejantes a través de sus ritos funerarios. Así, según Courtin, “el sentimiento amoroso va a la par con la consideración que se tiene por los muertos, con el sentido de la estética y la ornamentación”.
Muchas veces me he preguntado por qué si los historiadores en general tienen un acceso privilegiado a datos fascinantes, usualmente encontrados en viejos expedientes que llenan los estantes de los archivos más diversos, se les lee tan poco. La pregunta me ha surgido en más de una ocasión, sobre todo cuando los oigo platicar con singular pasión y conocimiento de causa acerca de hechos que no por encontrarse en el pasado dejan de tener sus conexiones extrañas y firmes con la vida contemporánea. En algo parecido habrá pensado Dominique Simonnet cuando decidió llevar a cabo conversaciones más bien informales y acaso por ello más atractivas con historiadores y ensayistas acerca de uno de los temas que, ya sean tiempos de crisis o de violencia o de bonanza, no dejan de ejercer su cuota de fascinación: el amor. En La más bella historia del amor, pues, el lector encontrará las entrevistas que la redactora en jefe de la revista francesa L´Express condujo con los historiadores Jean Courtin, Paul Veyne, Jacquees Le Goff, Jacques Solé, Mona Ozouf, Alain Corbin y Anne-Marie Sohn, y los escritores Paul Bruckner y Alilce Ferney. Sin el molesto uso del lenguaje excesivamente especializado y respondiendo de manera más bien directa, cuando no amena (por ejemplo, cuando Simonnet le pregunta a Veyne por la pasión legendaria entre Antonio y Celpatra, éste responde: “!Es difícil no amar a una reina que te ofrece todo el Oriente! Uno se enamoraría por mucho menos”), a preguntas concretas sobre las características y transformaciones del sentimiento amoroso desde la prehistoria hasta nuestros días, estos historiadores emprenden una plática rica y también luminosa sobre las múltiples maneras en que hombres y mujeres de diversas épocas han vivido y padecido y celebrado en su caso el amor. Como si se estuviera alrededor de una mesa, con café o copa de vino de por medio, las entrevistas cubren un considerable campo cronológico sin por ello perder la atención por el detalle nimio: “En la famosa gruta de Grimaldi se encontraron los esqueletos de un hombre de unos veinte años, muy grande (1.94 cm) y de una mujer de unos 30 años en posición replegada, ambos estrechamente entrelazados uno en el otro, con adornos de caracolas como lo preconizaba el uso…De hecho, probablemente se trata de un atlético cazador que debía hacer voltear la cabeza de las bellas de la costa de la Liguria hace 30.000 años…”
El mundo romano que pinta Paul Veyne dista mucho del que figuró, no hace tanto, la imaginación de Fellini. Lejos de las orgías tumultuosas y el placer a toda prueba, los romanos que, según Veyne, inventaron a la pareja puritana, veían en el matrimonio una función cívica, aunque molesta, a través del cual se aseguraba la reproducción de la especie. Nada de amor entre los cónyuges que, por otra parte, incluían a mujeres que carecían de derechos. Además, “ningún poder público controla el matrimonio. No se pasa por el equivalente de un juez de paz o un cura, no se firma ningún contrato, salvo un compromiso de dote si la hay”. Para el placer y el sexo del varon romano estaban, por supuesto, los cuerpos de esclavas y esclavos, con quienes podía sostener concubinatos de largo plazo. Así las cosas, hacia el año 200, en la época de Marco Aurelio, todo se endureció: se argumentó contra el aborto, se estigmatizó a las viudas (hasta entonces una posición privilegiada entre las mujeres romanas), se castigó la homosexualidad. La transición hacia la edad media, en la cual la carne se convirtió en pecado, trajo, sin embargo, algunos beneficios para las mujeres: “el cristianismo en cierto sentido”, asegura Jacques Le Goff, “hizo progresar el estatus de la mujer mediante esa idea revolucionaria del consentimiento mutuo”. De esa manera habría que interpretarse la implantación de las amonestaciones en el cuarto concilio de Letrán de 1215: la iglesia quiso contrarrestar el poder del linaje y el peso de las familias y, a la vez, dió ocasión para que los desposados pudieran, si así lo ameritaba su caso, anular el matrimonio.
“En materia de sexualidad”, asegura Jacques Solé, “el renacimiento fue menos iluminado y más inhumano que la edad media”. La represión y la fiscalización de la pareja fue en aumento, de ahí que la invención propiamente dicha del matrimonio por amor le haya correspondido a la pareja campesina. Mientras los integrantes de las clases económicamente poderosas todavía percibían al matrimonio como un negocio o como un deber, aquellos que poco tenían que perder o ganar con dicha institución se dejaban guiar más por la atracción física y, en su caso, por aquello denominado como amor. Plebeyo por naturaleza, sin embargo, el amor (“esa relación no preparada, no negociada, espontánea, que puede poner todo patas arriba”, según Ozouf) se convirtió en el gran enemigo de la revolución.
--crg
Friday, October 10, 2008
Thursday, October 09, 2008
Tuesday, October 07, 2008
TINTA VERDE
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Todo esto sucede en Madrid, en uno de esos días luminosos y de temperatura perfecta que, me dicen, abundan en septiembre. Caminaba por el Paseo La Castellana, nada más porque tanto el Paseo como yo nos encontrábamos ahí, en Madrid, cuando descubrí que observaba los árboles –frondosos, de un verde casi delicado– sin decirme “aquí voy, por el Paseo La Castellana, observando estos árboles, frondosos, de un verde casi delicado”. La sorpresa fue tanta que al detenerme, como se dice, en seco, solo tuve tiempo de observar a una mujer joven, vestida de azul celeste, con la que evite chocar en el mas último de todos los momentos. “Nunca seré como ella”, me dije, y continué pasmada ante el acceso directo que, segundos antes, había conseguido tener con los árboles de la Castellana. Creí, de manera por demás malsana, que el Algo Interno –eso que, con frecuencia, denomino como mi Alienígena—que describe sin parar todo lo que veo y, aún, sobre todo quizá, lo que no veo, finalmente se había cansado. En eso estaba cuando tuve que aceptar, con un horror que sólo puede ser provocado en este mundo por los Alienígenas venidos de otros, que en realidad lo que pasaba era más complejo que un cansancio cualquiera. Mi así llamado acceso directo a los árboles septembrinos de La Castellana no se debía, claro está, al fingido cansancio de mi Algo Interno, sino a la aparición, acaso súbita, acaso planeada con mucha antelación, de un tercer Alienígena que ahora, aprovechándose de su propia proclividad al silencio y la ironía, me veía a mí y al Algo Interno Original con suma atención y, tal vez, con un poco de misericordia. Temí, como es natural, que los Alienígenas estuvieran en una etapa de feroz multiplicación y, por eso y no por otra cosa, me introduje en el ABC Serrano, un centro comercial que, en esos instantes, me pareció el último refugio en el mundo contra la invasión rapidísima y, debo añadir, inmisericorde, que estaba sufriendo.
Entré, dije, al ABC Serrano creyendo que ahí encontraría la paz de Lo Real. Pronto, sin embargo, pude comprobar que pocas cosas en eso Real merecen el apelativo de pacifico.
Paso a explicar.
Me entretuve un rato frente a los aparadores sabiendo, de manera radicalmente anticapitalista, que no compraría nada, hasta que no tuve alternativa y lo vi. Ahí estaba el nombre, a un lado de unas tres o cuatro plumas fuentes de diseños lejanamente orientales, sobre frascos octagonales de tinta verde: Omas. Dejé de respirar, lo juro, y luego, como en realidad mis opciones no eran muchas, volví a hacerlo. Eso. Respirar.
–Así que tú existes– exclamé con cierto resentimiento en una voz lo suficientemente audible para comunicar mi mensaje y lo suficientemente baja para no llamar la atención de los otros clientes.
