Tuesday, August 31, 2010

UNA RED DE AGUJEROS

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Salieron de Ciudad Victoria a las 4 de la mañana con tal de llegar a Zacatecas a eso del mediodía. Queríamos aprovechar mi participación en un festival, el mítico punto medio que a veces sorprende a la geografía, y el gusto compartido por la ciudad colonial para llevar a cabo una cita ya muchas veces postergada. Hay que aceptarlo: suele llegar el momento en la vida en que ni el FB ni el TW ni el MSN bastan para colmar las ganas de verse, como se dice, en vivo. Esa vieja costumbre. Me dio gusto verlos llegar, desvelados pero furibundos. Me dio gusto abrazarlos e iniciar, alrededor de una mesa, la conversación que nos ata desde que nos encontramos por primera vez, años atrás, allá en la tierra de origen que compartimos: Tamaulipas. Pasó muy poco tiempo para que Claudia Sorais Castañeda lo reconociera: venía muerta de miedo. Tanto Marco Antonio Huerta como Sara Uribe, poetas que residen en el puerto de Tampico, lo admitieron de inmediato: ellos también. Ninguno había tenido el ánimo de admitirlo en el coche que manejaba Claudia bajo el cielo norteño, pero cada kilómetro que avanzaban los obligaba a estar despiertos y a guardar silencio. La plática ligera. La sonrisa forzada. La alarma en todo lo demás. Por esos mismos caminos, aunque un poco más al norte, el Ejército había masacrado no hacía mucho a los niños Martín y Bryan Almanza Salazar, en una acción que permanece impune hasta el día de hoy. Por ejemplo. Por esos mismos caminos asesinaron no hace mucho también a un candidato a gobernador. Por esos mismos caminos, aunque más al este, fueron encontrados hace apenas un par de días los cuerpos de los 72 migrantes masacrados por el narco. La plática zacatecana no podía evadir los hechos. “¿Están las cosas tan mal como dicen los diarios?”, pregunté, refiriéndome al ámbito íntimo del barrio o la familia. Cuando volvieron la cabeza y bajaron la voz para empezar a responder supe que las cosas eran todavía peor.

Los caminos sin ley es el título de un libro de Graham Greene. Se refiere, desde entonces, a México.

Pero estos fueron, esos mismos caminos de Tamaulipas, los caminos de mi infancia. Y los quiero de vuelta. Por ahí avanzábamos de madrugada o en plena luz, desde Matamoros hasta Tampico, pasando ineludiblemente por San Fernando, para visitar amigos o parientes. ¿Cuántas veces no salimos tempranito de Matamoros para ir a Reynosa y ahí cruzar por MCallen? Por las carreteras y, luego, por las brechas ejidales, por ahí manejábamos también para llegar hasta el minúsculo cementerio de Santa Catarina, donde descansan los huesos de los más viejos de nuestros viejos. Íbamos de Tampico a Mante para visitar una tía en pleno verano: si eso no es el infierno, entonces ¿qué es? Recuerdo la tarde en que viajábamos en la caja de una pick up —el viento en la cara, la primeriza luz de algunas estrellas— justo antes de llegar a San Fernando para cargar gasolina. El cruce en chalán, por ejemplo, de Tuxpan a Tampico. Las colas de coches o de personas en el puente que une Matamoros con Brownsville. No son los caminos sin ley de Greene; son los caminos de mi familia y de familias como mi familia. Son míos. Son nuestros. Y lo dicho: los quiero de vuelta.

Acabo de darle RT a un tuit de Elda Cantú, residente fronteriza entre Nuevo León y Tamaulipas, que dice esto: En veinte años contaremos sobre el 2010: Por la noche había tiros y de día íbamos a trabajar. En el camino, bloqueos. Será un mal recuerdo.

No pude contestar un mensaje que escribió Claudia Sorais desde Ciudad Victoria, Tamaulipas: Abrazos virtuales desde este norte que duele.

He leído ya ¿Es esto una fiesta?, el artículo con el que Sara Uribe cuestiona, desde Tamaulipas, la conmemoración del bicentenario.

En esto seguimos: una guerra fatalmente fallida contra el narco. En esto estamos: una respuesta característicamente blanda del Presidente ante la masacre de los 72 migrantes.

Por esto y más estuve tentada a unirme a la iniciativa de luto activo lanzada entre la comunidad FB. La acción ha sido sencilla pero imponente: se ha tratado de reemplazar la imagen del avatar personal con un recuadro negro. El resultado a primera vista: dramático. A medida que aumentaba el número de participantes, la pantalla se fue convirtiendo en una colección de hoyos negros. Frente a ellos no pude dejar de preguntarme, con las palabras que utilizaran los vencidos frente a una ciudad de México ya tomada por el enemigo: ¿y será nuestra herencia una red de agujeros?

Otra manera de hacer la misma pregunta es: ¿y me quitaron para siempre ya los caminos de la infancia como a otros los caminos de su porvenir?

Respeto y comparto la indignación que anima la iniciativa del luto activo en internet. A diferencia de los cínicos o los nihilistas, todavía creo que este tipo de acciones producen lo que más necesitamos hoy en día: un sentido y una práctica de comunidad. Un reconocimiento en otros. Me resistí, sin embargo, a cubrir el rostro con el color negro porque creo que eso, borrar el rostro bajo el manto de la oscuridad, es precisamente lo que hace la violencia. El asesino mata antes de apretar las sogas o de dar el tiro de gracia; el asesino mata cuando cubre el rostro del otro con la sábana del silencio o de la indiferencia. Contra el pusilánime que nunca da la cara o el corrupto que evita encarar las consecuencias de sus actos, yo prefiero exponer el rostro. Porque la cara, tal como lo decía Levinas, la cara requiere. La cara clama. La cara, por el mero hecho de existir, precisa de una respuesta: ésta: la presencia. Ya lo decía también Peter Sloterdijk en el primer tomo de Esferas: “fue por la apertura del rostro —más que por la cerebralización o la formación de la mano— que el hombre se convirtió en animal abierto al mundo o, lo que importa más aquí, abierto al prójimo”. Así las cosas: mejor dar la cara y obligar a los culpables a encarar los hechos. Mejor abrirnos al rostro del otro, reconociendo su humanidad. Honrándola. El rostro es una puerta. El rostro conecta, sin remedio. Un hacia-afuera: el rostro. Un hacia-ti. Mírame, nos dices. Todos seguimos aquí.

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Sunday, August 29, 2010

lapaginadebetobuzali: El Cuestionario Proust: CRISTINA RIVERA GARZA a la...

lapaginadebetobuzali: El Cuestionario Proust: CRISTINA RIVERA GARZA a la...: "¿Cuál es tu idea de “la felicidad perfecta”? Alrededor de una mesa rectangular hay amigos y alimentos y cosas para beber. La conversación ..."

Tuesday, August 24, 2010

EL JARDÍN DE SHINODA

[para Daniela y Scott, en Tokio]

a. las citas con/textuales
Todo jardín es artificial, eso se sabe. Con un pie en el mundo natural y otro en la historia, el jardín es umbroso. Franja que se cruza. Producto de la estética y, como bien lo sabe el Gran Jardinero que dispuso el árbol de la ciencia del bien y del mal junto al árbol de la vida, acicate de la ética. Territorio de ocio y disputa: el jardín. Zona también de “bizarría”, a decir de Antonio de Beatis, primero biógrafo de El Bosco, quien describiera así el Jardín de las Delicias: “Después hay algunas tablas con diversas bizarrías donde se imitan mares, cielos, bosques y campos y muchas otras cosas, unos que salen de una concha marina, otros que defecan grullas, hombres y mujeres, blancos y negros en actos y maneras diferentes, pájaros, animales de todas clases y realizados con mucho naturalismo, cosas tan placenteras y fantásticas que en modo alguno se podrían describir a aquellos que no las hayan visto”. Territorio de conocimiento y, si se transgrede o habita, hasta de desconocimiento.

b. la ficha
Es obvio que el artista conceptual Taro Shinoda (Tokio, 1964) ha pensado en esto y más. Quien se detiene frente a Ginga, una de las instalaciones con las que contribuye a la exposición Sensing Nature: Rethinking the Japanese Perception of Nature, sabe, y esto sin duda alguna, que está frente a un jardín. Se trata, claro está, de un jardín en la larga tradición del jardín japonés, en este caso inspirado directamente por el Jardín Hojo, que se encuentra frente al templo Tofuku-ji, en Kyoto, cuyo diseño estuvo a cargo del notable arquitecto del paisaje Shigemori Mirej. Pero quien se detiene frente a Ginga en un cuarto completamente blanco en el piso 53 de una torre en el centro mismo de Tokio, justo frente a una alberca redonda llena de un inmóvil líquido blanco, sólo sabe mitad de la historia. La otra mitad está a punto de suceder frente a sus ojos, apareciendo y desapareciendo casi al mismo tiempo. Un milagro o una alucinación. Quien se detiene frente a Ginga o frente a Milk o frente a otros trabajos de Shinoda tiene por fuerza que preguntarse si es uno o lo otro. O si fue. Por fortuna, el espectador interactuante no tiene que elegir una de las dos. Y.