Meses atrás, lo recordé todo esto de inmediato, había yo inventado a un tal Martynov N. Omas para uno de los capítulos de una novela que escribía en internet. Martynov había presenciado, de niño, el lánguido caminar de tres mujeres en la playa de algún innombrable Mar del Norte. Ese día, un día de luz por demás densa aunque débil, Martynov N. Omas había decidido escribir, una tarea de la cual había huido con inigualable destreza hasta el momento en que, muchos años después, le contaba toda esta historia a un psiquiatra argentino que trabajaba en Nueva York. Hasta ayer, por supuesto, yo creí que Martynov N. Omas era sólo un producto de mi imaginación. Presa de este golpe bajo de Lo Real, me apresuré a preguntarle a la presunta dueña del lugar –quien, por cierto, no me ponía la menor atención estando como estaba coqueteando descaradamente con un jovencito lleno de acne– por la historia de la compañía Omas.
– Son de Italia –me dijo con el desenfado de quien no sospecha, no tiene la menor idea, de que Lo Real me golpeaba con una furia desatada–. Una isla –murmuró mientras ensayaba una cierta mirada soñadora que colocaba, tal vez sin saber, de manera automática sobre el rostro del seguramente desdichado jovencito.
Le pedí, tratando de ocultar mi desesperación, un catálogo, alguna dirección, cualquier cosa que me ayudara a aproximarme a los Omas. Y ella me lo dio, así, como si nada. Puso dicho documento sobre mis manos y yo, sintiendo cómo Lo Real continuaba burlándose arteramente de mí, no tuve otra alternativa más que pagar por un frasco octagonal de tinta verde y, sin esperar el cambio, salir corriendo.
Iba otra vez sobre La Castellana, ahora sin tener acceso alguno, ni directo ni indirecto, con los árboles del Paseo, cuando volví a casi chocar con La Mujer Que Nunca Seré (la reconocí por el vestido azul celeste). En esos momentos sospeché y, luego, casi de inmediato, estuve segura, que se trataba de una miembro más del clan de los Omas que llegaban a Madrid para recordarme que hasta la imaginación tiene un límite. Que nadie le puede ganar a Lo Real. Yo, como es obvio, tuve que introducir mi dedo meñique en la tinta verde para comprobar que nada de eso era, como se dice, cierto. Corrí, pues, hasta la habitación del hotel, donde recibí una misteriosa llamada. De otro lado del auricular, una mujer hablaba portugués y su acento, que asocié de manera por demás irracional con una playa solitaria en Brasil, me recordó a La Mujer Que Nunca Seré.
–Eduardo Tarttoni –murmuró. Yo le pedí que repitiera el nombre. Ella lo hizo. Le dije que estaba equivocada, que ahí no se encontraba ningún Eduardo y mucho menos un Tarttoni, pero ella no me creyó.
–Esta vez no me vas a engañar –dijo en un firme pero claramente fingido portugués de alguna costa lejanísima y más que solitaria de Brasil–. Esta ve me vas a oír.
Colgué, por supuesto. Colgué y corrí las cortinas de la habitación. Colgué sabiendo, con una certeza que sólo puede ser provocada por Las Alienígenas venidos de otros mundos, que pronto oiría el timbrar algo aletargado, algo triste, de un teléfono que me comunicaría con los Omas.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Todo esto sucede en Madrid, en uno de esos días luminosos y de temperatura perfecta que, me dicen, abundan en septiembre. Caminaba por el Paseo La Castellana, nada más porque tanto el Paseo como yo nos encontrábamos ahí, en Madrid, cuando descubrí que observaba los árboles –frondosos, de un verde casi delicado– sin decirme “aquí voy, por el Paseo La Castellana, observando estos árboles, frondosos, de un verde casi delicado”. La sorpresa fue tanta que al detenerme, como se dice, en seco, solo tuve tiempo de observar a una mujer joven, vestida de azul celeste, con la que evite chocar en el mas último de todos los momentos. “Nunca seré como ella”, me dije, y continué pasmada ante el acceso directo que, segundos antes, había conseguido tener con los árboles de la Castellana. Creí, de manera por demás malsana, que el Algo Interno –eso que, con frecuencia, denomino como mi Alienígena—que describe sin parar todo lo que veo y, aún, sobre todo quizá, lo que no veo, finalmente se había cansado. En eso estaba cuando tuve que aceptar, con un horror que sólo puede ser provocado en este mundo por los Alienígenas venidos de otros, que en realidad lo que pasaba era más complejo que un cansancio cualquiera. Mi así llamado acceso directo a los árboles septembrinos de La Castellana no se debía, claro está, al fingido cansancio de mi Algo Interno, sino a la aparición, acaso súbita, acaso planeada con mucha antelación, de un tercer Alienígena que ahora, aprovechándose de su propia proclividad al silencio y la ironía, me veía a mí y al Algo Interno Original con suma atención y, tal vez, con un poco de misericordia. Temí, como es natural, que los Alienígenas estuvieran en una etapa de feroz multiplicación y, por eso y no por otra cosa, me introduje en el ABC Serrano, un centro comercial que, en esos instantes, me pareció el último refugio en el mundo contra la invasión rapidísima y, debo añadir, inmisericorde, que estaba sufriendo.
Entré, dije, al ABC Serrano creyendo que ahí encontraría la paz de Lo Real. Pronto, sin embargo, pude comprobar que pocas cosas en eso Real merecen el apelativo de pacifico.
Paso a explicar.
Me entretuve un rato frente a los aparadores sabiendo, de manera radicalmente anticapitalista, que no compraría nada, hasta que no tuve alternativa y lo vi. Ahí estaba el nombre, a un lado de unas tres o cuatro plumas fuentes de diseños lejanamente orientales, sobre frascos octagonales de tinta verde: Omas. Dejé de respirar, lo juro, y luego, como en realidad mis opciones no eran muchas, volví a hacerlo. Eso. Respirar.
–Así que tú existes– exclamé con cierto resentimiento en una voz lo suficientemente audible para comunicar mi mensaje y lo suficientemente baja para no llamar la atención de los otros clientes.
Meses atrás, lo recordé todo esto de inmediato, había yo inventado a un tal Martynov N. Omas para uno de los capítulos de una novela que escribía en internet. Martynov había presenciado, de niño, el lánguido caminar de tres mujeres en la playa de algún innombrable Mar del Norte. Ese día, un día de luz por demás densa aunque débil, Martynov N. Omas había decidido escribir, una tarea de la cual había huido con inigualable destreza hasta el momento en que, muchos años después, le contaba toda esta historia a un psiquiatra argentino que trabajaba en Nueva York. Hasta ayer, por supuesto, yo creí que Martynov N. Omas era sólo un producto de mi imaginación. Presa de este golpe bajo de Lo Real, me apresuré a preguntarle a la presunta dueña del lugar –quien, por cierto, no me ponía la menor atención estando como estaba coqueteando descaradamente con un jovencito lleno de acne– por la historia de la compañía Omas.
– Son de Italia –me dijo con el desenfado de quien no sospecha, no tiene la menor idea, de que Lo Real me golpeaba con una furia desatada–. Una isla –murmuró mientras ensayaba una cierta mirada soñadora que colocaba, tal vez sin saber, de manera automática sobre el rostro del seguramente desdichado jovencito.
Le pedí, tratando de ocultar mi desesperación, un catálogo, alguna dirección, cualquier cosa que me ayudara a aproximarme a los Omas. Y ella me lo dio, así, como si nada. Puso dicho documento sobre mis manos y yo, sintiendo cómo Lo Real continuaba burlándose arteramente de mí, no tuve otra alternativa más que pagar por un frasco octagonal de tinta verde y, sin esperar el cambio, salir corriendo.
Iba otra vez sobre La Castellana, ahora sin tener acceso alguno, ni directo ni indirecto, con los árboles del Paseo, cuando volví a casi chocar con La Mujer Que Nunca Seré (la reconocí por el vestido azul celeste). En esos momentos sospeché y, luego, casi de inmediato, estuve segura, que se trataba de una miembro más del clan de los Omas que llegaban a Madrid para recordarme que hasta la imaginación tiene un límite. Que nadie le puede ganar a Lo Real. Yo, como es obvio, tuve que introducir mi dedo meñique en la tinta verde para comprobar que nada de eso era, como se dice, cierto. Corrí, pues, hasta la habitación del hotel, donde recibí una misteriosa llamada. De otro lado del auricular, una mujer hablaba portugués y su acento, que asocié de manera por demás irracional con una playa solitaria en Brasil, me recordó a La Mujer Que Nunca Seré.