c. el elemento autobiográfico
Me volví shinodista una calurosa tarde de verano. Lo confieso de entrada: mi fascinación fue desde el inicio tan ardiente como la estación que llegaba a su fin. Esa mañana me despertaron las cigarras y, más tarde, un cuervo intentó decirme algo al oído que no entendí. Miré el cielo, como siempre. Imaginé todas sus posibilidades e hice un listado de secretos aberrantes. Me volví verde con el verde reinante. Leí con todo respeto en la ficha del caso: “El Jardín del Este es un paisaje seco (karesansui) que incluye estrellas organizadas de acuerdo a un motivo de la Osa Mayor, el cual brilla a través de un patrón de ‘surcos’ rastrilladas en la grava. Aquí Shinoda usa las ondas creadas por muchas gotas de agua que caen de manera simultánea sobre un lechoso líquido blanco para expresar la luz estelar de la Vía Láctea”. Guardé silencio. Esperé con los ojos muy abiertos. Iba a decir “aquí no pasa nada” justo cuando no estuve segura de que algo hubiera o no pasado. Un sueño o una alucinación o un poco de ambas. Esperé otra vez. La mirada en la alberca lechosa y el dedo sobre el botón de la cámara. Un juego o una competencia o un poco de ambas. Y volvió a suceder: todo milagro es efímero y viceversa. Reí. Vicevérsica y vesánicamente, así reí.

d. a manera de explicación
En uno de los ensayos que sirven de introducción a Taro Shinoda (Tokio: Tsutomu Ikeuchi, 1999), Yukie Kamiya asegura que, al buscar producir el “perfecto organismo artificial”, Shinoda no utiliza ni tierra ni piedras ni madera ni flores, sino que “todo es reemplazado por materiales manufacturados”. En efecto, en el jardín de Shinoda, lo artificial es artificial al cuadrado. Lo artificial se ve al espejo y se hace un guiño y te invita a verlo. El espectador de Ginga puede elevar la vista fácilmente y comprobar que el cielo, también blanco, está lleno de botellas de plástico vueltas hacia abajo. Ahí, a manera de manto estelar, se despliega el sistema de goteo familiar a todo jardín o invernadero. Pero aquí, como si se tratara de un Pollock extreme, o un Pollock vuelto loco por la literalidad o a través de ella, el goteo está hecho de gotas, en efecto, de agua. Y, para acentuar el vuelco, la gota de agua cae sobre un cuerpo de agua. El contacto es la flor. El contacto es la escultura que desaparece al formarse. El contacto es el milagro o la alucinación o ambas. El momento súbito del obturador. La Vía láctea.

e. la evolución
Shinoda fue, al inicio, un arquitecto del paisaje. Y es, desde entonces y sobre todo ahora, un ingeniero filosófico, como él se define a sí mismo, que reflexiona sobre las relaciones entre la tecnología y el destino de la humanidad. No se trata de producir un ser humano más eficiente, dice su concepto de evolución, sino un humano no humano, algo en armonía con la naturaleza. Se antoja colocar en algún punto de esta oración el adverbio “finalmente”.

f. aquí y ahora
La escultura más efímera. Una luciérnaga de agua. La sorpresa y la sonrisa. Lo inmediato percibido como inmediato. Y.

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Friday, August 20, 2010

Y LA VIDA SEGUÍA SU CAMINO ALLÁ AFUERA



Bajo un puente. Dentro de un baresito con luces amarillas y rojas. Sobre la mesa: raíces de algas, sashimi de atún, pepinos en salsa de miso, sake. La sorpresa de la tonadilla vieja en el sonido. Y, afuera, la vida, como siempre, en su camino a Tokio o a México o Katmandú o a.

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Wednesday, August 18, 2010

EL JARDÍN DE LAS GOTAS DE AGUA: Taro Shinoda

a. artificial, quiero decir



b.las gotas caen de un cielo blanco



c. efímero, milagroso, borrado: el jardín


d. justo aquí: las ondas que provocan las gotas de agua sobre el agua


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Tuesday, August 17, 2010

LA GIGANTA II

[en La Mano Oblicua, columna del martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Le aclaró el misterio del polvo: era del Sahara, un desierto enorme que, a pesar de encontrarse lejos, compartía corrientes de viento con la isla. Se encontraban, en efecto, en una isla: cuando se incorporó y, siguiendo sus instrucciones, dio los pasos necesarios para estar fuera de la ciudad, observó la topografía con más cuidado. Las eras geológicas. Los trazos fronterizos. La fauna. Increíble lo que puede parecerse la superficie de la tierra a la superficie del cerebro, pensó. No le quedó la menor duda: hasta su nariz llegó el aroma del mar, un tufo de planta carnívora y de cocos podridos. Algas. Lianas. Hasta sus oídos llegó el rumor de las olas. Un gris imperial. Se trataba de una isla pequeña, salpicada de selvas, y destruida. Él había sobrevivido, eso lo aseguró de manera vehemente, gracias al azar.

—Debió haber sido una guerra terrible —comentó ella sin pensarlo mucho, asumiendo que su primera impresión era la cierta.

—Mucho —mencionó él, sentado sobre un pliegue de su blusa, sin importarle en realidad si se referían al mismo tema. Los ojos, de súbito, en otro lugar—. Mira —le señaló al final. Un cierto alborozo en la voz. Una chispa en las pupilas. Se refería a un montón de pedazos de madera que, rotos, se amontonaban cerca de unos arrecifes. Las olas los movían a su antojo, llevándolos a la playa y trayéndolos de vuelta a la superficie marina.

—En eso llegaste tú —aseguró.

Tenía cosas concretas qué preguntarle: el nombre de la ciudad, la causa de su ruina, la ubicación del helicóptero en que había llegado, ¿había muchos más? Necesitaba información. Necesitaba saber cómo irse. Eso sobre todo: necesitaba irse. De momento eso era lo único que se le ocurría hacer con su vida: dejar atrás una isla desierta adonde había llegado sin mucha conciencia o voluntad, aparentemente como resultado de un naufragio. Siempre es extraño el momento en que se encuentra un objetivo en la vida, recapacitó.

—El helicóptero –dijo, titubeante—. ¿Hay más?

El hombre muy pequeño la miró desde donde se encontraba, que era su hombro, y se negó a contestar. La veía y, luego, se volvía a ver el paisaje. La veía y cerraba los ojos, viendo en realidad a otro lado. La veía y se desesperaba.

—Mira —volvió a señalar otros destrozos en la ciudad: árboles partidos en dos, antenas rotas, cúpulas por donde zureaban las palomas.

—¿Qué quieres que mire? —le preguntó, irritada, olvidándose por un momento que tenía que bajar la voz al hablarle—. Todo eso ya lo vi al llegar.

—Fíjate bien —insistió a gritos.

Nunca supo cómo no lo había notado antes: las grandes huellas hundidas en el pavimento, los cofres de los autos destrozados por manazas gigantescas, los lagos sin seña alguna de agua. Los estanques secos. Guardó silencio mientras lo observaba todo, digiriéndolo. Guardó silencio cuando cayó sobre una banqueta y dobló las rodillas. Todo es estela de algo más, se dijo. La destrucción no es más que un eco de otra destrucción. Luego meneó la cabeza con gran lentitud. Las palomas revolotearon cerca de sus cabellos, confundiéndolos de seguro con algún nido. Los insectos. El sonido insomne de los insectos cerca de los orificios nasales, a la entrada de los oídos. Cuando finalmente estuvo lista para decir algo, se volvió a verlo. El hombre dormía ya. O fingía dormir. Parecía dulce e inofensivo entre los pliegues de su manga. Daba la impresión de que soñaba algo.

La que no puede ser de verdad eres tú, esa frase la recordaría después.

Sonrió. Pudieron haber discutido por horas enteras, pero en lugar de contestar, sonrió. Luego cerró los ojos y, con un brazo en alto, intentó arreglarse el cabello. Su inmovilidad la arrulló. Cuando él se despertó y estiró los brazos, el movimiento no dejó de provocarle cosquillas en su costado. ¿Y si existiera en realidad? Cuando volvió a abrir los ojos, evitó mirarlo y prefirió guarecer la mirada en el cielo. Un azul diluido en la taza de la oscuridad. Imaginó las aves contra las que habría batallado a lo largo de la vida: las plumas de colores, los picos de guerra, el ruido infernal. Imaginó el rostro aterrado de Mandeville cuando presenció por primera vez la manera tan precaria en que se defendía de los aleteos de los pájaros: los codos erguidos, las rocas puntiagudas, los alaridos. Pronto pudo incluso ver el rostro contrito de Mandeville al observar su desfallecimiento. El hombre muy pequeño conocería la derrota, de eso no le cupo la menor duda. Cuando se volvió a ver una vez más el entorno vacío también estuvo segura de que conocía el olvido. El olvido de sí.

—Amar una cosa es estar empeñado en que exista —murmuró sin darse cuenta. El sonido de una ambulancia en algún lugar dentro de su voz.

—Eso ya la dijo hace mucho tiempo Ortega y Gasset —le respondió a gritos el hombre muy pequeño desde la cuenca que se formaba detrás de su clavícula, ahí donde se había arrellanado. El eco de un eco. La puesta en abismo. La desaparición. Nada los había preparado para la explosión de la carcajada: el súbito movimiento del cuerpo, el espasmo del abdomen, la onda abrupta del sonido. Él resbaló hasta caer dentro de su ombligo y ella no pudo más que cubrirse los labios en un intento infructuoso por detener el ataque de risa. ¿Quién era ella en realidad para afirmar o negar la existencia de alguien que se comunicaba tan exasperadamente? En un mundo a todas luces abandonado, ¿a quién le correspondería decidir quién o qué era de verdad? Cuando logró incorporarse volvió a colocar la mano izquierda a los pies del hombrecillo, en signo de invitación. Él se subió.

—Si sabes eso —le dijo en voz muy baja cuando logró sostenerlo a la altura de sus ojos— entonces debe saber que amar una cosa es no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquel objeto esté ausente.

El hombre muy pequeño, por toda respuesta, se alzó de hombros. El ruido del helicóptero los distrajo. El viento del Sahara les despeinó los cabellos y colocó una capa de polvo sobre sus labios. La giganta lo observó entonces, en la palma de su propia mano. Era la misma cara que debió haber tenido Mandeville, entre 1357 y 1371, cuando se disponía a describirlo y a despedirse. Las dos cosas al mismo tiempo. Era la cara de alguien que lo ha inventado ya todo.

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Thursday, August 12, 2010

POR SUS ALCANTARILLAS LOS CONOCERÁS

a.


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e.


f.


g.


h.


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Tuesday, August 10, 2010

LA GIGANTA [1]

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Apareció en la esquina, justo a un lado de los señalamientos de tráfico. Tenía sed y por eso pronunció la palabra agua. Luego se entretuvo observando las ruinas que la rodeaban: los edificios partidos en dos, las cúpulas abiertas de las iglesias, las antenas rotas, las banderas rasgadas. El polvo la obligó a toser varias veces. El polvo le irritó los ojos. Una de sus manos se posó sobre el cofre de un coche, destrozándolo. Eso le pasaba muy seguido al inicio: destruir cosas sin darse cuenta. Avanzó varios metros hacia la derecha y, sin motivación alguna, sintiéndose perdida, regresó al lugar del inicio. Se detuvo, indecisa. Observó el cielo: un azul muy diluido que se asemejaba al gris. Luego, como si ya no tuviera otra cosa por hacer, exhaló. El ruido de la respiración asustó a una parvada de diminutos pájaros que se escondía entre la estructura metálica de un espectacular. La ráfaga que salió de su boca impregnó la tarde de un olor agrio y añejo. Aire de lejos. Aire lleno de tiempo.

Primero cayó sobre la banqueta con ánimos de sentarse pero, cuando ya no pudo más, cerró los ojos y se tendió sobre la calle. No sabía que estuviera tan cansada. Durmió de lado, el antebrazo izquierdo como almohada bajo su oreja. Soñó cosas extrañas. Soñó que corría sobre una pradera interminable entre vacas inmóviles y margaritas agitadas por el viento. Reía. Soñó que su cuerpo se remontaba hacia el cielo ayudada por el cordón de un papalote. Soñó que levitaba, luego, por sí misma. Entonces se despertó con un sobresalto.

—Agua —se dijo—. Necesito agua.

Nunca supo cuanto tiempo había dormido pero, cuando se incorporó, la ciudad seguía igual: deshabitada y destruida. Una nube de polvo al ras del suelo. Concluyó que tal destrozo sólo podía ser el resultado de una guerra. Se preguntó, cabizbaja, por la suerte de los ejércitos, por el destino de los triunfadores, el tamaño de los cementerios. Luego avanzó por la avenida central con cuidado, tratando de esquivar árboles y vehículos. El tiempo le había enseñado a ser cuidadosa con eso. Cuando avizoró el estanque no pudo ocultar su gusto. Se aproximó aprisa e, inclinada sobre el líquido, bebió hasta saciarse. El ruido de la parvada de gansos al escapar. El ruido de los sorbos avorazados. No fue sino hasta que se limpiaba los labios con el dorso de la mano derecha que recapacitó en que no sabía donde estaba.

La ciudad tenía límites difusos. Parecía estar a punto de desaparecer varias veces sólo para irrumpir, con renovados bríos, tras montañas o puentes. Vista desde lo alto daba la impresión de ser el lomo de un animal prehistórico que se movía despacio. Había altas torres de comunicación y, por eso, supuso que la urbe contaba con radio y televisión. Había presas. En uno de los extremos se extendía una gran hilera de aviones: asumió que ahí había estado un aeropuerto. Pudo reconocer con facilidad las iglesias y los cementerios; los edificios donde se asentaba el poder, pesados y pétreos; los parques. A pesar del polvo y la sequía, los parques lucían un verde que era muchos verdes. Un verde extraño. Llegó a pensar que los habían pintado. Las casas provocaron su curiosidad. Tendida sobre el pavimento se asomó por los ventanales de unas cuantas: no había nadie dentro. La ausencia le provocó una súbita melancolía y, minutos más tarde, una indescriptible sensación de alivio. Los muebles, por otra parte, parecían normales: mesas, sillas, camas, espejos. En uno de ellos vio el blanco de sus ojos y salió corriendo.

El ruido del helicóptero la obligó a virar el rostro. Se había recostado sobre una colina, esquivando con destreza árboles y antenas, muy cerca del lago que la había salvado de la deshidratación. El hombro derecho sobre el pasto, la espalda curva, la mente en blanco. Había visto de reojo las nubes que, nimbadas de colores rojizos, anunciaban el fin de otro día. Una lenta puesta de sol. El guante de la noche. Al inicio pensó que el sonido de las aspas era producto de su imaginación y, luego, antes de verlo, sintió miedo. Pensó que no sabía qué hacer con su vida y, por eso, no se movió. Las luces del helicóptero pasaron cerca de su cintura, a un lado de la cadera, pero no alumbraron ni su rostro ni sus manos. Entonces, cuando pensó que el helicóptero retrocedía, se atrevió a virar poco a poco la cabeza. Un lento movimiento milenario. Un desplazamiento de muchos siglos. La tierra. Le dio tiempo para ver que algo caía del vehículo en movimiento, pero no para saber qué era. Le dio tiempo de sentir el contacto del aterrizaje en algún lugar de su cabeza, pero no para llevar la mano hacia el cabello y averiguarlo.

Jean De Mandeville escribió El libro de las maravillas del mundo entre 1357 y 1371, después de haber desaparecido por aproximadamente 35 años de su lugar de origen, el que, por otra parte, todavía es incierto. Capítulo a capítulo, en una prosa ágil y no exenta de humor, Mandeville relató así sus aventuras en tierras cada vez más lejanas, aderezándolas con señeras descripciones de seres improbables. Árboles cuyos frutos eran unos corderos diminutos, por ejemplo. Países donde los hombres tenían los pies al revés u orejas que alcanzaban la cintura. Frentes que albergaban un ojo. La mujer tentó con precaución su cuero cabelludo, intentando localizar lo que había caído del helicóptero pero no logró hacerlo. Volvió a recostarse sobre el pasto y a pensar que no sabía qué hacer con su vida. Ya casi lo había olvidado cuando sintió algo sobre el cuello, muy cerca del hueso izquierdo de la clavícula. Fue ahí que logró detenerlo. Tan pronto lo atrapó, lo colocó frente a sus ojos. El capítulo LV del libro de Mandeville se intitula “De una tierra donde son los hombres muy pequeños y pelean con las aves”. En eso pensó la mujer cuando le hizo la primera pregunta.

—¿Y de dónde vienes tú?

El aliento de la mujer movió sus largos cabellos. El hombre, que colgaba por la parte posterior de la camisa, se llevó las manos a las orejas. Cerró los ojos. Pataleó en el aire. Parecía gritar algo porque mantenía la boca abierta, pero de él sólo emanaba un sonido ininteligible y agudo, más parecido a un silbido que a una voz.

—¿Me entiendes? —susurró ella después, muy despacio, colocándolo sobre la palma de su mano con una extraña suavidad. Vestía unos pantalones a rayas que lo hacían parecer gracioso y unos zapatos relumbrantes, de color negro. Una barba tupida le cubría la parte inferior del rostro.

—Así está mejor —grito él, las manos alrededor de la boca para acentuar el sonido. Por su frente caían unos chorros de sudor.

—Pero tú no eres de verdad —musitó ella luego de un rato, incapaz de dejar de verlo—. No hay manera de que tú existas.

—Mira quién habla —contestó él, gritando. Ella tuvo que inclinarse para poder oírlo y, notando el gesto, él repitió:

—Yo creo que quien no puede ser de verdad eres tú.


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Saturday, August 07, 2010

TAMBIÉN ES UN MANIFIESTO

La Castañeda/ María Teresa Priego: El Universal, Agosto 7, 2010.

“Hablar del cuerpo, de las sensaciones del cuerpo, anotaba Wittgenstein en una de sus famosas alocuciones, no es tarea fácil. Decir: ‘Ésta es mi boca’. Decir: ‘Duele aquí’. Decir: ‘Siento esto o lo otro’. O ‘lo sentí’. Hablar de la mente. Decir: ‘Éstas son las varias derrotas de mi voluntad’, Cristina Rivera Garza. Y cuando una persona es capaz de decir “Duele aquí” (Hace cien años. Hoy. Mañana) ¿quién está allí para escucharla? ¿Quién se atreve? Cristina se hundió en parte de los 75 mil expedientes del manicomio de La Castañeda. Sola. Con su cuaderno de notas y un proyecto de tesis. Quizá entonces unos milímetros menos sola.

Hay libros que una siempre quiso leer, archivos que una ansiaba que “alguien” leyera. “Oír voces no sólo es del todo posible sino también deseable”, escribió. Pero “las voces” elegidas, hay que tener el valor de permitirse escucharlas, la fuerza para transportarlas a través de la escritura. Porque se intuye que podrían confundirse las voces “elegidas” y las voces que se imponen. ¿Quién acude a semejante cita? Cristina.
Lo hizo antes con su novela Nadie me verá llorar, en la que aparece una escena retomada en la tesis: “¿Cómo se convierte uno en fotógrafo de locos?”, pregunta la loca al fotógrafo. Cristina aceptó/necesitó/soportó ser la mediadora. Entre un tiempo y otro. Entre ellas/os “los locos” y “nosotros”, los que somos a como somos. Internó el cuerpo en el lenguaje de la locura, de esa supuesta “incoherencia”, que es una forma de memoria, rotunda coherencia de soliloquio. Desgarrada. Alterna. “Ahí estaba, dentro del óvalo de una fotografía, esa mujer que miraba hacia el futuro, retando o seduciendo, Me hizo escribirla, eso es cierto”.