–Eduardo Tarttoni –murmuró. Yo le pedí que repitiera el nombre. Ella lo hizo. Le dije que estaba equivocada, que ahí no se encontraba ningún Eduardo y mucho menos un Tarttoni, pero ella no me creyó.
–Esta vez no me vas a engañar –dijo en un firme pero claramente fingido portugués de alguna costa lejanísima y más que solitaria de Brasil–. Esta ve me vas a oír.
Colgué, por supuesto. Colgué y corrí las cortinas de la habitación. Colgué sabiendo, con una certeza que sólo puede ser provocada por Las Alienígenas venidos de otros mundos, que pronto oiría el timbrar algo aletargado, algo triste, de un teléfono que me comunicaría con los Omas.
--crg
Saturday, October 04, 2008
QUIMÉRICA
Lo escribió Jordi Carrión en Quimera. Revista de Literatura, No. 298:
"Libro a libro, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (1964) está construyendo una de las obras más desafiantes de nuestra lengua. Su poética asume la condición fronteriza de la propia autora. Nacida en la frontera norte de su país, vive a caballo entre San Diego y Tijuana, entre el inglés y el castellano, entre la academia y la creación; de esos pasos constantes de frontera sólo podía resultar una obra que también cabalga entre territorios, que asume la teoría (literaria) como una condición de existencia de la práctica (la literatura), que combina la investigación histórica con el lenguaje poético, en artefactos que son novelas al tiempo que luchan por dejar de serlo.
En el caso de su último título, La muerte me da, que se ha publicado en España tras una buena acogida crítica en México, el molde es el de la novela policial. Concretamente, el de una historia paradigmática de nuestros días: la del asesino en serie, ese personaje desequilibrado y obsesivo que se sitúa, equidistante, entre el homicida y el terrorista, entre el matón puntual y el autor de masacres, con el atributo fordiano de la serialidad, que es el propio de la época contemporánea Desde un comienzo tenemos en este libro cuerpos de hombres que aparecen castrados, el pene desaparecido, negado, ausente; junto a ellos, con un punto de inverosimilitud que anuncia que estamos ante una propuesta informal y metalingüística, se transcriben versos de Alejandra Pizarnik. Pronto se establece un triángulo investigador en cuyos tres vértices se sitúan sendas mujeres: una detective, una periodista y una profesora de universidad. Ésta aparece con el nombre de “Cristina Rivera Garza”, en un ejercicio novedoso de autoficción donde la autora real se vuelve un ente vaporoso. A medida que la investigación avance, se irá anulando la progresión del tiempo, las acciones se irán empantanando, las digresiones sobre poesía y sobre lenguaje ocuparán literalmente la obra, que cada vez será más un poema en prosa (cuando no directamente en verso), una elucubración casi fantástica (con excursos de inspiración imaginativa u onírica, sobre personajes minúsculos como los creados por Jonathan Swift), un tratado informe sobre la relación tensa entre la poesía y la prosa, una lectura donde no importen los hechos sino las palabras".
La versión completa también se puede encontrar en www.jorgecarrion.com/blog
--crg
Lo escribió Jordi Carrión en Quimera. Revista de Literatura, No. 298:
"Libro a libro, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (1964) está construyendo una de las obras más desafiantes de nuestra lengua. Su poética asume la condición fronteriza de la propia autora. Nacida en la frontera norte de su país, vive a caballo entre San Diego y Tijuana, entre el inglés y el castellano, entre la academia y la creación; de esos pasos constantes de frontera sólo podía resultar una obra que también cabalga entre territorios, que asume la teoría (literaria) como una condición de existencia de la práctica (la literatura), que combina la investigación histórica con el lenguaje poético, en artefactos que son novelas al tiempo que luchan por dejar de serlo.
En el caso de su último título, La muerte me da, que se ha publicado en España tras una buena acogida crítica en México, el molde es el de la novela policial. Concretamente, el de una historia paradigmática de nuestros días: la del asesino en serie, ese personaje desequilibrado y obsesivo que se sitúa, equidistante, entre el homicida y el terrorista, entre el matón puntual y el autor de masacres, con el atributo fordiano de la serialidad, que es el propio de la época contemporánea Desde un comienzo tenemos en este libro cuerpos de hombres que aparecen castrados, el pene desaparecido, negado, ausente; junto a ellos, con un punto de inverosimilitud que anuncia que estamos ante una propuesta informal y metalingüística, se transcriben versos de Alejandra Pizarnik. Pronto se establece un triángulo investigador en cuyos tres vértices se sitúan sendas mujeres: una detective, una periodista y una profesora de universidad. Ésta aparece con el nombre de “Cristina Rivera Garza”, en un ejercicio novedoso de autoficción donde la autora real se vuelve un ente vaporoso. A medida que la investigación avance, se irá anulando la progresión del tiempo, las acciones se irán empantanando, las digresiones sobre poesía y sobre lenguaje ocuparán literalmente la obra, que cada vez será más un poema en prosa (cuando no directamente en verso), una elucubración casi fantástica (con excursos de inspiración imaginativa u onírica, sobre personajes minúsculos como los creados por Jonathan Swift), un tratado informe sobre la relación tensa entre la poesía y la prosa, una lectura donde no importen los hechos sino las palabras".
La versión completa también se puede encontrar en www.jorgecarrion.com/blog
--crg
Tuesday, September 30, 2008
LA LLORONA REVESTIDA
Como toda leyenda que se respete, la de La Llorona ha producido interpretaciones que, al paso de los años y con el cruce de las fronteras, han adquirido variaciones de tono y de textura alrededor de un centro, sin embargo, reconocible y palpitante: estamos ante una mujer que ha perdido a sus hijos. Las causas son distintas dependiendo del sitio y del tiempo en que se cuente la historia, pero los elementos con frecuencia se reducen a dos: hay una mujer que ha tenido hijos y, producto de la rabia y la demencia, de la desazón o la venganza, los pierde. No es sino hasta que recupera la razón que se sucede el grito: ¡Ay, mis hijos! El alma en pena. Ya por su propia mano (ahogándolos en un río) o ya por la mano ajena (arrebatados, como se dice, de su seno, y luego masacrados), los hijos de la Llorona encuentran siempre el mismo destino: la muerte. El destino de La Llorona, en cambio, nunca es tan simple. Su eternidad, porque de eso se trata su errancia sin fin a lo largo del tiempo, es límbica. Imposibilitada para el descanso final, es decir, para deletrear bajo su lengua la palabra fin, la Llorona amamanta al dolor ocasionado por la pérdida de sus hijos como si el dolor, de hecho, se hubiese convertido en su verdadero vástago: el único fruto de su vientre. Madre por partida doble, la Llorona espanta.
Algunas escritoras, como Sandra Cisneros, han retomado ciertos aspectos de la leyenda, especialmente aquellos en los que refulge el espíritu indómito de la mujer en ciernes, para darle la vuelta y ponerla de cabeza y propinar la lección del caso. Otras, como la puertorriqueña Vanessa Vilches-Norat, han optado por escarbar dentro del lazo cavernoso y arduo que une a madres e hijos con ese objeto punzo-cortante que es el lenguaje cuando lo guía la inteligencia más descarnada. Profesora de literatura en la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras, Vilches-Norat ha problematizado ya antes el cuerpo materno y el discurso de la maternidad. En De(s) madres o el rastro materno en las escrituras del Yo (a propósito de Jaques Derrida, Jamaica Kinckaid, Esmeralda Santiago y Carmen Boullosa), el libro que le publicó la editorial Cuarto Propio en 2003, Vilches leyó con detenimiento a sus autores para descubrir los puentes que van de la construcción del yo que asegura la autobiografía al espejo a veces borroso y a veces absurdo del cuerpo materno: ese destinatario. En Crímenes domésticos (Santiago: Cuarto Propio, 2007), su primer libro de relatos, el tema es un abismo sin fondo. Lejos, muy lejos de los retratos edulcorados de los que se alimentan las celebraciones del 10 de mayo, pero igualmente distante de visiones heroicas del hogar como un espacio subrayado por las estrategias del débil, los cuentos de Vilches-Norat fundan un terreno doméstico acechado por la locura, la decadencia y el terror. Poe está dentro de casa y nadie encuentra la llave de la puerta. Detrás del aparente caos hay un real desorden, parecieran asegurar sus textos.