1910. La Castañeda con su arquitectura grandilocuente abría sus puertas. Orden y Progreso. Los principios de la psiquiatría mexicana. 848 internos. La revolución. “Sólo dos años después de abrir sus puertas, cada enfermero del hospital se hacía cargo de un promedio de 150 internos en varios pabellones. De igual manera, 86 médicos supervisaban a 1024 internos”. La fábrica de sarapes para el trabajo terapéutico de las mujeres, la de sombreros de paja para los hombres. Un espacio de formación de médicos psiquiatras. Los “lunáticos”. Epilépticos. Hambrientos. Prostitutas. Pordioseros. Desoladora e involuntaria cofradía de los desamados.

En La Castañeda, Olga I. habló de su vida: “Una zanja rodeada por altos muros”. Matilda Burgos escribió textos de denuncia a los que llamaba solemnemente (ella tan desamparada) “despachos diplomáticos”. “Luz D. explicaba: ‘Debo advertirles que yo no bebo, a menos que me ponga nerviosa, lo cual sucede cuando el dolor moral, las pérdidas físicas y cuando el vacío de mi alma se refleja en mi parte física”.

“La sociedad hiere”, afirmó el doctor Mariano Rivadeneyra, (Desde La Castañeda) “hiere hasta el punto de volvernos locos”. Hiere hasta el punto de sumergirnos en una negación defensiva. Indiferencia. Construimos “altos muros”. Cristina parece decir: “Escucha. Aquí está. Si quieres, si puedes: Escucha”. Los engranajes trituradores de una maquinaria social que avanza excluyendo: “Estas mujeres no se presentaron a sí mismas como los heraldos rebeldes de los tiempos por venir, sino como recordatorios del costo humano del progreso. Ellas expresaron la destrucción; ellas encarnaban la destrucción.”
“Narrativas dolientes” es un trabajo histórico/académico/político/poético. Historia del encierro. Personas con rostros y nombres en condición de encierro. Principios de la psiquiatría (y la criminología) sus intervenciones, sus promesas y sus prejuicios: “Los ovarios y el útero son centros que se reflejan en el cerebro de las mujeres. Pueden determinar temibles enfermedades y pasiones hasta ahora desconocidas”.

Pero “Narrativas dolientes” es también un manifiesto. En el sentido más disruptivo. Profundamente humanista. No afirmo que fuera la “intención” de Cristina. Ella es así. Así cree en la vida y en las personas. Así se duele. Así escribe. Así acompañó la poesía de A. Pizarnik. De ese tamaño es su esperanza. Si olvidamos a “los olvidados”, la máquina deshumanizada nos tritura. ¿Por qué insistir en olvidarlos? Como si padeciéramos “locura moral”. Y ¿quién no es en algún lugar (toda proporción guardada) ‘un olvidado’? y ¿Qué sucedería si ese bagaje adentro nuestro, fuera reconocido? Aprehendido. Y eligiéramos vivir en consecuencia.

Cristina muestra que no hay lucidez, sin travesía. Ni travesía sin incertidumbre que cuestione “la lucidez”. Cita a R. Williams: “Tenemos que ver no sólo que el sufrimiento es evitable sino que no es evitado. Y no sólo que el sufrimiento nos destruye sino que no necesita destruirnos. Contra el temor de una muerte general y contra la pérdida de conexión, un sentido de vida es afirmado”. El “sueño de la razón” engendra sus monstruosos soliloquios, cuando ignora los rostros, los contextos, las singularidades del dolor. Qué valientemente sola habrá estado Cristina ante su escritura. “Con-jurar”, escribió, “también es una manera de designar esa acción a través de la cual es posible prometer-con-otro”.

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Tuesday, August 03, 2010

ERA/ERA

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Fueron viajes sobre todo. Ese constante moverse o huir. Una larga carretera que, en aquel entonces, parecía no tener fin. No lo tenía.

Era otra era.

El contexto: el país, que en definitiva era otro, entraba en los años dorados del así llamado Milagro Mexicano y, mi familia, que se había asentado hacia cuartos de siglo en la esquina más noreste del rumbo, pudo dejar atrás su pasado bucólico, su pasado de agricultores rodeados de capullos de algodón y, luego, de sorgo, para emprender ese viaje hacia la ciudad y la universidad y los libros y, en consecuencia, hacia los otros muchos viajes de ida y de regreso.

De eso se hace la infancia a veces: viajes de ida y viajes de vuelta. Una ventanilla. La mirada, inquieta.

Por eso, si me lo preguntas así, tan directamente, te tendría que decir que los sesenta son poco más o menos ese oscilar. Un cochecito loco que parte. Una máquina de tiempo. Una máquina de palabras.

Porque viajar, bien lo sabes, viajar puede significar cualquier cosa. Algunos viajan sin haber salido nunca. Algunos viajan y en realidad no salen nunca. Otros viajan sin notarlo siquiera. A últimas fechas viajo, por ejemplo, a qué más decirlo, aprisa, usualmente trabajando. Un libro en las manos, por ejemplo. La computadora abierta. El iPhone. Pero antes, en esos viajes de los sesenta, la cosa era distinta. Viajar era, en realidad, irse. Desaparecer. Ya no estoy aquí.

Todo empezaba así: se checaban las llantas, el aceite, la posición de los espejos. Se lavaba el coche. Mi madre preparaba alimentos sanos —sándwiches con pan de centeno, agua fresca, alguna botella de vino— y los colocaba en una hielera. Ahí, cerca, iban los manteles, las servilletas. Cada quien ocupaba su lugar. Ah, el aroma de la gasolina. El ronroneo del motor. La carretera, abierta.

Era otra era.

Habría que señalar que, en las fotos de esa era, todas ellas teñidas de esos tonos pastel que tan bien distinguen los productos Kodak de entonces, el hombre y la mujer que eran mis padres aparecen, sobre todo, como un hombre y una mujer. Un cigarrillo en la boca: ella. Una pipa: él. A veces los dos juntos, en alguna fiesta. A veces con la tía aquella que acababa de regresar de la China y traía noticias de Fidel. A veces con el hawaiano que, a través de matrimonio, se convirtió en tío y trajo noticias de otros imperios. El pelo largo. Las camisas de flores. A veces con el gringo ése que era hippie y, además, mi tío que, siendo blanco, se volvió chicano y disparó, según consta o constaba en expedientes de la FBI, contra un ataque del KKK. Muchas veces en la playa, ahora que lo recuerdo. O en las orillas de los ríos. Un hombre. Una mujer. La pregunta en los ojos siempre: ¿Dónde está el otro lugar?

Así nos volvimos nómadas.

Mirar por una ventanilla siempre tiene consecuencias: uno sabe, sin lugar a dudas, que el paisaje se va. Nada es sólido. Nada permanente. No hay contexto. Lo que se queda atrás, con el paso del tiempo, queda, incluso, más atrás. No vale la pena ver por el espejo retrovisor. Ni alargar el brazo. Ni llorar. Todo se escapa.

Mirar por una ventanilla es desear. Y desear es morderse los labios. Cerrar los ojos. Abrirlos otra vez. En lugar de. La escritura llegó así: en lugar de quedarse, en lugar de amarrarse, en lugar de vivir.

Era otra era.

Algunos tenían televisión y la veían. Algunos leían cómics. Algunos coleccionaban huesos o tortugas o muñecos. Los nómadas, por su parte, no podían hacer nada de eso. Las reglas siguen siendo básicas y simples: hay que viajar con equipaje ligero. Hay que elegir bien cada objeto. Entre menos, mejor. Entre menos te ate al mundo que dejas atrás, mejor. Entre menos pese. De ahí el cuaderno de notas. De ahí la imaginación.

Los zapatos de gamusa.

La terlenka.

Los cuadernos Scribe forma francesa, cuadro chico, sin espiral.

Los lápices mirado, número dos.

Los incaíbles.

El azul celeste kodak.

Los signos de amor y paz.

Los cinturones anchos.

Los mosaicos de un verde de mayólica.

El hormiguero en el patio de atrás de la escuela primaria.

Los guajolotes salvajes.

Las maestras en minifalda.

La barba (de los hombres).

El largo cabello lacio (de las mujeres).

Los cigarrillos.

Las pipas.

Las ondas de la radio.

Los suplementos dominicales.

El príncipe valiente.

El béisbol.

La libertad.

Partíamos, eso es cierto. Partíamos sin despedirnos siquiera. No había cartas que nos conectaran al pasado y apenas algunos tenían número de teléfono. Tabula rasa. Había que reinventarse entonces. Elegir los recuerdos. Había que empezar a formar las frases con las que todo empezaría a acomodarse otra vez, en paz.

Y los bárbaros se quedaron a cenar.

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Monday, August 02, 2010

TANTAS VERSIONES COMO SEA POSIBLE

La música de la locura
Mary Carmen Sánchez Ambriz

Para el lector que disfrutó de Nadie me verá llorar y quienes deseen asomarse a una lúcida investigación sobre el Manicomio General de México La Castañeda, el libro constituye una pieza medular.

Una faceta poco conocida de Cristina Rivera Garza es la de historiadora. Para el lector que disfrutó de Nadie me verá llorar y quienes deseen asomarse a una lúcida investigación sobre el Manicomio General de México La Castañeda, el libro constituye una pieza medular.