Todo da inicio, por supuesto, en el cuerpo: el cuerpo femenino que, súbitamente, se transforma en dos. Díada primigenia. Hasta ahí el hecho biológico, netamente orgánico, aparentemente natural, que luego, y de manera ineluctable, dará lugar al desequilibrio o la descompostura. En “El dulce olor de sus pechos”, el cuerpo embarazado, por ejemplo, se verá sobrellevado por deseos de claro contenido sexual. Seductora y placentera, la mujer que espera un hijo se viste con ropa entallada y, convertida ya en “una fiera”, se da a la tarea de satisfacer sus crecientes deseos con mujeres o con hombres pero siempre en el mar. En “Tortita de manteca” y “Del hilo de su voz”, el embarazo y, luego, el nacimiento del vástago, conduce al desajuste familiar que provoca el extraordinario apego de la madre por el recién nacido. Con mayor o menor grado de conductas extrañas (la niña del primer cuento se muerde las uñas hasta sangrarlas, mientras que la madre del segundo muestra una aversión mayúscula contra los gérmenes), los personajes dan cuenta del terreno resbaladizo donde surge y toma forma el cariño materno. Tal vez en ningún cuento se presente de manera más clara y más complejamente delineada la posición de Vilches-Norat como en “Monstruosa sororidad”, el texto con el que abre este libro, en el cual una madre que, después de concebir con mucho esfuerzo y otro tanto de apoyo de la tecnología, da luz a un par de siamesas. Provocando un paralelismo entre la singular simbiosis de las hermanas y la que caracteriza en general a las parejas, Vilches-Norat logra entretejer de manera magistral los hilos de dos historias que confluyen en una misma pregunta: “¿Qué hubiese usted hecho en mi lugar?” Como la Llorona frente a sus hijos, a Inés, la protagonista de este cuento, le piden elegir entre sus dos hijas y, justo como la Llorona, en lugar de salvar a una decide terminar con las tres: las dos hijas y ella misma: la mujer recluida en la cárcel que no cesa de hacer la misma pregunta una y otra vez. El recuento de siameses famosos que va incluido como parte del cuento no hace sino acrecentar la atmósfera ominosa dentro de las cuales se mueve el lenguaje de Vilches-Norat.
Si la demencia de la psicóloga que no puede resistirse a la seducción del chocolate aparece en “Theobroma cacao L.”, y la de la escritora que no cesa de corregir un manuscrito constituye el punto central de “Fe de ratas”, la de la madre que no puede, por más que quiere o lo intenta, detener los golpes tanto verbales como físicos que le propina continuamente a su hija constituye el meollo de “De la perfección de sus manos”. Una a una, las mujeres y los hombres con los que éstas conviven van intercambiando claves y ajustando cuentas para convertirse en cómplices del mismo crimen: su vida en común: su vida común.
Si alguien alguna vez pensó que estaba a salvo dentro de su casa, los cuentos de Vilches-Norat le pide que lo piense otra vez. Aquí no queda nada en pie, ni siquiera ese último bastión de la civilización tal y como la conocemos que es la relación madre-hijo. Todas las madres se han convertido, aquí, en una u otra versión contemporánea de la Llorona. Ominosos y familiares a la vez, estos cuentos parecen repetir que, aunque los crímenes del hampa se lleven los encabezados del periódico, los domésticos son siempre más letales.
--crg
Como toda leyenda que se respete, la de La Llorona ha producido interpretaciones que, al paso de los años y con el cruce de las fronteras, han adquirido variaciones de tono y de textura alrededor de un centro, sin embargo, reconocible y palpitante: estamos ante una mujer que ha perdido a sus hijos. Las causas son distintas dependiendo del sitio y del tiempo en que se cuente la historia, pero los elementos con frecuencia se reducen a dos: hay una mujer que ha tenido hijos y, producto de la rabia y la demencia, de la desazón o la venganza, los pierde. No es sino hasta que recupera la razón que se sucede el grito: ¡Ay, mis hijos! El alma en pena. Ya por su propia mano (ahogándolos en un río) o ya por la mano ajena (arrebatados, como se dice, de su seno, y luego masacrados), los hijos de la Llorona encuentran siempre el mismo destino: la muerte. El destino de La Llorona, en cambio, nunca es tan simple. Su eternidad, porque de eso se trata su errancia sin fin a lo largo del tiempo, es límbica. Imposibilitada para el descanso final, es decir, para deletrear bajo su lengua la palabra fin, la Llorona amamanta al dolor ocasionado por la pérdida de sus hijos como si el dolor, de hecho, se hubiese convertido en su verdadero vástago: el único fruto de su vientre. Madre por partida doble, la Llorona espanta.
Algunas escritoras, como Sandra Cisneros, han retomado ciertos aspectos de la leyenda, especialmente aquellos en los que refulge el espíritu indómito de la mujer en ciernes, para darle la vuelta y ponerla de cabeza y propinar la lección del caso. Otras, como la puertorriqueña Vanessa Vilches-Norat, han optado por escarbar dentro del lazo cavernoso y arduo que une a madres e hijos con ese objeto punzo-cortante que es el lenguaje cuando lo guía la inteligencia más descarnada. Profesora de literatura en la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras, Vilches-Norat ha problematizado ya antes el cuerpo materno y el discurso de la maternidad. En De(s) madres o el rastro materno en las escrituras del Yo (a propósito de Jaques Derrida, Jamaica Kinckaid, Esmeralda Santiago y Carmen Boullosa), el libro que le publicó la editorial Cuarto Propio en 2003, Vilches leyó con detenimiento a sus autores para descubrir los puentes que van de la construcción del yo que asegura la autobiografía al espejo a veces borroso y a veces absurdo del cuerpo materno: ese destinatario. En Crímenes domésticos (Santiago: Cuarto Propio, 2007), su primer libro de relatos, el tema es un abismo sin fondo. Lejos, muy lejos de los retratos edulcorados de los que se alimentan las celebraciones del 10 de mayo, pero igualmente distante de visiones heroicas del hogar como un espacio subrayado por las estrategias del débil, los cuentos de Vilches-Norat fundan un terreno doméstico acechado por la locura, la decadencia y el terror. Poe está dentro de casa y nadie encuentra la llave de la puerta. Detrás del aparente caos hay un real desorden, parecieran asegurar sus textos.