Cuando Rivera Garza vio por primera vez un expediente médico de La Castañeda tuvo la certeza que su experiencia derivaría en un libro. Pero no fue uno, sino dos y quizá sean más si decide seguir el hilo de la madeja de las narrativas dolientes e injusticias que tuvieron lugar de 1910 a 1930. En este ejercicio de hermanos siameses, como lo denomina la autora, la ficción encuentra su cause en Nadie me verá llorar y la no ficción en La Castañeda. Pocas ocasiones los escritores revelan cuáles son sus fuentes y de dónde obtuvieron la información que finalmente quedó plasmada en su libro. Ésta es una de ellas. En el caso de Rivera Garza, a manera de un palimpsesto, elabora un sólido retrato sobre cómo era la vida en el hospital psiquiátrico que se fundó hace 100 años y poco a poco va revelando los datos de los internos que le llamaron la atención, como es el caso de M. Burgos. También se destaca la labor que hizo el criminólogo Carlos Roumagnac, quien realizó entrevistas a los internos.

Bajo el amparo de Walter Benjamin, se aborda la historia no de una manera lineal y tampoco como un Sherlock Holmes que intenta buscar la verdad oculta, sino que recurre a mostrar tantas versiones como sea posible en un collage etnográfico.

Rivera Garza recuerda al director de orquesta y compositor Pierre Boulez cuando se refiere que hay que tocar a los músicos como si fueran las teclas del piano. En esta ardua tarea sobre los inicios de la psiquiatría en México, donde a las mujeres se les diagnosticaba con locura moral por el hecho de que hablaban demasiado, la autora no sólo toca los documentos como si fuesen teclas del piano, sino que interpreta con ellos, en cierta forma, las Variaciones Goldberg.

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Thursday, July 29, 2010

EN EL CENTRO DEL ENJAMBRE



Debe significar algo estar ahí, en medio, sin protección, feliz. Debe significar algo ir a través, escuchar la voz de los pájaros, poner atención a esa vieja tonada de jazz. El verano debe significar algo. Tal vez.

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Wednesday, July 28, 2010

LOS ÁRBOLES SON CUERPOS EN HU








Fotografías de Cristina Rivera-Garza. Photoshop de Isaí Moreno.

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ARGUEDAS SOBRE RULFO

¿Quién ha cargado a la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta por partir y cantar, como tú? En ese hotel, más muerto que vivo, el Guadalajara Hilton, nos alojaron juntos ¿de pura casualidad? Me contaste algo de cómo fue tu vida. Te despidieron y volvieron a nombrar algo así como veinte veces en los Ministerios de la Revolución Mexicana. Trabajaste en una fábrica de llantas. Dejaste el puesto porque te quisieron enviar a las oficinas de otro país. Mientras hablabas en tu cama, fumabas mucho. Me hablaste muy mal de Juárez. No debí sorprenderme de la heterodoxia con que ordenabas las causas y efectos de la historia mexicana, de cómo parecía que conocías a fondo, tanto o mejor que tu propia vida, esa historia. Y me hiciste reír describiendo al viejo Juárez como a un sujeto algo nefasto y con facha de mamarracho. Me acordé de la primera vez que te conocí en Berlín, de cómo te llevé del brazo al ómnibus, con cuánta felicidad, como cuando, ya profesional, volví a encontrar a don Felipe Maywa, en San Juan Lucanas, y ¡de repente! me sentí igual a ese gran indio al que había mirado en la infancia como a un sabio, como a una montaña condescendeinte... Por eso me trató de igual a igual, como tú, Juan, en Berlín y en Guadalajara y en Lima, también es ese pueblo de Guanjuato, fregado hasta nomás, como el Cuzco. Tú fumabas y hablabas, yo te oía. Y me sentí pleno, contentísimo, de que habláramos los dos como iguales. En cambio, a don Alejo Carpentier lo veía como a muy "superior", algo así como esos poblanos a mí, que doctoreaban. Sólo había leído El reino de este mundo y un cuento; después he leído Los pasos perdidos. ¡Es bien distinto a nosotros! Su inteligencia penetra las cosas de afuera adentro, como un rayo; es un cerebro que recibe, lúcido y regocijado, la materia de las cosas, y él las domina. Tú también, Juan, pero tú de adentro, muy de adentro, desde el germen mismo; la inteligencia está; trabajó antes y después.

José María Arguedas, Primer Diario, Mayo 11, 1968. Introducción a El zorro de arriba y el zorro de abajo (Buenos Aires: Colección Archivos, 1990), 10-13.

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Tuesday, July 27, 2010

EL TÚNEL DE LA SEÑORA ROBINSON



Aclaro que es literal: este es le túnel de la Señora Robinson.

En la carretera 101 North, justo antes de que aparezcan las señales del camino a Solvang o Santa Rita, hay un túnel. Por ese túnel (aunque en sentido contrario) pasó Benjamin Braddock cuando venía desde San Francisco a detener la boda de su novia en Santa Bárbara.

Al final del túnel siempre hay luz.

Un túnel son todos los túneles. Del otro lado de la luz hay una loma que resplandece. A un lado de la loma hay un enjambre. Dentro del enjambre, un brazo se extiende. La abeja, que se posa. La mano. La diminuta yema del dedo. El contacto.

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EN EL ENJAMBRE



Las abejas, en efecto, no tienen voz. Tienen caricias, pero no voz.

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EL FUTURO FUE ASIÁTICO

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]


El cuerpo es algo tan pequeño
En El Chino, uno de los libros más recientes del autor sueco Henning Mankell, la jueza Brigitta Roslin se ve involucrada de manera azarosa en la resolución de un caso cruento y en apariencia inexplicable: una mañana de invierno, los diecinueve habitantes de Hesjövallen, un pequeño pueblo del norte, aparecen brutalmente asesinados. A medida que emergen diminutas pistas evasivas, la jueza parece entender que el motivo viene de tiempo atrás y, en efecto, de otro país. El motivo, si es cierto que lo es, se origina, en parte, en las devastadoras condiciones económicas que dieron pie a los procesos de emigración que caracterizaron a la China del siglo XIX y, en parte también, en el oeste norteamericano donde un trío de hermanos enfrentaron condiciones lamentables de trabajo tendiendo las vías del ferrocarril. Junto con una amiga radical de los 60, pues, la jueza Roslin abandona el invierno sueco y llega a Beijing, donde todo es distinto a como lo imaginara en su juventud. Después de caminar por la plaza Tiannamen y de digerir una tradicional comida china donde se han combinado los platos dulces y salados, calientes y fríos, la jueza reflexiona: “Rodeada de todas aquellas personas que se apretujaban por las calles, o sola en el anónimo hotel de la gran ciudad de Pekín, se sentía como si su identidad empezase a difuminarse. ¿Quién le echaría de menos allí si se perdiese? ¿Quién se percataría siquiera de su existencia? ¿Cómo podía vivir la gente cuando se sabía sustituible?”.

Con años de diferencia y procediendo de un país distinto, me descubrí pensando cosas similares mientras observaba mi primer atardecer asiático detrás de la ventana. El cielo era de un gris imperial, como imperiales eran las dimensiones de los edificios circundantes e imperial el río de cuerpos que fluía sin cesar por las anchas avenidas. ¡En pocos lugares como en la capital de la China se transforma el cuerpo en algo tan pequeño! Ya frente al peso de las construcciones ancestrales o ya bajo las sombras de las masivas edificaciones posmodernas, el cuerpo no puede olvidar aquí por un solo instante que la historia es un vasto quehacer que igual se disemina en el pasado, en el punto en que la memoria se torna inmemorial, como hacia el futuro, donde la imaginación camina frente a nuestros pasos. Destronado, fuera ya de un antropocentrismo occidental, el cuerpo mira a su alrededor, huérfano. Y ésa es, sin duda, la primera sensación verdaderamente asiática de mi vida. Luego vendrá la confusión, el asombro, el descontrol, la euforia, el temor. Pero al inicio, justo después de aterrizar, cuando apenas me llevan del aeropuerto al hotel y pregunto ya por la destrucción que observo en el camino, está ahí ya toda entera la orfandad.

—La ciudad está dividida en una serie de anillos —me explica mi informante con amabilidad pero sin grandes detalles—. Estamos entrando ahora en el segundo —dice, mirando por el espejo retrovisor, confirmando que he escuchado bien—. Mañana esto no estará aquí —asegura con parsimonia luego, sin despegar la mirada del vendaval.

A mi regreso, apenas unos días después, comprobaré que mi parsimonioso informante decía la verdad. Se le llama Gran Cambio. Se le llama Globalización. Se le llama Preparativos para una Nueva Era. Se le llama el Futuro (que viene desde un pasado inmemorial) Será Asiático (o no Será).


Juan Muñoz en Xian
—Pero si esto es como Nuevo Laredo —es lo primero que digo en voz alta cuando el camión que he tomado en el aeropuerto llega finalmente a Xian. Se trata, en efecto, de una ciudad sobrevolada por el polvo en cuyas calles se abren talleres mecánicos y vulcanizadoras a granel. Hay tantos que, de hecho, me pregunto si todos los negocios de Xian son talleres mecánicos y vulcanizadoras. He viajado, contra todo consejo, sola hasta Xian y, ahí, contra todo consejo, he optado por el camión en lugar del taxi. No seguir consejos ha sido siempre mi especialidad. No sé que lo lamentaré, que verdaderamente lo lamentaré, sino hasta la última parada, cuando todo mundo baje del autobús y comprenda, primero algo divertida y más tarde con bastante estupor, que la posibilidad de quedarme ahí, justo ahí, varada y ahí, no es tan remota como podría creerse. Ahí estoy yo, pues, con mi maleta y ese pequeño mensaje que ha escrito en mandarín el Joven Guía de Beijing. Ahí estoy yo, con la maleta y el mensaje parada por horas, todas las horas que se requieren para conseguir que alguien en Xian pueda leer el mensaje y, después de leerlo, pueda indicarme qué hacer para llegar a una de las muchas universidades del lugar y, una vez dentro de un inmenso campus universitario, para alcanzar la puerta de mi hotel. Ahí estoy yo, en una esquina de Xian, preguntándome qué diablos hago aquí.