Todo da inicio, por supuesto, en el cuerpo: el cuerpo femenino que, súbitamente, se transforma en dos. Díada primigenia. Hasta ahí el hecho biológico, netamente orgánico, aparentemente natural, que luego, y de manera ineluctable, dará lugar al desequilibrio o la descompostura. En “El dulce olor de sus pechos”, el cuerpo embarazado, por ejemplo, se verá sobrellevado por deseos de claro contenido sexual. Seductora y placentera, la mujer que espera un hijo se viste con ropa entallada y, convertida ya en “una fiera”, se da a la tarea de satisfacer sus crecientes deseos con mujeres o con hombres pero siempre en el mar. En “Tortita de manteca” y “Del hilo de su voz”, el embarazo y, luego, el nacimiento del vástago, conduce al desajuste familiar que provoca el extraordinario apego de la madre por el recién nacido. Con mayor o menor grado de conductas extrañas (la niña del primer cuento se muerde las uñas hasta sangrarlas, mientras que la madre del segundo muestra una aversión mayúscula contra los gérmenes), los personajes dan cuenta del terreno resbaladizo donde surge y toma forma el cariño materno. Tal vez en ningún cuento se presente de manera más clara y más complejamente delineada la posición de Vilches-Norat como en “Monstruosa sororidad”, el texto con el que abre este libro, en el cual una madre que, después de concebir con mucho esfuerzo y otro tanto de apoyo de la tecnología, da luz a un par de siamesas. Provocando un paralelismo entre la singular simbiosis de las hermanas y la que caracteriza en general a las parejas, Vilches-Norat logra entretejer de manera magistral los hilos de dos historias que confluyen en una misma pregunta: “¿Qué hubiese usted hecho en mi lugar?” Como la Llorona frente a sus hijos, a Inés, la protagonista de este cuento, le piden elegir entre sus dos hijas y, justo como la Llorona, en lugar de salvar a una decide terminar con las tres: las dos hijas y ella misma: la mujer recluida en la cárcel que no cesa de hacer la misma pregunta una y otra vez. El recuento de siameses famosos que va incluido como parte del cuento no hace sino acrecentar la atmósfera ominosa dentro de las cuales se mueve el lenguaje de Vilches-Norat.
Si la demencia de la psicóloga que no puede resistirse a la seducción del chocolate aparece en “Theobroma cacao L.”, y la de la escritora que no cesa de corregir un manuscrito constituye el punto central de “Fe de ratas”, la de la madre que no puede, por más que quiere o lo intenta, detener los golpes tanto verbales como físicos que le propina continuamente a su hija constituye el meollo de “De la perfección de sus manos”. Una a una, las mujeres y los hombres con los que éstas conviven van intercambiando claves y ajustando cuentas para convertirse en cómplices del mismo crimen: su vida en común: su vida común.
Si alguien alguna vez pensó que estaba a salvo dentro de su casa, los cuentos de Vilches-Norat le pide que lo piense otra vez. Aquí no queda nada en pie, ni siquiera ese último bastión de la civilización tal y como la conocemos que es la relación madre-hijo. Todas las madres se han convertido, aquí, en una u otra versión contemporánea de la Llorona. Ominosos y familiares a la vez, estos cuentos parecen repetir que, aunque los crímenes del hampa se lleven los encabezados del periódico, los domésticos son siempre más letales.
--crg
Monday, September 29, 2008
:
You--as if unseen-- you: in open whiteness
in shining unconcerned!
and living such a life (if I remember it as action)
looking as if blindly
I know (as I feel the hurts of children)
that yes: a little:
in my passing: playing-- of life
you--like certain circle
(from distances as if distance):
like a weak "god" in the mind (and therefore henceforth
already in free "eternity")--are lovely
Gennady Aygi, "Phlox (and: about a change)", Field-Russia, trans. by Peter Franc, 32.
--crg
You--as if unseen-- you: in open whiteness
in shining unconcerned!
and living such a life (if I remember it as action)
looking as if blindly
I know (as I feel the hurts of children)
that yes: a little:
in my passing: playing-- of life
you--like certain circle
(from distances as if distance):
like a weak "god" in the mind (and therefore henceforth
already in free "eternity")--are lovely
Gennady Aygi, "Phlox (and: about a change)", Field-Russia, trans. by Peter Franc, 32.
--crg
Sunday, September 28, 2008
Saturday, September 27, 2008
PIECES OF YOU
Suddenly, as if a secret door had opened in her hearing, she became aware of the sound of microscopic jaws slow-milling the house to sawdust, a sound hard to detect for being so closely knit unto the air, but once identified,it grew monumental. In this climate, she would learn, untreated wood could be chewed up in a season.
Never again would he know love for a human being that wasn´t adulterated by another, contradictory emotion.
They told such secrets as perhaps might only be comfortable told to an illegal alien.
The growing impossibility of speech would make other intimacies easier.
She prided herself on being able to take anything--anything but gentleness.
If a nation had such a climax in its history, in its heart, would it no hunger for it again?
But so fluid a thing was love. It wasn´t firm, he was learning, it wasn´t a scripture; it was a wobbliness that lent itself to betrayal, taking the mold of whatever he poured it into.
You have to swear at a creature to be able to destroy it.
Perhaps that´s why they had been so happy to learn a new tongue int he first place: the self-consciousness of it, the effort of it, the grammar of it, pulled you up; a new language provided distance and kept the heart intact.
Kiran Desai, The Inheritance of Loss
--crg
Suddenly, as if a secret door had opened in her hearing, she became aware of the sound of microscopic jaws slow-milling the house to sawdust, a sound hard to detect for being so closely knit unto the air, but once identified,it grew monumental. In this climate, she would learn, untreated wood could be chewed up in a season.
Never again would he know love for a human being that wasn´t adulterated by another, contradictory emotion.
They told such secrets as perhaps might only be comfortable told to an illegal alien.
The growing impossibility of speech would make other intimacies easier.
She prided herself on being able to take anything--anything but gentleness.
If a nation had such a climax in its history, in its heart, would it no hunger for it again?
But so fluid a thing was love. It wasn´t firm, he was learning, it wasn´t a scripture; it was a wobbliness that lent itself to betrayal, taking the mold of whatever he poured it into.
You have to swear at a creature to be able to destroy it.
Perhaps that´s why they had been so happy to learn a new tongue int he first place: the self-consciousness of it, the effort of it, the grammar of it, pulled you up; a new language provided distance and kept the heart intact.
Kiran Desai, The Inheritance of Loss
--crg
Friday, September 26, 2008
PRIMERA LLAMADA
Imperio/Empire: Reading Contemporary Latin American Poetry with Rocío Cerón
Department of Literature/ University of California-San Diego
De Certaeu Room
Monday September 29th 2008
15:00 hrs
Poeta y activista cultural, Roció Cerón ofrecerá una lectura bilingue de su más reciente libro, Imperio, (Mexico: Montel Carmelo, 2008) así como de la antología Nosotos que nos queremos tanto--una colección de autores mexicanos cuyos poemas son presentados por poetas de latinoamerica.
Poet and cultural activist, Rocío Cerón will offer a bilingual poetry reading of her most recent book, Empire, as well as from the anthology We who Love Each Other So Much--a selection of Mexican poetas whose work is introduced by poets from Latin America.
ROCIO CERON (b. Mexico City, 1972) has published 5 books of poetry: Basalto (ESN, 2002), Litoral (filodecaballos, 2002), Soma (Eloísa, Argentina, 2003), Apuntes para sobrevivir al aire (Urania, 2005) and Imperio (Monte Carmelo, 2008), her most recent book. She won the Gilberto Owen National Poetry Prize in 2002. Some of her poems have been translated into German and English. Cerón is the founder of the interdisciplinary collective MotínPoeta and editor of El billar de Lucrecia, an independent press dedicated to Latin American contemporary poetry.
ABOUT MOTÍN POETA Mónica de la Torre (co-editor Bomb magazine) has said:
A noteworthy group of mostly women poets, led by Rocío Cerón and Carla Faesler, have greatly contributed to redefine poetic practice among a younger generation of poets in Mexico. Under the collective Motín Poeta (which, by the way, sounds better in Spanish than Poets Mutiny, its English translation) they have consistently aimed at pushing the boundaries of what poetic activity might constitute, acknowledging that being forced to operate under an alternative, even informal, economy can prove incredibly invigorating.
They have embraced a new economy and have devised strategies to thrive in it. If distribution of books of contemporary poetry is not optimal, why not organize parties/ art exhibitions / book fairs/ electronic music extravaganzas every so often in order to give exposure to new titles? (A year ago I attended one of these all-day parties on the rooftop of a museum in Mexico City: many books I had been looking for in bookstores to no avail were there.) The scene is ultimately small, so it’s not impossible to congregate a vast number of the city’s musicians, artists, poets, and filmmakers at once.
If Motín Poeta had a founding manifesto (perhaps they do, but I’m not aware of it), I imagine some of its exhortations would be of the following ilk:
* Away with the victim’s rhetoric and the constant whining about the fact that people don’t read poetry!* Away with the solipsism that characterizes so much poetic production today!
* Away with poetry’s inferiority complex! If poetry isn’t dance music, if poetry isn’t cutting-edge contemporary art, force poets to join the party and engage in cross-pollination experiments!
So far, Motín Poeta has put out the CD Urbe Probeta pairing electronic musicians with poets in order to explore the mammoth city’s soundscape, and is working on another CD in which poets and New Music composers collaborate on pieces based on the different stages of life. Although there’s great energy behind the first CD, some of the pieces it features feel a little too much like superimpositions of musical tracks and recordings of poets reading in a conventional way. The second project seems much tighter in the sense that music and voice are integrated to the point that they become indistinguishable. Another project they are currently working on is the commissioning of collaborations between visual artists and poets for an art exhibition and book to be released next year."
ABOUT EL BILLAR DE LUCRECIA
El Billar de Lucrecia is a collection of 15 books, one for each billiard ball. We will use these 15 spaces to somehow measure the Latin American Poetry scene of poets born between 1967 and 1979. The billiard balls, revolving around the pool table, represent the possibilities of poetry, and Lucrecia, our symbol, is an incarnation of Latin American Poetry. Musical, daring, lively and sexy, her game is played with the poets taking part in the collection.
Lucrecia is a full grown woman, curvy, strong and feminine. She is not the currently fashionable boy-like girl. She is a real woman, loud and proud of her flesh. Mother, bride, whore, daughter, saint... in every book she becomes another woman, channeling the multiplicity of Latin American Poetry through her chameleonic personna.
At the end of publishing our 15 titles we will give to the readers that have the collection an special box to keep the books.
LOS ESPERAMOS!
--crg
Imperio/Empire: Reading Contemporary Latin American Poetry with Rocío Cerón
Department of Literature/ University of California-San Diego
De Certaeu Room
Monday September 29th 2008
15:00 hrs
Poeta y activista cultural, Roció Cerón ofrecerá una lectura bilingue de su más reciente libro, Imperio, (Mexico: Montel Carmelo, 2008) así como de la antología Nosotos que nos queremos tanto--una colección de autores mexicanos cuyos poemas son presentados por poetas de latinoamerica.
Poet and cultural activist, Rocío Cerón will offer a bilingual poetry reading of her most recent book, Empire, as well as from the anthology We who Love Each Other So Much--a selection of Mexican poetas whose work is introduced by poets from Latin America.
ROCIO CERON (b. Mexico City, 1972) has published 5 books of poetry: Basalto (ESN, 2002), Litoral (filodecaballos, 2002), Soma (Eloísa, Argentina, 2003), Apuntes para sobrevivir al aire (Urania, 2005) and Imperio (Monte Carmelo, 2008), her most recent book. She won the Gilberto Owen National Poetry Prize in 2002. Some of her poems have been translated into German and English. Cerón is the founder of the interdisciplinary collective MotínPoeta and editor of El billar de Lucrecia, an independent press dedicated to Latin American contemporary poetry.
ABOUT MOTÍN POETA Mónica de la Torre (co-editor Bomb magazine) has said:
A noteworthy group of mostly women poets, led by Rocío Cerón and Carla Faesler, have greatly contributed to redefine poetic practice among a younger generation of poets in Mexico. Under the collective Motín Poeta (which, by the way, sounds better in Spanish than Poets Mutiny, its English translation) they have consistently aimed at pushing the boundaries of what poetic activity might constitute, acknowledging that being forced to operate under an alternative, even informal, economy can prove incredibly invigorating.
They have embraced a new economy and have devised strategies to thrive in it. If distribution of books of contemporary poetry is not optimal, why not organize parties/ art exhibitions / book fairs/ electronic music extravaganzas every so often in order to give exposure to new titles? (A year ago I attended one of these all-day parties on the rooftop of a museum in Mexico City: many books I had been looking for in bookstores to no avail were there.) The scene is ultimately small, so it’s not impossible to congregate a vast number of the city’s musicians, artists, poets, and filmmakers at once.
If Motín Poeta had a founding manifesto (perhaps they do, but I’m not aware of it), I imagine some of its exhortations would be of the following ilk:
* Away with the victim’s rhetoric and the constant whining about the fact that people don’t read poetry!* Away with the solipsism that characterizes so much poetic production today!
* Away with poetry’s inferiority complex! If poetry isn’t dance music, if poetry isn’t cutting-edge contemporary art, force poets to join the party and engage in cross-pollination experiments!
So far, Motín Poeta has put out the CD Urbe Probeta pairing electronic musicians with poets in order to explore the mammoth city’s soundscape, and is working on another CD in which poets and New Music composers collaborate on pieces based on the different stages of life. Although there’s great energy behind the first CD, some of the pieces it features feel a little too much like superimpositions of musical tracks and recordings of poets reading in a conventional way. The second project seems much tighter in the sense that music and voice are integrated to the point that they become indistinguishable. Another project they are currently working on is the commissioning of collaborations between visual artists and poets for an art exhibition and book to be released next year."
ABOUT EL BILLAR DE LUCRECIA
El Billar de Lucrecia is a collection of 15 books, one for each billiard ball. We will use these 15 spaces to somehow measure the Latin American Poetry scene of poets born between 1967 and 1979. The billiard balls, revolving around the pool table, represent the possibilities of poetry, and Lucrecia, our symbol, is an incarnation of Latin American Poetry. Musical, daring, lively and sexy, her game is played with the poets taking part in the collection.
Lucrecia is a full grown woman, curvy, strong and feminine. She is not the currently fashionable boy-like girl. She is a real woman, loud and proud of her flesh. Mother, bride, whore, daughter, saint... in every book she becomes another woman, channeling the multiplicity of Latin American Poetry through her chameleonic personna.
At the end of publishing our 15 titles we will give to the readers that have the collection an special box to keep the books.
LOS ESPERAMOS!
--crg
Thursday, September 25, 2008
HIDROCALIDA AYER
1. Maestras normalistas (¿es normal ser tan listas?) explorando eso que no cuentan los relojes:

2. Nueva identidad hidrocálida (adquirida alrededor de una mesa a eso del inicio de la madrugada): Primera Dama de los Lomos Plateados (organización secretísima lidereada de manera rigurosamente radical por Beto).
3. Ya me iba, pero no pude dejar de ir al Janitzio (que es un reino) y va lo prometido: saludo desde aquí a don Jorge Franco (que le hace honor a su apellido, faltaba más).
--crg
1. Maestras normalistas (¿es normal ser tan listas?) explorando eso que no cuentan los relojes:

2. Nueva identidad hidrocálida (adquirida alrededor de una mesa a eso del inicio de la madrugada): Primera Dama de los Lomos Plateados (organización secretísima lidereada de manera rigurosamente radical por Beto).
3. Ya me iba, pero no pude dejar de ir al Janitzio (que es un reino) y va lo prometido: saludo desde aquí a don Jorge Franco (que le hace honor a su apellido, faltaba más).
--crg
Wednesday, September 24, 2008
Tuesday, September 23, 2008
EL CUERPO QUE NO ESTÁ
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Mike Davies, el agudo crítico estadunidense y autor, entre otros tantos libros, del ya clásico City of Quartz, alguna vez sostuvo que el muro fronterizo no es más que una especie de espeluznante espectáculo político. Eficaz sólo para justificar la violencia del cruce y para reforzar, luego entonces, las dinámicas del poder generadas por el imperio, el muro no ha podido hacer lo que hacen los muros: suspender el flujo, detener el paso, contener la materia. El muro fronterizo no ha podido ni podrá evitar el cruce incesante de los hombres y mujeres que requiere la economía y el estilo de vida de los Estados Unidos. Esto lo saben muy bien los migrantes oaxaqueños, para quienes el viaje hacia el norte se ha ido convirtiendo al paso de los años y las generaciones en una forma de vida para comunidades enteras. Reitero: una forma de vida. Porque a los riesgos reales del tránsito entre los dos países, a las dificultades propias del destierro y la saña de la explotación, muchos de estos migrantes, como lo analiza la socióloga Laura Ortiz Velasco en “Agentes étnicos transnacionales: las organizaciones de indígenas migrantes en la frontera México-Estados Unidos”, han antepuesto sus propias formas de organización comunitaria para apropiarse de las realidades que su trabajo contribuye a reproducir. Aunque las estadísticas de Oaxaqueños en Estados Unidos varían (las cifras en diversas fuentes van desde los 30 hasta 500 mil migrantes), la mayoría de ellos se concentra en California. Introduciendo no sólo un lenguaje, o en muchas ocasiones dos, sino también formas de socialidad y protesta en los campos y ciudades del vecino del norte, la comunidad oaxaqueña forma parte de lo que tanto militantes como analistas han denominado la mexicanización de Estados Unidos –ese proceso paulatino pero inexorable que a muchos provoca ansiedad y a otros tantos, no siempre los más, expectación.