Asumo cada peripecia con cierta emoción. Uno de los primeros cuentos que escribí en ese otro siglo que dominó la economía de Estados Unidos, antes de que iniciara lo que ya inició que es el Futuro Asiático, se llamó El Desconocimiento. Su personaje principal se llamaba Xian. Bautizo demencial. Camino ahora, eso pienso entonces, dentro del nombre de un personaje que es una ciudad. Bajo mis pies, el tiempo. La mella. Eso me emociona. Me emociona eso como me emocionan luego los coros de ascendencia maoísta que se congregan en las tardes en las plazas de la ciudad; como me emocionan sus murallas y sus papalotes y sus mercados musulmanes y su McDonalds; como me emocionan, cuando finalmente los veo, los rostros de los soldados de terracota que, alguna vez, libraron una batalla contra campesinos de verdad. No puedo evitar la suspicacia: ¿es ésta una oficina más del Mercado de las Perlas? ¿Estoy justo en el centro del Tepito Universal? A medida que avanzo cerca de sus cuerpos, sin embargo, les creo. Son sobrevivientes. Han sobrevivido a todo. Están aquí. Aun los soldados que yacen desmembrados sobre ciertas áreas de la tumba-museo están aquí: un cuerpo a través del tiempo. Adentro. Es entonces que pienso en Juan Muñoz, en las dimensiones de los cuerpos que el escultor español colocó en semi-círculos, enfrentando al espectador con una sonrisa uniformada. La burla del tiempo. Su mella.

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Friday, July 23, 2010

TODOS LOS SERES BAJO EL CIELO DE HU



Encontré al capitán Ahab y lo increpé.

Hablé con Percival pero el ruido de las olas.

Ahí estaba Lol V. Stein, mirando impávida la pista de baile. El aire marino alrededor. La fiesta.

Desde que supe que ella la consideraba la más salvaje de todas la palabras me siento más cómoda diciendo No. Gracias, Emily Dickinson.

En la esquina estaban Rhoda y Tristam hablando de cosas extrañas. El ruido de las olas.

La misma historia: Septimus decide morir y yo no puedo hacer nada al respecto. Así lo decidió Virginia Woolf desde 1925.

Y Miriam avanzaba hacia el estuario, los pulgares colgando de los bolsillos de su abrigo, el cabello tremendamente blanco. Sus 12 años.

Mersault a la orilla del mar. El zapato estrujando la arena. La rodilla, flexionada. Los ojos en otro lugar.

Y detrás del tronco, fumando cigarrillo tras cigarrillo, Fyodor. El sonido monocorde de las garzas. El aleteo de los cormoranes.

Al final de la fiesta siempre Huckleberry Finn. Su mano extendida. Las riberas del río.

El agrimensor acaba de tocar a la puerta.

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Thursday, July 22, 2010

LOS HOMBRES DE HU



Algunos dicen en Babilonia que ciertos peces se esconden para conservar la humedad cuando el río se seca. Luego salen a la superficie para alimentarse. Caminan sobre sus aletas. Mueven la cola en signo de saludo o despedida. Todo eso dicen. Cuando se les persigue, huyen; pero siempre voltean a ver la cara del perseguidor un segundo antes de zambullirse de vuelta.

Dicen en Nuevo Laredo alrededor de la mesa de una cantina, entre el ruido de tarros que chocan, que, a pesar de las apariencias, no son delfines ni mantarayas ni peces de dimensiones muy finas. Dicen que son hombres. Carne de su carne. Hueso.

En Amecameca, frente a una fachada que fue traída de otro lugar ladrillo por ladrillo, pieza por pieza, dicen que por esas ventanas alguna vez fue posible avizorar en todo su esplendor, en su infinita alicaída presencia, el rigor del océano sobre el que imaginan las distancias más serenas.

En Cyrene dicen que las abejas no tienen voz y que la miel terminará por escaldarte la lengua.

Dicen en la punta del cráter de un volcán muy alto, ahí donde Juan Rulfo alguna vez encendió una pipa, que la falta de respiración es una queja muy real y muy amplia y muy sin embargo.

En las islas Electrides, que quedan en el golfo adriático, dicen que hay dos estatuas, una de estaño y otra de cobre, dedicadas a alguien o algo.

Algunos dicen en Coal Oil Point que lo más difícil es tomar el remo y arrojarlo contra la superficie del agua y hundirlo ahí, una y otra vez, una y otra vez, como si se tratara de un cuerpo al que se le quiere sacar las entrañas.

En Oxnard dicen que sus voces se apagan.

Dicen en Pontus que algunos pájaros se esconden durante el verano en los agujeros de ciertos troncos y que, ahí, no sienten cuando les arrancan las alas aunque sí reaccionan ante el color del fuego cuando los colocan sobre las brasas.

En Montecito dicen que los han visto salir por las mañanas--el sol sobre sus frentes, los remos en las manos, las abejas alrededor de sus hombros--y que sí tienen piernas y brazos y cuellos.

Hay otra cosa maravillosa entre los habitantes de Coal Oil Point. Dicen que, cuando la bruma entra antes de las cuatro de la tarde, especialmente si tiene un tinte amarillo o rosa, las garzas no vuelan sino que levitan sobre las aguas inmóviles del estuario. Dicen que los hombres de Hu las observan, extenuados.

Dicen los que ven el cielo que cuando avizoran los catorce míticos pelícanos que vienen de Lo Lejos algo sucederá en Tirrenia o en Matamoros o en la ciudad de México.

El moribundo que yace sobre la banqueta de Reynosa dice que hay un lugar que responde al nombre de Hu y que los hombres de Hu caminan o se deslizan o se arrastran sobre la superficie entre gris y azul del océano. Dice que recuerda o cree recordar el relato de un hombre que también caminaba sobre las aguas.

En Chipre dicen que los ratones comen hierro y que los hombres de Hu sobrevivirán, sin duda, el invierno.

Dicen en una iglesia vacía de Ciudad Juárez, la voz vuelta un puro eco o un puro alarido o un puro estertor, que de nada vale rezar o pedir o creer, pero que sí han platicado con los hombres de Hu. Dicen que tienen lenguaje y que entienden lo dicho a la perfección. Dicen que asienten.

En Armenia dicen que hay un lugar que se llama Hu y que sus hombres mascan tabaco y escupen luego sobre las plantas que sienten y desean y gozan y padecen.

Dicen en Hu que los hombres de Hu reman, sin embargo.


[a bit after "On Marvellous Things Heard," attributed to Aristoteles, in Minor Works, English trans. by W. S. Hett, M.A., 1936]

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Wednesday, July 21, 2010

LAS GARZAS DE HU

1
Meses después, recordaría las dos preguntas: “¿No sientes el golpetear de la lluvia?” y luego, como un eco en súbita retirada, aquella otra interrogante acerca de la ilusión: “¿La ilusión?”, había enunciado a manera duda, “Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido”.



2
Un acto privado entre dos personas: abrir un paraguas, cruzar una calle, cerrar la puerta de un taxi. Esto al inicio.



3
Un acto privado entre dos personas: quitarse la ropa, morder un pezón, lamer una espalda, gemir. Esto en medio.



4
Aquí, dentro de esta página, debe existir un hombre que muerde el pezón de una mujer. Y debe estar aquí también la mujer, gimiendo, boca arriba. Dentro del pabellón de su oreja y, luego, dentro túnel del oído, las palabras: me haces daño. En efecto, la mujer gime dentro de esta página y repite las palabras: me haces daño. Es ella. Y es él quien, sin dejar de succionar los pezones alternativamente, sin dejar de caer con todo el peso de sus palmas abiertas sobre las palmas abiertas de la mujer, se coloca entre sus piernas.



5
⎯¿Qué te hago qué? ⎯le murmura al oído, los cabellos enredados entre la saliva. La respiración.
⎯Daño ⎯balbucea ella, moviéndose a su ritmo, entregándole su pecho. Las rodillas erguidas.



6
Un acto privado entre dos personas: la palabras que se intercambian en voz muy baja dentro de un taxi. Las gotas de lluvia. El lento quehacer de los limpiabrisas. Las yemas de los dedos de una mano sobre la piel blanquísima del dorso de otra mano. Esto al final.


Fotografías y texto de Cristina Rivera Garza: fragmentos de "El estrecho ataúd". Photoshop de Isaí Moreno.

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Tuesday, July 20, 2010

Y MRS. ROBINSON FUE FELIZ

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

Generaciones enteras deben recordar la escena en que un muy joven y desesperado Dustin Hoffman arriba a una iglesia de Santa Bárbara justo a tiempo para impedir la boda de su novia. Se trata, por supuesto, de la última secuencia de El Graduado, la película que Mike Nichols filmó en 1967 que incluía, para escándalo de muchos, un affaire entre el joven y desesperado Benjamin Braddock y una mujer de mediana edad presa del aburrimiento en un matrimonio inane: la señora Robinson. Para quien no lo recuerde, una todavía guapa aunque algo cínica y otro poquito alcohólica Anne Bancroft se había encargado de seducir a Benjamin quien, recién graduado de la universidad y sin ningún plan en puerta, no hacía otra cosa más que pasar sus días alrededor de la alberca en una muy soleada California. La relación intergeneracional versión 1967 no podía, por supuesto, terminar bien. Benjamin terminó enamorándose de la hija de la señora Robinson (lo mismo le había pasado, entre otros, a Santos Luzardo con la hija de la temida doña Bárbara en la novela del mismo título, por cierto) y, en un arranque de trasnochado romanticismo y justo cuando está a punto de perderla, la salva de un matrimonio como el que condujo a su madre a vivir un affaire desgraciado. O al menos eso parece indicar la grandilocuencia del escape de la joven pareja. Lo que sucede cuando Benjamin grita el nombre de Elaine a través de un vidrio y cuando la joven vestida de novia le contesta gritando, a su vez, el nombre masculino es el restablecimiento del orden de las cosas. La pareja ideal ha sido, en efecto, salvada del horror. Mientras tanto, en una de las canciones que Simon y Garfunkel compusieron para la película, Mrs. Robinson sigue teniendo que guardar un secreto y, mire para donde mire, le toca seguir perdiendo. Hey, hey, hey.

Las edades son construcciones sociales, sin duda. La niñez antes duraba muchos menos años que ahora. La adolescencia, un invento que data más o menos del siglo XIX, se alarga sin cesar en el mundo contemporáneo. Los 40 son, como bien se sabe, los nuevos 30. Y así. Con todo y todo, cuando hacia finales del siglo XX Demi Moore empezó a salir con Ashton Kutcher, un guapote 15 años más joven que ella, pocos esperaban que esta neo-Mrs. Robinson y este neo-Benjamin se salieran con la suya. En la narrativa original, ésa en la que toda Mrs. Robinson debe sufrir y sufrir mucho, Ashton tenía que usarla para escalar posiciones en el mundo del cine y tenía que aprovecharse de su posición económica y, al final, tendría que traicionarla, de preferencia con una de sus hijas. Poco sé, a decir verdad, de los avatares del matrimonio Moore-Kutcher, pero sé que algo así como un proceso de demimoorización ha transformado el sentido original de la canción de Simon y Garnfunkel. Mrs. Robinson no tiene necesariamente que llorar o no, al menos, más que otra cualquier Mrs. No-Robinson. No más que tú o que yo. Ni menos.

Hacia la segunda mitad del siglo XX, hombres y mujeres de la más diversa índole se dieron a la tarea de revisar críticamente las nociones y las prácticas que constituían las relaciones de género. Aunque el feminismo fue siempre más vocal al criticar las definiciones sociales de lo femenino, igual escrutinio, aunque acaso no tan enfático, se llevó a cabo en relación a las definiciones de la masculinidad. Ser hombre o, para decirlo en términos de Simona de Beauvoir, hacerse hombre, dejó de ser un asunto meramente natural y/o auto-evidente para convertirse en un toma y daca denso y punzante, cotidiano, infinitesimal. Estas transformaciones algo tuvieron que ver sin duda con el número creciente de Señoras Robinson y Benjamines en nuestras sociedades. No hemos cambiado, por supuesto, las bases patriarcales del mundo en que vivimos y, por eso, las relaciones intergeneracionales siguen siendo dominadas por la figura del hombre mayor (poderoso) y la mujer joven (bonita). El 40/20 oficial sigue siendo, en efecto, aquel en que el hombre de éxito seduce o consigue los favores eróticos y/o emocionales de una versión benigna de Lolita. Pero aún así, con todo y fundamento patriarcal, las transformaciones laborales (que han incentivado una mayor participación de la fuerza de trabajo femenina, por ejemplo) y las ideológicas (no creo exagerar si digo que la máxima básica del feminismo, aquella que pide igual salario para igual trabajo, forma parte de un imaginario más bien colectivo) han generado un número mayor de Señoras Robinson, digámoslo así, felices y/o plenas mientras que los hombres sensibles de los 90 fueron sustituyendo poco a poco a los confusos y conservadores Benjamines de los 60. El 40/20 es, en definitiva, lo de hoy, pero al revés. Hey, hey, hey.

Las neo-Robinsons pueden ser tan cínicas como el modelo original, pero no por necesidad o auto-definición son tan oscuras o resignadas como para acallar, que no cambiar, una relación aburrida y des-erotizada. Los neo-Benjamines pueden tener tantas ansiedades acerca del futuro como el original, pero no están destinados interrumpir sus días de no hacer nada alrededor de cualquier alberca metafórica con súbitas sesiones de sexo mandatario o vacío. Las neo-Robinson saben, aún más, que por más reciente que parezca la demimoorización del mundo, su estirpe data de tiempo atrás. De Agatha Christie a Isak Diensen pasando por Edith Piaf o Marguerite Duras, la historia abunda en ejemplos de parejas que responden al formato 40/20 alternativo. Supongo que ambos saben que cualquier relación amorosa cuando es, es un riesgo. Supongo que ambos están al tanto de que el “fueron felices” rara vez es “para siempre” pero que eso no les impedirá explorar las posibilidades prácticas del “de vez en cuando”, “por un tiempo”, o incluso, el “a veces”.

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Wednesday, July 14, 2010

UN VERDE ASÍ



Cosa de enfocar la lente y encontrarlo. Un verde así. El frescor del primer trago de agua dentro del cuerpo. El miércoles se posa, con suma tranquilidad, sobre el esternón. Latir es a menudo otro verbo. La vitalidad se nota, sobre todo, en el peso de los pies sobre el pavimento. Carne de mi carne. Sangre. Alguien se acaba de levantar de una silla para dirigirse a. Cuando te encuentres al final de la frase toma un paracaídas y abre los brazos. Las ráfagas afganas. Las hebras del cabello. La atracción del vacío podría ser el diagnóstico de una enfermedad. Escribir es eso. Ambulatorio se refiere al uso de ambas extremidades, especialmente al caminar. Correr es una manera de inventar el aquí y el ahora. El pensamiento es un ejercicio, en efecto. !Todos estos huesos! Es muy sencillo: la gente corre para irse de aquí. La prisa a veces gana. El horizonte se desdobla con cierta gracia hoy. Sangre de mi sangre. Carne. Al final de la respiración siempre queda el mar o la náusea. Sigo siendo la niña que prefiere caer y regresar de entre los muertos. A todo esto yo le llamo Shangai. El ruedo podría ser una rueca si no fuera el escenario donde avanza una bicicleta o una bestia muy dulce. Entrar ahí. Jugarse la vida ahí. Mi reino por mi reino. Ca. 2666. Esto.

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Tuesday, July 13, 2010

LA VIDA PRIVADA

[en La Mano Oblicua, columna de los martes del periódico mexicano Milenio, sección de cultura]

El verano parece invierno allá afuera (y los rayos y truenos de la tormenta matutina así lo confirman). Los que parecen lejos están cerca y viceversa. Todo, a veces, tiene cara de contradicción. Lo mismo pasa con la así llamada vida privada. Me despierto pensando en eso, en la vida privada, en el secreto que se supone ubicado en el centro mismo de su propia definición. Ciertos altos muros alrededor de su médula. Ahí, en lo privado reina el espacio que, como la boa, se muerde la cola. Broche que cierra. Eslabón. En el otro extremo, por supuesto, queda el exhibicionismo de la vida pública. La revelación. Los pudorosos y los discretos, se dice, guardan silencio y conservan las formas. Sólo los extrovertidos y los sinvergüenza lavan la ropa sucia fuera de casa. La vida privada, esto también se cree, ocurre detrás de las puertas. Si es que existe un detrás, si es que las puertas se cierran. Hay algo tan terso en la dicotomía que coloca en sitios tan simétricamente opuestos al secreto y lo privado vis a vis la revelación y lo público que no puedo evitar entrar en sospechas. Ya se quejaba Paul Virilio (y en eso se ha parecido, válgame dios, a Simon y Garfunkel) contra aquellos que, con tintes autoritarios, han condenado el silencio al silencio, presumiendo, claro está, que el silencio de hecho va preñado de voces. Y qué, me pregunto yo haciéndome eco de esa queja, ¿no se hicieron las puertas con el sólo fin de escuchar algo a través de las puertas?

La Declaración de los Derechos Humanos la protege: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su correspondencia, ni de ataques a su honra o su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”. George Duby le ha dedicado al menos cinco volúmenes de candente observación, esto en Europa desde el imperio romano hasta, al menos eso reza el último título, nuestros días. La historia de la vida cotidiana, con un especial énfasis en la esfera de lo privado, también ha dado como resultado sendas colecciones de historia en México (pienso, sobre todo, en los volúmenes dirigidos por Pilar Gonzalbo que van desde la era mesoamericana hasta el siglo XX). Con todo y eso, y acaso sólo debido a la tormenta que ya hace rato se fue, me levanté con la sospecha, que es de suyo terrible y de suyo escabrosa, de que la Vida Privada, así con mayúsculas aunque en voz muy baja, terminó en 1844, el año en que Edgar Allan Poe escribió The Purloined Letter, aquel cuento en que el prefecto de París pide ayuda al detective Auguste Dupin para encontrar una carta robada. El detective Auguste Dupin descubre que la carta que se suponía robada no había sido sustraída sino que se encontraba ahí, expuesta a la mirada ajena, abierta. Se expone para ocultarse mejor, la carta. Eso, que es lo que parece estar diciendo Poe en una historia intrincada y amena, tal vez es lo mismo que nos vienen a ensañar las redes sociales, en especial el twitter. Entre más expuesta (la carta o la vida privada), más inaccesible.