Pero toda esa fuerza y tradición que ha asegurado, a pesar de las circunstancias adversas, la sobrevivencia dignificada de la transmigración oaxaqueña ha sido posible sólo a expensas de su presencia entre intermitente y fantasmagórica en la región de origen. Sus cuerpos no están o están sólo a veces sobre las veredas que los vieron nacer. Apariciones súbitas. Sus manos no toman la herramienta que puede horadar la tierra para producir maíz, agave, frijol. Sus ojos no ven los rines oxidados de un carro que alguna vez funcionó. Aquél juguete. Sus pies no se introducen con curiosidad o devoción en las aguas curativas de Hierve el Agua –dos cascadas petrificadas de carbonato de calcio de grandes dimensiones y dos pequeños manantiales de agua carbonada (lo cual quiere decir que son verdiazules). Sus voces. Sus ecos. Los 2501 migrantes de Alejandro Salgado son, fundamentalmente, una meditación sobre esa ausencia. Los 2501 migrantes son un trabajo, en realidad, sobre los alcances del cuerpo que no está.
Mucho se ha hablado sobre la nostalgia del que parte, pero pocas veces se ha explorado, y mucho menos con barro, la larga melancolía del que se queda. ¿Qué ve en realidad el testigo del lento proceso del deterioro, la paulatina configuración de la ruina, la siempre fugaz alegría del reencuentro? ¿Cómo se experimenta en carne propia el proceso a través del cual la realidad se vacía? Cuando uno camina por entre los cuerpos de barro de los migrantes no puede evitar pensar que se encuentra ante el trabajo del niño solitario pero inventivo que, a fuerza de puro deseo, tuvo que construir a sus propios compañeros de juego. Hay algo de esa energía infantil y voraz en el diseño de los cuerpos, especialmente en la manera en que cuelga el sexo masculino y en cómo el sexo femenino se abre en dos. Dicotomía fulgurante. Hay algo de esa energía desatada e imposible en los cuerpos de barro que nos los traen de regreso. Y para recibirlos e invocarlos al mismo tiempo, para seguir jugando ese juego tan extremo que se llama la vida, Alejandro Santiago irá colocando a sus 2501 migrantes en un pueblo que con su presencia, que es toda ausencia, dejará de ser fantasma para volverse pura intervención. Y si ese no es el poder del arte, ¿qué es? Y si esto no es una forma de resistencia ¿qué es?
En ese largo estudio sobre las dinámicas personales y políticas del dolor humano que es The Body in Pain, especialmente en el capítulo que le dedica a la tortura, Elaine Scarry analiza con singular atención el lugar del interrogatorio en la producción de una confesión que siempre, por necesidad, será la que quiere oír el representante del poder, es decir que será, aun siendo verdadera, falsa. Una impostura que responde a una imposición. Un trueque que, según testimonios varios, termina produciendo no sólo culpa sino un sentido de traición y, aún más, de auto-traición. El interrogatorio fronterizo que tiene como objetivo producir, a través de la constante confirmación, una identidad única, pareciera cumplir, dicho sea esto guardando todas las proporciones del caso, una función similar: Yo soy ése que aparece ahí, tendrá que asegurar el migrante frente a su documento de identidad. El que aparece ahí soy yo, repetirá. Y todo eso, aunque a veces sea verdad, tendrá que ser, por necesidad, porque eso es lo que quiere escuchar el representante del poder, falso. Una impostura que responde a una imposición.
Dice Alejandro Santiago que pocas veces se ha sentido más desnudo que frente a un oficial de migración. No dice que el interrogatorio es un arma del imperio que le hiere el cuerpo, pero lo sugiere. Lo que sí dice es que ésa es una de las razones por las cuales sus migrantes de barro van desnudos: todos ellos están ahí permanentemente, en la garita, impostándose a sí mismos, respondiendo. Todos ellos están cruzando. Gerundio eterno. Y yo que he pasado tantas veces por ese trecho y que, aún así, sigo padeciendo ese sutil desconcierto y esa suerte de horror que provoca el tener que comprobar quién soy, quién de entre todas las que soy soy, me quedo mirando a los cuerpos de barro y, súbitamente, me siento parte de ellos.
Y es entonces que tú, que es otra forma de decir yo, nos ves.
--crg
[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]
Mike Davies, el agudo crítico estadunidense y autor, entre otros tantos libros, del ya clásico City of Quartz, alguna vez sostuvo que el muro fronterizo no es más que una especie de espeluznante espectáculo político. Eficaz sólo para justificar la violencia del cruce y para reforzar, luego entonces, las dinámicas del poder generadas por el imperio, el muro no ha podido hacer lo que hacen los muros: suspender el flujo, detener el paso, contener la materia. El muro fronterizo no ha podido ni podrá evitar el cruce incesante de los hombres y mujeres que requiere la economía y el estilo de vida de los Estados Unidos. Esto lo saben muy bien los migrantes oaxaqueños, para quienes el viaje hacia el norte se ha ido convirtiendo al paso de los años y las generaciones en una forma de vida para comunidades enteras. Reitero: una forma de vida. Porque a los riesgos reales del tránsito entre los dos países, a las dificultades propias del destierro y la saña de la explotación, muchos de estos migrantes, como lo analiza la socióloga Laura Ortiz Velasco en “Agentes étnicos transnacionales: las organizaciones de indígenas migrantes en la frontera México-Estados Unidos”, han antepuesto sus propias formas de organización comunitaria para apropiarse de las realidades que su trabajo contribuye a reproducir. Aunque las estadísticas de Oaxaqueños en Estados Unidos varían (las cifras en diversas fuentes van desde los 30 hasta 500 mil migrantes), la mayoría de ellos se concentra en California. Introduciendo no sólo un lenguaje, o en muchas ocasiones dos, sino también formas de socialidad y protesta en los campos y ciudades del vecino del norte, la comunidad oaxaqueña forma parte de lo que tanto militantes como analistas han denominado la mexicanización de Estados Unidos –ese proceso paulatino pero inexorable que a muchos provoca ansiedad y a otros tantos, no siempre los más, expectación.
Pero toda esa fuerza y tradición que ha asegurado, a pesar de las circunstancias adversas, la sobrevivencia dignificada de la transmigración oaxaqueña ha sido posible sólo a expensas de su presencia entre intermitente y fantasmagórica en la región de origen. Sus cuerpos no están o están sólo a veces sobre las veredas que los vieron nacer. Apariciones súbitas. Sus manos no toman la herramienta que puede horadar la tierra para producir maíz, agave, frijol. Sus ojos no ven los rines oxidados de un carro que alguna vez funcionó. Aquél juguete. Sus pies no se introducen con curiosidad o devoción en las aguas curativas de Hierve el Agua –dos cascadas petrificadas de carbonato de calcio de grandes dimensiones y dos pequeños manantiales de agua carbonada (lo cual quiere decir que son verdiazules). Sus voces. Sus ecos. Los 2501 migrantes de Alejandro Salgado son, fundamentalmente, una meditación sobre esa ausencia. Los 2501 migrantes son un trabajo, en realidad, sobre los alcances del cuerpo que no está.
Mucho se ha hablado sobre la nostalgia del que parte, pero pocas veces se ha explorado, y mucho menos con barro, la larga melancolía del que se queda. ¿Qué ve en realidad el testigo del lento proceso del deterioro, la paulatina configuración de la ruina, la siempre fugaz alegría del reencuentro? ¿Cómo se experimenta en carne propia el proceso a través del cual la realidad se vacía? Cuando uno camina por entre los cuerpos de barro de los migrantes no puede evitar pensar que se encuentra ante el trabajo del niño solitario pero inventivo que, a fuerza de puro deseo, tuvo que construir a sus propios compañeros de juego. Hay algo de esa energía infantil y voraz en el diseño de los cuerpos, especialmente en la manera en que cuelga el sexo masculino y en cómo el sexo femenino se abre en dos. Dicotomía fulgurante. Hay algo de esa energía desatada e imposible en los cuerpos de barro que nos los traen de regreso. Y para recibirlos e invocarlos al mismo tiempo, para seguir jugando ese juego tan extremo que se llama la vida, Alejandro Santiago irá colocando a sus 2501 migrantes en un pueblo que con su presencia, que es toda ausencia, dejará de ser fantasma para volverse pura intervención. Y si ese no es el poder del arte, ¿qué es? Y si esto no es una forma de resistencia ¿qué es?
En ese largo estudio sobre las dinámicas personales y políticas del dolor humano que es The Body in Pain, especialmente en el capítulo que le dedica a la tortura, Elaine Scarry analiza con singular atención el lugar del interrogatorio en la producción de una confesión que siempre, por necesidad, será la que quiere oír el representante del poder, es decir que será, aun siendo verdadera, falsa. Una impostura que responde a una imposición. Un trueque que, según testimonios varios, termina produciendo no sólo culpa sino un sentido de traición y, aún más, de auto-traición. El interrogatorio fronterizo que tiene como objetivo producir, a través de la constante confirmación, una identidad única, pareciera cumplir, dicho sea esto guardando todas las proporciones del caso, una función similar: Yo soy ése que aparece ahí, tendrá que asegurar el migrante frente a su documento de identidad. El que aparece ahí soy yo, repetirá. Y todo eso, aunque a veces sea verdad, tendrá que ser, por necesidad, porque eso es lo que quiere escuchar el representante del poder, falso. Una impostura que responde a una imposición.
Dice Alejandro Santiago que pocas veces se ha sentido más desnudo que frente a un oficial de migración. No dice que el interrogatorio es un arma del imperio que le hiere el cuerpo, pero lo sugiere. Lo que sí dice es que ésa es una de las razones por las cuales sus migrantes de barro van desnudos: todos ellos están ahí permanentemente, en la garita, impostándose a sí mismos, respondiendo. Todos ellos están cruzando. Gerundio eterno. Y yo que he pasado tantas veces por ese trecho y que, aún así, sigo padeciendo ese sutil desconcierto y esa suerte de horror que provoca el tener que comprobar quién soy, quién de entre todas las que soy soy, me quedo mirando a los cuerpos de barro y, súbitamente, me siento parte de ellos.
Y es entonces que tú, que es otra forma de decir yo, nos ves.
--crg
Sunday, September 21, 2008
¿BAGHDAD O MÉXICO?
I had returned to find my grandmother in front of the television, tea tray on the table. She was crying.
"What´s wrong?" I asked.
"Come and see. A man from the Ministry of Interior was on the television and he said that citizens must start donating their eyes to support the war effort. He said they´re using the schools as collection centers... They asked for money and we gave. They asked for gold and we gave. But this is just too much. May God send them all to hell! What times are we living in?
I awoke to find myslef (t)here.
Sinan Antoon, I´Jaam. An Iraqui Rhapsody, trans. by Rebecca C. Johnson and Sinan Antoon, (San Francisco: City Lights, 2007), 7.
--crg
I had returned to find my grandmother in front of the television, tea tray on the table. She was crying.
"What´s wrong?" I asked.
"Come and see. A man from the Ministry of Interior was on the television and he said that citizens must start donating their eyes to support the war effort. He said they´re using the schools as collection centers... They asked for money and we gave. They asked for gold and we gave. But this is just too much. May God send them all to hell! What times are we living in?
I awoke to find myslef (t)here.
Sinan Antoon, I´Jaam. An Iraqui Rhapsody, trans. by Rebecca C. Johnson and Sinan Antoon, (San Francisco: City Lights, 2007), 7.
--crg
DITTO
I have never experimented--I simply have no time for it.
Writings of mine which have an "experimental" look to them were always for me the only possible means and form of expression, once I had got rid of the old methods and forms that went with the theme in question. On such occasions it was as if I "exploded" in some new and unexpected fashion--exploded from the impossibility of using a language that seemed to me too old to express something that I had conceived.
Gennady Aygi, Field-Russia, trans. by Peter France, (New York: New Directions, 2007), 10.
--crg
I have never experimented--I simply have no time for it.
Writings of mine which have an "experimental" look to them were always for me the only possible means and form of expression, once I had got rid of the old methods and forms that went with the theme in question. On such occasions it was as if I "exploded" in some new and unexpected fashion--exploded from the impossibility of using a language that seemed to me too old to express something that I had conceived.
Gennady Aygi, Field-Russia, trans. by Peter France, (New York: New Directions, 2007), 10.
--crg
Saturday, September 20, 2008
THE PUBLIC WAS INSTRUCTED NOT TO LISTEN
Long before Satie had formulated this notion (1), did we not already have something of the genre in "overtures," originally preludes performed while the public took its seat?
The same could be said of "interludes," which fulfill the necessity of creating an athmosphere or effectively furnishing the timespan linked to a change of decor. The same is true of certain "finales," leading to the ovation of the audience which is at first seated, then standing and preparing to leave.
How, from the "furniture music" that it originally was, the overture gradually became dramatic music: a pot-pourri of themes to be developed, then the actual musical exposition of the argument.
(1): Musique d´ameublement of "furniture music" was intended by Satie to be the quintaessential background music, so discreet as to be inaudible. More ambient than musical, it was to serve the same purpose "as lighting, heating, and comfort in all its forms." The first performance of "furniture music" composed by Satie and Darius Milhaud, took place at the Galerie Barbazanges on the Faubourg Saint-Honoré on March 18, 1920, during the intermission of Ruffian, toujours; truand, jamais, a play by Max Jacob; the public was instructed not to listen.
Michael Leiris, "Furniture Music", Operratics, trans. by Guy Bennett (Los Angeles: Green Integer 15, 2001), 30.
--crg
Long before Satie had formulated this notion (1), did we not already have something of the genre in "overtures," originally preludes performed while the public took its seat?
The same could be said of "interludes," which fulfill the necessity of creating an athmosphere or effectively furnishing the timespan linked to a change of decor. The same is true of certain "finales," leading to the ovation of the audience which is at first seated, then standing and preparing to leave.
How, from the "furniture music" that it originally was, the overture gradually became dramatic music: a pot-pourri of themes to be developed, then the actual musical exposition of the argument.
(1): Musique d´ameublement of "furniture music" was intended by Satie to be the quintaessential background music, so discreet as to be inaudible. More ambient than musical, it was to serve the same purpose "as lighting, heating, and comfort in all its forms." The first performance of "furniture music" composed by Satie and Darius Milhaud, took place at the Galerie Barbazanges on the Faubourg Saint-Honoré on March 18, 1920, during the intermission of Ruffian, toujours; truand, jamais, a play by Max Jacob; the public was instructed not to listen.
Michael Leiris, "Furniture Music", Operratics, trans. by Guy Bennett (Los Angeles: Green Integer 15, 2001), 30.
--crg
DIABETES
¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar "puro". El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado. Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico.
"Contra la poesía", en Contra los poetas, Witold Gombrowicz (Madrid: Sequitur, 2006), 14.
--crg
¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar "puro". El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado. Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico.
"Contra la poesía", en Contra los poetas, Witold Gombrowicz (Madrid: Sequitur, 2006), 14.
--crg
Subscribe to:
Posts (Atom)