En el cuento de Poe, las autoridades saben quién robó la carta (un ministro con ojos de lince) y, en general, el lugar donde el objeto puede encontrarse (la casa del ministro). Sin embargo, después de una búsqueda minuciosa, acaso exhaustiva, los policías no pueden dar con ella. Dupin, quien está al tanto de que el ladrón es, además de ministro, poeta y matemático, llega a la conclusión que la carta no está escondida, cuando menos no de la forma convencional. Dupin la rastrea en un lugar distinto: no en la profundidad de los escondites extraordinarios, sino en la superficie. Y ahí es, precisamente, donde la encuentra. A la vista de todos. La carta arrugada y puesta de revés parece otra, pero es la misma.

Unos cien años más tarde, Jaques Lacan analizó este relato en su famoso seminario de los miércoles, curiosamente en la misma ciudad donde Poe situó su relato original. La lettre volée. Al psicoanalista le preocupaba, entre otras cosas, promover el siguiente principio: “que en el lenguaje, nuestro mensaje nos viene del Otro y, para anunciarlo hasta el final: bajo una forma invertida”. También se planteaba desde ahí la siguiente pregunta: “si el hombre se redujera a no ser más que el lugar de retorno de nuestro discurso, ¿no nos regresaría la pregunta de para qué dirigírselo?”. Tal vez. Es muy posible que al psicoanalista, en realidad, le interesaran muchas más cosas pero, tal como él mismo lo afirmó a menudo, la verdad sólo puede ser enunciada a medias. En todo caso, no sugería Lacan dejar cosas a la vista para esconderlas mejor, sino llamar la atención sobre el hecho básico de que nada “por muy lejos que venga una mano a hundirlo en las entrañas del mundo, puede estar escondido en él, puesto que otra mano puede alcanzarlo allí”. El misterio es simple y raro al mismo tiempo, tal como lo había enunciado Poe.

Hacia el final de la primera parte del seminario, después de verse confirmado en el rodeo por el objeto mismo que lo lleva a él, Lacan sentenciaba que una carta siempre llega a su destino o, en otras palabras, que el lenguaje entrega su sentencia a quien sabe escucharlo. Edgar Allan Poe y Jaques Lacan parecen haber compartido cierta fascinación por aquello que se esconde a la vista de todos, eso al menos parece quedarme claro.

Hay un juego interesante en twitter que los usuarios habituales saben jugar bien. Como es sabido, es posible responder a un mensaje en particular usando la arroba para identificar claramente tanto a quien emite como a quien recibe y, en su caso, contesta el mensaje. La aparición de la arroba constituye, luego entonces, una clara indicación de que una intercambio “privado” está tomando lugar a la vista de todos en esa plaza pública que es el Time Line. La invención de la arroba invisible, una treta que algunos atribuyen a @assiain y otros con años de trayectoria en twitter asocian al mismo origen de los tiempos digitales, permite, sin embargo, sostener un diálogo “privado” frente a las miradas no advertidas de los que, sin duda alguna, miran. El mensaje se emite y, oculto de sí, después de atravesar el campo minado de las miradas, logra entregar su sentencia al receptor que sabe leerlo. Que este proceso ocurra y, aún más, que tenga que ocurrir frente a los ojos de todos para poder ocultarse, me obliga a considerar con cuidado el concepto mismo de lo privado en estos tiempos en que la intimidad se produce y se dirige de afuera hacia fuera. Estas mañanas de extimidad.

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Monday, July 12, 2010

UN VERDE ASÍ



Cosa de moverse con cautela y verlo. Un verde así. Contarte lo que pasa. Narrar las mañanas y los mediodías y las tardes y las noches y las madrugadas. Los puntos suspensivos son apenas un límite. La anécdota es lo que tiende a explotar. Valdría la pena evadir esa piedra en el camino y continuar. Los bordes más distantes de un cuerpo son las puntas del cabello, el filo de las uñas, la flecha sin rumbo de las pestañas. Cede. En algún punto empieza el tú. La voz es un retrato de los órganos más íntimos del cuerpo. Temblar no es más que. Entiéndelo así: Cuando la cercanía es demasiada agobia o se convierte en nosotros. O ambas. O incluso más. A veces es necesario organizar una expedición a Shangai. ¿Guardas todavía la imagen del Santo Niño dentro de las páginas de un libro? Mi equipaje: una colección de materiales manufacturados, una mano, los huesos tocados por el trueno. Siempre hay necesidad de un estandarte. A esto yo le llamo simulacro o umbral. Me han dicho que todo ha cambiado por allá. O cambiaría. Definitivamente cambiará. Hay una garita en todos lados. La pregunta es: ¿cómo te llamas? Los pronombres en plural suelen producir una pena infinita. La pregunta es: ¿realmente tenemos marcado en el interior del antebrazo el número 2033? De la nada, de ese pasadizo angosto donde se hace la clorofila, la palabra retacería. El vestido de brocado con adornos de pirita. La mariposa en la nariz. !Pero qué fresco huele todo aquí! Las palabras tienen, a veces, alas. Yo te ayudaré a escapar, decías.

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Sunday, July 11, 2010

UN VERDE ASÍ



Claudia Sorais Castañeda, según sus propias palabaras, copió "las entradas de Un Verde Así y las pasé por wordle.com para generar una nube de tags con las palabras que más se repiten en todas ellas".

Con tanta palabra me quedo sin palabras. Gracias, Claudia!

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UN VERDE ASÍ



Cosa de volver la cabeza hacia el muro y verlo. Un verde así. Habría que estremecerse a veces. Las gotas de lluvia a través de la resolana de la tarde, por ejemplo. Las escenas de una película vista hace una eternidad. El timbre de tu voz. Anoche, dentro del sueño de otro soñante, viajaba con una maleta demasiado pequeña. Con frecuencia los objetos de uso personal son de juguete. Aumentar o disminuir de tamaño no sólo le sucede a Alicia, en su país. Bruscamente. La sombra de los cuerpos sobre el camino de tierra o sobre la pared de enfrente: una de dos. O las dos. Es del todo posible caminar sobre el plano vertical, hacia arriba, hacia el cielo. La belleza ambigua de las sombras, su pátina. Un miope sólo sabe dudar. A menudo se sobrevalora a la gravedad, eso es cierto. Un pathos, dijo alguna vez alguien como en broma. Valdría la pena reírse con más frecuencia. Decir: ¿Qué te trae por aquí? Decir: Este es un té de hinojo o de menta. Decir: Esta es mi pared tuya. De mí en ti, la pared. El título del deseo podría haber sido Ir hacia allá. Todas las raíces son aéreas en Shangai. A cada declaración le corresponde una pregunta. ¿Y es esto una mesa llena de alimentos rajásicos junto al mar? Respirar es un aprendizaje turbio. Si fuera ca. 2032 y no ca. 2017 tal vez encontraríamos motivo para cerrar los ojos o para masticar despacio o para leer las líneas de la mano. Mírala bien: por ahí va tu esquela en traje de baño.

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Saturday, July 10, 2010

UN VERDE ASÍ




Cosa de pasar a la siguiente sala y encontrarlo. Un verde así. La perfección es algo que se escapa. A veces caminas como en trance hasta cruzar una línea invisible después de la cual el paisaje, que es el mismo, oscurece. Bajo la fronda. Puede que el alivio sea sólo un disfraz del tiempo. Iba a ponerme de rodillas y a rezar, pero me distraje. Una canica esmeralda, hace muchos años. El río que todavía resbala por la tierra. Un bosque dentro de otro bosque dentro. Una mosca. Como si a la nada, ir. El sonido de la respiración bajo las sienes, en la caja torácica, dentro de las muñecas. Zumbar. Retumbar. Reincidir. Hay una serie de cosas que sólo pueden constatarse desde la mirilla del cuerpo. ¿Hay alguien ahí? ¿Hubo alguien alguna vez en Shangai? Esta es mi mano sobre tu nuca. Emprenderíamos un largo viaje sin saberlo. Caminaríamos dentro de un cuadrado hacia otro cuadrado. La tiza y la rayuela y el pie que salta. Es la infancia el origen. El goce, que regresa. Desapareceríamos de improviso como los humanos. El microscopio de los dedos sobre las cosas más humildes de la tierra. Implacable, la atención. Allá, ca. 2045, todo esto te parecía irreal. !Quién pudiera construirse un muro alrededor! Mis aristas. Mis pesadillas más dulces. La cámara de las mil maravillas. Con frecuencia incluso la respiración es demasiado. El vacío más inútil: ése es el deseo. Ser fantasma y borrar: ése es el deseo. Atravieso el patio de una casa que no está. Justo eso.

--crg

Friday, July 09, 2010

MECANOGRAFÍAS I

Coleccionistas de tuits: eso somos aquí.



La herramienta: Sperry Rand Remington Premier
El lugar: un rectángulo blanco lleno de muebles prestados. Una letra sobre la pared. Una lámpara. Un avión, a lo lejos.
El formato: Phone call. For: Date: Time: A.M. P.M. M: Of: Phone: Fax#: Message: Telehponed: Returned call: Please call: Will call again: Came to see you: Wants to see you: Signed:

Hubo un mundo en que, en efecto, los mensajes de teléfono se pasaban por escrito. La voz transformada, casi milagrosamente, en trazo. Un rastro. Un rostro. La mecanografía es la reina de mi corazón. El latir de las teclas. La máquina, que va.

La verdad: transcribo con la ayuda de una máquina de escribir frases de Un Verde Aquí en formatos para recados de teléfono. Como si lo escrito fuera una voz que se anida en algún lado de la cabeza. Como si lo escrito me llamara hoy. Como si lo muerto no.

--crg